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"dorados" poems
Qué pura eres de sol o de noche caída, qué triunfal desmedida tu órbita de blanco, y tu pecho de pan, alto de clima, tu corona de árboles negros, bienamada, y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica. Ahora, qué armas espléndidas mis manos, digna su pala de hueso y su lirio de uñas, y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma están situados en lo justo de la fuerza terrestre. Qué pura mi mirada de nocturna influencia, caída de ojos obscuros y feroz acicate, mi simétrica estatua de piernas gemelas sube hacia estrellas húmedas cada mañana, y mi boca de exilio muerde la carne y la uva, mis brazos de varón, mi pecho tatuado en que penetra el vello como ala de estaño, mi cara blanca hecha para la profundidad del sol, mi pelo hecho de ritos, de minerales negros, mi frente penetrante como golpe o camino, mi piel de hijo maduro, destinado al arado, mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido, mi lengua amiga blanda del dique y del buque, mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática, la piel que hace a mi frente un vacío de hielos y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados, y se repliega sobre mi más profundo estímulo, y crece hacia las rosas en mis dedos, en mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza. Y tú como un mes de estrella, como un beso fijo, como estructura de ala, o comienzos de otoño, niña, mi partidaria, mi amorosa, la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados dorados como bueyes, y la paloma redonda hace sus nidos blancos frecuentemente en ti. Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas, tu salud de manzana furiosa se estira sin límite, el tonel temblador en que escucha tu estómago, tus manos hijas de la harina y del cielo. Qué parecida eres al más largo beso, su sacudida fija parece nutrirte, y su empuje de brasa, de bandera revuelta, va latiendo en tus dominios y subiendo temblando y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos, y su forma guerrera, su círculo seco, se desploma de súbito en hilos lineales como filos de espadas o herencias del humo.
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Juntos nosotros
Qué pura eres de sol o de noche caída, qué triunfal desmedida tu órbita de blanco, y tu pecho de pan, alto de clima, tu corona de árboles negros, bienamada, y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica. Ahora, qué armas espléndidas mis manos, digna su pala de hueso y su lirio de uñas, y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma están situados en lo justo de la fuerza terrestre. Qué pura mi mirada de nocturna influencia, caída de ojos obscuros y feroz acicate, mi simétrica estatua de piernas gemelas sube hacia estrellas húmedas cada mañana, y mi boca de exilio muerde la carne y la uva, mis brazos de varón, mi pecho tatuado en que penetra el vello como ala de estaño, mi cara blanca hecha para la profundidad del sol, mi pelo hecho de ritos, de minerales negros, mi frente penetrante como golpe o camino, mi piel de hijo maduro, destinado al arado, mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido, mi lengua amiga blanda del dique y del buque, mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática, la piel que hace a mi frente un vacío de hielos y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados, y se repliega sobre mi más profundo estímulo, y crece hacia las rosas en mis dedos, en mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza. Y tú como un mes de estrella, como un beso fijo, como estructura de ala, o comienzos de otoño, niña, mi partidaria, mi amorosa, la luz hace su lecho bajo tus grandes párpados dorados como bueyes, y la paloma redonda hace sus nidos blancos frecuentemente en ti. Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas, tu salud de manzana furiosa se estira sin límite, el tonel temblador en que escucha tu estómago, tus manos hijas de la harina y del cielo. Qué parecida eres al más largo beso, su sacudida fija parece nutrirte, y su empuje de brasa, de bandera revuelta, va latiendo en tus dominios y subiendo temblando y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos, y su forma guerrera, su círculo seco, se desploma de súbito en hilos lineales como filos de espadas o herencias del humo.
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¿Tengo patria todavía? ¿Aún reconozco fronteras? Hacia el norte el desierto la montaña al oriente y el mar y las islas qué son sino puertas que se abren a todo el universo ¿Qué son sino puertas los hielos eternos? ¿Todavía tengo historia? ¿Tengo todavía monumentos? He olvidado las batallas he olvidado las fechas sólo tengo memoria de caídos por causas ajenas y pequeñas. Mi único héroe guerrea con su verbo. Y yo tengo otro ritmo son otras mis leyes y otras sutiles cacerías con distintos trofeos ocupan mi espacio y mi tiempo. Y tengo tan solo un consejero. Cómo hiere el filo de su lengua. Y también tengo amigos sólo íntimos amigos que me traen caracolas y amatistas y libros y flechas de silex. Momentos dorados comparto con ellos al calor de una taza de té. Momentos surgidos de un sueño. Y se va redondeando nuestra historia sin tambores ni trompetas en la pura amistad y en el silencio. No tenemos fronteras ni queremos monumentos. Nuestro único guerrero combate con el filo de su lengua.
