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"absorto" poems
*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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May 22, 2014
May 22, 2014 at 9:20 PM UTC
Siento tu ternura allegarse a mi tierra
*Siento tu ternura allegarse a mi tierra, acechar la mirada de mis ojos, huir, la veo interrumpirse, para seguirme hasta la hora de mi silencio absorto y de mi afán de ti. Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan. Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha. Siento que se me suben los musgos de tu pena y me crecen a tientas en el alma infinita. Era esto el abandono, y lo sabías, era la guerra oscura del corazón y todos, era la queja rota de angustias conmovidas, y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir, y era eso mi vida, era eso que el agua de tus ojos llevaba, era eso que en el hueco de tus manos cabía. Ah, mariposa mía y arrullo de paloma, ah vaso, ah estero, ah compañera mía! Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba, en las abiertas noches de estrellas frías ahora, en el otoño, en el baile amarillo de los vientos hambrientos y las hojas caídas? Dímelo, te llegaba, aullando o cómo, o sollozando, en la hora de la sangre fermentada cuando la tierra crece y se cimbra latiendo bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar? Dímelo, me sentiste trepar hasta tu forma por todos los silencios, y todas las palabras? Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde. Es más allá de ti. Lo comprendes, hermana? Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos y ruedan las estrellas antes de mi mirada. Siento que soy la aguja de una infinita flecha, y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca, tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno, goteando en cada tierra sollozos y preguntas. Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío, lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda, hela aquí que me llena los miembros de abandono, hela aquí, tu ternura, amarrándose a las mismas raíces, madurando en la misma caravana de frutas, y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos como el licor del vino del centro de la uva.* ― Pablo Neruda
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*Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán! Lee todo en: Rima LIII - Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer http://www.poemas-del-alma.com/rima-liii.htm#ixzz32XxscF4bVolverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán!* ― Gustavo Adolfo Bécquer
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May 23, 2014
May 23, 2014 at 9:57 AM UTC
Volverán las oscuras golondrinas - Rima LIII
*Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán! Lee todo en: Rima LIII - Poemas de Gustavo Adolfo Bécquer http://www.poemas-del-alma.com/rima-liii.htm#ixzz32XxscF4bVolverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales jugando llamarán. Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... ¡esas... no volverán!. Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas sus flores se abrirán. Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día... ¡esas... no volverán! Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño tal vez despertará. Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate, ¡así... no te querrán!* ― Gustavo Adolfo Bécquer
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Mi madre parió un negrito al divorciarse de su hombre, es congo, congo, conguito, Y Congo tiene por nombre. Todos piden que camine y lo parieron ayer. Otros, que se elimine sin acabar de nacer... ¡Ay Congo, Yo sí me opongo! El mundo te mira absorto por tu nacimiento obscuro. Te consideran aborto por tu gatear inseguro. ¡Ay Congo, Cuánto rezongo! Yo he visto blancos nacer en condiciones iguales, y sus tropiezos de ayer se consideran normales. Mi Congo, congolesito que Congo tiene por nombre, hoy día es sólo un negrito mañana será un gran hombre: A las Montañas Mitumba llegará su altiva frente, Y el caudaloso Luaba Tendrá en sanguíneo torrente. ¡Sí Congo, Y no supongo! África ha sido la madre que pariera en un camastro Al niño Congo, sin padre, Que no desea padastro. ¡África, tierra sin frío, madre de mi obscuridad; cada amanecer ansío, cada amanecer ansío, cada amanecer ansío tu completa libertad!
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Congo libre
como la base, el cordon de pasion, que une dos personas la tibia conexion, de miel y fuego, pero solo, en llamas. como un pira eterna, sin descanzo, sin ojos, que como balsamo, ayuden a mitigar el dolor, que quema como la soledad, del que ama en la distancia. que ve en los ojos ajenos los de aquella que lo esperaba, y que lo ama aun. perdido, incompleto, fatuo, sin conexion, irrebediablemente, deambulando entre los hombres. como cuerpo sin alma, como hombre sin corazon, pues esta en las manos de la que lo amo. con los ojos perdidos, en el aparente desinteres, la noche acarrea, mis pasos de incompleta plenitud. absorto en mi mente, el deseo tantrico yace subsole, como mina abandonada en la penumbra, de una veta. el fatuo deseo, se escapa entre estertores, de un fuego eterno, que nunca se apaga, solo su balsamo, de color palorosa, amaina el fuego incompleto, tacito, fatuo inconexo. mientras subsole, frente mar, las dos sueñan con el hijo de venus, pero nunca lo tendran. en una decadente, fiesta eterna donde solo sufren, por el amor que no pueden tener. davide montecinos.
