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"juegan" poems
Flotante, sin asidero, nadador fuera del agua, voluntario a la deriva, por las horas, por el aire, por el haz de la mañana. Todo fugitivo, todo resbaladizo, se escapa de entre los dedos el mundo, la tierra, la arena. Nubes, velas, gaviotas, espumas, blancuras desvariadas, tiran de mí, que las sigo, que las dejo. ¿Estoy, estaba, estaré? Pero sin ir, sin venir, quieto, flotando en aquí, en allí, en azul. Una alegría que es el filo de la mañana rompe, corta, desenreda nudos, promesas, amarras. Tropeles de sombras ninfas huyendo van de sus cuerpos en islas desenfrenadas. Con su cargamento inútil de recuerdos y de plazos -¡ya no sirven, ya no sirven!- el tiempo leva las anclas. No se le ve ya. Sin tiempo, prisa y despacio lo mismo, ¡qué de prisa, qué despacio juegan los lejos a cercas colgados del verdiazul columpio de las distancias! Su silencio echan a vuelo enmudecidas campanas y cumplen su juramento los horizontes del alba: la vida toda de día, sin lastre, pura, flotando ni en agua, ni en aire, en nada.
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Chicas lindas las de piel clara e imaginación bermellón Chicas lindas con voz cautiva y collar de huesos Chicas lindas de cintura mínima y piernas como alfiles bajo las bastillas de chifón Chicas lindas de labios carnosos, curiosos que se escapan como sueños justo cuando sale el sol Chicas lindas las que se visten de flores, colores o amores... dependiendo del clima y la ocasión Chicas lindas las que prometen y juegan que siempre ganan pero nunca entregan. Las que aman el reflejo que la vida les mostró Las que llevan en los labios el color del corazón pero por dentro huecos que rellenan de adulación Las chicas lindas por las que todos caen y a nadie levantan las que todos desean y todas quieren aunque sea en el fondo llegar a ser Las chicas lindas las que marcan la pauta y te hacen ser La chica fea la de los labios secos, la de la piel morena, la de la vida no plena, y más bien azarosa La chica fea con el alma abundante y el corazón palpitante inevitablemente, comparante La chica fea, a la que nadie sueña y nadie desea.
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May 7, 2014
May 7, 2014 at 4:11 AM UTC
Untitled
Uds. son muy tontos. Les gusta cuando les doy los baños. Les encantan mis padres porque por el desayuno, Se lo doy cada día. Les miro cuando juegan. Louie, te gusta eschuchar A música en mi hombro. ¿Lo escuchas, Louie? Herbie Hancock y Louie Armstrong Son tus favoritos.
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Dec 25, 2009
Dec 25, 2009 at 8:20 PM UTC
A Mis Pájaros, Herbie y Louie
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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La ciudad imita en cartón, una ciudad de pórfido.Caravanas de montañas acampan en los alrededores.El "Pan de Azúcar" basta para almibarar toda la bahía... El "Pan de Azúcar" y su alambre carril, que perderá el equilibrio por no usar una sombrilla de papel. Con sus caras pintarrajeadas, los edificios saltan unos encima de otros y cuando están arriba, ponen el lomo, para que las palmeras les den un golpe de plumero en la azotea.El sol ablanda el asfalto y las nalgas de las mujeres, madura las peras de la electricidad, sufre un crepúsculo, en los botones de ópalo que los hombres usan hasta para abrocharse la bragueta.¡Siete veces al día, se riegan las calles con agua de jazmín! Hay viejos árboles pederastas, florecidos en rosas té; y viejos árboles que se tragan los chicos que juegan al arco en los paseos. Frutas que al caer hacen un huraco enorme en la vereda; negros que tienen cutis de tabaco, las palmas de las manos hechas de coral, y sonrisas desfachatadas de sandía.Sólo por cuatrocientos mil reis se toma un café, que perfuma todo un barrio de la ciudad durante diez minutos.
