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"testigos" poems
A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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Liras
A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: «Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz...»                                  Y el cómico reía. Víctimas del spleen, los altos lores, en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: «Sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío.»Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única ilusión, la de la muerte».-Viajad y os distraeréis.                                               - ¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad.                                           -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer.                                                 -¡Si soy amado! -¡Un título adquirid!                                       -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá?                                           -Tengo riquezas -¿De lisonjas gustáis?                                           -¡Tantas escucho! -¿Que tenéis de familia?                                               -Mis tristezas -¿Vais a los cementerios?                                                 -Mucho... mucho... -¿De vuestra vida actual, tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos; yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos mis verdugos.-Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal y no debo acobardaros; Tomad hoy por receta este consejo: sólo viendo a Garrik, podréis curaros. -¿A Garrik?                         -Sí, a Garrik... La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquél que lo ve, muere de risa: tiene una gracia artística asombrosa.-¿Y a mí, me hará reír?                                               -¡Ah!, sí, os lo juro, él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo- no me curo; ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio!¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora, el alma gime cuando el rostro ríe!Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma, un relámpago triste: la sonrisa.El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.
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Reír llorando
Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: «Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz...»                                  Y el cómico reía. Víctimas del spleen, los altos lores, en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: «Sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío.»Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única ilusión, la de la muerte».-Viajad y os distraeréis.                                               - ¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad.                                           -¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer.                                                 -¡Si soy amado! -¡Un título adquirid!                                       -¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá?                                           -Tengo riquezas -¿De lisonjas gustáis?                                           -¡Tantas escucho! -¿Que tenéis de familia?                                               -Mis tristezas -¿Vais a los cementerios?                                                 -Mucho... mucho... -¿De vuestra vida actual, tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos; yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos mis verdugos.-Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal y no debo acobardaros; Tomad hoy por receta este consejo: sólo viendo a Garrik, podréis curaros. -¿A Garrik?                         -Sí, a Garrik... La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquél que lo ve, muere de risa: tiene una gracia artística asombrosa.-¿Y a mí, me hará reír?                                               -¡Ah!, sí, os lo juro, él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo- no me curo; ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio!¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora, el alma gime cuando el rostro ríe!Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma, un relámpago triste: la sonrisa.El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.
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Con besos Te inundare Como el mar Satura la tierra Sal de mis lágrimas Sudor de mi pasión Por todo tu cuerpo; Los peces serán testigos De mi amor por ti, Con besos Te tatuare Como la tinta De todos los lapiceros Llenan las páginas De todos los libros Letras de mi mente Palabras de mi corazón; Las tablas de contenido Serán testigos De mi devoción a ti, Con besos Te envolveré Como las brisas Sacuden tu pelo Aire de mis suspiros Dióxido de carbono De mis pulmones; Por todo el horizonte Por todos los hemisferios De la tierra al sol, El mundo será testigo De nuestro amor... APAD13 – 105 © okpoet
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Apr 30, 2013
Apr 30, 2013 at 3:48 PM UTC
Besos...
Elige ¡oh, Juan! un amigo Franco, sincero y honrado, Que cuando estés a su lado No extrañes no estar conmigo. Un joven que imite a un viejo En lo juicioso y prudente, Que te conforte y aliente Siempre que te dé un consejo. Que se interese en tu bien, Que censure tus errores, Y en tus dichas y dolores Se alegre y sufra también. Que nunca te incline al mal, Que no te engañe ni adule, Y te aplauda o te estimule Con desinterés igual. No un farsante, un caballero Por hechos, no por blasones; Que sea en todas tus acciones, No un cómplice, un compañero. Que puedas darle tu mano Sin temor de que la manche; Un ser que el alma te ensanche Cuando le llames hermano. No le canse tu exigencia, Ni tu carácter le hostigue, Piensa bien cuánto consigue La mutua condescendencia. Que no ostente falsas galas, Que no oculte la verdad, Y sepa que la amistad Es sólo el amor sin alas. ¡Oh mi Juan!, yo te lo digo, Por este mundo al cruzar Es muy difícil hallar Este tesoro, un amigo. Y es tan grave su elección, Que te lo puedo decir, Compromete al porvenir, Compromete al corazón. Y tanto influye en la suerte Del necio que se descuida, Que un buen amigo es la vida Y un mal amigo, la muerte. Como tu dicha es mi afán, No busques falsos testigos, Tus libros y tus amigos, Preséntamelos, mi Juan.
