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"arrastrando" poems
Traigo sus ojos conmigo, los llevo para poder observar de cerca como él, para olvidarme, se aleja a toda prisa magullando y lastimando sus encogidas huellas, entre las espigas empalagosas, más allá de una vieja y arcaica alameda. El ya no huele a miel naranja en sus pupilas, tiene tantas mentiras arrastrando por ese campo! que las últimas primaveras que viva, las vivirá fingiendo, que ama los huecos de los árboles, cuando yo sé muy bien, que mueres por la alquimia filosofía. Un día cualquiera, lo sé, cuando el sol venza al fin su cansancio, oxigenará su monótona vida con alguna brisa perdida por el terruño, y me recordará. Me recordará en los murmullos opacos y casi con amargura en su piel, sabrá, que jamás pudo olvidarme, a mi, a su única quimera endemoniada, la que lo hacia encender vibrar, morir y vivir. Entonces, cuando los días se le acobarden en los orgasmos, clamara en silencio mis labios y se maldecirá por haber dicho tantas mentiras y por ocultar tantas verdades. Ya sabes que no te bendigo vida mía, porque siempre yo fui, una mujer con infiernos perversos, en los labios. LAS PALABRAS QUE PARTIERON Valentina de la Canal. copyleft Reserved 2008
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Feb 28, 2015
Feb 28, 2015 at 7:02 AM UTC
LAS PALABRAS QUE PARTIERON
Aveces pienso cosas absurdas. Por ejemplo, he contemplado lo que sería nuestro hogar en el futuro. Que ridículo. Pero sabes, me imagino paredes blancas, Muebles oscuros, refinados, con los pequeños detalles que te gustan a ti. Nuestro cuarto sería así: Minimalista, tal vez tres cuadros de algunas fotografías En blanco y ***** Un librero, La mitad lleno de libros de poesía, Literatura en español, física, mecánica, Y la otra de libros científicos, De cerebros, comportamiento, psicología; Tu mitad de la cama estaría ordenada, Tendida, Y la mía quizás seguiría ocupada por mi, Caótica, las sábanas arrastrando, Y un pequeño montoncito de libros a mis pies. En muchas cosas somos diferentes, Por eso pienso en como viviríamos juntos; Creo las paredes en blanco me deprimirían, Tal vez al año las pintaríamos de un color vino... (¿Te acuerdas del vino que tomamos en mi cumpleaños?) O tal vez a los 3 años, nuestros hijos harían un nuevo decor... Que absurdo es pensar así, Más ridículo sentir tan bonito en imaginarlo. Pero tendríamos un lindo hogar, Creo que sería un lugar muy rico, Un flux constante de ideas, de color, de expresión , de conocimiento. Sería el Meca de nuestro amor, El centro de mi universo. Que ridículo, Que absurdo Pensamiento.
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Feb 3, 2013
Feb 3, 2013 at 11:04 PM UTC
Nuestro hogar
Tormento de tormenta en el exilio: me llamas con tu voz de boca en llamas. Te quemas, me torturas, te desbocas, loca sota en baraja sin figuras. Auguras un futuro de horas muertas, tuertas, yertas, seguras de su suerte, estrechas en su muerte, hijas de calenturas, de noches sin holgura y sin recuerdos. Acuerdos acometo con extraños; de estaño es la cometa de los cuerdos, arrastrando su vuelo por el barro.
