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"canales" poems
La calle se llenó de tomates, mediodía, verano, la luz se parte en dos mitades de tomate, corre por las calles el jugo. En diciembre se desata el tomate, invade las cocinas, entra por los almuerzos, se sienta reposado en los aparadores, entre los vasos, las mantequilleras, los saleros azules. Tiene luz propia, majestad benigna. Debemos, por desgracia, asesinarlo: se hunde el cuchillo en su pulpa viviente, es una roja víscera, un sol fresco, profundo, inagotable, llena las ensaladas de Chile, se casa alegremente con la clara cebolla, y para celebrarlo se deja caer aceite, hijo esencial del olivo, sobre sus hemisferios entreabiertos, agrega la pimienta su fragancia, la sal su magnetismo: son las bodas del día, el perejil levanta banderines, las papas hierven vigorosamente, el asado golpea con su aroma en la puerta, es hora! vamos! y sobre la mesa, en la cintura del verano, el tomate, astro de tierra, estrella repetida y fecunda, nos muestra sus circunvoluciones, sus canales, la insigne plenitud y la abundancia sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos entrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura.
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Oda al tomate
Y ahora qué haré, si tú no estás. En el espejo te desvaneciste. Qué haré, si ya no estás. Cómo encontrarte. Fui a la agencia de viajes. Dije: «Un billete». «¿Para dónde?» «Para dónde ha de ser». (Me comprendieron enseguida). «Mucho tiempo esperó», dijeron enigmáticos. Volví a casa cantando, recobrada la vida. Me miré al espejo. Tú ya no estabas. Comprendí. Ahora qué voy a hacer. Sin ti quién puede recobrar lo soñado, lo perdido: Venecia de vidrio rosa, Roma con cabellos de fuentes. Florencia y Siena, Nápoles y Pisa, Botticelli, Giotto, Tiziano, cipreses y palacios, canales, Miguel Angel, frutos, palomas, Donatello qué van a ser sin ti, si eras tú quien les dabas vida, sentido, magia. Llegaré -a veces gusto imaginar que en el crepúsculo- a no sé que ciudad. Consultaré la Guide Blue y, ...Esta es la prueba. ¿Quién puede acercarse después de tanto amor, a un gran amor, sin alma, sin amor, es decir, solo con los ojos? «Un billete» diré. Preguntarán para dónde. «Para un lugar que yo invente y tal vez ya no existe. Par mirarme en un espejo que reflejo mi vida cuando no estaba yo y al que me acerco ahora cuando no puede devolver mi imagen». Y entenderán por qué lo digo.
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Viaje a italia
A puro sol escribo, a plena calle, a pleno mar, en donde puedo canto, sólo la noche errante me detiene pero en su interrupción recojo espacio, recojo sombra para mucho tiempo. El trigo ***** de la noche crece mientras mis ojos miden la pradera y así de sol a sol hago la llaves: busco en la oscuridad las cerraduras y voy abriendo al mar las puertas rotas hasta llenar armarios con espuma. Y no me canso de ir y de volver, no me para la muerte con su piedra, no me canso de ser y de no ser. A veces me pregunto si de dónde, si de padre o de madre o cordillera heredé los deberes minerales, los hilos de un océano encendido y sé que sigo y sigo porque sigo y canto porque canto y porque canto. No tiene explicación lo que acontece cuando cierro los ojos y circulo como entre dos canales submarinos, uno a morir me lleva en su ramaje y el otro canta para que yo cante. Así pues de no ser estoy compuesto y como el mar asalta el arrecife con cápsulas saladas de blancura y retrata la piedra con la ola, así lo que en la muerte me rodea abre en mí la ventana de la vida y en pleno paroxismo estoy durmiendo. A plena luz camino por la sombra.
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Plenos poderes
Estas rachas de marzo, en los desvanes -hacia la mar- del tiempo; la paloma de pluma tornasol, los tulipanes gigantes del jardín, y el sol que asoma, bola de fuego entre dorada bruma, a iluminar la tierra valentina... ¡Hervor de leche y plata, añil y espuma, y velas blancas en la mar latina! Valencia de fecundas primaveras, de floridas almunias y arrozales, feliz quiero cantarte, como eras, domando a un ancho río en tus canales, al dios marino con tus albuferas, al centauro de amor con tus rosales.
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Amanecer en valencia
De su corazón salvaje arrancando notas de violin el oleaje me beso las manos saboreando el otoño y los años. Saboreando tu ir y venir en aras de partir a tu territorio de dragones y miedos irrisorios. Entrelazo tus dedos en mi pelo en destierro de sentimiento, escalando por tus lunares te veo como mi Venecia con esos canales que son tus ojos de chocolate impetuoso y labios color rojo.
