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Pedro Salinas
Spanish
Invitación al llanto.  Esto es un llanto,       ojos, sin fin, llorando, escombrera adelante, por las ruinas         de innumerables días. Ruinas que esparce un cero -autor de nadas, obra del hombre-, un cero, cuando estalla. Cayó ciega.  La soltó, la soltaron, a seis mil metros de altura, a las cuatro. ¿Hay ojos que le distingan a la Tierra sus primores desde tan alto? ¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas, que se tejen, se destejen, mariposas, hombres, tigres, amándose y desamándose? No. Geometría.  Abstractos colores sin habitantes, embuste liso de atlas. Cientos de dedos del viento una tras otra pasaban las hojas -márgenes de nubes blancas- de las tierras de la Tierra, vuelta cuaderno de mapas. Y a un mapa distante, ¿quién le tiene lástima? Lástima de una pompa de jabón irisada, que se quiebra; o en la arena de la playa un crujido, un caracol roto sin querer, con la pisada.  Pero esa altura tan alta que ya no la quieren pájaros, le ciega al querer su causa con mil aires transparentes. Invisibles se le vuelven al mundo delgadas gracias: La azucena y sus estambres, colibríes y sus alas, las venas que van y vienen, en tierno azul dibujadas, por un pecho de doncella. ¿Quién va a quererlas si no se las ve de cerca? Él hizo su obligación: lo que desde veinte esferas instrumentos ordenaban, exactamente: soltarla al momento justo.                                   Nada. Al principio no vio casi nada.  Una mancha, creciendo despacio, blanca, más blanca, ya cándida. ¿Arrebañados corderos? ¿Vedijas, copos de lana? Eso sería... ¡Qué peso se le quitaba! Eso sería: una imagen que regresa. Veinte años, atrás, un niño. Él era un niño -allá atrás- que en estíos campesinos con los corderos jugaba por el pastizal.  Carreras, topadas, risas, caídas de bruces sobre la grama, tan reciente de rocío que la alegría del mundo al verse otra vez tan claro, le refrescaba la cara. Sí; esas blancuras de ahora, allá abajo en vellones dilatadas, no pueden ser nada malo: rebaños y más rebaños serenísimos que pastan en ancho mapa de tréboles. Nada malo.  Ecos redondos de aquella inocencia doble veinte años atrás: infancia triscando con el cordero y retazos celestiales, del sol niño con las nubes que empuja, pastora, el alba.   Mientras, detrás de tanta blancura en la Tierra -no era mapa- en donde el cero cayó, el gran desastre empezaba.Muerto inicial y víctima primera: lo que va a ser y expira en los umbrales del ser. ¡Ahogado coro de inminencias! Heráldicas palabras voladoras -«¡pronto!», «¡en seguida!», «¡ya!»- nuncios de dichas colman el aire, lo vuelven promesa. Pero la anunciación jamás se cumple: la que aguardaba el éxtasis, doncella, se quedará en su orilla, para siempre entre su cuerpo y Dios alma suspensa. ¡Qué de esparcidas ruinas de futuro por todo alrededor, sin que se vean! Primer beso de amantes incipientes. ¡Asombro! ¿Es obra humana tanto gozo? ¿Podrán los labios repetirlo?  Vuelan hacia el segundo beso; más que beso, claridad quieren, buscan la certeza alegre de su don de hacer milagros donde las bocas férvidas se encuentran. ¿ Por qué si ya los hálitos se juntan los labios a posarse nunca llegan? Tan al borde del beso, no se besan. Obediente al ardor de un mediodía la moza muerde ya la fruta nueva. La boca anhela el más celado jugo; del anhelo no pasa.  Se le niega cuando el labio presiente su dulzura la condensada dentro, primavera, pulpas de mayo, azúcares de junio, día a día sumados a la almendra. Consumación feliz de tanta ruta, último paso, amante, pie en el aire, que trae amor adonde amor espera. Tiembla Julieta de Romeos próximos, ya abre el alma a Calixto, Melibea. Pero el paso final no encuentra suelo. ¿Dónde, si se hunde el mundo en la tiniebla, si ya es nada Verona, y si no hay huerto? De imposibles se vuelve la pareja. ¿Y esa mano -¿de quién?-, la mano trunca blanca, en el suelo, sin su brazo, huérfana, que buscas en el rosal la única abierta, y cuando ya la alcanza por el tallo se desprende, dejándose a la rosa, sin conocer los ojos de su dueña? ¡Cimeras alegrías tremolantes, gozo inmediato, pasmo que se acerca: la frase más difícil, la penúltima, la que lleva, derecho, hasta el acierto, perfección vislumbrada, nunca nuestra! ¡Imágenes que inclinan su hermosura sobre espejos que nunca las reflejan! ¡Qué cadáver ingrávido: una mañana que muere al filo de su aurora cierta! Vísperas son capullos. Sí, de dichas; sí, de tiempo, futuros en capullos. ¡Tan hermosas, las vísperas!                                                           ¡Y muertas!¿Se puede hacer más daño, allí en la Tierra? Polvo que se levanta de la ruina, humo del sacrificio, vaho de escombros dice que sí se puede.  Que hay más pena. Vasto ayer que se queda sin presente, vida inmolada en aparentes piedras. ¡Tanto afinar la gracia de los fustes contra la selva tenebrosa alzados de donde el miedo viene al alma, pánico! Junto a un altar de azul, de ola y espuma, el pensar y la piedra se desposan; el mármol, que era blanco, es ya blancura. Alborean columnas por el mundo, ofreciéndole un orden a la aurora. No terror, calma pura da este bosque, de noble savia pórtico. Vientos y vientos de dos mil otoños con hojas de esta selva inmarcesible quisieran aumentar sus hojarascas. Rectos embisten, curvas les engañan. Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda? No pájaros, sus copas, procesiones de doncellas mantienen en lo alto, que atraviesan el tiempo, sin moverse. Este espacio que no era más que espacio a nadie dedicado, aire en vacío, la lenta cantería lo redime piedras poniendo, de oro, sobre piedras, de aquella indiferencia sin plegaria. Fiera luz, la del sumo mediodía, claridad, toda hueca, de tan clara va aprendiendo, ceñida entre altos muros mansedumbres, dulzuras; ya es misterio. Cantan coral callado las ojivas. Flechas de alba cruzan por los santos incorpóreos, no hieren, les traen vida de colores.  La noche se la quita. La bóveda, al cerrarse abre más cielo. Y en la hermosura vasta de estos límites siente el alma que nada la termina. Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora el torno la conduce hasta su auge: suave concavidad, nido de dioses. Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas en su seno se posan.  A esta crátera ojos, siempre sedientos, a abrevarse vienen de agua de mito, inagotable. Guarda la copa en este fondo oscuro callado resplandor, eco de Olimpo. Frágil materia es, mas se acomodan los dioses, los eternos, en su círculo. Y así, con lentitud que no descansa, por las obras del hombre se hace el tiempo profusión fabulosa.  