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Oliverio Girondo
Oliverio Girondo
1891 - 1967/Male/Argentinean A poet and traveler, he was linked to the vanguard of the 1920s. Girondo studied law, surrealism, and philosophy.
Jean Cocteau es un ruiseñor mecánico a quien le ha dado cuerda Ronsard. Los únicos brazos entre los cuales nos resignaríamos a pasar la vida, son los brazos de las Venus que han perdido los brazos. Si los pintores necesitaran, como Delacroix, asistir al degüello de 400 odaliscas para decidirse a tomar los pinceles... Si, por lo menos, sólo fuesen capaces de empuñarlos antes de asesinar a su idolatrada Mamá... Musicalmente, el clarinete es un instrumento muchísimo más rico que el diccionario. Aunque se alteren todas nuestras concepciones sobre la Vida y la Muerte, ha llegado el momento de denunciar la enorme superchería de las "Meninas" que -siendo las propias "Meninas" de carne y hueso- colgaron un letrerito donde se lee Velázquez, para que nadie descubra el auténtico y secular milagro de su inmortalidad. Nadie escuchó con mayor provecho que Debussy, los arpegios que las manos traslúcidas de la lluvia improvisan contra el teclado de las persianas. Las frases, las ideas de Proust, se desarrollan y se enroscan, como las anguilas que nadan en los acuarios; a veces deformadas por un efecto de refracción, otras anudadas en acoplamientos viscosos, siempre envueltas en esa atmósfera que tan solo se encuentra en los acuarios y en el estilo de Proust. ¡La "Olimpia" de Manet está enferma de "mal de Pott"! ¡Necesita aire de mar!... ¡Urge que Goya la examine!... En ninguna historia se revive, como en las irisaciones de los vidrios antiguos, la fugaz y emocionante historia de setecientos mil crepúsculos y auroras. ¡Las lágrimas lo corrompen todo! Partidarios insospechables de un "régimen mejorado", ¿tenemos derecho a reclamar una "ley seca" para la poesía... para una poesía "extra dry", gusto americano? Todo el talento del "douannier" Rousseau estribó en la convicción con que, a los sesenta años, fue capaz de prenderse a un biberón. La disección de los ojos de Monet hubiera demostrado que Monet poseía ojos de mosca; ojos forzados por innumerables ojitos que distinguen con nitidez los más sutiles matices de un color pero que, siendo ojos autónomos, perciben esos matices independientemente, sin alcanzar una visión sintética de conjunto. Las frases de Oscar Wilde no necesitan red. ¡Lástima que al realizar sus más arriesgadas acrobacias, nos dejen la incertidumbre de su **** El cúmulo de atorrantismo y de burdel, de uso y abuso de limpiabotas, de sensiblería engominada, de ojo en compota, de retobe y de tristeza sin razón -allí está la pampa... más allá el indio... la quena... el tamboril -que se espereza y canta en los acordes del tango que improvisa cualquier lunfardo. Es necesario procurarse una vestimenta de radiógrafo (que nos proteja del contacto demasiado brusco con lo sobrenatural), antes de aproximarnos a los rayos ultravioletas que iluminan los paisajes de Patinir. No hay crítico comparable al cajón de nuestro escritorio. Entre otras... ¡la más irreductible disidencia ortográfica! Ellos: Padecen todavía la superstición de las Mayúsculas. Nosotros: Hace tiempo que escribimos: cultura, arte, ciencia, moral y, sobre todo y ante todo, poesía. Los cubistas cometieron el error de creer que una manzana era un tema menos literario y frugal que las nalgas de madame Recamier. ¡Sin pie, no hay poesía! -exclaman algunos. Como si necesitásemos de esa confidencia para reconocerlos. Esos tinteros con un busto de Voltaire, ¿no tendrán un significado profundo? ¿No habrá sido Voltaire una especie de Papa ***** de la tinta? En música, al pleonasmo se le denomina: variación. Seurat compuso los más admirables escaparates de juguetería. La prosa de Flaubert destila un sudor tan frío que nos obliga a cambiarnos de camiseta, si no podemos recurrir a su correspondencia. El silencio de los cuadros del Greco es un silencio ascético, maeterlinckiano, que alucina a los personajes del Greco, les desequilibra la boca, les extravía las pupilas, les diafaniza la nariz. Los bustos romanos serían incapaces de pensar si el tiempo no les hubiera destrozado la nariz. No hay que admirar a Wagner porque nos aburra alguna vez, sino a pesar de que nos aburra alguna vez. Europa comienza a interesarse por nosotros. ¡Disfrazados con las plumas o el chiripá que nos atribuye, alcanzaríamos un éxito clamoroso! ¡Lástima que nuestra sinceridad nos obligue a desilusionarla... a presentarnos como somos; aunque sea incapaz de diferenciarnos... aunque estemos seguros de la rechifla! Aunque la estilográfica tenga reminiscencias de lagrimatorio, ni los cocodrilos tienen derecho a confundir las lágrimas con la tinta. Renán es un hombre tan bien educado que hasta cuando cree tener razón, pretende demostrarnos que no la tiene. Las Venus griegas tienen cuarenta y siete pulsaciones. Las Vírgenes españolas, ciento tres. ¡Sepamos consolarnos! Si las mujeres de Rubens pesaran 27 kilos menos, ya no podríamos extasiarnos ante los reflejos nacarados de sus carnes desnudas. Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor. El ombligo no es un órgano tan importante como imaginan ustedes... ¡Señores poetas! ¿Estupidez? ¿Ingenuidad? ¿Política?... "Seamos argentinos", gritan algunos... sin advertir que la nacionalidad es algo tan fatal como la conformación de nuestro esqueleto. Delatemos un onanismo más: el de izar la bandera cada cinco minutos. Lo primero que nos enseñan las telas de Chardin es que, para llegar a la pulcritud, al reposo, a la sensatez que alcanzó Chardin, no hay más remedio que resignarnos a pasar la vida en zapatillas. Facilísimo haber previsto la muerte de Apollinaire, dado que el cerebro de Apollinaire era una fábrica de pirotecnia que constantemente inventaba los más bellos juegos de artificio, los cohetes de más lindo color, y era fatal que al primero que se le escapara entre el fango de la trinchera, una granada le rebanara el cráneo. Los esclavos miguelangelescos poseen un olor tan iodado, tan acre que, por menos paladar que tengamos basta gustarlo alguna vez para convencerse de que fueron esculpidos por la rompiente. (No me refiero a los del Louvre; modelados por el mar, un día de esos en que fabrica merengues sobre la arena). ¡La opinión que se tendrá de nosotros cuando sólo quede de nosotros lo que perdura de la vieja China o del viejo Egipto! ¡Impongámosnos ciertas normas para volver a experimentar la complacencia ingenua de violarlas! La rehabilitación de la infidelidad reclama de nosotros un candor semejante. ¡Ruboricémonos de no poder ruborizarnos y reinventemos las prohibiciones que nos convengan, antes de que la libertad alcance a esclavizarnos completamente! El cemento armado nos proporciona una satisfacción semejante a la de pasarnos la mano por la cara, después de habernos afeitado. ¡Los vidrios catalanes y las estalactitas de Mallorca con que Anglada prepara su paleta! Los cubistas salvaron a la pintura de las corrientes de aire, de los rayos de sol que amenazaban derretirla pero -al cerrar herméticamente las ventanas, que los impresionistas habían abierto en un exceso de entusiasmo- le suministraron tal cúmulo de recetas, una cantidad tan grande de ventosas que poco faltó para que la asfixiaran y la dejasen descarnada, como un esqueleto. Hay poetas demasiado inflamables. ¿Pasan unos senos recién inaugurados? El cerebro se les incendia. ¡Comienza a salirles humo de la cabeza! "La Maja Vestida" está más desnuda que la "maja desnuda". Las telas de Velázquez respiran a pleno pulmón; tienen una buena tensión arterial, una temperatura normal y una reacción Wasserman negativa. ¡Quién hubiera previsto que las Venus griegas fuesen capaces de perder la cabeza! Hay acordes, hay frases, hay entonaciones en D'Annunzio que nos obligan a perdonarle su "fiatto", su "bella voce", sus actitudes de tenor. Azorín ve la vida en diminutivo y la expresa repitiendo lo diminutivo, hasta darnos la sensación de la eternidad. ¡El Arte es el peor enemigo del arte!... un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas. Lo que molesta más en Cézanne es la testarudez con que, delante de un queso, se empeña en repetir: "esto es un queso". El espesor de las nalgas de Rabelais explica su optimismo. Una visión como la suya, requiere estar muellemente sentada para impedir que el esqueleto nos proporcione un pregusto de muerte. La arquitectura árabe consiguió proporcionarle a la luz, la dulzura y la voluptuosidad que adquiere la luz, en una boca entreabierta de mujer. Hasta el advenimiento de Hugo, nadie sospechó el esplendor, la amplitud, el desarrollo, la suntuosidad a que alcanzaría el genio del "camelo". Es tanta la mala educación de Pió Baroja, y es tan ingenua la voluptuosidad que siente Pío Baroja en ser mal educado, que somos capaces de perdonarle la falta de educación que significa llamarse: Pío Baroja. No hay que confundir poesía con vaselina; vigor, con camiseta sucia. El estilo de Barres es un estilo de onda, un estilo que acaba de salir de la peluquería. Lo único que nos impide creer que Saint Saens haya sido un gran músico, es haber escuchado la música de Saint Sáéns. ¿Las Vírgenes de Murillo? Como vírgenes, demasiado mujeres. Como mujeres, demasiado vírgenes. Todas las razones que tendríamos para querer a Velázquez, si la única razón del amor no consistiera en no tener ninguna. Los surtidores del Alhambra conservan la versión más auténtica de "Las mil y una noches", y la murmuran con la fresca monotonía que merecen. Si Rubén no hubiera poseído unas manos tan finas!... ¡Si no se las hubiese mirado tanto al escribir!... La variedad de cicuta con que Sócrates se envenenó se llamaba "Conócete a ti mismo". ¡Cuidado con las nuevas recetas y con los nuevos boticarios! ¡Cuidado con las decoraciones y "la couleur lócale"! ¡Cuidado con los anacronismos que se disfrazan de aviador! ¡Cuidado con el excesivo dandysmo de la indumentaria londinense! ¡Cuidado -sobre todo- con los que gritan: "¡Cuidado!" cada cinco minutos! Ningún aterrizaje más emocionante que el "aterrizaje" forzoso de la Victoria de Samotracia. Goya grababa, como si "entrara a matar". El estilo de Renán se resiente de la flaccidez y olor a sacristía de sus manos... demasiado aficionadas "a lavarse las manos". La Gioconda es la única mujer viviente que sonríe como algunas mujeres después de muertas. Nada puede darnos una certidumbre más sensual y un convencimiento tan palpable del origen divino de la vida, como el vientre recién fecundado de la Venus de Milo. El problema más grave que Goya resolvió al pintar sus tapices, fue el dosaje de azúcar; un terrón más y sólo hubieran podido usarse como tapas de bomboneras. Los rizos, las ondulaciones, los temas "imperdibles" y, sobre todo, el olor a "vera violetta" de las melodías italianas. Así como un estiló maduro nos instruye -a través de una descripción de Jerusalén- del gesto con que el autor se anuda la corbata, no existirá un arte nacional mientras no sepamos pintar un paisaje noruego con un inconfundible sabor a carbonada. ¿Por qué no admitir que una gallina ponga un trasatlántico, si creemos en la existencia de Rimbaud, sabio, vidente y poeta a los 12 años? ¡El encarnizamiento con que hundió sus pitones, el toro aquél, que mató a todos los Cristos españoles! Rodin confundió caricia con modelado; espasmo con inspiración; "atelier" con alcoba. Jamás existirán caballos capaces de tirar un par de patadas que violenten, más rotundamente, las leyes de la perspectiva y posean, al mismo tiempo, un concepto más equilibrado de la composición, que el par de patadas que tiran los heroicos percherones de Paolo Uccello. Nos aproximamos a los retratos del Greco, con el propósito de sorprender las sanguijuelas que se ocultan en los repliegues de sus golillas. Un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón. Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera. Los críticos olvidan, con demasiada frecuencia, que una cosa es cacarear, otra, poner el huevo. Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario. ¡Si buena parte de nuestros poetas se convenciera de que la tartamudez es preferible al plagio! Tanto en arte, como en ciencia, hay que buscarle las siete patas al gato. El barroco necesitó cruzar el Atlántico en busca del trópico y de la selva para adquirir la ingenuidad candorosa y llena de fasto que ostenta en América. ¿Cómo dejar de admirarla prodigalidad y la perfección con que la mayoría de nuestros poetas logra el prestigio de realizar el vacío absoluto? A fuerza de gritar socorro se corre el riesgo de perder la voz. En los mapas incunables, África es una serie de islas aisladas, pero los vientos hinchan sus cachetes en todas direcciones. Los paréntesis de Faulkner son cárceles de negros. Estamos tan pervertidos que la inhabilidad de lo ingenuo nos parece el "sumun" del arte. La experiencia es la enfermedad que ofrece el menor peligro de contagio. En vez de recurrir al whisky, Turner se emborracha de crepúsculo. Las mujeres modernas olvidan que para desvestirse y desvestirlas se requiere un mínimo de indumentaria. La vida es un largo embrutecimiento. La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas; poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario; los mosquitos pueden volar tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles, y cuando deseamos viajar nos dirigimos a una agencia de vapores en vez de metamorfosear una silla en un trasatlántico. Ningún Stradivarius comparable en forma, ni en resonancia, a las caderas de ciertas colegialas. ¿Existe un llamado tan musicalmente emocionante como el de la llamarada de la enorme gasa que agita Isolda, reclamando desesperadamente la presencia de Tristán? Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir. Ante la exquisitez del idioma francés, es comprensible la atracción que ejerce la palabra "merde". El adulterio se ha generalizado tanto que urge rehabilitarlo o, por lo menos, cambiarle de nombre. Las distancias se han acortado tanto que la ausencia y la nostalgia han perdido su sentido. Tras todo cuadro español se presiente una danza macabra. Lo prodigioso no es que Van Gogh se haya cortado una oreja, sino que conservara la otra. La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta. Hasta Darío no existía un idioma tan rudo y maloliente como el español. Segura de saber donde se hospeda la poesía, existe siempre una multitud impaciente y apresurada que corre en su busca pero, al llegar donde le han dicho que se aloja y preguntar por ella, invariablemente se le contesta: Se ha mudado. Sólo después de arrojarlo todo por la borda somos capaces de ascender hacia nuestra propia nada. La serie de sarcófagos que encerraban a las momias egipcias, son el desafío más perecedero y vano de la vida ante el poder de la muerte. Los pintores chinos no pintan la naturaleza, la sueñan. Hasta la aparición de Rembrandt nadie sospechó que la luz alcanzaría la dramaticidad e inagotable variedad de conflictos de las tragedias shakespearianas. Aspiramos a ser lo que auténticamente somos, pero a medida que creemos lograrlo, nos invade el hartazgo de lo que realmente somos. Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.
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Membretes
Jean Cocteau es un ruiseñor mecánico a quien le ha dado cuerda Ronsard. Los únicos brazos entre los cuales nos resignaríamos a pasar la vida, son los brazos de las Venus que han perdido los brazos. Si los pintores necesitaran, como Delacroix, asistir al degüello de 400 odaliscas para decidirse a tomar los pinceles... Si, por lo menos, sólo fuesen capaces de empuñarlos antes de asesinar a su idolatrada Mamá... Musicalmente, el clarinete es un instrumento muchísimo más rico que el diccionario. Aunque se alteren todas nuestras concepciones sobre la Vida y la Muerte, ha llegado el momento de denunciar la enorme superchería de las "Meninas" que -siendo las propias "Meninas" de carne y hueso- colgaron un letrerito donde se lee Velázquez, para que nadie descubra el auténtico y secular milagro de su inmortalidad. Nadie escuchó con mayor provecho que Debussy, los arpegios que las manos traslúcidas de la lluvia improvisan contra el teclado de las persianas. Las frases, las ideas de Proust, se desarrollan y se enroscan, como las anguilas que nadan en los acuarios; a veces deformadas por un efecto de refracción, otras anudadas en acoplamientos viscosos, siempre envueltas en esa atmósfera que tan solo se encuentra en los acuarios y en el estilo de Proust. ¡La "Olimpia" de Manet está enferma de "mal de Pott"! ¡Necesita aire de mar!... ¡Urge que Goya la examine!... En ninguna historia se revive, como en las irisaciones de los vidrios antiguos, la fugaz y emocionante historia de setecientos mil crepúsculos y auroras. ¡Las lágrimas lo corrompen todo! Partidarios insospechables de un "régimen mejorado", ¿tenemos derecho a reclamar una "ley seca" para la poesía... para una poesía "extra dry", gusto americano? Todo el talento del "douannier" Rousseau estribó en la convicción con que, a los sesenta años, fue capaz de prenderse a un biberón. La disección de los ojos de Monet hubiera demostrado que Monet poseía ojos de mosca; ojos forzados por innumerables ojitos que distinguen con nitidez los más sutiles matices de un color pero que, siendo ojos autónomos, perciben esos matices independientemente, sin alcanzar una visión sintética de conjunto. Las frases de Oscar Wilde no necesitan red. ¡Lástima que al realizar sus más arriesgadas acrobacias, nos dejen la incertidumbre de su **** El cúmulo de atorrantismo y de burdel, de uso y abuso de limpiabotas, de sensiblería engominada, de ojo en compota, de retobe y de tristeza sin razón -allí está la pampa... más allá el indio... la quena... el tamboril -que se espereza y canta en los acordes del tango que improvisa cualquier lunfardo. Es necesario procurarse una vestimenta de radiógrafo (que nos proteja del contacto demasiado brusco con lo sobrenatural), antes de aproximarnos a los rayos ultravioletas que iluminan los paisajes de Patinir. No hay crítico comparable al cajón de nuestro escritorio. Entre otras... ¡la más irreductible disidencia ortográfica! Ellos: Padecen todavía la superstición de las Mayúsculas. Nosotros: Hace tiempo que escribimos: cultura, arte, ciencia, moral y, sobre todo y ante todo, poesía. Los cubistas cometieron el error de creer que una manzana era un tema menos literario y frugal que las nalgas de madame Recamier. ¡Sin pie, no hay poesía! -exclaman algunos. Como si necesitásemos de esa confidencia para reconocerlos. Esos tinteros con un busto de Voltaire, ¿no tendrán un significado profundo? ¿No habrá sido Voltaire una especie de Papa ***** de la tinta? En música, al pleonasmo se le denomina: variación. Seurat compuso los más admirables escaparates de juguetería. La prosa de Flaubert destila un sudor tan frío que nos obliga a cambiarnos de camiseta, si no podemos recurrir a su correspondencia. El silencio de los cuadros del Greco es un silencio ascético, maeterlinckiano, que alucina a los personajes del Greco, les desequilibra la boca, les extravía las pupilas, les diafaniza la nariz. Los bustos romanos serían incapaces de pensar si el tiempo no les hubiera destrozado la nariz. No hay que admirar a Wagner porque nos aburra alguna vez, sino a pesar de que nos aburra alguna vez. Europa comienza a interesarse por nosotros. ¡Disfrazados con las plumas o el chiripá que nos atribuye, alcanzaríamos un éxito clamoroso! ¡Lástima que nuestra sinceridad nos obligue a desilusionarla... a presentarnos como somos; aunque sea incapaz de diferenciarnos... aunque estemos seguros de la rechifla! Aunque la estilográfica tenga reminiscencias de lagrimatorio, ni los cocodrilos tienen derecho a confundir las lágrimas con la tinta. Renán es un hombre tan bien educado que hasta cuando cree tener razón, pretende demostrarnos que no la tiene. Las Venus griegas tienen cuarenta y siete pulsaciones. Las Vírgenes españolas, ciento tres. ¡Sepamos consolarnos! Si las mujeres de Rubens pesaran 27 kilos menos, ya no podríamos extasiarnos ante los reflejos nacarados de sus carnes desnudas. Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor. El ombligo no es un órgano tan importante como imaginan ustedes... ¡Señores poetas! ¿Estupidez? ¿Ingenuidad? ¿Política?... "Seamos argentinos", gritan algunos... sin advertir que la nacionalidad es algo tan fatal como la conformación de nuestro esqueleto. Delatemos un onanismo más: el de izar la bandera cada cinco minutos. Lo primero que nos enseñan las telas de Chardin es que, para llegar a la pulcritud, al reposo, a la sensatez que alcanzó Chardin, no hay más remedio que resignarnos a pasar la vida en zapatillas. Facilísimo haber previsto la muerte de Apollinaire, dado que el cerebro de Apollinaire era una fábrica de pirotecnia que constantemente inventaba los más bellos juegos de artificio, los cohetes de más lindo color, y era fatal que al primero que se le escapara entre el fango de la trinchera, una granada le rebanara el cráneo. Los esclavos miguelangelescos poseen un olor tan iodado, tan acre que, por menos paladar que tengamos basta gustarlo alguna vez para convencerse de que fueron esculpidos por la rompiente. (No me refiero a los del Louvre; modelados por el mar, un día de esos en que fabrica merengues sobre la arena). ¡La opinión que se tendrá de nosotros cuando sólo quede de nosotros lo que perdura de la vieja China o del viejo Egipto! ¡Impongámosnos ciertas normas para volver a experimentar la complacencia ingenua de violarlas! La rehabilitación de la infidelidad reclama de nosotros un candor semejante. ¡Ruboricémonos de no poder ruborizarnos y reinventemos las prohibiciones que nos convengan, antes de que la libertad alcance a esclavizarnos completamente! El cemento armado nos proporciona una satisfacción semejante a la de pasarnos la mano por la cara, después de habernos afeitado. ¡Los vidrios catalanes y las estalactitas de Mallorca con que Anglada prepara su paleta! Los cubistas salvaron a la pintura de las corrientes de aire, de los rayos de sol que amenazaban derretirla pero -al cerrar herméticamente las ventanas, que los impresionistas habían abierto en un exceso de entusiasmo- le suministraron tal cúmulo de recetas, una cantidad tan grande de ventosas que poco faltó para que la asfixiaran y la dejasen descarnada, como un esqueleto. Hay poetas demasiado inflamables. ¿Pasan unos senos recién inaugurados? El cerebro se les incendia. ¡Comienza a salirles humo de la cabeza! "La Maja Vestida" está más desnuda que la "maja desnuda". Las telas de Velázquez respiran a pleno pulmón; tienen una buena tensión arterial, una temperatura normal y una reacción Wasserman negativa. ¡Quién hubiera previsto que las Venus griegas fuesen capaces de perder la cabeza! Hay acordes, hay frases, hay entonaciones en D'Annunzio que nos obligan a perdonarle su "fiatto", su "bella voce", sus actitudes de tenor. Azorín ve la vida en diminutivo y la expresa repitiendo lo diminutivo, hasta darnos la sensación de la eternidad. ¡El Arte es el peor enemigo del arte!... un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas. Lo que molesta más en Cézanne es la testarudez con que, delante de un queso, se empeña en repetir: "esto es un queso". El espesor de las nalgas de Rabelais explica su optimismo. Una visión como la suya, requiere estar muellemente sentada para impedir que el esqueleto nos proporcione un pregusto de muerte. La arquitectura árabe consiguió proporcionarle a la luz, la dulzura y la voluptuosidad que adquiere la luz, en una boca entreabierta de mujer. Hasta el advenimiento de Hugo, nadie sospechó el esplendor, la amplitud, el desarrollo, la suntuosidad a que alcanzaría el genio del "camelo". Es tanta la mala educación de Pió Baroja, y es tan ingenua la voluptuosidad que siente Pío Baroja en ser mal educado, que somos capaces de perdonarle la falta de educación que significa llamarse: Pío Baroja. No hay que confundir poesía con vaselina; vigor, con camiseta sucia. El estilo de Barres es un estilo de onda, un estilo que acaba de salir de la peluquería. Lo único que nos impide creer que Saint Saens haya sido un gran músico, es haber escuchado la música de Saint Sáéns. ¿Las Vírgenes de Murillo? Como vírgenes, demasiado mujeres. Como mujeres, demasiado vírgenes. Todas las razones que tendríamos para querer a Velázquez, si la única razón del amor no consistiera en no tener ninguna. Los surtidores del Alhambra conservan la versión más auténtica de "Las mil y una noches", y la murmuran con la fresca monotonía que merecen. Si Rubén no hubiera poseído unas manos tan finas!... ¡Si no se las hubiese mirado tanto al escribir!... La variedad de cicuta con que Sócrates se envenenó se llamaba "Conócete a ti mismo". ¡Cuidado con las nuevas recetas y con los nuevos boticarios! ¡Cuidado con las decoraciones y "la couleur lócale"! ¡Cuidado con los anacronismos que se disfrazan de aviador! ¡Cuidado con el excesivo dandysmo de la indumentaria londinense! ¡Cuidado -sobre todo- con los que gritan: "¡Cuidado!" cada cinco minutos! Ningún aterrizaje más emocionante que el "aterrizaje" forzoso de la Victoria de Samotracia. Goya grababa, como si "entrara a matar". El estilo de Renán se resiente de la flaccidez y olor a sacristía de sus manos... demasiado aficionadas "a lavarse las manos". La Gioconda es la única mujer viviente que sonríe como algunas mujeres después de muertas. Nada puede darnos una certidumbre más sensual y un convencimiento tan palpable del origen divino de la vida, como el vientre recién fecundado de la Venus de Milo. El problema más grave que Goya resolvió al pintar sus tapices, fue el dosaje de azúcar; un terrón más y sólo hubieran podido usarse como tapas de bomboneras. Los rizos, las ondulaciones, los temas "imperdibles" y, sobre todo, el olor a "vera violetta" de las melodías italianas. Así como un estiló maduro nos instruye -a través de una descripción de Jerusalén- del gesto con que el autor se anuda la corbata, no existirá un arte nacional mientras no sepamos pintar un paisaje noruego con un inconfundible sabor a carbonada. ¿Por qué no admitir que una gallina ponga un trasatlántico, si creemos en la existencia de Rimbaud, sabio, vidente y poeta a los 12 años? ¡El encarnizamiento con que hundió sus pitones, el toro aquél, que mató a todos los Cristos españoles! Rodin confundió caricia con modelado; espasmo con inspiración; "atelier" con alcoba. Jamás existirán caballos capaces de tirar un par de patadas que violenten, más rotundamente, las leyes de la perspectiva y posean, al mismo tiempo, un concepto más equilibrado de la composición, que el par de patadas que tiran los heroicos percherones de Paolo Uccello. Nos aproximamos a los retratos del Greco, con el propósito de sorprender las sanguijuelas que se ocultan en los repliegues de sus golillas. Un libro debe construirse como un reloj, y venderse como un salchichón. Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera. Los críticos olvidan, con demasiada frecuencia, que una cosa es cacarear, otra, poner el huevo. Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario. ¡Si buena parte de nuestros poetas se convenciera de que la tartamudez es preferible al plagio! Tanto en arte, como en ciencia, hay que buscarle las siete patas al gato. El barroco necesitó cruzar el Atlántico en busca del trópico y de la selva para adquirir la ingenuidad candorosa y llena de fasto que ostenta en América. ¿Cómo dejar de admirarla prodigalidad y la perfección con que la mayoría de nuestros poetas logra el prestigio de realizar el vacío absoluto? A fuerza de gritar socorro se corre el riesgo de perder la voz. En los mapas incunables, África es una serie de islas aisladas, pero los vientos hinchan sus cachetes en todas direcciones. Los paréntesis de Faulkner son cárceles de negros. Estamos tan pervertidos que la inhabilidad de lo ingenuo nos parece el "sumun" del arte. La experiencia es la enfermedad que ofrece el menor peligro de contagio. En vez de recurrir al whisky, Turner se emborracha de crepúsculo. Las mujeres modernas olvidan que para desvestirse y desvestirlas se requiere un mínimo de indumentaria. La vida es un largo embrutecimiento. La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas; poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario; los mosquitos pueden volar tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles, y cuando deseamos viajar nos dirigimos a una agencia de vapores en vez de metamorfosear una silla en un trasatlántico. Ningún Stradivarius comparable en forma, ni en resonancia, a las caderas de ciertas colegialas. ¿Existe un llamado tan musicalmente emocionante como el de la llamarada de la enorme gasa que agita Isolda, reclamando desesperadamente la presencia de Tristán? Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir. Ante la exquisitez del idioma francés, es comprensible la atracción que ejerce la palabra "merde". El adulterio se ha generalizado tanto que urge rehabilitarlo o, por lo menos, cambiarle de nombre. Las distancias se han acortado tanto que la ausencia y la nostalgia han perdido su sentido. Tras todo cuadro español se presiente una danza macabra. Lo prodigioso no es que Van Gogh se haya cortado una oreja, sino que conservara la otra. La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta. Hasta Darío no existía un idioma tan rudo y maloliente como el español. Segura de saber donde se hospeda la poesía, existe siempre una multitud impaciente y apresurada que corre en su busca pero, al llegar donde le han dicho que se aloja y preguntar por ella, invariablemente se le contesta: Se ha mudado. Sólo después de arrojarlo todo por la borda somos capaces de ascender hacia nuestra propia nada. La serie de sarcófagos que encerraban a las momias egipcias, son el desafío más perecedero y vano de la vida ante el poder de la muerte. Los pintores chinos no pintan la naturaleza, la sueñan. Hasta la aparición de Rembrandt nadie sospechó que la luz alcanzaría la dramaticidad e inagotable variedad de conflictos de las tragedias shakespearianas. Aspiramos a ser lo que auténticamente somos, pero a medida que creemos lograrlo, nos invade el hartazgo de lo que realmente somos. Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.
