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"secretas" poems
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: los astros y los hombres vuelven cíclicamente; los átomos fatales repetirán la urgente Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras. En edades futuras oprimirá el centauro con el casco solípedo el pecho del lapita; cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita noche de su palacio fétido el minotauro. Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. La mano que esto escribe renacerá del mismo vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo. (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa). No sé si volveremos en un ciclo segundo como vuelven las cifras de una fracción periódica; pero sé que una oscura rotación pitagórica noche a noche me deja en un lugar del mundo que es de los arrabales. Una esquina remota que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste, pero que tiene siempre una tapia celeste, una higuera sombría y una vereda rota. Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres trae el amor o el oro, a mí apenas me deja esta rosa apagada, esta vana madeja de calles que repiten los pretéritos nombres de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez... Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas, las repúblicas, los caballos y las mañanas, las felices victorias, las muertes militares. Las plazas agravadas por la noche sin dueño son los patios profundos de un árido palacio y las calles unánimes que engendran el espacio son corredores de vago miedo y de sueño. Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras; vuelve a mi carne humana la eternidad constante y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante: «Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
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La noche cíclica
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: los astros y los hombres vuelven cíclicamente; los átomos fatales repetirán la urgente Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras. En edades futuras oprimirá el centauro con el casco solípedo el pecho del lapita; cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita noche de su palacio fétido el minotauro. Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. La mano que esto escribe renacerá del mismo vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo. (David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa). No sé si volveremos en un ciclo segundo como vuelven las cifras de una fracción periódica; pero sé que una oscura rotación pitagórica noche a noche me deja en un lugar del mundo que es de los arrabales. Una esquina remota que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste, pero que tiene siempre una tapia celeste, una higuera sombría y una vereda rota. Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres trae el amor o el oro, a mí apenas me deja esta rosa apagada, esta vana madeja de calles que repiten los pretéritos nombres de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez... Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas, las repúblicas, los caballos y las mañanas, las felices victorias, las muertes militares. Las plazas agravadas por la noche sin dueño son los patios profundos de un árido palacio y las calles unánimes que engendran el espacio son corredores de vago miedo y de sueño. Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras; vuelve a mi carne humana la eternidad constante y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante: «Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
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¿Por qué tocas mi pecho nuevamente? Llegas, silenciosa, secreta, armada, tal los guerreros a una ciudad dormida; quemas mi lengua con tus labios, pulpo, y despiertas los furores, los goces, y esta angustia sin fin que enciende lo que toca y engendra en cada cosa una avidez sombría. El mundo cede y se desploma como metal al fuego. Entre mis ruinas me levanto, solo, desnudo, despojado, sobre la roca inmensa del silencio, como un solitario combatiente contra invisibles huestes. Verdad abrasadora, ¿a qué me empujas? No quiero tu verdad, tu insensata pregunta. ¿A qué esta lucha estéril? No es el hombre criatura capaz de contenerte, avidez que sólo en la sed se sacia, llama que todos los labios consume, espíritu que no vive en ninguna forma mas hace arder todas las formas con un secreto fuego indestructible. Pero insistes, lágrima escarnecida, y alzas en mí tu imperio desolado. Subes desde lo más hondo de mí, desde el centro innombrable de mi ser, ejército, marea. Creces, tu sed me ahoga, expulsando, tiránica, aquello que no cede a tu espada frenética. Ya sólo tú me habitas, tú, sin nombre, furiosa sustancia, avidez subterránea, delirante. Golpean mi pecho tus fantasmas, despiertas a mi tacto, hielas mi frente y haces proféticos mis ojos. Percibo el mundo y te toco, sustancia intocable, unidad de mi alma y de mi cuerpo, y contemplo el combate que combato y mis bodas de tierra. Nublan mis ojos imágenes opuestas, y a las mismas imágenes otras, más profundas, las niegan, ardiente balbuceo, aguas que anega un agua más oculta y densa. En su húmeda tiniebla vida y muerte, quietud y movimiento, son lo mismo. Insiste, vencedora, porque tan sólo existo porque existes, y mi boca y mi lengua se formaron para decir tan sólo tu existencia y tus secretas sílabas, palabra impalpable y despótica, sustancia de mi alma. Eres tan sólo un sueño, pero en ti sueña el mundo y su mudez habla con tus palabras. Rozo al tocar tu pecho la eléctrica frontera de la vida, la tiniebla de sangre donde pacta la boca cruel y enamorada, ávida aún de destruir lo que ama y revivir lo que destruye, con el mundo, impasible y siempre idéntico a sí mismo, porque no se detiene en ninguna forma ni se demora sobre lo que engendra. Llévame, solitaria, llévame entre los sueños, llévame, madre mía, despiértame del todo, hazme soñar tu sueño, unta mis ojos con aceite, para que al conocerte me conozca.
