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Sor Juana Inés de la Cruz
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Piramidal, funesta de la tierra nacida sombra, al cielo encaminaba de vanos obeliscos ***** altiva, escalar pretendiendo las estrellas; si bien sus luces bellas esemptas siempre, siempre rutilantes, la tenebrosa guerra que con negros vapores le intimaba la vaporosa sombra fugitiva burlaban tan distantes, que su atezado ceño al superior convexo aún no llegaba del orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta; quedando sólo dueño del aire que empañaba con el aliento denso que exhalaba. Y en la quietud contenta de impero silencioso, sumisas sólo voces consentía de las nocturnas aves tan oscuras tan graves, que aún el silencio no se interrumpía. Con tardo vuelo, y canto, de él oído mal, y aún peor del ánimo admitido, la avergonzada Nictímene acecha de las sagradas puertas los resquicios o de las claraboyas eminentes los huecos más propicios, que capaz a su intento le abren la brecha, y sacrílega llega a los lucientes faroles sacros de perenne llama, que extingue, sino inflama en licor claro la materia crasa consumiendo; que el árbol de Minerva de su fruto, de prensas agravado, congojoso sudó y rindió forzado. Y aquellas que su casa campo vieron volver, sus telas yerba, a la deidad de Baco inobedientes ya no historias contando diferentes, en forma si afrentosa transformadas segunda forman niebla, ser vistas, aun temiendo en la tiniebla, aves sin pluma aladas: aquellas tres oficiosas, digo, atrevidas hermanas, que el tremendo castigo de desnudas les dio pardas membranas alas, tan mal dispuestas que escarnio son aun de las más funestas: éstas con el parlero ministro de Plutón un tiempo, ahora supersticioso indicio agorero, solos la no canora componían capilla pavorosa, máximas negras, longas entonando y pausas, más que voces, esperando a la torpe mensura perezosa de mayor proporción tal vez que el viento con flemático echaba movimiento de tan tardo compás, tan detenido, que en medio se quedó tal vez dormido. Este. pues, triste son intercadente de la asombrosa turba temerosa, menos a la atención solicitaba que al suelo persuadía; antes si, lentamente, si su obtusa consonancia espaciosa al sosiego inducía y al reposo los miembros convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando labio obscuro con indicante dedo, Harpócrates la noche silenciosa; a cuyo, aunque no duro, si bien imperioso precepto, todos fueron obedientes. El viento sosegado, el can dormido: éste yace, aquél quedo, los átomos no mueve con el susurro hacer temiendo leve, aunque poco sacrílego ruido, violador del silencio sosegado. El mar, no ya alterado, ni aún la instable mecía cerúlea cuna donde el sol dormía; y los dormidos siempre mudos peces, en los lechos 1amosos de sus obscuros senos cavernosos, mudos eran dos veces. Y entre ellos la engañosa encantadora Almone, a los que antes en peces transformó simples amantes, transformada también vengaba ahora. En los del monte senos escondidos cóncavos de peñascos mal formados, de su esperanza menos defendidos que de su obscuridad asegurados, cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día, incógnita aún al cierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fiereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía el vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad vagando impuesto, universal tributo. Y el rey -que vigilancias afectaba- aun con abiertos ojos no velaba. El de sus mismos perros acosado, monarca en otro tiempo esclarecido, tímido ya venado, con vigilante oído, del sosegado ambiente, al menor perceptible movimiento que los átomos muda, la oreja alterna aguda y el leve rumor siente que aun le altera dormido. Y en 1a quietud del nido, que de brozas y lodo instable hamaca formó en la más opaca parte del árbol, duerme recogida la leve turba, descansando el viento del que le corta alado movimiento. De Júpiter el ave generosa (como el fin reina) por no darse entera al descanso, que vicio considera si de preciso pasa, cuidadosa de no incurrir de omisa en el exceso, a un sólo pie librada fía el peso y en otro guarda el cálculo pequeño, despertador reloj del leve sueño, porque si necesario fue admitido no pueda dilatarse continuado, antes interrumpido del regio sea pastoral cuidado. ¡Oh de la majestad pensión gravosa, que aun el menor descuido no perdona! Causa quizá que ha hecho misteriosa, circular denotando la corona en círculo dorado, que el afán es no menos continuado. El sueño todo, en fin, lo poseía: todo. en fin, el silencio lo ocupaba. Aun el ladrón dormía: aun el amante no se desvelaba: el conticinio casi ya pasando iba y la sombra dimidiaba, cuando de las diurnas tareas fatigados y no sólo oprimidos del afán ponderosos del corporal trabajo, más cansados del deleite también; que también cansa objeto continuado a 1os sentidos aún siendo deleitoso; que la naturaleza siempre alterna ya una, ya otra balanza, distribuyendo varios ejercicios, ya al ocio, ya al trabajo destinados, en el fiel infiel con que gobierna la aparatosa máquina del mundo. Así pues, del profundo sueño dulce los miembros ocupados, quedaron los sentidos del que ejercicio tiene ordinario trabajo, en fin, pero trabajo amado -si hay amable trabajo- si privados no, al menos suspendidos. Y cediendo al retrato del contrario de la vida que lentamente armado cobarde embiste y vence perezoso con armas soñolientas, desde el cayado humilde al cetro altivo sin que haya distintivo que el sayal de la púrpura discierna; pues su nivel, en todo poderoso, gradúa por esemptas a ningunas personas, desde la de a quien tres forman coronas soberana tiara hasta la que pajiza vive choza; desde la que el Danubio undoso dora, a la que junco humilde, humilde mora; y con siempre igual vara (como, en efecto, imagen poderosa de la muerte) Morfeo el sayal mide igual con el brocado. El alma, pues, suspensa del exterior gobierno en que ocupada en material empleo, o bien o mal da el día por gastado, solamente dispensa, remota, si del todo separada no, a los de muerte temporal opresos, lánguidos miembros, sosegados huesos, los gajes del calor vegetativo, el cuerpo siendo, en sosegada calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo, de lo segundo dando tardas señas el de reloj humano vital volante que, sino con mano, con arterial concierto, unas pequeñas muestras, pulsando, manifiesta lento de su bien regulado movimiento. Este, pues, miembro rey y centro vivo de espíritus vitales, con su asociado respirante fuelle pulmón, que imán del viento es atractivo, que en movimientos nunca desiguales o comprimiendo yo o ya