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"octubre" poems
Caminando en octubre dos dibujos en cartas fueron los hilos de mi sentimiento. Aún te recuerdo mi niña, mi alma con ojos picantes y cabellos de azabache. Las pelis japonesas los roces secretos los días eternos sigo siendo el de la mirada triste, que piensa en recuerdos y se pierde en el tiempo. Lee mi mente, rima en versos. Eramos tu y yo de la mano por la calle hablando de ti pues siempre supiste lo callado que fui.
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Sep 8, 2018
Sep 8, 2018 at 12:34 AM UTC
Octubre
¡Tanto hermoso momento muerto por la costumbre! ¡Tanto instante terrible que luego en la memoria se hunde! Sé que somos la suma de instantes sucesivos que el tiempo no destruye. Y miro al que yo he sido un instante olvidado de algún día de octubre. Me duele su tristeza: quisiera liberarle de aquella pesadumbre; pero somos la suma de instantes sucesivos que el tiempo no destruye. Aquel que ahora recuerdo seguirá siempre en sombras aun cuando el sol me alumbre. Oh, no poder borrarlo, no poder alegrarlo, darle cielos azules. Mientras esté yo vivo él llenará su instante ciñendo rosas fúnebres. Y cuando yo me muera él seguirá viviendo ciñendo rosas fúnebres. Sé que somos la suma de instantes sucesivos. Ceñimos rosas fúnebres. (Miro: estoy en mi estela, ciñendo rosas fúnebres).
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El momento eterno
Estaba echado yo en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla, que el otoño envolvía en la amarilla dulzura de su claro sol poniente. Lento, el arado, paralelamente abría el haza oscura, y la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña partida honradamente. Pensé arrancarme el corazón, y echarlo, pleno de su sentir alto y profundo, al ancho surco del terruño tierno, a ver si con partirlo y con sembrarlo, la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno.
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Octubre
Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío, abiertos ante el cielo como dos golondrinas: su color coronado de junios, ya es rocío alejándose a ciertas regiones matutinas. Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro, como bajo la tiera, lluvioso, despoblado, con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro, como bajo la tierra quiero haberte enterrado. Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas, al fuego arrebatadas de tus ojos solares: precipitado octubre contra nuestras ventanas, diste paso al otoño y anocheció los mares. Te ha devorado el sol, rival único y hondo y la remota sombra que te lanzó encendido; te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo, tragándote; y es como si no hubieras nacido. Diez meses en la luz, redondeando el cielo, sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado. Sin pasar por el día se marchitó tu pelo; atardeció tu carne con el alba en un lado. El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente, carne naciente al alba y al júbilo precisa; niño que sólo supo reír, tan largamente, que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa. Ausente, ausente, ausente como la golondrina, ave estival que esquiva vivir al pie del hielo: golondrina que a poco de abrir la pluma fina, naufraga en las tijeras enemigas del vuelo. Flor que no fue capaz de endurecer los dientes, de llegar al más leve signo de la fiereza. Vida como una hoja de labios incipientes, hoja que se desliza cuando a sonar empieza. Los consejos del mar de nada te han valido... Vengo de dar a un tierno sol una puñalada, de enterrar un pedazo de pan en el olvido, de echar sobre unos ojos un puñado de nada. Verde, rojo, moreno; verde, azul y dorado; los latentes colores de la vida, los huertos, el centro de las flores a tus pies destinado, de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos. Mujer arrinconada: mira que ya es de día. (¡Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada!) Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mia, la noche continúa cayendo desolada.
