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"encaje" poems
Al pedir el boleto hay que impostar la voz. ¡ISOLA BELLA! ¡ISOLA BELLA! Isola Bella, tiene justo el grandor que queda bien, en la tela que pintan las inglesas. Isola Bella, con su palacio y hasta con el lema del escudo de sus puertas de pórfido: HUMILITAS ¡Salones! Salones de artesonados tormentosos donde cuatrocientas cariátides se hacen cortes de manga entre una bandada de angelitos. HUMILITAS Alcobas con lechos de topacio que exigen que quien se acueste en ellos se ponga por lo menos una aigrette de ave de paraíso en el trasero. HUMILITAS Jardines que se derraman en el lago en una cascada de terrazas, y donde los pavos reales abren sus blancas sombrillas de encaje, para taparse el sol o barren, con sus escobas incrustadas de zafiros y de rubíes, los caminos ensangrentados de amapolas. HUMILITAS Jardines donde los guardianes lustran las hojas de los árboles para que al pasar, nos arreglemos la corbata, y que ante la desnudez de las Venus que pueblan los boscajes nos brindan una rama de alcanfor... ¡ISOLA BELLA!... Isola Bella, sin duda, es el paisaje que queda bien, en la tela que pintan las inglesas. Isola Bella, con su palacio y hasta con el lema del escudo de sus puertas de pórfido: HUMILITAS
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Lago mayor
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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La obra de jehová
Cuando todas las cosas existían sin nombre, bajo el azul intacto de los cielos serenos, Jehová le dio músculos poderosos al hombre, y a la mujer los senos. Esa, sin duda alguna, fue su obra más alta; esa ha sido, sin duda, su más perfecta obra: con ella, a la mujer nada le sobra; sin ella, a la mujer todo le falta. Senos que pugnan por erguir sus conos, rebeldemente erectos tras la tela; senos agudos como dos enconos, como dos rutas blancas que nacen de una estela. Senos que ostentan terciopelos rubios, como la piel de los melocotones, y que fingen minúsculos Vesubios, creciendo horizontales sobre los corazones. Tímidos senos de las colegialas, que, en su gemela redondez de frutos, sugieren temblorosos nacimientos de alas a la salida de los Institutos. Senos de novia casta, traviesamente austeros, que excitan en la sombra los goces solitarios de los adolescentes y de los marineros, de los seminaristas y de los presidiarios. Toscos pechos de aldeana, que estiran los cordones del corpiño; pechos en los que triunfa la carne firme y sana, la incitación del hombre y la salud del niño. Pechos macizos de las solteronas, que, en los hondos escotes del verano, exhiben sus prestigios de inexploradas zonas y su angustia de surco que floreciera en vano. Senos exangües de la obrera, senos de ayunos largos y de higienes precarias; senos que disfrutaron de fugaz primavera sobre los mostradores de madera o entre el resuello de las maquinarias. Senos ajados de la prostituta, que la ruda caricia despojó de su seda, tal como se despoja de corteza una fruta, después de haber pagado por ella una moneda. Senos de extrañas razas y de remotos climas, bajo lunas de nieve, bajo soles de brasa... Senos que son dos inquietantes rimas, senos que son dos temblorosas cimas en la mujer que llega y en la mujer que pasa... Senos que, en el más noble sacrificio, en las maternidades magullaron sus flores, y, en una primavera de artificio, aún logran el consuelo de un esplendor ficticio con la falsa apariencia de los ajustadores. Senos que se alzan sólidos tras la blusa ceñida, o bajo una inconsútil transparencia de encaje; senos que fueron lo mejor de un viaje, y que son, casi siempre, lo mejor de la vida. Sí: hizo bien Jehová, cuando, a la clara fulguración primera de los cielos serenos, le otorgó a la mujer la gloria de los senos, ¡y los ojos al hombre, para que los mirara!