dilatando el musculoso, claro, arcaduz blando, hace que en él resuelle el que le circunscribe fresco ambiente que impele ya caliente y él venga su expulsión haciendo activo pequeños robos al calor nativo, algún tiempo llorados, nunca recuperados, si ahora no sentidos de su dueño, que repetido no hay robo pequeño. Estos, pues, de mayor, como ya digo, excepción, uno y otro fiel testigo, la vida aseguraban, mientras con mudas voces impugnaban la información, callados los sentidos con no replicar sólo defendidos; y la lengua, torpe, enmudecía, con no poder hablar los desmentía; y aquella del calor más competente científica oficina próvida de los miembros despensera, que avara nunca v siempre diligente, ni a la parte prefiere más vecina ni olvida a la remota, y, en ajustado natural cuadrante, las cuantidades nota que a cada cual tocarle considera, del que alambicó quilo el incesante calor en el manjar que medianero piadoso entre él y el húmedo interpuso su inocente substancia, pagando por entero la que ya piedad sea o ya arrogancia, al contrario voraz necio la expuso merecido castigo, aunque se excuse al que en pendencia ajena se introduce. Esta, pues, si no fragua de Vulcano, templada hoguera del calor humano, al cerebro enviaba húmedos, mas tan claros los vapores de los atemperados cuatro humores, que con ellos no sólo empañaba los simulacros que la estimativa dio a la imaginativa, y aquesta por custodia más segura en forma ya más pura entregó a la memoria que, oficiosa, gravó tenaz y guarda cuidadosa sino que daban a la fantasía lugar de que formase imágenes diversas y del modo que en tersa superficie, que de faro cristalino portento, asilo raro fue en distancia longísima se veían, (sin que ésta le estorbase) del reino casi de Neptuno todo, las que distantes le surcaban naves. Viéndose claramente, en su azogada luna, el número, el tamaño y la fortuna que en la instable campaña transparente arriesgadas tenían, mientras aguas y vientos dividían sus velas leves y sus quillas graves, así ella, sosegada, iba copiando las imágenes todas de las cosas y el pincel invisible iba formando de mentales, sin luz, siempre vistosas colores. las figuras, no sólo ya de todas las criaturas sublunares, mas aun también de aquellas que intelectuales claras son estrellas y en el modo posible que concebirse puede lo invisible, en sí mañosa las representaba y al alma las mostraba. La cual, en tanto, toda convertida a su inmaterial ser y esencia bella, aquella contemplaba, participada de alto ser centella, que con similitud en sí gozaba. I juzgándose casi dividida de aquella que impedida siempre la tiene, corporal cadena que grosera embaraza y torpe impide el vuelo intelectual con que ya mide la cuantidad inmensa de la esfera, ya el curso considera regular con que giran desiguales los cuerpos celestiales; culpa si grave, merecida pena, torcedor del sosiego riguroso de estudio vanamente juicioso; puesta a su parecer, en la eminente cumbre de un monte a quien el mismo Atlante que preside gigante a los demás, enano obedecía, y Olimpo, cuya sosegada frente, nunca de aura agitada consintió ser violada, aun falda suya ser no merecía, pues las nubes que opaca son corona de la más elevada corpulencia del volcán más soberbio que en la tierra gigante erguido intima al cielo guerra, apenas densa zona de su altiva eminencia o a su vasta cintura cíngulo tosco son, que mal ceñido o el viento lo desata sacudido o vecino el calor del sol, lo apura a la región primera de su altura, ínfima parte, digo, dividiendo en tres su continuado cuerpo horrendo, el rápido no pudo, el veloz vuelo del águila -que puntas hace al cielo y el sol bebe los rayos pretendiendo entre sus luces colocar su nido- llegar; bien que esforzando mas que nunca el impulso, ya batiendo las dos plumadas velas, ya peinando con las garras el aire, ha pretendido tejiendo de los átomos escalas que su inmunidad rompan sus dos alas. Las pirámides dos -ostentaciones de Menfis vano y de la arquitectura último esmero- si ya no pendones fijos, no tremolantes, cuya altura coronada de bárbaros trofeos, tumba y bandera fue a los Ptolomeos, que al viento, que a las nubes publicaba, si ya también el cielo no decía de su grande su siempre vencedora ciudad -ya Cairo ahora- las que, porque a su copia enmudecía la fama no contaba gitanas glorias, menéficas proezas, aun en el viento, aun en el cielo impresas. Estas que en nivelada simetría su estatura crecía con tal disminución, con arte tanto, que cuánto más al cielo caminaba a la vista que lince la miraba, entre los vientos se desaparecía sin permitir mirar la sutil ***** que al primer orbe finge que se junta hasta que fatigada del espanto, no descendida sino despeñada se hallaba al pie de la espaciosa basa. Tarde o mal recobrada del desvanecimiento, que pena fue no escasa del visual alado atrevimiento, cuyos cuerpos opacos no al sol opuestos, antes avenidos con sus luces, si no confederados con él, como en efecto confiantes, tan del todo bañados de un resplandor eran, que lucidos, nunca de calurosos caminantes al fatigado aliento, a los pies flacos ofrecieron alfombra, aun de pequeña, aun de señal de sombra. Estas que glorias ya sean de gitanas o elaciones profanas, bárbaros hieroglíficos de ciego error, según el griego, ciego también dulcísimo poeta, si ya por las que escribe aquileyas proezas o marciales, de Ulises, sutilezas, la unión no le recibe de los historiadores o le acepta cuando entre su catálogo le cuente, que gloría más que número le aumente, de cuya dulce serie numerosa fuera más fácil cosa al temido Jonante el rayo fulminante quitar o la pescada a Alcídes clava herrada, que un hemistiquio solo -de los que le: dictó propicio Apolo- según de Homero digo, la sentencia. Las pirámides fueron materiales tipos solos, señales exteriores de las que dimensiones interiores especies son del alma intencionales que como sube en piramidal ***** al cielo la ambiciosa llama ardiente, así la humana mente su figura trasunta y a la causa primera siempre aspira, céntrico punto donde recta tira la línea, si ya no circunferencia que contiene infinita toda esencia. Estos pues, montes dos artificiales, bien maravillas, bien milagros sean, y aun aquella blasfema altiva torre, de quien hoy dolorosas son señales no en piedras, sino en lenguas desiguales porque voraz el tiempo no ]as borre, los idiomas diversos que escasean el sociable trato de las gentes haciendo que parezcan diferentes los que unos hizo la naturaleza, de la lengua por solo la extrañeza; . si fueran comparados a la mental pirámide elevada, donde, sin saber como colocada el alma se miró, tan atrasados se hallaran que cualquiera graduara