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León de Greiff
Colombian
Vano el motivo desta prosa: nada... Cosas de todo día. Sucesos banales. Gente necia, local y chata y roma. Gran tráfico en el marco de la plaza. Chismes. Catolicismo. Y una total inopia en los cerebros... Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza.
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Villa de la candelaria
Yo, Beremundo el Lelo, surqué todas las rutas y probé todos los mesteres. Singlando a la deriva, no en orden cronológico ni lógico -en sin orden- narraré mis periplos, diré de los empleos con que nutrí mis ocios, distraje mi hacer nada y enriquecí mi hastío...; -hay de ellos otros que me callo-: Catedrático fui de teosofía y eutrapelia, gimnopedia y teogonía y pansofística en Plafagonia; barequero en el Porce y el Tigüí, huaquero en el Quindío, amansador mansueto -no en desuetud aún- de muletos cerriles y de onagros, no sé dónde; palaciego proto-Maestre de Ceremonias de Wilfredo el Velloso, de Cunegunda ídem de ídem e ibídem -en femenino- e ídem de ídem de Epila Calunga y de Efestión -alejandrino- el Glabro; desfacedor de entuertos, tuertos y malfetrías, y de ellos y ellas facedor; domeñador de endriagos, unicornios, minotauros, quimeras y licornas y dragones... y de la Gran Bestia. Fui, de Sind-bad, marinero; pastor de cabras en Sicilia si de cabriolas en Silesia, de cerdas en Cerdeña y -claro- de corzas en Córcega; halconero mayor, primer alcotanero de Enguerrando Segundo -el de la Tour-Miracle-; castrador de colmenas, y no de Casanovas, en el Véneto, ni de Abelardos por el Sequana; pajecillo de altivas Damas y ariscas Damas y fogosas, en sus castillos y de pecheras -¡y cuánto!- en sus posadas y mesones -yo me era Gerineldos de todellas y trovador trovadorante y adorante; como fui tañedor de chirimía por fiestas candelarias, carbonero con Gustavo Wasa en Dalecarlia, bucinator del Barca Aníbal y de Scipión el Africano y Masinisa, piloto de Erik el Rojo hasta Vinlandia, y corneta de un escuadrón de coraceros de Westmannlandia que cargó al lado del Rey de Hielo -con él pasé a difunto- y en la primera de Lutzen. Fui preceptor de Diógenes, llamado malamente el Cínico: huésped de su tonel, además, y portador de su linterna; condiscípulo y émulo de Baco Dionisos Enófilo, llamado buenamente el Báquico -y el Dionisíaco, de juro-. Fui discípulo de Gautama, no tan aprovechado: resulté mal budista, si asaz contemplativo. Hice de peluquero esquilador siempre al servicio de la gentil Dalilah, (veces para Sansón, que iba ya para calvo, y -otras- depilador de sus de ella óptimas partes) y de maestro de danzar y de besar de Salomé: no era el plato de argento, mas sí de litargirio sus caderas y muslos y de azogue también su vientre auri-rizado; de Judith de Betulia fui confidente y ni infidente, y -con derecho a sucesión- teniente y no lugarteniente de Holofernes no Enófobo (ni enófobos Judith ni yo, si con mesura, cautos). Fui entrenador (no estrenador) de Aspasia y Mesalina y de Popea y de María de Mágdalo e Inés Sorel, y marmitón y pinche de cocina de Gargantúa -Pantagruel era huésped no nada nominal: ya suficientemente pantagruélico-. Fui fabricante de batutas, quebrador de hemistiquios, requebrador de Eustaquias, y tratante en viragos y en sáficas -algunas de ellas adónicas- y en pínnicas -una de ellas super-fémina-: la dejé para mí, si luego ancló en casorio. A la rayuela jugué con Fulvia; antes, con Palamedes, axedrez, y, en época vecina, con Philidor, a los escaques; y, a las damas, con Damas de alto y bajo coturno -manera de decir: que para el juego en litis las Damas suelen ir descalzas y se eliden las calzas y sustentadores -no funcionales- en las Damas y las calzas en los varones. Tañí el rabel o la viola de amor -casa de Bach, búrguesa- en la primicia de La Cantata del Café (pre-estreno, en familia protestante, privado). Le piqué caña jorobeta al caballo de Atila -que era un morcillo de prócer alzada: me refiero al corcel-; cambié ideas, a la par, con Incitato, Cónsul de Calígula, y con Babieca, -que andaba en Babia-, dándole prima fui zapatero de viejo de Berta la del gran pie (buen pie, mejor coyuntura), de la Reina Patoja ortopedista; y hortelano y miniaturista de Pepino el Breve, y copero mayor faraónico de Pepe Botellas, interino, y porta-capas del Pepe Bellotas de la esposa de Putifar. Viajé con Julio Verne y Odiseo, Magallanes y Pigafetta, Salgan, Leo e Ibn-Batuta, con Melville y Stevenson, Fernando González y Conrad y Sir John de Mandeville y Marco Polo, y sólo, sin De Maistre, alredor de mi biblioteca, de mi oploteca, mi mecanoteca y mi pinacoteca. Viajé también en tomo de mí mismo: asno a la vez que noria. Fui degollado en la de San Bartolomé (post facto): secundaba a La Môle: Margarita de Valois no era total, íntegramente pelirroja -y no porque de noche todos los gatos son pardos...: la leoparda, las tres veces internas, íntimas, peli-endrina, Margarita, Margotón, Margot, la casqui-fulva...- No estuve en la nea nao -arcaica- de Noé, por manera -por ventura, otrosí- que no fui la paloma ni la medusa de esa almadía: mas sí tuve a mi encargo la selección de los racimos de sus viñedos, al pie del Ararat, al post-Diluvio, yo, Beremundo el Lelo. Fui topógrafo ad-hoc entre El Cangrejo y Purcoy Niverengo, (y ad-ínterim, administré la zona bolombólica: mucho de anís, mucho de Rosas del Cauca, versos de vez en cuando), y fui remero -el segundo a babor- de la canoa, de la piragua La Margarita (criolla), que navegó fluvial entre Comiá, La Herradura, El Morito, con cargamentos de contrabando: blancas y endrinas de Guaca, Titiribí y Amagá, y destilados de Concordia y Betulia y de Urrao... ¡Urrao! ¡Urrao! (hasta hace poco lo diríamos con harta mayor razón y con aquese y este júbilos). Tras de remero de bajel -y piloto- pasé a condueño, co-editor, co-autor (no Coadjutor... ¡ni de Retz!) en asocio de Matías Aldecoa, vascuence, (y de un tal Gaspar von der Nacht) de un Libraco o Librículo de pseudo-poemas de otro quídam; exploré la región de Zuyaxiwevo con Sergio Stepánovich Stepansky, lobo de donde se infiere, y, en más, ario. Fui consejero áulico de Bogislao, en la corte margravina de Xa-Netupiromba y en la de Aglaya crisostómica, óptima circezuela, traidorcilla; tañedor de laúd, otra vez, y de viola de gamba y de recorder, de sacabuche, otrosí (de dulzaina - otronó) y en casaciones y serenatas y albadas muy especializado. No es cierto que yo fuera -es impostura- revendedor de bulas (y de mulas) y tragador defuego y engullidor de sables y bufón en las ferias pero sí platiqué (también) con el asno de Buridán y Buridán, y con la mula de Balaám y Balaám, con Rocinante y Clavileño y con el Rucio -y el Manco y Sancho y don Quijote- y trafiqué en ultramarinos: ¡qué calamares -en su tinta-!, ¡qué Anisados de Guarne!, ¡qué Rones de Jamaica!, ¡qué Vodkas de Kazán!, ¡qué Tequilas de México!, ¡qué Néctares de Heliconia! ¡Morcillas de Itagüí! ¡Torreznos de Envigado! ¡Chorizos de los Ballkanes! ¡Qué Butifarras cataláunicas! Estuve en Narva y en Pultawa y en las Queseras del Medio, en Chorros Blancos y en El Santuario de Córdova, y casi en la de San Quintín (como pugnaban en el mismo bando no combatí junto a Egmont por no estar cerca al de Alba; a Cayetana sí le anduve cerca tiempo después: preguntádselo a Goya); no llegué a tiempo a Waterloo: me distraje en la ruta con Ida de Saint-Elme, Elselina Vanayl de Yongh, viuda del Grande Ejército (desde antaño... más tarde) y por entonces y desde años antes bravo Edecán de Ney-: Ayudante de Campo... de plumas, gongorino. No estuve en Capua, pero ya me supongo sus mentadas delicias. Fabriqué clavicémbalos y espinetas, restauré virginales, reparé Stradivarius falsos y Guarnerius apócrifos y Amatis quasi Amatis. Cincelé empuñaduras de dagas y verduguillos, en el obrador de Benvenuto, y escriños y joyeles y guardapelos ad-usum de Cardenales y de las Cardenalesas. Vendí Biblias en el Sinú, con De la Rosa, Borelly y el ex-pastor Antolín. Fui catador de tequila (debuté en Tapachula y ad-látere de Ciro el Ofiuco) y en México y Amecameca, y de mezcal en Teotihuacán y Cuernavaca, de Pisco-sauer en Lima de los Reyes, y de otros piscolabis y filtros muy antes y después y por Aná del Aburrá, y doquiérase con El Tarasco y una legión de Bacos Dionisos, pares entre Pares. Vagué y vagué si divagué por las mesillas del café nocharniego, Mil Noches y otra Noche con el Mago de lápiz buido y de la voz asordinada. Antes, muy antes, bebí con él, con Emmanuel y don Efe y Carrasca, con Tisaza y Xovica y Mexía y los otros Panidas. Después..., ahora..., mejor no meneallo y sí escanciallo y persistir en ello... Dicté un curso de Cabalística y otro de Pan-Hermética y un tercero de Heráldica, fuera de los cursillos de verano de las literaturas bereberes -comparadas-. Fui catalogador protonotario en jefe de la Magna Biblioteca de Ebenezer el Sefardita, y -en segundo- de la Mínima Discoteca del quídam en referencia de suso: no tenía aún las Diabelli si era ya dueño de las Goldberg; no poseía completa la Inconclusa ni inconclusa la Décima (aquestas Sinfonías, Variaciones aquesas: y casi que todello -en altísimo rango- tan Variaciones Alredor de Nada). Corregí pruebas (y dislates) de tres docenas de sota-poetas -o similares- (de los que hinchen gacetilleros a toma y daca). Fui probador de calzas -¿prietas?: ceñidas, sí, en todo caso- de Diana de Meridor y de justillos, que así veníanle, de estar atán bien provista y atán rebién dotada -como sabíalo también y así de bien Bussy d'Amboise-. Temperé virginales -ya restaurados-, y clavecines, si no como Isabel, y aunque no tan baqueano como ése de Eisenach, arroyo-Océano. Soplé el ***** bufón, con tal cual incongruencia, sin ni tal cual donaire. No aporreé el bombo, empero, ni entrechoqué los címbalos. Les saqué puntas y les puse ribetes y garambainas a los vocablos, cuando diérame por la Semasiología, cierta vez, en la Sorbona de Abdera, sita por Babia, al pie de los de Úbeda, que serán cerros si no valen por Monserrates, sin cencerros. Perseveré harto poco en la Semántica -por esa vez-, si, luego retorné a la andadas, pero a la diabla, en broma: semanto-semasiólogo tarambana pillín pirueteante. Quien pugnó en Dénnevitz con Ney, el peli-fulvo no fui yo: lo fue mi bisabuelo el Capitán...; y fue mi tatarabuelo quien apresó a Gustavo Cuarto: pero sí estuve yo en la Retirada de los Diez Mil -era yo el Siete Mil Setecientos y Setenta y Siete, precisamente-: releed, si dudaislo, el Anábasis. Fui celador intocable de la Casa de Tócame-Roque, -si ignoré cuyo el Roque sería-, y de la Casa del Gato-que-pelotea; le busqué tres pies al gato con botas, que ya tenía siete vidas y logré dar con siete autores en busca de un personaje -como quien dice Los Siete contra Tebas: ¡pobre Tebas!-, y ya es jugar bastante con el siete. No pude dar con la cuadratura del círculo, que -por lo demás- para nada hace falta, mas topé y en el Cuarto de San Alejo, con la palanca de Arquimedes y con la espada de Damocles, ambas a dos, y a cual más, tomadas del orín y con más moho que las ideas de yo si sé quién mas no lo digo: púsome en aprietos tal doble hallazgo; por más que dije: ¡Eureka! ...: la palanca ya no servía ni para levantar un falso testimonio, y tuve que encargarme de tener siempre en suspenso y sobre mí la espada susodicha. Se me extravió el anillo de Saturno, mas no el de Giges ni menos el de Hans Carvel; no sé qué se me ficieron los Infantes de Aragón y las Nieves de Antaño y el *** de Androcles y la Balanza del buen Shylock: deben estar por ahí con la Linterna de Diógenes: -¿mas cómo hallarlos sin la linterna? No saqué el pecho fuera, ni he sido nunca el Tajo, ni me di cuenta del lío de Florinda, ni de por qué el Tajo el pecho fuera le sacaba a la Cava, pero sí vi al otro don Rodrigo en la Horca. Pinté muestras de posadas y mesones y ventas y paradores y pulquerías en Veracruz y Tamalameque y Cancán y Talara, y de riendas de abarrotes en Cartagena de Indias, con Tisaza-, si no desnarigué al de Heredia ni a López **** tuerto -que era bizco-. Pastoreé (otra vez) el Rebaño de las Pléyades y resultaron ser -todellas, una a una- ¡qué capretinas locas! Fui aceitero de la alcuza favorita del Padre de los Búhos Estáticos: -era un Búho Sofista, socarrón soslayado, bululador mixtificante-. Regí el vestier de gala de los Pingüinos Peripatéticos, (precursores de Brummel y del barón d'Orsay, por fuera de filósofos, filosofículos, filosofantes dromomaníacos) y apacenté el Bestiario de Orfeo (delegatario de Apollinaire), yo, Beremundo el Lelo. Nada tuve que ver con el asesinato de la hija del corso adónico Sebastiani ni con ella (digo como pesquisidor, pesquisante o pesquisa) si bien asesoré a Edgar Allan Poe como entomólogo, cuando El Escarabajo de Oro, y en su investigación del Doble Asesinato de la Rue Morgue, ya como experto en huellas dactilares o quier digitalinas. Alguna vez me dio por beberme los vientos o por pugnar con ellos -como Carolus Baldelarius- y por tomar a las o las de Villadiego o a las sus calzas: aquesas me resultaron harto potables -ya sin calzas-; ellos, de mucho volumen y de asaz poco cuerpo (si asimilados a líquidos, si como justadores). Gocé de pingües canonjías en el reinado del bonachón de Dagoberto, de opíparas prebendas, encomiendas, capellanías y granjerías en el del Rey de los Dipsodas, y de dulce privanza en el de doña Urraca (que no es la Gazza Ladra de Rossini, si fuéralo de corazones o de amantes o favoritos o privados o martelos). Fui muy alto cantor, como bajo cantante, en la Capilla de los Serapiones (donde no se sopranizaba...); conservador, conservador -pero poco- de Incunables, en la Alejandrina de Panida, (con sucursal en El Globo y filiales en el Cuarto del Búho). Hice de Gaspar Hauser por diez y seis hebdémeros y por otras tantas semanas y tres días fui la sombra, la sombra misma que se le extravió a Peter Schlémil. Fui el mozo -mozo de estribo- de la Reina Cristina de Suecia y en ciertas ocasiones también el de Ebba Sparre. Fui el mozo -mozo de estoques- de la Duquesa de Chaumont (que era de armas tomar y de cálida sélvula): con ella pus mi pica en Flandes -sobre holandas-. Fui escriba de Samuel Pepys -¡qué escabroso su Diario!- y sustituto suyo como edecán adjunto de su celosa cónyuge. Y fuí copista de Milton (un poco largo su Paraíso Perdido, magüer perdido en buena parte: le suprimí no pocos Cantos) y a la su vera reencontré mi Paraíso (si el poeta era ciego; -¡qué ojazos los de su Déborah!). Fui traductor de cablegramas del magnífico Jerjes; telefonista de Artajerjes el Tartajoso; locutor de la Esfinge y confidente de su secreto; ventrílocuo de Darío Tercero Codomano el Multilocuo, que hablaba hasta por los codos; altoparlante retransmisor de Eubolio el Mudo, yerno de Tácito y su discípulo y su émulo; caracola del mar océano eólico ecolálico y el intérprete de Luis Segundo el Tartamudo -padre de Carlos el Simple y Rey de Gaula. Hice de andante caballero a la diestra del Invencible Policisne de Beocia y a la siniestra del Campeón olímpico Tirante el Blanco, tirante al blanco: donde ponía el ojo clavaba su virote; y a la zaga de la fogosa Bradamante, guardándole la espalda -manera de decir- y a la vanguardia, mas dándole la cara, de la tierna Marfisa... Fui amanuense al servicio de Ambrosio Calepino y del Tostado y deMatías Aldecoa y del que urdió el Mahabarata; fui -y soylo aún, no zoilo- graduado experto en Lugares Comunes discípulo de Leon Bloy y de quien escribió sobre los Diurnales. Crucigramista interimario, logogrifario ad-valorem y ad-placerem de Cleopatra: cultivador de sus brunos pitones y pastor de sus áspides, y criptogramatista kinesiólogo suyo y de la venus Calipigia, ¡viento en popa a toda vela! Fui tenedor malogrado y aburrido de libros de banca, tenedor del tridente de Neptuno, tenedor de librejos -en los bolsillos del gabán (sin gabán) collinesco-, y de cuadernículos -quier azules- bajo el ala. Sostenedor de tesis y de antítesis y de síntesis sin sustentáculo. Mantenedor -a base de abstinencias- de los Juegos Florales y sostén de los Frutales -leche y miel y cerezas- sin ayuno. Porta-alfanje de Harún-al-Rashid, porta-mandoble de Mandricardo el Mandria, porta-martillo de Carlos Martel, porta-fendiente de Roldán, porta-tajante de Oliveros, porta-gumía de Fierabrás, porta-laaza de Lanzarote (¡ búen Lancelot tan dado a su Ginevra!) y a la del Rey Artús, de la Ca... de la Mesa Redonda...; porta-lámpara de Al-Eddin, el Loca Suerte, y guardián y cerbero de su anillo y del de los Nibelungos: pero nunca guardián de serrallo ni cancerbero ni evirato de harem... Y fui el Quinto de los Tres Mosqueteros (no hay quinto peor) -veinte años después-. Y Faraute de Juan Sin Tierra y fiduciario de