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Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Elegía lamentable
Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Por qué caminos del alba Andas descubriendo el cielo Ese, prometido a unos Los que sufrimos, creemos Y le pedimos a Dios Ir a bruñir sus luceros Porqué sendas, asombrada, Ya vas encontrando el cielo, Mientras aquí las banderas Y pueblos, están de duelo. Porque te fuiste, tan pronto Precipitando el invierno Cuando aun, lleno de flores, Se desgranaba febrero Yucas y conquistadores Te irán formando cortejo; Pizarro barbado y noble -Bronce, plata, encaje, acero- Con una ciudad de Torres Entre sus brazos sin huesos. Y una muchedumbre oscura Que va detrás de Atahualpa Te sigue cantando himnos En lengua quechua y aymara Ya estás, Gabriela, en la gloria, Mitad de princesa incaica, Mitad de reina española, Como Isabel, la magnánima. Ya sé que no has de escribir A nadie mas en la tierra, Que oficinas de correo A la eternidad se veda ¡Pero es tan dulce que sepas Gabriela, que toda América Por ti está tan conmovida Como tu patria chilena...! El cielo junto al copihue La orquídea venezolana Se une a la victoria-regia Del Brasil, y en la sabana De Colombia, los gomeros Detienen su savia trágica. ¡Toda la flora de América Quiere mirarte la cara! Asómate entre las nubes Una tarde arrebolada; Muéstranos tu frente ancha De madre tan bien amada, ¡Déjanos poquito a poco, Del todo no te nos vayas! Aquí ha quedado tu verso, Tu palabra estructurada Con lo mejor del idioma Y lo mejor de tu alma. Pero nos falta tu rostro Con la sonrisa cansada, Que a todos nos descansaba Cuando nos daba en los ojos. Oye, Gabriela, las voces Desde tu «bosque perfecto» Damos la señal que diga Que llega a ti nuestro acento, Y repasa, tu que tanto Sobre la tierra anduviste, ¡Reposa y se haga radiante Su risa aquella, tan triste! Descubre el cielo y descansa, Pero, Gabriela ¡no olvides!
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Carta a gabriela
Por qué caminos del alba Andas descubriendo el cielo Ese, prometido a unos Los que sufrimos, creemos Y le pedimos a Dios Ir a bruñir sus luceros Porqué sendas, asombrada, Ya vas encontrando el cielo, Mientras aquí las banderas Y pueblos, están de duelo. Porque te fuiste, tan pronto Precipitando el invierno Cuando aun, lleno de flores, Se desgranaba febrero Yucas y conquistadores Te irán formando cortejo; Pizarro barbado y noble -Bronce, plata, encaje, acero- Con una ciudad de Torres Entre sus brazos sin huesos. Y una muchedumbre oscura Que va detrás de Atahualpa Te sigue cantando himnos En lengua quechua y aymara Ya estás, Gabriela, en la gloria, Mitad de princesa incaica, Mitad de reina española, Como Isabel, la magnánima. Ya sé que no has de escribir A nadie mas en la tierra, Que oficinas de correo A la eternidad se veda ¡Pero es tan dulce que sepas Gabriela, que toda América Por ti está tan conmovida Como tu patria chilena...! El cielo junto al copihue La orquídea venezolana Se une a la victoria-regia Del Brasil, y en la sabana De Colombia, los gomeros Detienen su savia trágica. ¡Toda la flora de América Quiere mirarte la cara! Asómate entre las nubes Una tarde arrebolada; Muéstranos tu frente ancha De madre tan bien amada, ¡Déjanos poquito a poco, Del todo no te nos vayas! Aquí ha quedado tu verso, Tu palabra estructurada Con lo mejor del idioma Y lo mejor de tu alma. Pero nos falta tu rostro Con la sonrisa cansada, Que a todos nos descansaba Cuando nos daba en los ojos. Oye, Gabriela, las voces Desde tu «bosque perfecto» Damos la señal que diga Que llega a ti nuestro acento, Y repasa, tu que tanto Sobre la tierra anduviste, ¡Reposa y se haga radiante Su risa aquella, tan triste! Descubre el cielo y descansa, Pero, Gabriela ¡no olvides!
