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"sangriento" poems
Spanish Yo hacía una divina labor, sobre la roca Creciente del Orgullo. De la vida lejana, Algún pétalo vívido me voló en la mañana, Algún beso en la noche. Tenaz como una loca, Sequía mi divina labor sobre la roca. Cuando tu voz que funde como sacra campana En la nota celeste la vibración humana, Tendió su lazo do oro al borde de tu boca; —Maravilloso nido del vértigo, tu boca! Dos pétalos de rosa abrochando un abismo…— Labor, labor de gloria, dolorosa y liviana; ¡Tela donde mi espíritu su fue tramando él mismo! Tú quedas en la testa soberbia de la roca, Y yo caigo, sin fin, en el sangriento abismo! English I was at my divine labor, upon the rock Swelling with Pride. From a distance, At dawn, some bright petal came to me, Some kiss in the night. Upon the rock, Tenacious a madwoman, I clung to my work. When your voice, like a sacred bell, A celestial note with a human tremor, Stretched its golden lasso from the edge of your mouth; —Marvelous nest of vertigo, your mouth! Two rose petals fastened to an abyss…— Labor, labor of glory, painful and frivolous; Fabric where my spirit went weaving herself! You come to the arrogant head of the rock, And I fall, without end, into the ****** abyss!
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Tu Boca (Your Mouth)
Fue preciso que el sol se ocultara sangriento, que se fueran las nubes, que se calmara el viento. que se pusiese el cielo tranquilo como un raso para que aquella gota de luz se abriese paso. Era apenas un punto en el cielo amatista, casi menos que un punto, creación de vista. Tuvo aún que esperar apretada en capullo a que se hiciese toda la sombra en torno suyo. Entonces se agrandó, se abrió como una flor, una férvida plata cuajóse en su interior y embriagada de luz empezó a parpadear... No tenía otra cosa que hacer más que brillar.
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Una estrella
De sombra, sol y muerte, volandera grana zumbando, el ruedo gira herido por un clarín de sangre azul torera. Abanicos de aplausos, en bandadas, descienden, giradores, del tendido, la ronda a coronar de los espadas. Se hace añicos el aire, y violento, un mar por media luna gris mandado prende fuego a un farol que apaga el viento. ¡Buen caballito de los toros, vuela, sin más jinete de oro y plata, al prado de tu gloria de azúcar y canela! Cinco picas al monte, y cinco olas sus lomos empinados convirtiendo en verbena de sangre y banderolas. Carrusel de claveles y mantillas de luna macarena y sol, bebiendo, de naranja y limón, las banderillas. Blonda negra, partida por dos bandas, de amor injerto en oro la cintura, presidenta del cielo y las barandas, rosa en el palco de la muerte aún viva, libre y por fuera sanguinaria y dura, pero de corza el corazón, cautiva. Brindis, cristiana mora, a ti, volando, cuervo mudo y sin ojos, la montera del áureo espada que en el sol lidiando y en la sombra, vendido, de puntillas, da su junco a la media luna fiera, y a la muerte su gracia, de rodillas. Veloz, rayo de plata en campo de oro nacido de la arena y suspendido, por un estambre, de la gloria, al toro, mar sangriento de picas coronado, en Dolorosa grana convertido, centrar el ruedo manda, traspasado. Feria de cascabel y percalina, muerta la media luna gladiadora, de limón y naranja, remolina de la muerte, girando, y los toreros, bajo una alegoría voladora de palmas, abanicos y sombreros.
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Corrida de toros
De sombra, sol y muerte, volandera grana zumbando, el ruedo gira herido por un clarín de sangre azul torera. Abanicos de aplausos, en bandadas, descienden, giradores, del tendido, la ronda a coronar de los espadas. Se hace añicos el aire, y violento, un mar por media luna gris mandado prende fuego a un farol que apaga el viento. ¡Buen caballito de los toros, vuela, sin más jinete de oro y plata, al prado de tu gloria de azúcar y canela! Cinco picas al monte, y cinco olas sus lomos empinados convirtiendo en verbena de sangre y banderolas. Carrusel de claveles y mantillas de luna macarena y sol, bebiendo, de naranja y limón, las banderillas. Blonda negra, partida por dos bandas, de amor injerto en oro la cintura, presidenta del cielo y las barandas, rosa en el palco de la muerte aún viva, libre y por fuera sanguinaria y dura, pero de corza el corazón, cautiva. Brindis, cristiana mora, a ti, volando, cuervo mudo y sin ojos, la montera del áureo espada que en el sol lidiando y en la sombra, vendido, de puntillas, da su junco a la media luna fiera, y a la muerte su gracia, de rodillas. Veloz, rayo de plata en campo de oro nacido de la arena y suspendido, por un estambre, de la gloria, al toro, mar sangriento de picas coronado, en Dolorosa grana convertido, centrar el ruedo manda, traspasado. Feria de cascabel y percalina, muerta la media luna gladiadora, de limón y naranja, remolina de la muerte, girando, y los toreros, bajo una alegoría voladora de palmas, abanicos y sombreros.