su cima por esfera, pues su ambicioso anhelo, haciendo cumbre de su propio vuelo, en lo más eminente la encumbró parte de su propia mente, de sí tan remontada que creía que a otra nueva región de sí salía. En cuya casi elevación inmensa, gozosa, mas suspensa, suspensa, pero ufana y atónita, aunque ufana la suprema de lo sublunar reina soberana, la vista perspicaz libre de antojos de sus intelectuales y bellos ojos, sin que distancia tema ni de obstáculo opaco se recele, de que interpuesto algún objeto cele, libre tendió por todo lo criado, cuyo inmenso agregado cúmulo incomprehensible aunque a la vista quiso manifiesto dar señas de posible, a la comprehensión no, que entorpecida con la sobra de objetos y excedida de la grandeza de ellos su potencia, retrocedió cobarde, tanto no del osado presupuesto revocó la intención arrepentida, la vista que intentó descomedida en vano hacer alarde contra objeto que excede en excelencia las líneas visuales, contra el sol, digo, cuerpo luminoso, cuyos rayos castigo son fogoso, de fuerzas desiguales despreciando, castigan rayo a rayo el confiado antes atrevido y ya llorado ensayo, necia experiencia que costosa tanto fue que Icaro ya su propio llanto lo anegó enternecido como el entendimiento aquí vencido, no menos de la inmensa muchedumbre de tanta maquinosa pesadumbre de diversas especies conglobado esférico compuesto, que de las cualidades de cada cual cedió tan asombrado que, entre la copia puesto, pobre con ella en las neutralidades de un mar de asombros, la elección confusa equívoco las ondas zozobraba. Y por mirarlo todo; nada veía, ni discernir podía, bota la facultad intelectiva en tanta, tan difusa incomprensible especie que miraba desde el un eje en que librada estriba la máquina voluble de la esfera, el contrapuesto polo, las partes ya no sólo, que al universo todo considera serle perfeccionantes a su ornato no más pertenecientes; mas ni aun las que ignorantes; miembros son de su cuerpo dilatado, proporcionadamente competentes. Mas como al que ha usurpado diuturna obscuridad de los objetos visibles los colores si súbitos le asaltan resplandores, con la sombra de luz queda más ciego: que el exceso contrarios hace efectos en la torpe potencia, que la lumbre del sol admitir luego no puede por la falta de costumbre; y a la tiniebla misma que antes era tenebroso a la vista impedimento, de los agravios de la luz apela y una vez y otra con la mano cela de los débiles ojos deslumbrados los rayos vacilantes, sirviendo va piadosa medianera la sombra de instrumento para que recobrados por grados se habiliten, porque después constantes su operación más firme ejerciten. Recurso natural, innata ciencia que confirmada ya de la experiencia, maestro quizá mudo, retórico ejemplar inducir pudo a uno y otro galeno para que del mortífero veneno, en bien proporcionadas cantidades, escrupulosamente regulando las ocultas nocivas cualidades, ya por sobrado exceso de cálidas o frías, o ya por ignoradas simpatías o antipatías con que van obrando las causas naturales su progreso, a la admiración dando, suspendida, efecto cierto en causa no sabida, con prolijo desvelo y remirada, empírica
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Primero sueño, que así intituló, y compuso la madre juana inés de la cruz, imitando a góngora
Piramidal, funesta de la tierra nacida sombra, al cielo encaminaba de vanos obeliscos ***** altiva, escalar pretendiendo las estrellas; si bien sus luces bellas esemptas siempre, siempre rutilantes, la tenebrosa guerra que con negros vapores le intimaba la vaporosa sombra fugitiva burlaban tan distantes, que su atezado ceño al superior convexo aún no llegaba del orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta; quedando sólo dueño del aire que empañaba con el aliento denso que exhalaba. Y en la quietud contenta de impero silencioso, sumisas sólo voces consentía de las nocturnas aves tan oscuras tan graves, que aún el silencio no se interrumpía. Con tardo vuelo, y canto, de él oído mal, y aún peor del ánimo admitido, la avergonzada Nictímene acecha de las sagradas puertas los resquicios o de las claraboyas eminentes los huecos más propicios, que capaz a su intento le abren la brecha, y sacrílega llega a los lucientes faroles sacros de perenne llama, que extingue, sino inflama en licor claro la materia crasa consumiendo; que el árbol de Minerva de su fruto, de prensas agravado, congojoso sudó y rindió forzado. Y aquellas que su casa campo vieron volver, sus telas yerba, a la deidad de Baco inobedientes ya no historias contando diferentes, en forma si afrentosa transformadas segunda forman niebla, ser vistas, aun temiendo en la tiniebla, aves sin pluma aladas: aquellas tres oficiosas, digo, atrevidas hermanas, que el tremendo castigo de desnudas les dio pardas membranas alas, tan mal dispuestas que escarnio son aun de las más funestas: éstas con el parlero ministro de Plutón un tiempo, ahora supersticioso indicio agorero, solos la no canora componían capilla pavorosa, máximas negras, longas entonando y pausas, más que voces, esperando a la torpe mensura perezosa de mayor proporción tal vez que el viento con flemático echaba movimiento de tan tardo compás, tan detenido, que en medio se quedó tal vez dormido. Este. pues, triste son intercadente de la asombrosa turba temerosa, menos a la atención solicitaba que al suelo persuadía; antes si, lentamente, si su obtusa consonancia espaciosa al sosiego inducía y al reposo los miembros convidaba, el silencio intimando a los vivientes, uno y otro sellando labio obscuro con indicante dedo, Harpócrates la noche silenciosa; a cuyo, aunque no duro, si bien imperioso precepto, todos fueron obedientes. El viento sosegado, el can dormido: éste yace, aquél quedo, los átomos no mueve con el susurro hacer temiendo leve, aunque poco sacrílego ruido, violador del silencio sosegado. El mar, no ya alterado, ni aún la instable mecía cerúlea cuna donde el sol dormía; y los dormidos siempre mudos peces, en los lechos 1amosos de sus obscuros senos cavernosos, mudos eran dos veces. Y entre ellos la engañosa encantadora Almone, a los que antes en peces transformó simples amantes, transformada también vengaba ahora. En los del monte senos escondidos cóncavos de peñascos mal formados, de su esperanza menos defendidos que de su obscuridad asegurados, cuya mansión sombría ser puede noche en la mitad del día, incógnita aún al cierto montaraz pie del cazador experto, depuesta la fiereza de unos, y de otros el temor depuesto, yacía el vulgo bruto, a la naturaleza el de su potestad vagando impuesto, universal tributo. Y el rey -que vigilancias afectaba- aun con abiertos ojos no velaba. El