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"manecillas" poems
El reloj va sonando, marcando un tempo de viejo afligido, como si estuviera desesperado por dictar una hora, o un día. El perro se para a observar el "Tic tac" y su cola baila los danzones que el viejo reloj marca. La comida hierve con delicadeza y el humo de la olla silba las baladas que el tocadiscos canta, el reloj marca y la cola del perro baila. En la mesa se destapa el elixir que llena copas y embriaga almas cubriendo cuerpos como los ríos cubren al mar, y el mar inspira al escriba que roba suspiros que mueven manecillas de relojes para marcar tiempos y bailar colas de perros, hervir ollas que silban canciones y hacer luz que hacen cantar tocadiscos. Entonces el reloj se detiene porque ya es Jueves y son las cinco de la tarde
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Feb 11, 2015
Feb 11, 2015 at 10:58 PM UTC
Extasis en Jueves
No es tarde para dar la vuelta recordar la meta. El reloj marca la hora exacta pero las manecillas no se mueven, se detiene el tiempo en tus ojos al ver que se cierra la puerta. Me da miedo el olvido, y mantengo una ventana abierta para admirar clandestinamente tu mente en libertad. Mientras tú esperas una señal mi seducida voz grita señales mudas esperando que tus necios oídos entiendan, que eres todo lo que jamás soñé, y que tus labios son los que quiero yo besar. Sin embargo, inmersos en caricias de lejos, y miradas de admirar esperamos la manecilla siga inmóvil, y el tiempo no corra y sólo así no lleguemos tarde.
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Jan 18, 2015
Jan 18, 2015 at 11:59 AM UTC
Las manecillas
Orillas del Uruguay una piedra encontré hoy aplastada, redondita, y de encendido color: pequeña obra maestra de agua, de viento -y de sol. Y decidí recogerla y usarla como reloj. El mismo peso me hace que la máquina mejor, la compañía es idéntica y guarda el mismo calor. Lo miro de vez en cuando, y es tan grande la ilusión, que veo unas manecillas y los signos de rigor. Al que pregunta la hora se la invento y se la doy. Me equivoco por minutos, que no es equivocación, que el tiempo no está en esferas sino a nuestro alrededor: en la orla de una nube, en el cáliz de una flor, en nuestras entrañas mismas, en algo como un temblor. Le doy cuerda al acostarme y con toda precaución, entre libros y anteojos lo pongo en el velador y antes de dormir parece que escucho cierto rumor. No sé si son los segundos, esa arenilla veloz, o acaso la vocecilla del río que lo pulió. Ante mi reloj de piedra no tengo más que un temor: si se me llega a romper, ¿a qué relojero voy? Sólo pueden componerlo ojos y dedos de Dios.
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Romance del reloj de piedra
Piernas eternas que decís de Luisa La Vallière y de Thaís... Piernas de rana, de ondina y de aldeana; en su vocabulario se fascina la caravana. Piernas en las cuales danza la Teología funerales y epifanía. Piernas: alborozo y lutos y parodias de los Atributos. Piernas en que exordia la Misericordia en la derecha, y se inicia en la otra la Justicia. Piernas que llevan del muslo al talón los recados del corazón. Piernas del reloj humano, certeras como manecillas dudosas como lo arcano, sobresaltadas con la coquetería de las hadas. Piernas para que circuyas el espíritu, que se desarma entre tus aleluyas; si la violeta de Parma tuviese piernas, serían las tuyas. Mística integral, melómano alfiler sin fe de erratas, que yendo de puntillas por el globo las libélulas atas y desatas. ¡Te fuiste con mi rapto y con mi arrobo, agitando las ánimas eternas en los modismos de tus piernas!
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Anna pavlowa
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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Humildemente
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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