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La sutil hilandera teje su encaje oscuro Con ansiedad extraña, con paciencia amorosa. ¡Qué prodigio si fuera hecho de lino puro Y fuera, en vez de negra la araña, color rosa! En un rincón del huerto aromoso y sombrío La velluda hilandera teje su tela leve. En ella sus diamantes suspenderá el rocío Y la amarán la luna, el alba, el sol, la nieve. Amiga araña: hilo cual tú mi velo de oro Y en medio del silencio mis joyas elaboro. Nos une, pues, la angustia de un idéntico afán. Mas pagan tu desvelo la luna y el rocío. ¡Dios sabe, amiga araña, qué hallaré por el mío! ¡Dios sabe, amiga araña, qué premio me ****
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Melancolía
El vapor es el alma del agua, hermano mío, así como sonrisa del agua es el rocío, y el lago sus miradas y su pensar la fuente; sus lágrimas la lluvia; su impaciencia el torrente, y los ríos sus brazos; su cuerpo, la llanada sin coto de los mares, y las olas, sus senos; su frente, las neveras de los montes serenos, y sus cabellos de oro líquido, la cascada. Yo soy alma del agua, y el agua siempre sube: las transfiguraciones de esa alma son la nube, su Tabor es la tarde real que la empurpura: como el agua fue buena, su Dios la transfigura... Y ya es el albo copo que el azul riela, ya la zona de fuego, que parece una estela, ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje de un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje de un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura... Como el agua fue buena, su Dios la transfigura... -¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo. Dios, siempre Dios... ¡en cambio, yo nunca le contemplo! ¿Por qué si dios existe no deja ver sus huellas por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo, por qué no se halla escrito su nombre con estrellas en medio del esmalte magnífico del cielo? -Poeta, es que lo buscas con la ensoberbecida ciencia, que exige pruebas y cifras al Abismo... Asómate a las fuentes oscuras de tu vida, y allí verás su rostro: tu dios está en ti mismo. Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito; busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano; depón tu gran penacho de orgullo y de delito... -Ya está                 -¿Qué ves ahora?                                                     -La faz del infinito. -¿Y eres feliz?                               -¡Loemos a Dios, Vapor hermano!
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El vapor
El vapor es el alma del agua, hermano mío, así como sonrisa del agua es el rocío, y el lago sus miradas y su pensar la fuente; sus lágrimas la lluvia; su impaciencia el torrente, y los ríos sus brazos; su cuerpo, la llanada sin coto de los mares, y las olas, sus senos; su frente, las neveras de los montes serenos, y sus cabellos de oro líquido, la cascada. Yo soy alma del agua, y el agua siempre sube: las transfiguraciones de esa alma son la nube, su Tabor es la tarde real que la empurpura: como el agua fue buena, su Dios la transfigura... Y ya es el albo copo que el azul riela, ya la zona de fuego, que parece una estela, ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje de un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje de un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura... Como el agua fue buena, su Dios la transfigura... -¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo. Dios, siempre Dios... ¡en cambio, yo nunca le contemplo! ¿Por qué si dios existe no deja ver sus huellas por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo, por qué no se halla escrito su nombre con estrellas en medio del esmalte magnífico del cielo? -Poeta, es que lo buscas con la ensoberbecida ciencia, que exige pruebas y cifras al Abismo... Asómate a las fuentes oscuras de tu vida, y allí verás su rostro: tu dios está en ti mismo. Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito; busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano; depón tu gran penacho de orgullo y de delito... -Ya está                 -¿Qué ves ahora?                                                     -La faz del infinito. -¿Y eres feliz?                               -¡Loemos a Dios, Vapor hermano!
