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"encendida" poems
Spanish La luna es pálida y triste, la luna es exangüe y yerta. La media luna figúraseme un suave perfil de muerta… Yo que prefiero a la insigne palidez encarecida De todas las perlas árabes, la rosa recién abierta, En un rincón del terruño con el color de la vida, Adoro esa luna pálida, adoro esa faz de muerta! Y en el altar de las noches, como una flor encendida Y ebria de extraños perfumes, mi alma la inciensa rendida. Yo sé de labios marchitos en la blasfemia y el vino, Que besan tras de la orgia sus huellas en el camino; Locos que mueren besando su imagen en lagos yertos… Porque ella es luz de inocencia, porque a esa luz misteriosa Alumbran las cosas blancas, se ponen blancas las cosas, Y hasta las almas más negras toman clarores inciertos! English The moon is pallid and sad, the moon is bloodless and cold. I imagine the half-moon as a profile of the dead… And beyond the reknowned and praised pallor Of Arab pearls, I prefer the rose in recent bud. In a corner of this land with the colors of earth, I adore this pale moon, I adore this death mask! And at the altar of the night, like a flower inflamed, Inebriated by strange perfumes, my soul resigns. I know of lips withered with blasphemy and wine; After an **** they kiss her trace in the lane. Insane ones who die kissing her image in lakes… Because she is light of innocence, because white things Illuminate her mysterious light, things taking on white, And even the blackest souls become uncertainly bright.
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Al Claro De Luna (In The Light Of The Moon)
Spanish La luna es pálida y triste, la luna es exangüe y yerta. La media luna figúraseme un suave perfil de muerta… Yo que prefiero a la insigne palidez encarecida De todas las perlas árabes, la rosa recién abierta, En un rincón del terruño con el color de la vida, Adoro esa luna pálida, adoro esa faz de muerta! Y en el altar de las noches, como una flor encendida Y ebria de extraños perfumes, mi alma la inciensa rendida. Yo sé de labios marchitos en la blasfemia y el vino, Que besan tras de la orgia sus huellas en el camino; Locos que mueren besando su imagen en lagos yertos… Porque ella es luz de inocencia, porque a esa luz misteriosa Alumbran las cosas blancas, se ponen blancas las cosas, Y hasta las almas más negras toman clarores inciertos! English The moon is pallid and sad, the moon is bloodless and cold. I imagine the half-moon as a profile of the dead… And beyond the reknowned and praised pallor Of Arab pearls, I prefer the rose in recent bud. In a corner of this land with the colors of earth, I adore this pale moon, I adore this death mask! And at the altar of the night, like a flower inflamed, Inebriated by strange perfumes, my soul resigns. I know of lips withered with blasphemy and wine; After an **** they kiss her trace in the lane. Insane ones who die kissing her image in lakes… Because she is light of innocence, because white things Illuminate her mysterious light, things taking on white, And even the blackest souls become uncertainly bright.
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Para devolverme necesito una sombrilla, también la lluvia, los artefactos de la calle que se opacan. Necesito tropezarme con el resto del siglo bruto y evadirlo. Cuántas noches tuve sin explicación. Necesito considerar toda huella, minuciosa, subterránea, llevarla de vuelta al sitio y no dejarla más. Recuperar el año, colgar al tedio en el cielo eléctrico. Someterme al trayecto de los bichos. Dormir con la luz encendida, apostarle mi vida a una cobija. Necesito extinguir la cavidad de los dientes, detenerme, salir ilesa.
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Jan 19, 2012
Jan 19, 2012 at 12:25 PM UTC
El oficio de alejarse
Esta es la noche, la fraterna noche, noche fogosa, noche lustral, noche aladínea: oh Noche en Éxtasis!     De un viaje absurdo mi sér llega transido: destrizado mi espíritu señero; fatigado mi cuerpo que tronchó la borrasca, me magulló el naufragio contra arrecies y rompientes, me amorató el cansancio fustigante, que ensordeció la grita inarmoniosa: por el aduar sombrío topé encendidas las lumbres temblorosas de tu tienda: Ya otra ocasión, oh Noche, canté tu amor sin esperanza...! Canto otra vez al linde de tu tienda, Noche, Noche Morena...!     Tú me darás, oh Noche, el tibio asilo de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas: Yo busco tu refugio, oh Noche, oh dulce Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-; oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo férvidos, Noche Elegida:     si a ti me doy, Noche Pura; si en tus brazos y muslos diamantinos me refugio, Noche Amorosa;     si bajo tus constelaciones inextinguibles -oh nébulas de Andrómeda y Orión- mi pobre luz humillo, oh Noche Omnisapiente...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi corazón, mi sangre, todo mi sér, oh Noche, Noche, Noche Elegida!     Yo te amaré con amor infinito, Noche Eterna;     yo te amaré con amor transitorio, Noche en Fuga;     yo te amaré con seráfico amor, Noche Virgen;     yo te amaré con amor turbulento, Noche en Ascuas;     yo te amaré con amor cerebral, inmaterial, fosforescente, irradiante Noche Metafísica;     bajo la rósea luz de Venus encendida, yo te amaré, Noche Insaciable;     yo te amaré bajo la advocación de la romántica Selene, Noche Diana;     pérfido te amaré, Noche Proclive;     yo tempestuoso te amaré, Noche Vortiginosa;     yo te amaré glacial, Noche Fría;     yo te amaré furtivo, Noche Cauta;     yo te amaré cantando a gritos mi pasión, Noche Desafiante;     tácito te amaré, Noche Muda.     Has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi sangre, mi corazón, todo mi  sér -únicos-, Noche Unica, Noche, Noche Elegida...!     Yo busco tu refugio, oh Noche, oh pulcra Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-, oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...: Esta es la Noche, la Fraterna Noche, Noche Amante,  Noche Lustral...: mi Noche en Éxtasis...!!