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Relato de los oficios y menesteres de beremundo
Yo, Beremundo el Lelo, surqué todas las rutas y probé todos los mesteres. Singlando a la deriva, no en orden cronológico ni lógico -en sin orden- narraré mis periplos, diré de los empleos con que nutrí mis ocios, distraje mi hacer nada y enriquecí mi hastío...; -hay de ellos otros que me callo-: Catedrático fui de teosofía y eutrapelia, gimnopedia y teogonía y pansofística en Plafagonia; barequero en el Porce y el Tigüí, huaquero en el Quindío, amansador mansueto -no en desuetud aún- de muletos cerriles y de onagros, no sé dónde; palaciego proto-Maestre de Ceremonias de Wilfredo el Velloso, de Cunegunda ídem de ídem e ibídem -en femenino- e ídem de ídem de Epila Calunga y de Efestión -alejandrino- el Glabro; desfacedor de entuertos, tuertos y malfetrías, y de ellos y ellas facedor; domeñador de endriagos, unicornios, minotauros, quimeras y licornas y dragones... y de la Gran Bestia. Fui, de Sind-bad, marinero; pastor de cabras en Sicilia si de cabriolas en Silesia, de cerdas en Cerdeña y -claro- de corzas en Córcega; halconero mayor, primer alcotanero de Enguerrando Segundo -el de la Tour-Miracle-; castrador de colmenas, y no de Casanovas, en el Véneto, ni de Abelardos por el Sequana; pajecillo de altivas Damas y ariscas Damas y fogosas, en sus castillos y de pecheras -¡y cuánto!- en sus posadas y mesones -yo me era Gerineldos de todellas y trovador trovadorante y adorante; como fui tañedor de chirimía por fiestas candelarias, carbonero con Gustavo Wasa en Dalecarlia, bucinator del Barca Aníbal y de Scipión el Africano y Masinisa, piloto de Erik el Rojo hasta Vinlandia, y corneta de un escuadrón de coraceros de Westmannlandia que cargó al lado del Rey de Hielo -con él pasé a difunto- y en la primera de Lutzen. Fui preceptor de Diógenes, llamado malamente el Cínico: huésped de su tonel, además, y portador de su linterna; condiscípulo y émulo de Baco Dionisos Enófilo, llamado buenamente el Báquico -y el Dionisíaco, de juro-. Fui discípulo de Gautama, no tan aprovechado: resulté mal budista, si asaz contemplativo. Hice de peluquero esquilador siempre al servicio de la gentil Dalilah, (veces para Sansón, que iba ya para calvo, y -otras- depilador de sus de ella óptimas partes) y de maestro de danzar y de besar de Salomé: no era el plato de argento, mas sí de litargirio sus caderas y muslos y de azogue también su vientre auri-rizado; de Judith de Betulia fui confidente y ni infidente, y -con derecho a sucesión- teniente y no lugarteniente de Holofernes no Enófobo (ni enófobos Judith ni yo, si con mesura, cautos). Fui entrenador (no estrenador) de Aspasia y Mesalina y de Popea y de María de Mágdalo e Inés Sorel, y marmitón y pinche de cocina de Gargantúa -Pantagruel era huésped no nada nominal: ya suficientemente pantagruélico-. Fui fabricante de batutas, quebrador de hemistiquios, requebrador de Eustaquias, y tratante en viragos y en sáficas -algunas de ellas adónicas- y en pínnicas -una de ellas super-fémina-: la dejé para mí, si luego ancló en casorio. A la rayuela jugué con Fulvia; antes, con Palamedes, axedrez, y, en época vecina, con Philidor, a los escaques; y, a las damas, con Damas de alto y bajo coturno -manera de decir: que para el juego en litis las Damas suelen ir descalzas y se eliden las calzas y sustentadores -no funcionales- en las Damas y las calzas en los varones. Tañí el rabel o la viola de amor -casa de Bach, búrguesa- en la primicia de La Cantata del Café (pre-estreno, en familia protestante, privado). Le piqué caña jorobeta al caballo de Atila -que era un morcillo de prócer alzada: me refiero al corcel-; cambié ideas, a la par, con Incitato, Cónsul de Calígula, y con Babieca, -que andaba en Babia-, dándole prima fui zapatero de viejo de Berta la del gran pie (buen pie, mejor coyuntura), de la Reina Patoja ortopedista; y hortelano y miniaturista de Pepino el Breve, y copero mayor faraónico de Pepe Botellas, interino, y porta-capas del Pepe Bellotas de la esposa de Putifar. Viajé con Julio Verne y Odiseo, Magallanes y Pigafetta, Salgan, Leo e Ibn-Batuta, con Melville y Stevenson, Fernando González y Conrad y Sir John de Mandeville y Marco Polo, y sólo, sin De Maistre, alredor de mi biblioteca, de mi oploteca, mi mecanoteca y mi pinacoteca. Viajé también en tomo de mí mismo: asno a la vez que noria. Fui degollado en la de San Bartolomé (post facto): secundaba a La Môle: Margarita de Valois no era total, íntegramente pelirroja -y no porque de noche todos los gatos son pardos...: la leoparda, las tres veces internas, íntimas, peli-endrina, Margarita, Margotón, Margot, la casqui-fulva...- No estuve en la nea nao -arcaica- de Noé, por manera -por ventura, otrosí- que no fui la paloma ni la medusa de esa almadía: mas sí tuve a mi encargo la selección de los racimos de sus viñedos, al pie del Ararat, al post-Diluvio, yo, Beremundo el Lelo. Fui topógrafo ad-hoc entre El Cangrejo y Purcoy Niverengo, (y ad-ínterim, administré la zona bolombólica: mucho de anís, mucho de Rosas del Cauca, versos de vez en cuando), y fui remero -el segundo a babor- de la canoa, de la piragua La Margarita (criolla), que navegó fluvial entre Comiá, La Herradura, El Morito, con cargamentos de contrabando: blancas y endrinas de Guaca, Titiribí y Amagá, y destilados de Concordia y Betulia y de Urrao... ¡Urrao! ¡Urrao! (hasta hace poco lo diríamos con harta mayor razón y con aquese y este júbilos). Tras de remero de bajel -y piloto- pasé a condueño, co-editor, co-autor (no Coadjutor... ¡ni de Retz!) en asocio de Matías Aldecoa, vascuence, (y de un tal Gaspar von der Nacht) de un Libraco o Librículo de pseudo-poemas de otro quídam; exploré la región de Zuyaxiwevo con Sergio Stepánovich Stepansky, lobo de donde se infiere, y, en más, ario. Fui consejero áulico de Bogislao, en la corte margravina de Xa-Netupiromba y en la de Aglaya crisostómica, óptima circezuela, traidorcilla; tañedor de laúd, otra vez, y de viola de gamba y de recorder, de sacabuche, otrosí (de dulzaina - otronó) y en casaciones y serenatas y albadas muy especializado. No es cierto que yo fuera -es impostura- revendedor de bulas (y de mulas) y tragador defuego y engullidor de sables y bufón en las ferias pero sí platiqué (también) con el asno de Buridán y Buridán, y con la mula de Balaám y Balaám, con Rocinante y Clavileño y con el Rucio -y el Manco y Sancho y don Quijote- y trafiqué en ultramarinos: ¡qué calamares -en su tinta-!, ¡qué Anisados de Guarne!, ¡qué Rones de Jamaica!, ¡qué Vodkas de Kazán!, ¡qué Tequilas de México!, ¡qué Néctares de Heliconia! ¡Morcillas de Itagüí! ¡Torreznos de Envigado! ¡Chorizos de los Ballkanes! ¡Qué Butifarras cataláunicas! Estuve en Narva y en Pultawa y en las Queseras del Medio, en Chorros Blancos y en El Santuario de Córdova, y casi en la de San Quintín (como pugnaban en el mismo bando no combatí junto a Egmont por no estar cerca al de Alba; a Cayetana sí le anduve cerca tiempo después: preguntádselo a Goya); no llegué a tiempo a Waterloo: me distraje en la ruta con Ida de Saint-Elme, Elselina Vanayl de Yongh, viuda del Grande Ejército (desde antaño... más tarde) y por entonces y desde años antes bravo Edecán de Ney-: Ayudante de Campo... de plumas, gongorino. No estuve en Capua, pero ya me supongo sus mentadas