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Octavio Paz
Octavio Paz
1914 - 1998/Male/Mexican A writer, poet, and diplomat, Octavio Paz Lozano wrote poems influenced by Marxism, surrealism, and existentialism, Buddhism and Hinduism.
The water hollowed the stone, the wind dispersed the water, the stone stopped the wind. Water and wind and stone. The wind sculpted the stone, the stone is a cup of water, The water runs off and is wind. Stone and wind and water. The wind sings in its turnings, the water murmurs as it goes, the motionless stone is quiet. Wind and water and stone. One is the other and is neither: among their empty names they pass and disappear, water and stone and wind.
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Wind and Water and Stone
I am a man: little do I last and the night is enormous. But I look up: the stars write. Unknowing I understand: I too am written, and at this very moment someone spells me out.
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Brotherhood
Perhaps to love is to learn to walk through this world. To learn to be silent like the oak and the linden of the fable. To learn to see. Your glance scattered seeds. It planted a tree. I talk because you shake its leaves.
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Coda
My hands open the curtains of your being clothe you in a further ****** uncover the bodies of your body My hands invent another body for your body.
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Touch
Between going and staying the day wavers, in love with its own transparency. The circular afternoon is now a bay where the world in stillness rocks. All is visible and all elusive, all is near and can't be touched. Paper, book, pencil, glass, rest in the shade of their names. Time throbbing in my temples repeats the same unchanging syllable of blood. The light turns the indifferent wall into a ghostly theater of reflections. I find myself in the middle of an eye, watching myself in its blank stare. The moment scatters. Motionless, I stay and go: I am a pause.
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Between going and staying the day wavers,
Palabras, frases, sílabas, astros que giran alrededor de un centro fijo. Dos cuerpos, muchos seres que se encuentran en una palabra. El papel se cubre de letras indelebles, que nadie dijo, que nadie dictó, que han caído allí y arden y queman y se apagan. Así pues, existe la poesía, el amor existe. Y si yo no existo, existes tú. El poema prepara un orden amoroso. Preveo un hombre-sol y una mujer-luna, el uno libre de su poder, la otra libre de su esclavitud, y amores implacables rayando el espacio ***** Todo ha de ceder a esas águilas incandescentes. Todo poema se cumple a expensas del poeta. Mediodía futuro, árbol inmenso de follaje invisible. En las plazas cantan los hombres y las mujeres el canto solar, surtidor de transparencias. Me cubre la marejada amarilla: nada mío ha de hablar por mi boca. Cuando la Historia duerme, habla en sueños; en la frente del pueblo dormido el poema es una constelación de sangre. Cuando a Historia despierta, la imagen se hace acto, acontece el poema; la poesía entra en acción. Merece lo que sueñas.
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Hacia el poema (puntos de partida)
un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre:                           un caminar tranquilo de estrella o primavera sin premura, agua que con los párpados cerrados mana toda la noche profecías, unánime presencia en oleaje, ola tras ola hasta cubrirlo todo, verde soberanía sin ocaso como el deslumbramiento de las alas cuando se abren en mitad del cielo, un caminar entre las espesuras de los días futuros y el aciago fulgor de la desdicha como un ave petrificando el bosque con su canto y las felicidades inminentes entre las ramas que se desvanecen, horas de luz que pican ya los pájaros, presagios que se escapan de la mano, una presencia como un canto súbito, como el viento cantando en el incendio, una mirada que sostiene en vilo al mundo con sus mares y sus montes, cuerpo de luz filtrada por un ágata, piernas de luz, vientre de luz, bahías, roca solar, cuerpo color de nube, color de día rápido que salta, la hora centellea y tiene cuerpo, el mundo ya es visible por tu cuerpo, es transparente por tu transparencia, voy entre galerías de sonidos, fluyo entre las presencias resonantes, voy por las transparencias como un ciego, un reflejo me borra, nazco en otro, oh bosque de pilares encantados, bajo los arcos de la luz penetro los corredores de un otoño diáfano, voy por tu cuerpo como por el mundo, tu vientre es una plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos, mis miradas te cubren como yedra, eres una ciudad que el mar asedia, una muralla que la luz divide en dos mitades de color durazno, un paraje de sal, rocas y pájaros bajo la ley del mediodía absorto, vestida del color de mis deseos como mi pensamiento vas desnuda, voy por tus ojos como por el agua, los tigres beben sueño en esos ojos, el colibrí se quema en esas llamas, voy por tu frente como por la luna, como la nube por tu pensamiento, voy por tu vientre como por tus sueños, tu falda de maíz ondula y canta, tu falda de cristal, tu falda de agua, tus labios, tus cabellos, tus miradas, toda la noche llueves, todo el día abres mi pecho con tus dedos de agua, cierras mis ojos con tu boca de agua, sobre mis huesos llueves, en mi pecho hunde raíces de agua un árbol líquido, voy por tu talle como por un río, voy por tu cuerpo como por un bosque, como por un sendero en la montaña que en un abismo brusco se termina, voy por tus pensamientos afilados y a la salida de tu blanca frente mi sombra despeñada se destroza, recojo mis fragmentos uno a uno y prosigo sin cuerpo, busco a tientas, corredores sin fin de la memoria, puertas abiertas a un salón vacío donde se pudren todos los veranos, las joyas de la sed arden al fondo, rostro desvanecido al recordarlo, mano que se deshace si la toco, cabelleras de arañas en tumulto sobre sonrisas de hace muchos años, a la salida de mi frente busco, busco sin encontrar, busco un instante, un rostro de relámpago y tormenta corriendo entre los árboles nocturnos, rostro de lluvia en un jardín a oscuras, agua tenaz que fluye a mi costado, busco sin encontrar, escribo a solas, no hay nadie, cae el día, cae el año, caigo con el instante, caigo a fondo, invisible camino sobre espejos que repiten mi imagen destrozada, piso días, instantes caminados, piso los pensamientos de mi sombra. piso mi sombra en busca de un instante, busco una fecha viva como un pájaro, busco el sol de las cinco de la tarde templado por los muros de tezontle: la hora maduraba sus racimos y al abrirse salían las muchachas de su entraña rosada y se esparcían por los patios de piedra del colegio, alta como el otoño caminaba envuelta por la luz bajo la arcada y el espacio al ceñirla la vestía de una piel más dorada y transparente, tigre color de luz, pardo venado por los alrededores de la noche, entrevista muchacha reclinada en los balcones verdes de la lluvia, adolescente rostro innumerable, he olvidado tu nombre, Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María, tienes todos los rostros y ninguno, eres todas las horas y ninguna, te pareces al árbol y a la nube, eres todos los pájaros y un astro, te pareces al filo de la espada y a la copa de sangre del verdugo, yedra que avanza, envuelve y desarraiga al alma y la divide de sí misma, escritura del fuego sobre el jade, grieta en la roca, reina de serpientes, columna de vapor, fuente en la peña, circo lunar, peñasco de las águilas, grano de anís, espina diminuta y mortal que da penas inmortales, pastora de los valles submarinos y guardiana del valle de los muertos, liana que cuelga del cantil del vértigo, enredadera, planta venenosa, flor de resurrección, uva de vida, señora de la flauta y del relámpago, terraza del jazmín, sal en la herida, ramo de rosas para el fusilado, nieve en agosto, luna del patíbulo, escritura del mar sobre el basalto, escritura del viento en el desierto, testamento del sol, granada, espiga, rostro de llamas, rostro devorado, adolescente rostro perseguido años fantasmas, días circulares que dan al mismo patio, al mismo muro, arde el instante y son un solo rostro los sucesivos rostros de la llama, todos los nombres son un solo nombre, todos los rostros son un solo rostro, todos los siglos son un solo instante y por todos los siglos de los siglos cierra el paso al futuro un par de ojos, no hay nada frente a mí, sólo un instante rescatado esta noche, contra un sueño de ayuntadas imágenes soñado, duramente esculpido contra el sueño, arrancado a la nada de esta noche, a pulso levantado letra a letra, mientras afuera el tiempo se desboca y golpea las puertas de mi alma el mundo con su horario carnicero, sólo un instante mientras las ciudades, los nombres, los sabores, lo vivido, se desmoronan en mi frente ciega, mientras la pesadumbre de la noche mi pensamiento humilla y mi esqueleto, y mi sangre camina más despacio y mis dientes se aflojan y mis ojos se nublan y los días y los años sus horrores vacíos acumulan, mientras el tiempo cierra su abanico y no hay nada detrás de sus imágenes el instante se abisma y sobrenada rodeado de muerte, amenazado por la noche y su lúgubre bostezo, amenazado por la algarabía de la muerte vivaz y