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Fantasía cuasi una sonata
Esta es la noche, la fraterna noche, noche fogosa, noche lustral, noche aladínea: oh Noche en Éxtasis!     De un viaje absurdo mi sér llega transido: destrizado mi espíritu señero; fatigado mi cuerpo que tronchó la borrasca, me magulló el naufragio contra arrecies y rompientes, me amorató el cansancio fustigante, que ensordeció la grita inarmoniosa: por el aduar sombrío topé encendidas las lumbres temblorosas de tu tienda: Ya otra ocasión, oh Noche, canté tu amor sin esperanza...! Canto otra vez al linde de tu tienda, Noche, Noche Morena...!     Tú me darás, oh Noche, el tibio asilo de tu regazo, que perfuman exquisitos aromas: Yo busco tu refugio, oh Noche, oh dulce Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-; oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo férvidos, Noche Elegida:     si a ti me doy, Noche Pura; si en tus brazos y muslos diamantinos me refugio, Noche Amorosa;     si bajo tus constelaciones inextinguibles -oh nébulas de Andrómeda y Orión- mi pobre luz humillo, oh Noche Omnisapiente...!     has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi corazón, mi sangre, todo mi sér, oh Noche, Noche, Noche Elegida!     Yo te amaré con amor infinito, Noche Eterna;     yo te amaré con amor transitorio, Noche en Fuga;     yo te amaré con seráfico amor, Noche Virgen;     yo te amaré con amor turbulento, Noche en Ascuas;     yo te amaré con amor cerebral, inmaterial, fosforescente, irradiante Noche Metafísica;     bajo la rósea luz de Venus encendida, yo te amaré, Noche Insaciable;     yo te amaré bajo la advocación de la romántica Selene, Noche Diana;     pérfido te amaré, Noche Proclive;     yo tempestuoso te amaré, Noche Vortiginosa;     yo te amaré glacial, Noche Fría;     yo te amaré furtivo, Noche Cauta;     yo te amaré cantando a gritos mi pasión, Noche Desafiante;     tácito te amaré, Noche Muda.     Has de acoger mi espíritu y mi cuerpo, mi sangre, mi corazón, todo mi  sér -únicos-, Noche Unica, Noche, Noche Elegida...!     Yo busco tu refugio, oh Noche, oh pulcra Noche, Noche ligeia -toda sutil encanto-, oh Noche toda amor, toda supraterrena delicia...: Esta es la Noche, la Fraterna Noche, Noche Amante,  Noche Lustral...: mi Noche en Éxtasis...!!
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Dios -¿de dónde sacaste para encender el cielo este maravilloso crepúsculo de cobre? Por él supe llenarme de alegría de nuevo, y la mala mirada supe tornarla noble. Entre las llamaradas amarillas y verdes se alumbró el lampadario de un sol desconocido que rajó las azules llanuras del oeste y volcó en las montañas, sus fuentes y sus ríos. Dame la maga fiesta, Dios, déjala en mi vida, dame los fuegos tuyos para alumbrar la tierra, deja en mi corazón tu lámpara encendida y yo seré el aceite de su lumbre suprema. Y me iré por los campos en la noche estrellada con los brazos abiertos y la frente desnuda, cantando aires ingenuos con las mismas palabras que en la noche se dicen los campos y la luna.
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Dame la maga fiesta
Huye del triste amor, amor pacato, sin peligro, sin venda ni aventura, que espera del amor prenda segura, porque en amor locura es lo sensato. Ese que el pecho esquiva al niño ciego y blasfemó del fuego de la vida, de una brasa pensada, y no encendida, quiere ceniza que le guarde el fuego. Y ceniza hallará, no de su llama, cuando descubra el torpe desvarío que pedía, sin flor, fruto en la rama. Con negra llave el aposento frío de su tiempo abrirá. ¡Desierta cama, y turbio espejo y corazón vacío!
