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"gaviotas" poems
Flotante, sin asidero, nadador fuera del agua, voluntario a la deriva, por las horas, por el aire, por el haz de la mañana. Todo fugitivo, todo resbaladizo, se escapa de entre los dedos el mundo, la tierra, la arena. Nubes, velas, gaviotas, espumas, blancuras desvariadas, tiran de mí, que las sigo, que las dejo. ¿Estoy, estaba, estaré? Pero sin ir, sin venir, quieto, flotando en aquí, en allí, en azul. Una alegría que es el filo de la mañana rompe, corta, desenreda nudos, promesas, amarras. Tropeles de sombras ninfas huyendo van de sus cuerpos en islas desenfrenadas. Con su cargamento inútil de recuerdos y de plazos -¡ya no sirven, ya no sirven!- el tiempo leva las anclas. No se le ve ya. Sin tiempo, prisa y despacio lo mismo, ¡qué de prisa, qué despacio juegan los lejos a cercas colgados del verdiazul columpio de las distancias! Su silencio echan a vuelo enmudecidas campanas y cumplen su juramento los horizontes del alba: la vida toda de día, sin lastre, pura, flotando ni en agua, ni en aire, en nada.
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No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Como una rosa. Ay, misterioso ruiseñor que gorjeabas bajo el agua, que me clavabas en el pecho tu pico: sueño, vida, espada. Se derramaba por el mar mi sangre. Cantar de bienaventuranza. Iluminaba los amaneceres con su doliente luz de plata. Alca carmín y mediodía de oro. Trompas de fuego en la mañana. En cada hojilla de la primavera una menuda y verde daga. Dedos que tañen cuerdas invisibles. Músicas que desnudan al que pasa. Cuánto tesoro derruido en el silencio de tu caja. Ay, mis héroes, mis álamos, mis ríos, mis playas, frutas y distancias. (Ay, Dios mío, sin nombre ya, sin hombre). Ay, enterradas y borradas. Ay. Y podridas. Y dormidas. Y asesinadas. Y apagadas. Las olas que me hundieron hasta el fondo sabían bien lo que arrastraban. Ay, las canciones sin medida. Las medidas sin notas, sin palabras. Ay, las columnas en que puse el peso dulce de mis alas. Y todo: norte y sur, este y oeste, ofrendándome sus campanas, sus instrumentos de cristal, humos, piedras, plumas y almas. Ay, sin medida ya. Fundidas las fronteras y las distancias. Ay, la vida que no venía a ofrecerme su boca grana. Cárcel de hierro, más sin fuego. Piedra sin alas y sin alma. Ay, estíos, otoños, primaveras, inviernos que nacían y pasaban. Ay, gaviotas, alondras, horas, manos, estrellas, peces, ramas. Ay, vida que no viene. Y si venía no había voz para cantarla. No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Se ha dormido en mi corazón como una rosa.
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El canto seco
No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Como una rosa. Ay, misterioso ruiseñor que gorjeabas bajo el agua, que me clavabas en el pecho tu pico: sueño, vida, espada. Se derramaba por el mar mi sangre. Cantar de bienaventuranza. Iluminaba los amaneceres con su doliente luz de plata. Alca carmín y mediodía de oro. Trompas de fuego en la mañana. En cada hojilla de la primavera una menuda y verde daga. Dedos que tañen cuerdas invisibles. Músicas que desnudan al que pasa. Cuánto tesoro derruido en el silencio de tu caja. Ay, mis héroes, mis álamos, mis ríos, mis playas, frutas y distancias. (Ay, Dios mío, sin nombre ya, sin hombre). Ay, enterradas y borradas. Ay. Y podridas. Y dormidas. Y asesinadas. Y apagadas. Las olas que me hundieron hasta el fondo sabían bien lo que arrastraban. Ay, las canciones sin medida. Las medidas sin notas, sin palabras. Ay, las columnas en que puse el peso dulce de mis alas. Y todo: norte y sur, este y oeste, ofrendándome sus campanas, sus instrumentos de cristal, humos, piedras, plumas y almas. Ay, sin medida ya. Fundidas las fronteras y las distancias. Ay, la vida que no venía a ofrecerme su boca grana. Cárcel de hierro, más sin fuego. Piedra sin alas y sin alma. Ay, estíos, otoños, primaveras, inviernos que nacían y pasaban. Ay, gaviotas, alondras, horas, manos, estrellas, peces, ramas. Ay, vida que no viene. Y si venía no había voz para cantarla. No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Se ha dormido en mi corazón como una rosa.