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Amigos y libros
Hay una noche, un tiempo hueco, sin testigos, una noche de uñas y silencio, páramo sin orillas, isla de yelo entre los días; una noche sin nadie sino su soledad multiplicada. Se regresa de unos labios nocturnos, fluviales, lentas orillas de coral y savia, de un deseo, erguido como la flor bajo la lluvia, insomne collar de fuego al cuello de la noche, o se regresa de uno mismo a uno mismo, y entre espejos impávidos un rostro me repite a mi rostro, un rostro que enmascara a mi rostro. Frente a los juegos fatuos del espejo mi ser es pira y es ceniza, respira y es ceniza, y ardo y me quemo y resplandezco y miento un yo que empuña, muerto, una daga de humo que le finge la evidencia de sangre de la herida, y un yo, mi yo penúltimo, que sólo pide olvido, sombra, nada, final mentira que lo enciende y quema. De una máscara a otra hay siempre un yo penúltimo que pide. Y me hundo en mí mismo y no me toco.
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Espejo
Tranquila deambula, Rapidamente levanta la vista Al escuchar su nombre "Ya no pienso en él" Dice con evidente nervio. Por atras oculto Bajo el matorral de gente Con un ramo de rosas Deja caer una lagrima Con nuca y ramo de confusion Como testigos, olvida el ojalá. El tiempo se vuelve juez, Y el rechazo la condena
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Nov 4, 2014
Nov 4, 2014 at 10:49 PM UTC
El Ramo
cuando a joaquín se le cayeron los ojos al suelo vio: a la reputa de la muerte pasando suave sus navajas adelantando como siempre en la tarea de apagar vio el golfo de Samborombón como un copón lleno de vino y vio mujeres calentadas por la muerte a modo de sol mujeres de nalgas que hervían y encendían fuegos en la siesta para quemar a sus verdugos oh grandes brujas al revés vio a las dulces desamparadas agarrar la desolación recortarle las orejitas mascarle las cepas amargas sacarle ***** en el crepúsculo golpearla con el corazón y darle forma de navaja o de suave madre grandísima que se ponía con la noche del otro lado del mundo vio que lloraban mucho por los sospechosos de 8 años los chicos de 14 que se suicidaban en Versalles por el niño ladrón de Jersey por los que roban en Santa Fe oh ángeles como empleados de Dios atento a su estrategia abajados como testigos a esta terraza de dolor vio que le sacan la amargura al abrazo para el hijito que se iba para la guerra que se volvía de la guerra y vio que hablaban con Ted Molloy del niñito de Montreal que mató a su madre dormida con un palo del que salieron madreselvas en flor con flor a posteriori de los hechos vio más situaciones extrañas: querubes envenenadores bastantemente envenenados o chicos que se ahorcan en los garajes de fin de semana mientras temblaban de placer los juntadores de estadísticas para demostrar la maldad de la sociedad de consumo en Oakland, 51, uno de 15 hachó a la mama como si fuera un árbol verde y después le echó querosén le prendió fuego calculando que de ese modo no la vieran y ella sacó fuegos internos antiguamente conservados para acabarse or irse como su entrañita se lo pedía eso veía joaquín cuando los ojos se le fueron a tierra como huevos entonces los empolló por otra vez y de uno le salió una madre revoloteando de testigo mientras del otro se asomaba con suaves navajas la muerte esa reputa de la muerte adelantando como siempre en la tarea de apagar se tomó el vino del gran golfo y miraba fijo a joaquín que ardía bajo la siesta ya se la abrazaba como madre