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Soneto v
Las horas no han pasado, todavía, y está mañana lejos igual a un arrecife que apenas distingo.                           Tú no sientes cómo el tiempo se adensa en esta habitación con la luz encendida, como está fuera el frío lamiendo los cristales...Qué desprisa, en mi cama esta noche, animalito, con la simple nobleza de la necesidad, mientras que te miraba, te quedaste dormido.Así pues, buenas noches.                                         Ese país tranquilo cuyos contornos son los de tu cuerpo da ganas de morir recordando la vida, o de seguir despierto -cansado y excitado- hasta el amanecer.A solas con la edad, mientras tú duermes como quien no ha leído nunca un libro, pequeño animalito: ser humano -más franco que en mis brazos-, por lo desconocido.
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Un cuerpo es el mejor amigo del hombre
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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La estrella de la tarde
Un monte azul, un pájaro viajero, un roble, una llanura, un niño, una canción... Y, sin embargo, nada sabemos hoy, hermano mío. Bórranse los senderos en la sombra; el corazón del monte está cerrado; el perro del pastor trágicamente aúlla entre las hierbas del vallado. Apoya tu fatiga en mi fatiga, que yo mi pena apoyaré en tu pena, y llora, como yo, por el influjo de la tarde traslúcida y serena. Nunca sabremos nada... ¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante, vago rumor de mares en zozobra, emoción desatada, quimeras vanas, ilusión sin obra? Hermano mío, en la inquietud constante, nunca sabremos nada... ¿En qué grutas de islas misteriosas arrullaron los Números tu sueño? ¿Quién me da los carbones irreales de mi ardiente pasión, y la resina que efunde en mis poemas su fragancia? ¿Qué voz suave, que ansiedad divina tiene en nuestra ansiedad su resonancia? Todo inquirir fracasa en el vacío, cual fracasan los bólidos nocturnos en el fondo del mar; toda pregunta vuelve a nosotros trémula y fallida, como del choque en el cantil fragoso la flecha por el arco despedida. Hermano mío, en el impulso errante, nunca sabremos nada... Y sin embargo... ¿Qué mística influencia vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante? ¿Quién prende a nuestros hombros manto real de púrpuras gloriosas, y quién a nuestras llagas viene y las unge y las convierte en rosas? Tú, que sobre las hierbas reposabas de cara al cielo, dices de repente: -«La estrella de la tarde está encendida». Ávidos buscan su fulgor mis ojos a través de la bruma, y ascendemos por el hilo de luz... Un grillo canta en los repuestos musgos del cercado, y un incendio de estrellas se levanta en tu pecho, tranquilo ante la tarde, y en mi pecho en la tarde sosegado...
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El son del viento en la arcada tiene la clave de mí mismo: soy una fuerza exacerbada y soy un clamor de abismo. Entre los coros estelares oigo algo mío disonar. Mis acciones y mis cantares tenían ritmo particular. Vine al torrente de la vida en Santa Rosa de Osos, una medianoche encendida en astros de signos borrosos. Tomé posesión de la tierra, mía en el sueño y el lino y el pan; y, moviendo a las normas guerra, fui Eva... y fui Adán. Yo ceñía el campo maduro como si fuera una mujer, y me enturbiaba un vino oscuro de placer. Yo gustaba la voz del viento como una piñuela en sazón, y me la comía... con lamento de avidez en el corazón. Y, alígero esquife al día, y a la noche y al tumbo del mar, bogaba mi fantasía en un rayo de luz solar. Iba tras la forma suprema, tras la nube y el ruiseñor y el cristal y el doncel y la gema del dolor. Iba al Oriente, al Oriente, hacia las islas de la luz, a donde alzara un pueblo ardiente sublimes himnos a lo azul. Ya, cruzando la Palestina, veía el rostro de Benjamín, su ojo límpido, su boca fina y su arrebato de carmín. O de Grecia en el día de oro, do el cañuto le daba Pan, amaba a Sófocles en el Coro sonoro que canta el Peán. O con celo y ardor de paloma en celo, en la Arabia de Alá seguía el curso de Mahoma por la hermosura de Abdalá: Abdalá era cosa más bella que lauro y lira y flauta y miel; cuando le llevó una doncella ¡cien doncellas murieron por él! ... Mis manos se alzaron al ámbito para medir la inmensidad; pero mi corazón buscaba ex-ámbito la luz, el amor, la verdad. Mis pies se hincaban en el suelo cual pezuña de Lucifer, y algo en mí tendía el vuelo por la niebla, hacia el rosicler... Pero la Dama misteriosa de los cabellos de fulgor viene y en mí su mano posa y me infunde un fatal amor. Y lo demás de mi vida no es sino aquel amor fatal, con una que otra lámpara encendida ante el ara del ideal. Y errar, errar, errar a solas, la luz de Saturno en mi sien, roto mástil sobre las olas en vaivén. Y una prez en mi alma colérica que al torvo sino desafía: el orgullo de ser, ¡oh América! el Ashaverus de tu poesía... Y en la flor fugaz del momento querer el aroma perdido, y en un deleite sin pensamiento hallar la clave del olvido; después un viento... un viento... un viento... ¡y en ese viento, mi alarido!