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A orillas, de rodillas, se sentó y me hablo. Me plasmo la puesta de sol que había presenciado, Canto su poema favorito. Hablo sobre el amor de mis días, Y la soledad que reencarnaba mi silueta. Yo la escuchaba, cual sonido de las gaviotas, Como si la vida que ella recitaba fuese de admirar. Su sonrisa era como brisa, Le devolvía el brillo a mi piel. Pero sin importar el brillo, En su regazo, Se encontraba mi alma. Alma descolorada, sin algo adentro; Que lloraba sin lágrimas por falta de esencia. “Triste vida mía, ¿qué ha sucedido contigo?” Pregunta con ternura. Y allí yacía, Esperando alguna contestación. Las pocas lágrimas que quedaban Brotaron como flores en pradera La tenía frente a mí, Mi parte desnuda, cristalizada, pura. Seque mis lágrimas y le di las gracias, Por su visita inesperada.
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Mar 26, 2015
Mar 26, 2015 at 11:00 PM UTC
Visitas inesperadas.
Corta los dedos momias la yugular marina de los algosos huéspedes que agobian tu pensativo omóplato de lluvia la veta de presagios que labran en tu arena los cangrejos escribas el tendón que te amarra a tanto ritmo muerto entre gaviotas y huye con tu terráquea estatua parpadeante sin un mítico cuerno bajo la nieve niña recostada en tus sienes pero con once antenas fluorescentes embistiendo el misterio. Huye con ella en llamas del brazo de su miedo tómala de las rosas si prefieres llagarte la corteza pero abandona el eco de ese hipomar hidrófobo que fofopulpoduende te dilata el abismo con sus viscosos ceros absorbentes cuando no te trasmuta en migratorio vuelo circunflexo de nostalgias sin rumbo. Furiosamente aleja tu Segismunda rata introspectiva tu telaraña hambrienta de ese trasmundo hijastro de la lava en mística abstinencia de cactus penitentes y con tu dogoarcángel auroleado de moscas y tus fieles botines melancólicos de ensueños disecados y gritos de entrecasa color crimen huye con ella dentro de su claustral aroma aunque su cieloinfierno te condene a un eterno "Te quiero". Deja ya desprenderse el cálido follaje que brota de tus manos junto a ese móvil tótem de muslos agua viva flagélate si quieres con las violentas trenzas que le hurtaste al olvido pero por más que sufras en cada cruz vacante una pasión suicida y tu propia cisterna con semivirgen luna reclame tu cabeza ya sin velero ocaso ni chicha de pestañas ni cajas donde late la agónica sequía huye por los senderos que arrancan de tu pecho con tu hijo entre paréntesis tu hormiguero de espectros tus bisabuelas lámparas y todos los frutales recuerdos florecidos que alimentan tu siesta. Huye con ella envuelto en su orquestal cabello y su mirar sigilo aunque te cruces de alas y el averritmo herido que anida en el costado donde te sangra el tiempo atardezca su canto entre sus senoslotos o en sus brazos de estatua que ha perdido los brazos en aras de vestales y faunos inhumados y huye con tus grilletes de prófugo perpetuo tu nimbo sin eclipses tus desnudos complejos y el sempiterno tajo de fluviales tinieblas que te parte los ojos para que viertan coágulos de rancia angustia padre impulsos prenatales y meteóricas ansias que le muerden los crótalos a los sueñosculebras del lecho donde boga ámbarmente desnuda tu ninfómana estrella mientras tu cuervo grazna un "Nunca más" de piedra.
