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"aros" poems
rwyf wrth fy modd i chi. rwy'n credo mewn chi. aros yn gryf. gadw i fynd. peidiwch a^ rhol'r gorau iddi. i chi. yn caeleu. hardd.
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Apr 27, 2014
Apr 27, 2014 at 8:16 PM UTC
encouragement (welsh)
Los circos trashumantes, de lamido perrillo enciclopédico y desacreditados elefantes, me enseñaron la cómica friolera y las magnas tragedias hilarantes. El aeronauta previo, colgado de los dedos de los pies, era un bravo cosmógrafo al revés que, si subía hasta asomarse al Polo Norte, o al Polo Sur, también tenía cuestiones personales con Eolo. Irrumpía el payaso como una estridencia ambigua, y era a un tiempo manicomio, niñez, golpe contuso, pesadilla y licencia. Amábanlo los niños porque salía de una bodega mágica de azúcares. Su faz sólo era trágica por dos lágrimas sendas de carmín. Su polvorosa apariencia toleraba tenerlo por muy limpio o por muy sucio, y un cónico bonete era la gloria inestable y procaz de su occipucio. El payaso tocaba a la amazona y la hallaba de almendra, a juzgar por la mímica fehaciente de toda su persona cuando llevaba el dedo temerario hasta la lengua cínica y glotona. Un día en que el payaso dio a probar su rastro de amazona al ejemplar señor Gobernador de aquel Estado, comprendí lo que es Poder Ejecutivo aturrullado. ¡Oh remoto payaso: en el umbral de mi infancia derecha y de mis virtudes recién nacidas yo no puedo tener una sospecha de amazonas y almendras prohibidas! Estas almendras raudas hechas de terciopelos y de trinos que no nos dejan ni tocar sus caudas... Los adioses baldíos a las augustas Evas redivivas que niegan la migaja, pero inculcan en nuestra sangre briosa una patética mendicidad de almendras fugitivas... Había una menuda cuadrumana de enagüilla de céfiro que, cabalgando por el redondel con azoros de humana, vencía los obstáculos de inquina y los aviesos aros de papel. Y cuando a la erudita cavilación de Darwin se le montaba la enagüilla obscena, la avisada monita se quedaba serena. como ante un espejismo, despreocupada lastimosamente de su desmantelado transformismo. La niña Bell cantaba: «Soy la paloma errante»; y de botellas y de cascabeles surtía un abundante surtidor de sonidos acuáticos, para la sed acuática de papás aburridos, nodriza inverecunda y prole gemebunda. ¡Oh memoria del circo! Tú te vas adelgazando en el frecuente síncope del latón sin compás; en la apesadumbrada somnolencia del gas; en el talento necio del domador aquel que molestaba a los leones hartos, y en el viudo oscilar del trapecio...
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Memorias del circo
Los circos trashumantes, de lamido perrillo enciclopédico y desacreditados elefantes, me enseñaron la cómica friolera y las magnas tragedias hilarantes. El aeronauta previo, colgado de los dedos de los pies, era un bravo cosmógrafo al revés que, si subía hasta asomarse al Polo Norte, o al Polo Sur, también tenía cuestiones personales con Eolo. Irrumpía el payaso como una estridencia ambigua, y era a un tiempo manicomio, niñez, golpe contuso, pesadilla y licencia. Amábanlo los niños porque salía de una bodega mágica de azúcares. Su faz sólo era trágica por dos lágrimas sendas de carmín. Su polvorosa apariencia toleraba tenerlo por muy limpio o por muy sucio, y un cónico bonete era la gloria inestable y procaz de su occipucio. El payaso tocaba a la amazona y la hallaba de almendra, a juzgar por la mímica fehaciente de toda su persona cuando llevaba el dedo temerario hasta la lengua cínica y glotona. Un día en que el payaso dio a probar su rastro de amazona al ejemplar señor Gobernador de aquel Estado, comprendí lo que es Poder Ejecutivo aturrullado. ¡Oh remoto payaso: en el umbral de mi infancia derecha y de mis virtudes recién nacidas yo no puedo tener una sospecha de amazonas y almendras prohibidas! Estas almendras raudas hechas de terciopelos y de trinos que no nos dejan ni tocar sus caudas... Los adioses baldíos a las augustas Evas redivivas que niegan la migaja, pero inculcan en nuestra sangre briosa una patética mendicidad de almendras fugitivas... Había una menuda cuadrumana de enagüilla de céfiro que, cabalgando por el redondel con azoros de humana, vencía los obstáculos de inquina y los aviesos aros de papel. Y cuando a la erudita cavilación de Darwin se le montaba la enagüilla obscena, la avisada monita se quedaba serena. como ante un espejismo, despreocupada lastimosamente de su desmantelado transformismo. La niña Bell cantaba: «Soy la paloma errante»; y de botellas y de cascabeles surtía un abundante surtidor de sonidos acuáticos, para la sed acuática de papás aburridos, nodriza inverecunda y prole gemebunda. ¡Oh memoria del circo! Tú te vas adelgazando en el frecuente síncope del latón sin compás; en la apesadumbrada somnolencia del gas; en el talento necio del domador aquel que molestaba a los leones hartos, y en el viudo oscilar del trapecio...
