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"transparencia" poems
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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Oda a la cebolla
Cebolla luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron y en el secreto de la tierra oscura se redondeó tu vientre de rocío. Bajo la tierra fue el milagro y cuando apareció tu torpe tallo verde, y nacieron tus hojas como espadas en el huerto, la tierra acumuló su poderío mostrando tu desnuda transparencia, y como en Afrodita el mar remoto duplicó la magnolia levantando sus senos, la tierra así te hizo, cebolla, clara como un planeta, y destinada a relucir, constelación constante, redonda rosa de agua, sobre la mesa de las pobres gentes. Generosa deshaces tu globo de frescura en la consumación ferviente de la olla, y el jirón de cristal al calor encendido del aceite se transforma en rizada pluma de oro. También recordaré cómo fecunda tu influencia el amor de la ensalada y parece que el cielo contribuye dándote fina forma de granizo a celebrar tu claridad picada sobre los hemisferios de un tomate. Pero al alcance de las manos del pueblo, regada con aceite, espolvoreada con un poco de sal, matas el hambre del jornalero en el duro camino. Estrella de los pobres, hada madrina envuelta en delicado papel, sales del suelo, eterna, intacta, pura como semilla de astro, y al cortarte el cuchillo en la cocina sube la única lágrima sin pena. Nos hiciste llorar sin afligirnos. Yo cuanto existe celebré, cebolla, pero para mí eres más hermosa que un ave de plumas cegadoras, eres para mis ojos globo celeste, copa de platino, baile inmóvil de anémona nevada y vive la fragancia de la tierra en tu naturaleza cristalina.
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EL AGUA. Alba circulatoria deposita en boca fresadora incontroladas gotas trazándose en el radio corporal y flores comestibles en acueducto curvo disparan las aguas como fuente dividida a la desembocadura de la boca que sonora diamantada graba en caricias de regadío y sumerge en hábitat de lago la reunión química que eres. Desandada en los abrigos inunda labial esqueje, en el sol del secano, espiga cerrándose que expande granada con el humo breve en camino recortado ajardinado hasta observatorio umbilical. Solar verde con fondo marítimo y el sol crudo penetra efectuando fotosíntesis de lupa en las gotas. Cadena floral circunvala el artificio de la leche protectora y pule suavidad sentada. En un hilo laberíntico se construye flor de los algodones nuevos y vuelve el agua al juego de los brillos a flote, a fondo anclada en peso emerge cerámica náutica que removiendo visualiza celosía de la seda y transparencia de ala delta ante el beso de diluvio indudable. *SafeCreative.org Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 John Desde*
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Jun 8, 2013
Jun 8, 2013 at 2:16 PM UTC
El AGUA.
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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La obra de jehová
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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Vino color de día, vino color de noche, vino con pies de púrpura o sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra, vino, liso como una espada de oro, suave como un desordenado terciopelo, vino encaracolado y suspendido, amoroso, marino, nunca has cabido en una copa, en un canto, en un hombre, coral, gregario eres, y cuando menos, mutuo. A veces te nutres de recuerdos mortales, en tu ola vamos de tumba en tumba, picapedrero de sepulcro helado, y lloramos lágrimas transitorias, pero tu hermoso traje de primavera es diferente, el corazón sube a las ramas, el viento mueve el día, nada queda dentro de tu alma inmóvil. El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos, nace el canto. Oh tú, jarra de vino, en el desierto con la sabrosa que amo, dijo el viejo poeta. Que el cántaro de vino al beso del amor sume su beso. Amor mío, de pronto tu cadera es la curva colmada de la copa, tu pecho es el racimo, la luz del alcohol tu cabellera, las uvas tus pezones, tu ombligo sello puro estampado en tu vientre de vasija, y tu amor la cascada de vino inextinguible, la claridad que cae en mis sentidos, el esplendor terrestre de la vida. Pero no sólo amor, beso quemante o corazón quemado eres, vino de vida, sino amistad de los seres, transparencia, coro de disciplina, abundancia de flores. Amo sobre una mesa, cuando se habla, la luz de una botella de inteligente vino. Que lo beban, que recuerden en cada gota de oro o copa de topacio o cuchara de púrpura que trabajó el otoño hasta llenar de vino las vasijas y aprenda el hombre oscuro, en el ceremonial de su negocio, a recordar la tierra y sus deberes, a propagar el cántico del fruto.