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nada de nada; es todo. Así te quiero, nada. ¡Del todo!... Para nada.
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Nihilismo
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Toledo
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Desde el amanecer, se cambia la ropa sucia de los altares y de los santos, que huele a rancia bendición, mientras los plumeros inciensan una nube de polvo tan espesa, que las arañas apenas hallan tiempo de levantar sus redes de equilibrista, para ir a ajustarías en los barrotes de la cama del sacristán. Con todas las características del criminal nato lombrosiano, los apóstoles se evaden de sus nichos, ante las vírgenes atónitas, que rompen a llorar... porque no viene el peluquero a ondularles las crenchas. Enjutos, enflaquecidos de insomnio y de impaciencia, los nazarenos pruébanse el capirote cada cinco minutos, o llegan, acompañados de un amigo, a presentarle la virgen, como si fuera su querida. Ya no queda por alquilar ni una cornisa desde la que se vea pasar la procesión. Minuto tras minuto va cayendo sobre la ciudad una manga de ingleses con una psicología y una elegancia de langosta. A vista de ojo, los hoteleros engordan ante la perspectiva de doblar la tarifa. Llega un cuerpo del ejército de Marruecos, expresamente para sacar los candelabros y la custodia del tesoro. Frente a todos los espejos de la ciudad, las mujeres ensayan su mirada "Smith Wesson"; pues, como las vírgenes, sólo salen de casa esta semana, y si no cazan nada, seguirán siéndolo... ¡Campanas! ¡Repiqueteo de campanas! ¡Campanas con café con leche! ¡Campanas que nos imponen una cadencia al abrocharnos los botines! ¡Campanas que acompasan el paso de la gente que pasa en las aceras! ¡Campanas! ¡Repiqueteo de campanas! En la catedral, el rito se complica tanto, que los sacerdotes necesitan apuntador. Trece siglos de ensayos permiten armonizar las florecencias de las rejas con el contrapaso de los monaguillos y la caligrafía del misal. Una luz de "Museo Grevin" dramatiza la mirada vidriosa de los cristos, ahonda la voz de los prelados que cantan, se interrogan y se contestan, como esos sapos con vientre de prelado, una boca predestinada a engullir hostias y las manos enfermas de reumatismo, por pasarse las noches -de cuclillas en el pantano- cantando a las estrellas. Si al repartir las palmas no interviniera una fuerza sobrenatural, los feligreses aplaudirían los rasos con que la procesión sale a la calle, donde el obispo -con sus ochenta kilos de bordados- bate el "record" de dar media vuelta a la manzana y entra nuevamente en escena, para que continúe la función... ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua? En un flujo y reflujo de espaldas y de brazos, los acorazados de los cacahueteros fondean entre la multitud, que espera la salida de los "pasos" haciendo "pan francés". Espantada por los flagelos de papel, la codicia de los pilletes revolotea y zumba en torno a las canastas de pasteles, mientras los nazarenos sacian la sed, que sentirán, en tabernas que expenden borracheras garantizadas por toda la semana. Sin asomar las narices a la calle, los santos realizan el milagro de que los balcones no se caigan. ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua? pregonan los aguateros al servirnos una reverencia de minué. De repente, las puertas de la iglesia se abren como las de una esclusa, y, entre una doble fila de nazarenos que canaliza la multitud, una virgen avanza hasta las candilejas de su paso, constelada de joyas, como una cupletista. Los espectadores, contorsionados por la emoción, arráncanse la chaquetilla y el sombrero, se acalambran en posturas de capeador, braman piropos que los nazarenos intentan callar como el apagador que les oculta la cabeza. Cuando el Señor aparece en la puerta, las nubes se envuelven con un crespón, bajan hasta la altura de los techos y, al verlo cogido como un torero, todas, unánimemente, comienzan a llorar. ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua?Las tribunas y las sillas colocadas enfrente del Ayuntamiento progresivamente se van ennegreciendo, como un pegamoscas de cocina. Antes que la caballería comience a desfilar, los guardias civiles despejan la calzada, por temor a que los cachetes de algún trompa estallen como una bomba de anarquista. Los caballos -la boca enjabonada cual si se fueran a afeitar- tienen las ancas tan lustrosas, que las mujeres aprovechan para arreglarse la mantilla y averiguar, sin darse vuelta, quién unta una mirada en sus caderas. Con la solemnidad de un ejército de pingüinos, los nazarenos escoltan a los santos, que, en temblores de debutante, representan "misterios" sobre el tablado de las andas, bajo cuyos telones se divisan los pies de los "gallegos", tal como si cambiaran una decoración. Pasa: El Sagrado Prendimiento de Nuestro Señor, y Nuestra Señora del Dulce Nombre. El Santísimo Cristo de las Siete Palabras, y María Santísima de los Remedios. El Santísimo Cristo de las Aguas, y Nuestra Señora del Mayor Dolor. La Santísima Cena Sacramental, y Nuestra Señora del Subterráneo. El Santísimo Cristo del Buen Fin, y Nuestra Señora de la Palma. Nuestro Padre Jesús atado a la Columna, y Nuestra Señora de las Lágrimas. El Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor, y La Quinta Angustia de María Santísima. Y entre paso y paso: ¡Manzanilla! ¡Almendras garrapiñadas! ¡Jerez! Estrangulados por la asfixia, los "gallegos" caen de rodillas cada cincuenta metros, y se resisten a continuar regando los adoquines de sudor, si antes no se les llena el tanque de aguardiente. Cuando los nazarenos se detienen a mirarnos con sus ojos vacíos, irremisiblemente, algún balcón gargariza una "saeta" sobre la multitud, encrespada en un ¡ole!, que estalla y se apaga sobre las cabezas, como si reventara en una playa. Los penitentes cargados de una cruz desinflan el pecho de las mamas en un suspiro de neumático, apenas menos potente al que exhala la multitud al escaparse ese globito que siempre se le escapa a la multitud. Todas las cofradías llevan un estandarte, donde se lee:                       S. P. Q. R.Es el día en que reciben todas las vírgenes de la ciudad. Con la mantilla negra y los ojos que matan, las hembras repiquetean sus tacones sobre las lápidas de las aceras, se consternan al comprobar que no se derrumba ni una casa, que no resucita ningún Lázaro, y, cual si salieran de un toril, irrumpen en los atrios, donde los hombres les banderillean un par de miraduras, a riesgo de dejarse coger el corazón. De pie en medio de la nave -dorada como un salón-, las vírgenes expiden su duelo en un sólido llanto de rubí, que embriaga la elocuencia de prospecto medicinal con que los hermanos ponderan sus encantos, cuando no optan por alzarles las faldas y persuadir a los espectadores de que no hay en el globo unas pantorrillas semejantes. Después de la vigésima estación, si un fémur no nos ha perforado un intestino, contemplamos veintiocho "pasos" más, y acribillados de "saetas", como un San Sebastián, los pies desmenuzados como albóndigas, apenas tenemos fuerza para llegar hasta la puerta del hotel y desplomarnos entre los brazos de la levita del portero. El "menú" nos hace volver en sí. Leemos, nos refregamos los ojos y volvemos a leer: "Sopa de Nazarenos." "Lenguado a la Pío X." -¡Camarero! Un bife con papas. -¿Con Papas, señor?... -¡No, hombre!, con huevos fritos.Mientras se espera la salida del Cristo del Gran Poder, se reflexiona: en la superioridad del marabú, en la influencia de Goya sobre las sombras de los balcones, en la finura chinesca con que los árboles se esfuman en el azul nocturno. Dos campanadas apagan luego los focos de la plaza; así, las espaldas se amalgaman hasta formar un solo cuerpo que sostiene de catorce a diez y nueve mil cabezas. Con un ritmo siniestro de Edgar Poe -¡cirios rojos ensangrientan sus manos!