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El son del viento
El son del viento en la arcada tiene la clave de mí mismo: soy una fuerza exacerbada y soy un clamor de abismo. Entre los coros estelares oigo algo mío disonar. Mis acciones y mis cantares tenían ritmo particular. Vine al torrente de la vida en Santa Rosa de Osos, una medianoche encendida en astros de signos borrosos. Tomé posesión de la tierra, mía en el sueño y el lino y el pan; y, moviendo a las normas guerra, fui Eva... y fui Adán. Yo ceñía el campo maduro como si fuera una mujer, y me enturbiaba un vino oscuro de placer. Yo gustaba la voz del viento como una piñuela en sazón, y me la comía... con lamento de avidez en el corazón. Y, alígero esquife al día, y a la noche y al tumbo del mar, bogaba mi fantasía en un rayo de luz solar. Iba tras la forma suprema, tras la nube y el ruiseñor y el cristal y el doncel y la gema del dolor. Iba al Oriente, al Oriente, hacia las islas de la luz, a donde alzara un pueblo ardiente sublimes himnos a lo azul. Ya, cruzando la Palestina, veía el rostro de Benjamín, su ojo límpido, su boca fina y su arrebato de carmín. O de Grecia en el día de oro, do el cañuto le daba Pan, amaba a Sófocles en el Coro sonoro que canta el Peán. O con celo y ardor de paloma en celo, en la Arabia de Alá seguía el curso de Mahoma por la hermosura de Abdalá: Abdalá era cosa más bella que lauro y lira y flauta y miel; cuando le llevó una doncella ¡cien doncellas murieron por él! ... Mis manos se alzaron al ámbito para medir la inmensidad; pero mi corazón buscaba ex-ámbito la luz, el amor, la verdad. Mis pies se hincaban en el suelo cual pezuña de Lucifer, y algo en mí tendía el vuelo por la niebla, hacia el rosicler... Pero la Dama misteriosa de los cabellos de fulgor viene y en mí su mano posa y me infunde un fatal amor. Y lo demás de mi vida no es sino aquel amor fatal, con una que otra lámpara encendida ante el ara del ideal. Y errar, errar, errar a solas, la luz de Saturno en mi sien, roto mástil sobre las olas en vaivén. Y una prez en mi alma colérica que al torvo sino desafía: el orgullo de ser, ¡oh América! el Ashaverus de tu poesía... Y en la flor fugaz del momento querer el aroma perdido, y en un deleite sin pensamiento hallar la clave del olvido; después un viento... un viento... un viento... ¡y en ese viento, mi alarido!
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Nada mejor para cantar la vida, y aun para dar sonrisas a la muerte, que la áurea copa donde Venus vierte la esencia azul de su viña encendida. Por respirar los perfumes de Armida y por sorber el vino de su beso, vino de ardor, de beso, de embeleso, fuérase al cielo en la bestia de Orlando, ¡Voz de oro y miel para decir cantando: la mejor musa es la de carne y hueso!Cabellos largos en la buhardilla, noches de insomnio al blancor del invierno, pan de dolor con la sal de lo eterno y ojos de ardor en que Juvencia brilla; el tiempo en vano mueve su cuchilla, el hilo de oro permanece ileso; visión de gloria para el libro impreso que en sueños va como una mariposa y una esperanza en la boca de rosa: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!Regio automóvil, regia cetrería, borla y muceta, heráldica fortuna, nada son como a la luz de la Luna una mujer hecha una melodía. Barca de amar busca la fantasía, no el yacht de Alfonso o la barca de Creso. Da al cuerpo llama y fortifica el seso ese archivado y vital paraíso; pasad de largo, Abelardo y Narciso: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!Clío está en esa frente hecha de Aurora, Euterpe canta en esta lengua fina, Talía ríe en la boca divina, Melpómene es ese gesto que implora; en estos pies Terpsícore se adora, cuello inclinado es de Erato embeleso, Polymnia intenta a Calíope proceso por esos ojos en que Amor se quema. Urania rige todo ese sistema: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!No protestéis con celo protestante, contra el panal de rosas y claveles en que Tiziano moja sus pinceles y gusta el cielo de Beatrice el Dante. Por eso existe el verso de diamante, por eso el iris tiéndese y por eso humano genio es celeste progreso. Líricos cantan y meditan sabios por esos pechos y por esos labios: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!ENVÍO:Gregorio: nada al cantor determina como el gentil estímulo del beso. Gloria al sabor de la boca divina. ¡La mejor musa es la de carne y hueso!