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Madres
cuando a joaquín se le cayeron los ojos al suelo vio: a la reputa de la muerte pasando suave sus navajas adelantando como siempre en la tarea de apagar vio el golfo de Samborombón como un copón lleno de vino y vio mujeres calentadas por la muerte a modo de sol mujeres de nalgas que hervían y encendían fuegos en la siesta para quemar a sus verdugos oh grandes brujas al revés vio a las dulces desamparadas agarrar la desolación recortarle las orejitas mascarle las cepas amargas sacarle ***** en el crepúsculo golpearla con el corazón y darle forma de navaja o de suave madre grandísima que se ponía con la noche del otro lado del mundo vio que lloraban mucho por los sospechosos de 8 años los chicos de 14 que se suicidaban en Versalles por el niño ladrón de Jersey por los que roban en Santa Fe oh ángeles como empleados de Dios atento a su estrategia abajados como testigos a esta terraza de dolor vio que le sacan la amargura al abrazo para el hijito que se iba para la guerra que se volvía de la guerra y vio que hablaban con Ted Molloy del niñito de Montreal que mató a su madre dormida con un palo del que salieron madreselvas en flor con flor a posteriori de los hechos vio más situaciones extrañas: querubes envenenadores bastantemente envenenados o chicos que se ahorcan en los garajes de fin de semana mientras temblaban de placer los juntadores de estadísticas para demostrar la maldad de la sociedad de consumo en Oakland, 51, uno de 15 hachó a la mama como si fuera un árbol verde y después le echó querosén le prendió fuego calculando que de ese modo no la vieran y ella sacó fuegos internos antiguamente conservados para acabarse or irse como su entrañita se lo pedía eso veía joaquín cuando los ojos se le fueron a tierra como huevos entonces los empolló por otra vez y de uno le salió una madre revoloteando de testigo mientras del otro se asomaba con suaves navajas la muerte esa reputa de la muerte adelantando como siempre en la tarea de apagar se tomó el vino del gran golfo y miraba fijo a joaquín que ardía bajo la siesta ya se la abrazaba como madre
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Una noche en la Ciudad de México, En esa ciudad antigua, espesa de cultura sobre un árido Lago de Texcoco; primitiva como sus religiones sangrientas, y moderna como afilado Cuchillo de plata y nácar. Aunque las piramides de el sol Y la luna No fueron testigos, Y no nos encontramos abrazados, desnudos, sobre la Calzada de Los Muertos, La nívea sabana se tiño de virginal Pureza en rojo de entrega, tu vez primera. J Eduardo Ramos©
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Aug 11, 2014
Aug 11, 2014 at 12:31 PM UTC
Una Noche en Tenochtitlán
Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido El adulterio la vergüenza al Cielo, Pues licenciosa, libre, y tan sin velo Ofendes la paciencia del sufrido. Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, No sirvas a su ausencia de libelo; Cierra la puerta, vive con recelo, Que el pecado se precia de escondido. No digo yo que dejes tus amigos, Mas digo que no es bien estén notados De los pocos que son tus enemigos. Mira que tus vecinos, afrentados, Dicen que te deleitan los testigos De tus pecados más que tus pecados.