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Nov 30, 2014
Nov 30, 2014 at 1:39 PM UTC
Horas Bajas
Fue la pasada primavera, hace ahora casi un año, En un salón del viejo Temple, en Londres, Con viejos muebles. Las ventanas daban, Tras edificios viejos, a lo lejos, Entre la hierba el gris relámpago del río. Todo era gris y estaba fatigado Igual que el iris de una perla enferma. Eran señores viejos, viejas damas, En los sombreros plumas polvorientas; Un susurro de voces allá por los rincones, Junto a mesas con tulipanes amarillos, Retratos de familia y teteras vacías. La sombra que caía Con un olor a gato, Despertaba ruidos en cocinas. Un hombre silencioso estaba Cerca de mí. Veía La sombra de su largo perfil algunas veces Asomarse abstraído al borde de la taza, Con la misma fatiga Del muerto que volviera Desde la tumba a una fiesta mundana. En los labios de alguno, Allá por los rincones Donde los viejos juntos susurraban, Densa como una lágrima cayendo, Brotó de pronto una palabra: España. Un cansancio sin nombre Rodaba en mi cabeza. Encendieron las luces. Nos marchamos. Tras largas escaleras casi a oscuras Me hallé luego en la calle, Y mi lado, al volverme, Vi otra vez a aquel hombre silencioso, Que habló indistinto algo Con acento extranjero, Un acento de niño en voz envejecida. Andando me seguía Como si fuera solo bajo un peso invisible, Arrastrando la losa de su tumba; Mas luego se detuvo. «¿España?», dijo. «Un nombre. España ha muerto.» Había Una súbita esquina en la calleja. Le vi borrarse entre la sombra húmeda.
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Impresión de destierro
Delgada               línea pura de corazón sonoro, eres la claridad cortada al vuelo: cantando sobrevives: todo se irá menos tu forma. No sé si el llanto ronco que de ti se desploma, tus toques de tambor, tu                                     enjambre de alas, será de ti lo mío, o si eres en silencio más decididamente arrobadora, sistema de paloma o de cadera, molde que de su espuma resucita y aparece, turgente, reclinada y resurrecta rosa. Debajo de una higuera, cerca del ronco y raudo Bío Bío, guitarra, saliste de tu nido como un ave y a unas manos morenas entregaste las citas enterradas, los sollozos oscuros, la cadena sin fin de los adioses. De ti salía el canto, el matrimonio que el hombre consumó con su guitarra, los olvidados besos, la inolvidable ingrata, y así se transformó                             la noche entera en estrellada caja de guitarra, temblando el firmamento con su copa sonora y el río sus infinitas cuerdas afinaba arrastrando hacia el mar una marea pura de aromas y lamentos. Oh soledad sabrosa con noche venidera, soledad como el pan terrestre, soledad con un río de guitarras! El mundo se recoge en una sola gota de miel, en una estrella, todo es azul entre las hojas, toda la altura temblorosa                                     canta. Y la mujer que toca la tierra y la guitarra lleva en su voz el duelo y la alegría de la profunda hora. El tiempo y la distancia caen a la guitarra: somos un sueño, un canto entrecortado: el corazón campestre se va por los caminos a caballo: sueña y sueña la noche y su silencio, canta y canta la tierra y su guitarra.
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Oda a la guitarra
Delgada               línea pura de corazón sonoro, eres la claridad cortada al vuelo: cantando sobrevives: todo se irá menos tu forma. No sé si el llanto ronco que de ti se desploma, tus toques de tambor, tu                                     enjambre de alas, será de ti lo mío, o si eres en silencio más decididamente arrobadora, sistema de paloma o de cadera, molde que de su espuma resucita y aparece, turgente, reclinada y resurrecta rosa. Debajo de una higuera, cerca del ronco y raudo Bío Bío, guitarra, saliste de tu nido como un ave y a unas manos morenas entregaste las citas enterradas, los sollozos oscuros, la cadena sin fin de los adioses. De ti salía el canto, el matrimonio que el hombre consumó con su guitarra, los olvidados besos, la inolvidable ingrata, y así se transformó                             la noche entera en estrellada caja de guitarra, temblando el firmamento con su copa sonora y el río sus infinitas cuerdas afinaba arrastrando hacia el mar una marea pura de aromas y lamentos. Oh soledad sabrosa con noche venidera, soledad como el pan terrestre, soledad con un río de guitarras! El mundo se recoge en una sola gota de miel, en una estrella, todo es azul entre las hojas, toda la altura temblorosa                                     canta. Y la mujer que toca la tierra y la guitarra lleva en su voz el duelo y la alegría de la profunda hora. El tiempo y la distancia caen a la guitarra: somos un sueño, un canto entrecortado: el corazón campestre se va por los caminos a caballo: sueña y sueña la noche y su silencio, canta y canta la tierra y su guitarra.