de sus mismos perros acosado, monarca en otro tiempo esclarecido, tímido ya venado, con vigilante oído, del sosegado ambiente, al menor perceptible movimiento que los átomos muda, la oreja alterna aguda y el leve rumor siente que aun le altera dormido. Y en 1a quietud del nido, que de brozas y lodo instable hamaca formó en la más opaca parte del árbol, duerme recogida la leve turba, descansando el viento del que le corta alado movimiento. De Júpiter el ave generosa (como el fin reina) por no darse entera al descanso, que vicio considera si de preciso pasa, cuidadosa de no incurrir de omisa en el exceso, a un sólo pie librada fía el peso y en otro guarda el cálculo pequeño, despertador reloj del leve sueño, porque si necesario fue admitido no pueda dilatarse continuado, antes interrumpido del regio sea pastoral cuidado. ¡Oh de la majestad pensión gravosa, que aun el menor descuido no perdona! Causa quizá que ha hecho misteriosa, circular denotando la corona en círculo dorado, que el afán es no menos continuado. El sueño todo, en fin, lo poseía: todo. en fin, el silencio lo ocupaba. Aun el ladrón dormía: aun el amante no se desvelaba: el conticinio casi ya pasando iba y la sombra dimidiaba, cuando de las diurnas tareas fatigados y no sólo oprimidos del afán ponderosos del corporal trabajo, más cansados del deleite también; que también cansa objeto continuado a 1os sentidos aún siendo deleitoso; que la naturaleza siempre alterna ya una, ya otra balanza, distribuyendo varios ejercicios, ya al ocio, ya al trabajo destinados, en el fiel infiel con que gobierna la aparatosa máquina del mundo. Así pues, del profundo sueño dulce los miembros ocupados, quedaron los sentidos del que ejercicio tiene ordinario trabajo, en fin, pero trabajo amado -si hay amable trabajo- si privados no, al menos suspendidos. Y cediendo al retrato del contrario de la vida que lentamente armado cobarde embiste y vence perezoso con armas soñolientas, desde el cayado humilde al cetro altivo sin que haya distintivo que el sayal de la púrpura discierna; pues su nivel, en todo poderoso, gradúa por esemptas a ningunas personas, desde la de a quien tres forman coronas soberana tiara hasta la que pajiza vive choza; desde la que el Danubio undoso dora, a la que junco humilde, humilde mora; y con siempre igual vara (como, en efecto, imagen poderosa de la muerte) Morfeo el sayal mide igual con el brocado. El alma, pues, suspensa del exterior gobierno en que ocupada en material empleo, o bien o mal da el día por gastado, solamente dispensa, remota, si del todo separada no, a los de muerte temporal opresos, lánguidos miembros, sosegados huesos, los gajes del calor vegetativo, el cuerpo siendo, en sosegada calma, un cadáver con alma, muerto a la vida y a la muerte vivo, de lo segundo dando tardas señas el de reloj humano vital volante que, sino con mano, con arterial concierto, unas pequeñas muestras, pulsando, manifiesta lento de su bien regulado movimiento. Este, pues, miembro rey y centro vivo de espíritus vitales, con su asociado respirante fuelle pulmón, que imán del viento es atractivo, que en movimientos nunca desiguales o comprimiendo yo o ya dilatando el musculoso, claro, arcaduz blando, hace que en él resuelle el que le circunscribe fresco ambiente que impele ya caliente y él venga su expulsión haciendo activo pequeños robos al calor nativo, algún tiempo llorados, nunca recuperados, si ahora no sentidos de su dueño, que repetido no hay robo pequeño. Estos, pues, de mayor, como ya digo, excepción, uno y otro fiel testigo, la vida aseguraban, mientras con mudas voces impugnaban la información, callados los sentidos con no replicar sólo defendidos; y la lengua, torpe, enmudecía, con no poder hablar los desmentía; y aquella del calor más competente científica oficina próvida de los miembros despensera, que avara nunca v siempre diligente, ni a la parte prefiere más vecina ni olvida a la remota, y, en ajustado natural cuadrante, las cuantidades nota que a cada cual tocarle considera, del que alambicó quilo el incesante calor en el manjar que medianero piadoso entre él y el húmedo interpuso su inocente substancia, pagando por entero la que ya piedad sea o ya arrogancia, al contrario voraz necio la expuso merecido castigo, aunque se excuse al que en pendencia ajena se introduce. Esta, pues, si no fragua de Vulcano, templada hoguera del calor humano, al cerebro enviaba húmedos, mas tan claros los vapores de los atemperados cuatro humores, que con ellos no sólo empañaba los simulacros que la estimativa dio a la imaginativa, y aquesta por custodia más segura en forma ya más pura entregó a la memoria que, oficiosa, gravó tenaz y guarda cuidadosa sino que daban a la fantasía lugar de que formase imágenes diversas y del modo que en tersa superficie, que de faro cristalino portento, asilo raro fue en distancia longísima se veían, (sin que ésta le estorbase) del reino casi de Neptuno todo, las que distantes le surcaban naves. Viéndose claramente, en su azogada luna, el número, el tamaño y la fortuna que en la instable campaña transparente arriesgadas tenían, mientras aguas y vientos dividían sus velas leves y sus quillas graves, así ella, sosegada, iba copiando las imágenes todas de las cosas y el pincel invisible iba formando de mentales, sin luz, siempre vistosas colores. las figuras, no sólo ya de todas las criaturas sublunares, mas aun también de aquellas que intelectuales claras son estrellas y en el modo posible que concebirse puede lo invisible, en sí mañosa las representaba y al alma las mostraba. La cual, en tanto, toda convertida a su inmaterial ser y esencia bella, aquella contemplaba, participada de alto ser centella, que con similitud en sí gozaba. I juzgándose casi dividida de aquella que impedida siempre la tiene, corporal cadena que grosera embaraza y torpe impide el vuelo intelectual con que ya mide la cuantidad inmensa de la esfera, ya el curso considera regular con que giran desiguales los cuerpos celestiales; culpa si grave, merecida pena, torcedor del sosiego riguroso de estudio vanamente juicioso; puesta a su parecer, en la eminente cumbre de un monte a quien el mismo Atlante que preside gigante a los demás, enano obedecía, y Olimpo, cuya sosegada frente, nunca de aura agitada consintió ser violada, aun falda suya ser no merecía, pues las nubes que opaca son corona de la más elevada corpulencia del volcán más soberbio que en la tierra gigante erguido intima al cielo guerra, apenas densa zona de su altiva eminencia o a su vasta cintura cíngulo tosco son, que mal ceñido o el viento lo desata sacudido o vecino el calor del sol, lo apura a la región primera de su altura, ínfima