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Dec 6, 2011
Dec 6, 2011 at 2:54 PM UTC
Apátrida (XI)
Espíritu sin nombre, indefinible esencia, yo vivo con la vida sin formas de la idea.Yo nado en el vacío, del sol tiemblo en la hoguera, palpito entre las sombras y floto con las nieblas.Yo soy el fleco de oro de la lejana estrella, yo soy de la alta luna la luz tibia y serena.Yo soy la ardiente nube que en el ocaso ondea, yo soy del astro errante la luminosa estela.Yo soy nieve en las cumbres, soy fuego en las arenas, azul onda en los mares y espuma en las riberas.En el laúd, soy nota, perfume en la violeta, fugaz llama en las tumbas y en las ruïnas yedra.Yo atrueno en el torrente y silbo en la centella, y ciego en el relámpago y rujo en la tormenta.Yo río en los alcores, susurro en la alta yerba, suspiro en la onda pura y lloro en la hoja seca.Yo ondulo con los átomos del humo que se eleva y al cielo lento sube en espiral inmensa.Yo, en los dorados hilos que los insectos cuelgan me mezco entre los árboles en la ardorosa siesta.Yo corro tras las ninfas que, en la corriente fresca del cristalino arroyo, desnudas juguetean.Yo, en bosques de corales que alfombran blancas perlas, persigo en el océano las náyades ligeras.Yo, en las cavernas cóncavas do el sol nunca penetra, mezclándome a los gnomos, contemplo sus riquezas.Yo busco de los siglos las ya borradas huellas, y sé de esos imperios de que ni el nombre queda.Yo sigo en raudo vértigo los mundos que voltean, y mi pupila abarca la creación entera.Yo sé de esas regiones a do un rumor no llega, y donde informes astros de vida un soplo esperan.Yo soy sobre el abismo el puente que atraviesa, yo soy la ignota escala que el cielo une a la tierra,Yo soy el invisible anillo que sujeta el mundo de la forma al mundo de la idea.Yo, en fin, soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume misterioso de que es vaso el poeta.
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Rima v
Espíritu sin nombre, indefinible esencia, yo vivo con la vida sin formas de la idea.Yo nado en el vacío, del sol tiemblo en la hoguera, palpito entre las sombras y floto con las nieblas.Yo soy el fleco de oro de la lejana estrella, yo soy de la alta luna la luz tibia y serena.Yo soy la ardiente nube que en el ocaso ondea, yo soy del astro errante la luminosa estela.Yo soy nieve en las cumbres, soy fuego en las arenas, azul onda en los mares y espuma en las riberas.En el laúd, soy nota, perfume en la violeta, fugaz llama en las tumbas y en las ruïnas yedra.Yo atrueno en el torrente y silbo en la centella, y ciego en el relámpago y rujo en la tormenta.Yo río en los alcores, susurro en la alta yerba, suspiro en la onda pura y lloro en la hoja seca.Yo ondulo con los átomos del humo que se eleva y al cielo lento sube en espiral inmensa.Yo, en los dorados hilos que los insectos cuelgan me mezco entre los árboles en la ardorosa siesta.Yo corro tras las ninfas que, en la corriente fresca del cristalino arroyo, desnudas juguetean.Yo, en bosques de corales que alfombran blancas perlas, persigo en el océano las náyades ligeras.Yo, en las cavernas cóncavas do el sol nunca penetra, mezclándome a los gnomos, contemplo sus riquezas.Yo busco de los siglos las ya borradas huellas, y sé de esos imperios de que ni el nombre queda.Yo sigo en raudo vértigo los mundos que voltean, y mi pupila abarca la creación entera.Yo sé de esas regiones a do un rumor no llega, y donde informes astros de vida un soplo esperan.Yo soy sobre el abismo el puente que atraviesa, yo soy la ignota escala que el cielo une a la tierra,Yo soy el invisible anillo que sujeta el mundo de la forma al mundo de la idea.Yo, en fin, soy ese espíritu, desconocida esencia, perfume misterioso de que es vaso el poeta.
