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"vieron" poems
I am difficult to understand In English In Spanish. No se como escribir. but I try. I talk funny Pero intento. Hay muchas cosas que nunca van a poder entender And maybe it's because I am terrible at pronouncing. There are so many things people will never understand Y a lo mejor es por que nunca aprendi como hablar formalmente. Soy terrible pronunciando las palabras And maybe it is because I never learned to speak formally. My mom says I never speak in one language Siempre hablo en dos lenguajes. Mi ama dice que nunca puedo hablar en solo un idioma I mix things up or forget words, so I just replace them. Mezclo las palabras o se me olvidan, entonces las reemplazo I always speak in two languages. soy una mezcla de los que me vieron crecer, y de el lugar en cual yo creci. I am a mix of those who saw me grow up, and the setting in which I grew up. una guerra entre lo que soy y lo que quieren que sea. Always a war inbetween who I am and who they want me to be. pero nunca satisfaciendo a los dos. but never satisfying both.
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Sep 21, 2018
Sep 21, 2018 at 11:31 PM UTC
Spanglish
Quizá fue una hecatombe de esperanzas un derrumbe de algún modo previsto ah pero mi tristeza sólo tuvo un sentido. Todas mis intuiciones se asomaron para verme sufrir y por cierto me vieron. Hasta aquí había hecho y rehecho         mis trayectos contigo hasta aquí había apostado a inventar la verdad pero vos encontraste la manera         una manera tierna         y a la vez implacable         de desahuciar mi amor. Con un solo pronóstico lo quitaste de los suburbios de tu vida posible lo envolviste en nostalgias lo cargaste por cuadras y cuadras y despacito sin que el aire nocturno lo advirtiera ahi nomás lo dejaste a solas con su suerte         que no es mucha. Creo que tenés razón la culpa es de uno cuando no enamora         y no de los pretextos         ni del tiempo. Hace mucho         muchísimo que yo no me enfrentaba como anoche al espejo y fue implacable como vos         mas no fue tierno ahora estoy solo francamente                         solo. Siempre cuesta un poquito empezar a sentirse desgraciado antes de regresar a mis lóbregos cuarteles de invierno con los ojos bien secos por si acaso miro como te vas adentrando en la niebla y empiezo a recordarte.
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La culpa es de uno
Donde se mete la mano, se mete la pata Si me acordara, en que momento me comencé a quemar en el aceite caliente de los errores creame, usted que me lee la hubiera sacado hubiera perdonado …me hubieran perdonado. Después que se cometen los errores, todos te lo advirtieron Te vieron ahogarte y nada hicieron o tal vez nada quisiste hicieran Vi el mundo correr y del macabro orgullo no me pude desprender. En esto de las erratas, es fácil recaer y con mi historial, fogatas se pueden hacer Más que un tropezón, es una profesión Si hubiera atendido a tiempo la condición no tuviera porqué excusarme, todas estas voces serían fetos y no tendría que intoxicarme de medicamentos ¿He aprendido algo? Sí Si te me acercas mucho, mucho daño te haré. Además, he aprendido algo esencial… Donde se mete la mano, se mete la pata.
