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Baldomero Fernández Moreno
Baldomero Fernández Moreno
1886 - 1950/Male/Argentinean A poet and doctor, he immortalized the aesthetics warm placid provinces and rural characteristics of his porteño neighborhood.
He ido a ver el parque de Lezama en el atardecer de un día cualquiera, y me he encontrado uno diferente al que por tantos años conociera. Era aquél un jardín ya carcomido por lloviznas y líquenes y amores, flexuoso de raíces y de lianas y envenenado por extrañas flores. Contraluces de manos vagarosas de caricias visibles o furtivas. Generaciones, ¡ay!, que en él buscaron frondas podridas para bocas vivas. Cuando la noche lo llenaba todo y cuajaban en ella las parejas, erguidas en recónditos senderos o desmayadas en las altas rejas. No está siquiera aquel jarrón de bronce en que cierto crepúsculo dorado pusimos los levísimos sombreros y unos versos leímos de Machado. "A ti, Guiomar, esta nostalgia mía..." Y en la tarde agravada tu voz honda estremecía la hoja de los árboles y el cristal de la brisa y de la onda. Era hora de estrella y media luna, de pío agudo, de croar de rana, de guardián gigantesco y solapado y de visera en la pelambre cana. Cada estatua era Venus palpitante, cada palmera recta era el Oriente, mientras afuera el tránsito zumbaba su ventarrón de coches y de gente. Cuando se entrecerraba la corola sobre la dulce gota del estigma, cuando se ahondaban como dos aljibes en mí la ingenuidad y en ti el enigma. Ni la vieja escalera de ladrillos húmedos, desgastados y musgosos. Todo es argamasa y pedregullo y barnices espesos y olorosos. Patricio, enhiesto parque de Lezama cortado y recortado a mi deseo, verdinegro por donde te mirase salvo el halo de oro del Museo: desde un bar arco iris te saludo ahito de café y melancolía, dejo en la silla próxima una rosa y digo tu elegía y mi elegía.
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El parque lezama
He ido a ver el parque de Lezama en el atardecer de un día cualquiera, y me he encontrado uno diferente al que por tantos años conociera. Era aquél un jardín ya carcomido por lloviznas y líquenes y amores, flexuoso de raíces y de lianas y envenenado por extrañas flores. Contraluces de manos vagarosas de caricias visibles o furtivas. Generaciones, ¡ay!, que en él buscaron frondas podridas para bocas vivas. Cuando la noche lo llenaba todo y cuajaban en ella las parejas, erguidas en recónditos senderos o desmayadas en las altas rejas. No está siquiera aquel jarrón de bronce en que cierto crepúsculo dorado pusimos los levísimos sombreros y unos versos leímos de Machado. "A ti, Guiomar, esta nostalgia mía..." Y en la tarde agravada tu voz honda estremecía la hoja de los árboles y el cristal de la brisa y de la onda. Era hora de estrella y media luna, de pío agudo, de croar de rana, de guardián gigantesco y solapado y de visera en la pelambre cana. Cada estatua era Venus palpitante, cada palmera recta era el Oriente, mientras afuera el tránsito zumbaba su ventarrón de coches y de gente. Cuando se entrecerraba la corola sobre la dulce gota del estigma, cuando se ahondaban como dos aljibes en mí la ingenuidad y en ti el enigma. Ni la vieja escalera de ladrillos húmedos, desgastados y musgosos. Todo es argamasa y pedregullo y barnices espesos y olorosos. Patricio, enhiesto parque de Lezama cortado y recortado a mi deseo, verdinegro por donde te mirase salvo el halo de oro del Museo: desde un bar arco iris te saludo ahito de café y melancolía, dejo en la silla próxima una rosa y digo tu elegía y mi elegía.