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Balada en honor de las musas de carne y hueso
Nada mejor para cantar la vida, y aun para dar sonrisas a la muerte, que la áurea copa donde Venus vierte la esencia azul de su viña encendida. Por respirar los perfumes de Armida y por sorber el vino de su beso, vino de ardor, de beso, de embeleso, fuérase al cielo en la bestia de Orlando, ¡Voz de oro y miel para decir cantando: la mejor musa es la de carne y hueso!Cabellos largos en la buhardilla, noches de insomnio al blancor del invierno, pan de dolor con la sal de lo eterno y ojos de ardor en que Juvencia brilla; el tiempo en vano mueve su cuchilla, el hilo de oro permanece ileso; visión de gloria para el libro impreso que en sueños va como una mariposa y una esperanza en la boca de rosa: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!Regio automóvil, regia cetrería, borla y muceta, heráldica fortuna, nada son como a la luz de la Luna una mujer hecha una melodía. Barca de amar busca la fantasía, no el yacht de Alfonso o la barca de Creso. Da al cuerpo llama y fortifica el seso ese archivado y vital paraíso; pasad de largo, Abelardo y Narciso: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!Clío está en esa frente hecha de Aurora, Euterpe canta en esta lengua fina, Talía ríe en la boca divina, Melpómene es ese gesto que implora; en estos pies Terpsícore se adora, cuello inclinado es de Erato embeleso, Polymnia intenta a Calíope proceso por esos ojos en que Amor se quema. Urania rige todo ese sistema: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!No protestéis con celo protestante, contra el panal de rosas y claveles en que Tiziano moja sus pinceles y gusta el cielo de Beatrice el Dante. Por eso existe el verso de diamante, por eso el iris tiéndese y por eso humano genio es celeste progreso. Líricos cantan y meditan sabios por esos pechos y por esos labios: ¡La mejor musa es la de carne y hueso!ENVÍO:Gregorio: nada al cantor determina como el gentil estímulo del beso. Gloria al sabor de la boca divina. ¡La mejor musa es la de carne y hueso!
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Sólo una tonta podía dedicar su vida a la soledad y al amor. Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara, si lámpara encendida, desperdiciada lámpara de día eras tú. Retonta por desvalida, por inerme, por estar ofreciendo tu canasta de frutas a los árboles, tu agua al manantial, tu calor al desierto, tus alas a los pájaros. Retonta, rechayito, remadre de tu hijo y de ti misma. Huérfana y sola como en las novelas, presumiendo de tigre, ratoncito, no dejándote ver por tu sonrisa, poniéndote corazas transparentes, colchas de terciopelo y de palabras sobre tu desnudez estremecida. ¡Cómo te quiero, Chayo, cómo duele pensar que traen tu cuerpo! -así se dice- (¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible rasparla de la lámpara, recogerla del piso con una escoba? ¿Qué, no tiene escobas la Embajada?) ¡Cómo duele, te digo, que te traigan, te pongan, te coloquen, te manejen, te lleven de honra en honra funerarias! (¡No me vayan a hacer a mí esa cosa de los Hombres Ilustres, con una chingada!) ¡Cómo duele, Chayito! ¿Y esto es todo? ¡Claro que es todo, es todo! Lo bueno es que hablan bien en el Excélsior y estoy seguro de que algunos lloran, te van a dedicar tus suplementos, poemas mejores que éste, estudios, glosas, ¡qué gran publicidad tienes ahora! La próxima vez que platiquemos te diré todo el resto. Ya no estoy enojado. Hace mucho calor en Sinaloa. Voy a irme a la alberca a echarme un trago.
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Recado a rosario castellanos
Aquí, en este momento, termina todo, se detiene la vida. Han florecido luces amarillas a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento. Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia en la noche, jadeando en la hierba, Trayendo en hilos aroma de las nubes, poniendo en nuestra carne su dentadura fresca. Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro. Porque eran miles de kilómetros los que nos separaban de las olas. Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban. Descendían en la sombra las escaleras. Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hoy -dije yo-, ya es hora de volver a tu casa». Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó vestida de otro modo, con flores en el pelo. Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy». Bajamos las gradas del altar. El armonio sonaba. Y un violín que rizaba su melodía empalagosa. Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso. Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad. «¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?», preguntábamos al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía con su poco de sombra con estrellas, su agua de luces navegantes, sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente. Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida, y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor gris que giraba en torno vertiginosa. Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia. Los niños -quiénes son, que hace un instante no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa: «Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije con ira y pena. Silencio. Yo besé la frente de ella, los ojos con arrugas cada vez más profundas. Dónde la noche aquella, en qué lugar del universo se halla. «Has sido duro con los niños». Abrí la habitación de los pequeños, volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose. Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor, con sus noches de estrellas, con sus mares azules, con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar pureza bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella, dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido, este disco que gira y gira en el silencio, consumida su música...