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Río de janeiro
Esperas ansioso, desesperado por tan solo un pedazo de nada. onirico recuerdo de la noche ajena, Como si pasara un siglo en la camara donde los huesos crujen, donde la mandibula se aprieta. Sufres como un mártir, tu cara pide la tortura. Una viviseccion en la pierna Juegan con tus nervios como estambre entrelazado Mientras esperas el siguiente castigo... piensas en todas las mentiras. se van apilando como una vertebra. Pero esa infame medula no me deja olvidar los momentos que ya deberia haber olvidado. los repaso con tragico fervor. Prefiero que me mientas a que no me digas nada.
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May 27, 2014
May 27, 2014 at 3:15 PM UTC
Vertebra de mentiras.
Enamorarte de mí es como enamorarte del mar; te cautiva desde el primer momento en que lo ves. Al principio observas el panorama, el agua, el cielo, los animales, las personas alrededor. Una ligera sonrisa se te escapa al sentir la necesidad de quitarte los zapatos para experimentar el primer contacto físico. Se sentirá extraño, la arena podrá ser caliente, en cambio, tu curiosidad aumenta al preguntarte ¿Cómo será en lo más profundo del agua? Alzas la vista, miras perplejo el paisaje; las nubes y los pájaros juegan revoloteando haciendo juego con mis olas. Te gusta, la excitación cada vez es más, sientes que es momento, quieres sumergirte en mis aguas y sin rodeos, saltas al agua dejándote sumiso ante mí. Danzas conmigo a los compas del vaivén, algo te distrae. Miras con demasiada atención el interior de mis aguas, de mí ser. Fijas la mirada en un abismó oscuro que se le ve a lo lejos, te aproximas a él, comienzas a sentirte perdido, cautivo, sin rumbo. Sales a la superficie, ya es casi de noche. Te sientas en mi regazo a contemplar la puesta del sol y ahí, en ese preciso momento, te das cuenta que acabas de enamorarte algo vivo, algo inmenso; algo que será tuyo pero solo por minutos.
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Oct 21, 2014
Oct 21, 2014 at 9:23 PM UTC
Un paseo eterno en el mar
Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto. Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el **** complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida. Y se van llorando, llorando la hermosa vida.
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Los amorosos
Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto. Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el **** complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida. Y se van llorando, llorando la hermosa vida.
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En un poema leo: conversar es divino. Pero los diosa no hablan: hacen, deshacen mundos mientras los hombres hablan. Los dioses, sin palabras, juegan juegos terribles. El espíritu baja y desata las lenguas pero no habla palabras: habla lumbre. El lenguaje, por el dios encendido, es una profecía de llamas y una torre de humo y un desplome de sílabas quemadas: ceniza sin sentido. La palabra del hombre es hija de la muerte. Hablamos porque somos mortales: las palabras no son signos, son años. Al decir lo que dicen los nombres que decimos dicen tiempo: nos dicen. Somos nombres del tiempo. Mudos, también los muertos pronuncian las palabras que decimos los vivos. El lenguaje es la casa de todos en el flanco del abismo colgada. Conversar es humano.
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La llama, el habla
En los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada.
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Dec 24, 2014
Dec 24, 2014 at 4:10 PM UTC
Untitled
Tras de la reja abierta entre los muros, La tierra negra sin árboles ni hierba, Con bancos de madera donde allá en la tarde Se sientan silenciosos unos viejos. En torno están las casas, cerca hay tiendas, Calles por las que juegan niños, y los trenes Pasan al lado de las tumbas. Es un barrio pobre. Como remiendos de las fachadas grises, Cuelgan en las ventanas trapos húmedos de lluvia. Borradas están ya las inscripciones De las losas con muertos de dos siglos, Sin amigos que les olvide, muertos Clandestinos. Mas cuando el sol despierta, Porque el sol brilla algunos días de junio, En lo hondo algo deben sentir los huesos viejos. Ni una hoja ni un pájaro. La piedra nada más. La tierra. ¿Es el infierno así? Hay dolor sin olvido, Con ruido y miseria, frío largo y sin esperanza. Aquí no existe el sueño silencioso De la muerte, que todavía la vida Se agita entre estas tumbas, como una prostituta Prosigue su negocio bajo la noche inmóvil. Cuando la sombra cae desde el cielo nublado Y el humo de las fábricas se aquieta En polvo gris, vienen de la taberna voces, Y luego un tren que pasa Agita largos ecos como bronce iracundo. No es el juicio aún, muertos anónimos. Sosegaos, dormid; dormid, si es que podéis. Acaso Dios también se olvida de vosotros.
