Él era tan divertido, tan ingenioso, tan atrevido.
Había en su forma de hablar cierta elegancia
un atrevimiento que jamás pedía permiso.
que no se aprendía: Se nacía con él.
En sus ojos se encendían un fuego cuando hablaba de sus sueños,
y yo, —en secreto— le envidiaba ese brillo.
Me gustaba —lo admito—
No lo niego.
Éramos distintos, casi opuestos,
y, sin embargo, en su mirada cabían todos los caminos.
No se parecía a ninguno de los chicos que conocí,
ni a mis amigos, ni a nadie.
Era más decidido, más valiente, más libre…
como un ave diminuta
que traza su propio rumbo en el cielo más vasto y que jamás se pregunta por el viento.
Y aunque el destino nos separó,
aún lo guardo en la memoria.
Fue él quien hizo brillar mis ojos cansados,
quien encendió mis mejillas pálidas,
quien regó de vida este pecho que creía hueco, sin corazón.
Despertó la fuerza dormida en mí,
dio belleza a mi rostro
y arrancó de mis labios
una risa clara, radiante, chispeante.
Su presencia despertó la fuerza oculta,
limpió mis pensamientos,
desanudó la tristeza adherida a mi rostro
y lo cubrió con la hermosura breve
de una sonrisa que todavía recuerdo.
Me salvó de la sumisión,
de esa timidez que me condenaba,
y tal vez incluso del arrepentimiento;
me rescató de la melancolía pesada
y del rencor silencioso hacia la vida que se pudría en silencio.
Ahora, si él me viera,
quizás sentiría pena
tal vez lamentaría que esa belleza fugaz que me regaló, nacida de sus propias manos
se marchitará tan pronto
con su partida;
que su luz, brillara en mí apenas un instante
tan breve, tan engañosamente, como una falsa eternidad.
Quizá le dolería
no haber tenido tiempo
de amar
o ser amado.
Porque hubo tanto
que pudo haber sido,
y ahora solo vive
en nuestra memoria.
J. Felix
Oct 30, 2025
Oct 30, 2025 at 1:58 AM UTC
Él era tan divertido, tan ingenioso, tan atrevido.
Había en su forma de hablar cierta elegancia
un atrevimiento que jamás pedía permiso.
que no se aprendía: Se nacía con él.
En sus ojos se encendían un fuego cuando hablaba de sus sueños,
y yo, —en secreto— le envidiaba ese brillo.
Me gustaba —lo admito—
No lo niego.
Éramos distintos, casi opuestos,
y, sin embargo, en su mirada cabían todos los caminos.
No se parecía a ninguno de los chicos que conocí,
ni a mis amigos, ni a nadie.
Era más decidido, más valiente, más libre…
como un ave diminuta
que traza su propio rumbo en el cielo más vasto y que jamás se pregunta por el viento.
Y aunque el destino nos separó,
aún lo guardo en la memoria.
Fue él quien hizo brillar mis ojos cansados,
quien encendió mis mejillas pálidas,
quien regó de vida este pecho que creía hueco, sin corazón.
Despertó la fuerza dormida en mí,
dio belleza a mi rostro
y arrancó de mis labios
una risa clara, radiante, chispeante.
Su presencia despertó la fuerza oculta,
limpió mis pensamientos,
desanudó la tristeza adherida a mi rostro
y lo cubrió con la hermosura breve
de una sonrisa que todavía recuerdo.
Me salvó de la sumisión,
de esa timidez que me condenaba,
y tal vez incluso del arrepentimiento;
me rescató de la melancolía pesada
y del rencor silencioso hacia la vida que se pudría en silencio.
Ahora, si él me viera,
quizás sentiría pena
tal vez lamentaría que esa belleza fugaz que me regaló, nacida de sus propias manos
se marchitará tan pronto
con su partida;
que su luz, brillara en mí apenas un instante
tan breve, tan engañosamente, como una falsa eternidad.
Quizá le dolería
no haber tenido tiempo
de amar
o ser amado.
Porque hubo tanto
que pudo haber sido,
y ahora solo vive
en nuestra memoria.
J. Felix