-, los nazarenos perforan un silencio donde tan sólo se percibe el tic-tac de las pestañas, silencio desgarrado por "saetas" que escalofrían la noche y se vierten sobre la multitud como un líquido helado. Seguido de cuatrocientas prostitutas arrepentidas del pecado menos original, el Cristo del Gran Poder camina sobre un oleaje de cabezas, que lo alza hasta el nivel de los balcones, en cuyos barrotes las mujeres aferran las ganas de tirarse a lamerle los pies. En el resto de la ciudad el resplandor de los "pasos" ilumina las caras con una técnica de Rembrandt. Las sombras adquieren más importancia que los cuerpos, llevan una vida más aventurera y más trágica. La cofradía del "Silencio", sobre todo, proyecta en las paredes blancas un "film" dislocado y absurdo, donde las sombras trepan a los tejados, violan los cuartos de las hembras, se sepultan en los patios dormidos. Entre "saetas" conservadas en aguardiente pasa la "Macarena", con su escolta romana, en cuyas corazas de latón se trasuntan los espectadores, alineados a lo largo de las aceras. ¡Es la hora de los churros y del anís! Una luz sin fuerza para llegar al suelo ribetea con tiza las molduras y las aristas de las casas, que tienen facha de haber dormido mal, y obliga a salir de entre sus sábanas a las nubes desnudas, que se envuelven en gasas amarillentas y verdosas y se ciñen, por último, una túnica blanca. Cuando suenan las seis, las cigüeñas ensayan un vuelo matinal, y tornan al campanario de la iglesia, a reanudar sus mansas divagaciones de burócrata jubilado. Caras y actitudes de chimpancé, los presidiarios esperan, trepados en las rejas, que las vírgenes pasen por la cárcel antes de irse a dormir, para sollozar una "saeta" de arrepentimiento y de perdón, mientras en bordejeos de fragata las cofradías que no han fondeado aún en las iglesias, encallan en todas las tabernas, abandonan sus vírgenes por la manzanilla y el jerez. Ya en la cama, los nazarenos que nos transitan las circunvoluciones redoblan sus tambores en nuestra sien, y los churros, anidados en nuestro estómago, se enroscan y se anudan como serpientes. Alguien nos destornilla luego la cabeza, nos desabrocha las costillas, intenta escamotearnos un riñón, al mismo tiempo que un insensato repique de campanas nos va sumergiendo en un sopor. Después... ¿Han pasado semanas? ¿Han pasado minutos?... Una campanilla se desploma, como una sonda, en nuestro oído, nos iza a la superficie del colchón. ¡Apenas tenemos tiempo de alcanzar el entierro!... ¿Cuatrocientos setenta y ocho mil setecientos noventa y nueve "pasos" más? ¡Cristos ensangrentados como caballos de picador! ¡Cirios que nunca terminan de llorar! ¡Concejales que han alquilado un frac que enternece a las Magdalenas! ¡Cristos estirados en una lona de bombero que acaban de arrojarse de un balcón! ¡La Verónica y el Gobernador... con su escolta de arcángeles! ¡Y las centurias romanas... de Marruecos, y las Sibilas, y los Santos Varones! ¡Todos los instrumentos de la Pasión!... ¡Y el instrumento máximo, ¡la Muerte!, entronizada sobre el mundo..., que es un punto final! ¿Morir? ¡Señor! ¡Señor! ¡Libradnos, Señor! ¿Dormir? ¡Dormir! ¡Concedédnoslo, Señor!
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Semana santa
Desde el amanecer, se cambia la ropa sucia de los altares y de los santos, que huele a rancia bendición, mientras los plumeros inciensan una nube de polvo tan espesa, que las arañas apenas hallan tiempo de levantar sus redes de equilibrista, para ir a ajustarías en los barrotes de la cama del sacristán. Con todas las características del criminal nato lombrosiano, los apóstoles se evaden de sus nichos, ante las vírgenes atónitas, que rompen a llorar... porque no viene el peluquero a ondularles las crenchas. Enjutos, enflaquecidos de insomnio y de impaciencia, los nazarenos pruébanse el capirote cada cinco minutos, o llegan, acompañados de un amigo, a presentarle la virgen, como si fuera su querida. Ya no queda por alquilar ni una cornisa desde la que se vea pasar la procesión. Minuto tras minuto va cayendo sobre la ciudad una manga de ingleses con una psicología y una elegancia de langosta. A vista de ojo, los hoteleros engordan ante la perspectiva de doblar la tarifa. Llega un cuerpo del ejército de Marruecos, expresamente para sacar los candelabros y la custodia del tesoro. Frente a todos los espejos de la ciudad, las mujeres ensayan su mirada "Smith Wesson"; pues, como las vírgenes, sólo salen de casa esta semana, y si no cazan nada, seguirán siéndolo... ¡Campanas! ¡Repiqueteo de campanas! ¡Campanas con café con leche! ¡Campanas que nos imponen una cadencia al abrocharnos los botines! ¡Campanas que acompasan el paso de la gente que pasa en las aceras! ¡Campanas! ¡Repiqueteo de campanas! En la catedral, el rito se complica tanto, que los sacerdotes necesitan apuntador. Trece siglos de ensayos permiten armonizar las florecencias de las rejas con el contrapaso de los monaguillos y la caligrafía del misal. Una luz de "Museo Grevin" dramatiza la mirada vidriosa de los cristos, ahonda la voz de los prelados que cantan, se interrogan y se contestan, como esos sapos con vientre de prelado, una boca predestinada a engullir hostias y las manos enfermas de reumatismo, por pasarse las noches -de cuclillas en el pantano- cantando a las estrellas. Si al repartir las palmas no interviniera una fuerza sobrenatural, los feligreses aplaudirían los rasos con que la procesión sale a la calle, donde el obispo -con sus ochenta kilos de bordados- bate el "record" de dar media vuelta a la manzana y entra nuevamente en escena, para que continúe la función... ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua? En un flujo y reflujo de espaldas y de brazos, los acorazados de los cacahueteros fondean entre la multitud, que espera la salida de los "pasos" haciendo "pan francés". Espantada por los flagelos de papel, la codicia de los pilletes revolotea y zumba en torno a las canastas de pasteles, mientras los nazarenos sacian la sed, que sentirán, en tabernas que expenden borracheras garantizadas por toda la semana. Sin asomar las narices a la calle, los santos realizan el milagro de que los balcones no se caigan. ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua? pregonan los aguateros al servirnos una reverencia de minué. De repente, las puertas de la iglesia se abren como las de una esclusa, y, entre una doble fila de nazarenos que canaliza la multitud, una virgen avanza hasta las candilejas de su paso, constelada de joyas, como una cupletista. Los espectadores, contorsionados por la emoción, arráncanse la chaquetilla y el sombrero, se acalambran en posturas de capeador, braman piropos que los nazarenos intentan callar como el apagador que les oculta la cabeza. Cuando el Señor aparece en la puerta, las nubes se envuelven con un crespón, bajan hasta la altura de los techos y, al verlo cogido como un torero, todas, unánimemente, comienzan a llorar. ¡Agua! ¡Agüita fresca! ¿Quién quiere agua?Las tribunas y las sillas colocadas enfrente del Ayuntamiento progresivamente se van ennegreciendo, como un pegamoscas de cocina. Antes que la caballería comience a desfilar, los guardias civiles despejan la calzada, por temor a que los cachetes de algún trompa estallen como una bomba de anarquista. Los caballos -la boca enjabonada cual si se fueran a afeitar- tienen las ancas tan lustrosas, que las mujeres aprovechan para arreglarse la mantilla y averiguar, sin darse vuelta, quién unta una mirada en sus caderas. Con la solemnidad de un ejército de pingüinos, los nazarenos escoltan a los santos, que, en temblores de debutante, representan "misterios" sobre el tablado de las andas, bajo cuyos telones se divisan los pies de los "gallegos", tal como si cambiaran una decoración. Pasa: El Sagrado Prendimiento de Nuestro Señor, y Nuestra Señora del Dulce Nombre. El Santísimo Cristo de las Siete Palabras, y María Santísima de los Remedios. El Santísimo Cristo de las Aguas, y Nuestra Señora del Mayor Dolor. La Santísima Cena Sacramental, y Nuestra Señora del Subterráneo. El Santísimo Cristo del Buen Fin, y Nuestra Señora de la Palma. Nuestro Padre Jesús atado a la Columna, y Nuestra Señora de las Lágrimas. El Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor, y La Quinta Angustia de María Santísima. Y entre paso y paso: ¡Manzanilla! ¡Almendras garrapiñadas! ¡Jerez! Estrangulados por la asfixia, los "gallegos" caen de rodillas cada cincuenta metros, y se resisten a continuar regando los adoquines de sudor, si antes no se les llena el tanque de aguardiente. Cuando los nazarenos se detienen a mirarnos con sus ojos vacíos, irremisiblemente, algún balcón gargariza una "saeta" sobre la multitud, encrespada en un ¡ole!, que estalla y se apaga sobre las cabezas, como si reventara en una playa. Los penitentes cargados de una cruz desinflan el pecho de las mamas en un suspiro de neumático, apenas menos potente al que exhala la multitud al escaparse ese globito que siempre se le escapa a la multitud. Todas las cofradías llevan un estandarte, donde se lee:                       S. P. Q. R.Es el día en que reciben todas las vírgenes de la ciudad. Con la mantilla negra y los ojos que matan, las hembras repiquetean sus tacones sobre las lápidas de las aceras, se consternan al comprobar que no se derrumba ni una casa, que no resucita ningún Lázaro, y, cual si salieran de un toril, irrumpen en los atrios, donde los hombres les banderillean un par de miraduras, a riesgo de dejarse coger el corazón. De pie en medio de la nave -dorada como un salón-, las vírgenes expiden su duelo en un sólido llanto de rubí, que embriaga la elocuencia de prospecto medicinal con que los hermanos ponderan sus encantos, cuando no optan por alzarles las faldas y persuadir a los espectadores de que no hay en el globo unas pantorrillas semejantes. Después de la vigésima estación, si un fémur no nos ha perforado un intestino, contemplamos veintiocho "pasos" más, y acribillados de "saetas", como un San Sebastián, los pies desmenuzados como albóndigas, apenas tenemos fuerza para llegar hasta la puerta del hotel y desplomarnos entre los brazos de la levita del portero. El "menú" nos hace volver en sí. Leemos, nos refregamos los ojos y volvemos a leer: "Sopa de Nazarenos." "Lenguado a la Pío X." -¡Camarero! Un bife con papas. -¿Con Papas, señor?... -¡No, hombre!, con huevos fritos.Mientras se espera la salida del Cristo del Gran Poder, se reflexiona: en la superioridad del marabú, en la influencia de Goya sobre las sombras de los balcones, en la finura chinesca con que los árboles se esfuman en el azul nocturno. Dos campanadas apagan luego los focos de la plaza; así, las espaldas se amalgaman hasta formar un solo cuerpo que sostiene de catorce a diez y nueve mil cabezas. Con un ritmo siniestro de Edgar Poe -¡cirios rojos ensangrientan sus manos!