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May 19, 2014
May 19, 2014 at 6:11 PM UTC
Untitled
Karl Gustav Van der Meyer era un gran jardinero. Allá, en su alegre Holanda de cofias y molinos, de canales y zuecos, Karl Gustav cultivaba tulipanes extraños en la penumbra de su invernadero. Karl Gustav Van der Mayer soñaba con la gloria de un tulipán fastuosamente ***** íntegramente ***** como las noches árticas, como un luto total en terciopelo. Y era así, día a día y año tras año. Y su sueño era un sueño. Pero él, imperturbable, regaba sus macetas, meditando en abonos y en injertos. (A veces, distraído, se guardaba los bulbos en los bolsillos del chaleco...) Karl Gustav Van der Mayer, indiferentemente, vio blanquear sus cabellos. Pasó el amor un día y él se encogió de hombros, para seguir soñando con tulipanes negros... Pero, una noche, alguien saltó la tapia. Alguien, con un puñal. Y el jardinero cayó de bruces sobre sus macetas, muerto. Y alguien cavó en la tierra, y echó el cadáver y tapó aquel hueco. Karl Gustav Van der Mayer se quedó para siempre en la penumbra de su invernadero. Ah, pero un día, un día se vio brotar del suelo un tulipán de luto, fastuosamente, íntegramente ***** Karl Gustav Van der Mayer no pudo ver su gloria, pues la abonó su propio cuerpo. Karl Gustav Van der Mayer no supo que su muerte le dio vida a su sueño... (Karl Gustav Van der Mayer siempre llevaba bulbos en los bolsillos del chaleco...) Por los viejos canales siguen pasando barcas, y aún giran, como entonces, los molinos de viento. Las muchachas sin novio regresan del domingo entre un blancor de cofias y un trepidar de zuecos. Ah, y, sin embargo, Karl Gustav Van der Mayer era un gran jardinero!
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Balada del tulipán *****
Karl Gustav Van der Meyer era un gran jardinero. Allá, en su alegre Holanda de cofias y molinos, de canales y zuecos, Karl Gustav cultivaba tulipanes extraños en la penumbra de su invernadero. Karl Gustav Van der Mayer soñaba con la gloria de un tulipán fastuosamente ***** íntegramente ***** como las noches árticas, como un luto total en terciopelo. Y era así, día a día y año tras año. Y su sueño era un sueño. Pero él, imperturbable, regaba sus macetas, meditando en abonos y en injertos. (A veces, distraído, se guardaba los bulbos en los bolsillos del chaleco...) Karl Gustav Van der Mayer, indiferentemente, vio blanquear sus cabellos. Pasó el amor un día y él se encogió de hombros, para seguir soñando con tulipanes negros... Pero, una noche, alguien saltó la tapia. Alguien, con un puñal. Y el jardinero cayó de bruces sobre sus macetas, muerto. Y alguien cavó en la tierra, y echó el cadáver y tapó aquel hueco. Karl Gustav Van der Mayer se quedó para siempre en la penumbra de su invernadero. Ah, pero un día, un día se vio brotar del suelo un tulipán de luto, fastuosamente, íntegramente ***** Karl Gustav Van der Mayer no pudo ver su gloria, pues la abonó su propio cuerpo. Karl Gustav Van der Mayer no supo que su muerte le dio vida a su sueño... (Karl Gustav Van der Mayer siempre llevaba bulbos en los bolsillos del chaleco...) Por los viejos canales siguen pasando barcas, y aún giran, como entonces, los molinos de viento. Las muchachas sin novio regresan del domingo entre un blancor de cofias y un trepidar de zuecos. Ah, y, sin embargo, Karl Gustav Van der Mayer era un gran jardinero!
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Esa palabra que jamás asoma a tu idioma cantado de preguntas, esa, desfalleciente, que se hiela en el aire de tu voz, sí, como una respiración de flautas contra un aire de vidrio evaporada, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! en esta exangüe bruma de magnolias, en esta nimia floración de vaho que -ensombrecido en luz el ojo agónico y a funestos pestillos anclado el tenue ruido de las alas- guarda un ángel de sueño en la ventana. ¡Qué muros de cristal, amor, qué muros! Ay ¿para qué silencios de agua? Esa palabra, sí, esa palabra que se coagula en la garganta como un grito de ámbar ¡Mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! Mira que, noche a noche, decantada en el filtro de un áspero silencio, quedóse a tanto enmudecer desnuda, hiriente e inequívoca -así en la entraña de un reloj la muerte, así la claridad en una cifra- para gestar este lenguaje nuestro, inaudible, que se abre al tacto insomne en la arena, en el pájaro, en la nube, cuando ***** de oráculos retruena el panorama de la profecía. ¿Quién, si ella no, pudo fraguar este universo insigne que nace como un héroe en tu boca? ¡Mírala, ay, tócala, mírala ahora, incendiada en un eco de nenúfares! ¿No aquí su angustia asume la inocencia de una hueca retórica de lianas? Aquí, entre líquenes de orfebrería que arrancan de minúsculos canales ¿no echó a tañer al aire sus cándidas mariposas de escarcha? Qué, en lugar de esa fe que la consume hasta la transparencia del destino ¿no aquí -escapada al dardo tenaz de la estatura- se remonta insensata una palmera para estallar en su ficción de cielo, maestra en fuegos no, mas en puros deleites de artificio? Esa palabra, sí, esa palabra, esa, desfalleciente, que se ahoga en el humo de una sombra, esa que gira -como un soplo- cauta sobre bisagras de secreta lama, esa en que el aura de la voz se astilla, desalentada, como si rebotara en una bella úlcera de plata, esa que baña sus vocales ácidas en la espuma de las palomas sacrificadas, esa que se congela hasta la fiebre cuando no, ensimismada, se calcina en la brusca intemperie de una lágrima, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! ¡mírala, ausente toda de palabra, sin voz, sin eco, sin idioma, exacta, mírala cómo traza en muros de cristal amores de agua!