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Oda al vino
Vino color de día, vino color de noche, vino con pies de púrpura o sangre de topacio, vino, estrellado hijo de la tierra, vino, liso como una espada de oro, suave como un desordenado terciopelo, vino encaracolado y suspendido, amoroso, marino, nunca has cabido en una copa, en un canto, en un hombre, coral, gregario eres, y cuando menos, mutuo. A veces te nutres de recuerdos mortales, en tu ola vamos de tumba en tumba, picapedrero de sepulcro helado, y lloramos lágrimas transitorias, pero tu hermoso traje de primavera es diferente, el corazón sube a las ramas, el viento mueve el día, nada queda dentro de tu alma inmóvil. El vino mueve la primavera, crece como una planta la alegría, caen muros, peñascos, se cierran los abismos, nace el canto. Oh tú, jarra de vino, en el desierto con la sabrosa que amo, dijo el viejo poeta. Que el cántaro de vino al beso del amor sume su beso. Amor mío, de pronto tu cadera es la curva colmada de la copa, tu pecho es el racimo, la luz del alcohol tu cabellera, las uvas tus pezones, tu ombligo sello puro estampado en tu vientre de vasija, y tu amor la cascada de vino inextinguible, la claridad que cae en mis sentidos, el esplendor terrestre de la vida. Pero no sólo amor, beso quemante o corazón quemado eres, vino de vida, sino amistad de los seres, transparencia, coro de disciplina, abundancia de flores. Amo sobre una mesa, cuando se habla, la luz de una botella de inteligente vino. Que lo beban, que recuerden en cada gota de oro o copa de topacio o cuchara de púrpura que trabajó el otoño hasta llenar de vino las vasijas y aprenda el hombre oscuro, en el ceremonial de su negocio, a recordar la tierra y sus deberes, a propagar el cántico del fruto.
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Y ahora, aquí está frente a mí. Tantas luchas que ha costado, tantos afanes en vela, tantos bordes de fracaso junto a este esplendor sereno ya son nada, se olvidaron. Él queda, y en él, el mundo, la rosa, la piedra, el pájaro, aquéllos , los del principio, de este final asombrados. ¡Tan claros que se veían, y aún se podía aclararlos! Están mejor; una luz que el sol no sabe, unos rayos los iluminan, sin noche, para siempre revelados. Las claridades de ahora lucen más que las de mayo. Si allí estaban, ahora aquí; a más transparencia alzados. ¡Qué naturales parecen, qué sencillo el gran milagro! En esta luz del poema, todo, desde el más nocturno beso al cenital esplendor, todo está mucho más claro.
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El poema
Esa palabra que jamás asoma a tu idioma cantado de preguntas, esa, desfalleciente, que se hiela en el aire de tu voz, sí, como una respiración de flautas contra un aire de vidrio evaporada, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! en esta exangüe bruma de magnolias, en esta nimia floración de vaho que -ensombrecido en luz el ojo agónico y a funestos pestillos anclado el tenue ruido de las alas- guarda un ángel de sueño en la ventana. ¡Qué muros de cristal, amor, qué muros! Ay ¿para qué silencios de agua? Esa palabra, sí, esa palabra que se coagula en la garganta como un grito de ámbar ¡Mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! Mira que, noche a noche, decantada en el filtro de un áspero silencio, quedóse a tanto enmudecer desnuda, hiriente e inequívoca -así en la entraña de un reloj la muerte, así la claridad en una cifra- para gestar este lenguaje nuestro, inaudible, que se abre al tacto insomne en la arena, en el pájaro, en la nube, cuando ***** de oráculos retruena el panorama de la profecía. ¿Quién, si ella no, pudo fraguar este universo insigne que nace como un héroe en tu boca? ¡Mírala, ay, tócala, mírala ahora, incendiada en un eco de nenúfares! ¿No aquí su angustia asume la inocencia de una hueca retórica de lianas? Aquí, entre líquenes de orfebrería que arrancan de minúsculos canales ¿no echó a tañer al aire sus cándidas mariposas de escarcha? Qué, en lugar de esa fe que la consume hasta la transparencia del destino ¿no aquí -escapada al dardo tenaz de la estatura- se remonta insensata una palmera para estallar en su ficción de cielo, maestra en fuegos no, mas en puros deleites de artificio? Esa palabra, sí, esa palabra, esa, desfalleciente, que se ahoga en el humo de una sombra, esa que gira -como un soplo- cauta sobre bisagras de secreta lama, esa en que el aura de la voz se astilla, desalentada, como si rebotara en una bella úlcera de plata, esa que baña sus vocales ácidas en la espuma de las palomas sacrificadas, esa que se congela hasta la fiebre cuando no, ensimismada, se calcina en la brusca intemperie de una lágrima, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! ¡mírala, ausente toda de palabra, sin voz, sin eco, sin idioma, exacta, mírala cómo traza en muros de cristal amores de agua!