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Aug 29, 2014
Aug 29, 2014 at 3:59 PM UTC
Errar
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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A la patria
¡Cuán solitaria la nación que un día poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía del Ocaso al Oriente!   Lágrimas viertes, infeliz ahora, soberana del mundo, ¡y nadie de tu faz encantadora borra el dolor profundo!   Oscuridad y luto tenebroso en ti vertió la muerte, y en su furor el déspota sañoso se complació en tu suerte.   No perdonó lo hermoso, patria mía; cayó el joven guerrero, cayó el anciano, y la segur impía manejó placentero.   So la rabia cayó la virgen pura del déspota sombrío, como eclipsa la rosa su hermosura en el sol del estío.   ¡Oh vosotros, del mundo, habitadores!, contemplad mi tormento: ¿Igualarse podrán ¡ah!, qué dolores al dolor que yo siento?   Yo desterrado de la patria mía, de una patria que adoro, perdida miro su primer valía, y sus desgracias lloro.   Hijos espurios y el fatal tirano sus hijos han perdido, y en campo de dolor su fértil llano tienen ¡ay!, convertido.   Tendió sus brazos la agitada España, sus hijos implorando; sus hijos fueron, mas traidora saña desbarató su bando.   ¿Qué se hicieron tus muros torreados? ¡Oh mi patria querida! ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, tu espada no vencida?   ¡Ay!, de tus hijos en la humilde frente está el rubor grabado: a sus ojos caídos tristemente el llanto está agolpado.   Un tiempo España fue: cien héroes fueron en tiempos de ventura, y las naciones tímidas la vieron vistosa en hermosura.   Cual cedro que en el Líbano se ostenta, su frente se elevaba; como el trueno a la virgen amedrenta, su voz las aterraba.   Mas ora, como piedra en el desierto, yaces desamparada, y el justo desgraciado vaga incierto allá en tierra apartada.   Cubren su antigua pompa y poderío pobre yerba y arena, y el enemigo que tembló a su brío burla y goza en su pena.   Vírgenes, destrenzad la cabellera y dadla al vago viento: acompañad con arpa lastimera mi lúgubre lamento.   Desterrados ¡oh Dios!, de nuestros lares, lloremos duelo tanto: ¿quién calmará ¡oh España!, tus pesares?, ¿quién secará tu llanto?
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Por la alta noche, por la vida entera, de lágrima a papel, de ropa en ropa, anduve en estos días abrumados. Fui el fugitivo de la policía: y en la hora de cristal, en la espesura de estrellas solitarias, crucé ciudades, bosques, chacarerías, puertos, de la puerta de un ser humano a otro, de la mano de un ser a otro ser, a otro ser, Grave es la noche, pero el hombre ha dispuesto sus signos fraternales, y a ciegas por caminos y por sombras llegué a la puerta iluminada, al pequeño punto de estrella que era mío, al fragmento de pan que en el bosque los lobos no habían devorado.       Una vez, a una casa, en la campiña,       llegué de noche, a nadie       antes de aquella noche había visto,       ni adivinado aquellas existencias.       Cuanto hacían, sus horas       eran nuevas en mi conocimiento.       Entré, eran cinco de familia:       todos como en la noche de un incendio       se habían levantado.                                       Estreché una       y otra mano, vi un rostro y otro rostro,       que nada me decían: eran puertas       que antes no vi en la calle,       ojos que no conocían mi rostro,       y en la alta noche, apenas       recibido, me tendí al cansancio,       a dormir la congoja de mi patria. Mientras venía el sueño, el eco innumerable de la tierra con sus roncos ladridos y sus hebras de soledad, continuaba la noche, y yo pensaba: «Dónde estoy? Quiénes son? Por qué me guardan hoy? Por qué ellos, que hasta hoy no me vieron, abren sus puertas y defienden mi canto?». Y nadie respondía sino un rumor de noche deshojada, un tejido de grillos construyéndose: la noche entera apenas parecía temblar en el follaje. Tierra nocturna, a mi ventana llegabas con tus labios, para que yo durmiera dulcemente como cayendo sobre miles de hojas, de estación a estación, de nido a nido, de rama en rama, hasta quedar de pronto dormido como un muerto en tus raíces.
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El fugitivo
Por la alta noche, por la vida entera, de lágrima a papel, de ropa en ropa, anduve en estos días abrumados. Fui el fugitivo de la policía: y en la hora de cristal, en la espesura de estrellas solitarias, crucé ciudades, bosques, chacarerías, puertos, de la puerta de un ser humano a otro, de la mano de un ser a otro ser, a otro ser, Grave es la noche, pero el hombre ha dispuesto sus signos fraternales, y a ciegas por caminos y por sombras llegué a la puerta iluminada, al pequeño punto de estrella que era mío, al fragmento de pan que en el bosque los lobos no habían devorado.       Una vez, a una casa, en la campiña,       llegué de noche, a nadie       antes de aquella noche había visto,       ni adivinado aquellas existencias.       Cuanto hacían, sus horas       eran nuevas en mi conocimiento.       Entré, eran cinco de familia:       todos como en la noche de un incendio       se habían levantado.                                       Estreché una       y otra mano, vi un rostro y otro rostro,       que nada me decían: eran puertas       que antes no vi en la calle,       ojos que no conocían mi rostro,       y en la alta noche, apenas       recibido, me tendí al cansancio,       a dormir la congoja de mi patria. Mientras venía el sueño, el eco innumerable de la tierra con sus roncos ladridos y sus hebras de soledad, continuaba la noche, y yo pensaba: «Dónde estoy? Quiénes son? Por qué me guardan hoy? Por qué ellos, que hasta hoy no me vieron, abren sus puertas y defienden mi canto?». Y nadie respondía sino un rumor de noche deshojada, un tejido de grillos construyéndose: la noche entera apenas parecía temblar en el follaje. Tierra nocturna, a mi ventana llegabas con tus labios, para que yo durmiera dulcemente como cayendo sobre miles de hojas, de estación a estación, de nido a nido, de rama en rama, hasta quedar de pronto dormido como un muerto en tus raíces.