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A mi hijo
Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío, abiertos ante el cielo como dos golondrinas: su color coronado de junios, ya es rocío alejándose a ciertas regiones matutinas. Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro, como bajo la tiera, lluvioso, despoblado, con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro, como bajo la tierra quiero haberte enterrado. Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas, al fuego arrebatadas de tus ojos solares: precipitado octubre contra nuestras ventanas, diste paso al otoño y anocheció los mares. Te ha devorado el sol, rival único y hondo y la remota sombra que te lanzó encendido; te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo, tragándote; y es como si no hubieras nacido. Diez meses en la luz, redondeando el cielo, sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado. Sin pasar por el día se marchitó tu pelo; atardeció tu carne con el alba en un lado. El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente, carne naciente al alba y al júbilo precisa; niño que sólo supo reír, tan largamente, que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa. Ausente, ausente, ausente como la golondrina, ave estival que esquiva vivir al pie del hielo: golondrina que a poco de abrir la pluma fina, naufraga en las tijeras enemigas del vuelo. Flor que no fue capaz de endurecer los dientes, de llegar al más leve signo de la fiereza. Vida como una hoja de labios incipientes, hoja que se desliza cuando a sonar empieza. Los consejos del mar de nada te han valido... Vengo de dar a un tierno sol una puñalada, de enterrar un pedazo de pan en el olvido, de echar sobre unos ojos un puñado de nada. Verde, rojo, moreno; verde, azul y dorado; los latentes colores de la vida, los huertos, el centro de las flores a tus pies destinado, de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos. Mujer arrinconada: mira que ya es de día. (¡Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada!) Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mia, la noche continúa cayendo desolada.
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Se van rompiendo cosas en la casa como empujadas por un invisible quebrador voluntario: no son las manos mías, ni las tuyas, no fueron las muchachas de uña dura y pasos de planeta: no fue nada y nadie, no fue el viento, no fue el anaranjado mediodía ni la noche terrestre, no fue ni la nariz ni el codo, la creciente cadera, el tobillo, ni el aire: se quebró el plato, se cayó la lámpara, se derrumbaron todos los floreros uno por uno, aquél en pleno octubre colmado de escarlata, fatigado por todas las violetas, y otro vacío rodó, rodó, rodó por el invierno hasta ser sólo harina de florero, recuerdo roto, polvo luminoso. Y aquel reloj cuyo sonido era la voz de nuestras vidas, el secreto hilo de las semanas, que una a una ataba tantas horas a la miel, al silencio, a tantos nacimientos y trabajos, aquel reloj también cayó y vibraron entre los vidrios rotos sus delicadas vísceras azules, su largo corazón desenrollado. La vida va moliendo vidrios, gastando ropas, haciendo añicos, triturando formas, y lo que dura con el tiempo es como isla o nave en el mar, perecedero, rodeado por los frágiles peligros, por implacables aguas y amenazas. Pongamos todo de una vez, relojes, platos, copas talladas por el frío, en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: que se derrumben nuestras posesiones en un solo alarmante quebradero, que suene como un río lo que se quiebra y que el mar reconstruya con su largo trabajo de mareas tantas cosas inútiles que nadie rompe pero se rompieron.
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Oda a las cosas rotas
Se van rompiendo cosas en la casa como empujadas por un invisible quebrador voluntario: no son las manos mías, ni las tuyas, no fueron las muchachas de uña dura y pasos de planeta: no fue nada y nadie, no fue el viento, no fue el anaranjado mediodía ni la noche terrestre, no fue ni la nariz ni el codo, la creciente cadera, el tobillo, ni el aire: se quebró el plato, se cayó la lámpara, se derrumbaron todos los floreros uno por uno, aquél en pleno octubre colmado de escarlata, fatigado por todas las violetas, y otro vacío rodó, rodó, rodó por el invierno hasta ser sólo harina de florero, recuerdo roto, polvo luminoso. Y aquel reloj cuyo sonido era la voz de nuestras vidas, el secreto hilo de las semanas, que una a una ataba tantas horas a la miel, al silencio, a tantos nacimientos y trabajos, aquel reloj también cayó y vibraron entre los vidrios rotos sus delicadas vísceras azules, su largo corazón desenrollado. La vida va moliendo vidrios, gastando ropas, haciendo añicos, triturando formas, y lo que dura con el tiempo es como isla o nave en el mar, perecedero, rodeado por los frágiles peligros, por implacables aguas y amenazas. Pongamos todo de una vez, relojes, platos, copas talladas por el frío, en un saco y llevemos al mar nuestros tesoros: que se derrumben nuestras posesiones en un solo alarmante quebradero, que suene como un río lo que se quiebra y que el mar reconstruya con su largo trabajo de mareas tantas cosas inútiles que nadie rompe pero se rompieron.