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Encallado en las costas del pacífico
Corta los dedos momias la yugular marina de los algosos huéspedes que agobian tu pensativo omóplato de lluvia la veta de presagios que labran en tu arena los cangrejos escribas el tendón que te amarra a tanto ritmo muerto entre gaviotas y huye con tu terráquea estatua parpadeante sin un mítico cuerno bajo la nieve niña recostada en tus sienes pero con once antenas fluorescentes embistiendo el misterio. Huye con ella en llamas del brazo de su miedo tómala de las rosas si prefieres llagarte la corteza pero abandona el eco de ese hipomar hidrófobo que fofopulpoduende te dilata el abismo con sus viscosos ceros absorbentes cuando no te trasmuta en migratorio vuelo circunflexo de nostalgias sin rumbo. Furiosamente aleja tu Segismunda rata introspectiva tu telaraña hambrienta de ese trasmundo hijastro de la lava en mística abstinencia de cactus penitentes y con tu dogoarcángel auroleado de moscas y tus fieles botines melancólicos de ensueños disecados y gritos de entrecasa color crimen huye con ella dentro de su claustral aroma aunque su cieloinfierno te condene a un eterno "Te quiero". Deja ya desprenderse el cálido follaje que brota de tus manos junto a ese móvil tótem de muslos agua viva flagélate si quieres con las violentas trenzas que le hurtaste al olvido pero por más que sufras en cada cruz vacante una pasión suicida y tu propia cisterna con semivirgen luna reclame tu cabeza ya sin velero ocaso ni chicha de pestañas ni cajas donde late la agónica sequía huye por los senderos que arrancan de tu pecho con tu hijo entre paréntesis tu hormiguero de espectros tus bisabuelas lámparas y todos los frutales recuerdos florecidos que alimentan tu siesta. Huye con ella envuelto en su orquestal cabello y su mirar sigilo aunque te cruces de alas y el averritmo herido que anida en el costado donde te sangra el tiempo atardezca su canto entre sus senoslotos o en sus brazos de estatua que ha perdido los brazos en aras de vestales y faunos inhumados y huye con tus grilletes de prófugo perpetuo tu nimbo sin eclipses tus desnudos complejos y el sempiterno tajo de fluviales tinieblas que te parte los ojos para que viertan coágulos de rancia angustia padre impulsos prenatales y meteóricas ansias que le muerden los crótalos a los sueñosculebras del lecho donde boga ámbarmente desnuda tu ninfómana estrella mientras tu cuervo grazna un "Nunca más" de piedra.
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Ay hijo, sabes, sabes de dónde vienes? De un lago con gaviotas blancas y hambrientas. Junto al agua de invierno ella y yo levantamos una fogata roja gastándonos los labios de besarnos el alma, echando al fuego todo, quemándonos la vida. Así llegaste al mundo. Pero ella para verme y para verte un día atravesó los mares y yo para abrazar su pequeña cintura toda la tierra anduve, con guerras y montañas, con arenas y espinas. Así llegaste al mundo. De tantos sitios vienes, del agua y de la tierra, del fuego y de la nieve, de tan lejos caminas hacia nosotros dos, desde el amor terrible que nos ha encadenado, que queremos saber cómo eres, qué nos dices, porque tú sabes más del mundo que te dimos. Como una gran tormenta sacudimos nosotros el árbol de la vida hasta las más ocultas fibras de las raíces y apareces ahora cantando en el follaje, en la más alta rama que contigo alcanzamos.
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El hijo
Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma y te tuerces en lentas espirales de humo. Soy el desesperado, la palabra sin ecos, el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo. Última amarra, cruje en ti mi ansiedad última. En mi tierra desierta eres la última rosa. Ah silenciosa! Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche. Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa. Tienes ojos profundos donde la noche alea. Frescos brazos de flor y regazo de rosa. Se parecen tus senos a los caracoles blancos. Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra. Ah silenciosa! He aquí la soledad de donde estás ausente. Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas. El agua anda descalza por las calles mojadas. De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas. Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma. Revives en el tiempo, delgada y silenciosa. Ah silenciosa!
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Poema 8
La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.Brazos. Piernas amputadas. Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho.Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan sus virutas sobre el aserrín de la playa.¡Todo es oro y azul!La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se inyectan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de goma, que me hace rebotar sobre la arena.Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos de las mujeres que se bañan.Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la rompiente. Sirvientas cluecas. Sifones irascibles, con extracto de mar. Rocas con pechos algosos de marinero y corazones pintados de esgrimista. Bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo destrozado de un pedazo blanco de papel.¡Y ante todo está el mar!¡El mar!... ritmo de divagaciones. ¡El mar! con su baba y con su epilepsia.¡El mar!... hasta gritar                                             ¡basta!                                                             como en el circo.
