Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
JFelix_98
JFelix_98
20/F/En algún lugar... Mis versos nacen de la melancolía y la nostalgia; me deleito en la tragedia y la lírica, en ese lugar donde el dolor se vuelve belleza y la tristeza se viste de palabras. Amo el café que humea en la madrugada, el vino que acompaña mis desvelos y los gatos
Siento que he muerto, muerto de una ternura febril, de esas que no matan el cuerpo, pero dejan al alma tendida sobre las sábanas de la madrugada. Esta noche morí en tus brazos. No con estrépito ni tragedia, sino como mueren las velas cuando la última corriente de aire les susurra un secreto. Debió haber sido algo que dijiste; una palabra pequeña, acaso, pero afilada como la luz atravesando vitrales, capaz de cruzar mi pecho y encontrar refugio en el sitio exacto donde guardo los nombres que no olvido. O tal vez fue un beso. Uno de esos besos imposibles de explicar, que no buscan la boca, sino la parte más antigua del espíritu, esa habitación cerrada donde duermen los sueños que jamás confesamos. Y me pregunto, si existe alguna razón justa para sentirse así. Para llevar un incendio bajo la piel y fingir que se trata solamente de calor. Intento ser discreto. Construyo silencios, ordeno mis gestos, escondo las flores marchitas de mi nostalgia. Pero entonces vuelo de nuevo, como una polilla enamorada de la llama, como un náufrago que confunde el horizonte con la promesa de una tierra eterna. Porque he estado encantado por la fantasía demasiadas veces. He bebido de espejismos con la devoción de un creyente. He confundido reflejos con constelaciones y ausencias con milagros. Y aun así, cuando tu sombra pasa rozando mis pensamientos, vuelvo a morir dulcemente. Muero de ternura. Muero de belleza. Muero de la absurda esperanza de que algunos encuentros fueron escritos mucho antes de que existiera el tiempo. Y si esta muerte tiene nombre, si este naufragio posee una causa, que nadie venga a salvarme. Hay finales que se parecen demasiado a la forma en que comienzan los sueños J. Felix
0
2d ago
Jun 1, 2026 at 7:48 PM UTC
He muerto
Siento que he muerto, muerto de una ternura febril, de esas que no matan el cuerpo, pero dejan al alma tendida sobre las sábanas de la madrugada. Esta noche morí en tus brazos. No con estrépito ni tragedia, sino como mueren las velas cuando la última corriente de aire les susurra un secreto. Debió haber sido algo que dijiste; una palabra pequeña, acaso, pero afilada como la luz atravesando vitrales, capaz de cruzar mi pecho y encontrar refugio en el sitio exacto donde guardo los nombres que no olvido. O tal vez fue un beso. Uno de esos besos imposibles de explicar, que no buscan la boca, sino la parte más antigua del espíritu, esa habitación cerrada donde duermen los sueños que jamás confesamos. Y me pregunto, si existe alguna razón justa para sentirse así. Para llevar un incendio bajo la piel y fingir que se trata solamente de calor. Intento ser discreto. Construyo silencios, ordeno mis gestos, escondo las flores marchitas de mi nostalgia. Pero entonces vuelo de nuevo, como una polilla enamorada de la llama, como un náufrago que confunde el horizonte con la promesa de una tierra eterna. Porque he estado encantado por la fantasía demasiadas veces. He bebido de espejismos con la devoción de un creyente. He confundido reflejos con constelaciones y ausencias con milagros. Y aun así, cuando tu sombra pasa rozando mis pensamientos, vuelvo a morir dulcemente. Muero de ternura. Muero de belleza. Muero de la absurda esperanza de que algunos encuentros fueron escritos mucho antes de que existiera el tiempo. Y si esta muerte tiene nombre, si este naufragio posee una causa, que nadie venga a salvarme. Hay finales que se parecen demasiado a la forma en que comienzan los sueños J. Felix
Continue reading...
