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"rubia" poems
Los marineros son las alas del amor, son los espejos del amor, el mar les acompaña, y sus ojos son rubios lo mismo que el amor rubio es también, igual que son sus ojos. La alegría vivaz que vierten en las venas rubia es también, idéntica a la piel que asoman; no les dejéis marchar porque sonríen como la libertad sonríe, luz cegadora erguida sobre el mar. Si un marinero es mar, rubio mar amoroso cuya presencia es cántico, no quiero la ciudad hecha de sueños grises; quiero sólo ir al mar donde me anegue, barca sin norte, cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.
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Los marineros son las alas del amor
Spanish Su idilio fue una larga sonrisa a cuatro labios… En el regazo cálido de rubia primavera Amáronse talmente que entre sus dedos sabios Palpitó la divina forma de la Quimera. En los palacios fúlgidos de las tardes en calma Hablábanse un lenguaje sentido como un lloro, Y se besaban hondo hasta morderse el alma!… Las horas deshojáronse como flores de oro, Y el Destino interpuso sus dos manos heladas… Ah! los cuerpos cedieron, mas las almas trenzadas Son el más intrincado nudo que nunca fue… En lucha con sus locos enredos sobrehumanos Las Furias de la vida se rompieron las manos Y fatigó sus dedos supremos Ananké… English Their idyll was a smile of four lips… In the warm lap of blond spring They loved such that between their wise fingers the divine form of Chimera trembled. In the glimmering palaces of quiet afternoons They spoke in a language heartfelt as weeping, And they kissed each other deeply, biting the soul! The hours fluttered away like petals of gold, Then Fate interposed its two icy hands… Ah! the bodies yielded, but tangled souls Are the most intricate knot that never unfolds… In strife with its mad superhuman entanglements, Life’s Furies rent their coupled hands And wearied your powerful fingers, Ananké*… *Ananké: Goddess (Greek) of Unalterable Necessity
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El Nudo (The Knot)
A POLICE MAN CAN DO ANYTHING Why compromised are the police men? From all over the world, policemen are sellouts, Policemen arrested Jesus Christ and flogged him, Others tortured Galileo Galilai for intellectual cross purpose, Some of them vandalized Martin Luther King, and his wife, As they also put Fidel Castro on the tilted trial, The same are the ones that arrested Mahatma Gandhi In the same tandem of Colonel Afrifa organizing a coup To effect putsch against Kwameh Nkrumah, or Mandela to Robben gulag, They tortured Rubia and Matiba in Kenya down the abyss of mental breakdown, They kicked in the teeth Abdulla Abdalladiff at Kamiti prison Then they ran off for a decade to effect the ****** of Robert Ouko, Their evil tendency was never quenched until They abducted the County parliament speaker Of Maembe hamlet in the Nyake Kingdom of potato eaters And held him in the spine chilling captivity for days and days Only to release him when he sufficed to stay in dumb freedom.
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May 26, 2014
May 26, 2014 at 4:11 AM UTC
A POLICE MAN CAN DO ANYTHING
Sunset is a washwoman's stream of rubia dyes And the crushed scales from the Kermes insect, While the loosened garments of life slide Over the ancient liquidity of the hills rolling As the mountains rolling as the seas rolling As the clouds rolling as the graves rolling Like eyes rolling back to sleep. I am pressed for lullaby, Not the pillow-clap of thunder or the ether songs of Persephone, Biding by her asphodels with icen fingers from plum-colored hell. But press my ear in my mother’s lap of ancient sun, Of peplos and himation and stola, And listen to the vines and bunched grapes And all of heaven sink in its commodiousness. Press my ear to the sun-fed heart that flows To the furthest span of the cloth-seas of man and The solemn songings of the ever-deepening sky. My mother all along smoothing out the wrinkled sheet of sunlight.
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Aug 3, 2019
Aug 3, 2019 at 7:32 PM UTC
Mothers of Long Ago
Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida... Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo... La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y a todo lo hondo -en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo...- Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos: todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo... Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos. Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil: -por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil: por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota rubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia: cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola... Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo;                                         la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra;                                         la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca... o por esa muñeca que llora como cualquier poeta. Cambio mi vida -al fiado- por una fábrica de crepúsculos (con arreboles);                               por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra- o por su naricilla que está en algún Museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas... ¡o por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...! Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida...
