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"alfombra" poems
Spanish La princesita hipsipilo, la vibrátil filigrana, —Princesita ojos turquesas esculpida en porcelana— Llamó una noche a mi puerta con sus manitas de lis. Vibró el cristal de su voz como una flauta galana. —Yo sé que tu vida es gris. Yo tengo el alma de rosa, frescuras de flor temprana, Vengo de un bello país A ser tu musa y tu hermana!— Un abrazo de alabastro…luego en el clavel sonoro De su boca, miel suavísima; nube de perfume y oro La pomposa cabellera me inundó como un diluvio. O miel, frescuras, perfumes!…Súbito el sueño, la sombra Que embriaga..Y, cuando despierto, el sol que alumbra en mi alfombra Un falso rubí muy rojo y un falso rizo muy rubio! English The amazonian little princess, a vibratile filagree, —Turquoise eyes sculpted of porcelain, little princess— Called one night at my door with her small hands of iris. And the trilling crystal of her voice was like an elegant flute: —I know your life is gray. I have the soul of a rose, the dew of budding flowers, I come from a beautiful country To be your sister and muse!—. An arm of alabaster…then, in the sonorous carnation Of her mouth, softest honey; in a cloud of gold and perfume She surrounded me, brash horsewoman, like a deluge. Oh honey, freshness, perfumer!…The sudden dream, the shadow Which intoxicates…and when I wake, the sun that falls on my carpet In a false ruby very red, and a false ringlet very blond.
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El Poeta Y La Ilusion (The Poet And The Illusion)
Llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día; darle al sudor lo suyo y darle al sueño y al breve paraíso y al infierno y al cuerpo y al minuto lo que piden; reír como el mar ríe, el viento ríe, sin que la risa suene a vidrios rotos; beber y en la embriaguez asir la vida, bailar el baile sin perder el paso, tocar la mano de un desconocido en un día de piedra y agonía y que esa mano tenga la firmeza que no tuvo la mano del amigo; probar la soledad sin que el vinagre haga torcer mi boca, ni repita mis muecas el espejo, ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes -papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento- no son aún el prometido infierno; que no me duela más aquel deseo, helado por el miedo, llaga fría, quemadura de labios no besados: el agua clara nunca se detiene y hay frutas que se caen de maduras; saber partir el pan y repartirlo, el pan de una verdad común a todos, verdad de pan que a todos nos sustenta, por cuya levadura soy un hombre, un semejante entre mis semejantes; pelear por la vida de los vivos, dar la vida a los vivos, a la vida, y enterrar a los muertos y olvidarlos como la tierra los olvida: en frutos… Y que a la hora de mi muerte logre morir como los hombres y me alcance el perdón y la vida perdurable del polvo, de los frutos, y del polvo. Tal sobre el muro rotas uñas graban un nombre, una esperanza, una blasfemia, sobre el papel, sobre la arena, escribo estas palabras mal encadenadas. Entre sus secas sílabas acaso un día te detengas: pisa el polvo, esparce la ceniza, sé ligera como la luz ligera y sin memoria que brilla en cada hoja, en cada piedra, dora la tumba y dora la colina y nada la detiene ni apresura.
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La vida sencilla
Llamar al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día; darle al sudor lo suyo y darle al sueño y al breve paraíso y al infierno y al cuerpo y al minuto lo que piden; reír como el mar ríe, el viento ríe, sin que la risa suene a vidrios rotos; beber y en la embriaguez asir la vida, bailar el baile sin perder el paso, tocar la mano de un desconocido en un día de piedra y agonía y que esa mano tenga la firmeza que no tuvo la mano del amigo; probar la soledad sin que el vinagre haga torcer mi boca, ni repita mis muecas el espejo, ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes -papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento- no son aún el prometido infierno; que no me duela más aquel deseo, helado por el miedo, llaga fría, quemadura de labios no besados: el agua clara nunca se detiene y hay frutas que se caen de maduras; saber partir el pan y repartirlo, el pan de una verdad común a todos, verdad de pan que a todos nos sustenta, por cuya levadura soy un hombre, un semejante entre mis semejantes; pelear por la vida de los vivos, dar la vida a los vivos, a la vida, y enterrar a los muertos y olvidarlos como la tierra los olvida: en frutos… Y que a la hora de mi muerte logre morir como los hombres y me alcance el perdón y la vida perdurable del polvo, de los frutos, y del polvo. Tal sobre el muro rotas uñas graban un nombre, una esperanza, una blasfemia, sobre el papel, sobre la arena, escribo estas palabras mal encadenadas. Entre sus secas sílabas acaso un día te detengas: pisa el polvo, esparce la ceniza, sé ligera como la luz ligera y sin memoria que brilla en cada hoja, en cada piedra, dora la tumba y dora la colina y nada la detiene ni apresura.