enmascarada el instante se abisma y penetra, como un puño se cierra, como un fruto que madura hacia dentro, echa raíces, crece dentro de mí, me ocupa todo, me expulsa el follaje delirante, mis pensamientos sólo son sus pájaros su mercurio circula por mis venas, árbol mental, frutos sabor de tiempo, oh vida por vivir y ya vivida, tiempo que vuelve en una marejada y se retira sin volver el rostro, lo que pasó no fue pero está siendo y silenciosamente desemboca en otro instante que se desvanece: frente a la tarde de salitre y piedra armada de navajas invisibles una roja escritura indescifrable escribes en mi piel y esas heridas como un traje de llamas me recubren, ardo sin consumirme, busco el agua y en tus ojos no hay agua, son de piedra, y tus pechos, tu vientre, tus caderas son de piedra, tu boca sabe a polvo, tu boca sabe a tiempo emponzoñado, tu cuerpo sabe a pozo sin salida, pasadizo de espejos que repiten los ojos del sediento, pasadizo que vuelve siempre al punto de partida, y tú me llevas ciego de la mano por esas galerías obstinadas hacia el centro del círculo y te yergues como un fulgor que se congela en hacha, como luz que desuella, fascinante como el cadalso para el condenado, flexible como el látigo y esbelta como un arma gemela de la luna, y tus palabras afiladas cavan mi pecho y me despueblan y vacían, uno a uno me arrancas los recuerdos, he olvidado mi nombre, mis amigos gruñen entre los cerdos o se pudren comidos por el sol en un barranco, no hay nada en mí sino una larga herida, una oquedad que ya nadie recorre, presente sin ventanas, pensamiento que vuelve, se repite, se refleja y se pierde en su misma transparencia, conciencia traspasada por un ojo que se mira mirarse hasta anegarse de claridad:                   yo vi tu atroz escama, melusina, brillar verdosa al alba, dormías enroscada entre las sábanas y al despertar gritaste como un pájaro y caíste sin fin, quebrada y blanca, nada quedó de ti sino tu grito, y la cabo de los siglos me descubro con tos y mala vista, barajando viejas fotos:                     no hay nadie, no eres nadie, un montón de ceniza y una escoba, un cuchillo mellado y un plumero, un pellejo colgado de unos huesos, un racimo ya seco, un hoyo ***** y en el fondo del hoy los dos ojos de una niña ahogada hace mil años, miradas enterradas en un pozo, miradas que nos ven desde el principio, mirada niña de la madre vieja que ve en el hijo grande su padre joven, mirada madre de la niña sola que ve en el padre grande un hijo niño, miradas que nos miran desde el fondo de la vida y son trampas de la muerte -¿o es al revés: caer en esos ojos es volver a la vida verdadera?, ¡caer, volver, soñarme y que me sueñen otros ojos futuros, otra vida, otras nubes, morirme de otra muerte! -esta noche me basta, y este instante que no acaba de abrirse y revelarme dónde estuve, quién fui, cómo te llamas, cómo me llamo yo:                               ¿hacía planes para el verano -y todos los veranos- en Christopher Street, hace diez años, con Filis que tenía dos hoyuelos donde veían luz los gorriones?, ¿por la Reforma Carmen me decía "no pesa el aire, aquí siempre es octubre", o se lo dijo a otro que he perdido o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?, ¿caminé por la noche de Oaxaca, inmensa y verdinegra como un árbol, hablando solo como el viento loco y al llegar a mi cuarto -siempre un cuarto- no me reconocieron los espejos?, ¿desde el hotel Vernet vimos al alba bailar con los castaños - "ya es muy tarde" decías al peinarte y yo veía manchas en la pared, sin decir nada?, ¿subimos juntos a la torre, vimos caer la tarde desde el arrecife?, ¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos gardenias en Perote?,                                   nombres, sitios, calles y calles, rostros, plazas, calles, estaciones, un parque, cuartos solos, manchas en la pared, alguien se peina, alguien canta a mi lado, alguien se viste, cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos, Madrid, 1937, en la Plaza del Ángel las mujeres cosían y cantaban con sus hijos, después sonó la alarma y hubo gritos, casas arrodilladas en el polvo, torres hendidas, frentes escupidas y el huracán de los motores, fijo: los dos se desnudaron y se amaron por defender nuestra porción eterna, nuestra ración de tiempo y paraíso, tocar nuestra raíz y recobrarnos, recobrar nuestra herencia arrebatada por ladrones de vida hace mil siglos, los dos se desnudaron y besaron porque las desnudeces enlazadas saltan el tiempo y son invulnerables, nada las toca, vuelven al principio, no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres, verdad de dos en sólo un cuerpo y alma, oh ser total...                       cuartos a la deriva entre ciudades que se van a pique, cuartos y calles, nombres como heridas, el cuarto con ventanas a otros cuartos con el mismo papel descolorido donde un hombre en camisa lee el periódico o plancha una mujer; el cuarto claro que visitan las ramas del durazno; el otro cuarto: afuera siempre llueve y hay un patio y tres niños oxidados; cuartos que son navíos que se mecen en un golfo de luz; o submarinos: el silencio se esparce en olas verdes, todo lo que tocamos fosforece; mausoleos del lujo, ya roídos los retratos, raídos los tapetes; trampas, celdas, cavernas encantadas, pajareras y cuartos numerados, todos se transfiguran, todos vuelan, cada moldura es nube, cada puerta da al mar, al campo, al aire, cada mesa es un festín; cerrados como conchas el tiempo inútilmente los asedia, no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio, abre la mano, coge esta riqueza, corta los frutos, come de la vida, tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!, todo se transfigura y es sagrado, es el centro del mundo cada cuarto, es la primera noche, el primer día, el mundo nace cuando dos se besan, gota de luz de entrañas transparentes el cuarto como un fruto se entreabre o estalla como un astro taciturno y las leyes comidas de ratones, las rejas de papel, las alambradas, los timbres y las púas y los pinchos, el sermón monocorde de las armas, el escorpión meloso y con bonete, el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja, el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo predilecto de la Iglesia que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia, las paredes invisible, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo,                                       se derrumban por un instante inmenso y vislumbramos nuestra unidad perdida, el desamparo que es ser hombres, la gloria que es ser hombres y compartir el pan, el sol, la muerte, el olvidado asombro de estar vivos; amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan vuelve a saber, el agua es agua, amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasma con un número a perpetua cadena condenado por un amo sin rostro;                                     el mundo cambia si dos se miran y se reconocen, amar es desnudarse de los nombres: "déjame ser tu puta", son palabras de Eloísa, mas él cedió a las leyes, la tomó por esposa y como premio lo castraron después;                                     mejor el crimen, los amantes suicidas, el incesto de los hermanos como dos espejos enamorados de su semejanza, mejor comer el pan envenenado, el adulterio en lechos de ceniza, los amores feroces, el delirio, su yedra ponzoñosa, el sodomita que lleva por clavel en la solapa un gargajo, mejor ser lapidado en las plazas que dar vuelta a la noria que exprime la sustancia de la vida, cambia la eternidad en horas huecas, los minutos en cárceles, el tiempo en monedas de cobre y mierda abstracta; mejor la castidad, flor invisible que se mece en los tallos del silencio, el difícil diamante de los santos que filtra los deseos, sacia al tiempo, nupcias de la quietud y el movimiento, canta la soledad en su corola, pétalo de cristal es cada hora, el mundo se despoja de sus máscaras y en su centro, vibrante transparencia, lo que llamamos Dios, el ser sin nombre, se contempla en la nada, el ser sin rostro emerge de sí mismo, sol de soles, plenitud de presencias y de nombres; sigo mi desvarío, cuartos, calles, camino a tientas por los corredores del tiempo y subo y bajo sus peldaños y sus paredes palpo y no me muevo, vuelvo adonde empecé, busco tu rostro, camino por las calles de mí mismo bajo un sol sin edad, y tú a mi lado caminas como un árbol, como un río, creces como una espiga entre mis manos, lates como una ardilla entre mis manos, vuelas como mil pájaros, tu risa me ha cubierto de espumas, tu cabeza es un astro pequeño entre mis manos, el mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja,                                     el mundo cambia si dos, vertiginosos y enlazados, caen sobre la yerba: el cielo baja, los árboles ascienden, el espacio sólo es luz y silencio, sólo espacio abierto para el águila del ojo, pasa la blanca tribu de las nubes, rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma, perdemos nuestros nombres y flotamos a la deriva entre el azul y el verde, tiempo total donde no pasa nada sino su propio transcurrir dichoso, no pasa nada, callas, parpadeas (silencio: cruzó un ángel este instante grande como la vida de cien soles), ¿no pasa nada, sólo un parpadeo? -y el festín, el destierro, el primer crimen, la quijada del asno, el ruido opaco y la mirada incrédula del muerto al caer en el llano ceniciento, Agamenón y su mugido inmenso y el repetido grito de Casandra más fuerte que los gritos de las olas, Sócrates en cadenas (el sol nace, morir es despertar: "Critón, un gallo a Esculapio, ya sano de la vida"), el chacal que diserta entre las ruinas de Nínive, la sombra que vio Bruto antes de la batalla, Moctezuma en el lecho de espinas de su insomnio, el viaje en la carreta hacia la muerte -el viaje interminable mas contado por Robespierre minuto tras minuto, la mandíbula rota entre las manos-, Churruca en su barrica como un trono es