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Relato de sergio stepansky
Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida... Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo... La juego contra uno o contra todos, la juego contra el cero o contra el infinito, la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, en una encrucijada, en una barricada, en un motín; la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, a todo lo ancho y a todo lo hondo -en la periferia, en el medio, y en el sub-fondo...- Juego mi vida, cambio mi vida, la llevo perdida sin remedio. Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo, o la regalo...: o la trueco por una sonrisa y cuatro besos: todo, todo me da lo mismo: lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo... Todo, todo me da lo mismo: todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo donde se anudan serpentinos mis sesos. Cambio mi vida por lámparas viejas o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil: -por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil: por los colgajos que se guinda en las orejas la simiesca mulata, la terracota rubia; la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia: cambio mi vida por una anilla de hojalata o por la espada de Sigmundo, o por el mundo que tenía en los dedos Carlomagno: -para echar a rodar la bola... Cambio mi vida por la cándida aureola del idiota o del santo;                                         la cambio por el collar que le pintaron al gordo Capeto; o por la ducha rígida que llovió en la nuca a Carlos de Inglaterra;                                         la cambio por un romance, la cambio por un soneto; por once gatos de Angora, por una copla, por una saeta, por un cantar; por una baraja incompleta; por una faca, por una pipa, por una sambuca... o por esa muñeca que llora como cualquier poeta. Cambio mi vida -al fiado- por una fábrica de crepúsculos (con arreboles);                               por un gorila de Borneo; por dos panteras de Sumatra; por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra- o por su naricilla que está en algún Museo; cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas... ¡o por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en grises podres, la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...! Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida...
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Alta de ojos verdes, como la luz de las luciérnagas. Ella era como la luna. Algunos días estaba llena de vida, Otros desaparecía. Consumida por el tiempo, Ahogada en agonía. Encerrada en cuatro paredes Sin amor. Así se veía ella. Silenciosa e ignorada. Insuficiente y horrible. Sin ganas de vivir Tierna niña de melena rubia ¿Por qué no puedes ver lo que yo veo? ¿Por qué no te quedas esta noche a charlar? ¿Por qué no vives un poco Te entrego mis ojos, mírate como yo te veo. Inmensa y maravillosa. Más que un simple desastre, Más que un cuerpo viviente.
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Jul 9, 2015
Jul 9, 2015 at 3:41 PM UTC
Como yo te veo.
En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín, o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.«¡Oh, reina rubia! -díjele-, mi alma quiere dejar su crisálida y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar». El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
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Venus
Todos han muerto. Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo. Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!» Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre. Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer. Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina. Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién. Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia. Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos. Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese. Murió mi eternidad y estoy velándola.
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La violencia de las horas
Agua limpia, clara, clara, clara, tan limpia y tan clara que parece cristal, tan clara y tan limpia que yo la deseara convertida en la tela de un vestido nupcial. ¡Qué feliz la novia rubia que lo usara! Tendría que ser buena, hermosa y virginal. ¿Se concibe nada más bello que agua clara transformada en la tela de un vestido nupcial? ¡Qué pena que no haya en nuestro siglo, hadas! Que se hayan concluido todas las encantadas madrinas que creara la fábula oriental. ¡Yo quisiera un vestido hecho con agua clara! ¡Yo quisiera un vestido tal como lo soñara mirando esa corriente que parece cristal!
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La corriente de cristal
Que ya tu juventud está marchita y no puedes amar -frase solemne, mas inútil, ¡oh rubia Margarita! El amor es un Lázaro perenne: cuando apenas ha muerto, resucita.
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Perlas negras - xxxv
Cabellera rubia, suelta, corriendo como un estero, cabellera. Uñas duras y doradas, flores curvas y sensuales, uñas duras y doradas. Comba del vientre, escondida, y abierta como una fruta o una herida. Dulce rodilla desnuda apretada en mis rodillas, dulce rodilla desnuda. Enredadera del pelo entre la oferta redonda de los senos. Huella que dura en el lecho, huella dormida en el alma, palabras locas. Perdidas palabras locas: rematarán mis canciones, se morirán nuestras bocas. Morena, la Besadora, rosal de todas las rosas en una hora. Besadora dulce y rubia, me iré, te irás, Besadora. Pero aún tengo la aurora enredada en cada sien. Bésame, por eso, ahora, bésame, Besadora, ahora y en la hora de nuestra muerte.                               Amén.
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Morena, la besadora
Sí, yo amaba lo azul con ardimiento: las montañas excelsas, los sutiles crespones de zafir del firmamento, el piélago sin fin, cuyo lamento arrulló mis ensueños juveniles. Callaba mi laúd cuando despliega cada estrella purísima su broche, el universo en la quietud navega, y la luna, hoz de plata, surge y siega el haz d'espesas sombras de la noche. Cantaba, si l'aurora descorría en el Oriente sus rosados velos, si el aljófar al campo descendía, y el sol, urna de oro que se abría, inundaba de luz todos los cielos. Mas hoy amo la noche, la galana, de dulce majestad, horas tranquilas y solemnes, la nubia soberana, la d'espléndida pompa americana: ¡la noche tropical de tus pupilas! Hoy esquivo del alba los sonrojos, su saeta de oro me maltrata, y el corazón, sin pena y sin enojos, tan sólo ante lo ***** de tus ojos como el iris del búho se dilata. ¿Qu'encanto hubiera semejante al tuyo, oh, noche mía? ¡Tu beldad me asombra! Yo, qu'esplendores matutinos huyo, ¡dejo el alma que agite, cual cocuyo, sus alas coruscantes en tu sombra! Si siempre he de sentir esa mirada fija en mi rostro, poderosa y tierna, ¡adiós, por siempre adiós, rubia alborada!; doncella de la veste sonrosada: ¡que reine en mi redor la noche eterna! ¡Oh, noche! Ven a mí llena d'encanto; mientras con vuelo misterioso avanzas, nada más para ti será mi canto, y en los brunos repliegues de tu manto, su cáliz abrirán mis esperanzas...