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Reprende a una adúltera la circunstancia de su pecado
Ya el sol esconde sus rayos, el mundo en sombras se vela, el ave a su nido vuela. Busca asilo el trovador. Todo calla: en pobre cama duerme el pastor venturoso: en su lecho suntüoso se agita insomme el señor. Se agita; mas ¡ay! reposa al fin en su patrio suelo; no llora en mísero duelo la libertad que perdió. Los campos ve que a su infancia horas dieron de contento, su oído halaga el acento del país donde nació. No gime ilustre cautivo entre doradas cadenas, que si bien de encanto llenas, al cabo cadenas son. Si acaso, triste lamenta, en torno ve a sus amigos, que, de su pena testigos, consuelan su corazón. La arrogante erguida palma que en el desierto florece, al viajero sombra ofrece, descanso y grato manjar. Y, aunque sola, allí es querida del árabe errante y fiero, que siempre va placentero a su sombra a reposar. Mas ¡ay triste! yo cautiva, huérfana y sola suspiro, el clima extraño respiro, y amo a un extraño también. No hallan mis ojos mi patria; humo han sido mis amores; nadie calma mis dolores y en celos me siento arder. ¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... no puedo ni ceder a mi tristura, ni consuelo en mi amargura podré jamás encontrar. Supe amar como ninguna, supe amar correspondida; despreciada, aborrecida, ¿no sabré también odiar? ¡Adiós, patria! ¡adiós, amores! La infeliz Zoraida ahora sólo venganzas implora, ya condenada a morir. No soy ya del castellano la sumisa enamorada: soy la cautiva cansada ya de dejarse oprimir.
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La cautiva
Raer tiernas orejas con verdades mordaces, ¡oh Licino!, no es seguro: si desengañas, vivirás obscuro, y escándalo serás de las ciudades. No las hagas, ni enojes, las maldades, ni mormures la dicha del perjuro: que si gobierna y duerme Palinuro su error castigarán las tempestades. El que, piadoso, desengaña amigos tiene mayor peligro en su consejo que en su venganza el que agravió enemigos. Por esto a la maldad y al malo dejo. Vivamos, sin ser cómplices, testigos; advierta al mundo nuevo el mundo viejo.
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Enseña no ser segura política reprehender acciones, aunque malas sean, pues ellas tienen guardado su castigo
La vida es un gran campo de combate: Ved al hombre luchar de polo a polo; Yo le llamo vencido al que se abate Porque se ve sin armas y está solo. Más nocivos que el buitre carnicero, Y que la sierpe que veneno entraña, Son el amigo hipócrita y artero, El hijo ingrato y la mujer que engaña. La verdad es la luz; el hombre vano Que más la oculta, en su maldad se estrella; Que no me extienda su alevosa mano, Quien no me dé su corazón con ella. Evitar a otros daños y amargura, Ser en sus penas bálsamo y testigo, Secar su llanto, darle la ventura Y servirle sin premio, es ser su amigo. No confundáis lisonja y alabanza; Distinto son el lucro y el cariño; No mueva el interés a la esperanza; Amad como la madre o como el niño. La experiencia es la hermana de la duda; No es fiero todo aquel que está en campaña, Ni amigo todo aquel que nos saluda, Ni hermano todo aquel que os acompaña. Abrid los ojos, pobres caminantes, Sed del humano batallar testigos, Que cual llegan a odiarse dos amantes, Llegan hasta matarse dos amigos. No contrariéis el propio sentimiento Ni la noble verdad neguéis por nada, Preferid a riquezas y talento Franco carácter y palabra honrada.
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A todos
cuando la noche nos cobija, nos esconde no importa lo que hagamos, si al salir el sol callamos la luna y las estrellas serán los únicos testigos, que no quede ni una huella de lo que hemos compartido
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Aug 2, 2019
Aug 2, 2019 at 12:56 PM UTC
Idyll
Arráncame con tus besos... el amor que por el un día apareció. Arráncame con tus besos... este amor prohibido que por este individuo nació. Arráncame con tus besos... el pensamiento por los cuales este individuo permaneció. Borra de mi piel las lagrimas que por el un día derrame. Borra de mi ser las caricias que con el soñé. Borra de mi corazón su nombre aunque no negare que lo ame. Haz que el viento se lleve esas palabras de amor que por el un día proface. Desnudame con tus palabras llenas de dulzura. Desnudame lentamente quiero sentir cada roce lleno de ternura. Desnudame no seas discreto que los animales sean testigos en esta noche oscura. Desnudame y devórame como nunca lo haz hecho.....esta noche soy tuya.
