Ser un robot resolvería todo.
No tendría miedo.
No me asustaría de mi futuro tan incierto,
que se vuelve más errático con cada minuto que paso a tu lado.
Por un segundo, imagino una vida contigo sin temores…
y de repente, ya no estás.
Tengo miedo.
¿Soy débil por darte el arma cargada, esperando que no la uses contra mí?
Porque eso es el amor que te tengo:
cruzaría un puente tambaleante a ciegas
con la esperanza de encontrarte al final.
Me vuelvo un castillo de arena,
y con tu más fino toque,
puedes derrumbarme si así lo deseas.
Me da miedo,
porque si tú te vas, lloverá.
Y sin ti a mi lado,
los truenos lastiman aún más.
¿Miedo? ¿A qué?
Al efímero presente que me deja expuesto ante el pasado,
y enciende la llama de la incertidumbre que aguarda a mi futuro.
Pues sí, me aterra la idea
de que, aún esperándote una vida entera,
no sea suficiente para que me des la oportunidad
de intentar enamorarte una vez más.
Podrías incendiar nuestro mundo,
y yo me quedaría…
solo por ti.
A veces tenemos más miedo de las sombras del pasado que de la incertidumbre del futuro.