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Perlas negras - xxix
Pinta cielo tordillo, nube china, campo llano y callado y compañero, con blanco mazamorra, gris camino, ocre parva o celeste lejanía; en silla petizona -pelo bayo-, el mate corazón -¿nido de hornero?-, en las ramas, de tala, de su mano y un pedazo de cuerno hecho boquilla en perpetuo delirio de humareda; mientras pinta y se escarba la memoria -como quien traza cruces sobre el suelo con pinceles que doman lo pasado; claros patios de voz azul aljibe, beata falda, o entierro jaranero, mancarrón insolado, duende perro, porque sabe rastrear el tiempo muerto, las huellas ya perdidas del recuerdo, y le gustan los talles de frutera, el olor a zorrino, a terciopelo, los fogones de pavas tartamudas, los mugientes crepúsculos tranquilos y los gatos con muchas relaciones, que pinta, rememora y recupera, con rojo federal, azul encinta, amarillo rastrojo, rosa rancho, al revivir saraos encorsetados, velorios de angelito caramelo, tertulias palo a pique, perifollos, viejos gauchos enjutos de quebracho, que describe con limpia pincelada, puro candor y tábano mirada; para luego tutearse con carretas o chismosos postigos de ancha siesta, o rebaños jadeantes de tormenta; que pinta y aquerencia en sus cartones -para algo comió choclo, entre pañales, de ingenua chala rubia, bien fajada y acarició caderas de potrancas o de roncas guitarras pendencieras, en boliches lunares, ya difuntos-; mientras mezcla el granate matadura con el ***** catinga candombero y aflora su sonrisa de padrillo -un poco amarillenta, un poco verde-, ante tanta visión reflorecida -con perenne fervor y gesto macho-, por la criolla paleta socarrona donde exprime su lírica memoria.
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Figari pinta
Pinta cielo tordillo, nube china, campo llano y callado y compañero, con blanco mazamorra, gris camino, ocre parva o celeste lejanía; en silla petizona -pelo bayo-, el mate corazón -¿nido de hornero?-, en las ramas, de tala, de su mano y un pedazo de cuerno hecho boquilla en perpetuo delirio de humareda; mientras pinta y se escarba la memoria -como quien traza cruces sobre el suelo con pinceles que doman lo pasado; claros patios de voz azul aljibe, beata falda, o entierro jaranero, mancarrón insolado, duende perro, porque sabe rastrear el tiempo muerto, las huellas ya perdidas del recuerdo, y le gustan los talles de frutera, el olor a zorrino, a terciopelo, los fogones de pavas tartamudas, los mugientes crepúsculos tranquilos y los gatos con muchas relaciones, que pinta, rememora y recupera, con rojo federal, azul encinta, amarillo rastrojo, rosa rancho, al revivir saraos encorsetados, velorios de angelito caramelo, tertulias palo a pique, perifollos, viejos gauchos enjutos de quebracho, que describe con limpia pincelada, puro candor y tábano mirada; para luego tutearse con carretas o chismosos postigos de ancha siesta, o rebaños jadeantes de tormenta; que pinta y aquerencia en sus cartones -para algo comió choclo, entre pañales, de ingenua chala rubia, bien fajada y acarició caderas de potrancas o de roncas guitarras pendencieras, en boliches lunares, ya difuntos-; mientras mezcla el granate matadura con el ***** catinga candombero y aflora su sonrisa de padrillo -un poco amarillenta, un poco verde-, ante tanta visión reflorecida -con perenne fervor y gesto macho-, por la criolla paleta socarrona donde exprime su lírica memoria.
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Simple lazy lounging one who places silk aside your strands of supple moonlight with beauty do abide. In patient rest you sniffle not having much to suffer and in this state of reposeful peace your sleepy gaze is no rougher. With candid manifest of tranquil stillness those locks of ghostly pearl and sheen straight cascading on your form these glowing threads possess a gleam. El pelo rubia durante el dia el sol esta brillante en tu cabeza todos las dias.