52
Mira, yo te quise de verdad. No como se dice, no como se presume, no como se habla para quedar bien. Te quise sin descanso, y sin remedio. Fuiste mi adoración. —Mi error también— No como dicen en las canciones, ni como escriben los poetas que no te han visto llorar. Yo te quise cuando eras tormenta y cuando eras ese silencio que lo llenaba todo. Te adoré incluso cuando no importaba, cuando tu mirada pasaba de largo como si yo fuera aire. —Sin mirar, sin tocar, sin quedarse— Dime. ¿Quién podría amarte más que yo? Dime. ¿Quién? Nadie. Y no es orgullo. Es cansancio. Es memoria. Porque yo estuve ahí: en lo roto, en lo insoportable, en lo que nadie quiere ver. Aguanté tus días malos, tus palabras —afiladas, torpes, crueles— lanzadas sin mirar a quién rompían. Y me quedé. Me quedé cuando irme era lo único sensato. Y aun así, no fue suficiente. Tú… ni cuenta te diste. (O peor: sí te diste y no te importó.) Elegiste a otros. A los que no saben nada de ti. A los que pasan sin ensuciarse las manos. A mí me tocó lo pesado: tu caos, tu sombra, tu forma de destruir lo poco bueno que te quedaba. Y aun así te quise. Como una costumbre enferma. Como una fe sin dios. Pero ya entendí algo— tarde, claro—: no siempre gana el que más ama. A veces gana el que no siente, el que no se queda, el que no carga nada. Y ahora sólo queda esto, esta pregunta absurda que me golpea como eco: ¿para qué te quise tanto… si tú nunca me quisiste igual? Si lo único que aprendí de ti fue a sostener el desprecio como si también fuera amor.
0
7d ago
May 27, 2026 at 5:34 PM UTC
Untitled
Mira, yo te quise de verdad. No como se dice, no como se presume, no como se habla para quedar bien. Te quise sin descanso, y sin remedio. Fuiste mi adoración. —Mi error también— No como dicen en las canciones, ni como escriben los poetas que no te han visto llorar. Yo te quise cuando eras tormenta y cuando eras ese silencio que lo llenaba todo. Te adoré incluso cuando no importaba, cuando tu mirada pasaba de largo como si yo fuera aire. —Sin mirar, sin tocar, sin quedarse— Dime. ¿Quién podría amarte más que yo? Dime. ¿Quién? Nadie. Y no es orgullo. Es cansancio. Es memoria. Porque yo estuve ahí: en lo roto, en lo insoportable, en lo que nadie quiere ver. Aguanté tus días malos, tus palabras —afiladas, torpes, crueles— lanzadas sin mirar a quién rompían. Y me quedé. Me quedé cuando irme era lo único sensato. Y aun así, no fue suficiente. Tú… ni cuenta te diste. (O peor: sí te diste y no te importó.) Elegiste a otros. A los que no saben nada de ti. A los que pasan sin ensuciarse las manos. A mí me tocó lo pesado: tu caos, tu sombra, tu forma de destruir lo poco bueno que te quedaba. Y aun así te quise. Como una costumbre enferma. Como una fe sin dios. Pero ya entendí algo— tarde, claro—: no siempre gana el que más ama. A veces gana el que no siente, el que no se queda, el que no carga nada. Y ahora sólo queda esto, esta pregunta absurda que me golpea como eco: ¿para qué te quise tanto… si tú nunca me quisiste igual? Si lo único que aprendí de ti fue a sostener el desprecio como si también fuera amor.
Continue reading...