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Ay no quieres, te asusta la pobreza, no quieres ir con zapatos rotos al mercado y volver con el viejo vestido. Amor, no amamos, como quieren los ricos, la miseria. Nosotros la extirparemos como diente maligno que hasta ahora ha mordido el corazón del hombre. Pero no quiero que la temas. Si llega por mi culpa a tu morada, si la pobreza expulsa tus zapatos dorados, que no expulse tu risa que es el pan de mi vida. Si no puedes pagar el alquiler sal al trabajo con paso orgulloso, y piensa, amor, que yo te estoy mirando y somos juntos la mayor riqueza que jamás se reunió sobre la tierra.
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La pobreza
En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Romance del juramento que tomó el cid al rey don alonso
En santa Águeda de Burgos,   do juran los hijosdalgo, le toman jura a Alfonso   por la muerte de su hermano; tomábasela el buen Cid,   ese buen Cid castellano, sobre un cerrojo de hierro   y una ballesta de palo y con unos evangelios   y un crucifijo en la mano. Las palabras son tan fuertes   que al buen rey ponen espanto; -Villanos te maten, Alonso,   villanos, que no hidalgos, de las Asturias de Oviedo,   que no sean castellanos; mátente con aguijadas,   no con lanzas ni con dardos; con cuchillos cachicuernos,   no con puñales dorados; abarcas traigan calzadas,   que no zapatos con lazo; capas traigan aguaderas,   no de contray ni frisado; con camisones de estopa,   no de holanda ni labrados; caballeros vengan en burras,   que no en mulas ni en caballos; frenos traigan de cordel,   que no cueros fogueados. Mátente por las aradas,   que no en villas ni en poblado, sáquente el corazón   por el siniestro costado; si no dijeres la verdad   de lo que te fuere preguntando, si fuiste, o consentiste   en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes   que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero   que del rey es más privado: -Haced la jura, buen rey,   no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor,   ni papa descomulgado. Jurado había el rey   que en tal nunca se ha hallado; pero allí hablara el rey   malamente y enojado: -Muy mal me conjuras, Cid,   Cid, muy mal me has conjurado, mas hoy me tomas la jura,   mañana me besarás la mano. -Por besar mano de rey   no me tengo por honrado, porque la besó mi padre   me tengo por afrentado. -Vete de mis tierras, Cid,   mal caballero probado, y no vengas más a ellas   dende este día en un año. -Pláceme, dijo el buen Cid,   pláceme, dijo, de grado, por ser la primera cosa   que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno,   yo me destierro por cuatro. Ya se parte el buen Cid,   sin al rey besar la mano, con trescientos caballeros,   todos eran hijosdalgo; todos son hombres mancebos,   ninguno no había cano; todos llevan lanza en puño   y el hierro acicalado, y llevan sendas adargas   con borlas de colorado. Mas no le faltó al buen Cid   adonde asentar su campo.
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Este llano de muerte, esta tierra maldita, Este otero desnudo de costados resecos, Este páramo triste, donde el hombre que grita No encuentra un solo monte que devuelva sus ecos, Este desierto mudo, esta monotonía, Esta soledad ocre como una calavera, No nos deseperanza: sabemos todavía Que, después del estío, otoño nos espera. (¡Tener alas de pájaro. Dios mío, tener alas De pájaro!... ¡Volar hasta la mansedumbre Del mar!...¡Llegar a Ti por sus blancas escalas A quemarnos los ojos con tu divina lumbre!) Sabemos que defiendes con tu dorado escudo los trópicos dorados, los solitarios polos. Míranos, desterrados, sobre el suelo desnudo. ¡Señor, Señor, por qué nos has dejado solos!