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Croquis en la arena
Aquí, desde este muro, mirando el mar abierto, siento de pronto el descontento oscuro de un buque abandonado que envejece en el puerto. Aquí el ancla se aferra, pero el velamen pugna por volar; aquí comienza el mar para el que está en tierra, pero aquí el mar termina, para el que está el mar. Y por eso quizás amo este muro sobre el que salta a veces el oleaje; este muro que mira hacia el futuro con la esperanza de emprender un viaje... Amo este puerto claro, y este Morro que puja su montaña, y el giratorio resplandor del faro, única luz que supo dar España... Y amo el manso canal de entrada angosta, que hasta sus arrecifes se conmueve, cuando, a todo lo largo de la costa, retiembla el cañonazo de las nueve. Amo este puerto de hálitos salobres, con un gran muro que parece chico para el coloquio de los novios pobres y para los bostezos del matrimonio rico. Amo este puerto femenino y macho, con su agua honda y su emoción sencilla, igual que la mirada de un muchacho que remienda sus redes en la orilla; o como la sonrisa del marino de idioma gutural y vacilante pierna, que nadie ha de saber de dónde vino, pero que siempre va hacia la taberna; como esos buques de actitud mendiga, mugriento casco y remendadas lonas, tan llenos de humildad y de fatiga, que, sin saber por qué, nos parecen personas. Amo este puerto, donde tantas veces el ciclón antillano frenaba sus embates, entre el súbito brillo de los peces y la esbelta blancura de los yates. Y amo los botes lentos, de remo largo y corta travesía, con las maderas llenas de lamentos, donde viajan de noche los amores de un día... Amo este puerto, donde las gaviotas hacen su nido en las arboladuras, respirando fragancias de las islas remotas donde no llegarían sus alas inseguras. Y amo este puerto, abierto derechamente al mar, igual que un río, que en su dormida paz está despierto y en su cálido amparo siente frío, porque mi corazón también es como un puerto que poco a poco se quedó vacío...
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Poema del puerto
Aquí, desde este muro, mirando el mar abierto, siento de pronto el descontento oscuro de un buque abandonado que envejece en el puerto. Aquí el ancla se aferra, pero el velamen pugna por volar; aquí comienza el mar para el que está en tierra, pero aquí el mar termina, para el que está el mar. Y por eso quizás amo este muro sobre el que salta a veces el oleaje; este muro que mira hacia el futuro con la esperanza de emprender un viaje... Amo este puerto claro, y este Morro que puja su montaña, y el giratorio resplandor del faro, única luz que supo dar España... Y amo el manso canal de entrada angosta, que hasta sus arrecifes se conmueve, cuando, a todo lo largo de la costa, retiembla el cañonazo de las nueve. Amo este puerto de hálitos salobres, con un gran muro que parece chico para el coloquio de los novios pobres y para los bostezos del matrimonio rico. Amo este puerto femenino y macho, con su agua honda y su emoción sencilla, igual que la mirada de un muchacho que remienda sus redes en la orilla; o como la sonrisa del marino de idioma gutural y vacilante pierna, que nadie ha de saber de dónde vino, pero que siempre va hacia la taberna; como esos buques de actitud mendiga, mugriento casco y remendadas lonas, tan llenos de humildad y de fatiga, que, sin saber por qué, nos parecen personas. Amo este puerto, donde tantas veces el ciclón antillano frenaba sus embates, entre el súbito brillo de los peces y la esbelta blancura de los yates. Y amo los botes lentos, de remo largo y corta travesía, con las maderas llenas de lamentos, donde viajan de noche los amores de un día... Amo este puerto, donde las gaviotas hacen su nido en las arboladuras, respirando fragancias de las islas remotas donde no llegarían sus alas inseguras. Y amo este puerto, abierto derechamente al mar, igual que un río, que en su dormida paz está despierto y en su cálido amparo siente frío, porque mi corazón también es como un puerto que poco a poco se quedó vacío...
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Cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca, Rosa pícara vivía -del campamento lujuriante Hada. Guisos cuán apetitosos mano albi-roja guisaba -Rosa maritornes única! (mejor sus manos rosa-albas, frentes, mejillas que la fiebre dora, frentes, mejillas que la fiebre exalta, acariciaban -gaviotas sobre la mar que hispe la borrasca-) Oh Rosa la de mis besos y en su boca vibrátil... (tibia aljaba de la lengua vivaz -venusina flecha para mi boca sansebastianizada...-) Oh Rosa la de los ojos como la noche cerrada: y un sutil estrabismo los volvía pérfidas y malignas azagayas para mi corazón -al par audaz y tímido-, para mi corazón: dardos, virotes y macanas! Y me herían dulcísimos sus ojos de terciopelo -negros- y de lascivia -en llamas! Oh Rosa de los abrazos de fulva leona en brama! Rosa pícara felina! Y en sus brazos morenos naufragaba mi ser -mi ser, a pique, jubiloso!- Oh mármol móvil en la móvil hamaca! Oh mármol ágil sobre los yerbales! Rútilo mármol en las rubias aguas 1 del Cauca río: -retozante Fauno, flavo Sileno ansioso de la nuda Oreada 2 fogoso mármol, Venus sapiente, en la alcoba, a la noche insomne y ávida! Cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca, Rosa pícara vivía -síntesis de Ninones y de Aspasias. Por ella, riñas, enojos, celos, duelos, algaradas: Rosa, Helena de esa Troya, mucho más hembra que la Helena clásica! Rosa la de los labios gordezuelos y los perfectos muslos y las róseas cúpulas elásticas! Rosa..., fugada con los años idos...: ¿dónde amarás ahora, Venus de Bolombolo, Lais del Cauca?