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54
Señora, dicen que dónde, mi madre dicen, dijeron, el agua y el viento dicen que vieron al guerrillero. Puede ser un obispo, puede y no puede, puede ser sólo el viento sobre la nieve: sobre la nieve, sí, madre, no mires, que viene galopando Manuel Rodríguez. Ya viene el guerrillero por el estero. Saliendo de Melipilla, corriendo por Talagante, cruzando por San Fernando, amaneciendo en Pomaire. Pasando por Rancagua, por San Rosendo, por Cauquenes, por Chena, por Nacimiento: por Nacimiento, sí, desde Chiñigüe, por todas partes viene Manuel Rodríguez. Pásale este clavel, Vamos con él. Que se apaguen las guitarras, que la patria está de duelo. Nuestra tierra se oscurece. Mataron al guerrillero. En Til-Til lo mataron los asesinos, su espada está sangrando sobre el camino: sobre el camino, sí. Quién lo diría, él, que era nuestra sangre, nuestra alegría. La tierra está llorando. Vamos callando.
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Xxv
Grande rumor se levanta   de gritos, armas y voces en el palacio de Burgos,   donde son los ricoshombres. Bajó el rey de su aposento   y con él toda la corte, y a las puertas del palacio   hallan a Jimena Gómez, desmelenado el cabello,   llorando a su padre el conde; y a Rodrigo de Vivar   ensangrentado el estoque. Vieron al soberbio mozo   el rostro airado se pone, de doña Jimena oyendo   lo que dicen sus clamores: -¡Justicia, buen rey, te pido   y venganza de traidores; así se logren tus hijos   y de tus hazañas goces, que aquel que no la mantiene   de rey no merece el nombre! Y tú, matador cruel,   no por mujer me perdones: la muerte, traidor, te pido,   no me la niegues ni estorbes, pues mataste un caballero,   el mejor de los mejores. En esto, viendo Jimena   que Rodrigo no responde, y que tomando las riendas   en su caballo se pone, el rostro volviendo a todos,   por obligalles da voces, y viendo que no le siguen   grita: -¡Venganza, señores!
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Romance ii de cómo jimena, la hija del conde lozano, pide al rey venganza
Helos allí: junto a la mar bravía cadáveres están, ¡ay!, los que fueron honra del libre, y con su muerte dieron almas al cielo, a España nombradía.     Ansia de patria y libertad henchía sus nobles pechos que jamás temieron, y las costas de Málaga los vieron cual sol de gloria en desdichado día.     Españoles, llorad; mas vuestro llanto lágrimas de dolor y sangre sean, sangre que ahogue a siervos y opresores,         Y los viles tiranos, con espanto, siempre delante amenazando vean alzarse sus espectros vengadores.
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A la muerte de torrijos y sus compañeros
Pasé la mar cuando creyó mi engaño que en él mi antiguo fuego se templara, mudé mi natural, porque mudara naturaleza el uso, y curso el daño. En otro cielo, en otro reino extraño, mis trabajos se vieron en mi cara, hallando, aunque otra tanta edad pasara, incierto el bien, y cierto el desengaño. El mismo amor me abrasa y atormenta, y de razón y libertad me priva. ¿Por qué os quejáis del alma que le cuenta? ¿Qué no escriba decís, o que no viva? Haced vos con mi amor que yo no sienta, que yo haré con mi pluma que no escriba.
