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"consuela" poems
the CIA will never make the money off ****** it made off ******* ******* is for parties dance clubs good times in social settings ****** not so much dark alleys with ***** dealers selling black tar to hopeless souls Mexican mules with **** cavities brimming carrying kilos into Nogales or maybe Calexico bow legged and sweating just 35 more trips and sweet little Consuela can be an American until Trump gets his wall – article after article relaying tragedy the poor, lost in addiction desperately seeking a coping mechanism something to stem the tide of despair and general malaise dead in their prime over a twenty sack and low self-worth…. many friends and family this same tale… some folks heritage is in ranching, thousands of head of cattle driven across the open plains grandfather to grandson, uncle and cousin…. others, political dynasty papa congressman and auntie judge but not mine – the crest of my tree looks like the biohazard symbol as generations of drug addicts litter the undergrowth their weight attempting to hold me lock me into familial history unfortunately or fortunately my will, and recognition of god’s power flowing within me, as it.. I am my own master and free to fashion my branches to whatever my liking desires – undercover government agents line street corners whispering illusionary tales of release stories of becoming void of pain parables relating a free mind to personal freedom through chemical alterations I whisper back “I bet my **** is delicious, wanna taste?” –
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Nov 3, 2015
Nov 3, 2015 at 12:35 PM UTC
same ole C.I.A.
the CIA will never make the money off ****** it made off ******* ******* is for parties dance clubs good times in social settings ****** not so much dark alleys with ***** dealers selling black tar to hopeless souls Mexican mules with **** cavities brimming carrying kilos into Nogales or maybe Calexico bow legged and sweating just 35 more trips and sweet little Consuela can be an American until Trump gets his wall – article after article relaying tragedy the poor, lost in addiction desperately seeking a coping mechanism something to stem the tide of despair and general malaise dead in their prime over a twenty sack and low self-worth…. many friends and family this same tale… some folks heritage is in ranching, thousands of head of cattle driven across the open plains grandfather to grandson, uncle and cousin…. others, political dynasty papa congressman and auntie judge but not mine – the crest of my tree looks like the biohazard symbol as generations of drug addicts litter the undergrowth their weight attempting to hold me lock me into familial history unfortunately or fortunately my will, and recognition of god’s power flowing within me, as it.. I am my own master and free to fashion my branches to whatever my liking desires – undercover government agents line street corners whispering illusionary tales of release stories of becoming void of pain parables relating a free mind to personal freedom through chemical alterations I whisper back “I bet my **** is delicious, wanna taste?” –
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Una clara conciencia de lo que ha perdido, es lo que le consuela. Se levanta cada mañana a fallecer, discurre por estancias en donde sórdamente duele el tiempo que se detuvo, la herida mal cerrada. Dura en ningún lugar este otro mundo, y vuelve por la noche en las paradas del sueño fatigoso... Reino suyo dorado, cuántas veces por él pregunta en la mitad del día, con el temor de olvidar algo! Las horas, largo viaje desabrido. La historia es un instante preferido, un tesoro en imágenes, que él guarda para su necesaria consulta con la muerte. Y el final de la historia es esta pausa.
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Príncipe de aquitania, en su torre abolida
Y he perdido las ganas... Ya no quiero hacer aquello que antes disfrutaba. Ya nada me causa la alegría que antes causaba. Ni la música me consuela. Ni los libros me distraen. Ni los juegos me transportan a un lugar sin dolor. Las palabras que te escribo ya no van a tu pantalla. Las canciones que te dedico nunca llegan a tus oídos. Mis caricias y mis besos me los trago con amargura, pues no quieres recibirlos. Y así me quedo yo sin ganas. Sin ganas de ver la luz de un nuevo día. Sin ganas de afrontar las horas en las que estoy despierto. Sin ganas de moverme, respirar, reír, llorar. Sin ganas de beber para olvidar tu nombre, aunque sea por un segundo. Sin ganas de morir para no verte nunca más. Sin ganas de vivir una vida alejado de ti. Sin ganas de llorar para vaciar el corazón. Sin ganas de buscarte para que me rechaces de nuevo.