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Canción de rosa del cauca
Cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca, Rosa pícara vivía -del campamento lujuriante Hada. Guisos cuán apetitosos mano albi-roja guisaba -Rosa maritornes única! (mejor sus manos rosa-albas, frentes, mejillas que la fiebre dora, frentes, mejillas que la fiebre exalta, acariciaban -gaviotas sobre la mar que hispe la borrasca-) Oh Rosa la de mis besos y en su boca vibrátil... (tibia aljaba de la lengua vivaz -venusina flecha para mi boca sansebastianizada...-) Oh Rosa la de los ojos como la noche cerrada: y un sutil estrabismo los volvía pérfidas y malignas azagayas para mi corazón -al par audaz y tímido-, para mi corazón: dardos, virotes y macanas! Y me herían dulcísimos sus ojos de terciopelo -negros- y de lascivia -en llamas! Oh Rosa de los abrazos de fulva leona en brama! Rosa pícara felina! Y en sus brazos morenos naufragaba mi ser -mi ser, a pique, jubiloso!- Oh mármol móvil en la móvil hamaca! Oh mármol ágil sobre los yerbales! Rútilo mármol en las rubias aguas 1 del Cauca río: -retozante Fauno, flavo Sileno ansioso de la nuda Oreada 2 fogoso mármol, Venus sapiente, en la alcoba, a la noche insomne y ávida! Cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca, Rosa pícara vivía -síntesis de Ninones y de Aspasias. Por ella, riñas, enojos, celos, duelos, algaradas: Rosa, Helena de esa Troya, mucho más hembra que la Helena clásica! Rosa la de los labios gordezuelos y los perfectos muslos y las róseas cúpulas elásticas! Rosa..., fugada con los años idos...: ¿dónde amarás ahora, Venus de Bolombolo, Lais del Cauca?
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Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando en mi viejo dolor como las yedras. Ellas trepan así por las paredes húmedas. Eres tú la culpable de este juego sangriento. Ellas están huyendo de mi guarida oscura. Todo lo llenas tú, todo lo llenas. Antes que tú poblaron la soledad que ocupas, y están acostumbradas más que tú a mi tristeza. Ahora quiero que digan lo que quiero decirte para que tú las oigas como quiero que me oigas. El viento de la angustia aún las suele arrastrar. Huracanes de sueños aún a veces las tumban. Escuchas otras voces en mi voz dolorida. Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas. Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme. Sígueme, compañera, en esa ola de angustia. Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas. Voy haciendo de todas un collar infinito para tus blancas manos, suaves como las uvas.
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Poema 5
En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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El candil
En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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Y entre las piernas destruidas del imperio azul Navegamos negadas gaviotas del sur buscando el sustento Aros de plástico nos traban los picos Y vemos miles de posibilidades más solo nos queda volar, imaginar y morir de hambre Cuántas gaviotas cansadas no venderían sus alas por un bocado Por hallar un puerto en medio del acantilado Por caer al vacío en medio de un cielo oscuro y estrellado Gaviotas pendejas Acostumbradas a los vuelos tan normales No sabiendo que ellas son tan desiguales Y que a su imperio no le hacen falta más que para morir de hambre Gaviotas acomplejadas Que se limpian el plumaje Y se quedan viendo las olas En medio de las corrientes atravesadas
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Jan 29, 2018
Jan 29, 2018 at 3:34 PM UTC
Gaviotas Imperiales
Amo el mes de febrero El mes más corto y más frío de la temporada Por una serie de razones personales Y, sin embargo, parece que es el más largo Por los eventos que suceden al azar En medio de traicioneras ráfagas de tormenta invernal Casi todo está congelado y sólido cerca del nido De las águilas calvas americanas Excepto las máscaras de Mardi Gras bajo los estruendos. Febrero es la temporada del amor El mes de San Valentín Una cala paradisíaca por excelencia Donde los amantes se refugian. Puro, prístino, Nevado, corto, oscuro y hermoso; ahora es El mes de celebración de la historia negra Uno se pregunta por qué y cómo Obtenemos el más corto. Es otra historia Que deberíamos dejar que las gaviotas nómadas Descifren. No hay bañistas en las playas de arena Solo algunos pájaros posados en las ramas Lejos de las cunas de las águilas calvas. Febrero es un mes de contrastes caleidoscópicos Donde las nevadas son frecuentes Y los amantes incondicionales sueñan con el calor de un cielo Lleno de esperanza, amor, belleza y hielo. Copyright © enero de 2022, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de varios poemarios.