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Cementerio en la ciudad
En Viena hay diez muchachas, un hombro donde solloza la muerte y un bosque de palomas disecadas. Hay un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha. Hay un salón con mil ventanas.         ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals con la boca cerrada. Este vals, este vals, este vals, de sí, de muerte y de coñac que moja su cola en el mar. Te quiero, te quiero, te quiero, con la butaca y el libro muerto, por el melancólico pasillo, en el oscuro desván del lirio, en nuestra cama de la luna y en la danza que sueña la tortuga.         ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals de quebrada cintura. En Viena hay cuatro espejos donde juegan tu boca y los ecos. Hay una muerte para piano que pinta de azul a los muchachos. Hay mendigos por los tejados. Hay frescas guirnaldas de llanto.         ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals que se muere en mis brazos. Porque te quiero, te quiero, amor mío, en el desván donde juegan los niños, soñando viejas luces de Hungría por los rumores de la tarde tibia, viendo ovejas y lirios de nieve por el silencio oscuro de tu frente.         ¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals del "Te quiero siempre". En Viena bailaré contigo con un disfraz que tenga cabeza de río. ¡Mira qué orilla tengo de jacintos! Dejaré mi boca entre tus piernas, mi alma en fotografías y azucenas, y en las ondas oscuras de tu andar quiero, amor mío, amor mío, dejar, violín y sepulcro, las cintas del vals.
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Pequeño vals vienés
Hexaedros de madera y de vidrio apenas más grandes que una caja de zapatos. En ellos caben la noche y sus lámparas. Monumentos a cada momento hechos con los desechos de cada momento: jaulas de infinito. Canicas, botones, dedales, dados, alfileres, timbres, cuentas de vidrio: cuentos del tiempo. Memoria teje y destejo los ecos: en las cuatro esquinas de la caja juegan al aleleví damas sin sombra. El fuego enterrado en el espejo, el agua dormida en el ágata: solos de Jenny Lind y Jenny Colon. "Hay que hacer un cuadro", dijo Degas, "como se comete un crimen". Pero tú construiste cajas donde las cosas se aligeran de sus nombres. Slot machine de visiones, vaso de encuentro de las reminiscencias, hotel de grillos y de constelaciones. Fragmentos mínimos, incoherentes: al revés de la Historia, creadora de ruinas, tú hiciste con tus ruinas creaciones. Teatro de los espíritus: los objetos juegan al aro con las leyes de la identidad. Grand Hotel Couronne: en una redoma el tres de tréboles y, toda ojos, Almendrita en los jardines de un reflejo. Un peine es un harpa pulsada por la mirada de una niña muda de nacimiento. El reflector del ojo mental disipa et espectáculo: dios solitario sobre un mundo extinto. Las apariciones son patentes. Sus cuerpos pesan menos que la luz. Duran lo que dura esta frase. Joseph Cornell: en et interior de tus cajas mis palabras se volvieron visibles un instante.
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Objetos y apariciones
Volver al barrio siempre es una huida casi como enfrentarse a dos espejos uno que ve de cerca / otro de lejos en la torpe memoria repetida la infancia / la que fue / sigue perdida no eran así los patios / son reflejos / esos niños que juegan ya son viejos y van con más cautela por la vida el barrio tiene encanto y lluvia mansa rieles para un tranvía que descansa y no irrumpe en la noche ni madruga si uno busca trocitos de pasado tal vez se halle a sí mismo ensimismado / volver al barrio siempre es una fuga
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El barrio
Los peces de colores juegan donde cantaba Jenny Lind. Jenny era casi una niña por 1840, pero tenía un glu-glu de agua embelesada en la piscina etérea de su canto. New York era pequeño entonces. Las casitas de cuatro pisos debían de secar la ropa recién lavada sobre los tendederos azules de la madrugada. Iremos a Battery Place -aquí, tan cerca- a recibir saludos de pañuelo que nos dirigen los barcos de vela. Y las sonrisas luminosas de las cinco de la tarde, oh, si darían un brillo de luciérnaga a las calles. Luego, cuando el iris del faro ponga a tiro de piedra el horizonte, tendremos pesca de luces blancas, amarillas, rojas, para olvidarnos de Broadway. Porque Jenny Lind era como el agua reída de burbujas donde los peces de colores juegan.