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Aug 8, 2016
Aug 8, 2016 at 1:28 PM UTC
Sin Ganas
Quiero, con afán soñoliento, Gozar de la muerte más leve Entre bosques y mares de escarcha, Hecho aire que pasa y no sabe. Quiero la muerte entre mis manos, Fruto tan ceniciento y rápido, Igual al cuerno frágil De la luz cuando nace en el invierno. Quiero beber al fin su lejana amargura; Quiero escuchar su sueño con rumor de arpa Mientras siento las venas que se enfrían, Porque la frialdad tan sólo me consuela. Voy a morir de un deseo, Si un deseo sutil vale la muerte; A vivir sin mí mismo de un deseo, Sin despertar, sin acordarme, Allá en la luna perdido entre su frío.
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Quiero, con afán soñoliento
Por aquel postigo viejo que nunca fuera cerrado vi venir pendón bermejo con trescientos de caballo, en medio de los trescientos viene un monumento armado, y dentro del monumento viene un cuerpo de un finado Fernán d'Arias ha por nombre, fijo de Arias Gonzalo. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo; todas eran sus parientas en tercero y cuarto grado, las unas le dicen primo, otras le llaman hermano, las otras decían tío otras lo llaman cuñado. Sobre todas lo lloraba aquesa Urraca Hernando, ¡y cuán bien que la consuela ese viejo Arias Gonzalo!: -Calledes, hija, calledes, calledes, Urraca Hernando, que si un hijo me han muerto, ahí me quedaban cuatro. No murió por las tabernas ni a las tablas jugando, mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando.
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Romance de fernán d'arias, hijo de arias gonzalo
Un musical manto regio pliega en mi oído la brisa: Es el dulce florilegio del arpegio de tu risa... ¡Ríe!... Cuando en mi alma oscura la pena oficia en su misa, me da un chorro de luz pura la dulzura de tu risa... ¡Ríe!... Cuando en mis cantares la lágrima se divisa, desensarta mis collares de pesares con tu risa.. ¡Ríe!... Si mi herida planta en mi senda abrojos pisa, me consuela tu garganta, si en ella canta tu risa... ¡Ríe!... Que cuando deploro que la ilusión de va aprisa, y la juventud valoro, cuando un tesoro sonoro es el oro 1 de tu risa.... ¡Ríe!... Que a mi Destino deja mi andanza indecisa, bifurcando mi camino, me da esperanza  y fe, el trino peregrino de tu risa... ¡Ríe, pues! ¡Que eternamente, dentro de mi alma sumisa a su hechizo sugerente, tal como un soplo de brisa, como una lírica fuente, cante tu risa...!
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Tu risa
Nególe a la razón el apetito el debido respeto, y es lo peor que piensa que un delito tan grave puede a Dios estar secreto, cuya sabiduría la oscuridad del corazón del hombre desde el cielo mayor, la lee más claro. Yace esclava del cuerpo la alma mía, tan olvidada ya del primer nombre que no teme otra cosa sino perder aqueste estado infame, que debiera temer tan solamente, pues la razón más viva y más forzosa que me consuela y fuerza a que la llame, aunque no se arrepiente, es que está ya tan fea, que se ha de arrepentir cuando se vea. Sólo me da cuidado ver que esta conversión tan conocida ha de venir a ser agradecida más que a mi voluntad, a mi pecado; pues ella no es tan buena que desprecie por mala tanta pena, y aunque él es vil, y de dolor tan lleno que al infierno le igualo, sólo tiene de bueno el dar conocimiento de que es malo.