parte, digo, dividiendo en tres su continuado cuerpo horrendo, el rápido no pudo, el veloz vuelo del águila -que puntas hace al cielo y el sol bebe los rayos pretendiendo entre sus luces colocar su nido- llegar; bien que esforzando mas que nunca el impulso, ya batiendo las dos plumadas velas, ya peinando con las garras el aire, ha pretendido tejiendo de los átomos escalas que su inmunidad rompan sus dos alas. Las pirámides dos -ostentaciones de Menfis vano y de la arquitectura último esmero- si ya no pendones fijos, no tremolantes, cuya altura coronada de bárbaros trofeos, tumba y bandera fue a los Ptolomeos, que al viento, que a las nubes publicaba, si ya también el cielo no decía de su grande su siempre vencedora ciudad -ya Cairo ahora- las que, porque a su copia enmudecía la fama no contaba gitanas glorias, menéficas proezas, aun en el viento, aun en el cielo impresas. Estas que en nivelada simetría su estatura crecía con tal disminución, con arte tanto, que cuánto más al cielo caminaba a la vista que lince la miraba, entre los vientos se desaparecía sin permitir mirar la sutil ***** que al primer orbe finge que se junta hasta que fatigada del espanto, no descendida sino despeñada se hallaba al pie de la espaciosa basa. Tarde o mal recobrada del desvanecimiento, que pena fue no escasa del visual alado atrevimiento, cuyos cuerpos opacos no al sol opuestos, antes avenidos con sus luces, si no confederados con él, como en efecto confiantes, tan del todo bañados de un resplandor eran, que lucidos, nunca de calurosos caminantes al fatigado aliento, a los pies flacos ofrecieron alfombra, aun de pequeña, aun de señal de sombra. Estas que glorias ya sean de gitanas o elaciones profanas, bárbaros hieroglíficos de ciego error, según el griego, ciego también dulcísimo poeta, si ya por las que escribe aquileyas proezas o marciales, de Ulises, sutilezas, la unión no le recibe de los historiadores o le acepta cuando entre su catálogo le cuente, que gloría más que número le aumente, de cuya dulce serie numerosa fuera más fácil cosa al temido Jonante el rayo fulminante quitar o la pescada a Alcídes clava herrada, que un hemistiquio solo -de los que le: dictó propicio Apolo- según de Homero digo, la sentencia. Las pirámides fueron materiales tipos solos, señales exteriores de las que dimensiones interiores especies son del alma intencionales que como sube en piramidal ***** al cielo la ambiciosa llama ardiente, así la humana mente su figura trasunta y a la causa primera siempre aspira, céntrico punto donde recta tira la línea, si ya no circunferencia que contiene infinita toda esencia. Estos pues, montes dos artificiales, bien maravillas, bien milagros sean, y aun aquella blasfema altiva torre, de quien hoy dolorosas son señales no en piedras, sino en lenguas desiguales porque voraz el tiempo no ]as borre, los idiomas diversos que escasean el sociable trato de las gentes haciendo que parezcan diferentes los que unos hizo la naturaleza, de la lengua por solo la extrañeza; . si fueran comparados a la mental pirámide elevada, donde, sin saber como colocada el alma se miró, tan atrasados se hallaran que cualquiera graduara su cima por esfera, pues su ambicioso anhelo, haciendo cumbre de su propio vuelo, en lo más eminente la encumbró parte de su propia mente, de sí tan remontada que creía que a otra nueva región de sí salía. En cuya casi elevación inmensa, gozosa, mas suspensa, suspensa, pero ufana y atónita, aunque ufana la suprema de lo sublunar reina soberana, la vista perspicaz libre de antojos de sus intelectuales y bellos ojos, sin que distancia tema ni de obstáculo opaco se recele, de que interpuesto algún objeto cele, libre tendió por todo lo criado, cuyo inmenso agregado cúmulo incomprehensible aunque a la vista quiso manifiesto dar señas de posible, a la comprehensión no, que entorpecida con la sobra de objetos y excedida de la grandeza de ellos su potencia, retrocedió cobarde, tanto no del osado presupuesto revocó la intención arrepentida, la vista que intentó descomedida en vano hacer alarde contra objeto que excede en excelencia las líneas visuales, contra el sol, digo, cuerpo luminoso, cuyos rayos castigo son fogoso, de fuerzas desiguales despreciando, castigan rayo a rayo el confiado antes atrevido y ya llorado ensayo, necia experiencia que costosa tanto fue que Icaro ya su propio llanto lo anegó enternecido como el entendimiento aquí vencido, no menos de la inmensa muchedumbre de tanta maquinosa pesadumbre de diversas especies conglobado esférico compuesto, que de las cualidades de cada cual cedió tan asombrado que, entre la copia puesto, pobre con ella en las neutralidades de un mar de asombros, la elección confusa equívoco las ondas zozobraba. Y por mirarlo todo; nada veía, ni discernir podía, bota la facultad intelectiva en tanta, tan difusa incomprensible especie que miraba desde el un eje en que librada estriba la máquina voluble de la esfera, el contrapuesto polo, las partes ya no sólo, que al universo todo considera serle perfeccionantes a su ornato no más pertenecientes; mas ni aun las que ignorantes; miembros son de su cuerpo dilatado, proporcionadamente competentes. Mas como al que ha usurpado diuturna obscuridad de los objetos visibles los colores si súbitos le asaltan resplandores, con la sombra de luz queda más ciego: que el exceso contrarios hace efectos en la torpe potencia, que la lumbre del sol admitir luego no puede por la falta de costumbre; y a la tiniebla misma que antes era tenebroso a la vista impedimento, de los agravios de la luz apela y una vez y otra con la mano cela de los débiles ojos deslumbrados los rayos vacilantes, sirviendo va piadosa medianera la sombra de instrumento para que recobrados por grados se habiliten, porque después constantes su operación más firme ejerciten. Recurso natural, innata ciencia que confirmada ya de la experiencia, maestro quizá mudo, retórico ejemplar inducir pudo a uno y otro galeno para que del mortífero veneno, en bien proporcionadas cantidades, escrupulosamente regulando las ocultas nocivas cualidades, ya por sobrado exceso de cálidas o frías, o ya por ignoradas simpatías o antipatías con que van obrando las causas naturales su progreso, a la admiración dando, suspendida, efecto cierto en causa no sabida, con prolijo desvelo y remirada, empírica
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A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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Liras
A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento -que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible-, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?