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Feb 1, 2025
Feb 1, 2025 at 7:04 PM UTC
Febrero Es Corto, Frío, Nevoso Y Prístino
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Te contaré la historia
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Volvieron a encontrarse después de muchos años; El, como si evocara tiempos dichosos, y ella Tal cual hilo de plata perdido en los castaños Cabellos, triste y pálida, mas como siempre bella. Como dos alas fueron de una ilusión amada, Pero después la vida los separó inclemente... Se levantan dos olas en una misma rada, Y van, con sus rumores, a playa diferente. Fue en verano, en el parque, frente al mar. La alameda De pinos, como entonces. En vagas lejanías Velas blancas; la tarde con suavidad de seda... Y en un banco sentáronse... el banco de otros días. (Sonaba un organillo bajo la doble fila De árboles rumorosos en vesperal concierto, Y entre el oro y las rosas de la rada tranquila Volaban las gaviotas en la quietud del puerto). «Me encontrarás cambiada», dijo triste. «Conmigo Dura ha sido la vida... muy dura. De nosotros Fue distinta la suerte, que es a veces castigo, Felicidad de unos, y lágrimas dé otros». Y continuó: «La mía... cual tantas... Ilusiones Con su coro de ensueños... tú sabes... sabes cuándo. Promesas, esperanzas, primeras emociones, Después... un alma sola que se quedó esperando». Y él dijo: «Si nacimos para sufrir, si en calma Solamente hay instantes en que el dolor se olvida, ¿Porqué en esos instantes no concentrar el alma Para que alumbren ellos las sombras de la vida?» «¿Recordar?» ella dijo. «¿Qué conseguir podremos De lo que ya no existe, de una ilusión borrada? Si los ojos cerramos, un paraíso vemos, Mas los ojos abrimos, y todo es sombra... y nada». (De nuevo el organillo se oyó. Vals de otros días Conocido por ambos).                                         Bajó los ojos ella, Y dijo melancólica: «Tus manos en las mías.... ¿Te acuerdas?   Una tarde... viéndonos una estrella». «¡Ya lo ves!   ¡El recuerdo!... Tú misma te desdices; Al pasado ¿tu alma no sientes atraída? Evocas lo lejano, dulces tiempos felices, ¡Y niegas que el recuerdo siempre será la vida!» (Sonaba el vals, sonaba, y en la tarde radiosa Iban, bajo los pinos, parejas enlazadas; Y ella y él, recordando su juventud dichosa, Como en risueños días, cruzaron las miradas). Y al separarse, él dijo: «Hay siempre nueva vida, Y el tronco guarda savia por más hojas que pierda». «Tal vez»… ella repuso, «más feliz quien olvida»... Y él dijo pensativo: «Dichoso el que recuerda».