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Jul 6, 2016
Jul 6, 2016 at 8:43 AM UTC
incompleto
En el recodo de todo camino la vida me depare el bravo amor: y un vaso de aguardiente, ajenjo o vino, de arak o ***** o kirsch, o de ginebra; 1 un verso libre -audaz como el azor-, una canción, un perfume calino, un grifo, un gerifalte un búho, una culebra...       (y el bravo amor, el bravo amor, el bravo amor!) En el recodo de cada calleja la vida me depare el raro albur: 2 -con el tabardo roto, con la cachimba vieja y el chambergo agorero y el buido reojo, vagar so la alta noche de enlutecido azur: 3 murciélago macabro, sortílega corneja, ambular, divagar, discurrir al ritmo del antojo...       (y el raro albur, el raro albur, el raro albur!) En el recodo de todo sendero la vida me depare a esa mujer: y un horizonte para mi sed de aventurero, una música honda para surcar sus ondas, un corto día, un lento amanecer, 4 un lastrado silencio hosco y austero, la soledad, de pupilas redondas...       (y esa mujer, esa mujer, esa mujer!) En el recodo de cada vereda la vida me depare el ebrio azar: absorto ante el miraje que en mis ojos se enreda vibre yo -Prometeo de mi tontura pávida-; ante mis ojos fulvos, fulja el cobre del mar: su canto, en mis oídos mi grito acallar pueda! y exalte mi delirio su furia fría y ávida... 5       (el ebrio azar, el ebrio azar el ebrio azar!) Y en el recodo de todo camino la vida me depare un bel morir: 6 despéineme un balazo del pecho el vello fino, destrice un tajo acerbo mi sien osada y frágil: 7 -de mi cansancio el terco ir y venir: la fábrica de ensueños -tesoro de Aladino-, mi vida turbia y tarda, mi ilusión tensa y ágil...-       (un bel morir, un bel morir, un bel morir!)
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Canción de sergio stepansky
En el recodo de todo camino la vida me depare el bravo amor: y un vaso de aguardiente, ajenjo o vino, de arak o ***** o kirsch, o de ginebra; 1 un verso libre -audaz como el azor-, una canción, un perfume calino, un grifo, un gerifalte un búho, una culebra...       (y el bravo amor, el bravo amor, el bravo amor!) En el recodo de cada calleja la vida me depare el raro albur: 2 -con el tabardo roto, con la cachimba vieja y el chambergo agorero y el buido reojo, vagar so la alta noche de enlutecido azur: 3 murciélago macabro, sortílega corneja, ambular, divagar, discurrir al ritmo del antojo...       (y el raro albur, el raro albur, el raro albur!) En el recodo de todo sendero la vida me depare a esa mujer: y un horizonte para mi sed de aventurero, una música honda para surcar sus ondas, un corto día, un lento amanecer, 4 un lastrado silencio hosco y austero, la soledad, de pupilas redondas...       (y esa mujer, esa mujer, esa mujer!) En el recodo de cada vereda la vida me depare el ebrio azar: absorto ante el miraje que en mis ojos se enreda vibre yo -Prometeo de mi tontura pávida-; ante mis ojos fulvos, fulja el cobre del mar: su canto, en mis oídos mi grito acallar pueda! y exalte mi delirio su furia fría y ávida... 5       (el ebrio azar, el ebrio azar el ebrio azar!) Y en el recodo de todo camino la vida me depare un bel morir: 6 despéineme un balazo del pecho el vello fino, destrice un tajo acerbo mi sien osada y frágil: 7 -de mi cansancio el terco ir y venir: la fábrica de ensueños -tesoro de Aladino-, mi vida turbia y tarda, mi ilusión tensa y ágil...-       (un bel morir, un bel morir, un bel morir!)
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Erguida en tu silencio y en tu orgullo, no sé con qué señor que te enamora, comentas a manera de murmullo: «¡Mirad ese es el hombre que me adora!» Yo paso como siempre, absorto,... mudo, y tú nerviosamente te sonríes, sabiendo que detrás de mi saludo, te ahondas y después te me deslíes. Yo sé que ni te busco, ni te sigo, que nada te mendigo, ni reclamo, comento, nada más con un amigo: «Esa es la mujer que yo más amo». Yo sé que mi cariño recriminas, es claro tú no entiendes de esas cosas, qué sabe del perfume y las espinas, quien nunca estuvo al lado de las rosas. Tú sabes que jamás suplico nada, y me sabes cautivo de tus huellas, que vivo en la región de tu mirada, y comparto contigo las estrellas. Un día nos veremos nuevamente, y es lógico que bajes la cabeza, tendrás muchas arrugas en la frente, y el rostro entristecido y sin belleza. Serás menos sensual en la cadera, tus ojos no tendrán aquel hechizo, y aún murmuraré -«¡Si me quisiera!» tú sólo pensarás: «¡Cuánto me quiso!»
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Elegía por nosotros
Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño -de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso-;                                 entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego- callas... (Escucho tu silencio.                     Oigo constelaciones: existes.                         Creo en ti.                                     Eres.                                           Me basta).