Cuando rueda el mundo, tesorero, va sumando -en cada vuelta gana una hermosura- a belleza de ayer, belleza inédita. Sobre sus hombros gráciles las horas dádivas imprevistas acarrean. ¿Vida?  Invención, hallazgo, lo que es hoy a las cuatro, y a las tres no era. Gozo de ver que si se marchan unas trasponiendo la ceja de la tarde, por el nocturno alcor otras se acercan. Tiempo, fila de gracias que no cesa. ¡Qué alegría, saber que en cada hora algo que está viniendo nos espera! Ninguna ociosa, cada cual su don; ninguna avara, todo nos lo entregan. Por las manos que abren somos ricos y en el regazo, Tierra, de este mundo dejando van sin pausa novísimos presentes: diferencias. ¿Flor?  Flores. ¡Qué sinfín de flores, flor! Todo, en lo igual, distinto: primavera. Cuando se ve la Tierra amanecerse se siente más feliz.  La luz que llega a estrecharle las obras que este día la acrece su plural. ¡Es más diversa!El cero cae sobre ellas. Ya no las veo, a las muchas, las bellísimas, deshechas, en esa desgarradora unidad que las confunde, en la nada, en la escombrera. Por el escombro busco yo a mis muertos; más me duele su ser tan invisibles. Nadie los ve: lo que se ve son formas truncas; prodigios eran, singulares, que retornan, vencidos, a su piedra. Muertos añosos, muertos a lo lejos, cadáveres perdidos, en ignorado osario perfecciona la Tierra, lentamente, su esqueleto. Su muerte fue hace mucho.  Esperanzada en no morir, su muerte. Ánima dieron a masas que yacían en canteras. Muchas piedras llenaron de temblores. Mineral que camina hacia la imagen, misteriosa tibieza, ya corriendo por las vetas del mármol, cuando, curva tras curva, se le empuja hacia su más, a ser pecho de ninfa. Piedra que late así con un latido de carne que no es suya, entra en el juego -ruleta son las horas y los días-: el jugarse a la nada, o a lo eterno el caudal de sus formas confiado: el alma de los hombres, sus autores. Si es su bulto de carne fugitivo, ella queda detrás, la salvadora roca, hija de sus manos, fidelísima, que acepta con marmóreo silencio augusto compromiso: eternizarlos. Menos morir, morir así: transbordo de una carne terrena a bajel pétreo que zarpa, sin más aire que le impulse que un soplo, al expirar, último aliento. Travesía que empieza, rumbo a siempre; la brújula no sirve, hay otro norte que no confía a mapas su secreto; misteriosos pilotos invisibles, desde tumbas los guían, mareantes por aguja de fe, según luceros. Balsa de dioses, ánfora. Naves de salvación con un polícromo velamen de vidrieras, y sus cuentos mármol, que flota porque vista de Venus. Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo inmóviles, con proas tajadoras auroras y crepúsculos, espumas del tumbo de los años; años, olas por los siglos alzándose y rompiendo. Peripecia suprema día y noche, navegar tesonero empujado por racha que no atregua: negación del morir, ansia de vida, dando sus velas, piedras, a los vientos. Armadas extrañísimas de afanes, galeras, no de vivos, no de muertos, tripulaciones de querencias puras, incansables remeros, cada cual con su remo, lo que hizo, soñando en recalar en la celeste ensenada segura, la que está detrás, salva, del tiempo.¡Y todos, ahora, todos, qué naufragio total, en este escombro! No tibios, no despedazados miembros me piden compasión, desde la ruina: de carne antigua voz antigua, oigo. Desgarrada blancura, torso abierto, aquí, a mis pies, informe. Fue ninfa geométrica, columna. El corazón que acaban de matarle, Leucipo, pitagórico, calculador de sueños, arquitecto, de su pecho lo fue pasando a mármoles. Y así, edad tras edad, en estas cándidas hijas de su diseño su vivir se salvó.  Todo invisible, su pálpito y su fuego. Y ellas abstractos bultos se fingían, pura piedra, columnas sin misterio. Más duelo, más allá: serafín trunco, ángel a trozos, roto mensajero. Quebrada en seis pedazos sonrisa, que anunciaba, por el suelo. Entre el polvo guedejas de rubia piedra, pelo tan sedeño que el sol se lo atusaba a cada aurora con sus dedos primeros. Alas yacen usadas a lo altísimo, en barro acaba su plumaje célico. (A estas plumas del ángel desalado encomendó su vuelo sobre los siglos el hermano Pablo, dulce monje cantero). Sigo escombro adelante, solo, solo. Hollando voy los restos de tantas perfecciones abolidas. Años, siglos, por siglos acudieron aquí, a posarse en ellas; rezumaban arcillas o granitos, linajes de humedad, frescor edénico. No piso la materia; en su pedriza piso al mayor dolor, tiempo deshecho. Tiempo divino que llegó a ser tiempo poco a poco, mañana tras su aurora, mediodía camino de su véspero, estío que se junta con otoño, primaveras sumadas al invierno. Años que nada saben de sus números, llegándose, marchándose sin prisa, sol que sale, sol puesto, artificio diario, lenta rueda que va subiendo al hombre hasta su cielo. Piso añicos de tiempo. Camino sobre anhelos hechos trizas, sobre los días lentos que le costó al cincel llegar al ángel; sobre ardorosas noches, con el ardor ardidas del desvelo que en la alta madrugada da, por fin, con el contorno exacto de su empeño... Hollando voy las horas jubilares: triunfo, toque final, remate, término cuando ya, por constancia o por milagro, obra se acaba que empezó proyecto. Lo que era suma en un instante es polvo. ¡Qué derroche de siglos, un momento! No se derrumban piedras, no, ni imágenes; lo que se viene abajo es esa hueste de tercos defensores de sus sueños. Tropa que dio batalla a las milicias mudas, sin rostro, de la nada; ejército que matando a un olvido cada día conquistó lentamente los milenios. Se abre por fin la tumba a que escaparon; les llega aquí la muerte de que huyeron. Ya encontré mi cadáver, el que lloro. Cadáver de los muertos que vivían salvados de sus cuerpos pasajeros. Un gran silencio en el vacío oscuro, un gran polvo de obras, triste incienso, canto inaudito, funeral sin nadie. Yo sólo le recuerdo, al impalpable, al NO dicho a la muerte, sostenido contra tiempo y marea: ése es el muerto. Soy la sombra que busca en la escombrera. Con sus siete dolores cada una mil soledades vienen a mi encuentro. Hay un crucificado que agoniza en desolado Gólgota de escombros, de su cruz separado, cara al cielo. Como no tiene cruz parece un hombre. Pero aúlla un perro, un infinito perro -inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?-, voz clamante entre ruinas por su Dueño.