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Mar 19, 2015
Mar 19, 2015 at 3:40 PM UTC
Rubia
Infames secretos; que se dilatan en el zar Infames ojos, de parpadeos rápidos y miradas caóticas Rubia platino, de tez victoriana. Prófuga del amor; secreto de azares y de bares, Añoranzas bucólicas y sonrisas fatuas De amor profundo hacia el pasado, de labios malva. Incesante, llamando y buscándote a través de mí En el tiempo tácito y taciturno de noche dionisíaca. Apología a Herodes, o elegía de mis pasos muertos. La rubia platino se reía y ahí, todo me consumía, Añoranzas bucólicas, de vidas no vividas. Perdido en naufragio, moribundo en desasosiego, Errante, pensante petulante e incapaz emisario de camelos. Cómplices de nuestras acciones, rubia platino, pero víctimas Prófugo de mis remotos recuerdos; miradas tibias. Continuaba riendo, en el onírico espacio de mis pensamientos No he conocido su risa, y sin embargo                                                                                            [...ya la extraño] La lluvia pesada cae sobre charcos huecos sin reflejo Miro, de reojo, en ellos, te observo Y me pierdo.
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Jul 14, 2017
Jul 14, 2017 at 7:32 PM UTC
Crónicas Negras.
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia! Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-, y era como las teresitas: azul crepuscular. Nuestro amor semejaba paloma de la aldea, grato a todos los ojos y a todos familiar. En aquel pueblo, olían las brisas a azahar. Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo: su cabellera rubia en el balcón, su linda hermana Julia, mi melodía incierta... y un lirio que me dio... y una noche de lágrimas... y una noche de estrellas fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo... Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo amaban con mi amor las músicas del río; las noches blancas, ceñidas de luceros; las noches negras, negras, ardidas de cocuyos; el son de las guitarras, y, entre quimeras blondas, el azahar volando... Todos teníamos novia y un lucero en el alba diáfana de las ideas. La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!- tronchó la espiga en que granaba mi alegría: ¡murió mi madre!... La cabellera rubia de Teresa me iluminaba el llanto. Después... la vida... el tiempo... el mundo, ¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo! No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta. ¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba, ingenua, virilmente resignada: refería querellas del pueblo, de mi casa, de un amigo: «Se casó; ya está viejo y con seis hijos... La vida es triste y dura; sin embargo, se va viviendo... Ha muerto mucha gente: Don David... don Gregorio... Hay un colegio y hay toda una generación nueva. Como cuando te fuiste, hace veinte años, en este pueblo aún huelen las brisas a azahar...» ¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo, la flor de los crepúsculos!
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Elegía de un azul imposible
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia! Era como el convólvulo -la flor de los crepúsculos-, y era como las teresitas: azul crepuscular. Nuestro amor semejaba paloma de la aldea, grato a todos los ojos y a todos familiar. En aquel pueblo, olían las brisas a azahar. Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo: su cabellera rubia en el balcón, su linda hermana Julia, mi melodía incierta... y un lirio que me dio... y una noche de lágrimas... y una noche de estrellas fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo... Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo amaban con mi amor las músicas del río; las noches blancas, ceñidas de luceros; las noches negras, negras, ardidas de cocuyos; el son de las guitarras, y, entre quimeras blondas, el azahar volando... Todos teníamos novia y un lucero en el alba diáfana de las ideas. La Muerte horrible -¡un tajo silencioso!- tronchó la espiga en que granaba mi alegría: ¡murió mi madre!... La cabellera rubia de Teresa me iluminaba el llanto. Después... la vida... el tiempo... el mundo, ¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo! No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta. ¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba, ingenua, virilmente resignada: refería querellas del pueblo, de mi casa, de un amigo: «Se casó; ya está viejo y con seis hijos... La vida es triste y dura; sin embargo, se va viviendo... Ha muerto mucha gente: Don David... don Gregorio... Hay un colegio y hay toda una generación nueva. Como cuando te fuiste, hace veinte años, en este pueblo aún huelen las brisas a azahar...» ¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo, la flor de los crepúsculos!
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Por esta selva tan espesa, donde nunca el sol penetró, buscando voy una princesa que se me perdió. Entre los árboles copudos, entre las lianas verdinegras que trepan por los desnudos troncos, como culebras; entre las rocas de hosquedad hostil y provocativa y la pavorosa soledad y la penumbra esquiva, buscando voy una princesa rubia como la madrugada que no ha partido y que no regresa desta espesura malhadada. Dicen que al fin de aquella ruta, que bordan el ciprés y el enebro, hay una reina muy enjuta que mora en un castillo muy ***** que guarda en fieros torreones otras princesas como la mía, y que es sorda a las rogaciones del desamparo y la agonía. Mas, acaso si yo pudiese ver a la reina, y su huella seguir astuto, al cabo diese con el castillo ***** ¡y con Ella! Pero el más seguro instinto no se sentiría capaz de guiarse por el laberinto desta penumbra pertinaz. Es que el espíritu presiente algo fatal que se avecina, y es que acaso es más imponente que lo que vemos claramente lo que tan sólo se adivina. Heme aquí, pues, con la alma opresa en medio de obscuridad, enamorado de una princesa que se perdió en la selva espesa tal vez por una eternidad...