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Llanura
Está en la sala familiar, sombría, y entre nosotros, el querido hermano que en el sueño infantil de un claro día vimos partir hacia un país lejano.Hoy tiene ya las sienes plateadas, un gris mechón sobre la angosta frente, y la fría inquietud de sus miradas revela un alma casi toda ausente.Deshójanse las copas otoñales del parque mustio y viejo.  La tarde, tras los húmedos cristales, se pinta, y en el fondo del espejo.El rostro del hermano se ilumina suavemente. ¿Floridos desengaños dorados por la tarde que declina? ¿Ansias de vida nueva en nuevos años?¿Lamentará la juventud perdida? Lejos quedó -la pobre loba- muerta. ¿La blanca juventud nunca vivida teme, que ha de cantar ante su puerta?¿Sonríe el sol de oro de la tierra de un sueño no encontrada; y ve su nave hender el mar sonoro, de viento y luz la blanca vela hinchada?Él ha visto las hojas otoñales, amarillas, rodar, las olorosas ramas del eucalipto, los rosales que enseñan otra vez sus blancas rosasY este dolor que añora o desconfía el temblor de una lágrima reprime, y un resto de viril hipocresía en el semblante pálido se imprime.Serio retrato en la pared clarea todavía. Nosotros divagamos. En la tristeza del hogar golpea el tictac del reloj. Todos callamos.
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El viajero
Forget me, forget me. Let me soar ,and shackle me not to this celestial pit Let me be, let me be Let me cast my long hidden shadow onto the moon, the stars and out further than andromeda Let me ****** Let me ****** And for heavens sake not the four seasons Because for every summer there is a winter But freedom from this bind lies in astral interstellar hitchhiking And let me sail but not to the community of hatred and hated We will all be swingers when we lay down on El Dorados doormat It 'reads "oh yes, free, freedom you've become" So forget me, let me be free and ****** into the absences of cohesive atoms If not held captive. The only sense is aroma and gone from nostalgic induced swooning And there, oh there, I will vacuum la polvere di Stella that witnessed the most grandiose falterings
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Jan 7, 2016
Jan 7, 2016 at 2:47 AM UTC
Forget Me
Dicen que nació del polvo de una estrella su madre la luna y el padre era el sol. Era de cabellos dorados tenia la piel blanca creció jugando también soñando se lleno de fantasias su alma siguió bailando su cuerpo se quedo intacto seguia siendo el niño de la luna. Alguien lo esperaba en un cohete a tierra pero el nunca tomo el vuelo ahora debía ser mas fuerte. Una noche estrellada una voz femenina lo llamaba era la vida vestida de astronauta lo arropo y luego lo lanzo. Cuando el niño fue atraído por la gravedad y sus pies tocaron tierra, sus pulmones se llenaron de aire y su mente de nuevas ideas.
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Nov 22, 2017
Nov 22, 2017 at 1:52 AM UTC
El niño de la Luna
Hacen falta ideas nuevas para que valga la pena el infierno para hacer que florezcan los pensamientos Somos los elegidos de pertenecer al mundo, los privilegiados De poseer la cura al dolor, pero no utilizarla como tener letras, pero no bautizarlas somos la advertencia para el niño, el "aprende de mis errores" Hay cosas mejores, pero hacen falta ideas nuevas caras inocentes y puertas nuevas Somos el agobiado sentir de por ideas nuevas vivir Seremos solamente escritores del mentir Si por sueños dorados nos dejamos hundir
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Jul 13, 2014
Jul 13, 2014 at 2:36 AM UTC
Cliché
De la ciudad moruna tras las murallas viejas, yo contemplo la tarde silenciosa, a solas con mi sombra y con mi pena.   El río va corriendo, entre sombrías huertas y grises olivares, por los alegres campos de Baeza   Tienen las vides pámpanos dorados sobre las rojas cepas. Guadalquivir, como un alfanje roto y disperso, reluce y espejea.   Lejos, los montes duermen envueltos en la niebla, niebla de otoño, maternal; descansan las rudas moles de su ser de piedra en esta tibia tarde de noviembre, tarde piadosa, cárdena y violeta.   El viento ha sacudido los mustios olmos de la carretera, levantando en rosados torbellinos el polvo de la tierra. La luna está subiendo amoratada, jadeante y llena.   Los caminitos blancos se cruzan y se alejan, buscando los dispersos caseríos del valle y de la sierra. Caminos de los campos... ¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!