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Los mozos de Monleón se fueron a arar temprano, ay, ay, para ir a la corrida, y remudar con despacio, ay, ay. Al hijo de la "Velluda", el remudo no le han dado, ay, ay. -Al toro tengo que ir aunque vaya de prestado, ay, ay. Permita Dios, si lo encuentras, que te traigan en un carro, las albarcas y el sombrero de los siniestros colgando. Se cogen los garrochones, se van las navas abajo, preguntando por el toro, y el toro ya está encerrado. A la mitad del camino, al mayoral se encontraron, -Muchachos que vais al toro: mirad que el toro es muy malo, que la leche que mamó se la di yo por mi mano. Se presentan en la plaza cuatro mozos muy gallardos, ay, ay. Manuel Sánchez llamó al toro; nunca lo hubiera llamado, ay, ay, por el pico de una albarca toda la plaza arrastrando; ay, ay. Cuando el toro lo dejó, ya lo ha dejado sangrando, ay, ay. -Amigos, que yo me muero; amigos, yo estoy muy malo; tres pañuelos tengo dentro y este que meto son cuatro. -Que llamen al confesor, pa que venga a confesarlo. Cuando el confesor llegaba Manuel Sánchez ha expirado. Al rico de Monleón le piden los bues y el carro, ay, ay, pa llevar a Manuel Sánchez, que el torito lo ha matado. ay, ay. A la puerta de la "Velluda" arrecularon el carro, ay, ay. -Aquí tenéis, vuestro hijo como lo habéis demandado. ay, ay.
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Los mozos de monleón
Los mendigos pelean por España mendigando en París, en Roma, en Praga y refrendando así, con mano gótica, rogante, los pies de los Apóstoles, en Londres, en New York, en Méjico. Los pordioseros luchan suplicando infernalmente a Dios por Santander, la lid en que ya nadie es derrotado. A1 sufrimiento antiguo danse, encarnízanse en llorar plomo social al pie del individuo, y atacan a gemidos, los mendigos, matando con tan solo ser mendigos. Ruegos de infantería, en que el arma ruega del metal para arriba, y ruega la ira, más acá de la pólvora iracunda. Tácitos escuadrones que disparan, con cadencia mortal, su mansedumbre, desde un umbral, desde sí mismos, ¡ay! desde sí mismos. Potenciales guerreros sin calcetines al calzar el trueno, satánicos, numéricos, arrastrando sus títulos de fuerza, migaja al cinto, fusil doble calibre: sangre y sangre. ¡El poeta saluda al sufrimiento armado!
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Iv
Esta vez, arrastrando briosa sus pobrezas al sesgo de mi pompa delantera, coteja su coturno con mi traspié sin taco, la primavera exacta de picotón de buitre. La perdí en cuanto tela de mis despilfarros, juguéla en cuanto pomo de mi aplauso; el termómetro puesto, puesto el fin, puesto el gusano, contusa mi doblez del otro Tia, aguardéla al arrullo de un grillo fugitivo y despedía uñoso, somático, sufrido. Veces latentes de astro, ocasiones de ser gallina negra, entabló la bandida primavera con mi chusma de aprietos, con mis apocamientos en camisa, mi derecho soviético y mi gorra. Veces las del bocado lauríneo, con símbolos, tabaco, mundo y carne, deglusión translaticia bajo palio, al són de los testículos cantores; talentoso torrente el de mi suave suavidad, rebatible a pedradas, ganable con tan sólo suspirar... Flora de estilo, plena, citada en fangos de honor por rosas auditivas... Respingo, coz, patada sencilla, triquiñuela adorada... Cantan... Sudan...