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Piedra de sol
un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre:                           un caminar tranquilo de estrella o primavera sin premura, agua que con los párpados cerrados mana toda la noche profecías, unánime presencia en oleaje, ola tras ola hasta cubrirlo todo, verde soberanía sin ocaso como el deslumbramiento de las alas cuando se abren en mitad del cielo, un caminar entre las espesuras de los días futuros y el aciago fulgor de la desdicha como un ave petrificando el bosque con su canto y las felicidades inminentes entre las ramas que se desvanecen, horas de luz que pican ya los pájaros, presagios que se escapan de la mano, una presencia como un canto súbito, como el viento cantando en el incendio, una mirada que sostiene en vilo al mundo con sus mares y sus montes, cuerpo de luz filtrada por un ágata, piernas de luz, vientre de luz, bahías, roca solar, cuerpo color de nube, color de día rápido que salta, la hora centellea y tiene cuerpo, el mundo ya es visible por tu cuerpo, es transparente por tu transparencia, voy entre galerías de sonidos, fluyo entre las presencias resonantes, voy por las transparencias como un ciego, un reflejo me borra, nazco en otro, oh bosque de pilares encantados, bajo los arcos de la luz penetro los corredores de un otoño diáfano, voy por tu cuerpo como por el mundo, tu vientre es una plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos, mis miradas te cubren como yedra, eres una ciudad que el mar asedia, una muralla que la luz divide en dos mitades de color durazno, un paraje de sal, rocas y pájaros bajo la ley del mediodía absorto, vestida del color de mis deseos como mi pensamiento vas desnuda, voy por tus ojos como por el agua, los tigres beben sueño en esos ojos, el colibrí se quema en esas llamas, voy por tu frente como por la luna, como la nube por tu pensamiento, voy por tu vientre como por tus sueños, tu falda de maíz ondula y canta, tu falda de cristal, tu falda de agua, tus labios, tus cabellos, tus miradas, toda la noche llueves, todo el día abres mi pecho con tus dedos de agua, cierras mis ojos con tu boca de agua, sobre mis huesos llueves, en mi pecho hunde raíces de agua un árbol líquido, voy por tu talle como por un río, voy por tu cuerpo como por un bosque, como por un sendero en la montaña que en un abismo brusco se termina, voy por tus pensamientos afilados y a la salida de tu blanca frente mi sombra despeñada se destroza, recojo mis fragmentos uno a uno y prosigo sin cuerpo, busco a tientas, corredores sin fin de la memoria, puertas abiertas a un salón vacío donde se pudren todos los veranos, las joyas de la sed arden al fondo, rostro desvanecido al recordarlo, mano que se deshace si la toco, cabelleras de arañas en tumulto sobre sonrisas de hace muchos años, a la salida de mi frente busco, busco sin encontrar, busco un instante, un rostro de relámpago y tormenta corriendo entre los árboles nocturnos, rostro de lluvia en un jardín a oscuras, agua tenaz que fluye a mi costado, busco sin encontrar, escribo a solas, no hay nadie, cae el día, cae el año, caigo con el instante, caigo a fondo, invisible camino sobre espejos que repiten mi imagen destrozada, piso días, instantes caminados, piso los pensamientos de mi sombra. piso mi sombra en busca de un instante, busco una fecha viva como un pájaro, busco el sol de las cinco de la tarde templado por los muros de tezontle: la hora maduraba sus racimos y al abrirse salían las muchachas de su entraña rosada y se esparcían por los patios de piedra del colegio, alta como el otoño caminaba envuelta por la luz bajo la arcada y el espacio al ceñirla la vestía de una piel más dorada y transparente, tigre color de luz, pardo venado por los alrededores de la noche, entrevista muchacha reclinada en los balcones verdes de la lluvia, adolescente rostro innumerable, he olvidado tu nombre, Melusina, Laura, Isabel, Perséfona, María, tienes todos los rostros y ninguno, eres todas las horas y ninguna, te pareces al árbol y a la nube, eres todos los pájaros y un astro, te pareces al filo de la espada y a la copa de sangre del verdugo, yedra que avanza, envuelve y desarraiga al alma y la divide de sí misma, escritura del fuego sobre el jade, grieta en la roca, reina de serpientes, columna de vapor, fuente en la peña, circo lunar, peñasco de las águilas, grano de anís, espina diminuta y mortal que da penas inmortales, pastora de los valles submarinos y guardiana del valle de los muertos, liana que cuelga del cantil del vértigo, enredadera, planta venenosa, flor de resurrección, uva de vida, señora de la flauta y del relámpago, terraza del jazmín, sal en la herida, ramo de rosas para el fusilado, nieve en agosto, luna del patíbulo, escritura del mar sobre el basalto, escritura del viento en el desierto, testamento del sol, granada, espiga, rostro de llamas, rostro devorado, adolescente rostro perseguido años fantasmas, días circulares que dan al mismo patio, al mismo muro, arde el instante y son un solo rostro los sucesivos rostros de la llama, todos los nombres son un solo nombre, todos los rostros son un solo rostro, todos los siglos son un solo instante y por todos los siglos de los siglos cierra el paso al futuro un par de ojos, no hay nada frente a mí, sólo un instante rescatado esta noche, contra un sueño de ayuntadas imágenes soñado, duramente esculpido contra el sueño, arrancado a la nada de esta noche, a pulso levantado letra a letra, mientras afuera el tiempo se desboca y golpea las puertas de mi alma el mundo con su horario carnicero, sólo un instante mientras las ciudades, los nombres, los sabores, lo vivido, se desmoronan en mi frente ciega, mientras la pesadumbre de la noche mi pensamiento humilla y mi esqueleto, y mi sangre camina más despacio y mis dientes se aflojan y mis ojos se nublan y los días y los años sus horrores vacíos acumulan, mientras el tiempo cierra su abanico y no hay nada detrás de sus imágenes el instante se abisma y sobrenada rodeado de muerte, amenazado por la noche y su lúgubre bostezo, amenazado por la algarabía de la muerte vivaz y enmascarada el instante se abisma y penetra, como un puño se cierra, como un fruto que madura hacia dentro, echa raíces, crece dentro de mí, me ocupa todo, me expulsa el follaje delirante, mis pensamientos sólo son sus pájaros su mercurio circula por mis venas, árbol mental, frutos sabor de tiempo, oh vida por vivir y ya vivida, tiempo que vuelve en una marejada y se retira sin volver el rostro, lo que pasó no fue pero está siendo y silenciosamente desemboca en otro instante que se desvanece: frente a la tarde de salitre y piedra armada de navajas invisibles una roja escritura indescifrable escribes en mi piel y esas heridas como un traje de llamas me recubren, ardo sin consumirme, busco el agua y en tus ojos no hay agua, son de piedra, y tus pechos, tu vientre, tus caderas son de piedra, tu boca sabe a polvo, tu boca sabe a tiempo emponzoñado, tu cuerpo sabe a pozo sin salida, pasadizo de espejos que repiten los ojos del sediento, pasadizo que vuelve siempre al punto de partida, y tú me llevas ciego de la mano por esas galerías obstinadas hacia el centro del círculo y te yergues como un fulgor que se congela en hacha, como luz que desuella, fascinante como el cadalso para el condenado, flexible como el látigo y esbelta como un arma gemela de la luna, y tus palabras afiladas cavan mi pecho y me despueblan y vacían, uno a uno me arrancas los recuerdos, he olvidado mi nombre, mis amigos gruñen entre los cerdos o se pudren comidos por el sol en un barranco, no hay nada en mí sino una larga herida, una oquedad que ya nadie recorre, presente sin ventanas, pensamiento que vuelve, se repite, se refleja y se pierde en su misma transparencia, conciencia traspasada por un ojo que se mira mirarse hasta anegarse de claridad:                   yo vi tu atroz escama, melusina, brillar verdosa al alba, dormías enroscada entre las sábanas y al despertar gritaste como un pájaro y caíste sin fin, quebrada y blanca, nada quedó de ti sino tu grito, y la cabo de los siglos me descubro con tos y mala vista, barajando viejas fotos:                     no hay nadie, no eres nadie, un montón de ceniza y una escoba, un cuchillo mellado y un plumero, un pellejo colgado de unos huesos, un racimo ya seco, un hoyo ***** y en el fondo del hoy los dos ojos de una niña ahogada hace mil años, miradas enterradas en un pozo, miradas que nos ven desde el principio, mirada niña de la madre vieja que ve en el hijo grande su padre joven, mirada madre de la niña sola que ve en el padre grande un hijo niño, miradas que nos miran desde el fondo de la vida y son trampas de la muerte -¿o es al revés: caer en esos ojos es volver a la vida verdadera?, ¡caer, volver, soñarme y que me sueñen otros