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Acuario
En un poema leo: conversar es divino. Pero los diosa no hablan: hacen, deshacen mundos mientras los hombres hablan. Los dioses, sin palabras, juegan juegos terribles. El espíritu baja y desata las lenguas pero no habla palabras: habla lumbre. El lenguaje, por el dios encendido, es una profecía de llamas y una torre de humo y un desplome de sílabas quemadas: ceniza sin sentido. La palabra del hombre es hija de la muerte. Hablamos porque somos mortales: las palabras no son signos, son años. Al decir lo que dicen los nombres que decimos dicen tiempo: nos dicen. Somos nombres del tiempo. Conversar es humano.
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Conversar
ventorrales helados quiebran mi rostro como si se tratara de navajas ventanales empapados juegan con esconder tu silueta suave brisa, si la aceptas los fuertes vientos se transforman en ideas en gotas que caen pero nunca llegan tormenta
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Aug 11, 2018
Aug 11, 2018 at 3:14 PM UTC
Registro de pensares #02
Por la calle brinca y corre caballo de larga cola, mientras juegan o dormitan viejos soldados de Roma. Medio monte de Minervas abre sus brazos sin hojas. Agua en vilo redoraba las aristas de las rocas. Noche de torsos yacentes y estrellas de nariz rota aguarda grietas del alba para derrumbarse toda. De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja. Al gemir, la santa niña quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos y garfios de aguda comba. Brama el toro de los yunques, y Mérida se corona de nardos casi despiertos y tallos de zarzamora. Flora desnuda se sube por escalerillas de agua. El Cónsul pide bandeja para los senos de Olalla. Un chorro de venas verdes le brota de la garganta. Su **** tiembla enredado como un pájaro en las zarzas. Por el suelo, ya sin norma, brincan sus manos cortadas que aún pueden cruzarse en tenue oración decapitada. Por los rojos agujeros donde sus pechos estaban se ven cielos diminutos y arroyos de leche blanca. Mil arbolillos de sangre le cubren toda la espalda y oponen húmedos troncos al bisturí de las llamas. Centuriones amarillos de carne gris, desvelada, llegan al cielo sonando sus armaduras de plata. Y mientras vibra confusa pasión de crines y espadas, el Cónsul porta en bandeja senos ahumados de Olalla. Nieve ondulada reposa. Olalla pende del árbol. Su desnudo de carbón tizna los aires helados. Noche tirante reluce. Olalla muerta en el árbol. Tinteros de las ciudades vuelcan la tinta despacio. Negros maniquíes de sastre cubren la nieve del campo en largas filas que gimen su silencio mutilado. Nieve partida comienza. Olalla blanca en el árbol. Escuadras de níquel juntan los picos en su costado. Una Custodia reluce sobre los cielos quemados entre gargantas de arroyo y ruiseñores en ramos. ¡Saltan vidrios de colores! Olalla blanca en lo blanco. Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo.