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I. por esta selva...
Delgada y sinuosa como la cuerda mágica. Rubia y rauda:                                 dardo y milano. Pero también inexorable rompehielos. Senos de niña, ojos de esmalte. Bailó en todas las terrazas y sótanos, contempló un atardecer en San José, Costa Rica, durmió en las rodillas de los Himalayas, fatigó los bares y las sabanas de áfrica. A los veinte dejó a su marido por una alemana; a los veintiuno dejó a la alemana por un afgano; a los cuarenta y cinco vive en Proserpina Court, int. 2, Bombay. Cada mes, en los días rituales, llueven sapos y culebras en la casa, los criados maldicen a la demonia y su amante parsi apaga el fuego. Tempestad en seco.                                             El buitre blanco picotea su sombra.
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Golden lotuses - 2
Cuando tú duermas sola y olvidada En un angosto féretro, Y la cruz del Señor sobre tu fosa Vele tu último sueño; Cuando a caer empiecen tus mejillas Y gusanos hambrientos Hiervan entre las cuencas de tus ojos, Que tan hermosos fueron; Será el reposo para ti martirio; Será martirio nuevo, E irá tenaz remordimiento horrible A morderte el cerebro. Y aunque la santa cruz tu sueño ampare, Ese remordimiento Irá a tu fosa, donde duermes sola, A remover tus huesos. Seré el Remordimiento. Iré a buscarte De noche, en el silencio; Como una hiena que del día huye Iré a turbar tu sueño; Y con las uñas cavaré la tierra, Y por la ira ciego La cruz que marque tu postrer morada Arrancaré del suelo. ¡Cómo en tu corazón el odio antiguo He de saciar colérico!... ¡Y con qué gozo clavaré las uñas En tu cárdeno seno! A tus lívidas carnes he de unirme, Y me uniré a tus huesos, Como sombrío espectro de venganza, O aborto del infierno. Y a tus oídos, que en lejanos días Mis quejas desoyeron, Diré palabras que, cual hierro ardiente, Quemarán tu cerebro. Y cuando tú me digas: «¿Por qué viertes En mí cruel veneno?» Yo te responderé: «¿Ya no te acuerdas De tus blondos cabellos? ¿No recuerdas la rubia cabellera Que fue cual manto espléndido, Y tus pupilas negras y profundas Con fulgores de incendio? ¿Ya olvidaste lo esbelto de tu talle, Las formas de tu cuerpo? ¿Ya no recuerdas tú cuan blanca eras, Y tu rostro cuan bello? ¡Y yo te amaba! Y a tus pies me viste Y cerraste tu pecho... ¡Y por una mirada de tus ojos Feliz hubiera muerto!» ¿Ríes? Escucha. De tu abierta fosa Levantaré tu cuerpo, Y en la picota lo pondré desnudo Como infamado reo. Mis versos son picota en que a la burla De los hombres te entrego, Picota en que te entrego a la amargura De indecibles tormentos. Morirás otra vez. Te daré muerte Con un martirio lento, Y tu vergüenza -la venganza mía- ¡Pondré en tu frente como estigma eterno!
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El canto del odio
Cuando tú duermas sola y olvidada En un angosto féretro, Y la cruz del Señor sobre tu fosa Vele tu último sueño; Cuando a caer empiecen tus mejillas Y gusanos hambrientos Hiervan entre las cuencas de tus ojos, Que tan hermosos fueron; Será el reposo para ti martirio; Será martirio nuevo, E irá tenaz remordimiento horrible A morderte el cerebro. Y aunque la santa cruz tu sueño ampare, Ese remordimiento Irá a tu fosa, donde duermes sola, A remover tus huesos. Seré el Remordimiento. Iré a buscarte De noche, en el silencio; Como una hiena que del día huye Iré a turbar tu sueño; Y con las uñas cavaré la tierra, Y por la ira ciego La cruz que marque tu postrer morada Arrancaré del suelo. ¡Cómo en tu corazón el odio antiguo He de saciar colérico!... ¡Y con qué gozo clavaré las uñas En tu cárdeno seno! A tus lívidas carnes he de unirme, Y me uniré a tus huesos, Como sombrío espectro de venganza, O aborto del infierno. Y a tus oídos, que en lejanos días Mis quejas desoyeron, Diré palabras que, cual hierro ardiente, Quemarán tu cerebro. Y cuando tú me digas: «¿Por qué viertes En mí cruel veneno?» Yo te responderé: «¿Ya no te acuerdas De tus blondos cabellos? ¿No recuerdas la rubia cabellera Que fue cual manto espléndido, Y tus pupilas negras y profundas Con fulgores de incendio? ¿Ya olvidaste lo esbelto de tu talle, Las formas de tu cuerpo? ¿Ya no recuerdas tú cuan blanca eras, Y tu rostro cuan bello? ¡Y yo te amaba! Y a tus pies me viste Y cerraste tu pecho... ¡Y por una mirada de tus ojos Feliz hubiera muerto!» ¿Ríes? Escucha. De tu abierta fosa Levantaré tu cuerpo, Y en la picota lo pondré desnudo Como infamado reo. Mis versos son picota en que a la burla De los hombres te entrego, Picota en que te entrego a la amargura De indecibles tormentos. Morirás otra vez. Te daré muerte Con un martirio lento, Y tu vergüenza -la venganza mía- ¡Pondré en tu frente como estigma eterno!