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Salmo xiv
Hay tanto amor en mi alma que no queda ni el rincón más estrecho para el odio. ¿Dónde quieres que ponga los rencores que tus vilezas engendrar podrían? Impasible no soy: todo lo siento, lo sufro todo... Pero como el niño a quien hacen llorar, en cuanto mira un juguete delante de sus ojos se consuela, sonríe, y las ávidas manos tiende hacia él sin recordar la pena, así yo, ante el divino panorama de mi idea, ante lo inenarrable de mi amor infinito, no siento ni el maligno alfilerazo ni la cruel afilada ironía, ni escucho la sarcástica risa. Todo lo olvido, porque soy sólo corazón, soy ojos no más, para asomarme a la ventana y ver pasar el inefable Ensueño, vestido de violeta, y con toda la luz de la mañana, de sus ojos divinos en la quieta limpidez de la fontana...
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Tanto amor
Por aquel postigo viejo   que nunca fuera cerrado, vi venir pendón bermejo   con trescientos de caballo; en medio de los trescientos   viene un monumento armado, y dentro del monumento   viene un ataúd de palo, y dentro del ataúd   venía un cuerpo finado. Fernán d'Arias ha por nombre,   hijo de Arias Gonzalo. Llorábanle cien doncellas,   todas ciento hijasdalgo; todas eran sus parientas   en tercero y cuarto grado; las unas le dicen primo,   otras lo llaman hermano, las otras decían tío,   otras lo llaman cuñado. Sobre todas lo lloraba    aquesa Urraca Hernando, ¡y cuán bien que la consuela   ese viejo Arias Gonzalo! -¿Por qué lloráis, mis doncellas?   ¿por qué hacéis tan grande llanto? No lloréis así, señoras,   que no es para llorarlo, que si un hijo me han muerto,   ahí me quedaban cuatro. No murió por las tabernas,   ni a las tablas jugando, mas murió sobre Zamora,   vuestra honra resguardando; murió como un caballero   con sus armas peleando.
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Romance de fernán d'arias
Por aquel postigo viejo que nunca fuera cerrado vi venir seña bermeja con trescientos de caballo; un pendón traen sangriento, de ***** muy bien bordado, y en medio de los trescientos traen un cuerpo finado; Fernand Arias ha por nombre, hijo de Arias Gonzalo. A la entrada de Zamora un gran llanto es comenzado. Llorábanle cien doncellas, todas ciento hijasdalgo; sobre todas lo lloraba esa Infanta Urraca Hernando, ¡y cuán triste la consuela el buen viejo Arias Gonzalo!: -¡Callad, mi ahijada, callad, no hagades tan grande llanto; por un hijo que me han muerto, vivos me quedaban cuatro; que no murió entre las damas, ni menos tablas jugando, mas murió sobre Zamora, vuestra honra resguardando! ¡Ay de mí, viejo mezquino! ¡Quién no te hubiera criado, para verte, Fernand Arias, agora muerto en mis brazos! Ya tocaban las campanas, ya llevaban a enterrarlo allá en la iglesia mayor, junto al altar de Santiago, en una tumba muy rica, como requiere su estado.
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Romance xix del entierro de fernand arias
Donde estuvo la nube ya no hay nube;                     los ojos, que la piensan. Absoluto celeste, azul unánime                     sin ave, sin su anécdota. Al célico sosiego otro marino                     sosiego le contesta. Las últimas congojas de la ola                     playa se las consuela. Tanto sollozo en leve espuma acaba,                     y la espuma en la arena. Le basta un color solo a tanto espacio,                     sin vela que disienta, El mar va por el mar buscando azules                     y a un azul los eleva. Está el día en el fiel. La Luz, la sombra                     ni más ni menos pesan. Dentro del hombre ni esperanza empuja                     ni memoria sujeta. El presente, que tanto se ha negado,                     hoy, aquí, ya, se entrega. ¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos                     felices le contemplan. El tiempo abjura de su error, las horas,                     y pasa sin saberlas. Aves, ondinas, callan, y de voces                     vacío el aire dejan. La dilatada anchura del silencio                     de silencio se llena. Es el vivir tan tenue, que no ata;                     la cautiva se suelta. Por las campiñas, ya, del puro ser                     viene, va, se recrea. Está el mundo tan limpio, que es espejo:                     la escapada lo estrena. Radiante mediodía. En él, el alma                     se reconoce: esencia. Segunda, y la mejor, surge del mar                     la Venus verdadera.