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A lupercio leonardo
Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo, pesó como la nuestra sobre la tierra, tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella, tú que viviste no en el rígido ayer sino en el incesante presente, en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo, tú que en tu monasterio fuiste llamado por la antigua voz de la épica, tú que tejiste las palabras, tú que cantaste la victoria de Brunanburh y no la atribuiste al Señor sino a la espada de tu rey, tú que con júbilo feroz cantaste, la humillación del viking, el festín del cuervo y del águila, tú que en la oda militar congregaste las rituales metáforas de la estirpe, tú que un tiempo sin historia viste en el ahora el ayer y en el sudor y sangre de Brunanburh un cristal de antiguas auroras, tú que tanto querías a tu Inglaterra y no la nombraste, hoy no eres otra cosa que unas palabras que los germanistas anotan. Hoy no eres otra cosa que mi voz cuando revive tus palabras de hierro. Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis días merezcan el olvido, que mi nombre sea Nadie como el de Ulises, pero que algún verso perdure en la noche propicia a la memoria o en las mañanas de los hombres.
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A un poeta sajón
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El suelo nativo
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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63
No salieron jamás del vergel del abrazo. Y ante el rojo rosal de los besos rodaron. Huracanes quisieron con rencor separarlos. Y las hachas tajantes y los rígidos rayos. Aumentaron la tierra de las pálidas manos. Precipicios midieron, por el viento impulsados entre bocas deshechas. Recorrieron naufragios, cada vez más profundos en sus cuerpos sus brazos. Perseguidos, hundidos por un gran desamparo de recuerdos y lunas de noviembres y marzos, aventados se vieron como polvo liviano: aventados se vieron, pero siempre abrazados.
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Vals de los enamorados y unidos hasta siempre
Los que ya no te ven sueñan en verte desde sus soterrados soñaderos, -lindes de tierra por los cuatro lados, cuna del esqueleto-, Sed tienen, no en las bocas, ni de agua; sed de visiones, esas que tu cielo proyecta -azules tenues- en su frente, y tú realizas en azul perfecto. Este afán de mirar es más que mío. Callado empuje, se le siente, ajeno, subir desde tinieblas seculares. Viene a asomarse a estos ojos con los que miro. ¡Qué sinfín de muertos que te vieron me piden la mirada, para verte! Al cedérsela gano: soy mucho más cuando me quiero menos. Que estos ojos les valgan a los pobres de luz. No soy su dueño. ¿Por cuánto tiempo -herencia- me los fían? ¿Son más que un miradero que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes? Siento a mis padres, siento que su empeño de no cegar jamás, es lo que bautizaron con mi nombre. Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo para salvar su sombra de la sombra. Que por mis ojos, suyos, miren ellos; y todos mis hermanos anteriores, sepultos por los siglos, ciegos de muerte: vista les devuelvo. ¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive! Ya somos todos unos en mis ojos, poblados de antiquísimos regresos. ¡Qué paz, así! Saber que son los hombres, un mirar que te mira, con ojos siempre abiertos, velándote: si un alma se les marcha nuevas almas acuden a sus cercos. Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado, aprendo lo que soy: soy un momento de esa larga mirada que te ojea, desde ayer, desde hoy, desde mañana, paralela del tiempo. En mis ojos, los últimos, arde intacto el afán de los primeros, herencia inagotable, afán sin término, Posado en mí está ahora; va de paso. Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos -la rama temblorosa que le tiendo- hará posada. Y en sus ojos, míos, ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote. Una mirada queda, si pasamos. ¡Que ella, la fidelísima, contemple tu perdurar, oh Contemplado eterno! Por venir a mirarla, día a día, embeleso a embeleso, tal vez tu eternidad, vuelta luz, por los ojos se nos entre. Y de tanto mirarte, nos salvemos.