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Acelerando
Aquí, en este momento, termina todo, se detiene la vida. Han florecido luces amarillas a nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento. Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia en la noche, jadeando en la hierba, Trayendo en hilos aroma de las nubes, poniendo en nuestra carne su dentadura fresca. Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro. Porque eran miles de kilómetros los que nos separaban de las olas. Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban. Descendían en la sombra las escaleras. Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. «Ya es hoy -dije yo-, ya es hora de volver a tu casa». Ya es hora. En el portal, «Espera», me dijo. Regresó vestida de otro modo, con flores en el pelo. Nos esperaban en la iglesia. «Mujer te doy». Bajamos las gradas del altar. El armonio sonaba. Y un violín que rizaba su melodía empalagosa. Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso. Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad. «¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer...?», preguntábamos al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía con su poco de sombra con estrellas, su agua de luces navegantes, sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente. Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida, y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor gris que giraba en torno vertiginosa. Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia. Los niños -quiénes son, que hace un instante no estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa: «Qué ridículos, papá, mamá». «A la cama», les dije con ira y pena. Silencio. Yo besé la frente de ella, los ojos con arrugas cada vez más profundas. Dónde la noche aquella, en qué lugar del universo se halla. «Has sido duro con los niños». Abrí la habitación de los pequeños, volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose. Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor, con sus noches de estrellas, con sus mares azules, con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar pureza bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella, dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido, este disco que gira y gira en el silencio, consumida su música...
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El cuadro en la pared Tiene un paisaje bello, Hay un hombre sentado Y un auto viejo. En el cuadro de al lado Hay una casa al fondo, Con 3 ventanas Y puedo ver la luz encendida. En el cuadro de al lado hay sombras por la ventana, son de una mujer sentada Y presiento que me mira. En el cuadro de al lado Hay arboles marrones Y tras el auto viejo Hay un hombre extraño Y siento que me observa. En el cuadro de al lado Las luces se han apagado Y la silueta de la mujer Se a esfumado. En el cuadro de al lado ¡Suena un timbre! Creo que me han encontrado.
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Sep 15, 2017
Sep 15, 2017 at 4:53 PM UTC
El cuadro de a lado
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Soliloquio del farero
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Hermosísimo invierno de mi vida, sin estivo calor constante yelo, a cuya nieve da cortés el cielo púrpura en tiernas flores encendida; esa esfera de luz enriquecida, que tiene por estrella al dios de Delo, ¿cómo en la elemental guerra del suelo reina de sus contrarios defendida? Eres Scitia de l'alma que te adora, cuando la vista, que te mira, inflama; Etna, que ardientes nieves atesora. Sí lo frágil perdonas a la fama, eres al vidro parecida, Flora, que siendo yelo, es hijo de la llama.
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Admírase de que flora, siendo todo fuego y luz, sea toda hielo
Never forget to leave the light on for me. Nuncas olvides dejar una luz encendida para mí.
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Dec 26, 2014
Dec 26, 2014 at 1:38 AM UTC
Leave the Light On/Deja una Luz Encendida
En el mar halla el agua su paraíso ansiado y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje. El sudor es un árbol desbordante y salado, un voraz oleaje. Llega desde la edad del mundo más remota a ofrecer a la tierra su copa sacudida, a sustentar la sed y la sal gota a gota, a iluminar la vida. Hijo del movimiento, primo del sol, hermano de la lágrima, deja rodando por las eras, del abril al octubre, del invierno al verano, áureas enredaderas. Cuando los campesinos van por la madrugada a favor de la esteva removiendo el reposo, se visten una blusa silenciosa y dorada de sudor silencioso. Vestidura de oro de los trabajadores, adorno de las manos como de las pupilas. Por la atmósfera esparce sus fecundos olores una lluvia de axilas. El sabor de la tierra se enriquece y madura: caen los copos del llanto laborioso y oliente, maná de los varones y de la agricultura, bebida de mi frente. Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos en el ocio sin brazos, sin música, sin poros, no usaréis la corona de los poros abiertos ni el poder de los toros. Viviréis maloliendo, moriréis apagados: la encendida hermosura reside en los talones de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados como constelaciones. Entregad al trabajo, compañeros, las frentes: que el sudor, con su espada de sabrosos cristales, con sus lentos diluvios, os hará transparentes, venturosos, iguales.
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El sudor
Por mi ruina hueca, anda un pausado viento esta tarde encendida. -Alrededor, la tierra seca refulje, en un ondulamiento de mieses de otra vida-. ...El rumor corresponde a aquel rumor... ¿de dónde?; la esencia a aquélla, ¿a cuál esencia?... Sí, fue una tarde de esta trasparencia, en un campo... ¿de dónde? Y el olor rumoroso y trasparente, como un verdón trasfigurado, que va a cantar ya eternamente, se entra, dorado, por mi vana frente y sale por mi vano corazón, dorado.