79
Qué ojos tan bonitos… Dime la verdad, ¿son cafés o avellanas quemaditas? Los miro un momento y me entra la duda, porque a veces parecen dulces como la tarde, y otras… traviesos como si escondieran algo. Tal vez son cafés, como el calor de una conversación larga. O tal vez avellana, como un secreto que invita a acercarse más. Pero mientras intento adivinar su color, me doy cuenta de algo curioso: no importa si son cafés o avellanas quemaditas… lo que de verdad pasa es que cuando me miran así me dan ganas de seguir preguntándolo solo para poder mirarlos un rato más. J. Felix
0
May 11
May 11, 2026 at 11:23 PM UTC
Ojos avellana
Vivo… ¿pero para qué, si apenas soy sombra de lo humano? Si en este pecho no habita la dulce ley del hermano. Ajena voy por el mundo, cual astro deshabitado, mirando las alegrías como jardín clausurado. Los hombres ríen y aman, se hieren, lloran y cantan; mas yo, prisión de mí misma, ni aun sé por qué me levantan. ¿Qué fuego os mueve la sangre? ¿Qué dios os dicta el deseo? Que yo tan sólo conozco la muda hiel del rodeo. Vivo, sí; mas no es la vida este penar desmedido, que es cadáver con aliento el corazón dividido. ¡Ay de mí!, que entre las gentes ando extranjera y perdida, pues quien no aprende a ser hombre apenas merece vida. J. Felix
0
May 11
May 11, 2026 at 11:15 PM UTC
VIII
Buenas noches, querida mía, flor nocturna de la urbe encendida, tan bella y galante cruzas la ciudad; vas entre faroles de oro y sombra fría mendigando en labios extranjeros —peregrinos de amores y quimeras— las tibias caricias que no saben amar. Tu melena negra, cae como un velo sobre el mármol febril, —tal como la noche derramada— y tus caderas, colmadas de pecado y gracia, encienden en mi pecho un incendio sutil. No me importa el nombre ni la historia de aquellos que te hallaron antes que yo; pues basta a mi vencida vanagloria saber que en tu regazo el sueño halló reposo mi cansancio y mi memoria. Tus pechos, como almohadas celestiales, acunaron mis ansias y desvelos; y fue más gloria, entre placeres mortales, besar tu piel que conquistar los cielos. ¡Ay de aquellas alcobas perfumadas, cubiertas por mantas de efímero ardor! donde el vino y los suspiros se entrelazan como dos condenados al mismo dolor. Qué triste es partir cuando alborea el cielo, cuando el alba, cruel, comienza a respirar, y dejar a tus pies, como humilde tributo, rubíes y diamantes para poderte olvidar. Mas sé que volveré —peregrino insensato— a buscar tu figura entre humo y cristal, pues ninguna fortuna vale tanto en el mundo como otra noche contigo… eterna y mortal. Así que buenas noches, vida mía; cuando la aurora vista su blancura, partiré nuevamente hacia la altura donde me aguarda el cielo y su armonía. Mas volveré —lo juro por la luna— a tus balcones de perfume y seda, pues ningún paraíso me consuela como otra noche entre tus brazos, una. J. Felix
0
May 6
May 6, 2026 at 9:40 PM UTC
Buenas Noches...-
Buenas noches, querida mía, flor nocturna de la urbe encendida, tan bella y galante cruzas la ciudad; vas entre faroles de oro y sombra fría mendigando en labios extranjeros —peregrinos de amores y quimeras— las tibias caricias que no saben amar. Tu melena negra, cae como un velo sobre el mármol febril, —tal como la noche derramada— y tus caderas, colmadas de pecado y gracia, encienden en mi pecho un incendio sutil. No me importa el nombre ni la historia de aquellos que te hallaron antes que yo; pues basta a mi vencida vanagloria saber que en tu regazo el sueño halló reposo mi cansancio y mi memoria. Tus pechos, como almohadas celestiales, acunaron mis ansias y desvelos; y fue más gloria, entre placeres mortales, besar tu piel que conquistar los cielos. ¡Ay de aquellas alcobas perfumadas, cubiertas por mantas de efímero ardor! donde el vino y los suspiros se entrelazan como dos condenados al mismo dolor. Qué triste es partir cuando alborea el cielo, cuando el alba, cruel, comienza a respirar, y dejar a tus pies, como humilde tributo, rubíes y diamantes para poderte olvidar. Mas sé que volveré —peregrino insensato— a buscar tu figura entre humo y cristal, pues ninguna fortuna vale tanto en el mundo como otra noche contigo… eterna y mortal. Así que buenas noches, vida mía; cuando la aurora vista su blancura, partiré nuevamente hacia la altura donde me aguarda el cielo y su armonía. Mas volveré —lo juro por la luna— a tus balcones de perfume y seda, pues ningún paraíso me consuela como otra noche entre tus brazos, una. J. Felix
Continue reading...
