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"vecina" poems
Era verde el silencio, mojada era la luz, temblaba el mes de Junio como una mariposa y en el austral dominio, desde el mar y las piedras, Matilde, atravesaste el mediodía. Ibas cargada de flores ferruginosas, algas que el viento sur atormenta y olvida, aún blancas, agrietadas por la sal devorante, tus manos levantaban las espigas de arena. Amo tus dones puros, tu piel de piedra intacta, tus uñas ofrecidas en el sol de tus dedos, tu boca derramada por toda la alegría, pero, para mi casa vecina del abismo, dame el atormentado sistema del silencio, el pabellón del mar olvidado en la arena.
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Soneto xl
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Yo deseo estar solo. Non curo de compaña. Quiero catar silencio. Non me peta mormurio ninguno a la mi vera. Si la voz soterraña de la canción adviene, que advenga con sordina: si es la canción ruidosa, con mi mudez la injurio; si trae mucha música, que en el Hades se taña o en cualquiera región al ***** Hades vecina... Ruido: ¡Callad! Pregón de aciago augurio! Yo deseo estar solo. Non curo de compaña. Quiero catar silencio, mi sóla golosina. Como yo soy el Solitario, como yo soy el Taciturno, dejadme solo. Como yo soy el Hosco, el Arbitrario, como soy el Lucífugo, el Nocturno, dejadme solo. Mi sandalia (o mi abarca o mi coturno) no los piséis, tumulto tumultuario, dejadme solo. Judeo, quechua, orangutánida, ario, -como soy de la estirpe de Saturno- dejadme solo. Decanto en mi rincón mínimo canto, silencioso; alquimista soy señero, juglar oculto, absconto fabulante. Dejadme solo. Buen catador (soto mísero manto) Buen tañedor (sin Amati o Guarniero) Alto cantor (aunque bajo cantante) Dejadme solo. Dejadme solo. Non quiero compaña. Dejadme esquivo. Non gusto coreo. Non paventad: non presumo de Orfeo desasnador de cerril alimaña. Dejadme solo soplando mi caña silvestre. Non pétame pueril ronroneo. Non son adamado. Non son sigisbeo. Son áspero, másculo. Son rudo, sin plaña. Sin queja. Más mudo que Beethoven sordo. Sin laude. Más zurdo que Cervantes manco. Sin pathos. Más seco que no Falstaff gordo. Solitario. Adusto. Voy único a bordo. Espíritu en ***** Corazón en blanco. Y esquivo dejadme. Soy notas-arranco de mi clavecino. Soy fábulas-bordo sobre el cañamazo de mi pentacordo. Soy facecias-urdo. Por dentro me estanco. Dejadme señero: jamás me desbordo. Como yo soy el Solitario, como yo soy el Taciturno, como yo soy el Hosco, el Arbitrario, como soy el Lucífugo, el Nocturno, dejadme solo. Como soy Leo Atrabiliario, como soy Sergio el Estepario, como soy Proclo Extravagario, como ya tengo el Cuervo y el Vulturno de los acerbos choznos de Saturno, dejadme solo. Dejadme solo. Non quiero compaña. Dejadme esquivo. Non gusto coreo. Non paventad. Non presumo de Orfeo desasnador de cerril alimaña. No viene a mí, ni voy a la montaña. Ni vasallo ni César, Juez ni Reo: Sergio Estepario, Estrafalario Leo. Con mi tonel. De mi cruz cirineo. Rey de Burlas, soberbio: cetro o caña pares le son a mi elación huraña. Dejadme solo.
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Admonición a los impertinentes
Yo deseo estar solo. Non curo de compaña. Quiero catar silencio. Non me peta mormurio ninguno a la mi vera. Si la voz soterraña de la canción adviene, que advenga con sordina: si es la canción ruidosa, con mi mudez la injurio; si trae mucha música, que en el Hades se taña o en cualquiera región al ***** Hades vecina... Ruido: ¡Callad! Pregón de aciago augurio! Yo deseo estar solo. Non curo de compaña. Quiero catar silencio, mi sóla golosina. Como yo soy el Solitario, como yo soy el Taciturno, dejadme solo. Como yo soy el Hosco, el Arbitrario, como soy el Lucífugo, el Nocturno, dejadme solo. Mi sandalia (o mi abarca o mi coturno) no los piséis, tumulto tumultuario, dejadme solo. Judeo, quechua, orangutánida, ario, -como soy de la estirpe de Saturno- dejadme solo. Decanto en mi rincón mínimo canto, silencioso; alquimista soy señero, juglar oculto, absconto fabulante. Dejadme solo. Buen catador (soto mísero manto) Buen tañedor (sin Amati o Guarniero) Alto cantor (aunque bajo cantante) Dejadme solo. Dejadme solo. Non quiero compaña. Dejadme esquivo. Non gusto coreo. Non paventad: non presumo de Orfeo desasnador de cerril alimaña. Dejadme solo soplando mi caña silvestre. Non pétame pueril ronroneo. Non son adamado. Non son sigisbeo. Son áspero, másculo. Son rudo, sin plaña. Sin queja. Más mudo que Beethoven sordo. Sin laude. Más zurdo que Cervantes manco. Sin pathos. Más seco que no Falstaff gordo. Solitario. Adusto. Voy único a bordo. Espíritu en ***** Corazón en blanco. Y esquivo dejadme. Soy notas-arranco de mi clavecino. Soy fábulas-bordo sobre el cañamazo de mi pentacordo. Soy facecias-urdo. Por dentro me estanco. Dejadme señero: jamás me desbordo. Como yo soy el Solitario, como yo soy el Taciturno, como yo soy el Hosco, el Arbitrario, como soy el Lucífugo, el Nocturno, dejadme solo. Como soy Leo Atrabiliario, como soy Sergio el Estepario, como soy Proclo Extravagario, como ya tengo el Cuervo y el Vulturno de los acerbos choznos de Saturno, dejadme solo. Dejadme solo. Non quiero compaña. Dejadme esquivo. Non gusto coreo. Non paventad. Non presumo de Orfeo desasnador de cerril alimaña. No viene a mí, ni voy a la montaña. Ni vasallo ni César, Juez ni Reo: Sergio Estepario, Estrafalario Leo. Con mi tonel. De mi cruz cirineo. Rey de Burlas, soberbio: cetro o caña pares le son a mi elación huraña. Dejadme solo.