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Papagayo verde, lorito real, di tú lo que sabes al sol que se va.   Tengo un olvido, Guiomar, todo erizado de espinas, hoja de nopal.   Cuando truena el cielo (¡qué bonito está para la blasfemia!) y hay humo en el mar...   En los yermos altos veo unos chopos de frío y un camino blanco.   En aquella piedra (¡tierras de la luna!) ¿nadie lo recuerda?   Azotan el limonar las ráfagas de febrero. No duermo por no soñar.  Sobre la maleza las brujas de Macbeth danzan en corro y gritan: ¡tú serás rey! (thou shalt be king, all hail!)   Y en el ancho llano «me quitarán la ventura -dice el viejo hidalgo-, me quitarán la ventura no el corazón esforzado».   Con el sol que luce más allá del tiempo (¿quién ve la corona de Macbeth sangriento?), los encantadores del buen caballero bruñen los mohosos harapos de hierro.
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Coplas
Paseábase el rey moro - por la ciudad de Granada desde la puerta de Elvira - hasta la de Vivarrambla.                 -¡Ay de mi Alhama!-Cartas le fueron venidas - que Alhama era ganada. Las cartas echó en el fuego - y al mensajero matara,                 -¡Ay de mi Alhama!-Descabalga de una mula, - y en un caballo cabalga; por el Zacatín arriba - subido se había al Alhambra.                -¡Ay de mi Alhama!-Como en el Alhambra estuvo, - al mismo punto mandaba que se toquen sus trompetas, - sus añafiles de plata.                 -¡Ay de mi Alhama!-Y que las cajas de guerra - apriesa toquen el arma, porque lo oigan sus moros, - los de la vega y Granada.                 -¡Ay de mi Alhama!-Los moros que el son oyeron - que al sangriento Marte llama, uno a uno y dos a dos - juntado se ha gran batalla.                 -¡Ay de mi Alhama!-Allí fabló un moro viejo, - de esta manera fablara: -¿Para qué nos llamas, rey, - para qué es esta llamada?                 -¡Ay de mi Alhama!--Habéis de saber, amigos, - una nueva desdichada: que cristianos de braveza - ya nos han ganado Alhama.                -¡Ay de mi Alhama!-Allí fabló un alfaquí - de barba crecida y cana: -Bien se te emplea, buen rey, - buen rey, bien se te empleara.                 -¡Ay de mi Alhama!-Mataste los Bencerrajes, - que eran la flor de Granada, cogiste los tornadizos - de Córdoba la nombrada.                -¡Ay de mi Alhama!-Por eso mereces, rey, - una pena muy doblada: que te pierdas tú y el reino, - y aquí se pierda Granada.                 -¡Ay de mi Alhama!-
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Romance de la pérdida de alhama
Paseábase el rey moro - por la ciudad de Granada desde la puerta de Elvira - hasta la de Vivarrambla.                 -¡Ay de mi Alhama!-Cartas le fueron venidas - que Alhama era ganada. Las cartas echó en el fuego - y al mensajero matara,                 -¡Ay de mi Alhama!-Descabalga de una mula, - y en un caballo cabalga; por el Zacatín arriba - subido se había al Alhambra.                -¡Ay de mi Alhama!-Como en el Alhambra estuvo, - al mismo punto mandaba que se toquen sus trompetas, - sus añafiles de plata.                 -¡Ay de mi Alhama!-Y que las cajas de guerra - apriesa toquen el arma, porque lo oigan sus moros, - los de la vega y Granada.                 -¡Ay de mi Alhama!-Los moros que el son oyeron - que al sangriento Marte llama, uno a uno y dos a dos - juntado se ha gran batalla.                 -¡Ay de mi Alhama!-Allí fabló un moro viejo, - de esta manera fablara: -¿Para qué nos llamas, rey, - para qué es esta llamada?                 -¡Ay de mi Alhama!--Habéis de saber, amigos, - una nueva desdichada: que cristianos de braveza - ya nos han ganado Alhama.                -¡Ay de mi Alhama!-Allí fabló un alfaquí - de barba crecida y cana: -Bien se te emplea, buen rey, - buen rey, bien se te empleara.                 -¡Ay de mi Alhama!-Mataste los Bencerrajes, - que eran la flor de Granada, cogiste los tornadizos - de Córdoba la nombrada.                -¡Ay de mi Alhama!-Por eso mereces, rey, - una pena muy doblada: que te pierdas tú y el reino, - y aquí se pierda Granada.                 -¡Ay de mi Alhama!-
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Silencio. Aquí se ha hecho ya de noche, ya tras del cementerio se fue el sol; aquí se está llorando a mil pupilas: no vuelvas; ya murió mi corazón. Silencio. Aquí ya todo está vestido de dolor riguroso; y arde apenas, como un mal kerosene, esta pasión. Primavera vendrá. Cantarás «Eva» desde un minuto horizontal, desde un hornillo en que arderán los nardos de Eros. ¡Forja allí tu perdón para el poeta, que ha de dolerme aún, como clavo que cierra un ataúd! Mas... una noche de lirismo, tu buen seno, tu mar rojo se azotará con olas de quince años, al ver lejos, aviado con recuerdos mi corsario bajel, mi ingratitud. Después, tu manzanar, tu labio dándose, y que se aja por mí por la vez última, y que muere sangriento de amar mucho, como un croquis pagano de Jesús. Amada! Y cantarás; y ha de vibrar el femenino en mi alma, como en una enlutada catedral.