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Jan 28, 2016
Jan 28, 2016 at 7:45 PM UTC
Arráncame
Juan, aquel militar de tres abriles, Que con gorra y fusil sueña en ser hombre, Y que ha sido en sus guerras infantiles Un glorioso heredero de mi nombre; Ayer, por tregua al belicoso juego, Dejando en un rincón la espada quieta, Tomó por voluntad, no a sangre y fuego, Mi mesa de escribir y mi gaveta. Allí guardo un laurel, y viene al caso Repetir lo que saben mis testigos: Esa corona de oropel y raso La debo, no a la gloria, a mis amigos. Con sus manos pequeñas y traviesas, Desató el niño, de la verde guía, El lazo tricolor en que hay impresas Frases que él no descifra todavía. Con la atención de un ser que se emociona Miró las hojas con extraño gesto, Y poniendo en mis manos la corona, Me preguntó con intención: -«¿Qué es esto?» -«Esto es -repuse- el lauro que promete La gloria al genio que en su luz inunda...» -«¿Y por qué lo tienes?»                                       -Por juguete, Le respondió mi convicción profunda. Viendo la forma oval, pronto el objeto Descubre el niño, de la noble gala; Se la ciñe, faltándome al respeto Y hecho un héroe se aleja por la sala. ¡Qué hermosa dualidad! Gloria y cariño Con su inocente acción enlazó ufano, Pues con el lauro semejaba el niño Un diminuto emperador romano. Hasta creí que de su faz severa Irradiaban celestes resplandores, Y que anhelaba en su imperial litera Ir al Circo a buscar los gladiadores. Con su nuevo disfraz quedé asombrado (No extrañéis en un padre estos asombros), Y corrí por un trapo colorado Que puse y extendí sobre sus hombros. Mirélo así con cándido embeleso, Me transformé en su esclavo humilde y rudo, Y -«¡Ave César!- le dije, dame un beso, ¡Yo que muero de penas, te saludo!» -«¿César?»- me preguntó lleno de susto Y yo sintiendo que su amor me abrasa, -«¡César!» -le respondí- «César Augusto De mi honor, de mi honra y de mi casa» Quitéle el manto, le volví la espada, Recogí mi corona de poeta, Y la guardé, deshecha y empolvada, En el fondo sin luz de mi gaveta.
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César en casa
Juan, aquel militar de tres abriles, Que con gorra y fusil sueña en ser hombre, Y que ha sido en sus guerras infantiles Un glorioso heredero de mi nombre; Ayer, por tregua al belicoso juego, Dejando en un rincón la espada quieta, Tomó por voluntad, no a sangre y fuego, Mi mesa de escribir y mi gaveta. Allí guardo un laurel, y viene al caso Repetir lo que saben mis testigos: Esa corona de oropel y raso La debo, no a la gloria, a mis amigos. Con sus manos pequeñas y traviesas, Desató el niño, de la verde guía, El lazo tricolor en que hay impresas Frases que él no descifra todavía. Con la atención de un ser que se emociona Miró las hojas con extraño gesto, Y poniendo en mis manos la corona, Me preguntó con intención: -«¿Qué es esto?» -«Esto es -repuse- el lauro que promete La gloria al genio que en su luz inunda...» -«¿Y por qué lo tienes?»                                       -Por juguete, Le respondió mi convicción profunda. Viendo la forma oval, pronto el objeto Descubre el niño, de la noble gala; Se la ciñe, faltándome al respeto Y hecho un héroe se aleja por la sala. ¡Qué hermosa dualidad! Gloria y cariño Con su inocente acción enlazó ufano, Pues con el lauro semejaba el niño Un diminuto emperador romano. Hasta creí que de su faz severa Irradiaban celestes resplandores, Y que anhelaba en su imperial litera Ir al Circo a buscar los gladiadores. Con su nuevo disfraz quedé asombrado (No extrañéis en un padre estos asombros), Y corrí por un trapo colorado Que puse y extendí sobre sus hombros. Mirélo así con cándido embeleso, Me transformé en su esclavo humilde y rudo, Y -«¡Ave César!- le dije, dame un beso, ¡Yo que muero de penas, te saludo!» -«¿César?»- me preguntó lleno de susto Y yo sintiendo que su amor me abrasa, -«¡César!» -le respondí- «César Augusto De mi honor, de mi honra y de mi casa» Quitéle el manto, le volví la espada, Recogí mi corona de poeta, Y la guardé, deshecha y empolvada, En el fondo sin luz de mi gaveta.
