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"acechan" poems
Cuando miro la forma de América en el mapa, amor, a ti te veo: las alturas del cobre en tu cabeza, tus pechos, trigo y nieve, tu cintura delgada, veloces ríos que palpitan, dulces colinas y praderas y en el frío del sur tus pies terminan su geografía de oro duplicado. Amor, cuando te toco no sólo han recorrido mis manos tu delicia, sino ramas y tierra, frutas y agua, la primavera que amo, la luna del desierto, el pecho de la paloma salvaje, la suavidad de las piedras gastadas por las aguas del mar o de los ríos y la espesura roja del matorral en donde la sed y el hambre acechan. Y así mi patria extensa me recibe, pequeña América, en tu cuerpo. Aún más, cuando te veo recostada veo en tu piel, en tu color de avena, la nacionalidad de mi cariño. Porque desde tus hombros el cortador de caña de Cuba abrasadora me mira, lleno de sudor oscuro, y desde tu garganta pescadores que tiemblan en las húmedas casas de la orilla me cantan su secreto. Y así a lo largo de tu cuerpo, pequeña América adorada, las tierras y los pueblos interrumpen mis besos y tu belleza entonces no sólo enciende el fuego que arde sin consumirse entre nosotros, sino que con tu amor me está llamando y a través de tu vida me está dando la vida que me falta y al sabor de tu amor se agrega el barro, el beso de la tierra que me aguarda.
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Pequeña américa
En los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada.
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Dec 24, 2014
Dec 24, 2014 at 4:10 PM UTC
Untitled
Te hubiera dado el mundo, muchacho que surgiste al caer de la luz por tu Conquero, tras la colina ocre, entre pinos antiguos de perenne alegría. ¿Eras emanación del mar cercano? Eras el mar aún más que las aguas henchidas con su aliento, encauzadas en río sobre tu tierra abierta, bajo el inmenso cielo con nubes que se orlaban de rotos resplandores. Eras el mar aún más tras de las pobres telas que ocultaban tu cuerpo; eres forma primera, eras fuerza inconsciente de su propia hermosura. Y tus labios, de bisel tan terso, eran la vida misma, como una ardiente flor nutrida con la savia ee aquella piel oscura que infiltraba nocturno escalofrío. Si el amor fuera un ala. la incierta hora con nubes desgarradas, el río oscuro y ciego bajo la extraña brisa, la rojiza colina con sus pinos cargados de secretos, te enviaban a mí, a mi afán ya caído, como verdad tangible. Expresión armoniosa de aquel mismo paraje, entre los ateridos fantasmas que habitan nuestro mundo, eras tú una verdad, sola verdad que busco, más que verdad de amor, verdad de vida; y olvidando que sombra y pena acechan de continuo esa cúspide virgen de la luz y la dicha, quise por un momento fijar tu curso ineluctable. creí en ti, muchachillo. Cuando el mar evidente, con el irrefutable sol de mediodía, suspendía mi cuerpo en esa abdicación del hombre ante su dios, un resto de memoria levantaba tu imagen como recuerdo único. Y entonces, con sus luces el violento Atlántico, tantas dunas profusas, tu Conquero nativo, estaban en mí mismo dichos en tu figura, divina ya para mi afán con ellos, porque nunca he querido dioses crucificados, tristes dioses que insultan esa tierra ardorosa que te hizo y deshace.