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Preludio
Esa palabra que jamás asoma a tu idioma cantado de preguntas, esa, desfalleciente, que se hiela en el aire de tu voz, sí, como una respiración de flautas contra un aire de vidrio evaporada, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! en esta exangüe bruma de magnolias, en esta nimia floración de vaho que -ensombrecido en luz el ojo agónico y a funestos pestillos anclado el tenue ruido de las alas- guarda un ángel de sueño en la ventana. ¡Qué muros de cristal, amor, qué muros! Ay ¿para qué silencios de agua? Esa palabra, sí, esa palabra que se coagula en la garganta como un grito de ámbar ¡Mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! Mira que, noche a noche, decantada en el filtro de un áspero silencio, quedóse a tanto enmudecer desnuda, hiriente e inequívoca -así en la entraña de un reloj la muerte, así la claridad en una cifra- para gestar este lenguaje nuestro, inaudible, que se abre al tacto insomne en la arena, en el pájaro, en la nube, cuando ***** de oráculos retruena el panorama de la profecía. ¿Quién, si ella no, pudo fraguar este universo insigne que nace como un héroe en tu boca? ¡Mírala, ay, tócala, mírala ahora, incendiada en un eco de nenúfares! ¿No aquí su angustia asume la inocencia de una hueca retórica de lianas? Aquí, entre líquenes de orfebrería que arrancan de minúsculos canales ¿no echó a tañer al aire sus cándidas mariposas de escarcha? Qué, en lugar de esa fe que la consume hasta la transparencia del destino ¿no aquí -escapada al dardo tenaz de la estatura- se remonta insensata una palmera para estallar en su ficción de cielo, maestra en fuegos no, mas en puros deleites de artificio? Esa palabra, sí, esa palabra, esa, desfalleciente, que se ahoga en el humo de una sombra, esa que gira -como un soplo- cauta sobre bisagras de secreta lama, esa en que el aura de la voz se astilla, desalentada, como si rebotara en una bella úlcera de plata, esa que baña sus vocales ácidas en la espuma de las palomas sacrificadas, esa que se congela hasta la fiebre cuando no, ensimismada, se calcina en la brusca intemperie de una lágrima, ¡mírala, ay, tócala! ¡mírala ahora! ¡mírala, ausente toda de palabra, sin voz, sin eco, sin idioma, exacta, mírala cómo traza en muros de cristal amores de agua!
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La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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El desconocido
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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Dios del venir, te siento entre mis manos, aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa de amor, lo mismo que un fuego con su aire. No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo, ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano; eres igual y uno, eres distinto y todo; eres dios de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso. Yo nada tengo que purgar. Toda mi impedimenta no es sino fundación para este hoy en que, al fin, te deseo; porque estás ya a mi lado en mi eléctrica zona, como está en el amor el amor lleno. Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia y la de otros, la de todos con la forma suma de conciencia; que la esencia es lo sumo, es la forma suprema conseguible, y tu esencia está en mí, como mi forma. Todos mis moldes, llenos estuvieron de ti; pero tú, ahora, no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia que no admite sostén, que no admite corona, que corona y sostiene siendo ingrave. Eres la gracia libre, la gloria del gustar, la eterna simpatía, el gozo del temblor, la luminaria del clariver, el fondo del amor, el horizonte que no quita nada; la transparencia, dios la transparencia, el uno al fin, dios ahora sólito en el uno mío, en el mundo que yo por ti y para ti he creado.