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Divina Lysi mía: perdona si me atrevo a llamarte así, cuando aun de ser tuya el nombre no merezco. A esto, no osadía es llamarte así, puesto que a ti te sobran rayos, si en mí pudiera haber atrevimientos. Error es de la lengua, que lo que dice imperio del dueño, en el dominio, parezcan posesiones en el siervo. Mi rey, dice el vasallo; mi cárcel, dice el preso; y el más humilde esclavo, sin agraviarlo, llama suyo al dueño. Así, cuando yo mía te llamo, no pretendo que juzguen que eres mía, sino sólo que yo ser tuya quiero. Yo te vi; pero basta: que a publicar incendios basta apuntar la causa, sin añadir la culpa del efecto. Que mirarte tan alta, no impide a mi denuedo; que no hay deidad segura al altivo volar del pensamiento. Y aunque otras más merezcan, en distancia del cielo lo mismo dista el valle más humilde que el monte más soberbio, En fin, yo de adorarte el delito confieso; si quieres castigarme, este mismo castigo será premio.
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Endecasílabo romance
El hijo que la esclava ha concebido, dice el derecho que le pertenece al legítimo dueño que obedece la esclava madre, de quien es nacido. El que retorna el campo agradecido, opimo fruto, que obediente ofrece, es del señor, pues si fecundo crece, se lo debe al cultivo recibido. Así, Lysi divina, estos borrones que hijos del alma son, partos del pecho, será razón que a ti te restituya; y no lo impidan sus imperfecciones, pues vienen a ser tuyos de derecho los conceptos de una alma que es tan tuya.
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Soneto
Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato; quizá prodréis persuadirme, aunque yo sé lo contrario, que pues sólo en la aprehensión dicen que estriban los daños, si os imagináis dichoso no seréis tan desdichado. Sírvame el entendimiento alguna vez de descanso, y no siempre esté el ingenio con el provecho encontrado. Todo el mundo es opiniones de pareceres tan varios, que lo que el uno que es ***** el otro prueba que es blanco. A unos sirve de atractivo lo que otro concibe enfado; y lo que éste por alivio, aquél tiene por trabajo. El que está triste, censura al alegre de liviano; y el que esta alegre se burla de ver al triste penando. Los dos filósofos griegos bien esta verdad probaron: pues lo que en el uno risa, causaba en el otro llanto. Célebre su oposición ha sido por siglos tantos, sin que cuál acertó, esté hasta agora averiguado. Antes, en sus dos banderas el mundo todo alistado, conforme el humor le dicta, sigue cada cual el bando. Uno dice que de risa sólo es digno el mundo vario; y otro, que sus infortunios son sólo para llorados. Para todo se halla prueba y razón en qué fundarlo; y no hay razón para nada, de haber razón para tanto. Todos son iguales jueces; y siendo iguales y varios, no hay quien pueda decidir cuál es lo más acertado. Pues, si no hay quien lo sentencie, ¿por qué pensáis, vos, errado, que os cometió Dios a vos la decisión de los casos? O ¿por qué, contra vos mismo, severamente inhumano, entre lo amargo y lo dulce, queréis elegir lo amargo? Si es mío mi entendimiento, ¿por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan agudo para el daño? El discurso es un acero que sirve para ambos cabos: de dar muerte, por la ***** por el pomo, de resguardo. Si vos, sabiendo el peligro queréis por la ***** usarlo, ¿qué culpa tiene el acero del mal uso de la mano? No es saber, saber hacer discursos sutiles, vanos; que el saber consiste sólo en elegir lo más sano. Especular las desdichas y examinar los presagios, sólo sirve de que el mal crezca con anticiparlo. En los trabajos futuros, la atención, sutilizando, más formidable que el riesgo suele fingir el amago. Qué feliz es la ignorancia del que, indoctamente sabio, halla de lo que padece, en lo que ignora, sagrado!  No siempre suben seguros  vuelos del ingenio osados, que buscan trono en el fuego y hallan sepulcro en el llanto. También es vicio el saber, que si no se va atajando, cuando menos se conoce es más nocivo el estrago; y si el vuelo no le abaten, en sutilezas cebado, por cuidar de lo curioso olvida lo necesario. Si culta mano no impide crecer al árbol copado, quita la sustancia al fruto la locura de los ramos. Si andar a nave ligera no estorba lastre pesado, sirve el vuelo de que sea el precipicio más alto. En amenidad inútil, ¿qué importa al florido campo, si no halla fruto el otoño, que ostente flores el mayo? ¿De qué sirve al ingenio el producir muchos partos, si a la multitud se sigue el malogro de abortarlos? Y a esta desdicha por fuerza ha de seguirse el fracaso de quedar el que produce, si no muerto, lastimado. El ingenio es como el fuego, que, con la materia ingrato, tanto la consume más cuando él se ostenta más claro. Es de su propio Señor tan rebelado vasallo, que convierte en sus ofensas las armas de su resguardo. Este pésimo ejercicio, este duro afán pesado, a los ojos de los hombres dio Dios para ejercitarlos. ¿Qué loca ambición nos lleva de nosotros olvidados? Si es para vivir tan poco, ¿de qué sirve saber tanto? ¡Oh, si como hay de saber, hubiera algún seminario o escuela donde a ignorar se enseñaran los trabajos! ¡Qué felizmente viviera el que, flojamente cauto, burlara las amenazas del influjo de los astros! Aprendamos a ignorar, pensamiento, pues hallamos que cuanto añado al discurso, tanto le usurpo a los años.