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Hay quienes se resisten deshilachadamente a morir sin haberse concedido un año un mes una hora de goce y esperan ese don cultivando el silencio vaciándose de culpas y de pánicos descansando en el lecho del cansancio o evocando la infancia más antigua así / con la memoria en rebanadas con ojos que investigan lo invisible y el desaliento tímido y portátil que se cubre y descubre a duras penas así miden el cuerpo torpe cándido ese montón de riesgos y de huesos áspero de deseos como llagas que no elige agotarse mas se agota merodean tal vez por la nostalgia ese usual laberinto de abandonos buscan testigos y no los encuentran salvo en las caravanas de fantasmas piden abrazos pero nadie cae en la emboscada de los sentimientos carne de espera / alma de esperanza los desnudos se visten y no vuelven el amor hace un alto en el camino sorprendido in fraganti / condenado y no obstante siempre hay quien se resiste a irse sin gozar / sin apogeos sin brevísimas cúspides de gloria sin periquetes de felicidad como si alguien en el más allá o quizás en el más acá suplente fuera a pedirle cuentas de por qué no fue dichoso como puede serlo un bienaventurado del montón
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Resistencias
A tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una intersección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: los floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles, con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida. Arriba, en la apresura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.
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Jardín con niño
A tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una intersección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: los floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles, con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la bugambilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida. Arriba, en la apresura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.
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Bébete un tentempié pero sentada arrímate a tu sol si eres satélite usa tus esperanzas como un sable desmundízate a ciegas o descálzate desmilágrate ahora / poco a poco quítate la ropita sin testigos arrójale esa cáscara al espejo preocúpate pregúntale prepárate sobremuriente no / sobreviviente desde el carajo al cielo / sin escalas y si no vienen a buscar tu búsqueda y te sientes pueril o mendicante abandonada por tu abandoneón fabulízate de una vez por todas métete en tu ropita nuevamente mundízate milágrate y entonces apróntate a salir y a salpicarte calle abajo / novada y renovada pero antes de asomar la naricita bebe otro tentempié / por si las moscas
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Bébete un tentempié
Aquí está la moneda de hierro. Interroguemos las dos contrarias caras que serán la respuesta de la terca demanda que nadie no se ha hecho: ¿Por qué precisa un hombre que una mujer lo quiera? Miremos. En el orbe superior se entretejan el firmamento cuádruple que sostiene el diluvio y las inalterables estrellas planetarias. Adán, el joven padre, y el joven Paraíso. La tarde y la mañana. Dios en cada criatura. En ese laberinto puro está tu reflejo. Arrojemos de nuevo la moneda de hierro que es también un espejo magnífico. Su reverso es nadie y nada y sombra y ceguera. Eso eres. De hierro las dos caras labran un solo eco. Tus manos y tu lengua son testigos infieles. Dios es el inasible centro de la sortija. No exalta ni condena. Obra mejor: olvida. Maculado de infamia ¿por qué no han de quererte? En la sombra del otro buscamos nuestra sombra; en el cristal del otro, nuestro cristal recíproco.