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Me basta así
Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño -de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso-;                                 entonces, si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar que si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego- callas... (Escucho tu silencio.                     Oigo constelaciones: existes.                         Creo en ti.                                     Eres.                                           Me basta).
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Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar, y otra vez con el ala a sus cristales         jugando llamarán.   Pero aquellas que el  vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha a contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres...         ¡esas... no volverán!   Volverán las tupidas madreselvas de tu jardín las tapias a escalar, y otra vez a la tarde aún más hermosas         sus flores se abrirán.   Pero aquellas, cuajadas de rocío cuyas gotas mirábamos temblar y caer como lágrimas del día...         ¡esas... no volverán!   Volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar; tu corazón de su profundo sueño         tal vez despertará.   Pero mudo y absorto y de rodillas como se adora a Dios ante su altar, como yo te he querido...; desengáñate,         ¡así... no te querrán!
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Rima liii
Sinto a necessidade de ter calor humano, Por puro conforto, De sentir o meu corpo absorto. Necessidade tão intensa e imensa Longe do que se pensa, Longe de qualquer dano. O vento ouve-me, benevolente, O que vai na alma. Das palavras que correm na mente, Traz a minha outra metade na sua palma Para a alegria tomar conta da calma. Reparo no meu cabelo a voar, Nos meus dedos a moldar As linhas do horizonte. E tento retratar, magicar e afeiçoar A imagem que tenho de ti na fonte. Aproximo-me em passo na calada E os meus olhos aborvem cada camada Que no meu ver emerge. Tudo diverge Pois apareceste tu. O meu coração acelera Calmo noutra era. Num ápice lento Num rápido murmúrio Olho-te com um muito atento. Procuro fugir do teu olhar, Com o sangue a ferver, Com a cara a escaldar Cansada desta fuga por resolver: É aqui que vou ficar.
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May 16, 2014
May 16, 2014 at 7:43 AM UTC
Amor na calada
Delinquiría de leso corazón si no anegara con mi idolatría, en lacrimosa ablución, la imagen de la párvula sombría. Retrato para quien mi llanto mana a la una de la mañana, reflejando en su sal, que va sin brida, la minúscula frente desmedida... Cejas, andamio del alcázar del rostro , en las que ondula mi tragedia mimosa, sin la bula para un posible epitalamio... La niña del retrato se puso seria, y se veló su frente, y endureció los dos ojos profundos, como una migajita de otros mundos que caída en brumoso interinato, toda la angustia sublunar presiente. Fiereza desvalida, hecha a mirar el mar... Boca en bisel, como un espejo afable que no hable... Medias de almo color; para que vaya por la cernida arena de la playa... Las deleznables manos, que cavan pozos enanos, son carceleras de los océanos... Linda congoja de la frente linda, la que inerme y tiránica se brinda por modelo de copa y de coyunda y de lira rotunda... Retrato de iniciales sinfonías: tus cinco años son cinco bujías a cuya luz el alma llora; por eso a ti me abro como a la honestidad versicolora de un diminutivo candelabro. Los invisibles hombros, cual quimera en que un genio marítimo retoza, no columbran siquiera la adoración venidera que los ha de rozar, como se roza el codo de una estricta compañera. Párvula del retrato; seriedad prematura; linda congoja de un juego nonato que enfrente del fotógrafo se apura; pelo de enigma, como los edenes enigmáticos desde donde vienes; víspera bella que cantas en la Octava de mi más negra hora: hoy hice un alto por mojar tus plantas con sangre de mis ojos, y miré que salías del óvalo de bruma, como punto final que se incorpora y como duende de relojería, a dar en los relojes de mi fe la campanada de la dicha suma. Niña, venusto manual: yo te leía al borde de una estrella, leyéndote mortífera y vital; y absorto en el primor de la lectura pisé el vacío...                             Y voy en la centella de una nihilista locura.
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La niña del retrato
Delinquiría de leso corazón si no anegara con mi idolatría, en lacrimosa ablución, la imagen de la párvula sombría. Retrato para quien mi llanto mana a la una de la mañana, reflejando en su sal, que va sin brida, la minúscula frente desmedida... Cejas, andamio del alcázar del rostro , en las que ondula mi tragedia mimosa, sin la bula para un posible epitalamio... La niña del retrato se puso seria, y se veló su frente, y endureció los dos ojos profundos, como una migajita de otros mundos que caída en brumoso interinato, toda la angustia sublunar presiente. Fiereza desvalida, hecha a mirar el mar... Boca en bisel, como un espejo afable que no hable... Medias de almo color; para que vaya por la cernida arena de la playa... Las deleznables manos, que cavan pozos enanos, son carceleras de los océanos... Linda congoja de la frente linda, la que inerme y tiránica se brinda por modelo de copa y de coyunda y de lira rotunda... Retrato de iniciales sinfonías: tus cinco años son cinco bujías a cuya luz el alma llora; por eso a ti me abro como a la honestidad versicolora de un diminutivo candelabro. Los invisibles hombros, cual quimera en que un genio marítimo retoza, no columbran siquiera la adoración venidera que los ha de rozar, como se roza el codo de una estricta compañera. Párvula del retrato; seriedad prematura; linda congoja de un juego nonato que enfrente del fotógrafo se apura; pelo de enigma, como los edenes enigmáticos desde donde vienes; víspera bella que cantas en la Octava de mi más negra hora: hoy hice un alto por mojar tus plantas con sangre de mis ojos, y miré que salías del óvalo de bruma, como punto final que se incorpora y como duende de relojería, a dar en los relojes de mi fe la campanada de la dicha suma. Niña, venusto manual: yo te leía al borde de una estrella, leyéndote mortífera y vital; y absorto en el primor de la lectura pisé el vacío...                             Y voy en la centella de una nihilista locura.