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La trasparencia dios la trasparencia
El libro               el vaso el verde obscuramente tallo                                                     el disco lecho de la bella durmiente la música las cosas anegadas en sus nombres decirlas con los ojos                                     en un allá no sé donde clavarlas                   ámpara lápiz retrato esto que veo                           clavarlo como un templo vivo                                         plantarlo como un árbol                             un dios coronarlo                   con un nombre                                                 inmortal irrisoria corona de espinas                                                   ¡Lenguaje! El tallo y su flor inminente                                                   sol-sexo-sol la flor sin sombra                                   la palabra se abre               en un allá sin donde extensión inmaculada transparencia que sostiene a las cosas caídas             por la mirada levantadas                     en un reflejo suspendidas Haz de mundos                           instantes racimos encendidos selvas andantes de astros sílabas errantes                           marea todos los tiempos del tiempo                                               SER una fracción de segundo                                         lámpara lápiz retrato en un aquí no sé donde                                         Un nombre comienza                 asirlo plantarlo decirlo como un bosque pensante                                           encarnarlo Un linaje comienza                                 en un nombre un adán                 como un templo vivo nombre sin sombra                                   clavado como un dios                       en este aquí sin donde ¡Lenguaje!                       Acabo en su comienzo en esto que digo                               acabo SER           sombra de un nombre instantáneo NUNCA SABRÉ MI DESENLACE
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Tumba del poeta
El libro               el vaso el verde obscuramente tallo                                                     el disco lecho de la bella durmiente la música las cosas anegadas en sus nombres decirlas con los ojos                                     en un allá no sé donde clavarlas                   ámpara lápiz retrato esto que veo                           clavarlo como un templo vivo                                         plantarlo como un árbol                             un dios coronarlo                   con un nombre                                                 inmortal irrisoria corona de espinas                                                   ¡Lenguaje! El tallo y su flor inminente                                                   sol-sexo-sol la flor sin sombra                                   la palabra se abre               en un allá sin donde extensión inmaculada transparencia que sostiene a las cosas caídas             por la mirada levantadas                     en un reflejo suspendidas Haz de mundos                           instantes racimos encendidos selvas andantes de astros sílabas errantes                           marea todos los tiempos del tiempo                                               SER una fracción de segundo                                         lámpara lápiz retrato en un aquí no sé donde                                         Un nombre comienza                 asirlo plantarlo decirlo como un bosque pensante                                           encarnarlo Un linaje comienza                                 en un nombre un adán                 como un templo vivo nombre sin sombra                                   clavado como un dios                       en este aquí sin donde ¡Lenguaje!                       Acabo en su comienzo en esto que digo                               acabo SER           sombra de un nombre instantáneo NUNCA SABRÉ MI DESENLACE
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Espléndida razón, demonio claro del racimo absoluto, del recto mediodía, aquí estamos al fin, sin soledad y solos, lejos del desvarío de la ciudad salvaje. Cuando la línea pura rodea su paloma y el fuego condecora la paz con su alimento tú y yo erigimos este celeste resultado! Razón y amor desnudos viven en esta casa. Sueños furiosos, ríos de amarga certidumbre decisiones más duras que el sueño de un martillo cayeron en la doble copa de los amantes. Hasta que en la balanza se elevaron, gemelos, la razón y el amor como dos alas. Así se construyó la transparencia.
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Soneto liv
Si la lluvia cae desde las negras nubes hasta el verde césped, creando un nexo entre el cielo y la tierra, amantes distantes y enemigos cercanos destinados a compartir una misma existencia, ¿por qué no podemos tú y yo? Las palabras que no he dicho se agolpan en mi pecho y me abultan la garganta, pero no las libero, trago saliva y las envío a la ***** de mis dedos, desde donde explotan en el papel y dejan un rastro de sangre, a veces negra, a veces azul. Una escena de un crimen con un único sospechoso: mi corazón, el cual llevo siempre caminando a mi lado y detrás mío, ignorando sus avisos hasta que se detiene, se ancla en un lugar e irrumpe en mis pensamientos nublando mi juicio, alterando mi razón, destruyendo mi consciencia. Grito en silencio mientras te veo reír. El estruendo de tu alegría enmascara mi desdicha, y casi lo prefiero así. Eres el secreto que no logro mantener. El cristal oscuro detrás del cual me escondo sin darme cuenta de la transparencia de mis miradas, de mis risas, de mis manos. Eres el perfume de mis sábanas, la colilla de cigarro aún encendida que inicia el incendio involuntario que consume mi interior. Eres vida y eres muerte, y el suicidio que cometo a diario voluntaria y egoístamente. El arma homicida yace en tus labios, en tus brazos, en tu piel y en el pecaminoso pensar del cual soy víctima. ¿Cómo es entonces que te debo olvidar? Las espinas no sueltan mi espíritu decaído. Las llagas en mi piel no sanan si les echas de nuevo sal, pero sálame la vida, pues tu fiel seguidor soy.