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Preludio
Esa palabra que jamás asoma a tu idioma cantado de preguntas, esa, desfalleciente, que se hiela en el aire de tu voz, sí, como una respiración de flautas contra un aire de vidrio evaporada, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! en esta exangüe bruma de magnolias, en esta nimia floración de vaho que -ensombrecido en luz el ojo agónico y a funestos pestillos anclado el tenue ruido de las alas- guarda un ángel de sueño en la ventana. ¡Qué muros de cristal, amor, qué muros! Ay ¿para qué silencios de agua? Esa palabra, sí, esa palabra que se coagula en la garganta como un grito de ámbar ¡Mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! Mira que, noche a noche, decantada en el filtro de un áspero silencio, quedóse a tanto enmudecer desnuda, hiriente e inequívoca -así en la entraña de un reloj la muerte, así la claridad en una cifra- para gestar este lenguaje nuestro, inaudible, que se abre al tacto insomne en la arena, en el pájaro, en la nube, cuando ***** de oráculos retruena el panorama de la profecía. ¿Quién, si ella no, pudo fraguar este universo insigne que nace como un héroe en tu boca? ¡Mírala, ay, tócala, mírala ahora, incendiada en un eco de nenúfares! ¿No aquí su angustia asume la inocencia de una hueca retórica de lianas? Aquí, entre líquenes de orfebrería que arrancan de minúsculos canales ¿no echó a tañer al aire sus cándidas mariposas de escarcha? Qué, en lugar de esa fe que la consume hasta la transparencia del destino ¿no aquí -escapada al dardo tenaz de la estatura- se remonta insensata una palmera para estallar en su ficción de cielo, maestra en fuegos no, mas en puros deleites de artificio? Esa palabra, sí, esa palabra, esa, desfalleciente, que se ahoga en el humo de una sombra, esa que gira -como un soplo- cauta sobre bisagras de secreta lama, esa en que el aura de la voz se astilla, desalentada, como si rebotara en una bella úlcera de plata, esa que baña sus vocales ácidas en la espuma de las palomas sacrificadas, esa que se congela hasta la fiebre cuando no, ensimismada, se calcina en la brusca intemperie de una lágrima, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! ¡mírala, ausente toda de palabra, sin voz, sin eco, sin idioma, exacta, mírala cómo traza en muros de cristal amores de agua!
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La casa del silencio se yergue en un rincón de la montaña, con el capuz de tejas carcomido. Y parece tan dócil que apenas se conmueve con el ruido de algún árbol cercano, donde sueña el amoroso cónclave de un nido. Tal vez nadie la habita ni la quiere, y acaso nunca la vivieron hombres; pero su lento corazón palpita con profundo latir de resignado, cuando el rumor la hiere y la sangra del trémulo costado. Imagino, en la casa del silencio, un patio luminoso, decorado por la hierba que roe las canales y un muro despintado al caer de las lluvias torrenciales. Y en las noches azules, la pienso conturbada si adivina un balbucir de luz en sus escaños, y la oigo verter con un ruido ya casi imperceptible, contenido, su lloro paternal de tres mil años.
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La casa del silencio
El agua del viejo canal, en la yerma Orilla del puerto, parece agua enferma. Es agua grisosa, de día octubreño, Y va sin rumores en lánguido sueño. Muy pálido el cielo semeja ceniza, Y en cerros y valle la luz agoniza. El puerto, en silencio. La vela plegada, Ha tiempo una barca reposa amarrada. El viento en el muelle se queja. Esqueletos Dolientes semejan los troncos escuetos; Y el gris del silencio que cubre la calma Del campo, la tarde prolonga en el alma, Un gris cual sonido de doble lejano, Un gris, como ensueño de frente en la mano. ¡Tristeza de días sin luz, otoñales, Tristeza de largos y fríos canales! ¡Tristeza en la sombra, callada y desierta, Del agua en otoño, como agua ya muerta!
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Agua dormida