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"opacos" poems
A la orilla, de mí ya desprendido, toco la destrucción que en mí se atreve, palpo ceniza y nada, lo que llueve el cielo en su caer oscurecido. Anegado en mi sombra-espejo mido la deserción del soplo que me mueve: huyen, fantasma ejército de nieve, tacto y color, perfume y sed, ruido. El cielo se desangra en el cobalto de un duro mar de espumas minerales; yazgo a mis pies, me miro en el acero de la piedra gastada y del asfalto: pisan opacos muertos maquinales, no mi sombra, mi cuerpo verdadero.
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Crepúsculos de la ciudad
No quiero amar a nadie porque cualquier persona podría ser mi padre, cualquier persona podría ser mi madre. No es el miedo al error de Edipo. Es el miedo a ser humano. Porque todos somos sacos huesos. Y yo no sé si amo tu cara neblinosa, tus manos que tiemblan o la mecánica de tu rodilla o el lunar escondido en los pliegues de tu nuca. Tal vez no es la piel. Tal vez es tu hígado, el color de la sangre machucada en los talones, la uña mal cortada. Si Edipo hubiese sido mandado al extranjero, a hacer crecer los números en la Bolsa de Valores, jamás hubiese odiado a su padre, jamás hubiese amado a su madre. Pero lo criaron para llorar, para pelear, para morir bajo el asfixiante peso del destino. Yo no quiero amar a nadie porque es aceptar esa divinidad lejana, la negligencia de la carne, que somos débiles, tristes, pequeños, hermosos en detalle y nada más. Vistos desde el monte Olimpo nos volvemos nada y piedras y musgo al lado de una camelia muy roja. Opacos, imperceptibles. Yo no quiero amar, yo no quiero morir ni llorar ni sudar ni orinar bajo la sombra de un árbol resignado. Yo no quiero ser humano.
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Oct 29, 2012
Oct 29, 2012 at 4:05 PM UTC
Yo no quiero amar.
Traigo sus ojos conmigo, los llevo para poder observar de cerca como él, para olvidarme, se aleja a toda prisa magullando y lastimando sus encogidas huellas, entre las espigas empalagosas, más allá de una vieja y arcaica alameda. El ya no huele a miel naranja en sus pupilas, tiene tantas mentiras arrastrando por ese campo! que las últimas primaveras que viva, las vivirá fingiendo, que ama los huecos de los árboles, cuando yo sé muy bien, que mueres por la alquimia filosofía. Un día cualquiera, lo sé, cuando el sol venza al fin su cansancio, oxigenará su monótona vida con alguna brisa perdida por el terruño, y me recordará. Me recordará en los murmullos opacos y casi con amargura en su piel, sabrá, que jamás pudo olvidarme, a mi, a su única quimera endemoniada, la que lo hacia encender vibrar, morir y vivir. Entonces, cuando los días se le acobarden en los orgasmos, clamara en silencio mis labios y se maldecirá por haber dicho tantas mentiras y por ocultar tantas verdades. Ya sabes que no te bendigo vida mía, porque siempre yo fui, una mujer con infiernos perversos, en los labios. LAS PALABRAS QUE PARTIERON Valentina de la Canal. copyleft Reserved 2008
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Feb 28, 2015
Feb 28, 2015 at 7:02 AM UTC
LAS PALABRAS QUE PARTIERON
En el agua clara veo nuestros suaves reflexiones y las sombras solas y misteriosas debajo de glaciales enormes La luz del sol brillante se esconde debajo de nubes opacos me da escalofrios de temor y desaparecemos silenciosamente en la oscuridad El frio me atrapa en sus manos con el viento soplande en mi oido como un nino diciendome un secreto y el sol empieza a salir Ahorra siento esperanza veo la luz vislumbrante del sol poco a poco saliendo de las nubes y me siento libre y feliz
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Apr 10, 2013
Apr 10, 2013 at 7:59 PM UTC
El Viaje Misterioso
Yo que creí que la luz era mía precipitado en la sombra me veo. Ascua solar, sideral alegría ígnea de espuma, de luz, de deseo. Sangre ligera, redonda, granada: raudo anhelar sin perfil ni penumbra. Fuera, la luz en la luz sepultada. Siento que sólo la sombra me alumbra. Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo. Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles dentro del aire que no tiene vuelo, dentro del árbol de los imposibles. Cárdenos ceños, pasiones de luto. Dientes sedientos de ser colorados. Oscuridad del rencor absoluto. Cuerpos lo mismo que pozos cegados. Falta el espacio. Se ha hundido la risa. Ya no es posible lanzarse a la altura. El corazón quiere ser más de prisa fuerza que ensancha la estrecha negrura. Carne sin norte que va en oleada hacia la noche siniestra, baldía. ¿Quién es el rayo de sol que la invada? Busco. No encuentro ni rastro del día. Sólo el fulgor de los puños cerrados, el resplandor de los dientes que acechan. Dientes y puños de todos los lados. Más que las manos, los montes se estrechan. Turbia es la lucha sin sed de mañana. ¡Qué lejanía de opacos latidos! Soy una cárcel con una ventana ante una gran soledad de rugidos. Soy una abierta ventana que escucha. por donde va tenebrosa la vida. Pero hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida.
