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"hocico" poems
Ha quedado un olor entre los cañaverales; una mezcla de sangre y cuerpo, un penetrante pétalo nauseabundo. Entre los cocoteros las tumbas están llenas de huesos demolidos, de estertores callados. El delicado sátrapa conversa con copas, cuellos y cordones de oro. El pequeño palacio brilla como un reloj y las rápidas risas enguantadas atraviesan a veces los pasillos y se reúnen a las voces muertas y a las bocas azules frescamente enterradas. El llanto está escondido como una planta cuya semilla cae sin cesar sobre el suelo y hace crecer sin luz sus grandes hojas ciegas. El odio se ha formado escama a escama, golpe a golpe, en el agua terrible del pantano, con un hocico lleno de légamo y silencio.
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Los dictadores
A dios no lo encontré precisamente en una iglesia, ni tampoco en un sermón. No nos conocimos un domingo, ni se me presentó envuelto en sotanas. A dios lo vi en una solitaria zebra, en un hocico húmedo y arrugado, y en el tímido beso de una hiena. En el sincronizado nado de los delfines, la jorobada espalda de una ballena y un atardecer radiante de rojo y azul. Me lo topé en las canas de mi padre y la fe intensa de mi madre. En la tenacidad de mi hermanita, convertida hoy en empoderada mujer, y en el calor de esas amistades que prevalecen a pesar de tiempo y distancia. Dios se me apareció en un primer beso y una caricia sincera. Lo encontré detrás de ese par de ojos azules que gritaban “te amo”, y en la impotencia y el dolor que hoy causa el haberlos perdido. Lo atrapé escondido en la grandeza de Machu Picchu, y corriendo por las majestuosas planicies sudafricanas. En las calles de mi pueblo pequeñito, tan lleno de virtudes y problemas, y en el eco del grito latinoamericano. A dios lo veo en las cicatrices que exhiben mis rodillas, producto de cada caída. Reside en mi fuerza y coraje, que me han levantado, y también en cada persona que me ha brindado una mano. Y es que a dios lo veo en algo tan simple como lo es la gracia de ser humano. En la risa, el éxito, el dolor y los errores. El amor, la soledad, la esperanza y la incertidumbre. Dios, mis amigos, está en la valentía de vivir.
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Nov 8, 2015
Nov 8, 2015 at 6:52 PM UTC
dios
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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La sangre derramada
¡Que no quiero verla! Dile a la luna que venga, que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena. ¡Que no quiero verla! La luna de par en par. Caballo de nubes quietas, y la plaza gris del sueño con sauces en las barreras. ¡Que no quiero verla! Que mi recuerdo se quema. ¡Avisad a los jazmines con su blancura pequeña! ¡Que no quiero verla! La vaca del viejo mundo pasaba su triste lengua sobre un hocico de sangres derramadas en la arena, y los toros de Guisando, casi muerte y casi piedra, mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra. No. ¡Que no quiero verla! Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Buscaba el amanecer, y el amanecer no era. Busca su perfil seguro, y el sueño lo desorienta. Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta. ¡No me digáis que la vea! No quiero sentir el chorro cada vez con menos fuerza; ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbre sedienta. ¡Quién me grita que me asome! ¡No me digáis que la vea! No se cerraron sus ojos cuando vio los cuernos cerca, pero las madres terribles levantaron la cabeza. Y a través de las ganaderías, hubo un aire de voces secretas que gritaban a toros celestes mayorales de pálida niebla. No hubo príncipe en Sevilla que comparársele pueda, ni espada como su espada ni corazón tan de veras. Como un río de leones su maravillosa fuerza, y como un torso de mármol su dibujada prudencia. Aire de Roma andaluza le doraba la cabeza donde su risa era un nardo de sal y de inteligencia. ¡Qué gran torero en la plaza! ¡Qué buen serrano en la sierra! ¡Qué blando con las espigas! ¡Qué duro con las espuelas! ¡Qué tierno con el rocío! ¡Qué deslumbrante en la feria! ¡Qué tremendo con las últimas banderillas de tiniebla! Pero ya duerme sin fin. Ya los musgos y la hierba abren con dedos seguros la flor de su calavera. Y su sangre ya viene cantando: cantando por marismas y praderas, resbalando por cuernos ateridos, vacilando sin alma por la niebla, tropezando con miles de pezuñas como una larga, oscura, triste lengua, para formar un charco de agonía junto al Guadalquivir de las estrellas. ¡Oh blanco muro de España! ¡Oh ***** toro de pena! ¡Oh sangre dura de Ignacio! ¡Oh ruiseñor de sus venas! No. ¡Que no quiero verla! Que no hay cáliz que la contenga, que no hay golondrinas que se la beban, no hay escarcha de luz que la enfríe, no hay canto ni diluvio de azucenas, no hay cristal que la cubra de plata. No. ¡¡Yo no quiero verla!!