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La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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El desconocido
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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Si yo jamás hubiera salido de mi villa, con una santa esposa tendría el refrigerio de conocer el mundo por un solo hemisferio. Tendría, entre corceles y aperos de labranza, a Ella, como octava bienaventuranza. Quizá tuviera dos hijos, y los tendría sin un remordimiento ni una cobardía. Quizá serían huérfanos, y cuidándolos yo, el niño iría de luto, pero la niña no. ¿No me hubieras vivido, tú, que fuiste una aurora, una granada roja de virginales gajos, una devota de María Auxiliadora y un misterio exquisito con los párpados bajos? Hacia tu pie, hermosura y alimento del día, recién nacidos, piando y piando de hambre rodaran los pollitos, como esferas de estambre. Quiero otra vez mis campos, mi villa y mi caballo que en el sol y en la lluvia lanza a mitad del viaje su relincho, penacho gozoso del paisaje. Corazón que en fatigas de vivir vas a nado y que estás florecido, como está la cadera de Venus, y ceniciento cual la madera en que grabó su puño de ánima el condenado: tu tarde será simple, de ejemplar feligrés absorto en el perfume de hogareños panqués y que en la resolana se santigua a las tres. Corazón; te reservo el mullido descanso de la coqueta villa en que el señor mi abuelo contaba las cosechas con su pluma de ganso. La moza me dirá con su voz de alfeñique marchándose al rosario, que le abrace la falda ampulosa, al sonar el último repique. Luego resbalaré por las frutales tapias en recuerdo fanático de mis yertas prosapias. Y si la villa, enfrente de la jocosa luna, me reclama la pérdida de aquel bien que me dio, sólo podré jurarle que con otra fortuna el niño iría de luto, pero la niña no.
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Mi villa
Si yo jamás hubiera salido de mi villa, con una santa esposa tendría el refrigerio de conocer el mundo por un solo hemisferio. Tendría, entre corceles y aperos de labranza, a Ella, como octava bienaventuranza. Quizá tuviera dos hijos, y los tendría sin un remordimiento ni una cobardía. Quizá serían huérfanos, y cuidándolos yo, el niño iría de luto, pero la niña no. ¿No me hubieras vivido, tú, que fuiste una aurora, una granada roja de virginales gajos, una devota de María Auxiliadora y un misterio exquisito con los párpados bajos? Hacia tu pie, hermosura y alimento del día, recién nacidos, piando y piando de hambre rodaran los pollitos, como esferas de estambre. Quiero otra vez mis campos, mi villa y mi caballo que en el sol y en la lluvia lanza a mitad del viaje su relincho, penacho gozoso del paisaje. Corazón que en fatigas de vivir vas a nado y que estás florecido, como está la cadera de Venus, y ceniciento cual la madera en que grabó su puño de ánima el condenado: tu tarde será simple, de ejemplar feligrés absorto en el perfume de hogareños panqués y que en la resolana se santigua a las tres. Corazón; te reservo el mullido descanso de la coqueta villa en que el señor mi abuelo contaba las cosechas con su pluma de ganso. La moza me dirá con su voz de alfeñique marchándose al rosario, que le abrace la falda ampulosa, al sonar el último repique. Luego resbalaré por las frutales tapias en recuerdo fanático de mis yertas prosapias. Y si la villa, enfrente de la jocosa luna, me reclama la pérdida de aquel bien que me dio, sólo podré jurarle que con otra fortuna el niño iría de luto, pero la niña no.
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Soñábamos algunos cuando niños, caídos En una vasta hora de ocio solitario Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro, Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida Plegar como una mies los cuerpos poderosos. Jóvenes luego, el sueño quedó lejos De un mundo donde desorden e injusticia, Hinchendo oscuramente las ávidas ciudades, Se alzaban hasta el aire absorto de los campos. Y en la revolución pensábamos: un mar Cuya ira azul tragase tanta fría miseria. El hombre es una nube de la que el sueño es viento. ¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño? Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana En la calma este soplo de muerte que nos lleva Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre. Un continente de mercaderes y de histriones, Al acecho de este loco país, está esperando Que vencido se hunda, solo ante su destino, Para arrancar jirones de su esplendor antiguo. Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida. Si con dolor el alma se ha templado, es invencible; Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo: No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso Agonizará antes, presa ya de la muerte, Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.