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Cuando llegue la luna llena iré a Santiago de Cuba, iré a Santiago, en un coche de agua negra. Iré a Santiago. Cantarán los techos de palmera. Iré a Santiago. Cuando la palma quiere ser cigüefla, iré a Santiago. Y cuando quiere ser medusa el plátano, iré a Santiago. Iré a Santiago con la rubia cabeza de Fonseca. Iré a Santiago. Y con la rosa de Romeo y Julieta iré a Santiago. ¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas! Iré a Santiago. ¡Oh cintura caliente y gota de madera! Iré a Santiago. ¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco! Iré a Santiago. Siempre he dicho que yo iría a Santiago en un coche de agua negra. Iré a Santiago. Brisa y alcohol en las ruedas, iré a Santiago. Mi coral en la tiniebla, iré a Santiago. El mar ahogado en la arena, iré a Santiago, calor blanco, fruta muerta, iré a Santiago. ¡Oh bovino frescor de calaveras! ¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro! Iré a Santiago.
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Son de negros en cuba
En el alféizar tronchado De la vetusta ventana, Un cortinaje de yedra Con flores rojas y blancas; Y en medio del cuadro estrecho De la vidriera empañada, Junto a un tiesto de claveles, Y rozando con la jaula En que prisionero vive Un canario que no canta, Una cabecita rubia Se asoma por las mañanas, A punto que el horizonte Colora la luz del alba. Hay un doncel en el patio Que si la frente levanta Es para ver unos ojos Que en vivo fuego la abrasan. -Con cuánta ansiedad te espero. -¿Me quieres?- Con toda el alma. Seré tuya nasta la muerte, Y moriré si me engañas: -Seré tuyo, sólo tuyo, Soy tu esclavo.                       -Soy tu esclava, -Toma un beso.                         -Toma ciento, Que nos ven.                       -¡Hasta mañana! Este diálogo sencillo, Estas sencillas palabras Cambiaban diariamente Desde el patio a la ventana En los primeros albores De su fugitiva infancia, Hace veinticinco abriles, Dos niños que hoy peinan canas. ¡Cuántos juramentos dulces Aquellas yedras guardaban, Cuántas promesas eternas Entre pétalos de llamas, Escondieron los claveles Al nacer la luz del alba; Y cuántos ardientes besos Cuando en los labios tronaban, Asustaron al canario Aprisionado en la jaula! Hoy... hecho un viejo por dentro, Que también por dentro hay canas, Pasé por la misma calle, Y frente a la misma casa, Y entrando en el viejo patio Busqué la misma ventana. Del roto y pesado alféizar, Que de antiguo se desgrana, No cuelga la yedra oscura Con flores rojas y blancas, Ni está el tiesto de claveles Con sus pétalos de llamas; Mis tristes, cansados ojos ¿Qué buscan? ¿No queda nada? ¡Ay, que de pronto los siento Empañados por las lágrimas! ¿Qué han visto? decid ¿qué han visto? ¿Los ojos suyos? ¿la casta, Limpia y hechicera frente Por los rizos coronada? ¿La manecita nerviosa Arrojándome una carta? ¿Los negros ojos? ¿los labios De roja y caliente grana? Lo que han visto, y que al mirarlo, En tibio llanto los baña, Es una humilde memoria De mi ventura pasada, La que por humilde y pobre Ninguna mano arrebata, Y en la que sus manos puso El primer amor del alma... Es... miradlo en ese muro Y en la viga apolillada Que cierra, formando marco, El cuadro de la ventana. Es el clavo pequeñito De donde pendió la jaula En que vivió aquel canario Que al besarnos se espantaba... No hay nadie... temblando llego, Como el creyente ante el ara... Me parecen que despiertan Mis venturas de la intancia, Y toco el clavo... lo beso, Se me anuda la garganta, Y salgo del viejo patio, Llenos los ojos de lágrimas. ¡Es lo único que me queda De aquel amor de la infancia!