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Caminos
En mitad de la noche sombría y tempestuosa, cuando la raza humana sus fatigas reposa, alguien toca a mi puerta con tímido reclamo. -«¿Quién me busca a estas horas? - sobresaltado exclamo-, Quién perturba el silencio de mis dichas supremas?» Y una voz me responde: -«Soy un niño; no temas: Me he extraviado en la noche, y ando errante y hambriento, bajo el gélido azote de la lluvia y del viento…» Y yo, compadecido por la súplica incierta, prendo fuego a mi lámpara y entreabro la puerta. Y al instante entra un niño de dorados cabellos, grandes ojos azules de adorables destellos, frescos labios purpúreos y mejillas de rosa. Y entra alegre, ágil, frívolo, como una mariposa… Bajo el brazo derecho trae un arco potente, y un gajo de amaranto le enguirnalda la frente; un haz de agudas flechas en su carcaj asoma, y en su espalda palpitan dos alas de paloma. Y al ver su desamparo sentí tal pesadumbre, que sequé sus cabellos al amor de la lumbre, entibié sus manitas entre mis manos rudas, y alisé el terciopelo de sus plantas desnudas. Poco después, el niño de rosadas mejillas se sintió confortado, y huyó de mis rodillas. Curioseó por la estancia con pueril regocijo, escogió una saeta, tendió el arco, y me dijo: -«Quiero ver si la lluvia me ha dejado inservible mi juguete…» Y al punto lancé un grito terrible, pues la rígida flecha se me clavó en el pecho! El falaz diosecillo palmoteó satisfecho, se echó al hombro la aljaba, me miró sonriente, clavó en tierra un extremo de su arco inclemente, y crispando sus manos en la cuerda tirante, le arrancó cuatro veces un zumbido vibrante. -Extranjero: Sonríe… -dijo el niño-. En efecto, la tensión de mi arco no sufrió desperfecto. Y en pago a tus bondades, como el más alto don, perpetuamente herido te dejo el corazón!
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El amor mojado
En mitad de la noche sombría y tempestuosa, cuando la raza humana sus fatigas reposa, alguien toca a mi puerta con tímido reclamo. -«¿Quién me busca a estas horas? - sobresaltado exclamo-, Quién perturba el silencio de mis dichas supremas?» Y una voz me responde: -«Soy un niño; no temas: Me he extraviado en la noche, y ando errante y hambriento, bajo el gélido azote de la lluvia y del viento…» Y yo, compadecido por la súplica incierta, prendo fuego a mi lámpara y entreabro la puerta. Y al instante entra un niño de dorados cabellos, grandes ojos azules de adorables destellos, frescos labios purpúreos y mejillas de rosa. Y entra alegre, ágil, frívolo, como una mariposa… Bajo el brazo derecho trae un arco potente, y un gajo de amaranto le enguirnalda la frente; un haz de agudas flechas en su carcaj asoma, y en su espalda palpitan dos alas de paloma. Y al ver su desamparo sentí tal pesadumbre, que sequé sus cabellos al amor de la lumbre, entibié sus manitas entre mis manos rudas, y alisé el terciopelo de sus plantas desnudas. Poco después, el niño de rosadas mejillas se sintió confortado, y huyó de mis rodillas. Curioseó por la estancia con pueril regocijo, escogió una saeta, tendió el arco, y me dijo: -«Quiero ver si la lluvia me ha dejado inservible mi juguete…» Y al punto lancé un grito terrible, pues la rígida flecha se me clavó en el pecho! El falaz diosecillo palmoteó satisfecho, se echó al hombro la aljaba, me miró sonriente, clavó en tierra un extremo de su arco inclemente, y crispando sus manos en la cuerda tirante, le arrancó cuatro veces un zumbido vibrante. -Extranjero: Sonríe… -dijo el niño-. En efecto, la tensión de mi arco no sufrió desperfecto. Y en pago a tus bondades, como el más alto don, perpetuamente herido te dejo el corazón!