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Cogiome sin prevención Amor, astuto y tirano: con capa de cortesano se me entró en el corazón. Descuidada la razón y sin armas los sentidos, dieron puerta inadvertidos; y él, por lograr sus enojos, mientras suspendió los ojos me salteó los oídos. Disfrazado entró y mañoso; mas ya que dentro se vio del Paladión, salió de aquel disfraz engañoso; y, con ánimo furioso, tomando las armas luego, se descubrió astuto Griego que, iras brotando y furores, matando los defensores, puso a toda el Alma fuego. Y buscando sus violencias en ella al príamo fuerte, dio al Entendimiento muerte, que era Rey de las potencias; y sin hacer diferencias de real o plebeya grey, haciendo general ley murieron a sus puñales los discursos racionales porque eran hijos del Rey. A Casandra su fiereza buscó, y con modos tiranos, ató a la Razón las manos, que era del Alma princesa. En prisiones su belleza de soldados atrevidos, lamenta los no creídos desastres que adivinó, pues por más voces que dio no la oyeron los sentidos. Todo el palacio abrasado se ve, todo destruido; Deifobo allí mal herido, aquí Paris maltratado. Prende también su cuidado la modestia en Polixena; y en medio de tanta pena, tanta muerte y confusión, a la ilícita afición sólo reserva en Elena. Ya la Ciudad, que vecina fue al Cielo, con tanto arder, sólo guarda de su ser vestigios, en su ruina. Todo el amor lo extermina; y con ardiente furor, sólo se oye, entre el rumor con que su crueldad apoya: «Aquí yace un Alma Troya ¡Victoria por el Amor!»
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Décimas
Cogiome sin prevención Amor, astuto y tirano: con capa de cortesano se me entró en el corazón. Descuidada la razón y sin armas los sentidos, dieron puerta inadvertidos; y él, por lograr sus enojos, mientras suspendió los ojos me salteó los oídos. Disfrazado entró y mañoso; mas ya que dentro se vio del Paladión, salió de aquel disfraz engañoso; y, con ánimo furioso, tomando las armas luego, se descubrió astuto Griego que, iras brotando y furores, matando los defensores, puso a toda el Alma fuego. Y buscando sus violencias en ella al príamo fuerte, dio al Entendimiento muerte, que era Rey de las potencias; y sin hacer diferencias de real o plebeya grey, haciendo general ley murieron a sus puñales los discursos racionales porque eran hijos del Rey. A Casandra su fiereza buscó, y con modos tiranos, ató a la Razón las manos, que era del Alma princesa. En prisiones su belleza de soldados atrevidos, lamenta los no creídos desastres que adivinó, pues por más voces que dio no la oyeron los sentidos. Todo el palacio abrasado se ve, todo destruido; Deifobo allí mal herido, aquí Paris maltratado. Prende también su cuidado la modestia en Polixena; y en medio de tanta pena, tanta muerte y confusión, a la ilícita afición sólo reserva en Elena. Ya la Ciudad, que vecina fue al Cielo, con tanto arder, sólo guarda de su ser vestigios, en su ruina. Todo el amor lo extermina; y con ardiente furor, sólo se oye, entre el rumor con que su crueldad apoya: «Aquí yace un Alma Troya ¡Victoria por el Amor!»