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Lamento y esperanza
Una gota de rocio Una caricia de lascivia Dos cuerpos unidos, Enlazados y conectados Perdidos en el otro, En una danza secreta E intima La concrecion del deseo, Sin ataduras, ni espacios Para el ego Juntos en la Unión sacra Y perfecta, dos mitades De un puzzle cosmico Llegando a puerto Sanos y salvos, el triunfo de la verdad La HERMOSA  consecuencia De la pasion, y la dulce recompensa de tus labios Un pedazo del cielo es yacer en tus brazos Y tú cuerpo, sobre El mio, alcanzando la Gloria Mientras bajo tu cuerpo Descanzo yo y mi Alma serenos Absorto y perdido En la dulzura de Tu cuerpo Y una caricia de lascivia De mis dedos en ti Y tu reaccion HERMOSA es la gloria para mi Y la musica d tus labios Es cancion divina Y la caricia lasciva Y el eco de tus ojos Resuena al despertar Como tu respiración En mi oido Yacer a tu lado, perdido En tus brazos de alabastro Y tus labios de rubi, mientras tu alma brilla De placer y verdades Y el deseo que nos une Perdido en tus brazos de alabastro, quizas fui Hallado.
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Jun 7, 2018
Jun 7, 2018 at 7:14 PM UTC
Conexion
En estos hiperbólicos minutos en que la vida sube por mi pecho como una marea de tributos onerosos, la plétora de vida se resuelve en renuncia capital y en miedo se liquida. Mi sufrimiento es como un gravamen de rencor, y mi dicha como cera que se derrite siempre en jubileos, y hasta mi mismo amor es como un tósigo que en la raíz del corazón prospera. Cobardemente clamo, desde el centro de mis intensidades corrosivas, a mi parroquia, el ave moderada, a la flor quieta y a las aguas vivas. Yo quisiera acogerme a la mesura, a la estricta conciencia y al recato de aquellas cosas que me hicieron bien... Anticuados relojes del Curato cuyas pesas de cobre se retardaban, con intención pura, por aplazarme indefinidamente la primera amargura. Obesidad de aquellas lunas que iban rodando, dormilonas y coquetas, por un absorto azul sobre los árboles de las banquetas. Fatiga incierta de un incierto piano en que un tema llorón se decantaba, con insomnio y desgano, en favor del obtuso centinela y contra la salud del hortelano. Santos de piedra que en el atrio exponen su casulla de piedra a la herejía del recio temporal. Garganta criolla de Carmen García que mandaba su canto hasta las calles envueltas en perfume vegetal. Cromos bobalicones, colgados por estímulo a la mesa, y que muestran sandías y viandas con exageraciones pictóricas; exánimes gallinas, y conejos en quienes no hizo sangre lo comedido de los perdigones. Canteras cuyo vértice poroso destila el agua, con paciente escrúpulo, en el monjil reposo del comedor, a cada golpe neto con que las gotas, simples y tardías, acrecen el caudal noches y días. Acudo a la justicia original de todas estas cosas; mas en mi pecho siguen germinando las plantas venenosas, y mi violento espíritu se halla nostálgico de sus jaculatorias y del pío metal de su medalla.
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El minuto cobarde
En estos hiperbólicos minutos en que la vida sube por mi pecho como una marea de tributos onerosos, la plétora de vida se resuelve en renuncia capital y en miedo se liquida. Mi sufrimiento es como un gravamen de rencor, y mi dicha como cera que se derrite siempre en jubileos, y hasta mi mismo amor es como un tósigo que en la raíz del corazón prospera. Cobardemente clamo, desde el centro de mis intensidades corrosivas, a mi parroquia, el ave moderada, a la flor quieta y a las aguas vivas. Yo quisiera acogerme a la mesura, a la estricta conciencia y al recato de aquellas cosas que me hicieron bien... Anticuados relojes del Curato cuyas pesas de cobre se retardaban, con intención pura, por aplazarme indefinidamente la primera amargura. Obesidad de aquellas lunas que iban rodando, dormilonas y coquetas, por un absorto azul sobre los árboles de las banquetas. Fatiga incierta de un incierto piano en que un tema llorón se decantaba, con insomnio y desgano, en favor del obtuso centinela y contra la salud del hortelano. Santos de piedra que en el atrio exponen su casulla de piedra a la herejía del recio temporal. Garganta criolla de Carmen García que mandaba su canto hasta las calles envueltas en perfume vegetal. Cromos bobalicones, colgados por estímulo a la mesa, y que muestran sandías y viandas con exageraciones pictóricas; exánimes gallinas, y conejos en quienes no hizo sangre lo comedido de los perdigones. Canteras cuyo vértice poroso destila el agua, con paciente escrúpulo, en el monjil reposo del comedor, a cada golpe neto con que las gotas, simples y tardías, acrecen el caudal noches y días. Acudo a la justicia original de todas estas cosas; mas en mi pecho siguen germinando las plantas venenosas, y mi violento espíritu se halla nostálgico de sus jaculatorias y del pío metal de su medalla.