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¡Cómo resbala el agua por mi espalda!               ¡Cómo moja mi falda, Y pone en mis mejillas su frescura de nieve!               Llueve, llueve, llueve,               Y voy, senda adelante, Con el alma ligera y la cara radiante,               Sin sentir, sin soñar, Llena de la voluptuosidad de no pensar.               Un pájaro se baña En una charca turbia. Mi presencia le extraña, Se detiene... Me mira... Nos sentimos amigos... ¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!               Después es el asombro De un labriego que pasa con su azada en el hombro.               Y la lluvia me cubre De todas las fragancias que a los setos da octubre. Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado, Como un maravilloso y estupendo tocado De gotas cristalinas, de flores deshojadas Que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.               Y siento, en la vacuidad Del cerebro sin sueños, la voluptuosidad Del placer infinito, dulce y desconocido,               De un minuto de olvido.               Llueve, llueve, llueve, Y tengo, en alma y carne, como un frescor de nieve.
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Bajo la lluvia
Cuando se hallaba el mundo a punto de que el prodigio sucediese. Cuando las horas esperaban que unas manos las exprimiesen. Cuando las ramas opulentas daban su sombra a nuestras frentes. Cuando en el mundo se morían todos los tristes y los débiles. Cuando el soñar, el sentir hondo, cuando el beber ávidamente la luz, la brisa, el agua, el aire, eran primero que la muerte. Cuando las tardes solitarias, cuando los árboles más verdes, cuando las conchas de colores a nuestras madres sonrientes, a nuestras novias de ojos grises como la escama de los peces. Cuando eran pena y alegría nuestros amables timoneles y no existía otro paisaje que el que alzaba su luna enfrente: mundo que abría cada día sus lejanías, frutalmente. (¿Eras así, tan sin palabras Primaverales que te expresen? ¿Tan de elementos terrenales: arena, piedra, hierba, nieve? ¿Nombres de tiempos, de lugares deshojados diariamente: Piélagos, Hoces, Montes Claros, octubre, enero, abril, noviembre?) Yo no te pinto otros colores que los colores que tú tienes. ¿Eras así, mi paraíso, rumor del agua cuando llueve, hacha que hiere la madera, fuego que incendia la hoja verde? Yo no me acuerdo ya de aquello. Un día tuve que perderte. Cuando se hallaba el mundo a punto de que el prodigio sucediese, Cuando tenía cada instante un ritmo nuevo y diferente cada estación sus ubres llenas, rebosantes de blanca leche...
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Entonces
En el mar halla el agua su paraíso ansiado y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje. El sudor es un árbol desbordante y salado, un voraz oleaje. Llega desde la edad del mundo más remota a ofrecer a la tierra su copa sacudida, a sustentar la sed y la sal gota a gota, a iluminar la vida. Hijo del movimiento, primo del sol, hermano de la lágrima, deja rodando por las eras, del abril al octubre, del invierno al verano, áureas enredaderas. Cuando los campesinos van por la madrugada a favor de la esteva removiendo el reposo, se visten una blusa silenciosa y dorada de sudor silencioso. Vestidura de oro de los trabajadores, adorno de las manos como de las pupilas. Por la atmósfera esparce sus fecundos olores una lluvia de axilas. El sabor de la tierra se enriquece y madura: caen los copos del llanto laborioso y oliente, maná de los varones y de la agricultura, bebida de mi frente. Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos en el ocio sin brazos, sin música, sin poros, no usaréis la corona de los poros abiertos ni el poder de los toros. Viviréis maloliendo, moriréis apagados: la encendida hermosura reside en los talones de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados como constelaciones. Entregad al trabajo, compañeros, las frentes: que el sudor, con su espada de sabrosos cristales, con sus lentos diluvios, os hará transparentes, venturosos, iguales.