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Sueño
Cuido mi cuerpo moreno como a un suntuoso marfil. Cuido mi cuerpo moreno para que de gracia lleno sea del pie hasta el perfil. Copa con vino de vida, vaso con miel de pasión. ¡Copa con vino de vida, y un ascua viva encendida en lugar del corazón! ¡Oh, mi amante, te lo ofrendo como un regalo de amor! ¡Oh, mi amante, te lo ofrendo en el engarce estupendo de mi chal multicolor! Sangre-fuego, carne-cera, olor a sol y a panal. Sangre-fuego, carne-cera... Te lo doy como si fuera un raro bronce oriental!
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Ofrenda
Hay un tropel de potros sobre la pampa inmensa. ¿Es Pan que se incorpora? No: es un hombre que piensa, es un hombre que tiene una lira en la mano: él viene del azul, del sol, del Océano. Trae encendida en vida su palabra potente y concreta el decir de todo un continente... Tal vez es desigual... (¡El Pegaso da saltos!) Tal vez es tempestuoso... (¡Los Andes son tan altos!...) Pero hay en este verso tan vigoroso y terso una sangre que apenas veréis en otro verso; una sangre que cuando en la estrofa circula, como la luz penetra y como la onda ondula... Pegaso está contento, Pegaso piafa y brinca, porque Pegaso pace en los prados del inca. Y este fuerte poeta de alma tan ardorosa sabe bien lo que cuentan los labios de la rosa, comprende las dulzuras del panel y comprende lo que dice la abeja del secreto del duende... Pero su brazo es para levantar la trompeta hacia donde se anuncia la aurora del Profeta; es hecho para dar a la virtud del viento la expresión del terrible clarín del pensamiento. Él sabe de Amazonas, Chimborazos y Andes. Siempre blande su verso para las cosas grandes. Va como Don Quijote en ideal campaña, vive de amor de América y de pasión de España; y envuelto en armonía y en melodía y canto, tiene rasgos de héroe y actitudes de santo. «¿Me permites, Chocano, que como amigo fiel, te ponga en el ojal esta hoja de laurel?» Tal dije cuando don J. Santos Chocano, último de los incas, se tornó castellano.
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Preludio
Voló desde su vida apacible hacia la luz recién encendida y su cadáver minúsculo cayó sobre esta hoja de papel en que escribo. Retiré la taza de café pensando que su contacto en mis labios sería molesto, y que una lluvia de meteoritos invisibles podría empezar a descender desde el foco, por los espacios siderales, hasta la mesa. De pronto el cadáver se agitó, dio vueltas torpemente, movió las alas cada vez más ligeras, y emprendió el vuelo de retorno. ¡Qué alivio y qué alegría! Sísifo de la luz, lo vi ascender en giros concentrados, veloz y decidido, hacia la gloria abundante de un nuevo encuentro con la muerte.
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Sísifo
Tuve Un ataque al corazón, Pero no fue el mío, Fue el tuyo; Que me desarmo, Con tu pelo suelto Me has desenvuelto, Me traes distraído Cometa fuera de Su curso, Si sigo así Me voy a estrellar Con el sol, Y de allí saldré feroz Volcán de deseos Por ti, Con el simple Roce de tu piel Con el mercurio De mi alma encendida, Si nos unimos En este momento Los planetas Se alinearían Y nuevas galaxias Nacerán, Todo esto pasa Por enfrente de mis ojos Yo aquí en el suelo Recuperándome Ataque de tu corazón; No me defiendo Porque estas batallas Siempre las ganaras tú... APAD13 - 036 © okpoet
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Feb 5, 2013
Feb 5, 2013 at 3:53 PM UTC
Ataque...
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Variación v
¡Qué pareja tan hermosa esta nuestra, Contemplado! La mirada de mis ojos, y tú, que te estoy mirando. Todo lo que ignoro yo te lo tienes olvidado; y ese cantar que me buscan las horas, sin encontrarlo, de la mañana a la noche, con blanquísimo estribillo, tus olas lo van cantando. Porque estás hecho de siglos me curaste de arrebatos; se aprende a mirar en ti por tus medidas sin cálculo -dos, nada más: día y noche- gozosamente despacio. No quieres tú que te busquen los ojos apresurados, los que te dicen hermoso y luego pasan de largo. No ven. A ti hay que mirarte como te miran los astros, a sus azules mirandas serenamente asomados. Tú, Lazarillo de ojos, llévate a estos míos; guíalos, por la aurora, con espumas, con nubes, por los ocasos; tú solo sabes trazar los caminos de tus ámbitos. Con las señas de la playa, avísales de la tierra, de su sombra, de su engaño. A tu resplandor me entrego, igual que el ciego a la mano; se siente tu claridad hasta en los ojos cerrados, -presencia que no se ve-, acariciando los párpados. Por tanta luz tú no puedes conducir a nada malo. Con mi vista, que te mira, poco te doy, mucho gano. Sale de mis ojos, pobre, se me marcha por tus campos, coge azules, brillos, olas, alegrías, las dádivas de tu espacio. Cuando vuelve, vuelve toda encendida de regalos. Reina se siente; las dichas con que tú la has coronado. ¡De lo claro que lo enseñas qué sencillo es el milagro! Si bien se guarda en los ojos, nunca pasa, lo pasado. ¿Conservar un amor entre unos brazos? No. En el aire de los ojos, entre el vivir y el recuerdo, suelto, flotando, se tiene mejor guardado. Aves de vuelo se vuelan, tarde o temprano. Los ojos son los seguros; de allí no se van los pájaros. Lo que se ha mirado así, día y día, enamorándolo, nunca se pierde, porque ya está enamorado. Míralo aunque se haya ido. Visto o no visto, contémplalo. El mirar no tiene fin: si ojos hoy se me cerraron cuando te raptó la noche, mañana se me abrirán, cuando el alba te rescate, otros ojos más amantes, para seguirte mirando.