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Niega toda razón lógica, absorto en un va y ven de pensamientos incesantes. Inmensurables fantasias desgarrando la realidad. Mientras el domingo le da la bienvenida a la noche, todos están moviéndose. Paso los días abrazada a la vieja soledad, le digo que su visita ya es abrumadora, pero aún así la invito a una taza de té. Y pasa el día, llevándose mis ganas, llevándose un poco más de vida.
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Sep 23, 2018
Sep 23, 2018 at 7:09 PM UTC
Pasa el día. Pasa la vida.
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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En el álbum de la señorita matilde de olavarría y landazuri
El traje blanco, dorado el pelo, La tez nevada de un serafín, Ojos azules color de cielo, Labios cual mirtos que besa abril. Dos breves años contando apenas, Dormida al dulce sol maternal Como se aduermen las azucenas Al fresco borde dei manantial. ¡Botón de rosa de Alejandría! ¡Capullo blanco de un alhelí! ¡Qué linda estabas en aquel día La vez primera que yo te vi! En tu tez blanca frescura y brillo, En tus sonrisas bondad y unción, Eras el ángel que ideó Murillo En su madona de «La Asunción». Así en aquellas tierras lejanas Miré entreabrirse tu vida en flor; ¡Yo estaba entonces sin estas canas Que son corona de mi dolor! Tus padres, locos con tus hechizos, Eran felices al verte así; Ojos azules, dorados rizos, ¡Cuánto ha pasado desde que os vi! ¡Cómo han volado los breves años! ¡Mira cual vengo con mi laúd! ¡Triste y enfermo de desengaños A tus altares de juventud! Ufana irradias gracia y belleza; Eres del alba vivo arrebol; Yo soy la noche de la tristeza ¿Cuándo ha cantado la noche al sol? Más que tus ojos, dulces y bellos, Es bello y dulce tu porvenir; ¡Tus ojos dicen con sus destellos Que no has nacido para sufrir! Te dan tus padres cual rica herencia Virtud, pureza, talento y fe; No tiene el campo de tu existencia Zarzas que aleves sangren tu pie. iVive tranquila, sueña dichosa, Un ángel vela cerca de ti Para que nunca sufra la rosa Las asechanzas del colibrí! Mil trovadores que absorto escucho, Bajo tus rejas cantar oirás, Yo sé que todos te dirán mucho Pero ninguno te querrá más. Y es que la llama de mi cariño Ha mucho tiempo que se encendió, En otras tierras, junto a aquel niño Que tanto amabas y al cielo huyó. Vive dichosa, sin desengaños, Tú no has nacido para llorar Y que tus sueños por muchos años Velen tus padres en el hogar. Avanza ¡oh niña! que en este suelo La dicha pura, de ti va en pos; Mira estos versos como el pañuelo Que en la ribera nos dice «adiós».
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¡Sólo tu figura, como una centella blanca, en mi noche oscura!   ¡Y en la tersa arena, cerca de la mar, tu carne rosa y morena, súbitamente, Guiomar!   En el gris del muro, cárcel y aposento, y en un paisaje futuro con sólo tu voz y el viento;   en el nácar frío de tu zarcillo en mi boca, Guiomar, y en el calofrío de una amanecida loca;   asomada al malecón que bate la mar de un sueño, y bajo el arco del ceño de mi vigilia, a traición, ¡siempre tú!           Guiomar, Guiomar, mírarne en ti castigado: reo de haberte creado, ya no te puedo olvidar.   Todo amor es fantasía; él inventa el año, el día, la hora y su melodía; inventa el amante y, más, la amada. No prueba nada, contra el amor, que la amada no haya existido jamás.   Escribiré en tu abanico: te quiero para olvidarte, para quererte te olvido.   Te abanicarás con un madrigal que diga: en amor el olvido pone la sal.   Te pintaré solitaria en la urna imaginaria de un daguerrotipo viejo, o en el fondo de un espejo, viva y quieta, olvidando a tu poeta.   Y te enviaré mi canción: «Se canta lo que se pierde», con un papagayo verde que la diga en tu balcón.   Que apenas si de amor el ascua humea sabe el poeta que la voz engola y, barato cantor, se pavonea con su pesar o enluta su viola; y que si amor da su destello, sola la pura estrofa suena, fuente de monte, anónima y serena. Bajo el azul olvido, nada canta, ni tu nombre ni el mío, el agua santa. Sombra no tiene de su turbia escoria limpio metal; el verso del poeta lleva el ansia de amor que lo engendrara como lleva el diamante sin memoria -frío diamante- el fuego del planeta trocado en luz, en una joya clara...   Abre el rosal de la carroña horrible su olvido en flor, y extraña mariposa, jalde y carmín, de vuelo imprevisible, salir se ve del fondo de una fosa. Con el terror de víbora encelada, junto al lagarto frío, con el absorto sapo en la azulada libélula que vuela sobre el río, con los montes de plomo y de ceniza, sobre los rubios agros que el sol de mayo hechiza, se ha abierto un abanico de milagros -el ángel del poema lo ha querido- en la mano creadora del olvido...