42
Siento el miedo, como un animal sin rostro respirándome en la nuca. Siento las víboras subir por mi cuerpo, lentas, frías, inevitables, enredarse en mis piernas, en mi voz, hasta dejarme sin nombre, como si nunca hubiera sido mío. El aire cambió primero. Siempre cambia. Se vuelve espeso, ajeno, como si alguien más lo habitara. Después, el presentimiento: un tirón oscuro en la espalda, una certeza sin palabras de que algo viene y no trae luz. Y entonces el cuerpo entiende. Antes que el alma, antes que el pensamiento. El corazón ya no late: golpea. Golpea con una urgencia antigua, como si quisiera huir primero, como si supiera que quedarse es peligro. Y llega ese pensamiento, brutal, sin forma, sin aviso: no es idea, es caída, es ruptura, es el mundo deshaciéndose en un segundo. Quiero correr. Pero el cuerpo pesa como si ya fuera tierra. Quiero gritar. Pero la voz se quiebra antes de nacer. Y el miedo crece… crece hasta llenarlo todo, hasta volverse aire, hasta volverse yo. No era solo el miedo a ser tocada, era el miedo a ser borrada, a desaparecer en manos ajenas, a que mi nombre se vuelva silencio. El mundo se reduce: unos pasos detrás, una respiración que no es mía, la distancia temblorosa entre yo y la salida. Entonces corro. No sé cómo, no sé en qué momento, pero algo en mí —tal vez lo último— rompe el miedo lo suficiente para arrancarme de ahí. Corro con el corazón en la garganta, con las lágrimas nublando el camino, con el terror empujándome como si fuera fuego. Y escapo. Escapo, sí— pero no regreso. Porque cuando el ruido termina y el cuerpo deja de huir, empieza otra cosa: el temblor. Las manos ya no obedecen, las piernas olvidan sostenerme, y las lágrimas —ahora sí— caen, caen sin pedir permiso. No son solo de alivio. Son de rabia, de impotencia, de haber estado tan cerca de dejar de existir en mí misma. Me miro. Sigo aquí. Pero no soy intacta. Algo se ha roto en silencio: la confianza en la noche, en las calles, en las sombras, en los pasos ajenos. La vulnerabilidad ya no es palabra, es herida abierta en la memoria. Y entonces entiendes —porque lo entiendes— que el peligro no siempre se ve, pero siempre deja marca. Desde entonces, cada esquina respira distinto, cada silencio pesa más. Y aunque sigo caminando, aunque sigo viva, hay una parte de mí que no ha dejado de huir… que no ha dejado de llorar… que no ha dejado, nunca, de tener miedo. J. Felix
0
Apr 22
Apr 22, 2026 at 6:29 PM UTC
Miedo
Siento el miedo, como un animal sin rostro respirándome en la nuca. Siento las víboras subir por mi cuerpo, lentas, frías, inevitables, enredarse en mis piernas, en mi voz, hasta dejarme sin nombre, como si nunca hubiera sido mío. El aire cambió primero. Siempre cambia. Se vuelve espeso, ajeno, como si alguien más lo habitara. Después, el presentimiento: un tirón oscuro en la espalda, una certeza sin palabras de que algo viene y no trae luz. Y entonces el cuerpo entiende. Antes que el alma, antes que el pensamiento. El corazón ya no late: golpea. Golpea con una urgencia antigua, como si quisiera huir primero, como si supiera que quedarse es peligro. Y llega ese pensamiento, brutal, sin forma, sin aviso: no es idea, es caída, es ruptura, es el mundo deshaciéndose en un segundo. Quiero correr. Pero el cuerpo pesa como si ya fuera tierra. Quiero gritar. Pero la voz se quiebra antes de nacer. Y el miedo crece… crece hasta llenarlo todo, hasta volverse aire, hasta volverse yo. No era solo el miedo a ser tocada, era el miedo a ser borrada, a desaparecer en manos ajenas, a que mi nombre se vuelva silencio. El mundo se reduce: unos pasos detrás, una respiración que no es mía, la distancia temblorosa entre yo y la salida. Entonces corro. No sé cómo, no sé en qué momento, pero algo en mí —tal vez lo último— rompe el miedo lo suficiente para arrancarme de ahí. Corro con el corazón en la garganta, con las lágrimas nublando el camino, con el terror empujándome como si fuera fuego. Y escapo. Escapo, sí— pero no regreso. Porque cuando el ruido termina y el cuerpo deja de huir, empieza otra cosa: el temblor. Las manos ya no obedecen, las piernas olvidan sostenerme, y las lágrimas —ahora sí— caen, caen sin pedir permiso. No son solo de alivio. Son de rabia, de impotencia, de haber estado tan cerca de dejar de existir en mí misma. Me miro. Sigo aquí. Pero no soy intacta. Algo se ha roto en silencio: la confianza en la noche, en las calles, en las sombras, en los pasos ajenos. La vulnerabilidad ya no es palabra, es herida abierta en la memoria. Y entonces entiendes —porque lo entiendes— que el peligro no siempre se ve, pero siempre deja marca. Desde entonces, cada esquina respira distinto, cada silencio pesa más. Y aunque sigo caminando, aunque sigo viva, hay una parte de mí que no ha dejado de huir… que no ha dejado de llorar… que no ha dejado, nunca, de tener miedo. J. Felix
Continue reading...