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Yeso
Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses, beso zapatos vacíos y empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo sostiene. Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles. Si yo salí de la tierra, si yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere. Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse: para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces. Aunque le faltan las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canto con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
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Sentado sobre los muertos
Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses, beso zapatos vacíos y empuño rabiosamente la mano del corazón y el alma que lo sostiene. Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles. Si yo salí de la tierra, si yo he nacido de un vientre desdichado y con pobreza, no fue sino para hacerme ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte, y cantar y repetir a quien escucharme debe cuanto a penas, cuanto a pobres, cuanto a tierra se refiere. Ayer amaneció el pueblo desnudo y sin qué comer, y el día de hoy amanece justamente aborrascado y sangriento justamente. En su mano los fusiles leones quieren volverse: para acabar con las fieras que lo han sido tantas veces. Aunque le faltan las armas, pueblo de cien mil poderes, no desfallezcan tus huesos, castiga a quien te malhiere mientras que te queden puños, uñas, saliva, y te queden corazón, entrañas, tripas, cosas de varón y dientes. Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve, asesina al que asesina, aborrece al que aborrece la paz de tu corazón y el vientre de tus mujeres. No te hieran por la espalda, vive cara a cara y muere con el pecho ante las balas, ancho como las paredes. Canto con la voz de luto, pueblo de mí, por tus héroes: tus ansias como las mías, tus desventuras que tienen del mismo metal el llanto, las penas del mismo temple, y de la misma madera tu pensamiento y mi frente, tu corazón y mi sangre, tu dolor y mis laureles. Antemuro de la nada esta vida me parece. Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene, y aquí estoy para morir, cuando la hora me llegue, en los veneros del pueblo desde ahora y desde siempre. Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte.
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¿Quién es aquel Caballero herido por tantas partes, que está de expirar tan cerca, y no le socorre nadie? «Jesús Nazareno» dice aquel rétulo notable. ¡Ay Dios, que tan dulce nombre no promete muerte infame! Después del nombre y la patria, Rey dice más adelante, pues si es rey, ¿cuándo de espinas han usado coronarse? Dos cetros tiene en las manos, mas nunca he visto que claven a los reyes en los cetros los vasallos desleales. Unos dicen que si es Rey, de la cruz descienda y baje; y otros, que salvando a muchos, a sí no puede salvarse. De luto se cubre el cielo, y el sol de sangriento esmalte, o padece Dios, o el mundo se disuelve y se deshace. Al pie de la cruz, María está en dolor constante, mirando al Sol que se pone entre arreboles de sangre. Con ella su amado primo haciendo sus ojos mares, Cristo los pone en los dos, más tierno porque se parte. ¡Oh lo que sienten los tres! Juan, como primo y amante, como madre la de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe. Alma, mirad cómo Cristo, para partirse a su Padre, viendo que a su Madre deja, le dice palabras tales: Mujer, ves ahí a tu hijo y a Juan: Ves ahí tu Madre. Juan queda en lugar de Cristo, ¡ay Dios, qué favor tan grande! Viendo, pues, Jesús que todo ya comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el hombre se salve. Corrió un hombre y puso luego a sus labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y vinagre. ¿En la boca de Jesús pones hiel?, hombre, ¿qué haces? Mira que por ese cielo de Dios las palabras salen. Advierte que en ella puso con sus pechos virginales una ave su blanca leche a cuya dulzura sabe. Alma, sus labios divinos, cuando vamos a rogarle, ¿cómo con vinagre y hiel **** respuesta süave? Llegad a la Virgen bella, y decirle con el ángel: «Ave, quitad su amargura, pues que de gracia sois Ave». Sepa al vientre el fruto santo, y a la dulce palma el dátil; si tiene el alma a la puerta no tengan hiel los umbrales. Y si dais leche a Bernardo, porque de madre os alabe, mejor Jesús la merece, pues Madre de Dios os hace. Dulcísimo Cristo mío, aunque esos labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como Dios habladme. Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y perdonarme.