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En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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Romance ** es el de la jura de santa gadea
En Santa Gadea de Burgos do juran los hijosdalgo, allí toma juramento el Cid al rey castellano, sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo. Las juras eran tan recias que al buen rey ponen espanto. -Villanos te maten, rey, villanos, que no hidalgos; abarcas traigan calzadas, que no zapatos con lazo; traigan capas aguaderas, no capuces ni tabardos; con camisones de estopa, no de holanda ni labrados; cabalguen en sendas burras, que no en mulas ni en caballos, las riendas traigan de cuerda, no de cueros fogueados; mátente por las aradas, no en camino ni en poblado; con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados; sáquente el corazón vivo, por el derecho costado, si no dices la verdad de lo que te es preguntado: si tú fuiste o consentiste en la muerte de tu hermano. Las juras eran tan fuertes que el rey no las ha otorgado. Allí habló un caballero de los suyos más privado: -Haced la jura, buen rey, no tengáis de eso cuidado, que nunca fue rey traidor, ni Papa descomulgado. Jura entonces el buen rey que en tal nunca se ha hallado. Después habla contra el Cid malamente y enojado: -Mucho me aprietas, Rodrigo, Cid, muy mal me has conjurado, mas si hoy me tomas la jura, después besarás mi mano. -Aqueso será, buen rey, como fuer galardonado, porque allá en cualquier tierra dan sueldo a los hijosdalgo. -¡Vete de mis tierras, Cid, mal caballero probado, y no me entres más en ellas, desde este día en un año! -Que me place -dijo el Cid-. que me place de buen grado, por ser la primera cosa que mandas en tu reinado. Tú me destierras por uno yo me destierro por cuatro. Ya se partía el buen Cid sin al rey besar la mano; ya se parte de sus tierras, de Vivar y sus palacios: las puertas deja cerradas, los alamudes echados, las cadenas deja llenas de podencos y de galgos; sólo lleva sus halcones, los pollos y los mudados. Con el iban los trescientos caballeros hijosdalgo; los unos iban a mula y los otros a caballo; todos llevan lanza en puño, con el hierro acicalado, y llevan sendas adargas con borlas de colorado. Por una ribera arriba al Cid van acompañando; acompañándolo iban mientras él iba cazando.
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En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe, aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre, de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte. No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes. Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues. Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede. A la sangrienta cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le coronaron dos veces. Asió la soga un soldado, tirando a Cristo, de suerte que donde va por su gusto quiere que por fuerza llegue. Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de la gente, que primero que la abrace, quieren también que la bese. ¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se acueste! ¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os prometen!; ¡qué corredores dorados los duros clavos crueles! Dormid en ella, mi amor, para que el hombre despierte, aunque más dura se os haga que en Belén entre la nieve. Que en fin aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra Madre, y el heno de aquellos bueyes. ¡Qué vergüenza le daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo entre tanta gente! ¡Ay divina Madre suya!, si agora llegáis a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os consuele? Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor es éste, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles. Mas, ¡ay Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para tomar la medida por donde los clavos entren. ¡Oh terrible desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre. Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene. Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte.
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Al ponerle en la cruz
En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe, aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre, de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte. No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes. Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten. Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues. Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede. A la sangrienta cabeza la dura corona vuelven, que para mayor dolor le coronaron dos veces. Asió la soga un soldado, tirando a Cristo, de suerte que donde va por su gusto quiere que por fuerza llegue. Dio Cristo en la cruz de ojos, arrojado de la gente, que primero que la abrace, quieren también que la bese. ¡Qué cama os está esperando, mi Jesús, bien de mis bienes, para que el cuerpo cansado siquiera a morir se acueste! ¡Oh, qué almohada de rosas las espinas os prometen!; ¡qué corredores dorados los duros clavos crueles! Dormid en ella, mi amor, para que el hombre despierte, aunque más dura se os haga que en Belén entre la nieve. Que en fin aquella tendría abrigo de las paredes, las tocas de vuestra Madre, y el heno de aquellos bueyes. ¡Qué vergüenza le daría al Cordero santo el verse, siendo tan honesto y casto, desnudo entre tanta gente! ¡Ay divina Madre suya!, si agora llegáis a verle en tan miserable estado, ¿quién ha de haber que os consuele? Mirad, Reina de los cielos, si el mismo Señor es éste, cuyas carnes parecían de azucenas y claveles. Mas, ¡ay Madre de piedad!, que sobre la cruz le tienden, para tomar la medida por donde los clavos entren. ¡Oh terrible desatino!, medir al inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre. Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene. Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte.
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Los ranchos dorados cercados de cardos; chanchos en las calles; una rueda de carreta junto a un rancho, un excusado en el patio, una muchacha llenando su tinaja, y el Momotombo azul, detrás de los alegres calzones colgados amarillos, blancos, rosados.