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Apr 13, 2018
Apr 13, 2018 at 1:10 PM UTC
Sal
Si la lluvia cae desde las negras nubes hasta el verde césped, creando un nexo entre el cielo y la tierra, amantes distantes y enemigos cercanos destinados a compartir una misma existencia, ¿por qué no podemos tú y yo? Las palabras que no he dicho se agolpan en mi pecho y me abultan la garganta, pero no las libero, trago saliva y las envío a la ***** de mis dedos, desde donde explotan en el papel y dejan un rastro de sangre, a veces negra, a veces azul. Una escena de un crimen con un único sospechoso: mi corazón, el cual llevo siempre caminando a mi lado y detrás mío, ignorando sus avisos hasta que se detiene, se ancla en un lugar e irrumpe en mis pensamientos nublando mi juicio, alterando mi razón, destruyendo mi consciencia. Grito en silencio mientras te veo reír. El estruendo de tu alegría enmascara mi desdicha, y casi lo prefiero así. Eres el secreto que no logro mantener. El cristal oscuro detrás del cual me escondo sin darme cuenta de la transparencia de mis miradas, de mis risas, de mis manos. Eres el perfume de mis sábanas, la colilla de cigarro aún encendida que inicia el incendio involuntario que consume mi interior. Eres vida y eres muerte, y el suicidio que cometo a diario voluntaria y egoístamente. El arma homicida yace en tus labios, en tus brazos, en tu piel y en el pecaminoso pensar del cual soy víctima. ¿Cómo es entonces que te debo olvidar? Las espinas no sueltan mi espíritu decaído. Las llagas en mi piel no sanan si les echas de nuevo sal, pero sálame la vida, pues tu fiel seguidor soy.
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Todo nos amenaza: el tiempo, que en vivientes fragmentos divide al que fui                     del que seré, como el machete a la culebra; la conciencia, la transparencia traspasada, la mirada ciega de mirarse mirar; las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,         el agua, la piel; nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan, murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba. Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas, ni el delirio y su espuma profética, ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan. Más allá de nosotros, en las fronteras del ser y el estar, una vida más vida nos reclama. Afuera la noche respira, se extiende, llena de grandes hojas calientes, de espejos que combaten: frutos, garras, ojos, follajes, espaldas que relucen, cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos. Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma, de tanta vida que se ignora y entrega: tú también perteneces a la noche. Extiéndete, blancura que respira, late, oh estrella repartida, copa, pan que inclinas la balanza del lado de la aurora, pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.
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Más allá del amor
encienden alegría en el mundo/ traen el vino/aún no tocado/ como virgen morena que ya empezaba a encanecer/ ¿no has de besarla con deseo?/ ¿cuánto esperó/en la larga oscuridad/ juntarse con tu sangre/ celebrar estas bodas?/ oh vino añejo/como la noche fue tu padre/ pero en mi alma harás un campo verde como tu madre/y jardines llenos de pájaros de todas clases/ y habrá comercio entre ellos y la lengua/ y mis ersos tendrán más vuelo y músic que todos los jardines de bagdad/ oh rojo/no tenés lugar para las penas/ te escancia un ser de partes femeninas en traje de varón/ cuando te alzó/puro/en la jarra/ de su rostro cayeron resplandores/ la noche negra se hizo día/ y me sirvió una transparencia que cegó el ojo/la memoria/ si mezclaran esa luz con la luz su unión engendraría otra luz/ la no vista/la última/ ahora domeño el tiempo/ sentó a mi mesa la hembra de mi deseo/ que no haya ausencia entre nosotros/ te añoro a vos/no el sitio donda la bella Hind/o Asma la de pechos redondos y blanquísimos/ plantó su tienda/sus aromas de leche ardiente y noche/ ¿y quién querrá vivir en una tienda/ viendo pasar ovejas y camellos?/ quiero vivir en vos/vino/bajo soles que fueron/con tus cándidas esposas meciendo la cuna de mis versos dormindos/
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La cuna
Entre irse y quedarse duda el día, enamorado de su transparencia. La tarde circular es ya bahía: en su quieto vaivén se mece el mundo. Todo es visible y todo es elusivo, todo está cerca y todo es intocable. Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz reposan a la sombra de sus nombres. Latir del tiempo que en mi sien repite la misma terca sílaba de sangre. La luz hace del muro indiferente un espectral teatro de reflejos. En el centro de un ojo me descubro; no me mira, me miro en su mirada. Se disipa el instante. Sin moverme, yo me quedo y me voy: soy una pausa.