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A cristo en la cruz
¿Quién es aquel Caballero herido por tantas partes, que está de expirar tan cerca, y no le socorre nadie? «Jesús Nazareno» dice aquel rétulo notable. ¡Ay Dios, que tan dulce nombre no promete muerte infame! Después del nombre y la patria, Rey dice más adelante, pues si es rey, ¿cuándo de espinas han usado coronarse? Dos cetros tiene en las manos, mas nunca he visto que claven a los reyes en los cetros los vasallos desleales. Unos dicen que si es Rey, de la cruz descienda y baje; y otros, que salvando a muchos, a sí no puede salvarse. De luto se cubre el cielo, y el sol de sangriento esmalte, o padece Dios, o el mundo se disuelve y se deshace. Al pie de la cruz, María está en dolor constante, mirando al Sol que se pone entre arreboles de sangre. Con ella su amado primo haciendo sus ojos mares, Cristo los pone en los dos, más tierno porque se parte. ¡Oh lo que sienten los tres! Juan, como primo y amante, como madre la de Dios, y lo que Dios, Dios lo sabe. Alma, mirad cómo Cristo, para partirse a su Padre, viendo que a su Madre deja, le dice palabras tales: Mujer, ves ahí a tu hijo y a Juan: Ves ahí tu Madre. Juan queda en lugar de Cristo, ¡ay Dios, qué favor tan grande! Viendo, pues, Jesús que todo ya comenzaba a acabarse, Sed tengo, dijo, que tiene sed de que el hombre se salve. Corrió un hombre y puso luego a sus labios celestiales en una caña una esponja llena de hiel y vinagre. ¿En la boca de Jesús pones hiel?, hombre, ¿qué haces? Mira que por ese cielo de Dios las palabras salen. Advierte que en ella puso con sus pechos virginales una ave su blanca leche a cuya dulzura sabe. Alma, sus labios divinos, cuando vamos a rogarle, ¿cómo con vinagre y hiel **** respuesta süave? Llegad a la Virgen bella, y decirle con el ángel: «Ave, quitad su amargura, pues que de gracia sois Ave». Sepa al vientre el fruto santo, y a la dulce palma el dátil; si tiene el alma a la puerta no tengan hiel los umbrales. Y si dais leche a Bernardo, porque de madre os alabe, mejor Jesús la merece, pues Madre de Dios os hace. Dulcísimo Cristo mío, aunque esos labios se bañen en hiel de mis graves culpas, Dios sois, como Dios habladme. Habladme, dulce Jesús, antes que la lengua os falte, no os desciendan de la cruz sin hablarme y perdonarme.
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Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Acuarimántima iv
Yo descendí de la antioqueña cumbre, de austera estirpe que el honor decora, el alma en paz y el corazón en lumbre, y el claro sortilegio de la aurora bruñó mi lira y la libró de herrumbre. Y fui, viajero de nivoso monte y umbría roza de maíz, al valle que da a la luz su fruta entre su llama: había miel de filtros de sinsonte que derrama canción de rama en rama. Y el mar abierto, a mí divinamente su honda virtud hizo afluir entera: gusté su yodo... y la embriaguez ignota de no sé qué sagrada primavera bajo la paz de una ciudad remota. Fulgía en mi ilusión Acuarimántima. Ciudad del bien, fastuosa, legendaria, ciudad de amor y esfuerzo y ufanía y de meditación y de plegaria; una ciudad azúlea, egregia, fuerte, una Jerusalén de poesía. Y como los cruzados medioevales, ceñíme al torso fúlgida coraza y fuime en pos de la ciudad cautiva, burlando la guadaña de la Muerte y la fortuna a mi querer esquiva. La ondulante odisea rememoro con amor y dolor... Un linde vago, de súbito sangriento, ya cetrino... Un buque... un muelle... un joven noctivago... y el tono de la voz... y el pan marcino... La maravilla comba, transparente, de las noches de junio hacia la hondura de un huerto viola, en ácidos alcores; y allí la levadura de mis cantos, hecha de mezquindad y sinsabores. Y aquella niña del amor florido y oloroso, y ritual, y enardecido, el seno como un fruto no oprimido, y un dulzor en los besos diluïdo, y un no sé qué... que túrbame el sentido. Y la huraña beldad, el mármol yerto e inconmovible; y la Infantina huraña que era el postrer jazmín que daba un huerto... ¡Me figuro las luces de sus ojos como dos cirios de un cariño muerto! Y el arduo afán en el impulso vario por resolver el canto en melodía. Derrame un ruiseñor en el himnario toda la miel del día. Un rumor milenario, y la luz de tu lámpara ¡oh Sophía! Húmedos los cabellos -cristalinos caireles de agua y sol-, aún ondulan fantásticas ondinas; mientras danza en la luz un coro de donceles por la playa al influjo de las sales marinas...