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Cero
Invitación al llanto.  Esto es un llanto,       ojos, sin fin, llorando, escombrera adelante, por las ruinas         de innumerables días. Ruinas que esparce un cero -autor de nadas, obra del hombre-, un cero, cuando estalla. Cayó ciega.  La soltó, la soltaron, a seis mil metros de altura, a las cuatro. ¿Hay ojos que le distingan a la Tierra sus primores desde tan alto? ¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas, que se tejen, se destejen, mariposas, hombres, tigres, amándose y desamándose? No. Geometría.  Abstractos colores sin habitantes, embuste liso de atlas. Cientos de dedos del viento una tras otra pasaban las hojas -márgenes de nubes blancas- de las tierras de la Tierra, vuelta cuaderno de mapas. Y a un mapa distante, ¿quién le tiene lástima? Lástima de una pompa de jabón irisada, que se quiebra; o en la arena de la playa un crujido, un caracol roto sin querer, con la pisada.  Pero esa altura tan alta que ya no la quieren pájaros, le ciega al querer su causa con mil aires transparentes. Invisibles se le vuelven al mundo delgadas gracias: La azucena y sus estambres, colibríes y sus alas, las venas que van y vienen, en tierno azul dibujadas, por un pecho de doncella. ¿Quién va a quererlas si no se las ve de cerca? Él hizo su obligación: lo que desde veinte esferas instrumentos ordenaban, exactamente: soltarla al momento justo.                                   Nada. Al principio no vio casi nada.  Una mancha, creciendo despacio, blanca, más blanca, ya cándida. ¿Arrebañados corderos? ¿Vedijas, copos de lana? Eso sería... ¡Qué peso se le quitaba! Eso sería: una imagen que regresa. Veinte años, atrás, un niño. Él era un niño -allá atrás- que en estíos campesinos con los corderos jugaba por el pastizal.  Carreras, topadas, risas, caídas de bruces sobre la grama, tan reciente de rocío que la alegría del mundo al verse otra vez tan claro, le refrescaba la cara. Sí; esas blancuras de ahora, allá abajo en vellones dilatadas, no pueden ser nada malo: rebaños y más rebaños serenísimos que pastan en ancho mapa de tréboles. Nada malo.  Ecos redondos de aquella inocencia doble veinte años atrás: infancia triscando con el cordero y retazos celestiales, del sol niño con las nubes que empuja, pastora, el alba.   Mientras, detrás de tanta blancura en la Tierra -no era mapa- en donde el cero cayó, el gran desastre empezaba.Muerto inicial y víctima primera: lo que va a ser y expira en los umbrales del ser. ¡Ahogado coro de inminencias! Heráldicas palabras voladoras -«¡pronto!», «¡en seguida!», «¡ya!»- nuncios de dichas colman el aire, lo vuelven promesa. Pero la anunciación jamás se cumple: la que aguardaba el éxtasis, doncella, se quedará en su orilla, para siempre entre su cuerpo y Dios alma suspensa. ¡Qué de esparcidas ruinas de futuro por todo alrededor, sin que se vean! Primer beso de amantes incipientes. ¡Asombro! ¿Es obra humana tanto gozo? ¿Podrán los labios repetirlo?  Vuelan hacia el segundo beso; más que beso, claridad quieren, buscan la certeza alegre de su don de hacer milagros donde las bocas férvidas se encuentran. ¿ Por qué si ya los hálitos se juntan los labios a posarse nunca llegan? Tan al borde del beso, no se besan. Obediente al ardor de un mediodía la moza muerde ya la fruta nueva. La boca anhela el más celado jugo; del anhelo no pasa.  Se le niega cuando el labio presiente su dulzura la condensada dentro, primavera, pulpas de mayo, azúcares de junio, día a día sumados a la almendra. Consumación feliz de tanta ruta, último paso, amante, pie en el aire, que trae amor adonde amor espera. Tiembla Julieta de Romeos próximos, ya abre el alma a Calixto, Melibea. Pero el paso final no encuentra suelo. ¿Dónde, si se hunde el mundo en la tiniebla, si ya es nada Verona, y si no hay huerto? De imposibles se vuelve la pareja. ¿Y esa mano -¿de quién?-, la mano trunca blanca, en el suelo, sin su brazo, huérfana, que buscas en el rosal la única abierta, y cuando ya la alcanza por el tallo se desprende, dejándose a la rosa, sin conocer los ojos de su dueña? ¡Cimeras alegrías tremolantes, gozo inmediato, pasmo que se acerca: la frase más difícil, la penúltima, la que lleva, derecho, hasta el acierto, perfección vislumbrada, nunca nuestra! ¡Imágenes que inclinan su hermosura sobre espejos que nunca las reflejan! ¡Qué cadáver ingrávido: una mañana que muere al filo de su aurora cierta! Vísperas son capullos. Sí, de dichas; sí, de tiempo, futuros en capullos. ¡Tan hermosas, las vísperas!                                                           ¡Y muertas!¿Se puede hacer más daño, allí en la Tierra? Polvo que se levanta de la ruina, humo del sacrificio, vaho de escombros dice que sí se puede.  