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Eterna sombra
Por el amplio silencio del instante pasa un vago temor. Tal vez gira la puerta sin motivo y se recoge una visión distante, como si el alma fuese un mirador. Afuera canta un pájaro cautivo y con gota fugaz el surtidor. Tal vez fingen las cortinas altas plegarse al toque de una mano intrusa, y el incierto rumor a las pupilas del enfermo acusa un camino de llanto en derredor. En sus ojos opacos, mortecinos, se reflejan las cosas con candor, mientras la queja fluye a los labios exangües de dolor. Cuenta la Hermana cuentas de rosario y piensa en el Calvario del Señor. Pero invade la sombra vespertina un extraño temor, y en el péndulo inmóvil se adivina la séptima caída del amor. Tal vez gira la puerta sin motivo. Afuera canta un pájaro cautivo, y con gota fugaz el surtidor.
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El enfermo
El lobo solamente se quedó mirándola. La Luna no tenía una palabra más que decir, buscó y encontró una excusa para poderse ir. Por su mente no pasó el momento en que la perdió. Él recorrió todo bosque buscándola. Ella quería buscar la luz del Sol. La noche azul perdía todo color y luz. La obscuridad pronto al lobo consumió. Era obscuridad, sus ojos no veían más que el reflejo de la Luna Él la anhelaba tener. Y el lobo aulló. Era causalidad: “Nadie la verá como yo”. Quería verla por siempre ahí, él la anhelaba tener. Y el lobo aulló. Estrellas intentaban darle brillos opacos. Eran lo único que lo protegían de morir. Y ella libremente paseaba en la noche. Allí, el pobre se quedaba aullando. Ella parecía encontrar al Sol cada día, más brillante cada vez que lo ve. El se desarrollaba en la obscuridad y la soledad lo empezaba a poseer. Se quedó mirando a la Luna crecer, quería ser el Sol y morir por verla brillar, aunque fuera solamente una última vez. No podía más. Y el lobo dejó de aullar.
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Apr 13, 2018
Apr 13, 2018 at 6:24 PM UTC
Aullido
Serán videntes demasiado nadie colindantes opacos orígenes del tedio al ritmo gota topes digo que ingieren el desgano con distinta apariencia Son borra viva cato descompases tirito de la sangre Un poco nubecosa entre sienes de ensayo y algo mucho por cierto indiscernible esqueleteando el aire dados ay en derrumbe hacia el final desvío de ya herbosos durmientes paralelos son estertores malacordes óleos espejismos terrenos milagro intuyo vermes casi llanto que rema de la sangre Sus remordidas grietas laxas fibras orates en desparpada fiebre musito por mi doble son pedales sin olas huecos intransitivos entre burbujas madres grifosones infiero aunque me duela islas sólo de sangre
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Islas sólo de sangre
Piedras locas de Chile, derramadas desde las cordilleras, roqueríos negros, ciegos, opacos, que anudan a la tierra los caminos, que ponen punto y piedra a la jornada, rocas blancas que interrumpen los ríos y suaves son besadas por una cinta sísmica de espuma, granito de la altura centelleante bajo la nieve como un monasterio, espinazo de la más dura patria o nave inmóvil, proa de la cierra terrible, piedra, piedra infinitamente pura, sellada como cósmica paloma, dura de sol, de viento, de energía, de sueño mineral, de tiempo oscuro, piedras locas, estrellas y pabellón dormido, cumbres, rodados, rocas: siga el silencio sobre vuestro durísimo silencio, bajo la investidura antártica de Chile, bajo su claridad ferruginosa.
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Piedras de chile