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Y mi mano sacrílega se tiñe de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía! Mas no fue mi ternura, fue un furor... Si de nuevo, a mis ojos resurrecta, te pudiese inmolar, te inmolaría. ¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor? Gozoso aún y pávido y tremente, hui a la sombra, la cerrada sombra que en su mudez acoge las iras y los vértigos. ¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura! ¡Soledad, un refugio en tus entrañas! ¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura! Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos. Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo, todo estaba sangriento. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. En los prados del monte fueron crimen mis huellas. Como vírgenes desoladas me bañaron de llanto las estrellas. En las playas de luz mojadas di un alarido al ver el mar que hervía; y huyendo en pos, en pos de la noche que huía, me ensangrentó la sangre horrible del alba del día. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. Y los pastores me negarían sus cabañas. Las rocas me aplastarían en sus entrañas. La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario. ¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento, si entre mi corazón ardía el tenebrario? Viajó mi alma en íntimas pasiones de Cristos coronados de congojas; ¡el pudor!, ¡el honor entre sayones! Fui rosa negra de mil rosas rojas del vicio en las ocultas floraciones... Mas el azul a mi dolor heroico abrió su abismo de fulgencias puras, soles remotos, nébulas, centellas y estuve opreso por las lumbres de ellas del hilo de oro de! collar del día; y un anhelar de espacio dio sus alas a mi desconcertada poesía. En la lluvia de gotas de mi sangre, tras el velo irisado de mis lágrimas, -vago sueño- sus brumas deshacía, -vago sueño- mi vaga Acuarimántima.
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Acuarimántima vii
Y mi mano sacrílega se tiñe de tu sangre, ¡oh Imali, oh vestal mía! Mas no fue mi ternura, fue un furor... Si de nuevo, a mis ojos resurrecta, te pudiese inmolar, te inmolaría. ¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor? Gozoso aún y pávido y tremente, hui a la sombra, la cerrada sombra que en su mudez acoge las iras y los vértigos. ¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura! ¡Soledad, un refugio en tus entrañas! ¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura! Mas la sangre fluía. en chorros de carbunclos. Ante el cadáver lívido, sin blandones, sin túmulo, todo estaba sangriento. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. En los prados del monte fueron crimen mis huellas. Como vírgenes desoladas me bañaron de llanto las estrellas. En las playas de luz mojadas di un alarido al ver el mar que hervía; y huyendo en pos, en pos de la noche que huía, me ensangrentó la sangre horrible del alba del día. -"Asesino", "Asesino" -susurraba y se iba el viento. Y los pastores me negarían sus cabañas. Las rocas me aplastarían en sus entrañas. La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario. ¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento, si entre mi corazón ardía el tenebrario? Viajó mi alma en íntimas pasiones de Cristos coronados de congojas; ¡el pudor!, ¡el honor entre sayones! Fui rosa negra de mil rosas rojas del vicio en las ocultas floraciones... Mas el azul a mi dolor heroico abrió su abismo de fulgencias puras, soles remotos, nébulas, centellas y estuve opreso por las lumbres de ellas del hilo de oro de! collar del día; y un anhelar de espacio dio sus alas a mi desconcertada poesía. En la lluvia de gotas de mi sangre, tras el velo irisado de mis lágrimas, -vago sueño- sus brumas deshacía, -vago sueño- mi vaga Acuarimántima.
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Cuelga sangriento de la cama al suelo el hombro diestro del feroz tirano, que opuesto al muro de Betulia en vano, despidió contra sí rayos al cielo. Revuelto con el ansia el rojo velo del pabellón a la siniestra mano descubre el espectáculo inhumano del tronco horrible convertido en hielo. Vertido Baco, el fuerte arnés afea los vasos y la mesa derribada, duermen las guardas, que tan mal emplea; y sobre la muralla coronada del pueblo de Israel, la casta hebrea con la cabeza resplandece armada.