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La ventana desierta
En el alféizar tronchado De la vetusta ventana, Un cortinaje de yedra Con flores rojas y blancas; Y en medio del cuadro estrecho De la vidriera empañada, Junto a un tiesto de claveles, Y rozando con la jaula En que prisionero vive Un canario que no canta, Una cabecita rubia Se asoma por las mañanas, A punto que el horizonte Colora la luz del alba. Hay un doncel en el patio Que si la frente levanta Es para ver unos ojos Que en vivo fuego la abrasan. -Con cuánta ansiedad te espero. -¿Me quieres?- Con toda el alma. Seré tuya nasta la muerte, Y moriré si me engañas: -Seré tuyo, sólo tuyo, Soy tu esclavo.                       -Soy tu esclava, -Toma un beso.                         -Toma ciento, Que nos ven.                       -¡Hasta mañana! Este diálogo sencillo, Estas sencillas palabras Cambiaban diariamente Desde el patio a la ventana En los primeros albores De su fugitiva infancia, Hace veinticinco abriles, Dos niños que hoy peinan canas. ¡Cuántos juramentos dulces Aquellas yedras guardaban, Cuántas promesas eternas Entre pétalos de llamas, Escondieron los claveles Al nacer la luz del alba; Y cuántos ardientes besos Cuando en los labios tronaban, Asustaron al canario Aprisionado en la jaula! Hoy... hecho un viejo por dentro, Que también por dentro hay canas, Pasé por la misma calle, Y frente a la misma casa, Y entrando en el viejo patio Busqué la misma ventana. Del roto y pesado alféizar, Que de antiguo se desgrana, No cuelga la yedra oscura Con flores rojas y blancas, Ni está el tiesto de claveles Con sus pétalos de llamas; Mis tristes, cansados ojos ¿Qué buscan? ¿No queda nada? ¡Ay, que de pronto los siento Empañados por las lágrimas! ¿Qué han visto? decid ¿qué han visto? ¿Los ojos suyos? ¿la casta, Limpia y hechicera frente Por los rizos coronada? ¿La manecita nerviosa Arrojándome una carta? ¿Los negros ojos? ¿los labios De roja y caliente grana? Lo que han visto, y que al mirarlo, En tibio llanto los baña, Es una humilde memoria De mi ventura pasada, La que por humilde y pobre Ninguna mano arrebata, Y en la que sus manos puso El primer amor del alma... Es... miradlo en ese muro Y en la viga apolillada Que cierra, formando marco, El cuadro de la ventana. Es el clavo pequeñito De donde pendió la jaula En que vivió aquel canario Que al besarnos se espantaba... No hay nadie... temblando llego, Como el creyente ante el ara... Me parecen que despiertan Mis venturas de la intancia, Y toco el clavo... lo beso, Se me anuda la garganta, Y salgo del viejo patio, Llenos los ojos de lágrimas. ¡Es lo único que me queda De aquel amor de la infancia!
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¿Eva era rubia? No. Con negros ojos vio la manzana del jardín: con labios rojos probó su miel; con labios rojos que saben hoy más ciencia que los sabios.Venus tuvo el azur en sus pupilas, pero su hijo no. Negros y fieros, encienden a las tórtolas tranquilas los dos ojos de Eros.Los ojos de las reinas fabulosas, de las reinas magníficas y fuertes, tenían las pupilas tenebrosas que daban los amores y las muertes.Pentesilea, reina de amazonas; Judith, espada y fuerza de Betulia; Cleopatra, encantadora de coronas, la luz tuvieron de tus ojos, Julia.La negra, que es más luz que la luz blanca del sol, y las azules de los cielos. Luz que el más rojo resplandor arranca al diamante terrible de los celos.Luz negra, luz divina, luz que alegra la luz meridional, luz de las niñas, de las grandes ojeras, ¡oh luz negra que hace cantar a Pan bajo las viñas!
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Alaba los ojos negros de julia
La nieta del mendigo suspira amargamente, mojando con sus lágrimas la muñeca de trapo: Sobre la falda humilde, como una cosa ausente, la muñeca es ahora solamente un guiñapo. Porque aquella mañana cruzo frente a su choza un brillante cortejo, rumbo al palacio real, y vio a una niña triste, que, en una áurea carroza, llevaba una muñeca de marfil y cristal. Y, en tanto, en el palacio del benévolo abuelo, donde su ruego es orden y su capricho es ley, con los húmedos ojos llenos de desconsuelo, también llora la rubia nietecita del rey. Y también su muñeca sin par es un harapo, ya sin traje de oro ni cabellos de trigo, pues la princesa ansía la muñeca de trapo que tenía en su falda la nieta del mendigo.