delicias. Fabriqué clavicémbalos y espinetas, restauré virginales, reparé Stradivarius falsos y Guarnerius apócrifos y Amatis quasi Amatis. Cincelé empuñaduras de dagas y verduguillos, en el obrador de Benvenuto, y escriños y joyeles y guardapelos ad-usum de Cardenales y de las Cardenalesas. Vendí Biblias en el Sinú, con De la Rosa, Borelly y el ex-pastor Antolín. Fui catador de tequila (debuté en Tapachula y ad-látere de Ciro el Ofiuco) y en México y Amecameca, y de mezcal en Teotihuacán y Cuernavaca, de Pisco-sauer en Lima de los Reyes, y de otros piscolabis y filtros muy antes y después y por Aná del Aburrá, y doquiérase con El Tarasco y una legión de Bacos Dionisos, pares entre Pares. Vagué y vagué si divagué por las mesillas del café nocharniego, Mil Noches y otra Noche con el Mago de lápiz buido y de la voz asordinada. Antes, muy antes, bebí con él, con Emmanuel y don Efe y Carrasca, con Tisaza y Xovica y Mexía y los otros Panidas. Después..., ahora..., mejor no meneallo y sí escanciallo y persistir en ello... Dicté un curso de Cabalística y otro de Pan-Hermética y un tercero de Heráldica, fuera de los cursillos de verano de las literaturas bereberes -comparadas-. Fui catalogador protonotario en jefe de la Magna Biblioteca de Ebenezer el Sefardita, y -en segundo- de la Mínima Discoteca del quídam en referencia de suso: no tenía aún las Diabelli si era ya dueño de las Goldberg; no poseía completa la Inconclusa ni inconclusa la Décima (aquestas Sinfonías, Variaciones aquesas: y casi que todello -en altísimo rango- tan Variaciones Alredor de Nada). Corregí pruebas (y dislates) de tres docenas de sota-poetas -o similares- (de los que hinchen gacetilleros a toma y daca). Fui probador de calzas -¿prietas?: ceñidas, sí, en todo caso- de Diana de Meridor y de justillos, que así veníanle, de estar atán bien provista y atán rebién dotada -como sabíalo también y así de bien Bussy d'Amboise-. Temperé virginales -ya restaurados-, y clavecines, si no como Isabel, y aunque no tan baqueano como ése de Eisenach, arroyo-Océano. Soplé el ***** bufón, con tal cual incongruencia, sin ni tal cual donaire. No aporreé el bombo, empero, ni entrechoqué los címbalos. Les saqué puntas y les puse ribetes y garambainas a los vocablos, cuando diérame por la Semasiología, cierta vez, en la Sorbona de Abdera, sita por Babia, al pie de los de Úbeda, que serán cerros si no valen por Monserrates, sin cencerros. Perseveré harto poco en la Semántica -por esa vez-, si, luego retorné a la andadas, pero a la diabla, en broma: semanto-semasiólogo tarambana pillín pirueteante. Quien pugnó en Dénnevitz con Ney, el peli-fulvo no fui yo: lo fue mi bisabuelo el Capitán...; y fue mi tatarabuelo quien apresó a Gustavo Cuarto: pero sí estuve yo en la Retirada de los Diez Mil -era yo el Siete Mil Setecientos y Setenta y Siete, precisamente-: releed, si dudaislo, el Anábasis. Fui celador intocable de la Casa de Tócame-Roque, -si ignoré cuyo el Roque sería-, y de la Casa del Gato-que-pelotea; le busqué tres pies al gato con botas, que ya tenía siete vidas y logré dar con siete autores en busca de un personaje -como quien dice Los Siete contra Tebas: ¡pobre Tebas!-, y ya es jugar bastante con el siete. No pude dar con la cuadratura del círculo, que -por lo demás- para nada hace falta, mas topé y en el Cuarto de San Alejo, con la palanca de Arquimedes y con la espada de Damocles, ambas a dos, y a cual más, tomadas del orín y con más moho que las ideas de yo si sé quién mas no lo digo: púsome en aprietos tal doble hallazgo; por más que dije: ¡Eureka! ...: la palanca ya no servía ni para levantar un falso testimonio, y tuve que encargarme de tener siempre en suspenso y sobre mí la espada susodicha. Se me extravió el anillo de Saturno, mas no el de Giges ni menos el de Hans Carvel; no sé qué se me ficieron los Infantes de Aragón y las Nieves de Antaño y el *** de Androcles y la Balanza del buen Shylock: deben estar por ahí con la Linterna de Diógenes: -¿mas cómo hallarlos sin la linterna? No saqué el pecho fuera, ni he sido nunca el Tajo, ni me di cuenta del lío de Florinda, ni de por qué el Tajo el pecho fuera le sacaba a la Cava, pero sí vi al otro don Rodrigo en la Horca. Pinté muestras de posadas y mesones y ventas y paradores y pulquerías en Veracruz y Tamalameque y Cancán y Talara, y de riendas de abarrotes en Cartagena de Indias, con Tisaza-, si no desnarigué al de Heredia ni a López **** tuerto -que era bizco-. Pastoreé (otra vez) el Rebaño de las Pléyades y resultaron ser -todellas, una a una- ¡qué capretinas locas! Fui aceitero de la alcuza favorita del Padre de los Búhos Estáticos: -era un Búho Sofista, socarrón soslayado, bululador mixtificante-. Regí el vestier de gala de los Pingüinos Peripatéticos, (precursores de Brummel y del barón d'Orsay, por fuera de filósofos, filosofículos, filosofantes dromomaníacos) y apacenté el Bestiario de Orfeo (delegatario de Apollinaire), yo, Beremundo el Lelo. Nada tuve que ver con el asesinato de la hija del corso adónico Sebastiani ni con ella (digo como pesquisidor, pesquisante o pesquisa) si bien asesoré a Edgar Allan Poe como entomólogo, cuando El Escarabajo de Oro, y en su investigación del Doble Asesinato de la Rue Morgue, ya como experto en huellas dactilares o quier digitalinas. Alguna vez me dio por beberme los vientos o por pugnar con ellos -como Carolus Baldelarius- y por tomar a las o las de Villadiego o a las sus calzas: aquesas me resultaron harto potables -ya sin calzas-; ellos, de mucho volumen y de asaz poco cuerpo (si asimilados a líquidos, si como justadores). Gocé de pingües canonjías en el reinado del bonachón de Dagoberto, de opíparas prebendas, encomiendas, capellanías y granjerías en el del Rey de los Dipsodas, y de dulce privanza en el de doña Urraca (que no es la Gazza Ladra de Rossini, si fuéralo de corazones o de amantes o favoritos o privados o martelos). Fui muy alto cantor, como bajo cantante, en la Capilla de los Serapiones (donde no se sopranizaba...); conservador, conservador -pero poco- de Incunables, en la Alejandrina de Panida, (con sucursal en El Globo y filiales en el Cuarto del Búho). Hice de Gaspar Hauser por diez y seis hebdémeros y por otras tantas semanas y tres días fui la sombra, la sombra misma que se le extravió a Peter Schlémil. Fui el mozo -mozo de estribo- de la Reina Cristina de Suecia y en ciertas ocasiones también el de Ebba Sparre. Fui el mozo -mozo de estoques- de la Duquesa de Chaumont (que era de armas tomar y de cálida sélvula): con ella pus mi pica en Flandes -sobre holandas-. Fui escriba de Samuel Pepys -¡qué escabroso su Diario!- y sustituto suyo como edecán adjunto de su celosa cónyuge. Y fuí copista de Milton (un poco largo su Paraíso Perdido, magüer perdido en buena parte: le suprimí no pocos Cantos) y a la su vera reencontré mi Paraíso (si el poeta era ciego; -¡qué ojazos los de su Déborah!). Fui traductor de cablegramas del magnífico Jerjes; telefonista de Artajerjes el Tartajoso; locutor de la Esfinge y confidente de su secreto; ventrílocuo de Darío Tercero Codomano el Multilocuo, que hablaba hasta por los codos; altoparlante retransmisor de Eubolio el Mudo, yerno de Tácito y su discípulo y su émulo; caracola del mar océano eólico ecolálico y el intérprete de Luis Segundo el Tartamudo -padre de Carlos el Simple y Rey de Gaula. Hice de andante caballero a la diestra del Invencible Policisne de Beocia y a la siniestra del Campeón olímpico Tirante el Blanco, tirante al blanco: donde ponía el ojo clavaba su virote; y a la zaga de la fogosa Bradamante, guardándole la espalda -manera de decir- y a la vanguardia, mas dándole la cara, de la tierna Marfisa... Fui amanuense al servicio de Ambrosio Calepino y del Tostado y deMatías Aldecoa y del que urdió el Mahabarata; fui -y soylo aún, no zoilo- graduado experto en Lugares Comunes discípulo de Leon Bloy y de quien escribió sobre los Diurnales. Crucigramista interimario, logogrifario ad-valorem y ad-placerem de Cleopatra: cultivador de sus brunos pitones y pastor de sus áspides, y criptogramatista kinesiólogo suyo y de la venus Calipigia, ¡viento en popa a toda vela! Fui tenedor malogrado y aburrido de libros de banca, tenedor del tridente de Neptuno, tenedor de librejos -en los bolsillos del gabán (sin gabán) collinesco-, y de cuadernículos -quier azules- bajo el ala. Sostenedor de tesis y de antítesis y de síntesis sin sustentáculo. Mantenedor -a base de abstinencias- de los Juegos Florales y sostén de los Frutales -leche y miel y cerezas- sin ayuno. Porta-alfanje de Harún-al-Rashid, porta-mandoble de Mandricardo el Mandria, porta-martillo de Carlos Martel, porta-fendiente de Roldán, porta-tajante de Oliveros, porta-gumía de Fierabrás, porta-laaza de Lanzarote (¡ búen Lancelot tan dado a su Ginevra!) y a la del Rey Artús, de la Ca... de la Mesa Redonda...; porta-lámpara de Al-Eddin, el Loca Suerte, y guardián y cerbero de su anillo y del de los Nibelungos: pero nunca guardián de serrallo ni cancerbero ni evirato de harem... Y fui el Quinto de los Tres Mosqueteros (no hay quinto peor) -veinte años después-. Y Faraute de Juan Sin Tierra y fiduciario de