ojos futuros, otra vida, otras nubes, morirme de otra muerte! -esta noche me basta, y este instante que no acaba de abrirse y revelarme dónde estuve, quién fui, cómo te llamas, cómo me llamo yo:                               ¿hacía planes para el verano -y todos los veranos- en Christopher Street, hace diez años, con Filis que tenía dos hoyuelos donde veían luz los gorriones?, ¿por la Reforma Carmen me decía "no pesa el aire, aquí siempre es octubre", o se lo dijo a otro que he perdido o yo lo invento y nadie me lo ha dicho?, ¿caminé por la noche de Oaxaca, inmensa y verdinegra como un árbol, hablando solo como el viento loco y al llegar a mi cuarto -siempre un cuarto- no me reconocieron los espejos?, ¿desde el hotel Vernet vimos al alba bailar con los castaños - "ya es muy tarde" decías al peinarte y yo veía manchas en la pared, sin decir nada?, ¿subimos juntos a la torre, vimos caer la tarde desde el arrecife?, ¿comimos uvas en Bidart?, ¿compramos gardenias en Perote?,                                   nombres, sitios, calles y calles, rostros, plazas, calles, estaciones, un parque, cuartos solos, manchas en la pared, alguien se peina, alguien canta a mi lado, alguien se viste, cuartos, lugares, calles, nombres, cuartos, Madrid, 1937, en la Plaza del Ángel las mujeres cosían y cantaban con sus hijos, después sonó la alarma y hubo gritos, casas arrodilladas en el polvo, torres hendidas, frentes escupidas y el huracán de los motores, fijo: los dos se desnudaron y se amaron por defender nuestra porción eterna, nuestra ración de tiempo y paraíso, tocar nuestra raíz y recobrarnos, recobrar nuestra herencia arrebatada por ladrones de vida hace mil siglos, los dos se desnudaron y besaron porque las desnudeces enlazadas saltan el tiempo y son invulnerables, nada las toca, vuelven al principio, no hay tú ni yo, mañana, ayer ni nombres, verdad de dos en sólo un cuerpo y alma, oh ser total...                       cuartos a la deriva entre ciudades que se van a pique, cuartos y calles, nombres como heridas, el cuarto con ventanas a otros cuartos con el mismo papel descolorido donde un hombre en camisa lee el periódico o plancha una mujer; el cuarto claro que visitan las ramas del durazno; el otro cuarto: afuera siempre llueve y hay un patio y tres niños oxidados; cuartos que son navíos que se mecen en un golfo de luz; o submarinos: el silencio se esparce en olas verdes, todo lo que tocamos fosforece; mausoleos del lujo, ya roídos los retratos, raídos los tapetes; trampas, celdas, cavernas encantadas, pajareras y cuartos numerados, todos se transfiguran, todos vuelan, cada moldura es nube, cada puerta da al mar, al campo, al aire, cada mesa es un festín; cerrados como conchas el tiempo inútilmente los asedia, no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio, abre la mano, coge esta riqueza, corta los frutos, come de la vida, tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!, todo se transfigura y es sagrado, es el centro del mundo cada cuarto, es la primera noche, el primer día, el mundo nace cuando dos se besan, gota de luz de entrañas transparentes el cuarto como un fruto se entreabre o estalla como un astro taciturno y las leyes comidas de ratones, las rejas de papel, las alambradas, los timbres y las púas y los pinchos, el sermón monocorde de las armas, el escorpión meloso y con bonete, el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja, el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo predilecto de la Iglesia que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia, las paredes invisible, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo,                                       se derrumban por un instante inmenso y vislumbramos nuestra unidad perdida, el desamparo que es ser hombres, la gloria que es ser hombres y compartir el pan, el sol, la muerte, el olvidado asombro de estar vivos; amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan vuelve a saber, el agua es agua, amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasma con un número a perpetua cadena condenado por un amo sin rostro;                                     el mundo cambia si dos se miran y se reconocen, amar es desnudarse de los nombres: "déjame ser tu puta", son palabras de Eloísa, mas él cedió a las leyes, la tomó por esposa y como premio lo castraron después;                                     mejor el crimen, los amantes suicidas, el incesto de los hermanos como dos espejos enamorados de su semejanza, mejor comer el pan envenenado, el adulterio en lechos de ceniza, los amores feroces, el delirio, su yedra ponzoñosa, el sodomita que lleva por clavel en la solapa un gargajo, mejor ser lapidado en las plazas que dar vuelta a la noria que exprime la sustancia de la vida, cambia la eternidad en horas huecas, los minutos en cárceles, el tiempo en monedas de cobre y mierda abstracta; mejor la castidad, flor invisible que se mece en los tallos del silencio, el difícil diamante de los santos que filtra los deseos, sacia al tiempo, nupcias de la quietud y el movimiento, canta la soledad en su corola, pétalo de cristal es cada hora, el mundo se despoja de sus máscaras y en su centro, vibrante transparencia, lo que llamamos Dios, el ser sin nombre, se contempla en la nada, el ser sin rostro emerge de sí mismo, sol de soles, plenitud de presencias y de nombres; sigo mi desvarío, cuartos, calles, camino a tientas por los corredores del tiempo y subo y bajo sus peldaños y sus paredes palpo y no me muevo, vuelvo adonde empecé, busco tu rostro, camino por las calles de mí mismo bajo un sol sin edad, y tú a mi lado caminas como un árbol, como un río, creces como una espiga entre mis manos, lates como una ardilla entre mis manos, vuelas como mil pájaros, tu risa me ha cubierto de espumas, tu cabeza es un astro pequeño entre mis manos, el mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja,                                     el mundo cambia si dos, vertiginosos y enlazados, caen sobre la yerba: el cielo baja, los árboles ascienden, el espacio sólo es luz y silencio, sólo espacio abierto para el águila del ojo, pasa la blanca tribu de las nubes, rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma, perdemos nuestros nombres y flotamos a la deriva entre el azul y el verde, tiempo total donde no pasa nada sino su propio transcurrir dichoso, no pasa nada, callas, parpadeas (silencio: cruzó un ángel este instante grande como la vida de cien soles), ¿no pasa nada, sólo un parpadeo? -y el festín, el destierro, el primer crimen, la quijada del asno, el ruido opaco y la mirada incrédula del muerto al caer en el llano ceniciento, Agamenón y su mugido inmenso y el repetido grito de Casandra más fuerte que los gritos de las olas, Sócrates en cadenas (el sol nace, morir es despertar: "Critón, un gallo a Esculapio, ya sano de la vida"), el chacal que diserta entre las ruinas de Nínive, la sombra que vio Bruto antes de la batalla, Moctezuma en el lecho de espinas de su insomnio, el viaje en la carreta hacia la muerte -el viaje interminable mas contado por Robespierre minuto tras minuto, la mandíbula rota entre las manos-, Churruca en su barrica como un trono es
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Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente,                                         balcón al voladero dentro de mí.                             Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pesamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.                         El patio, el muro, el fresno, el pozo en una claridad en forma de laguna se desvanecen. Crece en sus orillas una vegetación de transparencias. Rima feliz de montes y edificios, se desdobla el paisaje en el abstracto espejo de la arquitectura. Apenas dibujada, suerte de coma horizontal (-) entre el cielo y la tierra, una piragua solitaria. Las olas hablan nahua. Cruza un signo volante las alturas. Tal vez es una fecha, conjunción de destinos: el haz de cañas, prefiguración del brasero. El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre ¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte? La luz poniente se demora, alza sobre la alfombra simétricos incendios, vuelve llama quimérica este volumen lacre que hojeo (estampas: los volcanes, los cúes y, tendido, manto de plumas sobre el agua, Tenochtitlán todo empapado en sangre). Los libros del estante son ya brasas que el sol atiza con sus manos rojas. Se rebela el lápiz a seguir el dictado. En la escritura que la nombra se eclipsa la laguna. Doblo la hoja. Cuchicheos: me espían entre los follajes de las letras.                           Un charco es mi memoria. Lodoso espejo: ¿dónde estuve? Sin piedad y sin cólera mis ojos me miran a los ojos desde las aguas turbias de ese charco que convocan ahora mis palabras. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, No un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo. Espejo de palabras: ¿dónde estuve? Mis palabras me miran desde el charco de mi memoria. Brillan, entre enramadas de reflejos, nubes varadas y burbujas, sobre un fondo del ocre al brasilado, las sílabas de agua. Ondulación de sombras, visos, ecos, no escritura de signos: de rumores. Mis ojos tienen sed. El charco es senequista: el agua, aunque potable, no se bebe: se lee. Al sol del altiplano se evaporan los charcos. Queda un polvo desleal y unos cuantos vestigios intestados. ¿Dónde estuve?                                   