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Romance histórico i
Por la calle brinca y corre caballo de larga cola, mientras juegan o dormitan viejos soldados de Roma. Medio monte de Minervas abre sus brazos sin hojas. Agua en vilo redoraba las aristas de las rocas. Noche de torsos yacentes y estrellas de nariz rota aguarda grietas del alba para derrumbarse toda. De cuando en cuando sonaban blasfemias de cresta roja. Al gemir, la santa niña quiebra el cristal de las copas. La rueda afila cuchillos y garfios de aguda comba. Brama el toro de los yunques, y Mérida se corona de nardos casi despiertos y tallos de zarzamora. Flora desnuda se sube por escalerillas de agua. El Cónsul pide bandeja para los senos de Olalla. Un chorro de venas verdes le brota de la garganta. Su **** tiembla enredado como un pájaro en las zarzas. Por el suelo, ya sin norma, brincan sus manos cortadas que aún pueden cruzarse en tenue oración decapitada. Por los rojos agujeros donde sus pechos estaban se ven cielos diminutos y arroyos de leche blanca. Mil arbolillos de sangre le cubren toda la espalda y oponen húmedos troncos al bisturí de las llamas. Centuriones amarillos de carne gris, desvelada, llegan al cielo sonando sus armaduras de plata. Y mientras vibra confusa pasión de crines y espadas, el Cónsul porta en bandeja senos ahumados de Olalla. Nieve ondulada reposa. Olalla pende del árbol. Su desnudo de carbón tizna los aires helados. Noche tirante reluce. Olalla muerta en el árbol. Tinteros de las ciudades vuelcan la tinta despacio. Negros maniquíes de sastre cubren la nieve del campo en largas filas que gimen su silencio mutilado. Nieve partida comienza. Olalla blanca en el árbol. Escuadras de níquel juntan los picos en su costado. Una Custodia reluce sobre los cielos quemados entre gargantas de arroyo y ruiseñores en ramos. ¡Saltan vidrios de colores! Olalla blanca en lo blanco. Ángeles y serafines dicen: Santo, Santo, Santo.
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Sueño con una Navidad correcta y alegre Nunca sueño con una Navidad blanca o nevada Es muy resbaladizo y traicionero cuando nieva Para ir a la iglesia uso zapatos de cuero Y es fácil caerse y lastimarse No quiero romper tu corazón Al decir que esa blanca Navidad No es un momento divertido o alegre. Pero la misa de medianoche Por supuesto, es un momento feliz. Me encantan los villancicos La música góspel, las decoraciones y cuando doblan las campanas Me encanta una Navidad cálida y alegre en el estado del sol, en Florida Donde sea seco, atractivo y agradable. Es como tener una cita Con la Madre Naturaleza. El clima no es malhumorado ni sombrío Los niños juegan con sus regalos y todos parecen felices No sueño con una Navidad blanca o nevada ¡Oh, Jo, Jo, Jo! Me encanta una Navidad correcta y alegre. PD. Traduccíon de ‘ A Right And Jolly Christmas’ por Hébert Logerie Copyright © diciembre de 2023, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de varias colecciones de poemas.
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Dec 23, 2024
Dec 23, 2024 at 10:35 AM UTC
Una Navidad Correcta Y Alegre
¡Cuántas, cuántas tiene el mar, cuántas alegrías! Seres de luz, sobre el agua, bailan, en puntillas. ¡Qué bien acaban las ondas: mueren bailarinas! En las azules tramoyas fiestas se perfilan. Ni olas, ni reflejos son todo lo que brilla. Ni espumas son las que juegan, ya desvanecidas. Es la comedia que el gozo monta cada día. La constancia en lo feliz. Sí, las que se obstinan felicidades, en ser. ¡Tesón, en la dicha! Las alegrías, al mar, nunca se le quitan. Entonces, ¿por qué estoy yo con mano en mejilla? ¿Suyas, mías, qué más da, si están a la vista, al aire, al sol, refulgiendo sus cuerpos de ondina? ¿Si todos los gozos suyos, todos, me los brinda, como la vida, a diario, me ofrece mi vida, con sólo aceptar la luz que otra aurora envía? Alegrías que me falten, él me las fabrica. Desde sus lejos profundos a mí se encaminan. Y aquí en los ojos, las suyas se vuelven las mías.