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Romance
Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato; quizá prodréis persuadirme, aunque yo sé lo contrario, que pues sólo en la aprehensión dicen que estriban los daños, si os imagináis dichoso no seréis tan desdichado. Sírvame el entendimiento alguna vez de descanso, y no siempre esté el ingenio con el provecho encontrado. Todo el mundo es opiniones de pareceres tan varios, que lo que el uno que es ***** el otro prueba que es blanco. A unos sirve de atractivo lo que otro concibe enfado; y lo que éste por alivio, aquél tiene por trabajo. El que está triste, censura al alegre de liviano; y el que esta alegre se burla de ver al triste penando. Los dos filósofos griegos bien esta verdad probaron: pues lo que en el uno risa, causaba en el otro llanto. Célebre su oposición ha sido por siglos tantos, sin que cuál acertó, esté hasta agora averiguado. Antes, en sus dos banderas el mundo todo alistado, conforme el humor le dicta, sigue cada cual el bando. Uno dice que de risa sólo es digno el mundo vario; y otro, que sus infortunios son sólo para llorados. Para todo se halla prueba y razón en qué fundarlo; y no hay razón para nada, de haber razón para tanto. Todos son iguales jueces; y siendo iguales y varios, no hay quien pueda decidir cuál es lo más acertado. Pues, si no hay quien lo sentencie, ¿por qué pensáis, vos, errado, que os cometió Dios a vos la decisión de los casos? O ¿por qué, contra vos mismo, severamente inhumano, entre lo amargo y lo dulce, queréis elegir lo amargo? Si es mío mi entendimiento, ¿por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan agudo para el daño? El discurso es un acero que sirve para ambos cabos: de dar muerte, por la ***** por el pomo, de resguardo. Si vos, sabiendo el peligro queréis por la ***** usarlo, ¿qué culpa tiene el acero del mal uso de la mano? No es saber, saber hacer discursos sutiles, vanos; que el saber consiste sólo en elegir lo más sano. Especular las desdichas y examinar los presagios, sólo sirve de que el mal crezca con anticiparlo. En los trabajos futuros, la atención, sutilizando, más formidable que el riesgo suele fingir el amago. Qué feliz es la ignorancia del que, indoctamente sabio, halla de lo que padece, en lo que ignora, sagrado!  No siempre suben seguros  vuelos del ingenio osados, que buscan trono en el fuego y hallan sepulcro en el llanto. También es vicio el saber, que si no se va atajando, cuando menos se conoce es más nocivo el estrago; y si el vuelo no le abaten, en sutilezas cebado, por cuidar de lo curioso olvida lo necesario. Si culta mano no impide crecer al árbol copado, quita la sustancia al fruto la locura de los ramos. Si andar a nave ligera no estorba lastre pesado, sirve el vuelo de que sea el precipicio más alto. En amenidad inútil, ¿qué importa al florido campo, si no halla fruto el otoño, que ostente flores el mayo? ¿De qué sirve al ingenio el producir muchos partos, si a la multitud se sigue el malogro de abortarlos? Y a esta desdicha por fuerza ha de seguirse el fracaso de quedar el que produce, si no muerto, lastimado. El ingenio es como el fuego, que, con la materia ingrato, tanto la consume más cuando él se ostenta más claro. Es de su propio Señor tan rebelado vasallo, que convierte en sus ofensas las armas de su resguardo. Este pésimo ejercicio, este duro afán pesado, a los ojos de los hombres dio Dios para ejercitarlos. ¿Qué loca ambición nos lleva de nosotros olvidados? Si es para vivir tan poco, ¿de qué sirve saber tanto? ¡Oh, si como hay de saber, hubiera algún seminario o escuela donde a ignorar se enseñaran los trabajos! ¡Qué felizmente viviera el que, flojamente cauto, burlara las amenazas del influjo de los astros! Aprendamos a ignorar, pensamiento, pues hallamos que cuanto añado al discurso, tanto le usurpo a los años.
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Yo adoro a Lysi, pero no pretendo que Lysi corresponda mi fineza; pues si juzgo posible su belleza, a su decoro y mi aprehensión ofendo. No emprender, solamente, es lo que emprendo: pues sé que a merecer tanta grandeza ningún mérito basta, y es simpleza obrar contra lo mismo que yo entiendo. Como cosa concibo tan sagrada su beldad, que no quiere mi osadía a la esperanza dar ni aun leve entrada: pues cediendo a la suya mi alegría por no llegarla a ver mal empleada, aun pienso que sintiera verla mía.
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Que explica la más sublime calidad de amor
Hirió blandamente el aire Con su dulce voz Narcisa, Y él le repitió los ecos Por boca de las heridas. De los celestiales Ejes El rápido curso fija, Y en los Elementos cesa la discordia nunca unida. Al dulce imán de su voz Quisieran, por asistirla, Firmamento ser el Móvil, El Sol ser estrella fija. Tan bella, sobre canora, Que el amor dudoso admira, Si se deben sus arpones A sus ecos, o a su vista. Porque tan confusamente Hiere, que no se averigua, si está en la voz la hermosura, O en los ojos la armonía. Homicidas sus facciones El mortal cambio ejercitan; Voces, que alteran los ojos Rayos que el labio fulmina. Quién podrá vivir seguro, si su hermosura Divina Con los ojos y las voces Duplicadas armas vibra. El Mar la admira Sirena, Y con sus marinas Ninfas Le da en lenguas de las Aguas Alabanzas cristalinas: Pero Fabio que es el blanco Adonde las flecha tira, Así le dijo, culpando De superfluas sus heridas: No dupliques las armas, Bella homicida, que está ociosa la muerte Donde no hay vida.