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El sudor
Volví, volvía -con qué poca ilusión- a donde tuve mis raíces, mis recuerdos, mi casa frente al mar, y los árboles plantados por mis manos, pisoteados por los niños, comidos por los animales. Mi casa junto al mar, más solariega que otras, la que fue más hermosa que todas. Con qué poca ilusión volvía. Cárdenas tierras húmedas y soleadas, trigos color de aquellos ojos, pincelada morada sobre lo verde, allá en Vivar del Cid, murallas de olmos negros, amapolas, verdes sombríos por Entrambasmestas, platas de la bahía, con qué poca ilusión pasaba por vosotros. Cómo se puede vaciar así un corazón. Cómo se puede llorar así, por dentro. Frustraciones o muertes nada me arrancó lágrimas desde aquellos aviones los que volaban sobre mí y arrasaban mi mundo sin que arrojasen bombas, ni ametrallasen: sólo con el ruido de sus motores, demasiado terrible para mí entonces y ahora. Qué quedó de mi vida entre sus alas. Qué en la música oída en la noche, la que vestía nuestra desnudez mientras caía el agua cálida, qué gozo, el agua... Qué se hundió por aquellas escaleras precipitadas en la noche. Qué congeló la luna que iluminaba las fachadas. Qué llevó la marea en la playa de octubre. Cómo es posible edificar, reconstruir con tantos materiales disueltos en el tiempo, gastados por la lluvia que no vimos caer... Volví, volvía como ahogado bajo un montón de escombros que fueron mi edificio, mi alcázar, sin una sola lágrima -para qué- que llorar, apoyado en el llanto de otros días, como si sólo con lágrimas de entonces pudiese liberarse este dolor presente que ya no encuentra llanto.
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Carretera
Volví, volvía -con qué poca ilusión- a donde tuve mis raíces, mis recuerdos, mi casa frente al mar, y los árboles plantados por mis manos, pisoteados por los niños, comidos por los animales. Mi casa junto al mar, más solariega que otras, la que fue más hermosa que todas. Con qué poca ilusión volvía. Cárdenas tierras húmedas y soleadas, trigos color de aquellos ojos, pincelada morada sobre lo verde, allá en Vivar del Cid, murallas de olmos negros, amapolas, verdes sombríos por Entrambasmestas, platas de la bahía, con qué poca ilusión pasaba por vosotros. Cómo se puede vaciar así un corazón. Cómo se puede llorar así, por dentro. Frustraciones o muertes nada me arrancó lágrimas desde aquellos aviones los que volaban sobre mí y arrasaban mi mundo sin que arrojasen bombas, ni ametrallasen: sólo con el ruido de sus motores, demasiado terrible para mí entonces y ahora. Qué quedó de mi vida entre sus alas. Qué en la música oída en la noche, la que vestía nuestra desnudez mientras caía el agua cálida, qué gozo, el agua... Qué se hundió por aquellas escaleras precipitadas en la noche. Qué congeló la luna que iluminaba las fachadas. Qué llevó la marea en la playa de octubre. Cómo es posible edificar, reconstruir con tantos materiales disueltos en el tiempo, gastados por la lluvia que no vimos caer... Volví, volvía como ahogado bajo un montón de escombros que fueron mi edificio, mi alcázar, sin una sola lágrima -para qué- que llorar, apoyado en el llanto de otros días, como si sólo con lágrimas de entonces pudiese liberarse este dolor presente que ya no encuentra llanto.
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De todo esto yo soy el único que parte. De este banco me voy, de mis calzones, de mi gran situación, de mis acciones, de mi número hendido parte a parte, de todo esto yo soy el único que parte. De los Campos Elíseos o al dar vuelta la extraña callejuela de la Luna, mi defunción se va, parte mi cuna, y, rodeada de gente, sola, suelta, mi semejanza humana dase vuelta y despacha sus sombras una a una. Y me alejo de todo, porque todo se queda para hacer la coartada: mi zapato, su ojal, también su lodo y hasta el doblez del codo de mi propia camisa abotonada.