Que hay más pena. Vasto ayer que se queda sin presente, vida inmolada en aparentes piedras. ¡Tanto afinar la gracia de los fustes contra la selva tenebrosa alzados de donde el miedo viene al alma, pánico! Junto a un altar de azul, de ola y espuma, el pensar y la piedra se desposan; el mármol, que era blanco, es ya blancura. Alborean columnas por el mundo, ofreciéndole un orden a la aurora. No terror, calma pura da este bosque, de noble savia pórtico. Vientos y vientos de dos mil otoños con hojas de esta selva inmarcesible quisieran aumentar sus hojarascas. Rectos embisten, curvas les engañan. Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda? No pájaros, sus copas, procesiones de doncellas mantienen en lo alto, que atraviesan el tiempo, sin moverse. Este espacio que no era más que espacio a nadie dedicado, aire en vacío, la lenta cantería lo redime piedras poniendo, de oro, sobre piedras, de aquella indiferencia sin plegaria. Fiera luz, la del sumo mediodía, claridad, toda hueca, de tan clara va aprendiendo, ceñida entre altos muros mansedumbres, dulzuras; ya es misterio. Cantan coral callado las ojivas. Flechas de alba cruzan por los santos incorpóreos, no hieren, les traen vida de colores.  La noche se la quita. La bóveda, al cerrarse abre más cielo. Y en la hermosura vasta de estos límites siente el alma que nada la termina. Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora el torno la conduce hasta su auge: suave concavidad, nido de dioses. Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas en su seno se posan.  A esta crátera ojos, siempre sedientos, a abrevarse vienen de agua de mito, inagotable. Guarda la copa en este fondo oscuro callado resplandor, eco de Olimpo. Frágil materia es, mas se acomodan los dioses, los eternos, en su círculo. Y así, con lentitud que no descansa, por las obras del hombre se hace el tiempo profusión fabulosa.  Cuando rueda el mundo, tesorero, va sumando -en cada vuelta gana una hermosura- a belleza de ayer, belleza inédita. Sobre sus hombros gráciles las horas dádivas imprevistas acarrean. ¿Vida?  Invención, hallazgo, lo que es hoy a las cuatro, y a las tres no era. Gozo de ver que si se marchan unas trasponiendo la ceja de la tarde, por el nocturno alcor otras se acercan. Tiempo, fila de gracias que no cesa. ¡Qué alegría, saber que en cada hora algo que está viniendo nos espera! Ninguna ociosa, cada cual su don; ninguna avara, todo nos lo entregan. Por las manos que abren somos ricos y en el regazo, Tierra, de este mundo dejando van sin pausa novísimos presentes: diferencias. ¿Flor?  Flores. ¡Qué sinfín de flores, flor! Todo, en lo igual, distinto: primavera. Cuando se ve la Tierra amanecerse se siente más feliz.  La luz que llega a estrecharle las obras que este día la acrece su plural. ¡Es más diversa!El cero cae sobre ellas. Ya no las veo, a las muchas, las bellísimas, deshechas, en esa desgarradora unidad que las confunde, en la nada, en la escombrera. Por el escombro busco yo a mis muertos; más me duele su ser tan invisibles. Nadie los ve: lo que se ve son formas truncas; prodigios eran, singulares, que retornan, vencidos, a su piedra. Muertos añosos, muertos a lo lejos, cadáveres perdidos, en ignorado osario perfecciona la Tierra, lentamente, su esqueleto. Su muerte fue hace mucho.  Esperanzada en no morir, su muerte. Ánima dieron a masas que yacían en canteras. Muchas piedras llenaron de temblores. Mineral que camina hacia la imagen, misteriosa tibieza, ya corriendo por las vetas del mármol, cuando, curva tras curva, se le empuja hacia su más, a ser pecho de ninfa. Piedra que late así con un latido de carne que no es suya, entra en el juego -ruleta son las horas y los días-: el jugarse a la nada, o a lo eterno el caudal de sus formas confiado: el alma de los hombres, sus autores. Si es su bulto de carne fugitivo, ella queda detrás, la salvadora roca, hija de sus manos, fidelísima, que acepta con marmóreo silencio augusto compromiso: eternizarlos. Menos morir, morir así: transbordo de una carne terrena a bajel pétreo que zarpa, sin más aire que le impulse que un soplo, al expirar, último aliento. Travesía que empieza, rumbo a siempre; la brújula no sirve, hay otro norte que no confía a mapas su secreto; misteriosos pilotos invisibles, desde tumbas los guían, mareantes por aguja de fe, según luceros. Balsa de dioses, ánfora. Naves de salvación con un polícromo velamen de vidrieras, y sus cuentos mármol, que flota porque vista de Venus. Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo inmóviles, con proas tajadoras auroras y crepúsculos, espumas del tumbo de los años; años, olas por los siglos alzándose y rompiendo. Peripecia suprema día y noche, navegar tesonero empujado por racha que no atregua: negación del morir, ansia de vida, dando sus velas, piedras, a los vientos. Armadas extrañísimas de afanes, galeras, no de vivos, no de muertos, tripulaciones de querencias puras, incansables remeros, cada cual con su remo, lo que hizo, soñando en recalar en la celeste ensenada segura, la que está detrás, salva, del tiempo.¡Y todos, ahora, todos, qué naufragio total, en este escombro! No tibios, no despedazados miembros me piden compasión, desde la ruina: de carne antigua voz antigua, oigo. Desgarrada blancura, torso abierto, aquí, a mis pies, informe. Fue ninfa geométrica, columna. El corazón que acaban de matarle, Leucipo, pitagórico, calculador de sueños, arquitecto, de su pecho lo fue pasando a mármoles. Y así, edad tras edad, en estas cándidas hijas de su diseño su vivir se salvó.  Todo invisible, su pálpito y su fuego. Y ellas abstractos bultos se fingían, pura piedra, columnas sin misterio. Más duelo, más allá: serafín trunco, ángel a trozos, roto mensajero. Quebrada en seis pedazos sonrisa, que anunciaba, por el suelo. Entre el polvo guedejas de rubia piedra, pelo tan sedeño que el sol se lo atusaba a cada aurora con sus dedos primeros. Alas yacen usadas a lo altísimo, en barro acaba su plumaje célico. (A estas plumas del ángel desalado encomendó su vuelo sobre los siglos el hermano Pablo, dulce monje cantero). Sigo escombro adelante, solo, solo. Hollando voy los restos de tantas perfecciones abolidas. Años, siglos, por siglos acudieron aquí, a posarse en ellas; rezumaban arcillas o granitos, linajes de humedad, frescor edénico. No piso la materia; en su pedriza piso al mayor dolor, tiempo deshecho. Tiempo divino que llegó a ser tiempo poco a poco, mañana tras su aurora, mediodía camino de su véspero, estío que se junta con otoño, primaveras sumadas al invierno. Años que nada saben de sus números, llegándose, marchándose sin prisa, sol que sale, sol puesto, artificio diario, lenta rueda que va subiendo al hombre hasta su cielo. Piso añicos de tiempo. Camino sobre anhelos hechos trizas, sobre los días lentos que le costó al cincel llegar al ángel; sobre ardorosas noches, con el ardor ardidas del desvelo que en la alta madrugada da, por fin, con el contorno exacto de su empeño... Hollando voy las horas jubilares: triunfo, toque final, remate, término cuando ya, por constancia o por milagro, obra se acaba que empezó proyecto. Lo que era suma en un instante es polvo. ¡Qué derroche de siglos, un momento! No se derrumban piedras, no, ni imágenes; lo que se viene abajo es esa hueste de tercos defensores de sus sueños. Tropa que dio batalla a las milicias mudas, sin rostro, de la nada; ejército que matando a un olvido cada día conquistó lentamente los milenios. Se abre por fin la tumba a que escaparon; les llega aquí la muerte de que huyeron. Ya encontré mi cadáver, el que lloro. Cadáver de los muertos que vivían salvados de sus cuerpos pasajeros. Un gran silencio en el vacío oscuro, un gran polvo de obras, triste incienso, canto inaudito, funeral sin nadie. Yo sólo le recuerdo, al impalpable, al NO dicho a la muerte, sostenido contra tiempo y marea: ése es el muerto. Soy la sombra que busca en la escombrera. Con sus siete dolores cada una mil soledades vienen a mi encuentro. Hay un crucificado que agoniza en desolado Gólgota de escombros, de su cruz separado, cara al cielo. Como no tiene cruz parece un hombre. Pero aúlla un perro, un infinito perro -inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?-, voz clamante entre ruinas por su Dueño.
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Flotante, sin asidero, nadador fuera del agua, voluntario a la deriva, por las horas, por el aire, por el haz de la mañana. Todo fugitivo, todo resbaladizo, se escapa de entre los dedos el mundo, la tierra, la arena. Nubes, velas, gaviotas, espumas, blancuras desvariadas, tiran de mí, que las sigo, que las dejo. ¿Estoy, estaba, estaré? Pero sin ir, sin venir, quieto, flotando en aquí, en allí, en azul. Una alegría que es el filo de la mañana rompe, corta, desenreda nudos, promesas, amarras. Tropeles de sombras ninfas huyendo van de sus cuerpos en islas desenfrenadas. Con su cargamento inútil de recuerdos y de plazos -¡ya no sirven, ya no sirven!- el tiempo leva las anclas. No se le ve ya. Sin tiempo, prisa y despacio lo mismo, ¡qué de prisa, qué despacio juegan los lejos a cercas colgados del verdiazul columpio de las distancias! Su silencio echan a vuelo enmudecidas campanas y cumplen su juramento los horizontes del alba: la vida toda de día, sin lastre, pura, flotando ni en agua, ni en aire, en nada.