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Letra para cantar
Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis: si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si la incitáis al mal? Cambatís su resistencia y luego, con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia. Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco el niño que pone el coco y luego le tiene miedo. Queréis, con presunción necia, hallar a la que buscáis, para pretendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. ¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo, y siente que no esté claro? Con el favor y desdén tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan mal, burlándoos, si os quieren bien. Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por crüel y a otra por fácil culpáis. ¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende, si la que es ingrata, ofende, y la que es fácil, enfada? Mas, entre el enfado y pena que vuestro gusto refiere, bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena. Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas, y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas. ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada: la que cae de rogada, o el que ruega de caído? ¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar? Pues ¿para qué os espantáis de la culpa que tenéis? Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis. Dejad de solicitar, y después, con más razón, acusaréis la afición de la que os fuere a rogar. Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia, pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo.
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Redondillas
Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis: si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si la incitáis al mal? Cambatís su resistencia y luego, con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia. Parecer quiere el denuedo de vuestro parecer loco el niño que pone el coco y luego le tiene miedo. Queréis, con presunción necia, hallar a la que buscáis, para pretendida, Thais, y en la posesión, Lucrecia. ¿Qué humor puede ser más raro que el que, falto de consejo, él mismo empaña el espejo, y siente que no esté claro? Con el favor y desdén tenéis condición igual, quejándoos, si os tratan mal, burlándoos, si os quieren bien. Siempre tan necios andáis que, con desigual nivel, a una culpáis por crüel y a otra por fácil culpáis. ¿Pues como ha de estar templada la que vuestro amor pretende, si la que es ingrata, ofende, y la que es fácil, enfada? Mas, entre el enfado y pena que vuestro gusto refiere, bien haya la que no os quiere y quejaos en hora buena. Dan vuestras amantes penas a sus libertades alas, y después de hacerlas malas las queréis hallar muy buenas. ¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada: la que cae de rogada, o el que ruega de caído? ¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar? Pues ¿para qué os espantáis de la culpa que tenéis? Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis. Dejad de solicitar, y después, con más razón, acusaréis la afición de la que os fuere a rogar. Bien con muchas armas fundo que lidia vuestra arrogancia, pues en promesa e instancia juntáis diablo, carne y mundo.
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Cogiome sin prevención Amor, astuto y tirano: con capa de cortesano se me entró en el corazón. Descuidada la razón y sin armas los sentidos, dieron puerta inadvertidos; y él, por lograr sus enojos, mientras suspendió los ojos me salteó los oídos. Disfrazado entró y mañoso; mas ya que dentro se vio del Paladión, salió de aquel disfraz engañoso; y, con ánimo furioso, tomando las armas luego, se descubrió astuto Griego que, iras brotando y furores, matando los defensores, puso a toda el Alma fuego. Y buscando sus violencias en ella al príamo fuerte, dio al Entendimiento muerte, que era Rey de las potencias; y sin hacer diferencias de real o plebeya grey, haciendo general ley murieron a sus puñales los discursos racionales porque eran hijos del Rey. A Casandra su fiereza buscó, y con modos tiranos, ató a la Razón las manos, que era del Alma princesa. En prisiones su belleza de soldados atrevidos, lamenta los no creídos desastres que adivinó, pues por más voces que dio no la oyeron los sentidos. Todo el palacio abrasado se ve, todo destruido; Deifobo allí mal herido, aquí Paris maltratado. Prende también su cuidado la modestia en Polixena; y en medio de tanta pena, tanta muerte y confusión, a la ilícita afición sólo reserva en Elena. Ya la Ciudad, que vecina fue al Cielo, con tanto arder, sólo guarda de su ser vestigios, en su ruina. Todo el amor lo extermina; y con ardiente furor, sólo se oye, entre el rumor con que su crueldad apoya: «Aquí yace un Alma Troya ¡Victoria por el Amor!»
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Décimas
Cogiome sin prevención Amor, astuto y tirano: con capa de cortesano se me entró en el corazón. Descuidada la razón y sin armas los sentidos, dieron puerta inadvertidos; y él, por lograr sus enojos, mientras suspendió los ojos me salteó los oídos. Disfrazado entró y mañoso; mas ya que dentro se vio del Paladión, salió de aquel disfraz engañoso; y, con ánimo furioso, tomando las armas luego, se descubrió astuto Griego que, iras brotando y furores, matando los defensores, puso a toda el Alma fuego. Y buscando sus violencias en ella al príamo fuerte, dio al Entendimiento muerte, que era Rey de las potencias; y sin hacer diferencias de real o plebeya grey, haciendo general ley murieron a sus puñales los discursos racionales porque eran hijos del Rey. A Casandra su fiereza buscó, y con modos tiranos, ató a la Razón las manos, que era del Alma princesa. En prisiones su belleza de soldados atrevidos, lamenta los no creídos desastres que adivinó, pues por más voces que dio no la oyeron los sentidos. Todo el palacio abrasado se ve, todo destruido; Deifobo allí mal herido, aquí Paris maltratado. Prende también su cuidado la modestia en Polixena; y en medio de tanta pena, tanta muerte y confusión, a la ilícita afición sólo reserva en Elena. Ya la Ciudad, que vecina fue al Cielo, con tanto arder, sólo guarda de su ser vestigios, en su ruina. Todo el amor lo extermina; y con ardiente furor, sólo se oye, entre el rumor con que su crueldad apoya: «Aquí yace un Alma Troya ¡Victoria por el Amor!»
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60
Divino dueño mío, si al tiempo de partirme tiene mi amante pecho alientos de quejarse, oye mis penas, mira mis males. Aliéntese el dolor, si puede lamentarse, y a la vista de perderte mi corazón exhale llanto a la tierra, quejas al aire. Apenas tus favores quisieron coronarme, dichoso más que todos, felices como nadie, cuando los gustos fueron pesares. Sin duda el ser dichoso es la culpa más grave, pues mi fortuna adversa dispone que la pague con que a mis ojos tus luces falten, ¡Ay, dura ley de ausencia! ¿quién podrá derogarte, si a donde yo no quiero me llevas, sin llevarme, con alma muerta, vivo cadáver? ¿Será de tus favores sólo el corazón cárcel por ser aun el silencio si quiero que los guarde, custodio indigno, sigilo frágil? Y puesto que me ausento, por el último vale te prometo rendido mi amor y fe constante, siempre quererte, nunca olvidarte.
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Endechas irregulares