106
Miéntele a la noche con mi nombre en la boca, miéntele despacio hasta que el alma ceda, haz de tu engaño la más dulce condena y en mi fe rota deja tu voz que invoca. Miénteme, miénteme, hasta torcer la razón, hasta que en mi voz se arrodille el orgullo, y crea que en tu sombra todavía soy tuyo, aunque en tu silencio me niegue el corazón. Aprisiona en mí tu callado dolor, vístelo de luz, disfraza su murmullo, deja que en mis manos se quiebre sin ruido y marchite lento lo que en mí fue ardor. Finge que soy todo, aunque sea nada, un breve reflejo donde puedas quedarte, una fe prestada que no pide parte. Concédeme al menos la gloria prestada de arder en tu juego sin reclamarte, y hallar en tu engaño mi fe consumada.
0
Apr 17
Apr 17, 2026 at 12:37 AM UTC
VII
Querido, estoy llorando. No te imaginas cómo. Lloro por ti, por mí, por ese nosotros que hicimos pedazos como si no importara. Y sí importa. Rezo, aunque no crea en nada, rezo con todo lo que me queda para no encontrarte nunca en la calle, en la vida, en cualquier día cualquiera. Porque no podría. No podría mirarte a los ojos y hacer como si nada, como si lo nuestro hubiera sido solo un ratito, una tontería de juventud. No podría verte con alguien más. Eso me mataría despacio de una forma tan dolorosa. Me dejarías ahí, expuesta, temblando, tan vulnerable, —tan dolorosamente humana…— sin saber qué hacer con tanto sentimiento. Ahí, querido, no lloraría… me ahogaría. Como si amar hubiera sido quedarme a solas contigo, En un tortuoso vacío donde ni el tiempo ni el olvido podrían salvarme de ti. J. Felix
0
Mar 26
Mar 26, 2026 at 1:49 AM UTC
VI
No siento nada ya. Ni tristeza, ni felicidad, ni siquiera el eco del éxtasis rozando mis huesos. Soy un cuarto vacío donde antes alguien respiraba. He perdido mi esencia —si es que alguna vez fue mía— y ahora camino con pasos prestados, con un nombre que me queda grande y una voz que no reconozco. ¿Quién era yo antes de diluirme en esta multitud de rostros idénticos? ¿Quién soy yo ahora? Dímelo tú, si puedes, porque yo me busco y solo encuentro ecos. Una silueta repetida, una copia mal hecha de algo que tampoco era original, una grieta más en el espejo infinito de los otros. Y sin embargo, en este no sentir, en esta nada que me habita… hay una pregunta que insiste, que no muere: si me perdí, ¿eso significa que alguna vez fui real? ... Hubo un tiempo en que quise ser grande, extraordinario, romper el cielo con mis propias manos. Pero ahora me he vuelto ordinario, terriblemente ordinario, un latido más en la maquinaria del mundo, un pensamiento que no deja huella. Ahora solo observo, desde esta calma ajena, cómo se apaga lentamente lo que tal vez… nunca fui. J.Felix
0
Mar 21
Mar 21, 2026 at 9:43 PM UTC
V
Ya no me conmueven tus ojos tristes, ni nada más… ni la forma en que caía tu voz como lluvia lenta sobre mis noches, ni ese temblor oculto que antes confundía con ternura. Ya no me duelen tus silencios, ni las palabras que nunca dijiste. Se me hizo costumbre el vacío hasta que dejó de ser tuyo y empezó a ser mío… y luego de nadie. Te miré tanto tiempo que olvidé cómo cerrar los ojos, y ahora que por fin descanso, ya no encuentro en ti ningún refugio. Tus tristezas ya no me llaman, ya no me invitan a quedarme, ni despiertan en mí ese impulso absurdo de salvar lo que no quería salvarse. Porque un día entendí, casi sin darme cuenta, que hay miradas que no buscan ser vistas, y amores que no quieren ser amados. Y entonces… simplemente dejé de sentirte. J.Felix
0
Mar 21
Mar 21, 2026 at 9:27 PM UTC
IV