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¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,                     que eriges a la vista! Capital de los ocios, rodeada                     de espumas fronterizas, en las torres celestes atalayan                     blancas nubes vigías. Flotante sobre el agua, hecha y deshecha                     por luces sucesivas, los que la sombra alcázares derrumba                     el alba resucita. Su riqueza es la luz, la sin moneda,                     la que nunca termina, la que después de darse un día entero                     amanece más rica. Todo en ella son canjes -ola y nube,                     horizonte y orilla-, bellezas que se cambian, inocentes                     de la mercadería. Por tu hermosura, sin mancharla nunca                     resbala la codicia, la que mueve el contrato, nunca el aire                     en las velas henchidas, hacia la gran ciudad de los negocios,                     la ciudad enemiga. No hay nadie, allí, que mire; están los ojos                     a sueldo, en oficinas. Vacío abajo corren ascensores,                     corren vacío arriba, transportan a fantasmas impacientes:                     la nada tiene prisa. Si se aprieta un botón se aclara el mundo,                     la duda se disipa. Instantánea es la aurora; ya no pierde                     en fiestas nacarinas, en rosas, en albores, en celajes,                     el tiempo que perdía. Aquel aire infinito lo han contado;                     números se respiran El tiempo ya no es tiempo, el tiempo es oro,                     florecen compañías para vender a plazos los veranos,                     las horas y los días. Luchan las cantidades con los pájaros,                     los nombres con las cifras: trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro,                     Julieta, Laura, Elisa. Lo exacto triunfa de lo incalculable,                     las palabras vencidas se van al campo santo y en las lápidas esperan elegías. ¡Clarísimo el futuro, ya aritmético,                     mañana sin neblinas! Expulsan el azar y sus misterios                     astrales estadísticas. Lo que el sueño no dio lo dará el cálculo;                     unos novios perfilan presupuestos en tardes otoñales:                     el coste de su dicha. Sin alas, silenciosas por los aires,                     van aves ligerísimas, eléctricas bandadas agoreras,                     cantoras de noticias, que desdeñan las frondas verdecientes y en las radios anidan. A su paso se mueren -ya no vuelven-                     oscuras golondrinas. Dos amantes se matan por un hilo                     -ruptura a dos mil millas-; sin que pueda salvarle una morada                     un amor agoniza, y Iludiéndose el teléfono en el pecho                     la enamorada expira. Los maniquíes su lección ofrecen,                     moral desde vitrinas: ni sufrir ni gozar, ni bien ni mal,                     perfección de la línea. Para ser tan felices las doncellas                     poco a poco se quitan viejos estorbos, vagos corazones                     que apenas si latían. Hay en las calles bocas que conducen                     a cuevas oscurísimas: allí no sufre nadie; sombras bellas                     gráciles se deslizan, sin carne en que el dolor pueda dolerles,                     de sonrisa a sonrisa. Entre besos y escenas de colores                     corriendo va la intriga. Acaba en un jardín, al fondo rosas                     de trapo sin espinas. Se descubren las gentes asombradas                     su sueño: es la película, vivir en un edén de cartón piedra,                     ser criaturas lisas. Hermosura posible entre tinieblas                     con las luces se esquiva. La yerba de los cines está llena                     de esperanzas marchitas. Hay en los bares manos que se afanan                     buscando la alegría, y prenden por el talle a sus parejas,                     o a copas cristalinas. Mezclado azul con rojo, verde y blanco,                     fáciles alquimistas ofrecen breves dosis de retorno                     a ilusiones perdidas. Lo que la orquesta toca y ellos bailan,                     son todo tentativas de salir sin salir del embolismo                     que no tiene salida. Mueve un ventilador aspas furiosas                     y deshoja una Biblia. Por el aire revuelan gemebundas                     voces apocalípticas, y rozan a las frentes pecadoras                     alas de profecías. La mejor bailarina, Magdalena,                     se pone de rodillas. Corren las ambulancias, con heridos                     de muerte sin heridas. En Wall Street banqueros puritanos                     las escrituras firman para comprar al río los reflejos                     del cielo que está arriba. Un hombre hay que se escapa, por milagro,                     de tantas agonías. No hace nada, no es nada, es Charlie Chaplin,                     es este que te mira; somos muchos, yo solo, centenares                     las almas fugitivas de Henry Ford, de Taylor, de la técnica,                     los que nada fabrican y emplean en las nubes vagabundas                     ojos que no se alquilan. No escucharán anuncios de la radio;                     atienden la doctrina que tú has ido pensando en tus profundos,                     la que sale a tu orilla, ola tras ola, espuma tras espuma, y se entra por los ojos toda luz,                     y ya nunca se olvida.
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Variación xii
¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,                     que eriges a la vista! Capital de los ocios, rodeada                     de espumas fronterizas, en las torres celestes atalayan                     blancas nubes vigías. Flotante sobre el agua, hecha y deshecha                     por luces sucesivas, los que la sombra alcázares derrumba                     el alba resucita. Su riqueza es la luz, la sin moneda,                     la que nunca termina, la que después de darse un día entero                     amanece más rica. Todo en ella son canjes -ola y nube,                     horizonte y orilla-, bellezas que se cambian, inocentes                     de la mercadería. Por tu hermosura, sin mancharla nunca                     resbala la codicia, la que mueve el contrato, nunca el aire                     en las velas henchidas, hacia la gran ciudad de los negocios,                     la ciudad enemiga. No hay nadie, allí, que mire; están los ojos                     a sueldo, en oficinas. Vacío abajo corren ascensores,                     corren vacío arriba, transportan a fantasmas impacientes:                     la nada tiene prisa. Si se aprieta un botón se aclara el mundo,                     la duda se disipa. Instantánea es la aurora; ya no pierde                     en fiestas nacarinas, en rosas, en albores, en celajes,                     el tiempo que perdía. Aquel aire infinito lo han contado;                     números se respiran El tiempo ya no es tiempo, el tiempo es oro,                     florecen compañías para vender a plazos los veranos,                     las horas y los días. Luchan las cantidades con los pájaros,                     los nombres con las cifras: trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro,                     Julieta, Laura, Elisa. Lo exacto triunfa de lo incalculable,                     las palabras vencidas se van al campo santo y en las lápidas esperan elegías. ¡Clarísimo el futuro, ya aritmético,                     mañana sin neblinas! Expulsan el azar y