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El sol parece no querer salir y aquí dentro solo hay frío, el zumbido en mis oidos me impide pensar, sin norte ni sur, me he quedado hace un tiempo. El pasado son recuerdos borrosos que de vez en cuando manchan el paisaje, el futuro es una doña vestida de ***** y encaje, el presente se me hace insoportable, a la deriva me encuentro entre miedos e ilusiones. Fantasmas y soledad son la única constante.                Estoy cansada de olvidar.                Estoy cansada de llorar.
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Oct 2, 2018
Oct 2, 2018 at 11:55 AM UTC
A la deriva
Era un ritmo: el que vibra en el espacio como queja inmortal y se levanta y llega del Señor hasta el palacio ¡Un ritmo!, y en el cielo de topacio se perdió: ¡Como todo lo que canta! Era un ave: su nido en el paraje que habitamos formó; cual filoomela, gorjeaba al amparo del follaje. ¡Un ave! y sacudiendo su plumaje se alejó: ¡como todo lo que vuela! Era un lampo: el flamígero, de plata, que tiende su fulgor en la penumbra de casto amanecer, y se dilata por el éter. ¡Un lampo! y su luz grata se apagó: ¡como todo lo que alumbra! No fue su muerte conjunción febea ni puesta melancólica de Diana, sino eclipse de Vísper, que recrea los cielos con su luz, y parpadea y cede ante el fulgor de la mañana. Morir cuando la tumba nos reclama, cuando la dicha suspirando quedo: "Adiós", murmura, y se extinguió la llama de la fe, y aunque todo dice: "Ama", responde el corazón: "¡Si ya no puedo!"; cuando solo escuchamos dondequiera del tedio el gran monologar eterno, y en vano desparrama Primavera su florido caudal en la pradera, porque dentro llevamos el invierno, ¡bien está! Mas partir en pleno día, cuando el sol glorifica la jornada, cuando todo en el pecho ama y confía y la vida, Julieta enamorada, nos dice: ¡No te vayas todavía!, y forma la ilusión mundos d'encaje y los troncos de savia están henchidos, y las frondas perfuman el boscaje, y los nidos salpican el frondaje, y las aves arrullan en los nidos, ¡es muy triste, en verdad! Tal fue su suerte, ¡oh poeta!, y en vano a tu partida opusieron al par su muro fuerte Amor, más poderoso que la muerte; Juventud, ¡el paladion de la vida! Ave, ritmo, perfume, luz qu'encanta: el cariño a perderos se rebela; entre Dios y vosotros se levanta; mas os vais: ¡como todo lo que canta! os perdéis: ¡como todo lo que vuela...!
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Perlas negras - xl
Era un ritmo: el que vibra en el espacio como queja inmortal y se levanta y llega del Señor hasta el palacio ¡Un ritmo!, y en el cielo de topacio se perdió: ¡Como todo lo que canta! Era un ave: su nido en el paraje que habitamos formó; cual filoomela, gorjeaba al amparo del follaje. ¡Un ave! y sacudiendo su plumaje se alejó: ¡como todo lo que vuela! Era un lampo: el flamígero, de plata, que tiende su fulgor en la penumbra de casto amanecer, y se dilata por el éter. ¡Un lampo! y su luz grata se apagó: ¡como todo lo que alumbra! No fue su muerte conjunción febea ni puesta melancólica de Diana, sino eclipse de Vísper, que recrea los cielos con su luz, y parpadea y cede ante el fulgor de la mañana. Morir cuando la tumba nos reclama, cuando la dicha suspirando quedo: "Adiós", murmura, y se extinguió la llama de la fe, y aunque todo dice: "Ama", responde el corazón: "¡Si ya no puedo!"; cuando solo escuchamos dondequiera del tedio el gran monologar eterno, y en vano desparrama Primavera su florido caudal en la pradera, porque dentro llevamos el invierno, ¡bien está! Mas partir en pleno día, cuando el sol glorifica la jornada, cuando todo en el pecho ama y confía y la vida, Julieta enamorada, nos dice: ¡No te vayas todavía!, y forma la ilusión mundos d'encaje y los troncos de savia están henchidos, y las frondas perfuman el boscaje, y los nidos salpican el frondaje, y las aves arrullan en los nidos, ¡es muy triste, en verdad! Tal fue su suerte, ¡oh poeta!, y en vano a tu partida opusieron al par su muro fuerte Amor, más poderoso que la muerte; Juventud, ¡el paladion de la vida! Ave, ritmo, perfume, luz qu'encanta: el cariño a perderos se rebela; entre Dios y vosotros se levanta; mas os vais: ¡como todo lo que canta! os perdéis: ¡como todo lo que vuela...!