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Acuarela
La Reina, al son de fúlgidos clarines vibradores, desnuda, y en el lomo de un gran tigre tendida, ve, con la Orgía inmensa de que ella va seguida, el avance de Baco, del mar a los rumores. y el monstruo, bajo el peso real, entre fulgores de sol radiante, huella la playa florecida; y al roce de la mano que conduce la brida, muerde, de amor rugiendo, de la brida las flores. Sueltos sobre la espalda los dorados cabellos, uvas negras  y de ámbar enlazadas en ellos, la Esposa no oye entonces el rugido estridente. y ebria al fin de ambrosía su boca, y anhelante, y olvidando sus gritos hacia el infiel amante, ríe al próximo beso del Domador de Oriente.
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Ariana
Mi cama fue un roble Y en sus ramas cantaban los pájaros Mi cama fue un roble Y mordió la tormenta sus gajos.               Deslizo mis manos Por sus claros maderos pulidos, Y pienso que acaso toco el mismo tronco Donde estuvo aferrado algún nido.               Mi cama fue un roble. Yo duermo en un árbol. En un árbol amigo del agua, Del sol y la brisa del cielo y el musgo, De lagartos de ojuelos dorados Y de las orugas, de un verde esmeralda.               Yo duermo en un árbol. ¡Oh, amado!, en un árbol dormimos. Acaso por eso me parece el lecho Esta noche, blando y hondo cual nido.   Y en ti me acurruco como una avecilla Que busca el reparo de su compañero. ¡Que rezongue el viento, que gruña la lluvia! Contigo en el nido, no sé lo que es miedo.
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El nido
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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En el álbum de la señorita matilde de olavarría y landazuri
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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En filas ordenadas regresamos y cada noche, cada noche, mientras hacemos el camino, el breve infierno de la espera y el espectro que vierte en el oído: "¿No tienes sangre ya? ¿por qué te mientes? Mira los pájaros… El mundo tiene playas todavía y un barco allá te espera, siempre." Y las piernas caminan y una roja marea inunda playas de ceniza. "Es hermosa la sangre cuando salta de ciertos cuellos blancos. Báñate en esa sangre: el crimen hace dioses." Y el hombre aprieta el paso y ve la hora: aún es tiempo de alcanzar el tranvía. "Allá, del otro lado, yacen las islas prometidas. Danzan los árboles de música vestidos, se mecen las naranjas en las ramas y las granadas abren sus entrañas y se desgranan en la yerba, rojas estrellas en un cielo verde, para la aurora de amarilla cresta…" Y los labios sonríen y saludan a otros condenados solitarios: ¿Leyó usted los periódicos? "¿No dijo que era el Pan y que era el Vino? ¿No dijo que era el Agua? Cuerpos dorados como el pan dorado y el vino de labios morados y el agua, desnudez…" Y el hombre aprieta el paso y al tiempo justo de llegar a tiempo doblan la esquina, puntuales, Dios y el tranvía.
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Seven p.m.
Los sucesivos soles del verano, la sucesión del sol y sus veranos, todos los soles, el solo, el sol de soles, hechos ya hueso terco y leonado, cerrazón de materia enfriada. Puño de piedra, piña de lava, osario, no tierra, isla tampoco, peña despeñada, duro durazno, gota de sol petrificada. Por las noches se oye el respirar de las cisternas, el jadeo del agua dulce turbada por el mar. La hora es alta y rayada de verde. El cuerpo obscuro del vino en las jarras dormido es un sol más ***** y fresco. Aquí la rosa de las profundidades es un candelabro de venas rosadas encendido en el fondo del mar. En tierra, el sol lo apaga, pálido encaje calcáreo como el deseo labrado por la muerte. Rocas color de azufre, altas piedras adustas. Tú estás a mi costado. Tus pensamientos son negros y dorados Si alargase la mano cortaría un racimo de verdades intactas. Abajo, entre peñas centelleantes, va y viene el mar lleno de brazos. Vértigos. La luz se precipita. Yo te miré a la cara, yo me asomé al abismo: mortalidad es transparencia. Osario, paraíso: nuestras raíces anudadas en el **** en la boca deshecha de la Madre enterrada. Jardín de árboles incestuosos sobre la tierra de los muertos.