sus misterios                     astrales estadísticas. Lo que el sueño no dio lo dará el cálculo;                     unos novios perfilan presupuestos en tardes otoñales:                     el coste de su dicha. Sin alas, silenciosas por los aires,                     van aves ligerísimas, eléctricas bandadas agoreras,                     cantoras de noticias, que desdeñan las frondas verdecientes y en las radios anidan. A su paso se mueren -ya no vuelven-                     oscuras golondrinas. Dos amantes se matan por un hilo                     -ruptura a dos mil millas-; sin que pueda salvarle una morada                     un amor agoniza, y Iludiéndose el teléfono en el pecho                     la enamorada expira. Los maniquíes su lección ofrecen,                     moral desde vitrinas: ni sufrir ni gozar, ni bien ni mal,                     perfección de la línea. Para ser tan felices las doncellas                     poco a poco se quitan viejos estorbos, vagos corazones                     que apenas si latían. Hay en las calles bocas que conducen                     a cuevas oscurísimas: allí no sufre nadie; sombras bellas                     gráciles se deslizan, sin carne en que el dolor pueda dolerles,                     de sonrisa a sonrisa. Entre besos y escenas de colores                     corriendo va la intriga. Acaba en un jardín, al fondo rosas                     de trapo sin espinas. Se descubren las gentes asombradas                     su sueño: es la película, vivir en un edén de cartón piedra,                     ser criaturas lisas. Hermosura posible entre tinieblas                     con las luces se esquiva. La yerba de los cines está llena                     de esperanzas marchitas. Hay en los bares manos que se afanan                     buscando la alegría, y prenden por el talle a sus parejas,                     o a copas cristalinas. Mezclado azul con rojo, verde y blanco,                     fáciles alquimistas ofrecen breves dosis de retorno                     a ilusiones perdidas. Lo que la orquesta toca y ellos bailan,                     son todo tentativas de salir sin salir del embolismo                     que no tiene salida. Mueve un ventilador aspas furiosas                     y deshoja una Biblia. Por el aire revuelan gemebundas                     voces apocalípticas, y rozan a las frentes pecadoras                     alas de profecías. La mejor bailarina, Magdalena,                     se pone de rodillas. Corren las ambulancias, con heridos                     de muerte sin heridas. En Wall Street banqueros puritanos                     las escrituras firman para comprar al río los reflejos                     del cielo que está arriba. Un hombre hay que se escapa, por milagro,                     de tantas agonías. No hace nada, no es nada, es Charlie Chaplin,                     es este que te mira; somos muchos, yo solo, centenares                     las almas fugitivas de Henry Ford, de Taylor, de la técnica,                     los que nada fabrican y emplean en las nubes vagabundas                     ojos que no se alquilan. No escucharán anuncios de la radio;                     atienden la doctrina que tú has ido pensando en tus profundos,                     la que sale a tu orilla, ola tras ola, espuma tras espuma, y se entra por los ojos toda luz,                     y ya nunca se olvida.
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Mientras haya alguna ventana abierta, ojos que vuelven del sueño, otra mañana que empieza. Mar con olas trajineras -mientras haya- trajinantes de alegrías, llevándolas y trayéndolas. Lino para la hilandera, árboles que se aventuren, -mientras haya- y viento para la vela. Jazmín, clavel, azucena, donde están, y donde no en los nombres que los mientan. Mientras haya sombras que la sombra niegan, pruebas de luz, de que es luz todo el mundo, menos ellas. Agua como se la quiera -mientras haya- voluble por el arroyo, fidelísima en la alberca. Tanta fronda en la sauceda, tanto pájaro en las ramas -mientras haya- tanto canto en la oropéndola. Un mediodía que acepta serenamente su sino que la tarde le revela. Mientras haya quien entienda la hoja seca, falsa elegía, preludio distante a la primavera. Colores que a sus ausencias -mientras haya- siguiendo a la luz se marchan y siguiéndola regresan. Diosas que pasan ligeras pero se dejan un alma -mientras haya- señalada con sus huellas. Memoria que le convenza a esta tarde que se muere de que nunca estará muerta. Mientras haya trasluces en la tiniebla, claridades en secreto, noches que lo son apenas. Susurros de estrella a estrella -mientras haya- Casiopea que pregunta y Cisne que la contesta. Tantas palabras que esperan, invenciones, clareando -mientras haya- amanecer de poema. Mientras haya lo que hubo ayer, lo que hay hoy, lo que venga.
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Confianza
Hoy son las manos la memoria. El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar. Pero en las manos queda el recuerdo de lo que han tenido. Recuerdo de una piedra que hubo junto a un arroyo y que cogimos distraídamente sin darnos cuenta de nuestra ventura. Pero su peso áspero, sentir nos hace que por fin cogimos el fruto más hermoso de los tiempos. A tiempo sabe el peso de una piedra entre las manos.  En una piedra está la paciencia del mundo, madurada despacio. Incalculable suma de días y de noches, sol y agua la que costó esta forma torpe y dura que acariciar no sabe y acompaña tan sólo con su peso, oscuramente. Se estuvo siempre quieta, sin buscar, encerrada, en una voluntad densa y constante de no volar como la mariposa, de no ser bella, como el lirio, para salvar de envidias su pureza. ¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles libélulas se han muerto, allí, a su lado por correr tanto hacia la primavera! Ella supo esperar sin pedir nada más que la eternidad de su ser puro. Por renunciar al pétalo, y al vuelo, está viva y me enseña que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto, soltar las falsas alas de la prisa, y derrotar así su propia muerte. También recuerdan ellas, mis manos, haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. Nada más misterioso en este mundo. Los dedos reconocen los cabellos lentamente, uno a uno, como hojas de calendario: son recuerdos de otros tantos, también innumerables días felices dóciles al amor que los revive. Pero al palpar la forma inexorable que detrás de la carne nos resiste las palmas ya se quedan ciegas. No son caricias, no, lo que repiten pasando y repasando sobre el hueso: son preguntas sin fin, son infinitas angustias hechas tactos ardorosos. Y nada les contesta: una sospecha de que todo se escapa y se nos huye cuando entre nuestras manos lo oprimimos nos sube del calor de aquella frente. La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta? El peso en nuestras manos lo insinúa, los dedos se lo creen, y quieren convencerse: palpan, palpan. Pero una voz oscura tras la frente, -¿nuestra frente o la suya?- nos dice que el misterio más lejano, porque está allí tan cerca, no se toca con la carne mortal con que buscamos allí, en la ***** de los dedos, la presencia invisible. Teniendo una cabeza así cogida nada se sabe, nada, sino que está el futuro decidiendo o nuestra vida o nuestra muerte tras esas pobres manos engañadas por la hermosura de lo que sostienen. Entre unas manos ciegas que no pueden saber. Cuya fe única está en ser buenas, en hacer caricias sin casarse, por ver si así se ganan cuando ya la cabeza amada vuelva a vivir otra vez sobre sus hombros,  y parezca que nada les queda entre las palmas, el triunfo de no estar nunca vacías.