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Era el silencio miel sobre seda, y era un ungüento de paz la brisa. Yo iba del brazo con tu sonrisa    por la alameda. Tu boca dulce como un olvido me dio sus jugos bajo el follaje, y su chasquido     rozó mi oído         como un plumaje           de un cisne herido;               como un encaje                 desvanecido;                   como un celaje                     loco de viaje                       sobre un paisaje                           desconocido... Tu boca ungida de luz de trino, bordó una sombra de frases quedas... Tu boca tibia me supo a vino, y en la hojarasca de las veredas se alzó el revuelo de un remolino    de áureas monedas... Y fue el silencio como una gruta, y la quimera fue como un río donde bogaron tu amor y el mío... Y fue tu boca como una fruta humedecida por el rocío...  Como amputando gestos sombríos bruñó la luna su filo de hacha, y retorciendo sus dedos fríos    cruzó una racha... Yo unté de besos tu boca roja, tu boca dulce como un regreso, y en cada árbol fue cada hoja un eco verde de cada beso. Tu boca intacta me dio sus rasos, tu voz sin bordes me dio su seda, y, en la delicia de los retrasos, moría el roce de nuestros pasos en el silencio de la alameda...
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Balada en la alameda
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Por este sobrio estilo
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Los sucesivos soles del verano, la sucesión del sol y sus veranos, todos los soles, el solo, el sol de soles, hechos ya hueso terco y leonado, cerrazón de materia enfriada. Puño de piedra, piña de lava, osario, no tierra, isla tampoco, peña despeñada, duro durazno, gota de sol petrificada. Por las noches se oye el respirar de las cisternas, el jadeo del agua dulce turbada por el mar. La hora es alta y rayada de verde. El cuerpo obscuro del vino en las jarras dormido es un sol más ***** y fresco. Aquí la rosa de las profundidades es un candelabro de venas rosadas encendido en el fondo del mar. En tierra, el sol lo apaga, pálido encaje calcáreo como el deseo labrado por la muerte. Rocas color de azufre, altas piedras adustas. Tú estás a mi costado. Tus pensamientos son negros y dorados Si alargase la mano cortaría un racimo de verdades intactas. Abajo, entre peñas centelleantes, va y viene el mar lleno de brazos. Vértigos. La luz se precipita. Yo te miré a la cara, yo me asomé al abismo: mortalidad es transparencia. Osario, paraíso: nuestras raíces anudadas en el **** en la boca deshecha de la Madre enterrada. Jardín de árboles incestuosos sobre la tierra de los muertos.
