"sigurd" poems
Durante cien otoños he mirado
tu tenue disco.
Durante cien otoños he mirado
tu arco sobre las islas.
Durante cien otoños mis labios
no han sido menos silenciosos.
El espacio sin tiempo.
La luna es del color de la arena.
Ahora, precisamente ahora,
mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg.
¿En qué ayer, en qué patios de Cartago,
cae también la lluvia?
El año me tributa mi pasto de hombres
y en la cisterna hay agua.
En mí se anudan los caminos de piedra.
¿De qué puedo quejarme?
En los atardeceres
me pesa un poco la cabeza de toro.
La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por vez primera la muerte.
Ya no recuerdo si fui Abel o Caín.
Que antes del alba lo despojen los lobos;
la espada es el camino más corto.
Crueles estrellas y propicias estrellas
presidieron la noche de mi génesis;
debo a las últimas la cárcel
en que soñé el Quijote.
El callejón final con su poniente.
Inauguración de la pampa.
Inauguración de la muerte.
El tiempo juega un ajedrez sin piezas
en el patio. El crujido de una rama
rasga la noche. Fuera la llanura
leguas de polvo y sueño desparrama.
Sombras los dos, copiamos lo que dictan
otras sombras: Heráclito y Gautama.
Una lima.
La primera de las pesadas puertas de hierro.
Algún día seré libre.
Nuestros actos prosiguen su camino,
que no conoce término.
Maté a mi rey para que Shakespeare
urdiera su tragedia.
La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.
Los sueños que he soñado. El pozo y el péndulo.
El hombre de las multitudes. Ligeia…
Pero también este otro.
En la pública luz de las batallas
otros dan su vida a la patria
y los recuerda el mármol.
Yo he errado oscuro por ciudades que odio.
Le di otras cosas.
Abjuré de mi honor,
traicioné a quienes me creyeron su amigo,
compré conciencias,
abominé del nombre de la patria,
me resigné a la infamia.
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Our ancestors once believed that their gods lived at the tops of mountains
Unobtainable heights with metaphysical mystique
But like all esoteric secrets we’ve neutered them
Everest has become littered in tragedies
Testaments to our hubris
We need to learn again to respect those spiritual journeys
Made for the aristocrats of nothing more than the struggle
Re-learn to respect that struggle of step after step
Growing danger without the fear of a death that sits at sea level with arms outstretched ready to welcome you
These mountains were not made for all to experience their mystery
Not all are welcome to shake the hands of the gods of mythology
And that’s ok
But if you can do it
If you can slay the dragon like Sigurd
If you can sacrifice yourself to yourself like Óðinn
If you can reach that mountaintop
Tell me
How did you enjoy the view?
Aug 11, 2019
Aug 11, 2019 at 9:00 PM UTC
Shield Maiden Astrid - In the heart of the Viking age, amidst the rugged landscapes of Scandinavia, there lived a tribe known as the Fjord Fangs. They were a fierce people, renowned for their prowess in battle and their unwavering loyalty to their chieftain, Sigurd the Bold. But amongst them, there was one whose courage burned even brighter than the northern lights: Astrid, the shield maiden.
From a young age, Astrid had trained alongside the warriors of her tribe, honing her skills with sword and shield. She possessed a spirit as untamed as the roaring seas, and her determination was unmatched. Despite the expectations placed upon her to conform to traditional roles, Astrid yearned for something more - to prove herself on the battlefield alongside her fellow warriors.
When news reached the Fjord Fangs of an impending invasion by a rival tribe, led by the fearsome chieftain Ragnar the Ruthless, the warriors prepared for battle. But Sigurd hesitated to send Astrid into the fray, fearing for her safety. However, Astrid refused to be sidelined, insisting that she could fight alongside her comrades and defend her people with all her strength.
As the rival tribe descended upon their lands, Astrid stood shoulder to shoulder with her fellow warriors, her shield held high and her sword gleaming in the sunlight. With a ferocious battle cry, she charged into the fray, her courage inspiring those around her. Despite facing overwhelming odds, the Fjord Fangs fought with a tenacity born of desperation and the determination to protect their home.
In the midst of the chaos, Astrid distinguished herself with acts of unmatched bravery. She defended her comrades with unwavering resolve, her shield deflecting blow after blow, and her sword striking true against their foes. Her leadership on the battlefield rallied the warriors, turning the tide of battle in their favor.
In a climactic showdown, Astrid found herself face to face with Ragnar himself, the imposing chieftain towering over her. With a steely gaze and a fierce determination, she squared off against her adversary, refusing to back down. In a clash of steel and fury, Astrid fought with all her might, her every move a testament to her skill and courage.
In the end, it was Astrid who emerged victorious, her blade piercing Ragnar's defenses and striking him down. With their chieftain defeated, the rival tribe fled in disarray, their hopes of conquest dashed upon the rocks of Astrid's indomitable spirit.
From that day forth, Astrid was hailed as a hero among her people, her bravery and leadership earning her the respect of all who knew her. And as the fires of victory burned brightly in the night sky, the Fjord Fangs stood united once more, their tribe stronger than ever before under the fearless guidance of their shield maiden.
https://youtu.be/Xa8Hc00cYPs?si=QqfaASv8ZejzktYI
Mar 16, 2024
Mar 16, 2024 at 2:00 PM UTC
Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa
mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.
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Así, sire, en el aire de la Francia nos llega
la paloma de plata de Suecia y de Noruega,
que trae en vez de olivo una rosa de fuego. Un búcaro latino, un noble vaso griego
recibirá el regalo del país de la nieve.
Que a los reinos boreales el patrio viento lleve
otra rosa de sangre y de luz españolas;
pues sobre la sublime hermandad de las olas,
al brotar tu palabra, un saludo le envía
al sol de media noche el sol de Mediodía. Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta.
El Norte ama las palmas; y se junta el poeta
del fiord con el del carmen, porque el mismo oriflama
es de azur. Su divina cornucopia derrama
sobre el polo y el trópico la Paz; y el orbe gira
en un ritmo uniforme por una propia lira:
el Amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna,
cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna,
y la musa de Bécquer del ensueño es esclava
bajo un celeste palio de luz escandinava. Sire de ojos azules, gracias: por los laureles
de cien bravos vestidos de honor; por los claveles
de la tierra andaluza y la Alhambra del moro;
por la sangre solar de una raza de oro;
por la arrnadura antigua y el yelmo de la gesta;
por las lanzas que fueron una vasta floresta
de gloria y que pasaron Pirineos y Andes;
por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes;
por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña
y Velázquez que pinta y Cortés que domeña;
por el país sagrado en que Herakles afianza
sus macizas columnas de fuerza y esperanza,
mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa
que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga;
por el *** simbólico y la Cruz, gracias, sire. ¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la onda cordial aliente un ensueño,
mientras haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado imposible, una imposible hazaña,
una América oculta que hallar, vivirá España! ¡Y pues tras la tormenta vienes de peregrino
real, a la morada que entristeció el destino,
la morada que viste luto su puerta abra
al púrpureo y ardiente vibrar de tu palabra:
y que sonría, oh rey Óscar, por un instante;
y tiemble en la flor áurea el más puro brillante
para quien sobre brillos de corona y de nombre,
con labios de monarca lanza un grito de hombre!
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