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La romanza del vals
Volvieron a encontrarse después de muchos años; El, como si evocara tiempos dichosos, y ella Tal cual hilo de plata perdido en los castaños Cabellos, triste y pálida, mas como siempre bella. Como dos alas fueron de una ilusión amada, Pero después la vida los separó inclemente... Se levantan dos olas en una misma rada, Y van, con sus rumores, a playa diferente. Fue en verano, en el parque, frente al mar. La alameda De pinos, como entonces. En vagas lejanías Velas blancas; la tarde con suavidad de seda... Y en un banco sentáronse... el banco de otros días. (Sonaba un organillo bajo la doble fila De árboles rumorosos en vesperal concierto, Y entre el oro y las rosas de la rada tranquila Volaban las gaviotas en la quietud del puerto). «Me encontrarás cambiada», dijo triste. «Conmigo Dura ha sido la vida... muy dura. De nosotros Fue distinta la suerte, que es a veces castigo, Felicidad de unos, y lágrimas dé otros». Y continuó: «La mía... cual tantas... Ilusiones Con su coro de ensueños... tú sabes... sabes cuándo. Promesas, esperanzas, primeras emociones, Después... un alma sola que se quedó esperando». Y él dijo: «Si nacimos para sufrir, si en calma Solamente hay instantes en que el dolor se olvida, ¿Porqué en esos instantes no concentrar el alma Para que alumbren ellos las sombras de la vida?» «¿Recordar?» ella dijo. «¿Qué conseguir podremos De lo que ya no existe, de una ilusión borrada? Si los ojos cerramos, un paraíso vemos, Mas los ojos abrimos, y todo es sombra... y nada». (De nuevo el organillo se oyó. Vals de otros días Conocido por ambos).                                         Bajó los ojos ella, Y dijo melancólica: «Tus manos en las mías.... ¿Te acuerdas?   Una tarde... viéndonos una estrella». «¡Ya lo ves!   ¡El recuerdo!... Tú misma te desdices; Al pasado ¿tu alma no sientes atraída? Evocas lo lejano, dulces tiempos felices, ¡Y niegas que el recuerdo siempre será la vida!» (Sonaba el vals, sonaba, y en la tarde radiosa Iban, bajo los pinos, parejas enlazadas; Y ella y él, recordando su juventud dichosa, Como en risueños días, cruzaron las miradas). Y al separarse, él dijo: «Hay siempre nueva vida, Y el tronco guarda savia por más hojas que pierda». «Tal vez»… ella repuso, «más feliz quien olvida»... Y él dijo pensativo: «Dichoso el que recuerda».
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¿De dónde la memoria llega y se mira cual si buscara ahora la fe perdida? no tiene escapatoria tierra baldía el pasado se forma de tentativas si acuden las congojas a nuestra cita allí donde se posan quedan cautivas ya no viene la aurora como solía alegre y remolona puerta del día guitarras candorosas sirven de guía y sus hebras son glorias que desafinan el mar pone gaviotas en las orillas y el horizonte monta su lejanía ya se fue la memoria desfallecida y quedamos a solas con esta vida
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De dónde la memoria
Las gaviotas vuelan y nadie se salva de existir. Ni aun los compañeros que murieron y esperan un mundo sin desprecio. Me siento en mis cavilaciones, cuido que no se caigan del amor. He sido, al menos. Ellos pagan errores  de la verdad. Paseo a sus orillas para oír esos oleajes, esas cuentas, las profecías de su sombra agitada.
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Profecías
Y entre las piernas destruidas del imperio azul Navegamos negadas gaviotas del sur buscando el sustento Aros de plástico nos traban los picos Y vemos miles de posibilidades más solo nos queda volar, imaginar y morir de hambre Cuántas gaviotas cansadas no venderían sus alas por un bocado Por hallar un puerto en medio del acantilado Por caer al vacío en medio de un cielo oscuro y estrellado Gaviotas pendejas Acostumbradas a los vuelos tan normales No sabiendo que ellas son tan desiguales Y que a su imperio no le hacen falta más que para morir de hambre Gaviotas acomplejadas Que se limpian el plumaje Y se quedan viendo las olas En medio de las corrientes atravesadas
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Aug 6, 2017
Aug 6, 2017 at 4:33 AM UTC
Gaviotas Imperiales
Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas. Mar de invierno. El agua gris mancha de frío las rocas. Tus piernas, tus dulces piernas, enternecen a las olas. Un cielo sucio se vuelca sobre el mar. El viento borra el perfil de las colinas de arena. Las tediosas charcas de sal y de frío copian tu luz y tu sombra. Algo gritan, en lo alto, que tú no escuchas, absorta. Son las gaviotas, amor. Las lentas, altas gaviotas.