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Si la lluvia cae desde las negras nubes hasta el verde césped, creando un nexo entre el cielo y la tierra, amantes distantes y enemigos cercanos destinados a compartir una misma existencia, ¿por qué no podemos tú y yo? Las palabras que no he dicho se agolpan en mi pecho y me abultan la garganta, pero no las libero, trago saliva y las envío a la ***** de mis dedos, desde donde explotan en el papel y dejan un rastro de sangre, a veces negra, a veces azul. Una escena de un crimen con un único sospechoso: mi corazón, el cual llevo siempre caminando a mi lado y detrás mío, ignorando sus avisos hasta que se detiene, se ancla en un lugar e irrumpe en mis pensamientos nublando mi juicio, alterando mi razón, destruyendo mi consciencia. Grito en silencio mientras te veo reír. El estruendo de tu alegría enmascara mi desdicha, y casi lo prefiero así. Eres el secreto que no logro mantener. El cristal oscuro detrás del cual me escondo sin darme cuenta de la transparencia de mis miradas, de mis risas, de mis manos. Eres el perfume de mis sábanas, la colilla de cigarro aún encendida que inicia el incendio involuntario que consume mi interior. Eres vida y eres muerte, y el suicidio que cometo a diario voluntaria y egoístamente. El arma homicida yace en tus labios, en tus brazos, en tu piel y en el pecaminoso pensar del cual soy víctima. ¿Cómo es entonces que te debo olvidar? Las espinas no sueltan mi espíritu decaído. Las llagas en mi piel no sanan si les echas de nuevo sal, pero sálame la vida, pues tu fiel seguidor soy.
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Apr 13, 2018
Apr 13, 2018 at 1:10 PM UTC
Sal
Si la lluvia cae desde las negras nubes hasta el verde césped, creando un nexo entre el cielo y la tierra, amantes distantes y enemigos cercanos destinados a compartir una misma existencia, ¿por qué no podemos tú y yo? Las palabras que no he dicho se agolpan en mi pecho y me abultan la garganta, pero no las libero, trago saliva y las envío a la ***** de mis dedos, desde donde explotan en el papel y dejan un rastro de sangre, a veces negra, a veces azul. Una escena de un crimen con un único sospechoso: mi corazón, el cual llevo siempre caminando a mi lado y detrás mío, ignorando sus avisos hasta que se detiene, se ancla en un lugar e irrumpe en mis pensamientos nublando mi juicio, alterando mi razón, destruyendo mi consciencia. Grito en silencio mientras te veo reír. El estruendo de tu alegría enmascara mi desdicha, y casi lo prefiero así. Eres el secreto que no logro mantener. El cristal oscuro detrás del cual me escondo sin darme cuenta de la transparencia de mis miradas, de mis risas, de mis manos. Eres el perfume de mis sábanas, la colilla de cigarro aún encendida que inicia el incendio involuntario que consume mi interior. Eres vida y eres muerte, y el suicidio que cometo a diario voluntaria y egoístamente. El arma homicida yace en tus labios, en tus brazos, en tu piel y en el pecaminoso pensar del cual soy víctima. ¿Cómo es entonces que te debo olvidar? Las espinas no sueltan mi espíritu decaído. Las llagas en mi piel no sanan si les echas de nuevo sal, pero sálame la vida, pues tu fiel seguidor soy.
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Las ondas tienen vaga armonía, las violetas suave olor, brumas de plata la noche fría, luz y oro el día; yo algo mejor; ¡yo tengo Amor!Aura de aplausos, nube radiosa, ola de envidia que besa el pie, isla de sueños donde reposa el alma ansiosa, dulce embriaguez: ¡la Gloria es!Ascua encendida es el tesoro, sombra que huye la vanidad. Todo es mentira: la gloria, el oro; lo que yo adoro sólo es verdad: ¡la Libertad! Así los barqueros pasaban cantando la eterna canción y, al golpe del remo, saltaba la espuma y heríala el sol. -¿Te embarcas?, gritaban; y yo sonriendo les dije al pasar: -Yo ya me he embarcado; por señas que aún tengo la ropa en la playa tendida a secar.
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Rima lxxii