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La poesía
¿Por qué tocas mi pecho nuevamente? Llegas, silenciosa, secreta, armada, tal los guerreros a una ciudad dormida; quemas mi lengua con tus labios, pulpo, y despiertas los furores, los goces, y esta angustia sin fin que enciende lo que toca y engendra en cada cosa una avidez sombría. El mundo cede y se desploma como metal al fuego. Entre mis ruinas me levanto, solo, desnudo, despojado, sobre la roca inmensa del silencio, como un solitario combatiente contra invisibles huestes. Verdad abrasadora, ¿a qué me empujas? No quiero tu verdad, tu insensata pregunta. ¿A qué esta lucha estéril? No es el hombre criatura capaz de contenerte, avidez que sólo en la sed se sacia, llama que todos los labios consume, espíritu que no vive en ninguna forma mas hace arder todas las formas con un secreto fuego indestructible. Pero insistes, lágrima escarnecida, y alzas en mí tu imperio desolado. Subes desde lo más hondo de mí, desde el centro innombrable de mi ser, ejército, marea. Creces, tu sed me ahoga, expulsando, tiránica, aquello que no cede a tu espada frenética. Ya sólo tú me habitas, tú, sin nombre, furiosa sustancia, avidez subterránea, delirante. Golpean mi pecho tus fantasmas, despiertas a mi tacto, hielas mi frente y haces proféticos mis ojos. Percibo el mundo y te toco, sustancia intocable, unidad de mi alma y de mi cuerpo, y contemplo el combate que combato y mis bodas de tierra. Nublan mis ojos imágenes opuestas, y a las mismas imágenes otras, más profundas, las niegan, ardiente balbuceo, aguas que anega un agua más oculta y densa. En su húmeda tiniebla vida y muerte, quietud y movimiento, son lo mismo. Insiste, vencedora, porque tan sólo existo porque existes, y mi boca y mi lengua se formaron para decir tan sólo tu existencia y tus secretas sílabas, palabra impalpable y despótica, sustancia de mi alma. Eres tan sólo un sueño, pero en ti sueña el mundo y su mudez habla con tus palabras. Rozo al tocar tu pecho la eléctrica frontera de la vida, la tiniebla de sangre donde pacta la boca cruel y enamorada, ávida aún de destruir lo que ama y revivir lo que destruye, con el mundo, impasible y siempre idéntico a sí mismo, porque no se detiene en ninguna forma ni se demora sobre lo que engendra. Llévame, solitaria, llévame entre los sueños, llévame, madre mía, despiértame del todo, hazme soñar tu sueño, unta mis ojos con aceite, para que al conocerte me conozca.
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Soy huellas que no secan en el vacío interminable de tu pecho como marca hecha en desiertos por el cadáver sediento de tu cuerpo Soy un jugador con sonrisa de plata que se burla a escondidas, y se cree ganador de todo lo perdido aceptando el trofeo en secreto sabiendo que ha hecho bien en romper silencios, cadenas, el alma, y ha hecho jirones la camisa de un amante, en busca del elixir divino Soy quien encontró ambrosía en labios rosas como almohadas celestiales que bajan a su encuentro entre noches perdidas, secretas, sedientas Soy quien ríe al último con honestidad y el alma limpia pues no tengo nada que perder ya que he dado todo y regresó en migajas en platos rotos y en realidades que no concuerdan con los sueños y no me arrepiento de nada la historia me absuelve como algún matón cubano dijo alguna vez en algún lugar pues todos los asesinos tienen su razón justificada.