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Cuando tango la zampoña cuando tango el sacabuche, jamás pienso en quien me escuche ni en quien me allane la moña. 1 Y así la zampoña taño, 2 pizzico así la vihuela cantando mi cantinela como trovero de antaño... Yo no pienso en quién me escuche. Yo no pienso en quien me loe ni en quien el talón me roe cuando tango el sacabuche, cuando soplo en el obóe, cuando tango la zampoña. Ni en buscar el sortilegio -con glisado tal o arpegioque embelece a daifa o doña, cuando tango el sacabuche... Cuando soplo en el obóe, cuando soplo en la dulzaina, no pienso en boina ni en vaina; ni en Burdeos o en Borgoña cuando tango la zampoña- Cuando soplo en la dulzaina y si percuto el adufe no pienso en que vozne o bufe ni el cretino ni el tontaina ni el doctorado en Lovaina. Cuando tango la zampoña, si pizzico en la bandurria no me importa ni la murria que me enerva y emponzoña. Cuando tango el sacabuche, cuando raspo el bandolín ni cuando froto el violín, yo no pienso en quien me escuche. Si resoplo en el fagote, si taño la cornamusa, cuando tango la zampoña, cuando soplo en la ocarina no pienso en daifa ni en doña (si me alabe o me abomina, si se enfada o se alborote...) Si taño la cornamusa, laude pido o doy excusa jamás, ni a Apolo ni al zote ni a la mismísima Musa de alto copete o de moña, ni a Luis de Góngora Argote, si resoplo en el fagote, cuando tango la zampoña.
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Són
Tengo una sed de vinos capitosos -venusino furor, pugnas salaces, ojos enloquecidos por el éxtasis, bocas ebrias, frenéticos enlaces-. Tú, Dinarzada, tú, Fogosa Mía, tú, Melusina, Vid de mis Deseos: ¡dóname tu lagar tibio y recóndito! quiero oprimir tus uvas! y tus vinos exprimir! -fulgurante filtro cálido para mi sed de zumos citereos! 1Tengo una sed de búdicos nirvanas -zahareño no oír, callada acidia, ojos enceguecidos por el éxtasis, espiritual ardor, psíquica lidia-. Tú, Viaje Azul, Deliquio, Noche Intacta, Música..., oh tú, mi inasequible Dueño: ¡llévame a tus refugios ataráxicos! quiero tañer tus fibras! y el prodigio de tu entraña exprimir! -don inefable para mi sed de fugas y de ensueño!
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Doble canción
Grave símbolo esquivo. Grave símbolo esquivo, nocturna torva idea en el caos girando. Hámlet frío que nada enardece. Aquí, allá, va la sombra señera, allá, aquí, señorial, taciturna, (señorial, hiperbóreo, elusivo): fantasmal Segismundo parece y harto asaz metafísico, cuando cruza impávido el árida esfera. Grave símbolo huraño. Grave símbolo huraño, fantasma vagueante por muelle archipiélago -bruma ingrave y caletas de nube y ensenadas y fjords de neblina-. Grave símbolo hermético: pasma su presciencia del huésped de ogaño, su pergenio de gríseo querube (del calígene caos murciélago) vagueante en la onda opalina. Más lontano que nunca. Más lontano que nunca. Más solo que si fuese ficción. Puro endriago y entelequia y emblema cerébreo: del antártico al ártico Polo sombra aciaga de atuendo fatal -exhumada de cúya espelunca?-, gris fantasma lucífugo y vago por el fondo angoroso, tenébreo, que sacude hosco viento abisal. Más lontano jamás. Más lontano jamás. Ciego, mudo, mares surca y océanos hiende metafísicos: mástil de roble que no curva el henchido velamen, ni el de Zeus zig-zag troza crudo..., ni se abate ante el tedio, quizás. Más lontano jamás: Fosco, inmoble De su hito insular no desciende y aunque voces lascivas lo llamen. Juglar ebrio de añejo y hodierno mosto clásico o filtros letales. Si Dionisos o Baco. Baco rubio o Dionysos de endrino crespo casco de obscuro falerno. Trovador para el lay venusino. Juglar ebrio de bocas o vino: me dominan las fuerzas sensuales -hondo amor o femíneo arrumaco- trovador, amadís sempiterno. Me saturan los zumos fatales -denso aroma, perfume calino- del ajenjo de oriente opalino. Casiopeia de luz que amortigua fonje niebla, tul fosco de bruma, copo blándulo, flor de la espuma, cendal níveo y aéreo... Cendal níveo y aéreo... La ambigua color vaga que apenas se esfuma si aparece... fugaz Casiopeia peregnina, la errátil Ligeia, la de hoy y de ayer y la antigua -entre un vaho letal, deletéreo... - Casiopeia con ojos azules, Elsa grácil y esbelta, Elsa grácil y esbelta, Elsa blonda! -si morena Xatlí, la lontana-. Elsa blonda y esbelta, Elsa grácil! Casiopeia en el mar! Quién Ulises de esa núbil Calypso! Odiseo de esa ingrávida Circe temprana -blonda, ebúrnea y pueril!- Impoluta Casiopeia -auniendnino su delta-. Nea Aglae ni arisca ni fácil... Casiopeia triscando en la onda, Casiopeia en la playa! Sus gules labios húmidos son los de Iseo! Oh Tristán! de las sienes ya grises! Oh Tristán!: con tus ojos escruta: ¿ves la nao en la linde lontana? Turbio afán o morboso deseo sangre y carne y espíritu incendie. Ebrio en torno -falena-. Ebrio en torno -falena piróvaga- ronde, al cálido surco: Leteo que el orsado senil vilipendie si antes fuera la misma giróvaga... -si ayer Paris de Helena la helena, si ayer Paris, rival de Romeo... - Turbio afán y deseo sin lindes, siempre, oh Vida, me infundas y brindes! Cante siempre a mi oído. Cante siempre a mi oído la tibia voz fragante de Circe y Onfalia. Siempre séanme sólo refugio pulcro amor y acendrada lascivia. Bruna endrina de muslos de dahlia, rubia láctea de ardido regazo! Lejos váyase el frío artilugio cerebral ante el lúbrico abrazo! Casiopeia, los ojos de alinde muy más tersos que vívidas gémulas irradiantes: la frente de argento -flava crencha a su frente, flava crencha a su frente las alas si a las róseas orejas los nidos; frágil cinto; el eréctil portento par sin par retador e insurgente; frágil cinto que casi se rinde de qué hechizo al agobio -tan grato-. En sus ojos giraban sus émulas -danzarinas lontanas y trémulas-: estrellada cohorte: de Palas la sapiencia, en sus ojos dormidos. De Afrodita posesa el acento caricioso. Medea furente... Salomé, la bacante demente... Casiopeia danzando. Casiopeia danzando en la sombra vagueante, irisada de ópalos: nefelíbata al són de inasible rumor lieto, velada armonía cuasi muda y susurro inaudible (muelle y tibio, melífico y blando) para torpes oídos: que asombra con febril sortilegio, si tópalos sabio oído: les sigue, les halla, les acoge, goloso, en su malla, y en gozarlos su ser se extasía. Casiopeia de luz. Casiopeia de luz inexhausta, halo blondo en el mar de zafiro, rubia estrella en el mar de abenuz. Irreal concreción de la eterna maravilla del cosmos: su fausta lumbre, siempre, y en éxtasis, miro de la hórrida, absurda caverna poeana o guindado en mi cruz. Casiopeia, eternal Casiopeia, sutil símbolo, lis, donosura; su luz fausta y su música, hechizo de sortílega acción obsesora e inebriante, muy más que la obscura flor dormida en las redes del rizo toisón, urna que ensueño atesora y el hastío a la vez: Casiopeia peregrina, la errátil Ligeia, la de hoy y de ayer y ventura...