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Otras canciones a guiomar
¡Sólo tu figura, como una centella blanca, en mi noche oscura!   ¡Y en la tersa arena, cerca de la mar, tu carne rosa y morena, súbitamente, Guiomar!   En el gris del muro, cárcel y aposento, y en un paisaje futuro con sólo tu voz y el viento;   en el nácar frío de tu zarcillo en mi boca, Guiomar, y en el calofrío de una amanecida loca;   asomada al malecón que bate la mar de un sueño, y bajo el arco del ceño de mi vigilia, a traición, ¡siempre tú!           Guiomar, Guiomar, mírarne en ti castigado: reo de haberte creado, ya no te puedo olvidar.   Todo amor es fantasía; él inventa el año, el día, la hora y su melodía; inventa el amante y, más, la amada. No prueba nada, contra el amor, que la amada no haya existido jamás.   Escribiré en tu abanico: te quiero para olvidarte, para quererte te olvido.   Te abanicarás con un madrigal que diga: en amor el olvido pone la sal.   Te pintaré solitaria en la urna imaginaria de un daguerrotipo viejo, o en el fondo de un espejo, viva y quieta, olvidando a tu poeta.   Y te enviaré mi canción: «Se canta lo que se pierde», con un papagayo verde que la diga en tu balcón.   Que apenas si de amor el ascua humea sabe el poeta que la voz engola y, barato cantor, se pavonea con su pesar o enluta su viola; y que si amor da su destello, sola la pura estrofa suena, fuente de monte, anónima y serena. Bajo el azul olvido, nada canta, ni tu nombre ni el mío, el agua santa. Sombra no tiene de su turbia escoria limpio metal; el verso del poeta lleva el ansia de amor que lo engendrara como lleva el diamante sin memoria -frío diamante- el fuego del planeta trocado en luz, en una joya clara...   Abre el rosal de la carroña horrible su olvido en flor, y extraña mariposa, jalde y carmín, de vuelo imprevisible, salir se ve del fondo de una fosa. Con el terror de víbora encelada, junto al lagarto frío, con el absorto sapo en la azulada libélula que vuela sobre el río, con los montes de plomo y de ceniza, sobre los rubios agros que el sol de mayo hechiza, se ha abierto un abanico de milagros -el ángel del poema lo ha querido- en la mano creadora del olvido...
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Al caer la tarde, absorto Tras el cristal, el niño mira Llover. La luz que se ha encendido En un farol contrasta La lluvia blanca con el aire oscuro. La habitación a solas Le envuelve tibiamente, Y el visillo, velando Sobre el cristal, como una nube, Le susurra lunar encantamiento. El colegio se aleja. Es ahora La tregua, con el libro De historias y de estampas Bajo la lámpara, la noche, El sueño, las horas sin medida. Vive en el seno de su fuerza tierna, Todavía sin deseo, sin memoria, El niño, y sin presagio Que afuera el tiempo aguarda Con la vida, al acecho. En su sombra ya se forma la perla.
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Niño tras un cristal
Yo meditaba absorto, devanando los hilos del hastío y la tristeza, cuando llegó a mi oído, por la ventana de mi estancia, abiertaa una caliente noche de verano, el plañir de una copia soñolienta, quebrada por los trémolos sombríos de las músicas magas de mi tierra.... Y era el Amor, como una roja llama... -Nerviosa mano en la vibrante cuerda ponía un largo suspirar de oro que se trocaba en surtidor de estrellas-.... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla, el paso largo, torva y esquelética. -Tal cuando yo era niño la soñaba-.Y en la guitarra, resonante y trémula, la brusca mano, al golpear, fingía el reposar de un ataúd en tierra.Y era un plañido solitario el soplo que el polvo barre y la ceniza avienta.