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Hoy le ha entrado una astilla. Hoy le ha entrado una astilla cerca, dándole cerca, fuerte, en su modo de ser y en su centavo ya famoso. Le ha dolido la suerte mucho, todo; le ha dolido la puerta, le ha dolido la faja, dándole sed, aflixión y sed del vaso pero no del vino. Hoy le salió a la pobre vecina del aire, a escondidas, humareda de su dogma; hoy le ha entrado una astilla. La inmensidad persíguela a distancia superficial, a un vasto eslabonazo. Hoy le salió a la pobre vecina del viento, en la mejilla, norte, y en la mejilla, oriente; hoy le ha entrado una astilla. ¿Quién comprará, en los días perecederos, ásperos, un pedacito de café con leche, y quién, sin ella, bajará a su rastro hasta dar luz? ¿Quién será, luego, sábado, a las siete? ¡Tristes son las astillas que le entran a uno, exactamente ahí precisamente! Hoy le entró a la pobre vecina de viaje, una llama apagada en el oráculo; hoy le ha entrado una astilla. Le ha dolido el dolor, el dolor joven, el dolor niño, el dolorazo, dándole en las manos y dándole sed, aflixión y sed del vaso, pero no del vino. ¡La pobre pobrecita!
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Hoy le ha entrado una astilla
Suetonio en este campo, risueño y florecido, vivió. Vecina a Tíbar, su quinta sólo un muro conserva aún, en medio de las viñas, y oscuro y cubierto de pámpanos un arco derruido. Aquí, lejos de Roma, de sus pompas y ruido, cada otoño, del cielo al último azul puro, a vendimiar venía su viñedo maduro. Monótona, tranquila, su vida aquí ha corrido. Fueron en esta calma, de pastoril encanto, Nerón, Claudio y Calígula obsesión de su mente, y errando Mesalina bajo purpúreo manto; y aquí, con férrea ***** que la pasión caldea, en la cera implacable arañando paciente, grabó los negros ocios del viejo de Caprea.
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Tranquilus
Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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Casi égloga
Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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¡Imposible olvidarte, de la infancia querida, y los primeros sueños, dulce y quieta morada! ¡Casa de nuestros padres, siempre fuiste en la vida La de mayor encanto... siempre la más amada! Aquí el papel que cubre la alcoba silenciosa, El papel desteñido donde al caer el día Las guirnaldas contábamos, guirnaldas color rosa, Con ojos impregnados de honda melancolía. Allá, en la Nochebuena, con ánimo impaciente, El zapato poníamos, junto a aquella ventana. ¡Cuántos dulces recuerdos despierta en nuestra mente, Recuerdos familiares, el son de una campana! Allá donde la tarde vierte su luz escasa, Dio los primeros pasos la adorada hermanita; en todos los rincones y cuartos de la casa viven gratas memorias de dulzura infinita. Se encuentra como entonces el hogar. Solamente se mira en los espejos una tristeza ignota, Por haber recogido mustia la faz doliente De abuelas melancólicas en una edad remota. Todo está como entonces en somnolienta calma, y en la luz que la noche vecina ha amortiguado Parece que el encanto se eterniza en el alma del hogar venturoso que el tiempo no ha cambiado. Sillones de otros tiempos en donde las abuelas nos acostaban siempre cansados y dormidos; sillones ya pasados de moda, con sus telas marchitas y sus viejos bordados desteñidos; Muebles que siempre guardan el puesto acostumbrado En salones y alcobas; conocidos rumores; Jardín con nuestras huellas; viñedo y emparrado; Santa casa paterna, casa de mis mayores; ¡Quién podría olvidaros, sombras de tiempos idos, hogar en donde vive nuestra alma prisionera, sobre todo, si tantos ataúdes queridos Hemos visto, entre lágrimas, bajar por la escalera!
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La casa paterna
¡Imposible olvidarte, de la infancia querida, y los primeros sueños, dulce y quieta morada! ¡Casa de nuestros padres, siempre fuiste en la vida La de mayor encanto... siempre la más amada! Aquí el papel que cubre la alcoba silenciosa, El papel desteñido donde al caer el día Las guirnaldas contábamos, guirnaldas color rosa, Con ojos impregnados de honda melancolía. Allá, en la Nochebuena, con ánimo impaciente, El zapato poníamos, junto a aquella ventana. ¡Cuántos dulces recuerdos despierta en nuestra mente, Recuerdos familiares, el son de una campana! Allá donde la tarde vierte su luz escasa, Dio los primeros pasos la adorada hermanita; en todos los rincones y cuartos de la casa viven gratas memorias de dulzura infinita. Se encuentra como entonces el hogar. Solamente se mira en los espejos una tristeza ignota, Por haber recogido mustia la faz doliente De abuelas melancólicas en una edad remota. Todo está como entonces en somnolienta calma, y en la luz que la noche vecina ha amortiguado Parece que el encanto se eterniza en el alma del hogar venturoso que el tiempo no ha cambiado. Sillones de otros tiempos en donde las abuelas nos acostaban siempre cansados y dormidos; sillones ya pasados de moda, con sus telas marchitas y sus viejos bordados desteñidos; Muebles que siempre guardan el puesto acostumbrado En salones y alcobas; conocidos rumores; Jardín con nuestras huellas; viñedo y emparrado; Santa casa paterna, casa de mis mayores; ¡Quién podría olvidaros, sombras de tiempos idos, hogar en donde vive nuestra alma prisionera, sobre todo, si tantos ataúdes queridos Hemos visto, entre lágrimas, bajar por la escalera!
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