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Ínsula
Grave símbolo esquivo. Grave símbolo esquivo, nocturna torva idea en el caos girando. Hámlet frío que nada enardece. Aquí, allá, va la sombra señera, allá, aquí, señorial, taciturna, (señorial, hiperbóreo, elusivo): fantasmal Segismundo parece y harto asaz metafísico, cuando cruza impávido el árida esfera. Grave símbolo huraño. Grave símbolo huraño, fantasma vagueante por muelle archipiélago -bruma ingrave y caletas de nube y ensenadas y fjords de neblina-. Grave símbolo hermético: pasma su presciencia del huésped de ogaño, su pergenio de gríseo querube (del calígene caos murciélago) vagueante en la onda opalina. Más lontano que nunca. Más lontano que nunca. Más solo que si fuese ficción. Puro endriago y entelequia y emblema cerébreo: del antártico al ártico Polo sombra aciaga de atuendo fatal -exhumada de cúya espelunca?-, gris fantasma lucífugo y vago por el fondo angoroso, tenébreo, que sacude hosco viento abisal. Más lontano jamás. Más lontano jamás. Ciego, mudo, mares surca y océanos hiende metafísicos: mástil de roble que no curva el henchido velamen, ni el de Zeus zig-zag troza crudo..., ni se abate ante el tedio, quizás. Más lontano jamás: Fosco, inmoble De su hito insular no desciende y aunque voces lascivas lo llamen. Juglar ebrio de añejo y hodierno mosto clásico o filtros letales. Si Dionisos o Baco. Baco rubio o Dionysos de endrino crespo casco de obscuro falerno. Trovador para el lay venusino. Juglar ebrio de bocas o vino: me dominan las fuerzas sensuales -hondo amor o femíneo arrumaco- trovador, amadís sempiterno. Me saturan los zumos fatales -denso aroma, perfume calino- del ajenjo de oriente opalino. Casiopeia de luz que amortigua fonje niebla, tul fosco de bruma, copo blándulo, flor de la espuma, cendal níveo y aéreo... Cendal níveo y aéreo... La ambigua color vaga que apenas se esfuma si aparece... fugaz Casiopeia peregnina, la errátil Ligeia, la de hoy y de ayer y la antigua -entre un vaho letal, deletéreo... - Casiopeia con ojos azules, Elsa grácil y esbelta, Elsa grácil y esbelta, Elsa blonda! -si morena Xatlí, la lontana-. Elsa blonda y esbelta, Elsa grácil! Casiopeia en el mar! Quién Ulises de esa núbil Calypso! Odiseo de esa ingrávida Circe temprana -blonda, ebúrnea y pueril!- Impoluta Casiopeia -auniendnino su delta-. Nea Aglae ni arisca ni fácil... Casiopeia triscando en la onda, Casiopeia en la playa! Sus gules labios húmidos son los de Iseo! Oh Tristán! de las sienes ya grises! Oh Tristán!: con tus ojos escruta: ¿ves la nao en la linde lontana? Turbio afán o morboso deseo sangre y carne y espíritu incendie. Ebrio en torno -falena-. Ebrio en torno -falena piróvaga- ronde, al cálido surco: Leteo que el orsado senil vilipendie si antes fuera la misma giróvaga... -si ayer Paris de Helena la helena, si ayer Paris, rival de Romeo... - Turbio afán y deseo sin lindes, siempre, oh Vida, me infundas y brindes! Cante siempre a mi oído. Cante siempre a mi oído la tibia voz fragante de Circe y Onfalia. Siempre séanme sólo refugio pulcro amor y acendrada lascivia. Bruna endrina de muslos de dahlia, rubia láctea de ardido regazo! Lejos váyase el frío artilugio cerebral ante el lúbrico abrazo! Casiopeia, los ojos de alinde muy más tersos que vívidas gémulas irradiantes: la frente de argento -flava crencha a su frente, flava crencha a su frente las alas si a las róseas orejas los nidos; frágil cinto; el eréctil portento par sin par retador e insurgente; frágil cinto que casi se rinde de qué hechizo al agobio -tan grato-. En sus ojos giraban sus émulas -danzarinas lontanas y trémulas-: estrellada cohorte: de Palas la sapiencia, en sus ojos dormidos. De Afrodita posesa el acento caricioso. Medea furente... Salomé, la bacante demente... Casiopeia danzando. Casiopeia danzando en la sombra vagueante, irisada de ópalos: nefelíbata al són de inasible rumor lieto, velada armonía cuasi muda y susurro inaudible (muelle y tibio, melífico y blando) para torpes oídos: que asombra con febril sortilegio, si tópalos sabio oído: les sigue, les halla, les acoge, goloso, en su malla, y en gozarlos su ser se extasía. Casiopeia de luz. Casiopeia de luz inexhausta, halo blondo en el mar de zafiro, rubia estrella en el mar de abenuz. Irreal concreción de la eterna maravilla del cosmos: su fausta lumbre, siempre, y en éxtasis, miro de la hórrida, absurda caverna poeana o guindado en mi cruz. Casiopeia, eternal Casiopeia, sutil símbolo, lis, donosura; su luz fausta y su música, hechizo de sortílega acción obsesora e inebriante, muy más que la obscura flor dormida en las redes del rizo toisón, urna que ensueño atesora y el hastío a la vez: Casiopeia peregrina, la errátil Ligeia, la de hoy y de ayer y ventura...
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Oh playas verdeantes de algas marinas, sobre las guijas de estridente diamante y flavo cobre. Oh piélagos preñados de la cálida voz de las sirenas. Oh piélagos que nutre denso susurro: -trenos de náufragos a la deriva por sus senos procelosos, y que yá dormirán en las ondas serenas. Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos, brumas, nieblas -última Thule- para ulular mis turbios himnos raucos! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Todos los viajes, todos mis viajes, son viajes de regreso. Yo torno ahora, retorno ahora del azur y hacia el azur. 1 Violada luz diaprea sus rútilos zafiros. Voz de sangre sus zafiros denigra. Mas nó otro azur desea mi vagabundo sueño: sólo ése azur cebrado de vïolas, ése azur ocelado de abenuz..! Oh piélagos transidos de agorera pavura irremisible. Oh piélagos que asorda gríseo clangor: equale de trombones, en lento ritmo y voz velada, audible sólo para los seres que un Fátum fúnebre señale... Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos, brumas, nieblas -última Thule- para ulular mis turbios himnos raucos! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Yo sólo amo tu amor, fatal Isolda. Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda aventurera. Yo sólo amo tu amor, oh brava Isolda! Brava Isolda hechicera! Yo soy Tristán de Leonís: -ligera por todos los océanos nuestra nao pirata discurrirá indolente, con viento ameno o duro; 2 bajo la lumbre de topacio del sol; bajo la luz morena de la rosa de plata; o en la noche ceñuda -lúgubre y agorera-. 3 Por todos los océanos nuestro amor, y el espacio sin lindes, y el ensueño, y hacia lo ignoto navegar... 4 Por todos los océanos nuestra libre galera: y en el palo cimero la flámula escarlata con una rosa endrina, y en nuestros corazones la rosa purpurina y la flámula negra... Nuestra nao pirata discurrirá por todos los océanos al azar, al azar, al azar... 5 Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda aventurera, 6 y el refugio ilusorio de nuestro ciclo errátil e inseguro... Yo sólo amo tu amor, mi brava Isolda, yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera, yo soy Tristán, soy Harald el Obscuro. Dancé cantando mi canción acerba. Era el véspero, casi la noche, era el véspero de ceniza. El tardeño cocuyo su luz irradïaba. Su lumbre ingenua mi ingenuo corazón iluminaba. Mas mi espíritu pérfido mi ingenuidad enerva, y en el ingenuo corazón desliza fragante zumo de su ponzoñosa hierba. Yo soy Tristán, soy Harald el Obscuro. Divagar. Divagar por inéditos climas. Metafísicos vórtices. Remansada sapiencia. Júbilo y alborozo sensüales. Ebrias sedes. Acidia muelle. Venus autumnales, ingrávidas adolescentes: oh vendimias opimas...! Al propio tiempo, nugacidad y vacío, y nesciencia... Oh mujer, arcangélico vampiro, demoníaca Ofelia, cándida cervatilla, híspido endriago! Todo lo excelso aroma en tu sollozo y en tu suspiro y en tu sonrisa! Perfuma en tu pasión lo deletéreo y lo inefable, lo joyoso y lo aciago! Tifón de tempestades y sosegada brisa cantan en tu pasión: y un trémulo murmurio pulcro balbuce en tu corazón! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Yo soy Tristán de Leonís, acedo. Yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera, yo sólo amo tu amor, fatal Isolda, mi brava Isolda! Yo soy Harald, soy Lancelot: -blanda sonrisa, corazón perjuro; yo sólo amo tu amor, tu amor áspero y ledo, venenoso y lustral, proclive y puro, pérfido y claro, y abisal y erguido! Yo sólo amo tu amor. Ilse hechicera, Furia hechicera, Lálage hechicera: Yo sólo de tu amor -Ilse- me curo: y al azar de las rutas erigiremos nuestra tolda, fatal Isolda, y en nuestra tolda un penumbroso nido, y al azar de los vientos singlará nuestra nao aventurera... Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro.