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Variación viii
Donde estuvo la nube ya no hay nube;                     los ojos, que la piensan. Absoluto celeste, azul unánime                     sin ave, sin su anécdota. Al célico sosiego otro marino                     sosiego le contesta. Las últimas congojas de la ola                     playa se las consuela. Tanto sollozo en leve espuma acaba,                     y la espuma en la arena. Le basta un color solo a tanto espacio,                     sin vela que disienta, El mar va por el mar buscando azules                     y a un azul los eleva. Está el día en el fiel. La Luz, la sombra                     ni más ni menos pesan. Dentro del hombre ni esperanza empuja                     ni memoria sujeta. El presente, que tanto se ha negado,                     hoy, aquí, ya, se entrega. ¡Presente, sí, hay presente! Ojos absortos                     felices le contemplan. El tiempo abjura de su error, las horas,                     y pasa sin saberlas. Aves, ondinas, callan, y de voces                     vacío el aire dejan. La dilatada anchura del silencio                     de silencio se llena. Es el vivir tan tenue, que no ata;                     la cautiva se suelta. Por las campiñas, ya, del puro ser                     viene, va, se recrea. Está el mundo tan limpio, que es espejo:                     la escapada lo estrena. Radiante mediodía. En él, el alma                     se reconoce: esencia. Segunda, y la mejor, surge del mar                     la Venus verdadera.
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Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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El cid
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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¡Ay del que llega sediento a ver el agua correr, y dice: la sed que siento no me la calma el beber! ¡Ay de quien bebe y, saciada la sed, desprecia la vida: moneda al tahúr prestada, que sea al azar rendida! Del iluso que suspira bajo el orden soberano, y del que sueña la lira pitagórica en su mano. ¡Ay del noble peregrino que se para a meditar, después de largo camino en el horror de llegar! ¡Ay de la melancolía que llorando se consuela, y de la melomanía de un corazón de zarzuela! ¡Ay de nuestro ruiseñor, si en una noche serena se cura del mal de amor que llora y canta sin pena! ¡De los jardines secretos, de los pensiles soñados, y de los sueños poblados de propósitos discretos! ¡Ay del galán sin fortuna que ronda a la luna bella; de cuantos caen de la luna, de cuantos se marchan a ella! ¡De quien el fruto prendido en la rama no alcanzó, de quien el fruto ha mordido y el gusto amargo probó! ¡Y de nuestro amor primero y de su fe mal pagada, y, también, del verdadero amante de nuestra amada!
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Coplas elegíacas
Cuando se hunde en las manos la cabeza Y se siente el espíritu abatido, ¡Cómo consuela el diálogo no oído De nuestro corazón y la tristeza! Con los ojos cerrados, en belleza Vemos surgir lo ya desvanecido; Y lo que un tiempo se creyó perdido, En nuestro ensueño a sonreír empieza. Quiero soñar y recordar. La vida Suele ser el pasado, y de su fondo A veces brota luz desconocida, Porque momentos hay en que no existe Para el alma, un placer tan grande y hondo Como el de recordar y el estar triste.
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El pasado
Sube otra luna. Al oscuro cielo. El canto de grillos. Marca su llegada. Un amigo fiel. Mordiendo sus garras. Echado a mi diestra. Es quien me acompaña. Me observa en silencio. ¿Acaso él ignora?  Más en su mirada.  A mi, el consuela. Aunque de su boca.  No ofrece una letra. Y estoy bajo un faro. Sentado en silencio.  Sufriendo otra noche.  Desde que te fueras.
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Jan 31, 2024
Jan 31, 2024 at 4:31 AM UTC
El consuela