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May 7, 2014
May 7, 2014 at 3:57 AM UTC
Plenitud secreta
¡Oh mi Musa! ¡Oh mi novia! ¡Oh mi pálida amada! Cuando el pesar mi corazón agobia, Como aurora me alumbra tu mirada. Del alma tú naciste, Creada en un delirio; Te di griego perfil, mirada triste, Cabellos rubios y color de lirio. Cuando tu pie se mueve Y a mí llegas en calma, Parece que vinieras de la nieve Y demandaras el calor de un alma. Indefinible encanto Hay en tu rostro impreso. Calla en mi alma del amor el canto, Muere en mis labios el ardiente beso. Siempre a mi voz respondes, Y a mí estás tan unida Que ni misterios en tu pecho escondes Ni hay para tí secretos en mi vida. Cuando a mi lado veo Tu faz radiante y bella, No me enciende la llama del deseo: Mi amor es rayo de lejana estrella. Llegas a mí sin ruido En noches estrelladas, Y tu mano en mis manos, al oído Me refieres leyendas y baladas. Y el paseo emprendemos Al rayo de la luna; Y cantando al compás de nuestros remos Bogamos en la diáfana laguna. En selvas rumorosas Te oigo historias secretas: Lo que sueñan las vírgenes hermosas, Lo que sueñan los pálidos poetas. A los silfos dormidos Tú, trémula, apostrofas, Y surgen de los cármenes floridos, Cual mariposas blancas, las estrofas. Y en castillos feudales, De góticas arcadas, Me narras los torneos medioevales Y cuentos de princesas encantadas. Mi Musa es Musa casta, Musa con aureola: Como su amor a mi ternura basta Reina en mi pecho, inmaculada y sola. ¡Oh novia sin engaños! ¡Oh Musa soñadora! Di siempre la canción de los veinte años En el fondo del alma que te adora.
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Mi musa
¡Oh mi Musa! ¡Oh mi novia! ¡Oh mi pálida amada! Cuando el pesar mi corazón agobia, Como aurora me alumbra tu mirada. Del alma tú naciste, Creada en un delirio; Te di griego perfil, mirada triste, Cabellos rubios y color de lirio. Cuando tu pie se mueve Y a mí llegas en calma, Parece que vinieras de la nieve Y demandaras el calor de un alma. Indefinible encanto Hay en tu rostro impreso. Calla en mi alma del amor el canto, Muere en mis labios el ardiente beso. Siempre a mi voz respondes, Y a mí estás tan unida Que ni misterios en tu pecho escondes Ni hay para tí secretos en mi vida. Cuando a mi lado veo Tu faz radiante y bella, No me enciende la llama del deseo: Mi amor es rayo de lejana estrella. Llegas a mí sin ruido En noches estrelladas, Y tu mano en mis manos, al oído Me refieres leyendas y baladas. Y el paseo emprendemos Al rayo de la luna; Y cantando al compás de nuestros remos Bogamos en la diáfana laguna. En selvas rumorosas Te oigo historias secretas: Lo que sueñan las vírgenes hermosas, Lo que sueñan los pálidos poetas. A los silfos dormidos Tú, trémula, apostrofas, Y surgen de los cármenes floridos, Cual mariposas blancas, las estrofas. Y en castillos feudales, De góticas arcadas, Me narras los torneos medioevales Y cuentos de princesas encantadas. Mi Musa es Musa casta, Musa con aureola: Como su amor a mi ternura basta Reina en mi pecho, inmaculada y sola. ¡Oh novia sin engaños! ¡Oh Musa soñadora! Di siempre la canción de los veinte años En el fondo del alma que te adora.