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Relato de harald de obscuro
Oh playas verdeantes de algas marinas, sobre las guijas de estridente diamante y flavo cobre. Oh piélagos preñados de la cálida voz de las sirenas. Oh piélagos que nutre denso susurro: -trenos de náufragos a la deriva por sus senos procelosos, y que yá dormirán en las ondas serenas. Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos, brumas, nieblas -última Thule- para ulular mis turbios himnos raucos! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Todos los viajes, todos mis viajes, son viajes de regreso. Yo torno ahora, retorno ahora del azur y hacia el azur. 1 Violada luz diaprea sus rútilos zafiros. Voz de sangre sus zafiros denigra. Mas nó otro azur desea mi vagabundo sueño: sólo ése azur cebrado de vïolas, ése azur ocelado de abenuz..! Oh piélagos transidos de agorera pavura irremisible. Oh piélagos que asorda gríseo clangor: equale de trombones, en lento ritmo y voz velada, audible sólo para los seres que un Fátum fúnebre señale... Yo anhelo tus ilímites planicies: hielos glaucos, brumas, nieblas -última Thule- para ulular mis turbios himnos raucos! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Yo sólo amo tu amor, fatal Isolda. Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda aventurera. Yo sólo amo tu amor, oh brava Isolda! Brava Isolda hechicera! Yo soy Tristán de Leonís: -ligera por todos los océanos nuestra nao pirata discurrirá indolente, con viento ameno o duro; 2 bajo la lumbre de topacio del sol; bajo la luz morena de la rosa de plata; o en la noche ceñuda -lúgubre y agorera-. 3 Por todos los océanos nuestro amor, y el espacio sin lindes, y el ensueño, y hacia lo ignoto navegar... 4 Por todos los océanos nuestra libre galera: y en el palo cimero la flámula escarlata con una rosa endrina, y en nuestros corazones la rosa purpurina y la flámula negra... Nuestra nao pirata discurrirá por todos los océanos al azar, al azar, al azar... 5 Erigiremos en todos los caminos nuestra gitana tolda aventurera, 6 y el refugio ilusorio de nuestro ciclo errátil e inseguro... Yo sólo amo tu amor, mi brava Isolda, yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera, yo soy Tristán, soy Harald el Obscuro. Dancé cantando mi canción acerba. Era el véspero, casi la noche, era el véspero de ceniza. El tardeño cocuyo su luz irradïaba. Su lumbre ingenua mi ingenuo corazón iluminaba. Mas mi espíritu pérfido mi ingenuidad enerva, y en el ingenuo corazón desliza fragante zumo de su ponzoñosa hierba. Yo soy Tristán, soy Harald el Obscuro. Divagar. Divagar por inéditos climas. Metafísicos vórtices. Remansada sapiencia. Júbilo y alborozo sensüales. Ebrias sedes. Acidia muelle. Venus autumnales, ingrávidas adolescentes: oh vendimias opimas...! Al propio tiempo, nugacidad y vacío, y nesciencia... Oh mujer, arcangélico vampiro, demoníaca Ofelia, cándida cervatilla, híspido endriago! Todo lo excelso aroma en tu sollozo y en tu suspiro y en tu sonrisa! Perfuma en tu pasión lo deletéreo y lo inefable, lo joyoso y lo aciago! Tifón de tempestades y sosegada brisa cantan en tu pasión: y un trémulo murmurio pulcro balbuce en tu corazón! Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro. Yo soy Tristán de Leonís, acedo. Yo sólo amo tu amor, Ilse hechicera, yo sólo amo tu amor, fatal Isolda, mi brava Isolda! Yo soy Harald, soy Lancelot: -blanda sonrisa, corazón perjuro; yo sólo amo tu amor, tu amor áspero y ledo, venenoso y lustral, proclive y puro, pérfido y claro, y abisal y erguido! Yo sólo amo tu amor. Ilse hechicera, Furia hechicera, Lálage hechicera: Yo sólo de tu amor -Ilse- me curo: y al azar de las rutas erigiremos nuestra tolda, fatal Isolda, y en nuestra tolda un penumbroso nido, y al azar de los vientos singlará nuestra nao aventurera... Yo soy Harald, soy Harald el Obscuro.
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Esta es la noche, la fraterna noche, noche fogosa, noche lustral, noche aladínea: oh Noche en Éxtasis!     De un viaje absurdo mi sér llega transido: destrizado mi espíritu señero; fatigado mi cuerpo que tronchó la borrasca, me magulló el naufragio contra arrecies y rompientes, me amorató el cansancio fustigante, que ensordeció la grita inarmoniosa: por el aduar sombrío topé encendidas las lumbres temblorosas de tu tienda: Ya otra ocasión, oh Noche, canté tu amor sin esperanza...! Canto otra vez al linde de tu tienda, Noche, Noche Morena...!     Tú me darás, oh Noche, el tibio asilo de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas: Yo busco tu refugio, oh Noche, oh dulce Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-; oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo férvidos, Noche Elegida:     si a ti me doy, Noche Pura; si en tus brazos y muslos diamantinos me refugio, Noche Amorosa;     si bajo tus constelaciones inextinguibles -oh nébulas de Andrómeda y Orión- mi pobre luz humillo, oh Noche Omnisapiente...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi corazón, mi sangre, todo mi sér, oh Noche, Noche, Noche Elegida!     Yo te amaré con amor infinito, Noche Eterna;     yo te amaré con amor transitorio, Noche en Fuga;     yo te amaré con seráfico amor, Noche Virgen;     yo te amaré con amor turbulento, Noche en Ascuas;     yo te amaré con amor cerebral, inmaterial, fosforescente, irradiante Noche Metafísica;     bajo la rósea luz de Venus encendida, yo te amaré, Noche Insaciable;     yo te amaré bajo la advocación de la romántica Selene, Noche Diana;     pérfido te amaré, Noche Proclive;     yo tempestuoso te amaré, Noche Vortiginosa;     yo te amaré glacial, Noche Fría;     yo te amaré furtivo, Noche Cauta;     yo te amaré cantando a gritos mi pasión, Noche Desafiante;     tácito te amaré, Noche Muda.     Has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi sangre, mi corazón, todo mi  sér -únicos-, Noche Unica, Noche, Noche Elegida...!     Yo busco tu refugio, oh Noche, oh pulcra Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-, oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...: Esta es la Noche, la Fraterna Noche, Noche Amante,  Noche Lustral...: mi Noche en Éxtasis...!!