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Y entre las piernas destruidas del imperio azul Navegamos negadas gaviotas del sur buscando el sustento Aros de plástico nos traban los picos Y vemos miles de posibilidades más solo nos queda volar, imaginar y morir de hambre Cuántas gaviotas cansadas no venderían sus alas por un bocado Por hallar un puerto en medio del acantilado Por caer al vacío en medio de un cielo oscuro y estrellado Gaviotas pendejas Acostumbradas a los vuelos tan normales No sabiendo que ellas son tan desiguales Y que a su imperio no le hacen falta más que para morir de hambre Gaviotas acomplejadas Que se limpian el plumaje Y se quedan viendo las olas En medio de las corrientes atravesadas
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Jan 29, 2018
Jan 29, 2018 at 3:34 PM UTC
Gaviotas Imperiales
Verano, ya me voy. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie. Verano! y pasarás por mis balcones con gran rosario de amatistas y oros, como un obispo triste que llegara de lejos a buscar y bendecir los rotos aros de unos muertos novios. Verano, ya me voy. Allá, en setiembre tengo una rosa que te encargo mucho; la regarás de agua bendita todos los días de pecado y de sepulcro. Si a fuerza de llorar el mausoleo, con luz de fe su mármol aletea, levanta en alto tu responso, y pide a Dios que siga para siempre muerta. Todo ha de ser ya tarde; y tú no encontrarás en mi alma a nadie. Ya no llores, Verano! En aquel surco muere una rosa que renace mucho...
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Verano
Y entre las piernas destruidas del imperio azul Navegamos negadas gaviotas del sur buscando el sustento Aros de plástico nos traban los picos Y vemos miles de posibilidades más solo nos queda volar, imaginar y morir de hambre Cuántas gaviotas cansadas no venderían sus alas por un bocado Por hallar un puerto en medio del acantilado Por caer al vacío en medio de un cielo oscuro y estrellado Gaviotas pendejas Acostumbradas a los vuelos tan normales No sabiendo que ellas son tan desiguales Y que a su imperio no le hacen falta más que para morir de hambre Gaviotas acomplejadas Que se limpian el plumaje Y se quedan viendo las olas En medio de las corrientes atravesadas
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Aug 6, 2017
Aug 6, 2017 at 4:33 AM UTC
Gaviotas Imperiales
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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Humildemente
Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y a la bestia, al azar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divínisimo. Abrazado a la luz de la tarde que borda, como el hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento. «Te conozco, Señor, aunque viajas de incógnito, y a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar tu balsámica presencia. »Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fueran las calles una juguetería que se quedó sin cuerda. »Mi prima, con la aguja en alto, tras sus vidrios, está inmóvil con un gesto de estatua. »El cartero aldeano, que trae nuevas del mundo, se ha hincado en su valija. »El húmedo corpiño de Genoveva, puesto a secar, ya no baila arriba del tejado. »La gallina y sus pollos pintados de granizo interrumpen su fábula. »La frente de don Blas petrificóse junto a la hinchada baldosa que agrietan las raíces de los fresnos. »Las naranjas cesaron de crecer, y yo apenas si palpito a tus ojos para poder vivir este minuto. »Señor, mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy tu juguete agradecido. »Porque me acompasaste en el pecho un imán de figura de trébol y apasionada tinta de amapola. »Pero ese mismo imán es humilde y oculto, como el peine imantado con que las señoritas levantan alfileres y electrizan su pelo en la penumbra. »Señor, este juguete de corazón de imán, te ama y te confiesa con el íntimo ardor de la raíz que empuja y agrieta las baldosas seculares. »Todo está de rodillas y en el polvo las frentes; mi vida es la amapola pasional, y su tallo doblégase efusivo para morir debajo de tus ruedas».
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