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París, octubre 1936
Se baño en lagrimas La mujer que marco en mi Los demonios que cargo. La primera, ella fue, La que no he podido sacar De aquella tarde de octubre. Cuando el odio contamino mi sangre Expulsando fuego en unos textos Palabras de las que quizas me arrepiento Pero dolor el que me ahorre... Soledad con la que tropecé...
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Nov 22, 2017
Nov 22, 2017 at 1:17 AM UTC
Odio contaminado.
Yo no sabía que el azul mañana es vago espectro del brumoso ayer; que agitado por soplos de centurias el corazón anhela arder, arder. Siento su influjo y su latencia, y cuándo quiere sus luminarias entender.             Pero la vida está llamando,             y ya no es hora de aprender. Yo sabía que tu sol, ternura, da al cielo de los niños rosicler, y que, bajo el laurel, el héroe rudo algo de niño tiene que tener. ¡Oh, quién pudiera de niñez temblando, a un alba de inocencia renacer!             Pero la vida está pasando             y ya no es hora de aprender. Yo sabía que la paz profunda del afecto, los lirios del placer, la magnolia de luz de la energía, lleva en su blando seno la mujer. Mi sien rendida en este seno blando, un hombre de verdad quisiera ser…             Pero la vida está acabando,             y ya no es hora de aprender.
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Lamentación de octubre
Quisiera esta tarde divina de octubre pasear por la orilla lejana del mar; que la arena de oro, y las aguas verdes, y los cielos puros me vieran pasar. Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, como una romana, para concordar con las grandes olas, y las rocas muertas y las anchas playas que ciñen el mar. Con el paso lento, y los ojos fríos y la boca muda, dejarme llevar; ver cómo se rompen las olas azules contra los granitos y no parpadear; ver cómo las aves rapaces se comen los peces pequeños y no despertar; pensar que pudieran las frágiles barcas hundirse en las aguas y no suspirar; ver que se adelanta, la garganta al aire, el hombre más bello, no desear amar... Perder la mirada, distraídamente, perderla y que nunca la vuelva a encontrar: y, figura erguida, entre cielo y playa, sentirme el olvido perenne del mar.
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Dolor
Como los rayos del sol se absorban por los poros de tu piel Yo te absorbe por todo mi cuerpo Y cuando te necesite y no estes Te encontrare entre cada rayo de sol Dejare las olas del mar llevarme A donde te encontre por primera vez Y ai Te juro que Jamas y para siempre Te parare de amar
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Jun 17, 2019
Jun 17, 2019 at 6:20 PM UTC
Las Flores de Octubre
as autumn quietly approached the cold air against my fingertips, hanging out of a cracked car window, began to feel less like a bite and more like a kiss
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Oct 1, 2018
Oct 1, 2018 at 1:01 PM UTC
octubre
Hablemos de la belleza pintoresca del otoño De las campanas que repican en el Ángelus De las flores, antaño bonitas y fuertes, en el césped ¡Oh, otoño, eres una estación muy soberbia! Hablemos de los pétalos y sépalos caídos del cielo Donde los árboles están aturdidos y casi desnudos Y de los pájaros atónitos que han caído de las nubes ¡Oh, otoño, me encanta tu sonrisa maravillosa y natural. La estación del otoño tiene un paisaje sensacional Una frescura cálida y confortable y un tono solemne Es el oro de la tarde que cae todas las horas. Son las hojas y flores multicolores sobre las alfombras ¡Oh, otoño, nos das mucho que imaginar, que soñar Y nos muestras cómo imitar momentos místicos y dorados. Copyright © Octubre 2024, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de numerosos poemarios.
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Oct 28, 2024
Oct 28, 2024 at 10:52 PM UTC
Hablemos Del Encanto Pintoresco Del Otoño
Cuando nada sucede, y el verano se ha ido, y las hojas comienzan a caer de los árboles, y el frío oxida el borde de los ríos y hace más lento el curso de las aguas; cuando el cielo parece un mar violento, y los pájaros cambian de paisaje, y las palabras se oyen cada vez más lejanas, como susurros que dispersa el viento; entonces, ya se sabe, es lo que pasa: esas hojas, los pájaros, las nubes, las palabras dispersas y los ríos, nos llenan de inquietud súbitamente y de desesperanza. No busquéis el motivo en vuestros corazones. Tan sólo es lo que dije: lo que pasa.