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Una vívida y terrorífica alucinación me repito, tiritando de miedo desde el centro de la sala atravesado por el gélido arpón de la gravedad. Vamos flotando, por encima de los campos de verdes acres contemplado la geometría perfecta de la pitagórica ciudad vegetal Sobre una inmaculada orbe de papel nos precipitamos hacia el vacío, las formas y contornos del mundo quedan grabadas en la difusa calma oceánica de nuestras retinas Y una multitud, de acerbos rostros flemáticos nos da la bienvenida. Cual diminutas ánimas secretas, se agrupan en curiosos adarmes, la sombra que cruza el Atlántico ofusca sus vidas entre cenizas Ahogados bajo las llamas elevan ampollas de fuego en cada nota y en cada suspiro, oímos sirenas cantar
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Jul 17, 2015
Jul 17, 2015 at 11:59 PM UTC
Sueño de un domingo en la mañana: “Sobre la catástrofe del Dirigible Hindenburg”
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Músicos, rápsodas, prosistas, poetas, poetas, poetas, pintores, caricaturistas, eruditos, nimios estetas; románticos o clasicistas, y decadentes, -si os parece- pero, eso sí, locos y artistas los Panidas éramos trece! Melenudos de líneas netas, líricos de aires anarquistas, hieráticos anacoretas, dandys, troveros, ensayistas, en fin, sabios o analfabetas, y muy pedantes, -si os parece- explotado res de agrias vetas los Panidas éramos trece! De atormentados macabristas figuras lívidas y quietas, rollizas caras de hacendistas, trágicos rostros de profetas...; y satíricos y humoristas, o muy ingenuos, -si os parece- en el café de los Mokistas los Panidas éramos trece! Sutiles frases y discretas, y paradojas exotistas, sentencias, sólidas, escuetas, y jeroglíficos sofistas; y las mordaces cuchufletas envenenadas, -si os parece- que en el Concilio de Agoretas los Panidas éramos trece! Y orquestaciones wagneristas, -trompas y tubas y trompetas-, 1 o  serenatas mozartistas y sinfonías y retretas de los maestros exorcistas, beethovenianos, -si os parece-, que en el Salón (bombos o arpistas) los Panidas éramos trece! Y los de pluma o de paletas, altos poetas o coplistas, los violinistas y cornetas, en veladas aquelarristas -sesiones íntimas, secretas!- y en bodegones -si os parece- en esas citas indiscretas los Panidas éramos trece! Fumívoros y cafeístas y bebedores musagetas! Grandilocuentes, camorristas, Crispines de elásticas tretas; inconsolables, optimistas, o indiferentes, -si os parece- en nuestros Sábbats liturgistas los Panidas éramos trece! Ilustres críticos -ascetas serios, solemnes, metodistas, tribu de vacuos logotetas!: 2 andad al diablo! -si os parece-: nosotros, -Bárbaros sanchistas!-, los Panidas éramos trece!
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Balada trival de los 13 panidas
Músicos, rápsodas, prosistas, poetas, poetas, poetas, pintores, caricaturistas, eruditos, nimios estetas; románticos o clasicistas, y decadentes, -si os parece- pero, eso sí, locos y artistas los Panidas éramos trece! Melenudos de líneas netas, líricos de aires anarquistas, hieráticos anacoretas, dandys, troveros, ensayistas, en fin, sabios o analfabetas, y muy pedantes, -si os parece- explotado res de agrias vetas los Panidas éramos trece! De atormentados macabristas figuras lívidas y quietas, rollizas caras de hacendistas, trágicos rostros de profetas...; y satíricos y humoristas, o muy ingenuos, -si os parece- en el café de los Mokistas los Panidas éramos trece! Sutiles frases y discretas, y paradojas exotistas, sentencias, sólidas, escuetas, y jeroglíficos sofistas; y las mordaces cuchufletas envenenadas, -si os parece- que en el Concilio de Agoretas los Panidas éramos trece! Y orquestaciones wagneristas, -trompas y tubas y trompetas-, 1 o  serenatas mozartistas y sinfonías y retretas de los maestros exorcistas, beethovenianos, -si os parece-, que en el Salón (bombos o arpistas) los Panidas éramos trece! Y los de pluma o de paletas, altos poetas o coplistas, los violinistas y cornetas, en veladas aquelarristas -sesiones íntimas, secretas!- y en bodegones -si os parece- en esas citas indiscretas los Panidas éramos trece! Fumívoros y cafeístas y bebedores musagetas! Grandilocuentes, camorristas, Crispines de elásticas tretas; inconsolables, optimistas, o indiferentes, -si os parece- en nuestros Sábbats liturgistas los Panidas éramos trece! Ilustres críticos -ascetas serios, solemnes, metodistas, tribu de vacuos logotetas!: 2 andad al diablo! -si os parece-: nosotros, -Bárbaros sanchistas!-, los Panidas éramos trece!