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Al triunfo de judit
Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando en mi viejo dolor como las yedras. Ellas trepan así por las paredes húmedas. Eres tú la culpable de este juego sangriento. Ellas están huyendo de mi guarida oscura. Todo lo llenas tú, todo lo llenas. Antes que tú poblaron la soledad que ocupas, y están acostumbradas más que tú a mi tristeza. Ahora quiero que digan lo que quiero decirte para que tú las oigas como quiero que me oigas. El viento de la angustia aún las suele arrastrar. Huracanes de sueños aún a veces las tumban. Escuchas otras voces en mi voz dolorida. Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas. Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme. Sígueme, compañera, en esa ola de angustia. Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas. Voy haciendo de todas un collar infinito para tus blancas manos, suaves como las uvas.
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Poema 5
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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El hambre
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo. El hambre paseaba sus vacas exprimidas, sus mujeres resecas, sus devoradas ubres, sus ávidas quijadas, sus miserables vidas frente a los comedores y los cuerpos salubres. Los años de abundancia, la saciedad, la hartura eran sólo de aquellos que se llamaban amos. Para que venga el pan justo a la dentadura del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos. Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento. Años del hambre han sido para el pobre sus años. Sumaban para el otro su cantidad los panes. Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes. Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas, cicatrices y heridas, señales y recuerdos del hambre, contra tantas barrigas satisfechas: cerdos con un origen peor que el de los cerdos. Por haber engordado tan baja y brutalmente, más abajo de donde los cerdos se solazan, seréis atravesados por esta gran corriente de espigas que llamean, de puños que amenazan. No habéis querido oír con orejas abiertas el llanto de millones de niños jornaleros. Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas a pedir con la boca de los mismos luceros. En cada casa, un odio como una higuera fosca, como un tremante toro con los cuernos tremantes, rompe por los tejados, os cerca y os embosca, y os destruye a cornadas, perros agonizantes.
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La luna segó tres veces su alba cosecha de nardos. Tres veces sobre la mar bailaron fantasmas blancos. La novia espera alisando su largo cabello ***** A veces, peine de plata; a veces, peine de hierro. Le dice al viento: -Ya viene. La flor de la salvia reza: -Yo formé almohada morada para su triste cabeza. La novia espera bordando, en oro, banda de seda. Por el camino una nube espesa, de polvo denso. Por el camino se acerca, enlutado, un mensajero. Pone la rodilla en tierra, besa la mano de reina. La novia mira a lo lejos y grita ansiosa: -¡Ya llega! Por el camino se acerca, sangriento y mudo, un espectro. Hinca la rodilla en tierra, helado la boca besa y lágrimas color sangre caen en las vacías cuencas. La novia cierra los ojos y siente un frío de huesa. Caminante apura el paso y en esa puerta no llames después que tras de los montes se haya dormido la tarde. En ese porche sombrío todas las noches se aman un espectro, que en el pecho tiene sumida una daga, y la novia que en el día peinando el ***** cabello aguarda pálida y triste que regrese el caballero. La noche se lo trae muerto a recostarlo en su pecho.
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Romance de la inútil espera
Dos especies de manos se enfrentan en la vida, brotan del corazón, irrumpen por los brazos, saltan, y desembocan sobre la luz herida a golpes, a zarpazos. La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente. Alzad, moved las manos en un gran oleaje, hombres de mi simiente. Ante la aurora veo surgir las manos puras de los trabajadores terrestres y marinos, como una primavera de alegres dentaduras, de dedos matutinos. Endurecidamente pobladas de sudores, retumbantes las venas desde las uñas rotas, constelan los espacios de andamios y clamores, relámpagos y gotas. Conducen herrerías, azadas y telares, muerden metales, montes, raptan hachas, encinas, y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares fábricas, pueblos, minas. Estas sonoras manos oscuras y lucientes las reviste una piel de invencible corteza, y son inagotables y generosas fuentes de vida y de riqueza. Como si con los astros el polvo peleara, como si los planetas lucharan con gusanos, la especie de las manos trabajadora y clara lucha con otras manos. Feroces y reunidas en un bando sangriento avanzan al hundirse los cielos vespertinos unas manos de hueso lívido y avariento, paisaje de asesinos. No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos, mudamente aletean, se ciernen, se propagan. Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos, y blandas de ocio vagan. Empuñan crucifijos y acaparan tesoros que a nadie corresponden sino a quien los labora, y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros caudales de la aurora. Orgullo de puñales, arma de bombardeos con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña: ejecutoras pálidas de los negros deseos que la avaricia empuña. ¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden al agua y la deshonran, enrojecen y estragan? Nadie lavará manos que en el puñal se encienden y en el amor se apagan. Las laboriosas manos de los trabajadores caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas. Y las verán cortadas tantos explotadores en sus mismas rodillas.