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Variación final
Los que ya no te ven sueñan en verte desde sus soterrados soñaderos, -lindes de tierra por los cuatro lados, cuna del esqueleto-, Sed tienen, no en las bocas, ni de agua; sed de visiones, esas que tu cielo proyecta -azules tenues- en su frente, y tú realizas en azul perfecto. Este afán de mirar es más que mío. Callado empuje, se le siente, ajeno, subir desde tinieblas seculares. Viene a asomarse a estos ojos con los que miro. ¡Qué sinfín de muertos que te vieron me piden la mirada, para verte! Al cedérsela gano: soy mucho más cuando me quiero menos. Que estos ojos les valgan a los pobres de luz. No soy su dueño. ¿Por cuánto tiempo -herencia- me los fían? ¿Son más que un miradero que un cuerpo de hoy ofrece a almas de antes? Siento a mis padres, siento que su empeño de no cegar jamás, es lo que bautizaron con mi nombre. Soy yo. Y ahora no ven, pero les quedo para salvar su sombra de la sombra. Que por mis ojos, suyos, miren ellos; y todos mis hermanos anteriores, sepultos por los siglos, ciegos de muerte: vista les devuelvo. ¡En este hoy mío, cuánto ayer se vive! Ya somos todos unos en mis ojos, poblados de antiquísimos regresos. ¡Qué paz, así! Saber que son los hombres, un mirar que te mira, con ojos siempre abiertos, velándote: si un alma se les marcha nuevas almas acuden a sus cercos. Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado, aprendo lo que soy: soy un momento de esa larga mirada que te ojea, desde ayer, desde hoy, desde mañana, paralela del tiempo. En mis ojos, los últimos, arde intacto el afán de los primeros, herencia inagotable, afán sin término, Posado en mí está ahora; va de paso. Cuando de mí se vuele, allá en mis hijos -la rama temblorosa que le tiendo- hará posada. Y en sus ojos, míos, ya nunca aquí, y aquí, seguiré viéndote. Una mirada queda, si pasamos. ¡Que ella, la fidelísima, contemple tu perdurar, oh Contemplado eterno! Por venir a mirarla, día a día, embeleso a embeleso, tal vez tu eternidad, vuelta luz, por los ojos se nos entre. Y de tanto mirarte, nos salvemos.
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Érase un cura, tan pobre, que daba grima mirar sus zapatos descosidos y su viejo balandrán. Érase un cuasi mendigo que solía regalar a los más pobres que él con la mitad de su pan. Un cura tan divertido para hacer la caridad, que si daba el desayuno se acostaba sin cenar. Érase un pobre curita llamado el Padre Julián, a quién vían como a un perro los grandes de la ciudad, pues era tan inocente y era tan humilde el tal, que en la casa de los grandes daba risa su humildad. Un día amaneció muerto, siendo causa de su mal no se sabe si mucha hambre o alguna otra enfermedad. Entonces un gran entierro se ofreció al padre Julián, donde sólo en cera y pábilo se quemara un dineral. Y se vieron coches fúnebres y hubo un lujo singular, a los ecos de las marchas de la música marcial. Y cuentan que los timbales y oboes al resonar, hacían burla del muerto pobre de solemnidad... Y que el muerto se reía pensando en su balandrán, con una de aquellas risas que dan ganas de llorar.
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Abrojos - lii
Entonces, todavía tu voz me sabrá a luego. Y todavía y luego y siempre serás otra más allá de ti misma, inaccesiblemente... Y siendo tú el mar íntegro, te buscaré en la ola. Entonces, en tus ojos flotará todavía aquella vaga música que rimé con las rosas. Y todavía entonces saldré a escuchar tus ecos a las distancias húmedas de palabras redondas. Entonces, todavía te esperaré... En ti misma esperaré el retorno lírico de tu otra. Y aromaré la brisa del bosque con tu nombre y en la arena del páramo sembraré mi voz ronca... Y la flor, y la piedra, y el árbol, y el sendero, y la raíz, y el ala, y la luz, y la onda me dirán que te vieron pasar como un perfume envuelta en una trémula túnica de palomas... Y la rosa, y la brisa, y la fuente, y el astro, y el pájaro, y el musgo, y la nube, y la fronda me dirán que pasaste cubierta de rocío entre un emocionado vaivén de mariposas! Y en lo hondo de tus besos habrá un temblor de ausencia, y besaré en el polvo la huella de tus corzas; fatigaré el oráculo del pétalo sonoro y beberé el narcótico del pétalo sin sombra. Y entonces, todavía tu voz me sabrá a nunca, y todavía y siempre esperaré a tu otra más allá de ti misma, inaccesiblemente... Y, siendo tú el sol íntegro, te buscaré en la aurora!