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Árbol, buen árbol, que tras la borrasca te erguiste en desnudez y desaliento, sobre una gran alfombra de hojarasca que removía indiferente el viento... Hoy he visto en tus ramas la primera hoja verde, mojada de rocío, como un regalo de la primavera, buen árbol del estío. Y en esa verde ***** que está brotando en ti de no sé dónde, hay algo que en silencio me pregunta o silenciosamente me responde. Sí, buen árbol; ya he visto como truecas el fango en flor, y sé lo que me dices; ya sé que con tus propias hojas secas se han nutrido de nuevo tus raíces. Y así también un día, este amor que murió calladamente, renacerá de mi melancolía en otro amor, igual y diferente. No; tu augurio risueño, tu instinto vegetal no se equivoca: Soñaré en otra almohada el mismo sueño, y daré el mismo beso en otra boca. Y, en cordial semejanza, buen árbol, quizá pronto te recuerde, cuando brote en mi vida una esperanza que se parezca un poco a tu hoja verde...
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Poema del árbol
Bebo del agua limpia y clara del arroyo Y vago por los campos  teniendo por apoyo Un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido Que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.   Así paso los días, morena y descuidada, Sobre la suave alfombra de la grama aromada, Comiendo de la carne jugosa de las fresas O en busca de fragantes racimos de frambuesas.   Mi cuerpo está impregnado el aroma ardoroso De los pastos maduros. Mi cabello sombroso Esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno, A salvia, a yerbabuena  y a flores de centeno.   ¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena, Cual si fuera la diosa del trigo y de la avena!             ¡Soy casta como Diana Y huelo a hierba clara nacida en la mañana!
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Salvaje
Yo te he nombrado reina. Hay más altas que tú, más altas. Hay más puras que tú, más puras. Hay más bellas que tú, hay más bellas. Pero tú eres la reina. Cuando vas por las calles nadie te reconoce. Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira la alfombra de oro rojo que pisas donde pasas la alfombra que no existe. Y cuando asomas suenan todos los ríos en mi cuerpo, sacuden el cielo las campanas, y un himno llena el mundo. Sólo tú y yo, sólo tú y yo, amor mío, lo escuchamos.
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La reina
Ir muriendo y cantando. Y bautizar la sombra con sangre babilónica de noble gladiador. Y rubricar los cuneiformes de la áurea alfombra con la pluma del ruiseñor y la tinta azul del dolor. ¿La Vida? Hembra proteica. Contemplarla asustada escaparse en sus velos, infiel, falsa Judith; verla desde la herida, y asirla en la mirada, incrustando un capricho de cera en un rubí. Mosto de Babilonia, Holofernes, sin tropas, en el árbol cristiano yo colgué mi nidal; la viña redentora negó amor a mis copas; Judith, la vida aleve, sesgó su cuerpo hostial. Tal un festín pagano. Y amarla hasta en la muerte, mientras las venas siembran rojas perlas de mal; y así volverse al polvo, conquistador sin suerte, dejando miles de ojos de sangre en el puñal.
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Pagana
De tu peso vencido, verde honor del verano, yaces en este llano del tronco antiguo y noble desasido. Dando venganza estás de ti a los vientos, cuyas líquidas iras despreciabas, cuando de ellos con ellas murmurabas, imitando a mis quejas los acentos. Humilde agora entre las yerbas suenas, cosa que de tu altura nunca temer pudieron las arenas; y ofendida del tiempo tu hermosura, ocupa en la ribera el lugar que ocupó tu propia sombra. Menos gastos tendrá la primavera en vestir este valle después que faltas a su verde alfombra. ¿Qué hará el jilguero dulce cuando halle su patria con tus hojas en el suelo? ¿Y la parlera fuente, que aun ignorante de prisión de yelo, exenta de la sed del sol corría? Sin duda llorará con su corriente la licencia que has dado en ella al día. Tendrá un retrato menos Pisuerga que mostrar al caminante en sus cristales puros. Cualquier pájaro amante desiertos dejará tus brazos duros, y vengo a poner duda si, para que te habite en llanto tierno, a la tórtola basta el ser vïuda. Y porque tengo miedo que el invierno pondrá necesidad a algún villano, tal, que se atreva con ingrata mano a encomendarte al fuego, yo te quiero llevar a mi cabaña, por lo que mi cansancio, estando ciego, a tu sombra le debe. Descansarás el báculo de caña con que mi vida tristes años mueve; y ojalá que yo fuera rey, como soy pastor de la ribera, que, cetro antes que báculo cansado, no canas sustentaras, sino estado.
