Pecado fue
no volver a besar tu boca,
seductora y alegre
como el río cristalino.
Abandonar aquellas caricias
en tu piel de seda,
que desconocían de otras manos,
y otros placeres.
Pecado fue
alejarme de tu mirada.
Darte el adiós de la angustia,
cuando debí arrancar
sin cuidado tu ropa.
Y el olvido olvidó olvidarte.
El recuerdo vive intacto.
Los días traen noches eternas,
y la eternidad me trae
insomnios baratos.