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Ustica
Distinta tú serías a todas las mujeres, Si hacerte y rehacerte, cada vez que lo quieres, El alma no supieras. Lo haces con una nada; Y tu arte es tal, que cada Ocasión que te veo, Me subyugas, y que eres otra mujer yo creo. Tú sabes que en lo vida todo se va gastando, Que nuestro amor es viejo, y es siempre entonces cuando Engaño e ingenio luces, que en ti son inherentes, Y ante mí te presentas con ojos diferentes. El brillo de tu rostro se ve más bello y vivo Entre capa de pieles; con mayor atractivo Renaces de la seda, de un bien cortado traje y de rondas de encaje; Y después... los sombreros. Algo más llamativo En ti siempre descubro. Y eso es, precisamente, Por los grandes sombreros, lo que hace que los ojos Aparezcan más negros, pues ocultan la frente. Porque muy bien comprendes, con tu sabiduría E ingenio despejado, Que debes, cuando observas mi amor ya fatigado, Confeccionarte un alma, que no te conocía. Al verte en ese instante, Los labios te saqueo con mis besos nerviosos, Y tomo tu semblante. En mis manos febriles, y agito tus undosos Cabellos, y me río... más feliz, más amante. Pero cuando los rizos te deshago, y encuentro Tus verdaderos ojos, y el alma reconcentro, Veo que son los mismos. Y cuando febrilmente Agito con los dedos tu rubia cabellera Y asoma tu cabeza revuelta de repente, Reveo con profundo desencanto tu frente, La de la vez primera. ¡Eres tú, la de siempre, pues no has cambiado nada! Y aquella tu alma efímera con mis ósculos trato De reanimar. Mas huye mi ilusión disipada, Y entonces me pareces de tu madre el retrato.
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Almas, modas, etc.
Distinta tú serías a todas las mujeres, Si hacerte y rehacerte, cada vez que lo quieres, El alma no supieras. Lo haces con una nada; Y tu arte es tal, que cada Ocasión que te veo, Me subyugas, y que eres otra mujer yo creo. Tú sabes que en lo vida todo se va gastando, Que nuestro amor es viejo, y es siempre entonces cuando Engaño e ingenio luces, que en ti son inherentes, Y ante mí te presentas con ojos diferentes. El brillo de tu rostro se ve más bello y vivo Entre capa de pieles; con mayor atractivo Renaces de la seda, de un bien cortado traje y de rondas de encaje; Y después... los sombreros. Algo más llamativo En ti siempre descubro. Y eso es, precisamente, Por los grandes sombreros, lo que hace que los ojos Aparezcan más negros, pues ocultan la frente. Porque muy bien comprendes, con tu sabiduría E ingenio despejado, Que debes, cuando observas mi amor ya fatigado, Confeccionarte un alma, que no te conocía. Al verte en ese instante, Los labios te saqueo con mis besos nerviosos, Y tomo tu semblante. En mis manos febriles, y agito tus undosos Cabellos, y me río... más feliz, más amante. Pero cuando los rizos te deshago, y encuentro Tus verdaderos ojos, y el alma reconcentro, Veo que son los mismos. Y cuando febrilmente Agito con los dedos tu rubia cabellera Y asoma tu cabeza revuelta de repente, Reveo con profundo desencanto tu frente, La de la vez primera. ¡Eres tú, la de siempre, pues no has cambiado nada! Y aquella tu alma efímera con mis ósculos trato De reanimar. Mas huye mi ilusión disipada, Y entonces me pareces de tu madre el retrato.
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¿Habrá en otra región de azules velos Un lenguaje de amor y poesía, El lenguaje del mar y de los cielos Cuando sus áureas puertas abre el día? Ese, que en el encino ia paloma Preludia al despertar dentro del nido; El que dice a las brisas el aroma De una flor que se muere en el olvido. La lengua de la estrella y del celaje, La que susurra el palmeral sombrío, La de la espuma que en nevado encaje Viste al nenúfar que retrata el río. ¿Habrá esa lengua mística y serena Sin liras burdas y sin arpas rotas? Existe y tú la sabes, dulce Elena, Porque tu mano la encontró en las notas. Cuando tocas, el alma se estremece; Trema la vida al golpe de tu mano Y en éxtasis sublime nos parece Que los ángeles hablan en el piano. Artista toda luz, tu lumbre clara A las almas deslumhra y las engríes; ¡Das gloria a la sin par Guadalajara Búcaro de gardenias y alhelíes! ¡Toca...! los que sufrimos descansamos; Con tu genio inmortal nos maravillas Y si por bella y pura te admiramos, Cuando tocas, te vemos de rodillas.