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Variación iv
En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. Un racimo de flores le da vida a la mesa en la que reposa. El silencio es un fantasma que posee la casa. Y han tocado le puerta. Me sonríe. Se invita a pasar. Se invita a quedar. Los colores de las flores bailan alrededor de mí. El silencio se ha marchado. El sol es más brillante. El sol entra por todos lados. El sol es más alegre. El sol ha llegado. Se invita a marchar. Los cristales se quiebran. El viento destruye. La casa se inunda. El sol se ha ido. Los colores están exhaustos. Se han detenido a descansar. Y yo. Yo tengo que limpiar. En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. Y han tocado la puerta. O tal vez yo he tocado la puerta. Me sonríe. Le invito a pasar. Habla el idioma de una tierra lejana. Los colores han aprendido una nueva coreografía. Les he dicho que se detengan, pero están entusiasmados. Corren. Juegan. Bailan. Es primavera. El sol brilla. El sol sonríe. El sol ha regresado. El verde olivo se une a la danza de los colores. Se invita a marchar. O tal vez yo lo hice. La luz prepara su discurso de despedida. La brisa se vuelve huracán. Las ventanas colapsan. Las cortinas se sacuden. La casa se inunda. Tengo que limpiar. En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. El silencio regresa como si hubiese sido invocado. Recorre las habitaciones. Escucho la ausencia del sonido subir las escaleras. No sé qué busca. Le invito a pasar las tardes y las noches conmigo. En la calidez del momento. Y han tocado la puerta. Esta vez sin respuesta.
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Sep 19, 2020
Sep 19, 2020 at 2:16 PM UTC
Han Tocado La Puerta
En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. Un racimo de flores le da vida a la mesa en la que reposa. El silencio es un fantasma que posee la casa. Y han tocado le puerta. Me sonríe. Se invita a pasar. Se invita a quedar. Los colores de las flores bailan alrededor de mí. El silencio se ha marchado. El sol es más brillante. El sol entra por todos lados. El sol es más alegre. El sol ha llegado. Se invita a marchar. Los cristales se quiebran. El viento destruye. La casa se inunda. El sol se ha ido. Los colores están exhaustos. Se han detenido a descansar. Y yo. Yo tengo que limpiar. En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. Y han tocado la puerta. O tal vez yo he tocado la puerta. Me sonríe. Le invito a pasar. Habla el idioma de una tierra lejana. Los colores han aprendido una nueva coreografía. Les he dicho que se detengan, pero están entusiasmados. Corren. Juegan. Bailan. Es primavera. El sol brilla. El sol sonríe. El sol ha regresado. El verde olivo se une a la danza de los colores. Se invita a marchar. O tal vez yo lo hice. La luz prepara su discurso de despedida. La brisa se vuelve huracán. Las ventanas colapsan. Las cortinas se sacuden. La casa se inunda. Tengo que limpiar. En medio de la sala. Sobre el piso de madera. Entre la calidez del momento. El silencio regresa como si hubiese sido invocado. Recorre las habitaciones. Escucho la ausencia del sonido subir las escaleras. No sé qué busca. Le invito a pasar las tardes y las noches conmigo. En la calidez del momento. Y han tocado la puerta. Esta vez sin respuesta.
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-¿No escuchas?...                                     -Es la lluvia que roza los cristales. -¿No escuchas?...                                     -Nada temas. Es el rumor del Rhin. Son las heladas brisas, las brisas invernales Que juegan con las flores marchitas del jardín. Los pinos cabecean; el cielo está sombrío, Y el viento aúlla, aúlla con tétrico rumor; Afuera todo es muerte y soledad y frío... ¡Ay de las almas tristes, las almas sin amor! -¿Leemos?                                     -Lee, bien mío, como en lejanos días, Los cantos del poeta de tu país natal; ¡Mas no!... tiene más dulces y vagas armonías Tu voz que del poeta el cántico inmortal. Sobre el cojín de raso do apoyas la cabeza, De la rosada lámpara al trémulo fulgor, En vivos resplandores irradia tu belleza Cubierta con el blanco y holgado peinador. Oh carne, oh carne mórbida, oh carne sonrosada, Oh labios que he besado con loco frenesí, ¡Sois míos... sólo míos! ¿Verdad, mi bien amada, Verdad que es tu hermosura tan sólo para mí? Corra la vida aprisa, destelle en el oriente El sol para las almas esclavas del dolor, Y siga en noche eterna mi corazón ardiente Soñando con la dicha, soñando con tu amor! Riega sobre mis hombros tu blonda cabellera; Unamos nuestros labios en ósculo sin fin... Y deja que la lluvia sacuda la vidriera Y rumoree a lo lejos entre la bruma el Rhin.