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A un muchacho andaluz
Te hubiera dado el mundo, muchacho que surgiste al caer de la luz por tu Conquero, tras la colina ocre, entre pinos antiguos de perenne alegría. ¿Eras emanación del mar cercano? Eras el mar aún más que las aguas henchidas con su aliento, encauzadas en río sobre tu tierra abierta, bajo el inmenso cielo con nubes que se orlaban de rotos resplandores. Eras el mar aún más tras de las pobres telas que ocultaban tu cuerpo; eres forma primera, eras fuerza inconsciente de su propia hermosura. Y tus labios, de bisel tan terso, eran la vida misma, como una ardiente flor nutrida con la savia ee aquella piel oscura que infiltraba nocturno escalofrío. Si el amor fuera un ala. la incierta hora con nubes desgarradas, el río oscuro y ciego bajo la extraña brisa, la rojiza colina con sus pinos cargados de secretos, te enviaban a mí, a mi afán ya caído, como verdad tangible. Expresión armoniosa de aquel mismo paraje, entre los ateridos fantasmas que habitan nuestro mundo, eras tú una verdad, sola verdad que busco, más que verdad de amor, verdad de vida; y olvidando que sombra y pena acechan de continuo esa cúspide virgen de la luz y la dicha, quise por un momento fijar tu curso ineluctable. creí en ti, muchachillo. Cuando el mar evidente, con el irrefutable sol de mediodía, suspendía mi cuerpo en esa abdicación del hombre ante su dios, un resto de memoria levantaba tu imagen como recuerdo único. Y entonces, con sus luces el violento Atlántico, tantas dunas profusas, tu Conquero nativo, estaban en mí mismo dichos en tu figura, divina ya para mi afán con ellos, porque nunca he querido dioses crucificados, tristes dioses que insultan esa tierra ardorosa que te hizo y deshace.
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Yo que creí que la luz era mía precipitado en la sombra me veo. Ascua solar, sideral alegría ígnea de espuma, de luz, de deseo. Sangre ligera, redonda, granada: raudo anhelar sin perfil ni penumbra. Fuera, la luz en la luz sepultada. Siento que sólo la sombra me alumbra. Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo. Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles dentro del aire que no tiene vuelo, dentro del árbol de los imposibles. Cárdenos ceños, pasiones de luto. Dientes sedientos de ser colorados. Oscuridad del rencor absoluto. Cuerpos lo mismo que pozos cegados. Falta el espacio. Se ha hundido la risa. Ya no es posible lanzarse a la altura. El corazón quiere ser más de prisa fuerza que ensancha la estrecha negrura. Carne sin norte que va en oleada hacia la noche siniestra, baldía. ¿Quién es el rayo de sol que la invada? Busco. No encuentro ni rastro del día. Sólo el fulgor de los puños cerrados, el resplandor de los dientes que acechan. Dientes y puños de todos los lados. Más que las manos, los montes se estrechan. Turbia es la lucha sin sed de mañana. ¡Qué lejanía de opacos latidos! Soy una cárcel con una ventana ante una gran soledad de rugidos. Soy una abierta ventana que escucha. por donde va tenebrosa la vida. Pero hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida.
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Eterna sombra
Cada aurora (nos dicen) maquina maravillas capaces de torcer la más terca fortuna; hay pisadas humanas que han medido la luna y el insomnio devasta los años y las millas. En el azul acechan públicas pesadillas que entenebran el día. No hay en el orbe una cosa que no sea otra, o contraria, o ninguna. A mí sólo me inquietan las sorpresas sencillas. Me asombra que una llave pueda abrir una puerta, me asombra que mi mano sea una cosa cierta, me asombra que del griego la eleática saeta instantánea no alcance la inalcanzable meta, me asombra que la espada cruel pueda ser hermosa, y que la rosa tenga el olor de la rosa.
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El ingenuo
Las riendas de mi vida las sujetan tus manos, y aunque impacientes piafan mis potros -mis instintos-, con tus débiles músculos los sometes. Son vanos mis intentos de fuga, oyendo los lejanos relinchos de otros potros, que entre los laberintos galopan y que arrastran la crin por los pantanos... Pero no olvides nunca que mis potros salvajes esperan un instante, que acechan un descuido... Yo te he dado sus riendas, leves como celajes... Quizás con ellos puedas como yo no he podido... ¡Sujeta bien las riendas!... Mide por su impaciencia la libertad que ansían... Yo sufriré el castigo que merezca un instante tuyo de indiferencia... ¡Ah, y no olvides tampoco que ellos, en la violencia de la arrancada, pueden arrastrarte consigo!...
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Los potros