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Este perro. Este perro. ¡Indescriptible! ¡Único! (¿Quién diría la forma, la intención, el tamaño de todas sus membranas, sus vértebras, sus células, sin olvidar su aliento, sus costumbres, sus lágrimas?) Este perro. Este perro, semejante a otros perros y a la vez tan distinto a su padre, a su madre, sus hermanos, sus hijos, a los perros ya muertos, y a todos los que existen. Este perro increíble, con su hocico, su rabo, sus orejas, sus patas, inédito, viviente; modelado, compuesto a través de los siglos por un esfuerzo inmenso, constante, incomprensible, de creación, de armonía, de equilibrio, de ritmo. Este perro. Este perro, cotidiano, inaudito, que demuestra el milagro, que me acerca al misterio... que da ganas de hincarse, de romper una silla.
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Inagotable asombro
Padre y maestro mágico, liróforo celeste que al instrumento olímpico y a la siringa agreste             diste tu acento encantador; ¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,             ¡al son del sistro y del tambor!Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, que se humedezca el áspero hocico de la fiera             de amor si pasa por allí; que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne             y de claveles de rubí.Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, ahuyenten la negrura del pájaro protervo             el dulce canto de cristal que Filomela vierta sobre tus tristes huesos, o la armonía dulce de risas y de besos             de culto oculto y florestal.Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,             sino rocío, vino, miel: que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres             bajo un simbólico laurel!Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,             tu nombre ponga en la canción; y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche con ansias y temores entre las linfas luche,             llena de miedo y de pasión.De noche, en la montaña, en la negra montaña de las Visiones, pase gigante sombra extraña,             sombra de un Sátiro espectral; que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; de una extrahumana flauta la melodía ajuste             a la armonía sideral.Y huya el tropel equino por la montaña vasta; tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta             de compasiva y blanca luz; y el Sátiro contemple sobre un lejano monte una cruz que se eleve cubriendo el horizonte             ¡y un resplandor sobre la cruz!
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Verlaine
Padre y maestro mágico, liróforo celeste que al instrumento olímpico y a la siringa agreste             diste tu acento encantador; ¡Panida! Pan tú mismo, con coros condujiste hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,             ¡al son del sistro y del tambor!Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, que se humedezca el áspero hocico de la fiera             de amor si pasa por allí; que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne             y de claveles de rubí.Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, ahuyenten la negrura del pájaro protervo             el dulce canto de cristal que Filomela vierta sobre tus tristes huesos, o la armonía dulce de risas y de besos             de culto oculto y florestal.Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,             sino rocío, vino, miel: que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres             bajo un simbólico laurel!Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,             tu nombre ponga en la canción; y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche con ansias y temores entre las linfas luche,             llena de miedo y de pasión.De noche, en la montaña, en la negra montaña de las Visiones, pase gigante sombra extraña,             sombra de un Sátiro espectral; que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; de una extrahumana flauta la melodía ajuste             a la armonía sideral.Y huya el tropel equino por la montaña vasta; tu rostro de ultratumba bañe la Luna casta             de compasiva y blanca luz; y el Sátiro contemple sobre un lejano monte una cruz que se eleve cubriendo el horizonte             ¡y un resplandor sobre la cruz!
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Dime, del tiempo resonando en tu esfera parcial y dulce no oyes acaso el sordo gemido? No sientes de lenta manera, en trabajo trémulo y ávido, la insistente noche que vuelve? Secas sales y sangres aéreas, atropellado correr ríos, temblando el testigo constata. Aumento oscuro de paredes, crecimiento brusco de puertas, delirante población de estímulos, circulaciones implacables. Alrededor, de infinito modo, en propaganda interminable, de hocico armado y definido el espacio hierve y se puebla. No oyes la constante victoria en la carrera de los seres del tiempo, lento como el fuego, seguro y espeso y hercúleo, acumulando su volumen y añadiendo su triste hebra? Como una planta perpetua aumenta su delgado y pálido hilo mojado de gotas que caen sin sonido en la soledad.
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Trabajo frío
Al festín va la turba nupcial amontonada, centauros y guerreros, borrachos y arrogantes; y se ve carne heroica, entre hachas humeantes, al pelo de los hijos  de la Nube mezclada. Risas, tumulto... un grito. La Esposa, desgarrada la púrpura, alza en torno puños  amenazantes; el bronce vibra: al choque de cascos resonantes, y en el suelo la mesa queda al fin derribada. El que es fuerte entre fue des se levanta al instante Un hocico leonino se frunce en su semblante lleno de crines áureas. Es Hércules, huraño, y de un extremo al otro de la sala anchurosa, ante  su ojo terrible, que en cólera rebosa, retrocede , mugiendo el monstruoso rebaño.
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Centauros y lapitas