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La memoria en las manos
Hoy son las manos la memoria. El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar. Pero en las manos queda el recuerdo de lo que han tenido. Recuerdo de una piedra que hubo junto a un arroyo y que cogimos distraídamente sin darnos cuenta de nuestra ventura. Pero su peso áspero, sentir nos hace que por fin cogimos el fruto más hermoso de los tiempos. A tiempo sabe el peso de una piedra entre las manos.  En una piedra está la paciencia del mundo, madurada despacio. Incalculable suma de días y de noches, sol y agua la que costó esta forma torpe y dura que acariciar no sabe y acompaña tan sólo con su peso, oscuramente. Se estuvo siempre quieta, sin buscar, encerrada, en una voluntad densa y constante de no volar como la mariposa, de no ser bella, como el lirio, para salvar de envidias su pureza. ¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles libélulas se han muerto, allí, a su lado por correr tanto hacia la primavera! Ella supo esperar sin pedir nada más que la eternidad de su ser puro. Por renunciar al pétalo, y al vuelo, está viva y me enseña que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto, soltar las falsas alas de la prisa, y derrotar así su propia muerte. También recuerdan ellas, mis manos, haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. Nada más misterioso en este mundo. Los dedos reconocen los cabellos lentamente, uno a uno, como hojas de calendario: son recuerdos de otros tantos, también innumerables días felices dóciles al amor que los revive. Pero al palpar la forma inexorable que detrás de la carne nos resiste las palmas ya se quedan ciegas. No son caricias, no, lo que repiten pasando y repasando sobre el hueso: son preguntas sin fin, son infinitas angustias hechas tactos ardorosos. Y nada les contesta: una sospecha de que todo se escapa y se nos huye cuando entre nuestras manos lo oprimimos nos sube del calor de aquella frente. La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta? El peso en nuestras manos lo insinúa, los dedos se lo creen, y quieren convencerse: palpan, palpan. Pero una voz oscura tras la frente, -¿nuestra frente o la suya?- nos dice que el misterio más lejano, porque está allí tan cerca, no se toca con la carne mortal con que buscamos allí, en la ***** de los dedos, la presencia invisible. Teniendo una cabeza así cogida nada se sabe, nada, sino que está el futuro decidiendo o nuestra vida o nuestra muerte tras esas pobres manos engañadas por la hermosura de lo que sostienen. Entre unas manos ciegas que no pueden saber. Cuya fe única está en ser buenas, en hacer caricias sin casarse, por ver si así se ganan cuando ya la cabeza amada vuelva a vivir otra vez sobre sus hombros,  y parezca que nada les queda entre las palmas, el triunfo de no estar nunca vacías.
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Variaciones que enseñaban en la escuela: Egeo, Atlántico, Indico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco. Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado. En los atlas, un azul te finge, falso. Pero a mí no me engañó ese engaño. Te busqué el azul verdad; un ángel, azul celeste, me llevaba de la mano. Y allí en tu azul te encontré jugando con tus azules, a encenderlos, a apagarlos. ¿Eras como te pensaba? Más azul. Se queda pálido el color del pensamiento frente al que miran los ojos, en más azul extasiados. Eres lo que queda, azul; lo que sirve de fondo a todos los pasos, que da lo que pasa, olas, espumas, vidas y pájaros, velas que vienen y van. Pasa lo blanco, mortal. Y tú estás siempre llenando, como llena un alma un cuerpo, las formas de tus espacios. Cada vez que fui en tu busca, allí te encontré, en tu gloria, la que nunca me ha fallado. Tu azul por azul se explica: color azul, paraíso; y mirarte a ti, mirarlo.
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Variación i
Y ahora, aquí está frente a mí. Tantas luchas que ha costado, tantos afanes en vela, tantos bordes de fracaso junto a este esplendor sereno ya son nada, se olvidaron. Él queda, y en él, el mundo, la rosa, la piedra, el pájaro, aquéllos , los del principio, de este final asombrados. ¡Tan claros que se veían, y aún se podía aclararlos! Están mejor; una luz que el sol no sabe, unos rayos los iluminan, sin noche, para siempre revelados. Las claridades de ahora lucen más que las de mayo. Si allí estaban, ahora aquí; a más transparencia alzados. ¡Qué naturales parecen, qué sencillo el gran milagro! En esta luz del poema, todo, desde el más nocturno beso al cenital esplendor, todo está mucho más claro.
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El poema
Amor, amor, catástrofe. ¡Qué hundimiento del mundo! Un gran horror a techos quiebra columnas, tiempos; los reemplaza por cielos intemporales. Andas, ando por entre escombros de estíos y de inviernos derrumbados. Se extinguen las normas y los pesos. Toda hacia atrás la vida se va quitando siglos, frenética, de encima; desteje, galopando, su curso, lento antes; se desvive de ansia de borrarse la historia, de no ser más que el puro anhelo de empezarse otra vez. El futuro se llama ayer. Ayer oculto, secretísimo, que se nos olvidó y hay que reconquistar con la sangre y el alma, detrás de aquellos otros ayeres conocidos. ¡Atrás y siempre atrás! ¡Retrocesos, en vértigo, por dentro, hacia el mañana! ¡Que caiga todo! Ya lo siento apenas. Vamos, a fuerza de besar, inventando las ruinas del mundo, de la mano tú y yo por entre el gran fracaso de la flor y del orden. Y ya siento entre tactos, entre abrazos, tu piel, que me entrega el retorno al palpitar primero, sin luz, antes del mundo, total, sin forma, caos.
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La voz a ti debida
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Variación v
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Para cristal te quiero, nítida y clara eres. Para mirar al mundo, a través de ti, puro, de hollín o de belleza, como lo invente el día. Tu presencia aquí, sí, delante de mí, siempre, pero invisible siempre, sin verte y verdadera. Cristal. ¡Espejo, nunca!
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