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Las manos
Dos especies de manos se enfrentan en la vida, brotan del corazón, irrumpen por los brazos, saltan, y desembocan sobre la luz herida a golpes, a zarpazos. La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente. Alzad, moved las manos en un gran oleaje, hombres de mi simiente. Ante la aurora veo surgir las manos puras de los trabajadores terrestres y marinos, como una primavera de alegres dentaduras, de dedos matutinos. Endurecidamente pobladas de sudores, retumbantes las venas desde las uñas rotas, constelan los espacios de andamios y clamores, relámpagos y gotas. Conducen herrerías, azadas y telares, muerden metales, montes, raptan hachas, encinas, y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares fábricas, pueblos, minas. Estas sonoras manos oscuras y lucientes las reviste una piel de invencible corteza, y son inagotables y generosas fuentes de vida y de riqueza. Como si con los astros el polvo peleara, como si los planetas lucharan con gusanos, la especie de las manos trabajadora y clara lucha con otras manos. Feroces y reunidas en un bando sangriento avanzan al hundirse los cielos vespertinos unas manos de hueso lívido y avariento, paisaje de asesinos. No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos, mudamente aletean, se ciernen, se propagan. Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos, y blandas de ocio vagan. Empuñan crucifijos y acaparan tesoros que a nadie corresponden sino a quien los labora, y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros caudales de la aurora. Orgullo de puñales, arma de bombardeos con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña: ejecutoras pálidas de los negros deseos que la avaricia empuña. ¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden al agua y la deshonran, enrojecen y estragan? Nadie lavará manos que en el puñal se encienden y en el amor se apagan. Las laboriosas manos de los trabajadores caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas. Y las verán cortadas tantos explotadores en sus mismas rodillas.
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Velay! Velay! Melusina, velay! Melusina de oro -en el cabello y en el vello leve 1 que el labio te sombrea y las mejillas-. 2 Velay! Melusina de aciano -palpitantes, azúreos, lientos ojos-. Velay! Melusina la blonda -los sonrosados labios, el cuello sonrosado, sonrosados tesoros escondidos...- Velay! Velay! Melusina, velay! Melusina de oro: ¿cuándo reventarán los azahares? ¿cuándo el sabor caliente de tus llenos labios golosos gustará mi gula? ¿cuándo aquellos tesoros escondidos que -apenas- vislumbrará el ojo hambriento (bastión bicupulado -diminutas cúpulas desafiantes- que decora sangriento par de diminutas fresas; nemorosos retiros bajo los tibios brazos; nemoros retiros...?) ¿cuándo aquéllos tesoros recatados golosamente gustará mi gula? ¿cuándo reventarán los azahares? Velay! Velay! Melusina, velay! Melusina de oro -en el cabello y en el vello leve... 3 Velay! Melusina de aciano, velay! Melusina la blonda, velay! velay! Melusina...
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Canción de melusina
Por aquel postigo viejo que nunca fuera cerrado vi venir seña bermeja con trescientos de caballo; un pendón traen sangriento, de ***** muy bien bordado, y en medio de los trescientos traen un cuerpo finado; Fernand Arias ha por nombre, hijo de Arias Gonzalo. A la entrada de Zamora un gran llanto es comenzado. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo; sobre todas lo lloraba esa Infanta Urraca Hernando, ¡y cuán triste la consuela el buen viejo Arias Gonzalo!: -¡Callad, mi ahijada, callad, no hagades tan grande llanto; por un hijo que me han muerto, vivos me quedaban cuatro; que no murió entre las damas, ni menos tablas jugando, mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando! ¡Ay de mí, viejo mezquino! ¡Quién no te hubiera criado, para verte, Fernand Arias, agora muerto en mis brazos! Ya tocaban las campanas, ya llevaban a enterrarlo allá en la iglesia mayor, junto al altar de Santiago, en una tumba muy rica, como requiere su estado.
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Romance xix del entierro de fernand arias
Yo tuve un ideal, ¿en dónde se halla? Albergué una virtud, ¿por qué se ha ido? Fui templario, ¿do está mi recia malla? ¿En qué campo sangriento de batalla me dejaron así, triste y vencido? ¡Oh, Progreso, eres luz! ¿Por qué no llena su fulgor mi conciencia? Tengo miedo a la duda terrible que envenena, y me miras rodar sobre la arena ¡y, cual hosca vestal, bajas el dedo! ¡Oh!, siglo decadente, que te jactas de poseer la verdad, tú que haces gala de que con Dios, y con la muerte pactas, devuélveme mi fe, yo soy un Chactas que acaricia el cadáver de su Atala... Amaba y me decías: «analiza», y murió mi pasión; luchaba fiero con Jesús por coraza, triza a triza, el filo penetrante de tu acero. ¡Tengo sed de saber y no me enseñas; tengo sed de avanzar y no me ayudas; tengo sed de creer y me despeñas en el mar de teorías en que sueñas hallar las soluciones de tus dudas! Y caigo, bien lo ves, y ya no puedo batallar sin amor, sin fe serena que ilumine mi ruta, y tengo miedo... ¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo, vestal, ¡que no me maten en la arena!