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Elegía para entonces
Se murió porque ella quiso; no la mató Dios ni el Destino. Volvió una tarde a su casa y dijo por voz eléctrica, por teléfono, a su sombra: «¡Quiero moririne, pero sin estar en la cama, ni que venga el médico ni nada. Tú cállate!» ¡Qué silbidos de venenos candidatos se sentían! Las pistolas en bandadas cruzaban sobre alas negras por delante del balcón. Daban miedo los collares de tanto que se estrecharon. Pero no. Morirse quería ella. Se murió a las cuatro y media del gran reloj de la sala, a las cuatro y veinticinco de su reloj de pulsera. Nadie lo notó. Su traje seguía lleno de ella, en pie, sobre sus zapatos, hasta las sonrisas frescas arriba en los labios. Todos la vieron ir y venir, como siempre. No se le mudó la voz, hacía la misma vida de siempre. Cumplió diecinueve años en marzo siguiente: «Está más hermosa cada día», dijeron en ediciones especiales los periódicos. La heredera sombra cómplice, prueba rosa, azul o negra, en playas, nieves y alfombras, los engaños prolongaba.
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Por las esquinas vagas de los sueños, Alta la madrugada, fue conmigo Tu imagen bien amada, como un día En tiempos idos, cuando Dios lo quiso. Agua ha pasado por el río abajo, Hojas verdes perdidas llevó el viento Desde que nuestras sombras vieron quedas Su afán borrarse con el sol traspuesto. Hermosa era aquella llama, breve Como todo lo hermoso: luz y ocaso. Vino la noche honda, y sus cenizas Guardaron el desvelo de los astros. Tal jugador febril ante una carta, Un alma solitaria fue la apuesta Arriesgada y perdida en nuestro encuentro; El cuerpo entre los hombres quedó en pena. ¿Quién dice que se olvida? No hay olvido. Mira a través de esta pared de hielo Ir esa sombra hacia la lejanía Sin el nimbo radiante del deseo. Todo tiene su precio. Yo he pagado El mío por aquella antigua gracia; Y así despierto, hallando tras mi sueño Un lecho solo, afuera yerta el alba.
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Tristeza del recuerdo
Llegaron mis amigos de colegio Y absortos vieron mi cadáver frío; «¡Pobre!» exclamaron, y salieron todos... Ninguno de ellos un adiós me dijo. Todos me abandonaron. En silencio Fui conducido al último recinto; Ninguno dio un suspiro al que partía, Ninguno al cementerio fue conmigo. ¡Cerró el sepulturero mi sepulcro... Me quejé, tuve miedo y sentí frío, Y gritar quise en mi cruel angustia, Pero en los labios espiró mi grito! El aire me faltaba, y luché en vano Por destrozar mi féretro sombrío. Y en tanto.., los gusanos devoraban, Cual suntuoso festín, mis miembros rígidos. ¡Oh mi amor! dije al fin, ¿y me abandonas? Pero al llegar su voz a mis oídos Sentí latir el corazón de nuevo, Y volví al triste mundo de los vivos. Me alcé y abrí los ojos. ¡Cómo hervían Las copas de licor sobre los libros! El cuarto daba vueltas, y dichosos Bebían y cantaban mis amigos.