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Creo a veces que estás a mi lado tendida, sobre mi brazo izquierdo la cabeza dormida. Realidad me parece mi amorosa locura, me sonrío a mí mismo con inmensa dulzura y silenciosamente para no despertarte me inclino hacia tu rostro quieto para besarte pero mis labios juntos se pierden en la nada y mi beso se hiela sobre la fría almohada, tal como un pajarito que en una noche eleve al abatir su vuelo se cayera en la nieve. Pesada la cabeza de sueño y de lectura, y el corazón henchido de infinita ternura, cierro el libro que leo, mato la rubia llama, subo el mar del embozo y me abrigo en la cama. Y, la ardiente mejilla sobre la fresca almohada, digo tu claro nombre, casi sin hacer ruido: Creo que está a mi lado tu orejita rosada y el túnel de juguete de tu oído. Esta noche hay tormenta pero aun late lejana, el relámpago pinta de verde mi persiana, entra un aire cargado de humedad y de rosas, en las sombras se tuercen mis manos voluptuosas y una fiebre dulcísima cosquillea mi pecho: estoy como una cruz de carne sobre el lecho. Ha empezado a caer la lluvia lentamente. Pero mi almohada tiene un hueco solamente. Redondos de vigilia tengo abiertos los ojos, los brazos como remos, los dedos casi flojos. Hay un montón de ropa negra sobre una silla y la luz de una vela da su coma amarilla. He aquí que una lágrima ha caído en la almohada y ha sonado en la funda de hilo almidonada. Si lloro alguna noche, cuando estés a mi lado, a la aurora tendrás el cabello mojado. No me puedo dormir de soledad y tristeza, yo pondría en tu hombro la cansada cabeza, y lloraría un poco, y lloraría apenas... Pero hay una distancia de juncos y de arenas. Y tú estarás dormida, con tu tierra y tu cielo, rodeada de la noche cerrada de tu pelo. Dentro de un par de horas, o más, cuando me acueste, el zafiro nocturno será una flor celeste, yo una red de rocío, y una cinta de grana: ya perdida la noche, perderé la mañana. Sobre mi techo aun varias estrellas quedan. Dime si te despiertan las lágrimas que ruedan. La noche para mí es fantasmagoría, más excitante que la misma poesía. En el postigo albar hay una luz rosada, primero fue violeta, luego será dorada. ¡Cómo cantan los gallos! se ve que están contentos. No cantarían con mis pensamientos. Siempre a la madrugada hace un poco de frío, estrecharé a estas horas tu cuerpo con el mío. Ahora cruza los campos un gran carro sonoro. El día entra en mi cuarto como un labriego de oro.
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Poemas de la almohada
Creo a veces que estás a mi lado tendida, sobre mi brazo izquierdo la cabeza dormida. Realidad me parece mi amorosa locura, me sonrío a mí mismo con inmensa dulzura y silenciosamente para no despertarte me inclino hacia tu rostro quieto para besarte pero mis labios juntos se pierden en la nada y mi beso se hiela sobre la fría almohada, tal como un pajarito que en una noche eleve al abatir su vuelo se cayera en la nieve. Pesada la cabeza de sueño y de lectura, y el corazón henchido de infinita ternura, cierro el libro que leo, mato la rubia llama, subo el mar del embozo y me abrigo en la cama. Y, la ardiente mejilla sobre la fresca almohada, digo tu claro nombre, casi sin hacer ruido: Creo que está a mi lado tu orejita rosada y el túnel de juguete de tu oído. Esta noche hay tormenta pero aun late lejana, el relámpago pinta de verde mi persiana, entra un aire cargado de humedad y de rosas, en las sombras se tuercen mis manos voluptuosas y una fiebre dulcísima cosquillea mi pecho: estoy como una cruz de carne sobre el lecho. Ha empezado a caer la lluvia lentamente. Pero mi almohada tiene un hueco solamente. Redondos de vigilia tengo abiertos los ojos, los brazos como remos, los dedos casi flojos. Hay un montón de ropa negra sobre una silla y la luz de una vela da su coma amarilla. He aquí que una lágrima ha caído en la almohada y ha sonado en la funda de hilo almidonada. Si lloro alguna noche, cuando estés a mi lado, a la aurora tendrás el cabello mojado. No me puedo dormir de soledad y tristeza, yo pondría en tu hombro la cansada cabeza, y lloraría un poco, y lloraría apenas... Pero hay una distancia de juncos y de arenas. Y tú estarás dormida, con tu tierra y tu cielo, rodeada de la noche cerrada de tu pelo. Dentro de un par de horas, o más, cuando me acueste, el zafiro nocturno será una flor celeste, yo una red de rocío, y una cinta de grana: ya perdida la noche, perderé la mañana. Sobre mi techo aun varias estrellas quedan. Dime si te despiertan las lágrimas que ruedan. La noche para mí es fantasmagoría, más excitante que la misma poesía. En el postigo albar hay una luz rosada, primero fue violeta, luego será dorada. ¡Cómo cantan los gallos! se ve que están contentos. No cantarían con mis pensamientos. Siempre a la madrugada hace un poco de frío, estrecharé a estas horas tu cuerpo con el mío. Ahora cruza los campos un gran carro sonoro. El día entra en mi cuarto como un labriego de oro.