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A elena padilla
No creo que sea dejar ir, pero tampoco quedarse, como dar algo que no tienes, pero ¿cómo no darlo todo? ¿Qué forma le das al tiempo, esa geometría que encaje contigo pero sin llegar al egoísmo o al olvido exterior? Encontrar alguna señal o sinfonía entre los enredos de una lengua que al final no quiere hablar o tratar de enredárnosla para remisir. Pero al percibir esa conexión jamás tactada, que te hace darte sentir como si vives realmente por primera vez, como si sintieras que vives otra vez Tampoco es dejar ir si regué todo este campo con mi sudor, tanto que, si me voy, por más que el suelo grite que es mío, el cielo refleje mis ojos y la brisa empape mi aroma, si alguien más está aquí cuando no esté ni mi sombra, al final nunca fue mío. Por más camino y por más verde, nunca fue mío. Lo florecí, yo lo regué de mí, pero antes de mí ya estaba. Ya había brisa, ya había cielo y ya había tierra. Quedarse… pero las brasas del sol adhieren mi piel al suelo. Por más lunas, nuble o llueva, siempre regresa al amanecer. Siempre llega el día a derretir mi reloj que marca mi horario. ¿Qué geometría le pondré ahora al tiempo? ¿Qué tenía que vestir? ¿Quién soy yo? Soy de este verde, este cielo con mis pupilas y esta brisa de mí… pero ¿quién soy yo ahora? ¿Quién era yo antes de sudar esto hasta que germinara, antes de que mi piel se adheriera al suelo? Irme, pero sin mi piel, sin mis ojos, dejar el viento que refrescaba mis noches, sin mi aroma, pero sin tener que esperar a que los vapores llegaran a tapar el sol. Pero bueno… ¿Entender a la lengua o tratar de enredármela yo? ¿La lengua quiere que la entienda?
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Aug 11, 2025
Aug 11, 2025 at 3:11 PM UTC
Cómo escribirle un poema a alguien que no sabe leer
No creo que sea dejar ir, pero tampoco quedarse, como dar algo que no tienes, pero ¿cómo no darlo todo? ¿Qué forma le das al tiempo, esa geometría que encaje contigo pero sin llegar al egoísmo o al olvido exterior? Encontrar alguna señal o sinfonía entre los enredos de una lengua que al final no quiere hablar o tratar de enredárnosla para remisir. Pero al percibir esa conexión jamás tactada, que te hace darte sentir como si vives realmente por primera vez, como si sintieras que vives otra vez Tampoco es dejar ir si regué todo este campo con mi sudor, tanto que, si me voy, por más que el suelo grite que es mío, el cielo refleje mis ojos y la brisa empape mi aroma, si alguien más está aquí cuando no esté ni mi sombra, al final nunca fue mío. Por más camino y por más verde, nunca fue mío. Lo florecí, yo lo regué de mí, pero antes de mí ya estaba. Ya había brisa, ya había cielo y ya había tierra. Quedarse… pero las brasas del sol adhieren mi piel al suelo. Por más lunas, nuble o llueva, siempre regresa al amanecer. Siempre llega el día a derretir mi reloj que marca mi horario. ¿Qué geometría le pondré ahora al tiempo? ¿Qué tenía que vestir? ¿Quién soy yo? Soy de este verde, este cielo con mis pupilas y esta brisa de mí… pero ¿quién soy yo ahora? ¿Quién era yo antes de sudar esto hasta que germinara, antes de que mi piel se adheriera al suelo? Irme, pero sin mi piel, sin mis ojos, dejar el viento que refrescaba mis noches, sin mi aroma, pero sin tener que esperar a que los vapores llegaran a tapar el sol. Pero bueno… ¿Entender a la lengua o tratar de enredármela yo? ¿La lengua quiere que la entienda?