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Cante hondo
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Códice antiguo
En Cluny, Siglo XV.                                         Bajo álamos de plata sus aguas el Saona, rumoroso dilata por el lento deshielo. La mole ennegrecida de piedra, corta el llanto que despierta a la vida. En el parque, vagando, y humilde la mirada, las manos sobre el pecho y en la oración callada, pasan monjes, tendida hacia atrás la cogulla y como una armonía celeste al campo arrulla. Cielo tranquilo y diáfano.                                                   La quietud del convento a la plegaria incita y a hondo recogimiento. Las ventajas abiertas dan al jardin. Las rosas sonríen bajo errante vuelo de mariposas; y en las frondas, de nidos y de aves la algazara es saludo a la aurora, que surge azul y clara. En la amplia biblioteca, monje benedictino tiene abierto en la mesa borroso pergamino, donde paciente artista de tiempo muy lejano, al principiar capítulos, pintó con hábil mano, en grandes iniciales y con vivos colores, dragones, ninfas, grifos y ultraterrenas flores. Con sus rubios cabellos sobre la frente vasta, su palidez y el brillo de su pupila casta, y con su hábito blanco, parece el monje, efebo, del jardín ante el tibio primaveral renuevo Copia un códice antiguo; «Dafnis y Cloe».                                                                                     Aromas de los rosales suben y arrullos de palomas. Absorto escribe.                                         Y Cloe se yergue ante sus ojos, Púber, blanca, sin velos y con sus labios rojos, Así cual Longo un día radiante de verano La soñó junto a Dafnis, bajo el azul lesbiano. Aromas, más aromas, va trayendo la brisa. Cloe sonríe; a Dafnis abraza, y su sonrisa Es rosa entre sus labios en flor. Y más fragancia, Arrullos y rumores llenan la quieta estancia. Cloe pasa, se borra, mas de nuevo aparece. En su naciente seno ya la vida florece; Se pierde entre los árboles, vuelve nerviosa y bella, Y muestra en el boscaje su desnudez de estrella. Sobre la mesa el monje pensativo se curva; Inquietud hasta entonces no sentida lo turba; Se alza rápido y torna a sentarse impaciente;· Se pone en pie; se inclina, las manos en la frente, Y aromas... y un deseo el corazón le roe... Y más vivaz irradia la pubertad de Cloe. De pronto aparta el códice, y ante la azul mañana Tiende inquieto las manos, y cierra la ventana; Y sentado en la silla, pálido y sonreído, Se queda lentamente y en éxtasis dormido. En el silencio entonces, bajo el azul y el oro Del cielo, las campanas se oían; y en el coro Los monjes, en anhelo que del mal los liberte, Cantaban de rodillas el Salmo de la Muerte.
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Absorto pez, dormida golondrina, mariposa en el aire de la muerte, rosa fallida en la impasible umbría, esmeralda evadiéndose del verde color de su destino. En las heridas la sangre blanca y el dolor ausente, el mundo trastrocado en una orilla en que la luz y el ámbito se pierden. Dentro de la avellana de mi sueño esa hilera de imágenes sin filo, ese jardín de helados asfodelos, esa playa de lápices y vidrios, esa manada afónica de renos, esa luna guiñando sobre el cirio. ¡Gozo de despertar equilibrada, como cualquier mañana de los días! ¡Gozo de sol y éxtasis del agua, exacta magnitud de la alegría, regreso de la imagen dislocada en los espejos de la pesadilla y la casa, mis perros, la mañana, en la gracia y el orden de la vida!
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Despertar
Aquí estoy, ¡Azotadme! Merezco que me azoten. No lamí la rompiente, la sombra de las vacas, las espinas, la lluvia; con fervor, durante años; descalzo, estremecido, absorto, iluminado. No me postré ante el barro, ante el misterio intacto del polen, de la calma, del gusano, del pasto; por timidez, por miedo, por pudor, por cansancio. No adoré los pesebres, las ventanas heridas, los ojos de los burros, los manzanos, el alba; sin restricción, de hinojos, entregado, desnudo, con los poros erectos, con los brazos al viento, delirante, sombrío; en comunión de espanto, de humildad, de ignorancia, como hubiera deseado... ¡como hubiera deseado!
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¡azotadme!
Un astro brilla en el azul del cielo Y en el agua dormida se refleja. Un hombre que pasaba Dijo al niño poeta: «Tú, que sueñas con rosas en las manos, Y con el alma al ideal abierta Cantando vas tus ilusiones, dime: Entre tú y yo, ¿cuál es la diferencia?» «Esta», responde el niño; «Levanta la cabeza: ¿Ves la estrella que brilla solitaria En el azul?» -«La veo.» -«Ahora cierra Los ojos y responde: ¿Con los ojos cerrados sigues viéndola?» -«No, dijo el hombre. No la veo». Entonces, Como el que absorto sueña, «Aunque cierre los ojos, dijo el niño, Yo sigo viendo en el azul la estrella».
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El niño y la estrella
Sigo solo me sigo y en otro absorto otro beodo lodo baldío por neuroyertos rumbos horas opio desfondes me persigo junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas entre fugaces muertes sin memoria y a tantos otros otros grasos ceros costrudos que me opan mientras sigo y me sigo y me recontrasigo de un extremo a otro estero aridandantemente sin estar ya conmigo ni ser un otro otro
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Aridandantemente