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Fantasía cuasi una sonata
Esta es la noche, la fraterna noche, noche fogosa, noche lustral, noche aladínea: oh Noche en Éxtasis!     De un viaje absurdo mi sér llega transido: destrizado mi espíritu señero; fatigado mi cuerpo que tronchó la borrasca, me magulló el naufragio contra arrecies y rompientes, me amorató el cansancio fustigante, que ensordeció la grita inarmoniosa: por el aduar sombrío topé encendidas las lumbres temblorosas de tu tienda: Ya otra ocasión, oh Noche, canté tu amor sin esperanza...! Canto otra vez al linde de tu tienda, Noche, Noche Morena...!     Tú me darás, oh Noche, el tibio asilo de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas: Yo busco tu refugio, oh Noche, oh dulce Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-; oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo férvidos, Noche Elegida:     si a ti me doy, Noche Pura; si en tus brazos y muslos diamantinos me refugio, Noche Amorosa;     si bajo tus constelaciones inextinguibles -oh nébulas de Andrómeda y Orión- mi pobre luz humillo, oh Noche Omnisapiente...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi corazón, mi sangre, todo mi sér, oh Noche, Noche, Noche Elegida!     Yo te amaré con amor infinito, Noche Eterna;     yo te amaré con amor transitorio, Noche en Fuga;     yo te amaré con seráfico amor, Noche Virgen;     yo te amaré con amor turbulento, Noche en Ascuas;     yo te amaré con amor cerebral, inmaterial, fosforescente, irradiante Noche Metafísica;     bajo la rósea luz de Venus encendida, yo te amaré, Noche Insaciable;     yo te amaré bajo la advocación de la romántica Selene, Noche Diana;     pérfido te amaré, Noche Proclive;     yo tempestuoso te amaré, Noche Vortiginosa;     yo te amaré glacial, Noche Fría;     yo te amaré furtivo, Noche Cauta;     yo te amaré cantando a gritos mi pasión, Noche Desafiante;     tácito te amaré, Noche Muda.     Has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi sangre, mi corazón, todo mi  sér -únicos-, Noche Unica, Noche, Noche Elegida...!     Yo busco tu refugio, oh Noche, oh pulcra Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-, oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...: Esta es la Noche, la Fraterna Noche, Noche Amante,  Noche Lustral...: mi Noche en Éxtasis...!!
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Gira la negra, gira la luna, gira la negra luna, sobre sí propia, gira la negra luna de ebonita, gira la negra luna de ebonita -sobre sí propia- y canta: -¡Bah! ¡Canciones! Y músicas abstractas...! Y, lo que canta, es la Música Viva! Oye el Viaje de Invierno, de Franz Schubert, y el Rey de los Alisos, y El Doble y Ganímedes y Ante el mar, y de Schumann, Amores de un poeta, y de Dupare, Invitación al viaje y La vida anterior..., y de Chopín, Preludios y Nocturnos: tú, soñador romántico; tú, doliente elegíaco. Oye la voz serena, la voz profunda oye de Bach -añosa encina, inmensurable selva, órgano él mismo y templo de la harmonía-: tú, sereno y profundo. Y de Mozart el diáfano y sortílego, y de Haydn y Franck, la cortesana y la mística voz, inconfundibles, tú, gustador de lo pulcro y etéreo. Los Cánticos y Danzas de la Muerte, y Sin sol, de Musorgski, tú, angustiado, febril, hiperestésico; y Borís Godunov, Borís Godunov, oye, (bárbara gesta, miedo, sangre, lujuria y fausto) tú, Sátrapa en los sueños... Y, catador sutil de quintaesencias, gusta la mediatinta debussyana, pesquisidora de inusados timbres y lontanos acordes, 1 en un dorado ambiente de calígine. Y, borracho de lumbres y colores, Óye, de Rímski, Antar y Xeherazada y el Gallo de oro -vértigo y lascivia-: mas, si de ritmos ebrio, tú, frenético danzarín, danza todas las furias de Stravínski -del sabio y del bufón mezcladas dósis-: fino humor ricos timbres, forma clara 2 (sobria, o en concertado cataclismo). Y oye, en la noche, y en Tristán e Iseo, la voz vigía de Brangane, plena de lo fatal, o el corno quejumbroso; si no los Funerales de Sigfrido; o el Tránsito al Valhalla, milagroso tumulto. Y tú, plasmado en bronce, los vastos himnos oye, óye las soberanas sinfonías con que la voz del Sordo el orbe nutre! Las acendradas síntesis: sonatas y quátuors, insólito prodigio, filtros puros: la Misa en re, misterio panteísta, denso peán a la Naturaleza! Y el trágico clangor de Coriolano...: oye la voz del Indomado Prometeo, oye la voz del Sordo, oye la voz del Sordo! Gira la negra luna, gira sobre sí propia, gira la negra luna de ebonita, gira la negra luna de ebonita -sobre sí propia- y canta: -Bah! Ficciones! Y músicas abstractas...! Y, lo que canta, es la Música Misma!
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Suite de la luna negra
Gira la negra, gira la luna, gira la negra luna, sobre sí propia, gira la negra luna de ebonita, gira la negra luna de ebonita -sobre sí propia- y canta: -¡Bah! ¡Canciones! Y músicas abstractas...! Y, lo que canta, es la Música Viva! Oye el Viaje de Invierno, de Franz Schubert, y el Rey de los Alisos, y El Doble y Ganímedes y Ante el mar, y de Schumann, Amores de un poeta, y de Dupare, Invitación al viaje y La vida anterior..., y de Chopín, Preludios y Nocturnos: tú, soñador romántico; tú, doliente elegíaco. Oye la voz serena, la voz profunda oye de Bach -añosa encina, inmensurable selva, órgano él mismo y templo de la harmonía-: tú, sereno y profundo. Y de Mozart el diáfano y sortílego, y de Haydn y Franck, la cortesana y la mística voz, inconfundibles, tú, gustador de lo pulcro y etéreo. Los Cánticos y Danzas de la Muerte, y Sin sol, de Musorgski, tú, angustiado, febril, hiperestésico; y Borís Godunov, Borís Godunov, oye, (bárbara gesta, miedo, sangre, lujuria y fausto) tú, Sátrapa en los sueños... Y, catador sutil de quintaesencias, gusta la mediatinta debussyana, pesquisidora de inusados timbres y lontanos acordes, 1 en un dorado ambiente de calígine. Y, borracho de lumbres y colores, Óye, de Rímski, Antar y Xeherazada y el Gallo de oro -vértigo y lascivia-: mas, si de ritmos ebrio, tú, frenético danzarín, danza todas las furias de Stravínski -del sabio y del bufón mezcladas dósis-: fino humor ricos timbres, forma clara 2 (sobria, o en concertado cataclismo). Y oye, en la noche, y en Tristán e Iseo, la voz vigía de Brangane, plena de lo fatal, o el corno quejumbroso; si no los Funerales de Sigfrido; o el Tránsito al Valhalla, milagroso tumulto. Y tú, plasmado en bronce, los vastos himnos oye, óye las soberanas sinfonías con que la voz del Sordo el orbe nutre! Las acendradas síntesis: sonatas y quátuors, insólito prodigio, filtros puros: la Misa en re, misterio panteísta, denso peán a la Naturaleza! Y el trágico clangor de Coriolano...: oye la voz del Indomado Prometeo, oye la voz del Sordo, oye la voz del Sordo! Gira la negra luna, gira sobre sí propia, gira la negra luna de ebonita, gira la negra luna de ebonita -sobre sí propia- y canta: -Bah! Ficciones! Y músicas abstractas...! Y, lo que canta, es la Música Misma!
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Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida... Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo... La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y a todo lo hondo -en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo...- Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos: todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo... Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos. Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil: -por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil: por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota rubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia: cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola... Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo;                                         la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra;                                         la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca... o por esa muñeca que llora como cualquier poeta. Cambio mi vida -al fiado- por una fábrica de crepúsculos (con arreboles);                               por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra- o por su naricilla que está en algún Museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas... ¡o por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...! Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida...
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Relato de sergio stepansky
Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida... Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo... La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y a todo lo hondo -en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo...- Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos: todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo... Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos. Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil: -por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil: por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota rubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia: cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola... Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo;                                         la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra;                                         la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca... o por esa muñeca que llora como cualquier poeta. Cambio mi vida -al fiado- por una fábrica de crepúsculos (con arreboles);                               por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra- o por su naricilla que está en algún Museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas... ¡o por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...! Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida...
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Al son de músicas dolientes -rabeles, guzlas y laúdes- por cerros, llanos y taludes o por senderos y pendientes... Al son de músicas dolientes van a caza de los nepentes por las extrañas latitudes: por donde moran las virtudes 1 siempre vibrantes y latentes... Van a caza de los nepentes, locos poetas incoherentes -flora de exóticas paludes- afiebrados de lasitudes -pálidos fantasmas huyentes, locos poetas incoherentes...- Al son de músicas dolientes, -rabeles, guzlas y laúdes en medio a las vicisitudes de andar a caza del nepentes, van los poetas incoherentes por las extrañas latitudes... al són de músicas dolientes -rabeles, guzlas y laúdes-
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Arietas