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Mito mito mío acorde de luna sin piyamas aunque me hundas tus psíquicas espinas mujer pescada poco antes de la muerte aspirosorbo hasta el delirio tus magnolias calefaccionadas cuanto decoro tu lujosísimo esqueleto todos los accidentes de tu topografía mientras declino en cualquier tiempo tus titilaciones más secretas al precipitarte entre relámpagos en los tubos de ensayo de mis venas.
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Mito
Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche, invisible en tu sueño, seriamente nocturna, mientras yo desenredo mis preocupaciones como si fueran redes confundidas. Ausente, por los sueños tu corazón navega, pero tu cuerpo así abandonado respira buscándome sin verme, completando mi sueño como una planta que se duplica en la sombra. Erguida, serás otra que vivirá mañana, pero de las fronteras perdidas en la noche, de este ser y no ser en que nos encontramos algo queda acercándonos en la luz de la vida como si el sello de la sombra señalara con fuego sus secretas criaturas.
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Soneto lxxxiii
Con mi razón apenas, con mis dedos, con lentas aguas lentas inundadas, caigo al imperio de los nomeolvides, a una tenaz atmósfera de luto, a una olvidada sala decaída, a un racimo de tréboles amargos.Caigo en la sombra, en medio de destruidas cosas, y miro arañas, y apaciento bosques de secretas maderas inconclusas, y ando entre húmedas fibras arrancadas al vivo ser de substancia y silencio.Dulce materia, oh rosa de alas secas, en mi hundimiento tus pétalos subo con pies pesados de roja fatiga, y en tu catedral dura me arrodillo golpeándome los labios con un ángel.Es que soy yo ante tu color de mundo, ante tus pálidas espadas muertas, ante tus corazones reunidos, ante tu silenciosa multitud. Soy yo ante tu ola de olores muriendo, envueltos en otoño y resistencia: soy yo emprendiendo un viaje funerario entre sus cicatrices amarillas:soy yo con mis lamentos sin origen, sin alimentos, desvelado, solo, entrando oscurecidos corredores, llegando a tu materia misteriosa. Veo moverse tus corrientes secas, veo crecer manos interrumpidas, oigo tus vegetales oceánicos crujir de noche y furia sacudidos, y siento morir hojas hacia adentro, incorporando materiales verdes a tu inmovilidad desamparada.Poros, vetas, círculos de dulzura, peso, temperatura silenciosa, flechas pegadas a tu alma caída, seres dormidos en tu boca espesa, polvo de dulce pulpa consumida, ceniza llena de apagadas almas, venid a mí, a mi sueño sin medida, caed en mi alcoba en que la noche cae y cae sin cesar como agua rota, y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme, a vuestros materiales sometidos, a vuestras muertas palomas neutrales, y hagamos fuego, y silencio, y sonido, y ardamos, y callemos, y campanas.