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A un ramo que se desgajó con el peso de su fruta
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Selva tropical
¡Alta selva, morada de la sombra! Cual se solaza el alma en tu frescura, Sobre tu muelle alfombra, Bajo tu dombo inmenso de verdura. En ti el génesis late, en ti se agita La savia creadora; Eres arpa salvaje, vibradora, Donde la vida universal palpita. Los árboles, pilastra de tu arcada, Se retuercen leprosos, En la inmensa hondonada; Y muestran vigorosos Sus blancas barbas, que remece el viento, Cual guerreros pendones De gigantes en ancho campamento. Y el río entre los antros pavorosos Donde ruedan las aguas turbulentas, Al chocar en los altos pedrejones Salta en recios turbiones, Y ruge cual si fuera las Tormentas Cabalgando en los negros Aquilones. En la orilla, debajo de las frondas, Se ve el plumaje de las garzas blancas Y allá, del pasto entre las verdes ondas, Los toros muestran sus lucientes ancas. En la cálida hora del bochorno; Abrasa el sol y enerva; Se inclina mustia la naciente yerba, Y arroja el suelo un hábito de horno. Se ven del tigre en el fangal las marcas; Y en la vaga penumbra, entre las quiebras, Junto a las negras charcas Yacen aletargadas las culebras. Trasciende el aura a  vírgenes efluvios; El humo de la roza, azul y blanco Sube de la montaña por el flanco, Y alzan las cañas sus airones rubios, Del sol de los fulgores, Como penachos de indios vencedores; Y traen a la vega, bulliciosos, Los vientos tropicales, El ruido de los plátanos hojosos Y el lejano rumor de los maizales. Y en la playa desierta, Sobre la seca arena, perezosos, Cual negros troncos, con la jeta abierta, Descansan los caimanes escamosos. En la cercana loma, En un recodo del camino, asoma Feliz pareja de labriegos.                                                       Ella, Núbil, fornida y bella, De ojos negros y ardientes, y de roja Boca virgínea, y de apretado seno Que forma curva en la camisa floja; Y él, atlético y lleno De juventud y vida, musculoso, Con muñecas de recia contextura, Hechas como muñecas de coloso De alguna raza extraña, Para domar el potro en la llanura, Para tumbar el roble en la montaña. Y la feliz pareja al fin se pierde, Entre la selva enmarañada y verde. Pan jadea, de lúbricos ardores Henchido el pecho, bajo el cielo urente Y pasa un soplo sensual, ardiente, Fecundando los nidos y las flores.
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Sobre las mesas, botellas decapitadas de "champagne" con corbatas blancas de payaso, baldes de níquel que trasuntan enflaquecidos brazos y espaldas de "cocottes". El bandoneón canta con esperezos de gusano baboso, contradice el pelo rojo de la alfombra, imanta los pezones, los ***** y la ***** de los zapatos. Machos que se quiebran en un corte ritual, la cabeza hundida entre los hombros, la jeta hinchada de palabras soeces. Hembras con las ancas nerviosas, un poquitito de espuma en las axilas, y los ojos demasiado aceitados. De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan un corcovo y pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme espejo se derrumba con las columnas y la gente que tenía dentro; mientras entre un oleaje de brazos y de espaldas estallan las trompadas, como una rueda de cohetes de bengala. Junto con el vigilante, entra la aurora vestida de violeta.
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Milonga
Buenos dias Adiós Buenas noches Para todos los días. Con ambas manos te beso de por vida Para las flores del mañana Y felicidad en la alfombra. un beso a la izquierda Y otro a la derecha No es nada feo. En lo profundo de tu garganta apretada nado no muy lejos de la hierba Como un tiburón poderoso. Copyright © Agosto 2024, Hébert Logerie, Todos los derechos reservados. Hébert Logerie es autor de varias colecciones de poesía.