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A veces, en octubre, es lo que pasa...
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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El niño de la noche
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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Sin ternuras, que entre nosotros sin ternuras nos entendemos. Sin hablarnos, que las palabras nos desaroman el secreto. ¡Tantas cosas nos hemos dicho cuando no era posible vernos! ¡Tantas cosas vulgares, tantas cosas prosaicas, tantos ecos desvanecidos en los años, en la oscura entraña del tiempo! Son esas fábulas lejanas en las que ahora no creemos. Es octubre. Anochece. Un banco solitario. Desde él te veo eternamente joven, mientras nosotros nos vamos muriendo. Mil novecientos treinta y ocho. La Magdalena. Soles. Sueños. Mil novecientos treinta y nueve, ¡comenzar a vivir de nuevo! Y luego ya toda la vida. Y los años que no veremos. Y esta gente que va a sus casas, a sus trabajos, a sus sueños. Y amigos nuestros muy queridos, que no entrarán en el invierno. Y todo ahogándonos, borrándonos. Y todo hiriéndonos, rompiéndonos. Así te he visto: sin ternuras, que sin ellas nos entendemos. Pensando en ti como no eres, como tan solo yo te veo. Intermedio prosaico para soñar una tarde de invierno.
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Paseo
¡Bien hayas oh lejano y glorioso contento de volver a mirarla!                                       ¡Qué desgano el del viaje de ahora, que me cubre de una angustia de pésame!                                                         Presiento la fuga del amor en este octubre. Corre la antigua posta en la llanura barrida por los cierzos de contino; el sol avaro apenas si fulgura sobre la paz de otoño del camino, y con fúnebres sones que se dilatan por la carretera van entonando en la mañana austera coplas de desamor los postillones. (Fuensanta: cuando ingreso a tu azul valle la ternura de ayer se me alborota, pero yo le aconsejo que se calle. Mi corazón es una cuerda rota). Y te miro por fin... ¡Pero qué raros se le aparecen a mi fe taimada tu faz risueña y tus vestidos claros! ¡Oh, qué lejos te fuiste, enlutada! Haces bien en reír de mis locuelas ilusiones, ¡ay Dios!, de hacerte mía, y en darlas un adiós, que es alegría en el augurio de tus blancas telas. En la zona en que muertas a cuchillo mis esperanzas yacen hoy deshechas ¿no miras, dulce amada, la pagana visión de un amorcillo que me dispara sus ardidas flechas, pero que va volando en retirada?
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Al volver
¡Mañanitas de octubre, después de haber llovido! Ganas de desnudarse en mitad del camino y de echarse a volar sobre los verdes trigos...
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Mañanitas
Traspasado de menta se va octubre, el soleado, el de espejos de luna sumergida en el río, el de fuertes pezuñas de bisonte y venado, el de trébol seguro y asustado rocío. Se va Octubre y se lleva sobre el flanco domado la esperanza nacida sin calor ni albedrío. calcedonia purpúrea sobre el pecho bloqueado por tus piedras de hielo, desengaño vacío. Llama fija y pequeña, ya se pierde, se pierde. Donde estuvo, aun la falsa salamandra me muerde. Sin su fuego es oscura la callada presencia. Si regresas, ya nunca volverás a encontrarme; cuando llegue Noviembre, bien sabrán ocultarme mis gemas sacratísimas de acertada potencia.
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Perdida
¿Versos? Sí, algunos cada día sobre la luz que el alba nos rehace y mientras Sirio por el cielo trace su indescriptible plan de cetrería. Muchos, de amor, la vaga melodía del clave cuya música renace, porque no hay Primavera que se aplace y Octubre estalla en rosas todavía. Versos, sí, por la risa, por el llanto, por una pena o un furtivo canto, por una flor o un ruiseñor divino. Versos porque se vive, y se enamora una mujer, un día fuera de hora en el reloj tremendo del destino.
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A deshora