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Ustica
At a governmental or another fancy door Asked again who I am to call, For my name, affiliation through and fro, Who am I worth enough to stand at all. As I bask in my glance and walking tall, Asked for ID I tear it all, With the shoes thrown off And Mind elegantly deformed I ravish how they eyes are stupefied, so lost Well, seeming Madam/Sir, No letter or phone shall make me up, No telling shall ever be enough to push all the liquids of senses, acts from before my eyes to your lips’ or ears’ sight, Yet to have it done already I’ll try to muster an answer of that measly form, So on a silent yet like jazz smooth rampage I go: I, am, Immortal Poetry, Of greater feverishness than a human kiss, That even I can’t deprive myself of. I have no restricted name, Age or body & its *** I am eternal pilgrim on that soil, With my place in My Lover high above, With no human maternal language. A Dreamweaver, Novel, Sensation in a melody, Howling Nighty-Starry Wind. All the gazes & chases I made in my books, All longings & katharsi of mine. Un Alma Perdida de ojos y pelo dorados Que extraña su justo hogar entre versos, Hierba y estrellas. A prologue and an epilogue, C-major on a private, broken guitar string, Haze, blur in your mind. The stars I barely see, My ****** of skin, And stern eyes of love-arousing passing-by among the beasts of your kin. I. Am. I. For now so much to add, Now, seeming Sir/Madam, I’ll let myself pass by
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Jun 19, 2020
Jun 19, 2020 at 5:05 PM UTC
And Who Are You To Be?
Hablemos de la belleza pintoresca del otoño De las campanas que repican en el Ángelus De las flores, antaño bonitas y fuertes, en el césped ¡Oh, otoño, eres una estación muy soberbia! Hablemos de los pétalos y sépalos caídos del cielo Donde los árboles están aturdidos y casi desnudos Y de los pájaros atónitos que han caído de las nubes ¡Oh, otoño, me encanta tu sonrisa maravillosa y natural. La estación del otoño tiene un paisaje sensacional Una frescura cálida y confortable y un tono solemne Es el oro de la tarde que cae todas las horas. Son las hojas y flores multicolores sobre las alfombras ¡Oh, otoño, nos das mucho que imaginar, que soñar Y nos muestras cómo imitar momentos místicos y dorados. Copyright © Octubre 2024, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de numerosos poemarios.
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Oct 28, 2024
Oct 28, 2024 at 10:52 PM UTC
Hablemos Del Encanto Pintoresco Del Otoño
Diego Rivera con la paciencia del oso buscaba la esmeralda del bosque en la pintura o el bermellón, la flor súbita de la sangre recogía la luz del mundo en tu retrato. Pintaba el imperioso traje de tu nariz, la centella de tus pupilas desbocadas, tus uñas que alimentan la envidia de la luna, y en tu piel estival, tu boca de sandía. Te puso dos cabezas de volcán encendidas por fuego, por amor, por estirpe araucana, y sobre los dos rostros dorados de la greda te cubrió con el casco de un incendio bravío y allí secretamente quedaron enredados mis ojos en su torre total: tu cabellera.
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Soneto lxxvi
Fatigada ya, su mano Sobre las teclas *** Y soñolienta arrancó El último acorde al piano. Y como aroma que exhala Una flor, y al viento flota, Aquella postrera nota Queda vagando en la sala. Y va la niña a su alcoba, Y se alzan visiones puras De las blancas colgaduras De su lecho de caoba. Por el alto mirador Entran a la tibia estancia El rumor y la fragancia De los naranjos en flor. Se ve al través del boscaje Un astro que parpadea, Y la brisa cuchichea En las cortinas de encaje. Y de un amor ideal, Memorias quizá adoradas, Hay flores secas, regadas En las mesas de nogal. Entre esos ramos dispersos, De festines olvidados, Muestra sus cortes dorados Abierto un libro de versos. Al fulgor azul y escaso Que la lámpara derrama Brillan cerca de la cama Sus zapatillas de raso. Y finge la luz visiones, Visiones que sonrientes Se reclinan indolentes En los tallados sillones. Y en la penumbra se ve, Bañado en tenue fulgor, Afuera del cobertor Su breve y rosado pie. Todo yace en calma. Hermosa La luna su lumbre riega, Y a besar el lecho llega Donde la virgen reposa. ¡Cómo su pecho se ensancha Ante esa luz de consuelo! Es la bendición del cielo Sobre esa frente sin mancha.
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Su alcoba