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Primavera tuberosa
Bajo el cielo fiel Junio corría arrastrando en sus aguas dulces fechas, ardientes horas en la luz deshechas, frutos y labios que mi sed asía. Sobre mi juventud Junio corría: golpeaban mi ser sus aguas flechas, despeñadas y obscuras en las brechas que su avidez en ráfagas abría. Ay, presuroso Junio nunca mío, invisible entre puros resplandores, mortales horas en terribles goces, ¡cómo alzabas mi ser, crecido río, en júbilos sin voz, mudos clamores, viva espada de luz entre dos voces!
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Sonetos - iv
Muchachas que buscabais el gran amor, el gran amor terrible, qué ha pasado, muchachas? Tal vez el tiempo, el tiempo! Porque ahora, aquí está, ved cómo pasa arrastrando las piedras celestes, destrozando las flores y las hojas, con un ruido de espumas azotadas contra todas las piedras de tu mundo, con un olor de esperma y de jazmines, junto a la luna sangrienta! Y ahora tocas el agua con tus pies pequeños, con tu pequeño corazón y no sabes qué hacer! Son mejores ciertos viajes nocturnos, ciertos departamentos, ciertos divertidísimos paseos, ciertos bailes sin mayor consecuencia que continuar el viaje! Muérete de miedo o de frío, o de duda, que yo con mis grandes pasos la encontraré, dentro de ti o lejos de ti, y ella me encontrará, la que no temblará frente al amor, la que estará fundida conmigo en la vida o la muerte!
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Las muchachas
Entre las 5 y las 7/cada día, ves a un compañero caer/no pueden cambiar lo que pasó/el compañero cae y ni la mueca de dolor se le puede apagar/ni el nombre o rostro o sueños por los que el compañero cortaba la tristeza con su tijera de oro/se paraba, a la orilla de un hombre o una mujer/ le juntaba todo el sufrimiento para sentarlo en su corazón debajito de un árbol/ el mundo llora pidiendo comida/ tanto dolor tiene en la boca/ es dolor que necesita porvenir/ el compañero cambiaba al mundo y le ponía pañales de horizonte/ ahora lo ves morir/cada día pensás que así vive/que anda arrastrando un pedazo de cielo con las sombras del alba/donde entre las 5 y las 7/cada día/ vuelve a caer/ tapado de infinito
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El infierno verdadero
El agua del río pasaba indolente, reflejando noches y arrastrando días… Tú, desnuda en la fresca corriente, reías… Yo te contemplaba desde la ribera, tendido a la sombra de un árbol sonoro; y resplandecía tu áurea cabellera, desatada en el agua ligera, como un remolino de espuma de oro… Y pasaban las nubes errantes, mientras tú te erguías bajo el sol de estío, con los blancos hombros llenos de diamantes, en la rumorosa caricia del río. Y tú te reías… Y mirando mis manos vacías, pensé en tantas cosas que ya fueron mías, y que se me han ido, como tú te irás… Y tendí mis brazos hacia la corriente, hacia la corriente cantarina y clara, porque tuve miedo, repentinamente, de que el agua feliz te arrastrara… Y ya no reías… bajo el sol de estío, ni resplandecías de oro y de rocío. Y saliste corriendo del río, y llenaste mis manos vacías… Y al sentir tu cuerpo tan cerca y tan mío, al vivir en tu amor un instante más allá del placer y del hastío, vi pasar la sombra de una nube errante, de una nube fugaz sobre el río.
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Tercer poema del río
El palacio es de mármol, y en pie en la escalinata, Hablan viejos patricios que retrató Ticiano, Y sus gruesos collares, obra de experta mano, Realzan de los trajes el color escarlata. La azul laguna, lejos sus espumas dilata, Y contemplan con ojos de orgullo soberano, Bajo la luz radiante del cielo veneciano, Del Adriático el brillo con cambiantes de plata. Y mientras oro y púrpura van en fúlgida hilera Arrastrando los nobles por la blanca escalera Que al sol, una azulada claridad tornasola, Una dama, de pronto, indolente y altiva, En nube de brocados volviéndose furtiva, Le sonríe al negrillo que le lleva la cola.
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La dogaresa