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Delirium tremens
El día que tuyos ojos Vieron que míos Eso era el día Que mí corazón bajó
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Mar 8, 2013
Mar 8, 2013 at 12:03 AM UTC
El Día
Les tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras. López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote. El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
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Juan lópez y john ward
la vez que a bob chambers lo vieron estaba poniendo lento el día dura la vista claro el corazón le dieron una cama de rosas que fue a tirar al mar entonces del costado se le alzaban como especies de oleajes carnes que se soñaban alas a bob chambers y no pasaron de su piel en esta edad tan carestía ¿ah caramba! ¡ah bob chambers dos en su vehículo terrestre! olvidados yacen ahora bajo sus capas de volar quedándose y tanta pena apenas se soporta pero qué hacer bob esperaba al viento sur "madre vieja tengo en casa" decía y chambers vivía vuelto al sur con la mesa puesta nunca se pusieron de acuerdo sobre este punto cardinal así ocurrió lo que se supo: tirando a un lado y a otro bob chambers se rompió la soledad o perros se comieron su agujero central todo el pueblo lo vio a bob partir a chambers estallar en la mañana lenta nunca hubo espectáculo igual y todos aplaudieron y todos aplaudieron menos la amiga que lloraba por bob el que dejó el amor para mañana menos la amiga que lloraba por chambers el que dejó el amor para la noche lavaron a la amiga con rosas y limón le dejaron los pies en agua fría y nadie habla de bob chambers se la pasan desarmándolo tristes como señores bob chambers no protesta viaja por la muerte montado en un burrito con la mejilla cerca de la luna tan alta y una almohadita para el sol
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Lamento por el vuelo de bob chambers
Nunca, señor, pensé que el verso mío cuando te hablara en él por vez primera la música filial de los veinte años, del huérfano infelice la voz fuera. Nada valió la familiar plegaria; moriste en plena vida, y ¡qué contraste tocóles a los tuyos, muerto amado, en la noche fatal que agonizaste! Noche con paz de luna; también fuiste noche más que ninguna tormentosa; tus horas de martirio florecieron en mi jardín, como sangrienta rosa. Todo lo evoco, Padre: tus quejidos; tus palabras postreras; la voz triste con que te habló tu hermano sacerdote; la mañana de otoño en que moriste; los cirios -compañeros de velada-; la madre y los hermanos, todos juntos; el ataúd que sale de la casa; el sollozante oficio de difuntos; y ¡oh infinita bondad la de los padres! los ojos muertos de tu faz piadosa que me vieron por último con lástima en las orillas de la negra fosa. Supe después lo enormemente triste que es la trsiteza del hogar vacío y lloré con la marcha de la madre para tierras del norte. Mas confío que te he de ver, oh Padre, para siempre con mis pupilas de resucitado. Aquel buen ángel que guardó el sepulcro de Jesucristo, y que miró extasiado la tierra redimida, y a las santas mujeres que buscaban al Amado, las consoló, verá concluir su oficio cuando el último Adán encuentre abiertos los eternos lugares de victoria y no haya quien pregunte por sus muertos.
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A mi padre
¿bajo que árbol sobre que árbol alrededor de que árbol francisco urondo asoma o es el resplandor violeta de algún vientre de tigre rugiendo en mi país? ¿estás paquito ahí o en el temblor de esta mano que piensa en todos tus haberes pasión o dignidad? ¿brillás en la mañana cantora andás en la sonrisa estruendo pólvora que atacan cada día al enemigo? ¿volvieron feroz a la alegría que caía de vos? ¿corajes nacen de esa alegría? ¿o casa de que parten los compañeros a luchar? ¿calor en medio de la noche? ¿lámpara en mitad de la dura amargura? ¿avisaste que te ibas a morir? ¿a caer mejor dicho alzándote como lámpara en medio de la noche? ¿y a quién dijiste que ibas a caer? ¿al viento al pulso al animal del pulso? ¿acaso querías caer? ¿no me ibas a esperar acaso no esperábamos juntos la tormenta mejor la borracha violeta tigre orilla de que partías a luchar? oh dulce fuera tu muerte combatiente que vieron transportar la dulzura del mundo rostro desenvainado como espada o fe cucharita revolviendo las sombras ¿te acordás de la vida? te acordás de la vida desparramado otoño suave caen verbos de vos balazos tigres lámparas partidas vientres cucharitas en mitad de la noche mitad pudriéndose en la patria dándole aroma resplandor descansá en guerra ¿descansan tus huesitos? en guerra? ¿en paz? ¿agüita? ¿nunca?
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Descansos
Los que vieron la dama luciendo aquella rosa que era como el fragante cóagulo de una llama, no supieron decirme cuál era más hermosa: si la rosa o la dama. Los que vieron la dama llevar la flor aquella, como un broche de fuego sobre su piel sedosa, no supieron decirme cual era la más bella: si la dama o la rosa. Cuando pasó la dama, fue un perfume su huella. Nadie supo decirme si fue la flor, o ella, la que dejó la noche perfumada. Y yo, yo, que la tuve desnuda sobre el lecho, yo, que corté la rosa para adornar su pecho, tampoco dije nada.
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La dama de la rosa