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Entrada a la madera
Con mi razón apenas, con mis dedos, con lentas aguas lentas inundadas, caigo al imperio de los nomeolvides, a una tenaz atmósfera de luto, a una olvidada sala decaída, a un racimo de tréboles amargos.Caigo en la sombra, en medio de destruidas cosas, y miro arañas, y apaciento bosques de secretas maderas inconclusas, y ando entre húmedas fibras arrancadas al vivo ser de substancia y silencio.Dulce materia, oh rosa de alas secas, en mi hundimiento tus pétalos subo con pies pesados de roja fatiga, y en tu catedral dura me arrodillo golpeándome los labios con un ángel.Es que soy yo ante tu color de mundo, ante tus pálidas espadas muertas, ante tus corazones reunidos, ante tu silenciosa multitud. Soy yo ante tu ola de olores muriendo, envueltos en otoño y resistencia: soy yo emprendiendo un viaje funerario entre sus cicatrices amarillas:soy yo con mis lamentos sin origen, sin alimentos, desvelado, solo, entrando oscurecidos corredores, llegando a tu materia misteriosa. Veo moverse tus corrientes secas, veo crecer manos interrumpidas, oigo tus vegetales oceánicos crujir de noche y furia sacudidos, y siento morir hojas hacia adentro, incorporando materiales verdes a tu inmovilidad desamparada.Poros, vetas, círculos de dulzura, peso, temperatura silenciosa, flechas pegadas a tu alma caída, seres dormidos en tu boca espesa, polvo de dulce pulpa consumida, ceniza llena de apagadas almas, venid a mí, a mi sueño sin medida, caed en mi alcoba en que la noche cae y cae sin cesar como agua rota, y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme, a vuestros materiales sometidos, a vuestras muertas palomas neutrales, y hagamos fuego, y silencio, y sonido, y ardamos, y callemos, y campanas.
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En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas, lo que sueñan las niñas.Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: -Quiero en el alma mía tener la aspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo: -¡Ven!- con el acento con que hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!                                       Sobre la cima de un monte, a medianoche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llama que titilan. Exclamé: -Más...                                       La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije: -Más...- Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió: -¡Y bien! ¡Las flores!                                                         Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije: -Más...                               El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas.El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y los rasgó. Allí todo era aurora. En el fondo se vía un bello rostro de mujer.                                             ¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: -¿Más?... -dijo el hada.                                               Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...
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Autumnal
En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas, lo que sueñan las niñas.Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: -Quiero en el alma mía tener la aspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo: -¡Ven!- con el acento con que hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!                                       Sobre la cima de un monte, a medianoche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llama que titilan. Exclamé: -Más...                                       La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije: -Más...- Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió: -¡Y bien! ¡Las flores!                                                         Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije: -Más...                               El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas.El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y los rasgó. Allí todo era aurora. En el fondo se vía un bello rostro de mujer.                                             ¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: -¿Más?... -dijo el hada.                                               Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...
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Abrir los ojos. Y ver sin falta ni sobra, a colmo en la luz clara del día perfecto el mundo, completo. Secretas medidas rigen gracias sueltas, abandonos fingidos, la nube aquella, el pájaro volador, la fuente, el tiemblo del chopo. Está bien, mayo, sazón. Todo en el fiel. Pero yo... Tú, de sobra. A mirar, y nada más que a mirar la belleza rematada que ya no te necesita. Cerrar los ojos. Y ver incompleto, tembloroso, de será o de no será, -masas torpes, planos sordos- sin luz, sin gracia, sin orden un mundo sin acabar, necesitado, llamándome a mí, o a ti, o a cualquiera que ponga lo que le falta, que le de la perfección. En aquella tarde clara, en aquel mundo sin tacha, escogí:             el otro. Cerré los ojos.