-, los nazarenos perforan un silencio donde tan sólo se percibe el tic-tac de las pestañas, silencio desgarrado por "saetas" que escalofrían la noche y se vierten sobre la multitud como un líquido helado. Seguido de cuatrocientas prostitutas arrepentidas del pecado menos original, el Cristo del Gran Poder camina sobre un oleaje de cabezas, que lo alza hasta el nivel de los balcones, en cuyos barrotes las mujeres aferran las ganas de tirarse a lamerle los pies. En el resto de la ciudad el resplandor de los "pasos" ilumina las caras con una técnica de Rembrandt. Las sombras adquieren más importancia que los cuerpos, llevan una vida más aventurera y más trágica. La cofradía del "Silencio", sobre todo, proyecta en las paredes blancas un "film" dislocado y absurdo, donde las sombras trepan a los tejados, violan los cuartos de las hembras, se sepultan en los patios dormidos. Entre "saetas" conservadas en aguardiente pasa la "Macarena", con su escolta romana, en cuyas corazas de latón se trasuntan los espectadores, alineados a lo largo de las aceras. ¡Es la hora de los churros y del anís! Una luz sin fuerza para llegar al suelo ribetea con tiza las molduras y las aristas de las casas, que tienen facha de haber dormido mal, y obliga a salir de entre sus sábanas a las nubes desnudas, que se envuelven en gasas amarillentas y verdosas y se ciñen, por último, una túnica blanca. Cuando suenan las seis, las cigüeñas ensayan un vuelo matinal, y tornan al campanario de la iglesia, a reanudar sus mansas divagaciones de burócrata jubilado. Caras y actitudes de chimpancé, los presidiarios esperan, trepados en las rejas, que las vírgenes pasen por la cárcel antes de irse a dormir, para sollozar una "saeta" de arrepentimiento y de perdón, mientras en bordejeos de fragata las cofradías que no han fondeado aún en las iglesias, encallan en todas las tabernas, abandonan sus vírgenes por la manzanilla y el jerez. Ya en la cama, los nazarenos que nos transitan las circunvoluciones redoblan sus tambores en nuestra sien, y los churros, anidados en nuestro estómago, se enroscan y se anudan como serpientes. Alguien nos destornilla luego la cabeza, nos desabrocha las costillas, intenta escamotearnos un riñón, al mismo tiempo que un insensato repique de campanas nos va sumergiendo en un sopor. Después... ¿Han pasado semanas? ¿Han pasado minutos?... Una campanilla se desploma, como una sonda, en nuestro oído, nos iza a la superficie del colchón. ¡Apenas tenemos tiempo de alcanzar el entierro!... ¿Cuatrocientos setenta y ocho mil setecientos noventa y nueve "pasos" más? ¡Cristos ensangrentados como caballos de picador! ¡Cirios que nunca terminan de llorar! ¡Concejales que han alquilado un frac que enternece a las Magdalenas! ¡Cristos estirados en una lona de bombero que acaban de arrojarse de un balcón! ¡La Verónica y el Gobernador... con su escolta de arcángeles! ¡Y las centurias romanas... de Marruecos, y las Sibilas, y los Santos Varones! ¡Todos los instrumentos de la Pasión!... ¡Y el instrumento máximo, ¡la Muerte!, entronizada sobre el mundo..., que es un punto final! ¿Morir? ¡Señor! ¡Señor! ¡Libradnos, Señor! ¿Dormir? ¡Dormir! ¡Concedédnoslo, Señor!
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Demasiado corpóreo, limitado, compacto. Tendré que abrir los poros y disgregarme un poco. No digo demasiado.
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Restringido propósito
Este campo fue mar de sal y espuma. Hoy oleaje de ovejas, voz de avena. Más que tierra eres cielo, campo nuestro. Puro cielo sereno... Puro cielo. ¿De tu origen marino no conservas más caracol que el nido del hornero? No olvides que el azar hinchó sus velas y a través de otra mar dio en tus riberas. Ante el sobrio semblante de tus llanos se arrancó la golilla el castellano. Tienes, campo, los huesos que mereces: grandes vértebras simples e inocentes, tibias rudimentarias, informes maxilares que atestiguan tu vida milenaria; y sin embargo, campo, no se advierte ni una arruga en tu frente. Ya sólo es un silencio emocionado tu herbosa voz de mar desagotado. ¡Qué cordial es la mano de este campo! Sobre tu tersa palma distendida ¡quién pudiese rastrear alguna huella que revelara el rumbo de su vida! Tus mismos cardos, campo, se estremecen al presentir la aurora que mereces. Une al don de tu pan y de tu mano el de darle candor a nuestro canto. ¿Oyes, campo, ese ritmo? ¡Si fuera el mío!... sin vocablos ni voz te expresaría al galope tendido. Estas pobres palabras ¡qué mal te quedan! Pero qué quieres, campo, no soy caballo y jamás las diría si tú me oyeras. Por algo ante el apremio de nombrarte he preferido siempre galoparte. Ritmo, calma, silencio, lejanía... hasta volverte, campo, melodía. Sólo el viento merece acompañarte. ¿No podrá ni mentarse tu presencia sin que te duela, campo, la modestia? Eres tan claro y limpio y sin dobleces que el vuelo de una nube te ensombrece. ¡Hasta las sombras, campo, no dan nunca ni el más leve traspiés en tu llanura! ¿Cómo lograste, campo tan benigno, asistir a los cruentos cataclismos que describen tus nubes y ver morir flameantes continentes, inaugurarse mares, donde jóvenes islas recalaban en bahías de fuego, con el vivo y remoto dramatismo que recuerdan tus cielos? Al galoparte, campo, te he sentido cada vez menos campo y más latido. Tenso y redondo y manso, como un grávido vientre virgen campo yacente. Sin rubores, ni gestos excesivos, -acaso un poco triste y resignada- con el mismo candor que usan tus chinas y reprimiendo, campo, su ternura, -más allá del bañado, entre las parvas- se te entrega la tarde ensimismada. Pasan las nubes, pasan -¿Quién las arrea?- tobianas, malacaras, overas, bayas; pero toditas llevan, campo, tu marca. Dime, campo tendido cara  al cielo, ¿esas nubes son hijas de tu sueño?... ¡Cómo no han de llorarte las tropillas de tus nubes tordillas al otear, desde el cielo, esas praderas y sentir la nostalgia de sus yerbas! Lo que prefiero, campo, es tu llaneza. Ya sé que tierra adentro eres de piedra, como también de piedra son tus cielos, y hasta esas pobres sombras que se hospedan en tus valles de piedra; pero al pensarte, campo, sólo veo, en vez de esas quebradas minerales donde espectros de muías se alimentan con las más tiernas piedras, una inmensa llanura de silencio, que abanican, con calma, tus haciendas. En lo alto de esas cumbres agobiantes hallaremos laderas y peñascos, donde yacen metales, momias de alga, peces cristalizados; peto jamás la extensa certidumbre de que antes de humillarnos para siempre, has preferido, campo, el ascetismo de negarte a ti mismo. Fuiste viva presencia o fiel memoria desde mi más remota prehistoria. Mucho antes de intimar con los palotes mi amistad te abrazaba en cada poste. Chapaleando en el cielo de tus charcos me rocé con tus ranas y tus astros. Junto con tu recuerdo se aproxima el relente a distancia y pasto herido con que impregnas las botas... la fatiga. Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido? hasta encontrarlo dentro de uno mismo. Siempre volvemos, campo, de tus tardes con un lucero humeante... entre los labios. Una tarde, en el mar, tú me llamaste, pero en vez de tu escueta reciedumbre pasaba ante la borda un campo equívoco de andares voluptuosos y evasivos. Me llamaste, otra vez, con voz de madre y en tu silencio sólo hallé una vaca junto a un charco de luna arrodillada; arrodillada, campo, ante tu nada. Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo, te me vas, despacito, para adentro... al trote corto, campo, al trotecito. Aunque me ignores, campo, soy tu amigo. Entra y descansa, campo. Desensilla. Deja de ser eterna lejanía. Cuanto más te repito y te repito quisiera repetirte al infinito. Nunca permitas, campo, que se agote nuestra sed de horizonte y de galope. Templa mis nervios, campo ilimitado, al recio diapasón del alambrado. Aquí mi soledad. Esta mi mano. Dondequiera que vayas te acompaño. Si no hubieras andado siempre solo ¿todavía tendrías voz de toro? Tu soledad, tu soledad... ¡la mía! Un sorbo tras el otro, noche y día, como si fuera, campo, mate amargo. A veces soledad, otras silencio, pero ante todo, campo: padre-nuestro. "No eres más que una vaca -dije un día- con un millón de ubres maternales"... sin recordar -¡perdona!- que enarbolas entre el lírico arranque de tus cuernos un gran nido de hornero. "Si no tiene relieve, ni contornos. Nada que lo limite, que lo encuadre; allí... a las cansadas, un arroyo, quizás una lomada..." seguirán -¡perdonadlos!- murmurando, aunque tu inmensa nada lo sea todo. Comprendo, campo adusto, que sonrías cuando sólo te habitan las espigas. Aunque no sueñen más que en esquilmarte e ignoren el sabor de tus raíces, el rumbo de tus pájaros, nunca te niegues, pampa, a abrir los brazos. Has de ser para todos campo santo. Al verte cada vez más cultivado olvidan que tenías piel de puma y fuiste, hasta hace poco, campo bravo. No te me quejes, campo desollado. Cubierto de rasguños y de espinas -después de costalar entre tus cardos- anduve yo también desamparado, con un dolor caballo en las costillas. Recuerda que tus nubes se desangran sin decir, campo macho, ni palabra. Son tan grandes tus noches, que avergüenzan. Si los grillos dejasen de apretarle una sola clavija a tu silencio, ¿alcanzarías, campo, el delirante y agudo diapasón de las estrellas? Hasta la oscura voz de tus pantanos da fervor a tu sacro canto llano. ¡Qué buenos confesores son tus sapos! Nada logra expresar, campo nocturno, tu inmensa soledad desamparada como el presentimiento que ensombrece el insomne mugir de tus manadas. Vierte, campo, sin tregua, en nuestras venas la destilada luz de tus estrellas. Tu santa luna, campo solitario, convierte nuestro pecho en un hostiario. Déjanos comulgar con tu llanura... Danos, campo eucarístico, tu luna. ¿A qué sabrán tus pastos cuando logren, por fin, domesticarte y en vez de campo potro desbocado te transformes en campo endomingado? Cómo ríen tus sapos, tus maizales, con dientes de potrillo, del candor con que todas tus ciudades, no bien salen del horno, ya ostentan capiteles, frontispicios, y arquitrabes postizos. Sólo soportas, campo, los aleros que aconsejan vivir como el hornero. Te llevé de la mano hacia aldeas y rutas patinadas por leyendas doradas; pero tú sonreías, campo niño, y yo junto contigo... siempre, siempre contigo campo recién nacido. Tantos viejos modales resobados y tanta historia con tantas mezquindades, desde la ausencia, campo, musitaban tus ingenuos yuyales. -¡Qué tierras sin aliento! -balbuceabas-. Sólo produce muertos... grandes muertos insomnes y locuaces que en vez de reposar y ser olvido desertan de sus tumbas, vociferan, en cada encrucijada, en cada piedra. Los míos, por lo menos, son modestos. No incomodan a nadie. Y el eco de tu voz, entre las ruinas: "Dadle muerte a esos muertos", repetía. ¿Dónde apoyarnos, campo? ¡Ni una piedra! Nada que indique el rumbo de tus huellas. Persiste, campo nada, en acercarnos la ocasión de perdernos... o encontrarnos. Gracias, campo, por ser tan despoblado y limpito de muertos, que admites arriesgar cualquier postura sin pedirle permiso a los espectros. Muchas gracias por crearnos una muerte de tu mismo tamaño y tan perfecta que no deja ni el rastro de una huella. Y mil gracias por darnos la certeza de poder galopar toda una vida sin hallar otra muerte que la nuestra. Con sólo descansar sobre tu suelo ya nos sentimos, campo, en pleno cielo. -"¿Y si en vez de ser campo fuera ausencia?" -"En mí perduraría tu presencia." Espera, campo, espera. No me llames. ¿Por qué esa voz tan negra, campo madre? -"¿Es tu silencio mar quien me reclama?" -"Ven a dormir a orillas de mi calma." Tú que estás en los cielos, campo nuestro. Ante ti se arrodilla mi silencio.
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Campo nuestro
Este campo fue mar de sal y espuma. Hoy oleaje de ovejas, voz de avena. Más que tierra eres cielo, campo nuestro. Puro cielo sereno... Puro cielo. ¿De tu origen marino no conservas más caracol que el nido del hornero? No olvides que el azar hinchó sus velas y a través de otra mar dio en tus riberas. Ante el sobrio semblante de tus llanos se arrancó la golilla el castellano. Tienes, campo, los huesos que mereces: grandes vértebras simples e inocentes, tibias rudimentarias, informes maxilares que atestiguan tu vida milenaria; y sin embargo, campo, no se advierte ni una arruga en tu frente. Ya sólo es un silencio emocionado tu herbosa voz de mar desagotado. ¡Qué cordial es la mano de este campo! Sobre tu tersa palma distendida ¡quién pudiese rastrear alguna huella que revelara el rumbo de su vida! Tus mismos cardos, campo, se estremecen al presentir la aurora que mereces. Une al don de tu pan y de tu mano el de darle candor a nuestro canto. ¿Oyes, campo, ese ritmo? ¡Si fuera el mío!... sin vocablos ni voz te expresaría al galope tendido. Estas pobres palabras ¡qué mal te quedan! Pero qué quieres, campo, no soy caballo y jamás las diría si tú me oyeras. Por algo ante el apremio de nombrarte he preferido siempre galoparte. Ritmo, calma, silencio, lejanía... hasta volverte, campo, melodía. Sólo el viento merece acompañarte. ¿No podrá ni mentarse tu presencia sin que te duela, campo, la modestia? Eres tan claro y limpio y sin dobleces que el vuelo de una nube te ensombrece. ¡Hasta las sombras, campo, no dan nunca ni el más leve traspiés en tu llanura! ¿Cómo lograste, campo tan benigno, asistir a los cruentos cataclismos que describen tus nubes y ver morir flameantes continentes, inaugurarse mares, donde jóvenes islas recalaban en bahías de fuego, con el vivo y remoto dramatismo que recuerdan tus cielos? Al galoparte, campo, te he sentido cada vez menos campo y más latido. Tenso y redondo y manso, como un grávido vientre virgen campo yacente. Sin rubores, ni gestos excesivos, -acaso un poco triste y resignada- con el mismo candor que usan tus chinas y reprimiendo, campo, su ternura, -más allá del bañado, entre las parvas- se te entrega la tarde ensimismada. Pasan las nubes, pasan -¿Quién las arrea?- tobianas, malacaras, overas, bayas; pero toditas llevan, campo, tu marca. Dime, campo tendido cara  al cielo, ¿esas nubes son hijas de tu sueño?... ¡Cómo no han de llorarte las tropillas de tus nubes tordillas al otear, desde el cielo, esas praderas y sentir la nostalgia de sus yerbas! Lo que prefiero, campo, es tu llaneza. Ya sé que tierra adentro eres de piedra, como también de piedra son tus cielos, y hasta esas pobres sombras que se hospedan en tus valles de piedra; pero al pensarte, campo, sólo veo, en vez de esas quebradas minerales donde espectros de muías se alimentan con las más tiernas piedras, una inmensa llanura de silencio, que abanican, con calma, tus haciendas. En lo alto de esas cumbres agobiantes hallaremos laderas y peñascos, donde yacen metales, momias de alga, peces cristalizados; peto jamás la extensa certidumbre de que antes de humillarnos para siempre, has preferido, campo, el ascetismo de negarte a ti mismo. Fuiste viva presencia o fiel memoria desde mi más remota prehistoria. Mucho antes de intimar con los palotes mi amistad te abrazaba en cada poste. Chapaleando en el cielo de tus charcos me rocé con tus ranas y tus astros. Junto con tu recuerdo se aproxima el relente a distancia y pasto herido con que impregnas las botas... la fatiga. Galopar. Galopar. ¿Ritmo perdido? hasta encontrarlo dentro de uno mismo. Siempre volvemos, campo, de tus tardes con un lucero humeante... entre los labios. Una tarde, en el mar, tú me llamaste, pero en vez de tu escueta reciedumbre pasaba ante la borda un campo equívoco de andares voluptuosos y evasivos. Me llamaste, otra vez, con voz de madre y en tu silencio sólo hallé una vaca junto a un charco de luna arrodillada; arrodillada, campo, ante tu nada. Cuando me acerco, pampa, a tu recuerdo, te me vas, despacito, para adentro... al trote corto, campo, al trotecito. Aunque me ignores, campo, soy tu amigo. Entra y descansa, campo. Desensilla. Deja de ser eterna lejanía. Cuanto más te repito y te repito quisiera repetirte al infinito. Nunca permitas, campo, que se agote nuestra sed de horizonte y de galope. Templa mis nervios, campo ilimitado, al recio diapasón del alambrado. Aquí mi soledad. Esta mi mano. Dondequiera que vayas te acompaño. Si no hubieras andado siempre solo ¿todavía tendrías voz de toro? Tu soledad, tu soledad... ¡la mía! Un sorbo tras el otro, noche y día, como si fuera, campo, mate amargo. A veces soledad, otras silencio, pero ante todo, campo: padre-nuestro. "No eres más que una vaca -dije un día- con un millón de ubres maternales"... sin recordar -¡perdona!