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Incoherencias
¡Si su belleza en mí morir pudiera como en ti, mar, se borran los colores que el sol divino te dejó, en las flores de luz de toda su jentil carrera! Mas ¿qué es la muchedumbre, pasajera eterna, de este oleaje de dolores, para tal resplandor de resplandores, alba sola de toda primavera? ¡Mar, toma tú, esta tarde sola y larga, mi corazón, y da a su sufrimiento tu anochecer sereno y estendido! ¡Que una vez sienta él cual tú, en la amarga infinitud de su latir sangriento, el color uniforme del olvido!
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Al mar anochecido
I knew help was needed when I laid down my sword felt like I was dying inside enslaved by insecurities abused with lies I pushed myself to the side to ride for the wrong one thought I was meeting HER, then I ran into you my hairs gray but you’ve dyed my soul blue the mad man blows me east to west The great spirit, My abba, in my soul, He invests I’m ending my complaints learning to play the hand keeping my eyes upon the sand -Ashley R Wright (@wisecurls)
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Oct 16, 2018
Oct 16, 2018 at 6:03 PM UTC
Sangriento Éxodo
Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto asedian día y noche la miel de los felices y no sirve la torre, ni el viaje, ni los muros: la desdicha atraviesa la paz de los dormidos, el dolor sube y baja y acerca sus cucharas y no hay hombre sin este movimiento, no hay natalicio, no hay techo ni cercado: hay que tomar en cuenta este atributo. Y en el amor no valen tampoco ojos cerrados, profundos lechos lejos del pestilente herido, o del que paso a paso conquista su bandera. Porque la vida pega como cólera o río y abre un túnel sangriento por donde nos vigilan los ojos de una inmensa familia de dolores.
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Soneto lv
A tu abandono opongo la elevada torre de mi divino pensamiento. Subido a ella, el corazón sangriento verá la mar, por él empurpurada. Fabricaré en mi sombra la alborada, mi lira guardaré del vano viento, buscaré en mis entrañas mi sustento... Mas ¡ay!, ¿y si esta paz no fuera nada? -¡Nada, sí, nada, nada!... -O que cayera mi corazón al agua, y de este modo fuese el mundo un castillo hueco y frío...- Que tú eres tú, la humana primavera, la tierra, el aire, el agua, el fuego, ¡todo!, ...¡y soy yo sólo el pensamiento mío!
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Nada
Las selvas hizo navegar, y el viento al cáñamo en sus velas respetaba, cuando, cortés, su anhélito tasaba con la necesidad del movimiento. Dilató su victoria el vencimiento por las riberas que el Danubio lava; cayó África ardiente; gimió esclava la falsa religión en fin sangriento. Vio Roma en la desorden de su gente, si no piadosa, ardiente valentía, y de España el rumor sosegó ausente. Retiró a Solimán, temor de Hungría, y por ser retirada más valiente, se retiró a sí mismo el postrer día.
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Inscripción de la estatua augusta del césar carlos quinto en aranjuez
Mi corazón leal, se amerita en la sombra. Yo lo sacara al día, como lengua de fuego que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz; y al oírlo batir su cárcel, yo me anego y me hundo en ternura remordida de un padre que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego. Mi corazón leal, se amerita en la sombra. Placer, amor, dolor... todo le es ultraje y estimula su cruel carrera logarítmica, sus ávidas mareas y su eterno oleaje. Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. Es la mitra y la válvula... Yo me lo arrancaría para llevarlo en triunfo a conocer el día, la estola de violetas en los hombros del alba, el cíngulo morado de los atardeceres, los astros, y el perímetro jovial de las mujeres. Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar como sangriento disco a la hoguera solar. Asi extirparé el cáncer de mi fatiga dura, seré impasible por el este y el oeste, asistiré con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura, y habrá en mi corazón la llama que le preste el incendio sinfónico de la esfera celeste.
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Mi corazón amerita...
A fuerza de quererte me he convertido, Amor, en alma en pena. ¿Por qué, Fuensanta mía, si mi pasión de ayer está ya muerta y en tu rostro se anuncian los estragos de la vejez temida que se acerca, tu boca es una invitación al beso como lo fue en lejanas primaveras? Es que mi desencanto nada puede contra mi condición de ánima en pena si a pesar de tus párpados exangües y las blancuras de tu faz anémica, aún se tiñen tus labios con el color sangriento de las fresas. A fuerza de quererte me he convertido, Amor, en alma en pena, y en el candor angélico de tu alma seré una sombra eterna...
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Tema ii