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Es preciso que tornes de la esfera sombría con los flavos destellos de la Luna, que escapa, cual la momia de un mundo, de la azul lejanía; es preciso que tornes y te vuelvas mi guía y me des un refugio, ¡por piedad!, en la Trapa. Si lo mandas, ¡oh padre!, si tu regla lo ordena, cavaré por mi mano mi sepulcro en el huerto, Y al amparo infinito de la noche serena vagaré por sus bordes como el ánima en pena, mientras lloran los bronces con un toque de muerto... La leyenda refiere que tu triste mirada extinguía los duelos y las ansias secretas, y yo guardo aquí dentro, como en urna cerrada, desconsuelos muy hondos, mucha hiel concentrada, y la fiera nostalgia que tocó a los poetas... Viviré de silencio -el silencio es la plática con Jesús, escribiste: tal mi plática sea-, y mezclado a tus frailes, con su turba hierática gemirá De profundis la voz seca y asmática que fue verbo: ese verbo que subyuga y flamea. Ven, abad incurable, gran asceta, yo quiero anegar mis pupilas en las tuyas de acero, aspirar el efluvio misterioso que escapa de tus miembros exangües, de tu rostro severo, y sufrir el contagio de la paz de tu Trapa.
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A rancé, reformador de la trapa (1626-1700)
En el futuro estamos y se nos muere lentamente el dia sólo unos pocos tramos nos quedan todavía para amar con candor y alevosía ágiles y en su hora convocan o disuaden las campanas y el tañido incorpora confidencias lejanas a mis razones tristes soberanas el pasado es tan lento que se aferra porfiado a su mutismo ¿por qué a veces me siento culpable ante mí mismo si me asomo al azar y es un abismo? como nunca secretas las campanas repican su consigna y entre sombras inquietas menesterosa y digna una mujer oscura se persigna ¿dónde está el fuego? ¿dónde germinará la vida derramada? el sol brilla y se esconde y tras la llamarada las quimeras regresan a la nada por fin uno se sabe dueño del desamparo prometido sin aldaba y sin llave miserable y perdido a tientas por la noche y el olvido
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Las campanas
Lento en el alba un joven que han gastado la larga reflexión y las avaras vigilias considera ensimismado los insomnes braseros y alquitaras. Sabe que el oro, ese Proteo, acecha bajo cualquier azar, como el destino; sabe que está en el polvo del camino, en el arco, en el brazo y en la flecha. En su oscura visión de un ser secreto que se oculta en el astro y en el lodo, late aquel otro sueño de que todo es agua, que vio Tales de Mileto. Otra visión habrá; la de un eterno Dios cuya ubicua faz es cada cosa, que explicará el geométrico Spinoza en un libro más arduo que el Averno… En los vastos confines orientales del azul palidecen los planetas, el alquimista piensa en las secretas leyes que unen planetas y metales. Y mientras cree tocar enardecido el oro aquel que matará la Muerte, Dios, que sabe de alquimia, lo convierte en polvo, en nadie, en nada y en olvido.
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El alquimista
Soñamos con realidades mágicas En mundos alternos Y plataformas secretas De nuestro subconsciente. Los anhelos que espontáneamente En cada frágil espacio crecen La energía conservan. Y una chispa los concibe Creando de forma divina, absoluta El deseo que en nuestro interior prospera.
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Aug 7, 2019
Aug 7, 2019 at 6:03 PM UTC
Mundos de ensueño
Oh mano larga y fina, mano que entre la bruna Noche parece un lirio besado por la luna; Oh mano transparente y exangüe, que armoniza De pálidas perlas con la luz enfermiza; Labios que no supieron nunca reír, en donde Una vaga sonrisa cual capullo se esconde; Pudorosas pupilas; ojeras azuladas, Anunciadoras de insomnios en las noches calladas, Cuando voz del pasado, que un bien perdido nombra, Llega a nuestros oídos al través de la sombra; Palidez de la frente, cual palidez de cielos Invernales, que dice de callados anhelos, De sacrificio y luchas de una alma siempre sola, Que vencida sucumbe sin amor ni aureola ... (¡Oh atracciones secretas ... misteriosa armonía!) ¡Cómo habláis sin palabras a mi melancolía!
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Atracciones
a criança chorando em seu colo não pesava mais que o leite empedrado em seu peito a maternidade era só mais uma ferida aberta nas suas partes secretas pra não deixá-la esquecer que ela não era ninguém além do rombo em seu ventre
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May 12, 2019
May 12, 2019 at 10:18 AM UTC
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