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Noche de invierno
Junto al Rhin, el viejo río, El río de las leyendas, Un castillo silencioso Alza sus torres de piedra, Del señor de la comarca La sombría fortaleza. La niña de ojos azules Y rizada cabellera, De tez de nieve y de grana, Casto ideal de poeta; La que mis sueños tranquilos Cruza vaporosa, aérea, Cual Holda cruza el espacio En noches de primavera, La adorada de mi vida Que me ha jurado fe eterna, Allí vive, para el mundo Escondida su belleza. Cuando las luces se apagan En las sombrías almenas, Y el castillo está embozado En su manto de tinieblas, Llego vestido de paje A la marmórea escalera Donde me aguarda mi amada, La niña de rizas trenzas, La de los ojos azules Que me ha jurado fe eterna; Y el paseo comenzamos De brazo por la alameda; Y ella al oído me dice, Con voz apagada y trémula, -En mi hombro, pensativa, Reclinada la cabeza,- Lo que ha soñado en sus noches, Sus imposibles quimeras, Las ternuras de su alma, Sus recónditas tristezas; Y yo, soñador, le narro Cuentos de hermosas princesas Enamoradas de pajes Que han muerto de amor por ellas; Y al decirle mis dolores, Mis sueños y mis tristezas, Melancólica me mira, Llora, y las manos me estrecha. Y cuando en el cielo pálido Muriendo van las estrellas, La dejo en la escalinata Y repaso la alameda, Cabizbajo, recordando Lo que olvidé junto a ella, Lo que pensaba decirle: Más sueños y más promesas. Y cruzo el Rhin en mi barca... Y en tanto en las ondas crespas Juegan con la blanca espuma Las hadas de las leyendas.
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Junto al rhin
Junto al Rhin, el viejo río, El río de las leyendas, Un castillo silencioso Alza sus torres de piedra, Del señor de la comarca La sombría fortaleza. La niña de ojos azules Y rizada cabellera, De tez de nieve y de grana, Casto ideal de poeta; La que mis sueños tranquilos Cruza vaporosa, aérea, Cual Holda cruza el espacio En noches de primavera, La adorada de mi vida Que me ha jurado fe eterna, Allí vive, para el mundo Escondida su belleza. Cuando las luces se apagan En las sombrías almenas, Y el castillo está embozado En su manto de tinieblas, Llego vestido de paje A la marmórea escalera Donde me aguarda mi amada, La niña de rizas trenzas, La de los ojos azules Que me ha jurado fe eterna; Y el paseo comenzamos De brazo por la alameda; Y ella al oído me dice, Con voz apagada y trémula, -En mi hombro, pensativa, Reclinada la cabeza,- Lo que ha soñado en sus noches, Sus imposibles quimeras, Las ternuras de su alma, Sus recónditas tristezas; Y yo, soñador, le narro Cuentos de hermosas princesas Enamoradas de pajes Que han muerto de amor por ellas; Y al decirle mis dolores, Mis sueños y mis tristezas, Melancólica me mira, Llora, y las manos me estrecha. Y cuando en el cielo pálido Muriendo van las estrellas, La dejo en la escalinata Y repaso la alameda, Cabizbajo, recordando Lo que olvidé junto a ella, Lo que pensaba decirle: Más sueños y más promesas. Y cruzo el Rhin en mi barca... Y en tanto en las ondas crespas Juegan con la blanca espuma Las hadas de las leyendas.
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Es mediodía. Un parque. Invierno. Blancas sendas; simétricos montículos y ramas esqueléticas.  Bajo el invernadero, naranjos en maceta, y en su tonel, pintado de verde, la palmera.   Un viejecillo dice, para su capa vieja: «¡El sol, esta hermosura de sol!...» Los niños juegan.   El agua de la fuente resbala, corre y sueña lamiendo, casi muda, la verdinosa piedra.
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Sol de invierno