Yo estoy en donde estuve: entre los muros indecisos del mismo patio de palabras. Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl, batallas en el Oxus o en la barda con Ernesto y Guillermo. La mil hojas, verdinegra escultura del murmullo, jaula del sol y la centella breve del chupamirto: la higuera primordial, capilla vegetal de rituales polimorfos, diversos y perversos. Revelaciones y abominaciones: el cuerpo y sus lenguajes entretejidos, nudo de fantasmas palpados por el pensamiento y por el tacto disipados, argolla de la sangre, idea fija en mi frente clavada. El deseo es señor de espectros, somos enredaderas de aire en árboles de viento, manto de llamas inventado y devorado por la llama. La hendedura del tronco: **** sello, pasaje serpentino cerrado al sol y a mis miradas, abierto a las hormigas. La hendedura fue pórtico del más allá de lo mirado y lo pensado: allá dentro son verdes las mareas, la sangre es verde, el fuego verde, entre las yerbas negras arden estrellas verdes: es la música verde de los élitros en la prístina noche de la higuera; -allá dentro son ojos las yemas de los dedos, el tacto mira, palpan las miradas, los ojos oyen los olores; -allá dentro es afuera, es todas partes y ninguna parte, las cosas son las mismas y son otras, encarcelado en un icosaedro hay un insecto tejedor de música y hay otro insecto que desteje los silogismos que la araña teje colgada de los hilos de la luna; -allá dentro el espacio en una mano abierta y una frente que no piensa ideas sino formas que respiran, caminan, hablan, cambian y silenciosamente se evaporan; -allá dentro, país de entretejidos ecos, se despeña la luz, lenta cascada, entre los labios de las grietas: la luz es agua, el agua tiempo diáfano donde los ojos lavan sus imágenes; -allá dentro los cables del deseo fingen eternidades de un segundo que la mental corriente eléctrica enciende, apaga, enciende, resurrecciones llameantes del alfabeto calcinado; -no hay escuela allá dentro, siempre es el mismo día, la misma noche siempre, no han inventado el tiempo todavía, no ha envejecido el sol, esta nieve es idéntica a la yerba, siempre y nunca es lo mismo, nunca ha llovido y llueve siempre, todo está siendo y nunca ha sido, pueblo sin nombre de las sensaciones, nombres que buscan cuerpo, impías transparencias, jaulas de claridad donde se anulan la identidad entre sus semejanzas, la diferencia en sus contradicciones. La higuera, sus falacias y su sabiduría: prodigios de la tierra -fidedignos, puntuales, redundantes- y la conversación con los espectros. Aprendizajes con la higuera: hablar con vivos y con muertos. También conmigo mismo.                                                     La procesión del año: cambios que son repeticiones. El paso de las horas y su peso. La madrugada: más que luz, un vaho de claridad cambiada en gotas grávidas sobre los vidrios y las hojas: el mundo se atenúa en esas oscilantes geometrías hasta volverse el filo de un reflejo. Brota el día, prorrumpe entre las hojas gira sobre sí mismo y de la vacuidad en que se precipita surge, otra vez corpóreo. El tiempo es luz filtrada. Revienta el fruto ***** en encarnada florescencia, la rota rama escurre savia lechosa y acre. Metamorfosis de la higuera: si el otoño la quema, su luz la transfigura. Por los espacios diáfanos se eleva descarnada virgen negra. El cielo es giratorio lapizlázuli:           viran au ralenti, sus continentes, insubstanciales geografías. Llamas entre las nieves de las nubes. La tarde más y más es miel quemada. Derrumbe silencioso de horizontes: la luz se precipita de las cumbres, la sombra se derrama por el llano. A la luz de la lámpara -la noche ya dueña de la casa y el fantasma de mi abuelo ya dueño de la noche- yo penetraba en el silencio, cuerpo sin cuerpo, tiempo sin horas. Cada noche, máquinas transparentes del delirio, dentro de mí los libros levantaban arquitecturas sobre una sima edificadas. Las alza un soplo del espíritu, un parpadeo las deshace. Yo junté leña con los otros y lloré con el humo de la pira del domador de potros; vagué por la arboleda navegante que arrastra el Tajo turbiamente verde: la líquida espesura se encrespaba tras de la fugitiva Galatea; vi en racimos las sombras agolpadas para beber la sangre de la zanja: mejor quebrar terrones por la ración de perro del labrador avaro que regir las naciones pálidas de los muertos; tuve sed, vi demonios en el Gobi; en la gruta nadé con la sirena (y después, en el sueño purgativo, fendendo i drappi, e mostravami'l ventre, quel mí svegliò col puzzo che n'nuscia); grabé sobre mi tumba imaginaria: no muevas esta lápida, soy rico sólo en huesos; aquellas memorables pecosas peras encontradas en la cesta verbal de Villaurrutia; Carlos Garrote, eterno medio hermano, Dios te salve, me dijo al derribarme y era, por los espejos del insomnio repetido, yo mismo el que me hería; Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo; y los libros marcados por las armas de Príapo, leídos en las tardes diluviales el cuerpo tenso, la mirada intensa. Nombres anclados en el golfo de mi frente: yo escribo porque el druida, bajo el rumor de sílabas del himno, encina bien plantada en una página, me dio el gajo de muérdago, el conjuro que hace brotar palabras de la peña. Los nombres acumulan sus imágenes. Las imágenes acumulan sus gaseosas, conjeturales confederaciones. Nubes y nubes, fantasmal galope de las nubes sobre las crestas de mi memoria. Adolescencia, país de nubes.                             Casa grande, encallada en un tiempo azolvado. La plaza, los árboles enormes donde anidaba el sol, la iglesia enana -su torre les llegaba a las rodillas pero su doble lengua de metal a los difuntos despertaba. Bajo la arcada, en garbas militares, las cañas, lanzas verdes, carabinas de azúcar; en el portal, el tendejón magenta: frescor de agua en penumbra, ancestrales petates, luz trenzada, y sobre el zinc del mostrador, diminutos planetas desprendidos del árbol meridiano, los tejocotes y las mandarinas, amarillos montones de dulzura. Giran los años en la plaza, rueda de Santa Catalina, y no se mueven.                                 Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos, habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien. También me dieron pan, me dieron tiempo, claros en los recodos de los días, remansos para estar solo conmigo. Niño entre adultos taciturnos y sus terribles niñerías, niño por los pasillos de altas puertas, habitaciones con retratos, crepusculares cofradías de los ausentes, niño sobreviviente de los espejos sin memoria y su pueblo de viento: el tiempo y sus encarnaciones resuelto en simulacros de reflejos. En mi casa los muertos eran más que los vivos. Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día. Los fresnos me enseñaron, bajo la lluvia, la paciencia, a cantar cara al viento vehemente. Virgen somnílocua, una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.) Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos. Yo nunca pude hablar con él. Lo encuentro ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos. Hablamos siempre de otras cosas. Mientras la casa se desmoronaba yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza entre escombros anónimos.                                                 Días como una frente libre, un libro abierto. No me multiplicaron los espejos codiciosos que vuelven cosas los hombres, número las cosas: ni mando ni ganancia. La santidad tampoco: el cielo para mí pronto fue un cielo deshabitado, una hermosura hueca y adorable. Presencia suficiente, cambiante: el tiempo y sus epifanías. No me habló dios entre las nubes: entre las hojas de la higuera me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo. Encarnaciones instantáneas: tarde lavada por la lluvia, luz recién salida del agua, el vaho femenino de las plantas piel a mi piel pegada: ¡súcubo! -como si al fin el tiempo coincidiese consigo mismo y yo con él, como si el tiempo y sus dos tiempos fuesen un solo tiempo que ya no fuese tiempo, un tiempo donde siempre es ahora y a todas horas siempre, como si yo y mi doble fuesen uno y yo no fuese ya. Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo. Dedos de luz abrían los follajes. Zumbar de abejas en mi sangre: el blanco advenimiento. Me arrojó la descarga a la orilla más sola. Fui un extraño entre las vastas ruinas de la tarde. Vértigo abstracto: hablé conmigo, fui doble, el tiempo se rompió. Atónita en lo alto del minuto la carne se hace verbo -y el verbo se despeña. Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal. Secreto a voces y también secreto vacío, sin nada adentro: no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra. Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego: el agua es fuego y en su tránsito nosotros somos sólo llamaradas. La muerte es madre de las formas… El sonido, bastón de ciego del sentido: escribo muerte y vivo en ella por un instante. Habito su sonido: es un cubo neumático de vidrio, vibra sobre esta página, desaparece entre sus ecos. Paisajes de palabras: los despueblan mis ojos al leerlos. No importa: los propagan mis oídos. Brotan allá, en las zonas indecisas del lenguaje, palustres poblaciones. Son criaturas anfibias, con palabras. Pasan de un elemento a otro, se bañan en el fuego, reposan en el aire. Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen? No dicen: hablan, hablan.                                 Salto de un cuento a otro por un puente colgante de once sílabas. Un cuerpo vivo aunque intangible el aire, en todas partes siempre y en ninguna. Duerme con los ojos abiertos, se acuesta entre las yerbas y amanece rocío, se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles, es un tornillo que perfora montes, nadador en la mar brava del fuego es invisible surtidor de ayes levanta a pulso dos océanos, anda perdido por las calles palabra en pena en busca de sentido, aire que se disipa en aire. ¿Y para qué digo todo esto? Para decir que en pleno mediodía el aire se poblaba de fantasmas, sol acuñado en alas, ingrávidas monedas, mariposas. Anochecer. En la terraza oficiaba la luna silenciaria. La cabeza de muerto, mensajera de las ánimas, la fascinante fascinada por las camelias y la luz eléctrica, sobre nuestras cabezas era un revoloteo de conjuros opacos. ¡Mátala! gritaban las mujeres y la quemaban como bruja. Después, con un suspiro feroz, se santiguaban. Luz esparcida, Psiquis…                                   ¿Hay mensajeros? Sí, cuerpo tatuado de señales es el espacio, el aire es invisible tejido de llamadas y respuestas. Animales y cosas se hacen lenguas, a través de nosotros habla consigo mismo el universo. Somos un fragmento -pero cabal en su inacabamiento- de su discurso. Solipsismo coherente y vacío: desde el principio del principio ¿qué dice? Dice que nos dice. Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse, that cause sets up with and against itself! Desde lo alto del minuto despeñado en la tarde plantas fanerógamas me descubrió la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje. El universo habla solo pero los hombres hablan con los hombres: hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio: el corral de los juegos era historia y era historia jugar a morir juntos. La polvareda, el grito, la caída: algarabía, no discurso. En el vaivén errante de las cosas, por las revoluciones de las formas y de los tiempos arrastradas, cada una pelea con las otras, cada una se alza, ciega, contra sí misma. Así, según la hora cae desen- lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.) La injusticia de ser: las cosas sufren unas con otras y consigo mismas por ser un querer más, siempre ser más que más. Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia. Pero también es el lug
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Pasado en claro
Oídos con el alma, pasos mentales más que sombras, sombras del pensamiento más que pasos, por el camino de ecos que la memoria inventa y borra: sin caminar caminan sobre este ahora, puente tendido entre una letra y otra. Como llovizna sobre brasas dentro de mí los pasos pasan hacia lugares que se vuelven aire. Nombres: en una pausa desaparecen, entre dos palabras. El sol camina sobre los escombros de lo que digo, el sol arrasa los parajes confusamente apenas amaneciendo en esta página, el sol abre mi frente,                                         balcón al voladero dentro de mí.                             Me alejo de mí mismo, sigo los titubeos de esta frase, senda de piedras y de cabras. Relumbran las palabras en la sombra. Y la negra marea de las sílabas cubre el papel y entierra sus raíces de tinta en el subsuelo del lenguaje. Desde mi frente salgo a un mediodía del tamaño del tiempo. El asalto de siglos del baniano contra la vertical paciencia de la tapia es menos largo que esta momentánea bifurcación del pesamiento entre lo presentido y lo sentido. Ni allá ni aquí: por esa linde de duda, transitada sólo por espejeos y vislumbres, donde el lenguaje se desdice, voy al encuentro de mí mismo. La hora es bola de cristal. Entro en un patio abandonado: aparición de un fresno. Verdes exclamaciones del viento entre las ramas. Del otro lado está el vacío. Patio inconcluso, amenazado por la escritura y sus incertidumbres. Ando entre las imágenes de un ojo desmemoriado. Soy una de sus imágenes. El fresno, sinuosa llama líquida, es un rumor que se levanta hasta volverse torre hablante. Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos que luego copian las mitologías. Adobes, cal y tiempo: entre ser y no ser los pardos muros. Infinitesimales prodigios en sus grietas: el hongo duende, vegetal Mitrídates, la lagartija y sus exhalaciones. Estoy dentro del ojo: el pozo donde desde el principio un niño está cayendo, el pozo donde cuento lo que tardo en caer desde el principio, el pozo de la cuenta de mi cuento por donde sube el agua y baja mi sombra.                         El patio, el muro, el fresno, el pozo en una claridad en forma de laguna se desvanecen. Crece en sus orillas una vegetación de transparencias. Rima feliz de montes y edificios, se desdobla el paisaje en el abstracto espejo de la arquitectura. Apenas dibujada, suerte de coma horizontal (-) entre el cielo y la tierra, una piragua solitaria. Las olas hablan nahua. Cruza un signo volante las alturas. Tal vez es una fecha, conjunción de destinos: el haz de cañas, prefiguración del brasero. El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre ¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte? La luz poniente se demora, alza sobre la alfombra simétricos incendios, vuelve llama quimérica este volumen lacre que hojeo (estampas: los volcanes, los cúes y, tendido, manto de plumas sobre el agua, Tenochtitlán todo empapado en sangre). Los libros del estante son ya brasas que el sol atiza con sus manos rojas. Se rebela el lápiz a seguir el dictado. En la escritura que la nombra se eclipsa la laguna. Doblo la hoja. Cuchicheos: me espían entre los follajes de las letras.                           Un charco es mi memoria. Lodoso espejo: ¿dónde estuve? Sin piedad y sin cólera mis ojos me miran a los ojos desde las aguas turbias de ese charco que convocan ahora mis palabras. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, No un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo. Espejo de palabras: ¿dónde estuve? Mis palabras me miran desde el charco de mi memoria. Brillan, entre enramadas de reflejos, nubes varadas y burbujas, sobre un fondo del ocre al brasilado, las sílabas de agua. Ondulación de sombras, visos, ecos, no escritura de signos: de rumores. Mis ojos tienen sed. El charco es senequista: el agua, aunque potable, no se bebe: se lee. Al sol del altiplano se evaporan los charcos. Queda un polvo desleal y unos cuantos vestigios intestados. ¿Dónde estuve?                                   Yo estoy en donde estuve: entre los muros indecisos del mismo patio de palabras. Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl, batallas en el Oxus o en la barda con Ernesto y Guillermo. La mil hojas, verdinegra escultura del murmullo, jaula del sol y la centella breve del chupamirto: la higuera primordial, capilla vegetal de rituales polimorfos, diversos y perversos. Revelaciones y abominaciones: el cuerpo y sus lenguajes entretejidos, nudo de fantasmas palpados por el pensamiento y por el tacto disipados, argolla de la sangre, idea fija en mi frente clavada. El deseo es señor de espectros, somos enredaderas de aire en árboles de viento, manto de llamas inventado y devorado por la llama. La hendedura del tronco: **** sello, pasaje serpentino cerrado al sol y a mis miradas, abierto a las hormigas. La hendedura fue pórtico del más allá de lo mirado y lo pensado: allá dentro son verdes las mareas, la sangre es verde, el fuego verde, entre las yerbas negras arden estrellas verdes: es la música verde de los élitros en la prístina noche de la higuera; -allá dentro son ojos las yemas de los dedos, el tacto mira, palpan las miradas, los ojos oyen los olores; -allá dentro es afuera, es todas partes y ninguna parte, las cosas son las mismas y son otras, encarcelado en un icosaedro hay un insecto tejedor de música y hay otro insecto que desteje los silogismos que la araña teje colgada de los hilos de la luna; -allá dentro el espacio en una mano abierta y una frente que no piensa ideas sino formas que respiran, caminan, hablan, cambian y silenciosamente se evaporan; -allá dentro, país de entretejidos ecos, se despeña la luz, lenta cascada, entre los labios de las grietas: la luz es agua, el agua tiempo diáfano donde los ojos lavan sus imágenes; -allá dentro los cables del deseo fingen eternidades de un segundo que la mental corriente eléctrica enciende, apaga, enciende, resurrecciones llameantes del alfabeto calcinado; -no hay escuela allá dentro, siempre es el mismo día, la misma noche siempre, no han inventado el tiempo todavía, no ha envejecido el sol, esta nieve es idéntica a la yerba, siempre y nunca es lo mismo, nunca ha llovido y llueve siempre, todo está siendo y nunca ha sido, pueblo sin nombre de las sensaciones, nombres que buscan cuerpo, impías transparencias, jaulas de claridad donde se anulan la identidad entre sus semejanzas, la diferencia en sus contradicciones. La higuera, sus falacias y su sabiduría: prodigios de la tierra -fidedignos, puntuales, redundantes- y la conversación con los espectros. Aprendizajes con la higuera: hablar con vivos y con muertos. También conmigo mismo.                                                     