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La moneda de hierro
Altas encinas de ondulante copa; Troncos que os inclináis sobre las aguas De los torrentes; pinos misteriosos Que sois, al viento, cual silvestres arpas, ¿En vuestro ensueño secular y altivo, No soñáis con las épocas lejanas, Cuando el eco fugaz de los desiertos Del Canadá, tan sólo en la comarca Conocía  las voces de las tribus, Que en su existencia nómade mezclaban Sus cánticos guerreros en la selva Al rumor de las grandes cataratas? Bajo el cielo, de estrellas tachonado, Cuando del polo tempestuosas ráfagas Sacuden vuestros gajos, que parecen, Bajo la luz lunar, vagos fantasmas, (Soñáis tal vez con los lejanos días, Con los días gloriosos de la patria, Cuando en vuestras guaridas, nuestros padres La barbarie de siglos dominaban; Cuando llevando el ideal por guía y de ensueños heroicos llena el alma, Se abrían paso entre la selva, al grito De «Dios lo quiere»; el campo desbrozaban Para la vida, y en el yermo inculto Convertían los troncos en pilastras De futuras metrópolis, y luego, Pensando en las proezas del mañana, Al amparo del bosque congregados En las noches de invierno, como hosannas Hacían resonar en sus clarines, Nuncios de redención y de esperanza, El himno del futuro en el desierto, Sobre la virgen tierra americana? Sí, soñáis, de pretéritas edades Testigos, que os erguís en las montañas, Mudos sobrevivientes de naufragios En que fueron hundiéndose las razas... y resistiendo el golpe de los siglos Vuestro ramaje que imponente se alza, A los vientos del cielo canadense Con voz triunfal nuestra epopeya canta.
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La floresta
Altas encinas de ondulante copa; Troncos que os inclináis sobre las aguas De los torrentes; pinos misteriosos Que sois, al viento, cual silvestres arpas, ¿En vuestro ensueño secular y altivo, No soñáis con las épocas lejanas, Cuando el eco fugaz de los desiertos Del Canadá, tan sólo en la comarca Conocía  las voces de las tribus, Que en su existencia nómade mezclaban Sus cánticos guerreros en la selva Al rumor de las grandes cataratas? Bajo el cielo, de estrellas tachonado, Cuando del polo tempestuosas ráfagas Sacuden vuestros gajos, que parecen, Bajo la luz lunar, vagos fantasmas, (Soñáis tal vez con los lejanos días, Con los días gloriosos de la patria, Cuando en vuestras guaridas, nuestros padres La barbarie de siglos dominaban; Cuando llevando el ideal por guía y de ensueños heroicos llena el alma, Se abrían paso entre la selva, al grito De «Dios lo quiere»; el campo desbrozaban Para la vida, y en el yermo inculto Convertían los troncos en pilastras De futuras metrópolis, y luego, Pensando en las proezas del mañana, Al amparo del bosque congregados En las noches de invierno, como hosannas Hacían resonar en sus clarines, Nuncios de redención y de esperanza, El himno del futuro en el desierto, Sobre la virgen tierra americana? Sí, soñáis, de pretéritas edades Testigos, que os erguís en las montañas, Mudos sobrevivientes de naufragios En que fueron hundiéndose las razas... y resistiendo el golpe de los siglos Vuestro ramaje que imponente se alza, A los vientos del cielo canadense Con voz triunfal nuestra epopeya canta.
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Sólo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido El adulterio la vergüenza al cielo, Pues que tan claramente y tan sin velo Has los hidalgos huesos ofendido. Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, Que no sepa tu infamia todo el suelo: Cierra la puerta, vive con recelo, Que el pecado nació para escondido. No digo yo que dejes tus amigos, Mas digo que no es bien que sean notados De los pocos que son tus enemigos. Mira que tus vecinos, afrentados, Dicen que te deleitan los testigos De tus pecados más que tus pecados.
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A una adúltera
Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño. Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo. César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos...
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Piedra negra sobre una piedra blanca