- que enarbolas entre el lírico arranque de tus cuernos un gran nido de hornero. "Si no tiene relieve, ni contornos. Nada que lo limite, que lo encuadre; allí... a las cansadas, un arroyo, quizás una lomada..." seguirán -¡perdonadlos!- murmurando, aunque tu inmensa nada lo sea todo. Comprendo, campo adusto, que sonrías cuando sólo te habitan las espigas. Aunque no sueñen más que en esquilmarte e ignoren el sabor de tus raíces, el rumbo de tus pájaros, nunca te niegues, pampa, a abrir los brazos. Has de ser para todos campo santo. Al verte cada vez más cultivado olvidan que tenías piel de puma y fuiste, hasta hace poco, campo bravo. No te me quejes, campo desollado. Cubierto de rasguños y de espinas -después de costalar entre tus cardos- anduve yo también desamparado, con un dolor caballo en las costillas. Recuerda que tus nubes se desangran sin decir, campo macho, ni palabra. Son tan grandes tus noches, que avergüenzan. Si los grillos dejasen de apretarle una sola clavija a tu silencio, ¿alcanzarías, campo, el delirante y agudo diapasón de las estrellas? Hasta la oscura voz de tus pantanos da fervor a tu sacro canto llano. ¡Qué buenos confesores son tus sapos! Nada logra expresar, campo nocturno, tu inmensa soledad desamparada como el presentimiento que ensombrece el insomne mugir de tus manadas. Vierte, campo, sin tregua, en nuestras venas la destilada luz de tus estrellas. Tu santa luna, campo solitario, convierte nuestro pecho en un hostiario. Déjanos comulgar con tu llanura... Danos, campo eucarístico, tu luna. ¿A qué sabrán tus pastos cuando logren, por fin, domesticarte y en vez de campo potro desbocado te transformes en campo endomingado? Cómo ríen tus sapos, tus maizales, con dientes de potrillo, del candor con que todas tus ciudades, no bien salen del horno, ya ostentan capiteles, frontispicios, y arquitrabes postizos. Sólo soportas, campo, los aleros que aconsejan vivir como el hornero. Te llevé de la mano hacia aldeas y rutas patinadas por leyendas doradas; pero tú sonreías, campo niño, y yo junto contigo... siempre, siempre contigo campo recién nacido. Tantos viejos modales resobados y tanta historia con tantas mezquindades, desde la ausencia, campo, musitaban tus ingenuos yuyales. -¡Qué tierras sin aliento! -balbuceabas-. Sólo produce muertos... grandes muertos insomnes y locuaces que en vez de reposar y ser olvido desertan de sus tumbas, vociferan, en cada encrucijada, en cada piedra. Los míos, por lo menos, son modestos. No incomodan a nadie. Y el eco de tu voz, entre las ruinas: "Dadle muerte a esos muertos", repetía. ¿Dónde apoyarnos, campo? ¡Ni una piedra! Nada que indique el rumbo de tus huellas. Persiste, campo nada, en acercarnos la ocasión de perdernos... o encontrarnos. Gracias, campo, por ser tan despoblado y limpito de muertos, que admites arriesgar cualquier postura sin pedirle permiso a los espectros. Muchas gracias por crearnos una muerte de tu mismo tamaño y tan perfecta que no deja ni el rastro de una huella. Y mil gracias por darnos la certeza de poder galopar toda una vida sin hallar otra muerte que la nuestra. Con sólo descansar sobre tu suelo ya nos sentimos, campo, en pleno cielo. -"¿Y si en vez de ser campo fuera ausencia?" -"En mí perduraría tu presencia." Espera, campo, espera. No me llames. ¿Por qué esa voz tan negra, campo madre? -"¿Es tu silencio mar quien me reclama?" -"Ven a dormir a orillas de mi calma." Tú que estás en los cielos, campo nuestro. Ante ti se arrodilla mi silencio.
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Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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El tren expreso
Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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101
La ciudad imita en cartón, una ciudad de pórfido.Caravanas de montañas acampan en los alrededores.El "Pan de Azúcar" basta para almibarar toda la bahía... El "Pan de Azúcar" y su alambre carril, que perderá el equilibrio por no usar una sombrilla de papel. Con sus caras pintarrajeadas, los edificios saltan unos encima de otros y cuando están arriba, ponen el lomo, para que las palmeras les den un golpe de plumero en la azotea.El sol ablanda el asfalto y las nalgas de las mujeres, madura las peras de la electricidad, sufre un crepúsculo, en los botones de ópalo que los hombres usan hasta para abrocharse la bragueta.¡Siete veces al día, se riegan las calles con agua de jazmín! Hay viejos árboles pederastas, florecidos en rosas té; y viejos árboles que se tragan los chicos que juegan al arco en los paseos. Frutas que al caer hacen un huraco enorme en la vereda; negros que tienen cutis de tabaco, las palmas de las manos hechas de coral, y sonrisas desfachatadas de sandía.Sólo por cuatrocientos mil reis se toma un café, que perfuma todo un barrio de la ciudad durante diez minutos.
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Río de janeiro
A lo fugaz perpetuo y sus hipoteseres a la deriva al vértigo al sublatir al máximo las reverberalíbido al desensueño al alba a los cornubios dime sin titilar por ímpetu de bumerang de encelo de gravitante acólito de tanto móvil tránsfuga cocoterráqueo efímero y otros ripios del tránsito meditaturbio exóvulo espiritado en Virgo en decúbito en trance en aluvión de incógnitas con más de un muerto huésped rondando la infraniebla del dédalo encefálico junto a precoces ceros esterosentes dime al codeleite mudo del mimo mimo mixto al desmelar los senos o al trasvestirme de ola de sótano de ausencia de caminos de pájaros que lindan con la infancia animamantemente me di por dar por tara por vocación de dado por hacer noche solo entre amantes fogatas desinhalar lo hueco y encontrarme inhallable hora tras otra lacra más y más cavernoso menos volátil paria más total seudo apoeta con esqueleto topo y suspensivas nueces de apetencias atávicas al azar dime al gusto a las adultas menguas a las escleropsiquis al romo tedio al pasmo al exprimir las equis a la veinteava esencia y degustar los filtros del desencantamiento o revertir mi arena en clepsidras sexuadas y sincopar la cópula me di me doy me he dado donde lleva la sangre prostitutivamente por puro pleno pánico de adherir a lo inmóvil del yacer sin orillas sin fe sin mí sin pauta sin sosías sin lastre sin máscara de espera ni levitarme en busca del muy Señor nuestro ausente en todo caso y tiempo y modo y **** y verbo que fecundó el vacío obnubilado inserto en el dislate cosmos, a todo todo dime alirrampantemente para abusar del aire del sueño de lo vivo y redarme y masdarme hasta el último dengue                                                           y entorpecer la nada
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Por vocación de dado
A lo fugaz perpetuo y sus hipoteseres a la deriva al vértigo al sublatir al máximo las reverberalíbido al desensueño al alba a los cornubios dime sin titilar por ímpetu de bumerang de encelo de gravitante acólito de tanto móvil tránsfuga cocoterráqueo efímero y otros ripios del tránsito meditaturbio exóvulo espiritado en Virgo en decúbito en trance en aluvión de incógnitas con más de un muerto huésped rondando la infraniebla del dédalo encefálico junto a precoces ceros esterosentes dime al codeleite mudo del mimo mimo mixto al desmelar los senos o al trasvestirme de ola de sótano de ausencia de caminos de pájaros que lindan con la infancia animamantemente me di por dar por tara por vocación de dado por hacer noche solo entre amantes fogatas desinhalar lo hueco y encontrarme inhallable hora tras otra lacra más y más cavernoso menos volátil paria más total seudo apoeta con esqueleto topo y suspensivas nueces de apetencias atávicas al azar dime al gusto a las adultas menguas a las escleropsiquis al romo tedio al pasmo al exprimir las equis a la veinteava esencia y degustar los filtros del desencantamiento o revertir mi arena en clepsidras sexuadas y sincopar la cópula me di me doy me he dado donde lleva la sangre prostitutivamente por puro pleno pánico de adherir a lo inmóvil del yacer sin orillas sin fe sin mí sin pauta sin sosías sin lastre sin máscara de espera ni levitarme en busca del muy Señor nuestro ausente en todo caso y tiempo y modo y **** y verbo que fecundó el vacío obnubilado inserto en el dislate cosmos, a todo todo dime alirrampantemente para abusar del aire del sueño de lo vivo y redarme y masdarme hasta el último dengue                                                           y entorpecer la nada
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A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Escorial
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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