La procesión del año: cambios que son repeticiones. El paso de las horas y su peso. La madrugada: más que luz, un vaho de claridad cambiada en gotas grávidas sobre los vidrios y las hojas: el mundo se atenúa en esas oscilantes geometrías hasta volverse el filo de un reflejo. Brota el día, prorrumpe entre las hojas gira sobre sí mismo y de la vacuidad en que se precipita surge, otra vez corpóreo. El tiempo es luz filtrada. Revienta el fruto ***** en encarnada florescencia, la rota rama escurre savia lechosa y acre. Metamorfosis de la higuera: si el otoño la quema, su luz la transfigura. Por los espacios diáfanos se eleva descarnada virgen negra. El cielo es giratorio lapizlázuli:           viran au ralenti, sus continentes, insubstanciales geografías. Llamas entre las nieves de las nubes. La tarde más y más es miel quemada. Derrumbe silencioso de horizontes: la luz se precipita de las cumbres, la sombra se derrama por el llano. A la luz de la lámpara -la noche ya dueña de la casa y el fantasma de mi abuelo ya dueño de la noche- yo penetraba en el silencio, cuerpo sin cuerpo, tiempo sin horas. Cada noche, máquinas transparentes del delirio, dentro de mí los libros levantaban arquitecturas sobre una sima edificadas. Las alza un soplo del espíritu, un parpadeo las deshace. Yo junté leña con los otros y lloré con el humo de la pira del domador de potros; vagué por la arboleda navegante que arrastra el Tajo turbiamente verde: la líquida espesura se encrespaba tras de la fugitiva Galatea; vi en racimos las sombras agolpadas para beber la sangre de la zanja: mejor quebrar terrones por la ración de perro del labrador avaro que regir las naciones pálidas de los muertos; tuve sed, vi demonios en el Gobi; en la gruta nadé con la sirena (y después, en el sueño purgativo, fendendo i drappi, e mostravami'l ventre, quel mí svegliò col puzzo che n'nuscia); grabé sobre mi tumba imaginaria: no muevas esta lápida, soy rico sólo en huesos; aquellas memorables pecosas peras encontradas en la cesta verbal de Villaurrutia; Carlos Garrote, eterno medio hermano, Dios te salve, me dijo al derribarme y era, por los espejos del insomnio repetido, yo mismo el que me hería; Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo; y los libros marcados por las armas de Príapo, leídos en las tardes diluviales el cuerpo tenso, la mirada intensa. Nombres anclados en el golfo de mi frente: yo escribo porque el druida, bajo el rumor de sílabas del himno, encina bien plantada en una página, me dio el gajo de muérdago, el conjuro que hace brotar palabras de la peña. Los nombres acumulan sus imágenes. Las imágenes acumulan sus gaseosas, conjeturales confederaciones. Nubes y nubes, fantasmal galope de las nubes sobre las crestas de mi memoria. Adolescencia, país de nubes.                             Casa grande, encallada en un tiempo azolvado. La plaza, los árboles enormes donde anidaba el sol, la iglesia enana -su torre les llegaba a las rodillas pero su doble lengua de metal a los difuntos despertaba. Bajo la arcada, en garbas militares, las cañas, lanzas verdes, carabinas de azúcar; en el portal, el tendejón magenta: frescor de agua en penumbra, ancestrales petates, luz trenzada, y sobre el zinc del mostrador, diminutos planetas desprendidos del árbol meridiano, los tejocotes y las mandarinas, amarillos montones de dulzura. Giran los años en la plaza, rueda de Santa Catalina, y no se mueven.                                 Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos, habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien. También me dieron pan, me dieron tiempo, claros en los recodos de los días, remansos para estar solo conmigo. Niño entre adultos taciturnos y sus terribles niñerías, niño por los pasillos de altas puertas, habitaciones con retratos, crepusculares cofradías de los ausentes, niño sobreviviente de los espejos sin memoria y su pueblo de viento: el tiempo y sus encarnaciones resuelto en simulacros de reflejos. En mi casa los muertos eran más que los vivos. Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día. Los fresnos me enseñaron, bajo la lluvia, la paciencia, a cantar cara al viento vehemente. Virgen somnílocua, una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.) Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos. Yo nunca pude hablar con él. Lo encuentro ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos. Hablamos siempre de otras cosas. Mientras la casa se desmoronaba yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza entre escombros anónimos.                                                 Días como una frente libre, un libro abierto. No me multiplicaron los espejos codiciosos que vuelven cosas los hombres, número las cosas: ni mando ni ganancia. La santidad tampoco: el cielo para mí pronto fue un cielo deshabitado, una hermosura hueca y adorable. Presencia suficiente, cambiante: el tiempo y sus epifanías. No me habló dios entre las nubes: entre las hojas de la higuera me habló el cuerpo, los cuerpos de mi cuerpo. Encarnaciones instantáneas: tarde lavada por la lluvia, luz recién salida del agua, el vaho femenino de las plantas piel a mi piel pegada: ¡súcubo! -como si al fin el tiempo coincidiese consigo mismo y yo con él, como si el tiempo y sus dos tiempos fuesen un solo tiempo que ya no fuese tiempo, un tiempo donde siempre es ahora y a todas horas siempre, como si yo y mi doble fuesen uno y yo no fuese ya. Granada de la hora: bebí sol, comí tiempo. Dedos de luz abrían los follajes. Zumbar de abejas en mi sangre: el blanco advenimiento. Me arrojó la descarga a la orilla más sola. Fui un extraño entre las vastas ruinas de la tarde. Vértigo abstracto: hablé conmigo, fui doble, el tiempo se rompió. Atónita en lo alto del minuto la carne se hace verbo -y el verbo se despeña. Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal. Secreto a voces y también secreto vacío, sin nada adentro: no hay muertos, sólo hay muerte, madre nuestra. Lo sabía el azteca, lo adivinaba el griego: el agua es fuego y en su tránsito nosotros somos sólo llamaradas. La muerte es madre de las formas… El sonido, bastón de ciego del sentido: escribo muerte y vivo en ella por un instante. Habito su sonido: es un cubo neumático de vidrio, vibra sobre esta página, desaparece entre sus ecos. Paisajes de palabras: los despueblan mis ojos al leerlos. No importa: los propagan mis oídos. Brotan allá, en las zonas indecisas del lenguaje, palustres poblaciones. Son criaturas anfibias, con palabras. Pasan de un elemento a otro, se bañan en el fuego, reposan en el aire. Están del otro lado. No las oigo, ¿qué dicen? No dicen: hablan, hablan.                                 Salto de un cuento a otro por un puente colgante de once sílabas. Un cuerpo vivo aunque intangible el aire, en todas partes siempre y en ninguna. Duerme con los ojos abiertos, se acuesta entre las yerbas y amanece rocío, se persigue a sí mismo y habla solo en los túneles, es un tornillo que perfora montes, nadador en la mar brava del fuego es invisible surtidor de ayes levanta a pulso dos océanos, anda perdido por las calles palabra en pena en busca de sentido, aire que se disipa en aire. ¿Y para qué digo todo esto? Para decir que en pleno mediodía el aire se poblaba de fantasmas, sol acuñado en alas, ingrávidas monedas, mariposas. Anochecer. En la terraza oficiaba la luna silenciaria. La cabeza de muerto, mensajera de las ánimas, la fascinante fascinada por las camelias y la luz eléctrica, sobre nuestras cabezas era un revoloteo de conjuros opacos. ¡Mátala! gritaban las mujeres y la quemaban como bruja. Después, con un suspiro feroz, se santiguaban. Luz esparcida, Psiquis…                                   ¿Hay mensajeros? Sí, cuerpo tatuado de señales es el espacio, el aire es invisible tejido de llamadas y respuestas. Animales y cosas se hacen lenguas, a través de nosotros habla consigo mismo el universo. Somos un fragmento -pero cabal en su inacabamiento- de su discurso. Solipsismo coherente y vacío: desde el principio del principio ¿qué dice? Dice que nos dice. Se lo dice a sí mismo. Oh madness of discourse, that cause sets up with and against itself! Desde lo alto del minuto despeñado en la tarde plantas fanerógamas me descubrió la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje. El universo habla solo pero los hombres hablan con los hombres: hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio: el corral de los juegos era historia y era historia jugar a morir juntos. La polvareda, el grito, la caída: algarabía, no discurso. En el vaivén errante de las cosas, por las revoluciones de las formas y de los tiempos arrastradas, cada una pelea con las otras, cada una se alza, ciega, contra sí misma. Así, según la hora cae desen- lazada, su injusticia pagan. (Anaximandro.) La injusticia de ser: las cosas sufren unas con otras y consigo mismas por ser un querer más, siempre ser más que más. Ser tiempo es la condena, nuestra pena es la historia. Pero también es el lug
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There is a motionless tree there is another that moves forward a river of trees pounds at my chest The green swell of good fortune You are dressed in red you are the seal of the burning year carnal firebrand star of fruit I eat the sun in you The hour rests on a chasm of clarities The birds are a handful of shadows their beaks build the night their wings sustain the day Rooted at the light's peak between stability and vertigo you are the diaphanous balance.