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[son las gaviotas, amor]
En el campanario retumban las campanas, las mujeres ya salen de la misa. Las gaviotas silvan por toda la ciudad, levantando la vista puedes ver su volar. Las bombas besaron el pueblo y el fuego; todo el fuego, abrazó a su gente, pero a ella, le arropó la tristeza. Vistió durante siete semanas el ***** siendo vista por las aceras. Fue el domingo a recoger margaritas al campo El viento mueve los trigos las luces de las ventanas de todas las ventanas Veo la oscuridad de sus casas. Las estrellas en la montaña dan fogonazos de colores violentos y los animales muerden si te acercas Dios le ha traicionado y por eso ya no reza Sangre roja y azul que corre por una pared blanca Y en la panadería ya no se habla solo suena una vieja guitarra en cada esquina, en cada cuneta Los olivos quemados de las ramas a la madera, las naranjas reposando en el suelo la pasearon por todo el pueblo para que de su pecado se arrepintiera Las mantillas y las lagrimas de aquel día santo de entre los escombros; su hermano le llamó y él no respondió, toda la mañana de aquel día santo intentó despertarlo. Ya ha llegado la primavera. La virgen sostiene un libro Alyssa y Thalia, dos ángeles preciosos escuchan la historia con atención, frutos de Dios, en cambio yo... La serpiente está dentro de la copa bebiendo de su vino embriagándose con sus palabras pasando cuatro lunas la vida que crecía, un baso lleno de lejía abrasando su esófago, el engaño y un cuadro pintado. Despierta el pueblo. La noche y el día. El cielo y el mar. Las plantas, la poesía. La luna, el Sol y las estrellas. Las aves en el cielo y los peces en el océano. Los animales y al hombre. El hombre y la poesía. Y el descenso.
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Dec 26, 2020
Dec 26, 2020 at 1:39 PM UTC
14. El Pueblo (Primavera)
En el campanario retumban las campanas, las mujeres ya salen de la misa. Las gaviotas silvan por toda la ciudad, levantando la vista puedes ver su volar. Las bombas besaron el pueblo y el fuego; todo el fuego, abrazó a su gente, pero a ella, le arropó la tristeza. Vistió durante siete semanas el ***** siendo vista por las aceras. Fue el domingo a recoger margaritas al campo El viento mueve los trigos las luces de las ventanas de todas las ventanas Veo la oscuridad de sus casas. Las estrellas en la montaña dan fogonazos de colores violentos y los animales muerden si te acercas Dios le ha traicionado y por eso ya no reza Sangre roja y azul que corre por una pared blanca Y en la panadería ya no se habla solo suena una vieja guitarra en cada esquina, en cada cuneta Los olivos quemados de las ramas a la madera, las naranjas reposando en el suelo la pasearon por todo el pueblo para que de su pecado se arrepintiera Las mantillas y las lagrimas de aquel día santo de entre los escombros; su hermano le llamó y él no respondió, toda la mañana de aquel día santo intentó despertarlo. Ya ha llegado la primavera. La virgen sostiene un libro Alyssa y Thalia, dos ángeles preciosos escuchan la historia con atención, frutos de Dios, en cambio yo... La serpiente está dentro de la copa bebiendo de su vino embriagándose con sus palabras pasando cuatro lunas la vida que crecía, un baso lleno de lejía abrasando su esófago, el engaño y un cuadro pintado. Despierta el pueblo. La noche y el día. El cielo y el mar. Las plantas, la poesía. La luna, el Sol y las estrellas. Las aves en el cielo y los peces en el océano. Los animales y al hombre. El hombre y la poesía. Y el descenso.
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Bajo cristales, en vitrinas, reposando estáis olvidados, abanicos de sedas finas en lejanos tiempos bordados. Y os abrís, en un sepulcral silencio, en fondo carmesí, a la luz de tarde otoñal, en el Museo de Cluny. Y al pensar en lo que no existe, encanto ayer y hoy desengaño, decir parece el alma triste: «¿Dónde están las nieves de antaño?» ¿En cuáles manos marfilinas lucirían vuestros encajes, en dulces citas vespertinas bajo los trémulos boscajes? Corte de los Luises de Francia, reverencias ante el estrado... ¡Abanicos! ¡Sois la fragancia Que va surgiendo del pasado!... Fragancia que se desvanece en ideal mundo risueño, mientras el alma se adormece en una bruma azul de ensueño. Al veros, llegan a la mente ecos de fiestas cortesanas, cuando os plegabais lentamente como al compas de las pavanas. «¡Delfín! ¡Callad, os lo suplico!» decía la rubia Marquesa, y en tanto, tras el abanico, reía una boca de fresa. Restos de antigua aristocracia que llevó del tiempo el turbión. ¡Cómo os abriríais con gracia en los jardines del Trianón! ¡Y qué encantadores secretos guardareis de épocas remotas, cuando en Versalles, los minuetos alternaban con las gaviotas! Abanicos de sedas finas que durmiendo estáis olvidados, desde el fondo de las vitrinas ¡cómo evocáis tiempos pasados!
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Abanicos de museo