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Entre irse y quedarse
La niña de mi lugar tiene de oro las cejas, y en la mirada, desnudas las luces de las luciérnagas. ¿Has visto pasar los barcos desde la orilla? Recuerdan sus faros malabaristas, verdes, azules y sepia, que tu mirada trasciende la oscuridad de la niebla -y, más aún, la ilumina a punto de transparencia. ¿Has visto flechar las garzas a las nubes? Me recuerdan si diste al aire los brazos cuando salimos de tierra, y el biombo lila del aire con tus adioses se llena. Y si cantas -¡canta, sí!- tu voz anula mi ausencia; mástiles, jarcias y viento se confunden con tan lenta sencilla sonoridad, con tan pausada manera que no sería más claro el tañido de una estrella. Robinsón y Simbad, naúfragos incorregibles, ¿mi queja a quién la podré confiar si no a vosotros, apenas? Que yo naufragara un día. ¡Las luces de las luciérnagas iban a licuarse todas en un hilo de agua tierna!
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Romance
En el silencio transparente el día reposaba: la transparencia del espacio era la transparencia del silencio. La inmóvil luz del cielo sosegaba el crecimiento de las yerbas. Los bichos de la tierra, entre las piedras, bajo la luz idéntica, eran piedras. El tiempo en el minuto se saciaba. En la quietud absorta se consumaba el mediodía. Y un pájaro cantó, delgada flecha. Pecho de plata herido vibró el cielo, se movieron las hojas, las yerbas despertaron... Y sentí que la muerte era una flecha que no se sabe quién dispara y en un abrir los ojos nos morimos.
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El pájaro
De mi ciudad sonora vine al pueblo de tibia somnolencia, donde saben a sal los labios de la aurora. Y traje una dolencia de mis valles, ansiosos de marina transparencia. Cruzaban las angostas cintas de las calles mujeres de aguzados senos y agilidad de música en los talles. Había sol en los rostros morenos; dos ágatas de luz en sus pupilas, y en sus labios melifluos los venenos. En onduladas filas, eran como de cálidas palomas por el limpio tejado de las montañas lilas. Y soñaban en pomas paradisiacas del filtrado jugo, y en un idilio de los vientos con los aromas. Al Señor Nuestro plugo darles líneas de copas transparentes, como se reza un Hugo. Y secaron mis fuentes por esa gota lánguida de un beso en las finas copas de labios adolescentes. Córdoba, cofre de mujeres, dulce embeleso: Les prometí la luz de un arrebol por esa gota lánguida de un beso... ¡Y me dieron el sol!
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Mujeres
Los sucesivos soles del verano, la sucesión del sol y sus veranos, todos los soles, el solo, el sol de soles, hechos ya hueso terco y leonado, cerrazón de materia enfriada. Puño de piedra, piña de lava, osario, no tierra, isla tampoco, peña despeñada, duro durazno, gota de sol petrificada. Por las noches se oye el respirar de las cisternas, el jadeo del agua dulce turbada por el mar. La hora es alta y rayada de verde. El cuerpo obscuro del vino en las jarras dormido es un sol más ***** y fresco. Aquí la rosa de las profundidades es un candelabro de venas rosadas encendido en el fondo del mar. En tierra, el sol lo apaga, pálido encaje calcáreo como el deseo labrado por la muerte. Rocas color de azufre, altas piedras adustas. Tú estás a mi costado. Tus pensamientos son negros y dorados Si alargase la mano cortaría un racimo de verdades intactas. Abajo, entre peñas centelleantes, va y viene el mar lleno de brazos. Vértigos. La luz se precipita. Yo te miré a la cara, yo me asomé al abismo: mortalidad es transparencia. Osario, paraíso: nuestras raíces anudadas en el **** en la boca deshecha de la Madre enterrada. Jardín de árboles incestuosos sobre la tierra de los muertos.