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Las dos muñecas
La calle sola, plácido el ambiente... Un piano suena, y vibra con tristeza; Y al compás de la música doliente Mi pensamiento a divagar empieza. ¿Quién arranca esos ritmos que así gimen? ¿Qué alma en el mundo sin amor perdida Vierte esas notas trémulas que exprimen El dolor y el cansancio de la vida? Y sigue divagando el pensamiento... Y de la luna al moribundo brillo, En alta roca donde silba el viento, Miro las torres de ojival castillo. Temblando llego al levadizo puente; Dormitan en la sombra los arqueros, Y del cielo en la bóveda luciente Parpadean los pálidos luceros. ¡Oh edad lejana que en mis sueños lloro, ¿En dónde está mi ***** ferreruelo, Mi alto calzón y mis espuelas de oro, Y mi jubón de suave terciopelo? ¿En dónde está la hermosa castellana? ¿En dónde está la soñadora rubia, Que la escala no prende en la ventana, Como en las noches de tristeza y lluvia? Tiempo hace ya que tu presencia aguardo Y la angustia en mi pecho se dilata; Despierta ya que mi laúd de bardo Quiere entonar la alegre serenata. La última nota lánguida fenece, Y de la luna al moribundo brillo, En el lejano azul se desvanece La sombría silueta del castillo.
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En la calle
Distinta tú serías a todas las mujeres, Si hacerte y rehacerte, cada vez que lo quieres, El alma no supieras. Lo haces con una nada; Y tu arte es tal, que cada Ocasión que te veo, Me subyugas, y que eres otra mujer yo creo. Tú sabes que en lo vida todo se va gastando, Que nuestro amor es viejo, y es siempre entonces cuando Engaño e ingenio luces, que en ti son inherentes, Y ante mí te presentas con ojos diferentes. El brillo de tu rostro se ve más bello y vivo Entre capa de pieles; con mayor atractivo Renaces de la seda, de un bien cortado traje y de rondas de encaje; Y después... los sombreros. Algo más llamativo En ti siempre descubro. Y eso es, precisamente, Por los grandes sombreros, lo que hace que los ojos Aparezcan más negros, pues ocultan la frente. Porque muy bien comprendes, con tu sabiduría E ingenio despejado, Que debes, cuando observas mi amor ya fatigado, Confeccionarte un alma, que no te conocía. Al verte en ese instante, Los labios te saqueo con mis besos nerviosos, Y tomo tu semblante. En mis manos febriles, y agito tus undosos Cabellos, y me río... más feliz, más amante. Pero cuando los rizos te deshago, y encuentro Tus verdaderos ojos, y el alma reconcentro, Veo que son los mismos. Y cuando febrilmente Agito con los dedos tu rubia cabellera Y asoma tu cabeza revuelta de repente, Reveo con profundo desencanto tu frente, La de la vez primera. ¡Eres tú, la de siempre, pues no has cambiado nada! Y aquella tu alma efímera con mis ósculos trato De reanimar. Mas huye mi ilusión disipada, Y entonces me pareces de tu madre el retrato.
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Almas, modas, etc.
Distinta tú serías a todas las mujeres, Si hacerte y rehacerte, cada vez que lo quieres, El alma no supieras. Lo haces con una nada; Y tu arte es tal, que cada Ocasión que te veo, Me subyugas, y que eres otra mujer yo creo. Tú sabes que en lo vida todo se va gastando, Que nuestro amor es viejo, y es siempre entonces cuando Engaño e ingenio luces, que en ti son inherentes, Y ante mí te presentas con ojos diferentes. El brillo de tu rostro se ve más bello y vivo Entre capa de pieles; con mayor atractivo Renaces de la seda, de un bien cortado traje y de rondas de encaje; Y después... los sombreros. Algo más llamativo En ti siempre descubro. Y eso es, precisamente, Por los grandes sombreros, lo que hace que los ojos Aparezcan más negros, pues ocultan la frente. Porque muy bien comprendes, con tu sabiduría E ingenio despejado, Que debes, cuando observas mi amor ya fatigado, Confeccionarte un alma, que no te conocía. Al verte en ese instante, Los labios te saqueo con mis besos nerviosos, Y tomo tu semblante. En mis manos febriles, y agito tus undosos Cabellos, y me río... más feliz, más amante. Pero cuando los rizos te deshago, y encuentro Tus verdaderos ojos, y el alma reconcentro, Veo que son los mismos. Y cuando febrilmente Agito con los dedos tu rubia cabellera Y asoma tu cabeza revuelta de repente, Reveo con profundo desencanto tu frente, La de la vez primera. ¡Eres tú, la de siempre, pues no has cambiado nada! Y aquella tu alma efímera con mis ósculos trato De reanimar. Mas huye mi ilusión disipada, Y entonces me pareces de tu madre el retrato.
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