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Setenta balcones hay en esta casa, setenta balcones y ninguna flor. ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa? ¿Odian el perfume, odian el color? La piedra desnuda de tristeza agobia, ¡Dan una tristeza los negros balcones! ¿No hay en esta casa una niña novia? ¿No hay algún poeta bobo de ilusiones? ¿Ninguno desea ver tras los cristales una diminuta copia de jardín? ¿En la piedra blanca trepar los rosales, en los hierros negros abrirse un jazmín? Si no aman las plantas no amarán el ave, no sabrán de música, de rimas, de amor. Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave... ¡Setenta balcones y ninguna flor!
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Setenta balcones y ninguna flor
Esfenoides, huesito misterioso, calado, aéreo: ¿para qué quieres tus cuatro alas inmóviles en medio del cerebro? Pajarito, pajarito, llevarás mi alma al cielo.
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Al hueso esfenoides
Fue preciso que el sol se ocultara sangriento, que se fueran las nubes, que se calmara el viento. que se pusiese el cielo tranquilo como un raso para que aquella gota de luz se abriese paso. Era apenas un punto en el cielo amatista, casi menos que un punto, creación de vista. Tuvo aún que esperar apretada en capullo a que se hiciese toda la sombra en torno suyo. Entonces se agrandó, se abrió como una flor, una férvida plata cuajóse en su interior y embriagada de luz empezó a parpadear... No tenía otra cosa que hacer más que brillar.
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Una estrella
Harto ya de alabar tu piel dorada, tus externas y muchas perfecciones, canto al jardín azul de tus pulmones y a tu tráquea elegante y anillada. Canto a tu masa intestinal rosada, al bazo, al páncreas, a los epiplones, al doble filtro gris de tus riñones y a tu matriz profunda y renovada. Canto al tuétano dulce de tus huesos, a la linfa que embebe tus tejidos, al acre olor orgánico que exhalas. Quiero gastar tus vísceras a besos, vivir dentro de ti con mis sentidos... Yo soy un sapo ***** con dos alas.
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Soneto de tus vísceras
Lentamente venía la vaca bermeja, por el campo verde, todo lleno de agua; lentamente venía, los ojos muy tristes, la cabeza baja, y colgando del morro brillante un hilo de baba. Enferma venía la buena, la única" de la pobre chacra. -¡Hazla correr, hombre!- La mujer gritaba al viejo marido. -¡Se viene empastada! Y el viejo marido los brazos subía y bajaba, y la vaca corrió como pudo, los ojos más tristes, la cabeza baja... Junto a un alambrado, salpicando el agua, cayó muerta la vaca bermeja; ¡El viejo y la vieja lloraban! Y vino un vecino con una cuchilla afinada, y en el vientre, redondo y sonoro de una puñalada. Un poco de espuma, de un verde muy claro de alfalfa, surgió por la herida; y el docto vecino, después de profunda mirada, acabó sentencioso: la carne está buena, hay que aprovecharla. Los cielos estaban color de ceniza, el viejo y la vieja lloraban.