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Ustica
Así, ternura de Lisboa en medio del espanto. El mundo está nublado, menos aquí donde se adensa la tristeza del mundo. ¿Tanta luz dejó el ángel que vuela hacia la suspensión de la infancia en el hueco de un canario dormido? La lengua vive en la boca calcinada por la curva del sol. Junto al río o tajo que habla con la ciudad hay algo de lejano implacable en que pase lo que no pasa. ¿Cómo se ata lo que soy para mí con lo que no soy para mí? Aquí me cansa la muerte, que no tiene nada adentro, y por mi cuarto se pasea uno que usa mi pasado. Ah, transparencia mecida por la huella animal que busca lo encontrado. Decires que velan lo que muestran. Lenta felicidad de calles contagiadas de lo que se espera.
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Ciudades
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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El niño de la noche
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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Tu vida entera en dos cajas. Una de cartón, con fotos y cartas y cuadernos y ruidos sordos contras esquinas marrones cuando pasa de mano en mano. Una de madera, con manos y piernas y tez blanca al borde de la transparencia y un silencio que se extiende por metros y por años. Ojos me buscan y me encuentran y labios me preguntan cómo te hubiera gustado esto o aquello, suponiendo que yo se, suponiendo que te conocía, y no se cuanta verdad hay en eso. Solo se que dentro de años, con tu caja de cartón olvidada, cuando seas solo huesos y pueda pensarte sin pensar, en los espacios entre tus costillas y el aire que te llena, seguirá habitando un deseo, que cosquilleará, se trepará y se enredará, formando una telaraña, uniendo hueso con hueso, enmarañando tu esqueleto, pero no habrá nadie para verlo más que tu caja de madera.
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Dec 13, 2020
Dec 13, 2020 at 7:16 PM UTC
LII
Quererte con el iris, con el trueno, en la pomposa barca de la espuma, a flavo sol, a bien bruñida luna y espigada madeja de centeno. Con envidia de nube transitoria y paciencia de piedra en el camino, a ocre martillo y a curioso pino. A olvido, a permanencia y a memoria. Con la cambiante ágata del sino y la obsidiana en blanco de la suerte, en el mármol sin voces de la muerte y por el canto unido a mi destino. Quererte con escándalo o licencia, mas siempre con altiva transparencia.
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Con altiva transparencia
Cuerpo de claridad que nada empaña. Todo es materia de cristal radiante, a través de ese sol que te acompaña, que te lleva por dentro hacia adelante. Carne de limpidez enardecida, hueso más transparente si más hondo, piel hacia el sur del fuego dirigida. Sangre resplandeciente desde el fondo. Cuerpo diurno, día sobrehumano, fruto del cegador acoplamiento, de una áurea madrugada del verano con el más inflamado firmamento. Ígnea ascensión, sangrienta hacia los montes, agua sólida y ágil hacia el día, diáfano barro lleno de horizontes, coronación astral de la alegría. Cuerpo como un solsticio de arcos plenos, bóveda plena, plenas llamaradas. Todos los cuerpos fulgen más morenos bajo el cenit de todas tus miradas. Cuerpo de polen férvido y dorado, flexible y rumoroso, tuyo y mío. De la noche final me has enlutado, del amor, del cabello más sombrío. Ilumina el abismo donde lloro por la consumación de las espumas. Fúndete con la sombra que atesoro hasta que en la transparencia te consumas.
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Vida solar
Con planta imponderable cruzas el mundo y cruzas mi conciencia, y es tu sufrido rostro como un éxtasis que se dilata en una transparencia. ¡Pobrecilla sonámbula! Pareces, en tu ruta de novicia, ir diciendo al azar: «No me hagáis daño; temo que me maltrate una caricia». Devuelves su matiz inmaculado al paisaje ilusorio en que te posas y restituyes en su integridad inocente a los hombres y a las cosas. Así cruzas el mundo, con ingrávidos pies, y en transparencia de éxtasis se adelgaza tu perfil, y vas diciendo: «Marcho en la clemencia, soy la virginidad del panorama y la clara embriaguez de tu conciencia».
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Pobrecilla sonámbula