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De aquella extraña noche que no fue tuya y mía, pero que en mí fue tuya, como fue mía en ti, me queda lo que queda de un sueño al otro día, o el regreso de un viaje que jamás emprendí. Pero fue más que un sueño. Pero fue más que un viaje. Fue una penumbra rosa y una ventana al mar. Y el viento removía las cortinas de encaje como si se estuviera desvistiendo al entrar. No fuiste mía, es cierto, ni te besé siquiera, pero te sentí mía, mía de otra manera, mujer de un solo instante maravilloso y cruel; porque te vi desnuda, de pie, frente a un espejo, y así hermosa dos veces, en ti y en tu reflejo, te sigo recordando frente al espejo aquel.
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La dama del espejo
Fatigada ya, su mano Sobre las teclas *** Y soñolienta arrancó El último acorde al piano. Y como aroma que exhala Una flor, y al viento flota, Aquella postrera nota Queda vagando en la sala. Y va la niña a su alcoba, Y se alzan visiones puras De las blancas colgaduras De su lecho de caoba. Por el alto mirador Entran a la tibia estancia El rumor y la fragancia De los naranjos en flor. Se ve al través del boscaje Un astro que parpadea, Y la brisa cuchichea En las cortinas de encaje. Y de un amor ideal, Memorias quizá adoradas, Hay flores secas, regadas En las mesas de nogal. Entre esos ramos dispersos, De festines olvidados, Muestra sus cortes dorados Abierto un libro de versos. Al fulgor azul y escaso Que la lámpara derrama Brillan cerca de la cama Sus zapatillas de raso. Y finge la luz visiones, Visiones que sonrientes Se reclinan indolentes En los tallados sillones. Y en la penumbra se ve, Bañado en tenue fulgor, Afuera del cobertor Su breve y rosado pie. Todo yace en calma. Hermosa La luna su lumbre riega, Y a besar el lecho llega Donde la virgen reposa. ¡Cómo su pecho se ensancha Ante esa luz de consuelo! Es la bendición del cielo Sobre esa frente sin mancha.
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Su alcoba
Bien sus cortinas sean de sarga o de brocado, Triste como una tumba, o alegre como un nido, Es en él donde el hombre duerme en paz o se ha unido; Esposo, madre o virgen, en él hemos soñado. De muerte o de amor, agua bendita lo ha regado, Y bajo cruz o ramo que consuelo ha traído, En él todo comienza y todo ha concluido, Desde la infancia al cirio que arde ante un ser amado. Pobre, o de rico encaje su cimera adornada, De oro vivo o de rojo su madera pintada, De encina, roble o pino, cerrado o descubierto, Feliz quien con el alma tranquila dormir pueda En el paterno lecho, de tela humilde o seda, Donde todos los suyos han nacido y han muerto.
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El lecho
A ver cómo es. Estaba quieta la inquietud por una vez. La desazón en sazón y ¡cómo se parecía el mundo a Gerarda envuelta en sensaciones de encaje! Las palabras chocan contra la tarde y no la descomponen y la furia no me deja solo conmigo. Hay mucha sombra militar que no me deja solo en la esquina donde Gerarda y yo decíamos "te soy" para decir "me soy", en vos, que te fuiste a vivir con los muertos. ¿Eso se hace? La primavera vive sin pensar, pero yo no soy la primavera, cuento huesos y sangre del sueño que vendrá. También nosotros soñamos sobre sangre que vendrá. En el revés del mundo crece el cosmos y Gerarda está allí, donde nuestro dolor será nada.
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Certezas
El alba aún no aparece en su gloria de oro. Canta el mar con la música de sus ninfas en coro y el aliento del campo se va cuajando en bruma. Teje la náyade el encaje de su espuma y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma. Es el momento en que el salvaje caballero se ve pasar. La tribu aúlla y el ligero caballo es un relámpago, veloz como una idea. A su paso, asustada, se para la marea. La náyade interrumpe la labor que ejecuta y el director del bosque detiene la batuta. -¿Qué pasa?-desde el lecho pregunta Venus bella. Y Apolo: -Es Sagitario que ha robado una estrella.
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Epitalamio bárbaro