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There is a motionless tree
Salamandra                         (negra armadura viste el fuego) calorífero de combustión lenta entre las fauces de la chimenea -o mármol o ladrillo-                                           tortuga estática o agazapado guerrero japonés y una u otro                       -el martirio es reposo - impasible en la tortura.                                             Salamandra nombre antiguo del fuego y antídoto antiguo contra el fuego y desollada planta sobre brasas amiante amante amianto Salamandra                         en la ciudad abstracta entre geometrías vertigiosas -vidrio cemento piedra hierro- formidables quimeras levantadas por el cálculo multiplicadas por el lucro al flanco del muro anónimo amapola súbita                               Salamandra garra amarilla                             roja escritura en la pared de sal                                   garra de sol sobre el montón de huesos Salamandra                         estrella caída en el sinfín del ópalo sangriento sepultada bajo los párpados del sílex niña perdida en el túnel del ónix en los círculos del basalto enterrada semilla                                   grano de energía dormida en la médula del granito Salamandra                       niña dinametera en el pecho azul y ***** del hierro estallas como un sol te abres como una herida hablas como una fuente Salamandra                         espiga hija del fuego espíritu del fuego condensación de la sangre sublimación de la sangre evaporación de la sangre Salamandra de aire la roca es llama                               la llama es humo vapor rojo                   recta plegaria alta palabra de alabanza exclamación                       corona de incendio en la testa del himno reina escarlata (y muchacha de medias moradas corriendo despeinada por el bosque) Salamandra                       animal taciturno ***** paño de lágrimas de azufre (Un húmedo verano entre las baldosas desunidas de un patio petrificado por la luna oí vibrar tu cola cilíndrica) Salamandra caucásica en la espalda cenicienta de la peña aparece y desaparece breve y negra lengüeta moteada de azafrán                           Salamandra bicho ***** y brillante escalofrío del musgo devorador de insectos heraldo diminuto del chubasco y familiar de la centella (Fecundación interna reproducción ovípara las crías viven en el agua ya adultas nadan con torpeza) Salamandra Puente colgante entre las eras puente de sangre fría eje del movimiento (Los cambios de la alpina la especie más esbelta se cumplen en el claustro de la madre Entre los huevecillos se logran dos apenas y hasta el alumbramiento medran los embriones en un caldo nutricio la masa fraternal de huevos abortados) La salamandra española montañesa negra y roja No late el sol clavado en la mitad del cielo no respira no comienza la vida sin la sangre sin la brasa del sacrificio no se mueve la rueda de los días Xólotl se niega a consumirse se escondió en el maíz pero lo hallaron se escondió en el maguey pero lo hallaron cayó en el agua y fue el pez axólotl el dos-seres                         y "luego lo mataron" Comenzó el movimiento anduvo el mundo la procesión de fechas y de nombres Xólotl el perro guía del infierno el que desenterró los huesos de los padres el que coció los huesos en la olla el que encendió la lumbre de los años el hacedor de hombres Xólotl el penitente el ojo reventado que llora por nosotros Xólotl la larva de la mariposa del doble de la Estrella el caracol marino la otra cara del Señor de la Aurora Xólotl el ajolote                             Salamandra dardo solar                     lámpara de la luna columna del mediodía nombre de mujer balanza de la noche. (El infinito peso de la luz un adarme de sombra en tus pestañas) Salamandra                       llama negra heliotropo                     sol tú misma y luna siempre en torno de ti misma granada que se abre cada noche astro fijo en la frente del cielo y latido del mar y luz ya quieta mente sobre el vaivén del mar abierta Salamandria saurio de unos ocho centímetros vive en las grietas y es color de polvo Salamandra de tierra y de agua piedra verde en la boca de los muertos piedra de encarnación piedra de lumbre sudor de la tierra sal llameante y quemante sal de la destrucción y máscara de cal que consume los rostros Salamandra de aire y de fuego avispero de soles roja palabra del principio La salamandra es un lagarto su lengua termina en un dardo su cola termina en un dardo Es inasible Es indecible reposa sobre brasas reina sobre tizones Si en la llama se esculpe su monumento incendia. El fuego es su pasión es su paciencia Salamadre                           Aguamadre
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Salamandra
Salamandra                         (negra armadura viste el fuego) calorífero de combustión lenta entre las fauces de la chimenea -o mármol o ladrillo-                                           tortuga estática o agazapado guerrero japonés y una u otro                       -el martirio es reposo - impasible en la tortura.                                             Salamandra nombre antiguo del fuego y antídoto antiguo contra el fuego y desollada planta sobre brasas amiante amante amianto Salamandra                         en la ciudad abstracta entre geometrías vertigiosas -vidrio cemento piedra hierro- formidables quimeras levantadas por el cálculo multiplicadas por el lucro al flanco del muro anónimo amapola súbita                               Salamandra garra amarilla                             roja escritura en la pared de sal                                   garra de sol sobre el montón de huesos Salamandra                         estrella caída en el sinfín del ópalo sangriento sepultada bajo los párpados del sílex niña perdida en el túnel del ónix en los círculos del basalto enterrada semilla                                   grano de energía dormida en la médula del granito Salamandra                       niña dinametera en el pecho azul y ***** del hierro estallas como un sol te abres como una herida hablas como una fuente Salamandra                         espiga hija del fuego espíritu del fuego condensación de la sangre sublimación de la sangre evaporación de la sangre Salamandra de aire la roca es llama                               la llama es humo vapor rojo                   recta plegaria alta palabra de alabanza exclamación                       corona de incendio en la testa del himno reina escarlata (y muchacha de medias moradas corriendo despeinada por el bosque) Salamandra                       animal taciturno ***** paño de lágrimas de azufre (Un húmedo verano entre las baldosas desunidas de un patio petrificado por la luna oí vibrar tu cola cilíndrica) Salamandra caucásica en la espalda cenicienta de la peña aparece y desaparece breve y negra lengüeta moteada de azafrán                           Salamandra bicho ***** y brillante escalofrío del musgo devorador de insectos heraldo diminuto del chubasco y familiar de la centella (Fecundación interna reproducción ovípara las crías viven en el agua ya adultas nadan con torpeza) Salamandra Puente colgante entre las eras puente de sangre fría eje del movimiento (Los cambios de la alpina la especie más esbelta se cumplen en el claustro de la madre Entre los huevecillos se logran dos apenas y hasta el alumbramiento medran los embriones en un caldo nutricio la masa fraternal de huevos abortados) La salamandra española montañesa negra y roja No late el sol clavado en la mitad del cielo no respira no comienza la vida sin la sangre sin la brasa del sacrificio no se mueve la rueda de los días Xólotl se niega a consumirse se escondió en el maíz pero lo hallaron se escondió en el maguey pero lo hallaron cayó en el agua y fue el pez axólotl el dos-seres                         y "luego lo mataron" Comenzó el movimiento anduvo el mundo la procesión de fechas y de nombres Xólotl el perro guía del infierno el que desenterró los huesos de los padres el que coció los huesos en la olla el que encendió la lumbre de los años el hacedor de hombres Xólotl el penitente el ojo reventado que llora por nosotros Xólotl la larva de la mariposa del doble de la Estrella el caracol marino la otra cara del Señor de la Aurora Xólotl el ajolote                             Salamandra dardo solar                     lámpara de la luna columna del mediodía nombre de mujer balanza de la noche. (El infinito peso de la luz un adarme de sombra en tus pestañas) Salamandra                       llama negra heliotropo                     sol tú misma y luna siempre en torno de ti misma granada que se abre cada noche astro fijo en la frente del cielo y latido del mar y luz ya quieta mente sobre el vaivén del mar abierta Salamandria saurio de unos ocho centímetros vive en las grietas y es color de polvo Salamandra de tierra y de agua piedra verde en la boca de los muertos piedra de encarnación piedra de lumbre sudor de la tierra sal llameante y quemante sal de la destrucción y máscara de cal que consume los rostros Salamandra de aire y de fuego avispero de soles roja palabra del principio La salamandra es un lagarto su lengua termina en un dardo su cola termina en un dardo Es inasible Es indecible reposa sobre brasas reina sobre tizones Si en la llama se esculpe su monumento incendia. El fuego es su pasión es su paciencia Salamadre                           Aguamadre
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