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Nov 12, 2024
Nov 12, 2024 at 12:00 PM UTC
Besos Gemelos
Ha pasado la siesta y la hora del Poniente se avecina, y hay ya frescor en esta costa que el sol del Trópico calcina. Hay un suave alentar de aura marina y el Occidente finge una floresta que una llama de púrpura ilumina.Sobre la arena dejan los cangrejos la ilegible escritura de sus huellas. Conchas color de rosa y de reflejos áureos, caracolillos y fragmentos de estrellas de mar forman alfombra sonante al paso en la armoniosa orilla. Y cuando Venus brilla, dulce, imperial amor de la divina tarde, creo que en la onda suena o son de lira, o canto de sirena. Y en mi alma otro lucero, como el de Venus, arde.
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Vesperal
Una parva es un lecho que Amor aroma y mulle, Y el sol, como un amigo cómplice, entibia y dora. Tan pronto hace de nido donde un jilguero bulle, Como es cama mullida de cansada pastora. La adoran los zagales. Las parvas campesinas Se prestan a inocentes placeres rustícanos, O son como opulentas y agrestes celestinas Erguidas en la alfombra musgosa de los llanos. Dafnis y Cloe buscan su sombra protectora. Juega como un cordero la pequeña pastora Rodando entre la paja que le dora las greñas. Y, cómplices de amantes en las nocturnas citas, Se aroman de ese vago perfume a margaritas Que llevan en las alas las auras abrileñas.
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Las parvas
La tortuga de oro camina por la alfombra y traza por la alfombra un misterioso estigma; sobre su carapacho hay grabado un enigma y círculo enigmático se dibuja en su sombra.Esos signos nos dicen al Dios que no se nombra y ponen en nosotros su autoritario estigma: ese círculo encierra la clave del enigma que a Minotauro mata y a la Medusa asombra.Ramo de sueños, mazo de ideas florecidas en explosión de cantos y en floración de vidas, sois mi pecho suave, mi pensamiento parco.Y cuando hayan pasado las sedas de la fiesta, decidme los sutiles efluvios de la orquesta y lo que está suspenso entre el violín y el arco.
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A amado nervo
En el blanco infinito, nieve, nardo y salina, perdió su fantasía.   El color blanco, anda, sobre una muda alfombra de plumas de paloma.   Sin ojos ni ademán, inmóvil sufre un sueño. Pero tiembla por dentro.   En el blanco infinito, ¡qué pura y larga herida dejó su fantasía!   En el blanco infinito. Nieve. Nardo. Salina.
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Juan ramón jiménez
Y tú también quejido, inútil, extraviado, de tranvía ya loco de trajes y de horarios; adentro de mis venas, en mi tiempo, en mis huesos, mezclado a mi silencio, a mi pulso, a mi fiebre, a todo lo que impregna esta vigilia estéril, con ritmo de gotera, de persiana que se abre y golpea, golpea, aquí, adentro de lo hueco, donde estoy confinado, recluido entre tendones, asomado a los párpados, aquí, entre azoteas, ventanas, moribundos, vajillas que se bañan, rodeado de papeles, de todo lo que sufre mi presencia obstinada: los libros, la ceniza, los lápices, la silla, el pelo y la dulzura que se acerca, y me mira, la mesa y el ropero, con sus trajes ahorcados, la cama que me espera -el velamen tendido- anclada en la penumbra, ¿en el sueño?, ¿en la vida?, las cortinas, la alfombra, que miro y me entristece cuando voy a sacarme, con calma, los botines, y llega algún recuerdo fragmentario, perdido: las plazas de mi infancia, un camino, una casa; las manos, las caderas, las piernas amputadas de mujeres diluidas por las horas, los ruidos, que suelen detenerme, de pronto, en la certeza de haberlas poseído entre muebles extraños; mientras oigo la calle, la noche que oscuramente muge, como una vaca enferma, al ir a cobijarse en los grandes hangares que orinan los inviernos, mientras salen los trenes, taciturnos, quejosos, que van hacia la aurora desgarrando el silencio, con un grito oxidado que se mezcla a mis nervios, a mi tinta, a mi sangre.
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Nocturno 4
En la tranquila y recatada estancia, De áureos brocados y de roja alfombra, Un manojo de rosas su fragancia Al aire daba, en la naciente sombra. Suelto el rubio cabello, blanca y leve, Apareció la virgen soñadora, Y semejaba como airón de nieve Besado por un rayo de la aurora, En la penumbra medio oculto el piano, Confidente de sueños, se veía, Como aguardando conocida mano, Mensajera del ritmo y la armonía. ...Y las notas vibraron. De la luna, Que desceñía sus flotantes velos, Un rayo entró a la estancia, como una Indiscreta mirada de los cielos.
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Armonía lunar