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La vaca muerta
Es menester que vengas, mi vida, con tu ausencia, se ha deshecho, y torno a ser el hombre abandonado que antaño fui, mujer, y tengo miedo. ¡Qué sabia dirección la de tus manos! ¡Qué alta luz la de tus ojos negros! Trabajar a tu lado, ¡qué alegría!; descansar a tu lado, ¡qué sosiego! Desde que tú no estás no sé cómo andan las horas de comer y las del sueño, siempre de mal humor y fatigado, ni abro los libros ya, ni escribo versos. Algunas estrofillas se me ocurren e indiferente, al aire las entrego. Nadie cambia mi pluma si está vieja ni pone tinta fresca en el tintero, un polvillo sutil cubre los muebles y el agua se ha podrido en los floreros. No tienen para mí ningún encanto a no ser los marchitos del recuerdo, los amables rincones de la casa, y ni salgo al jardín, ni voy al huerto. Y eso que una violenta Primavera ha encendido las rosas en los cercos y ha puesto tantas hojas en los árboles que encontrarías el jardín pequeño. Hay lilas de suavísimos matices y pensamientos de hondo terciopelo, pero yo paso al lado de las flores caída la cabeza sobre el pecho, que hasta las flores me parecen ásperas acostumbrado a acariciar tu cuerpo. Me consumo de amor inútilmente en el antiguo, torneado lecho, en vano estiro mis delgados brazos, tan sólo estrujo sombras en mis dedos... Es menester que vengas; mi vida, con tu ausencia, se ha deshecho. Ya sabes que sin ti no valgo nada, que soy como una viña por el suelo, ¡álzame dulcemente con tus manos y brillarán al sol racimos nuevos.
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Ausencia
Es menester que vengas, mi vida, con tu ausencia, se ha deshecho, y torno a ser el hombre abandonado que antaño fui, mujer, y tengo miedo. ¡Qué sabia dirección la de tus manos! ¡Qué alta luz la de tus ojos negros! Trabajar a tu lado, ¡qué alegría!; descansar a tu lado, ¡qué sosiego! Desde que tú no estás no sé cómo andan las horas de comer y las del sueño, siempre de mal humor y fatigado, ni abro los libros ya, ni escribo versos. Algunas estrofillas se me ocurren e indiferente, al aire las entrego. Nadie cambia mi pluma si está vieja ni pone tinta fresca en el tintero, un polvillo sutil cubre los muebles y el agua se ha podrido en los floreros. No tienen para mí ningún encanto a no ser los marchitos del recuerdo, los amables rincones de la casa, y ni salgo al jardín, ni voy al huerto. Y eso que una violenta Primavera ha encendido las rosas en los cercos y ha puesto tantas hojas en los árboles que encontrarías el jardín pequeño. Hay lilas de suavísimos matices y pensamientos de hondo terciopelo, pero yo paso al lado de las flores caída la cabeza sobre el pecho, que hasta las flores me parecen ásperas acostumbrado a acariciar tu cuerpo. Me consumo de amor inútilmente en el antiguo, torneado lecho, en vano estiro mis delgados brazos, tan sólo estrujo sombras en mis dedos... Es menester que vengas; mi vida, con tu ausencia, se ha deshecho. Ya sabes que sin ti no valgo nada, que soy como una viña por el suelo, ¡álzame dulcemente con tus manos y brillarán al sol racimos nuevos.
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No ha de apagar su lámpara el poeta, aunque el fino pincel de la mañana el desnudo cristal de la ventana pinte con el azul de su paleta, sin tejer otra lírica violeta en la ideal corona que engalana tu divina cabeza soberana, por buena, por hermosa y por discreta. Vaya hacia ti mi ofrenda matutina en la luz y en el pájaro que trina. Una dulce mañana te deseo. Así, mientras te vayas levantando, verás mi puro corazón vibrando en un rayo de sol y en un gorjeo.
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Matinal soneto de amor
Cómo duermes, pequeña, en tu cunita, cerca del fuego que te abriga y dora. Te contemplo un minuto, media hora, y tú sigues dormida, dormidita. Un carro pasa, un leño azul crepita, sube una voz del aire triunfadora, y tú como si tal, mínima aurora, la pestaña ¡ay de mí! casi infinita. Eres la primordial Indiferencia ante la expectativa, ante el anhelo hechos de resignación, vueltos paciencia. Soy tu primer poeta y soy tu abuelo... Tal vez clames un día mi presencia: búscame por la tierra y por el cielo.
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Presencia