Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
"trino" poems
Canta en la ***** del pino un pájaro detenido, trémulo, sobre su trino. Se yergue, flecha, en la rama, se desvanece entre alas y en música se derrama. El pájaro es una astilla que canta y se quema viva en una nota amarilla. Alzo los ojos: no hay nada. Silencio sobre la rama, sobre la rama quebrada.
0
2.7k
La rama
Amparo ¡qué sola estás en tu casa vestida de blanco! (Ecuador entre el jazmín y el nardo). Oyes los maravillosos surtidores de tu patio, y el débil trino amarillo del canario. Por la tarde ves temblar los cipreses con los pájaros, mientras bordas lentamente letras sobre el cañamazo. Amparo, ¡qué sola estás en tu casa, vestida de blanco! Amparo, ¡y qué difícil decirte: yo te amo!
0
2k
Amparo
Y ante mi abrazo te sentí rendida... y ante tu sumisión, mis besos sabios pusieron a temblar entre tus labios ansias de amor y de placer y vida... Fue un instante no más, uno de esos siglos-instantes que el amor nos brinda, prometiéndole un lauro al que se rinda primero en la batalla de los besos... Lo ves, mujer... No cabe en la materia la espiritualidad de lo insensible; todo es vencido ante el irresistible empujón de la carne y su miseria.... Y te sentí temblar como la fronda al soplo tibio de la brisa vaga, cuando en su trino el ruiseñor divaga y peina el sol su cabellera blonda... Y te sentí temblar como la onda que su quietud sobre la arena apaga, y como el ave que sin rumbo vaga y un circulo invisible traza y ronda. Y te sentí languidecer al peso de mis labios, al peso de un gran beso que perfumó en tus labios a un suspiro, tal como languidece en la laguna un cisne enamorado de la Luna, al no hallarla en el cielo de zafiro... Y te sentí latir, tal como late al manotazo del ciclón la hoja, como en la espada late, humeante y roja, la sangre que bebiera en el combate; tal como el sauce que su frente abate cuando la nube en su aflicción lo moja, o como el oceáno que se enoja y en el escollo solitario bate. Y te sentí vencida, con el lento y anhelado y temido vencimiento del sol, cuando la Noche abre la puerta del ***** templo de su Dios ignoto; y te sentí dormida, como un loto en la serenidad de un agua muerta... Y te sentí anhelante y temblorosa cual la irisada espuma de un torrente; como un lucero en la región silente, insinuando una seña misteriosa; cual la palma que agita, rumorosa, su abanico de jade, lentamente, como despunta en un jardín durmiente el milagro de gracia de una rosa; y cual la cierva cuando la acorrala la jauría, cual ave moribunda que pliega triste su ya inútil ala, y adoré tu sensual melancolía llena de rendición meditabunda, ¡y te sentí profundamente mía!...
0
2.1k
Poema de los besos
Y ante mi abrazo te sentí rendida... y ante tu sumisión, mis besos sabios pusieron a temblar entre tus labios ansias de amor y de placer y vida... Fue un instante no más, uno de esos siglos-instantes que el amor nos brinda, prometiéndole un lauro al que se rinda primero en la batalla de los besos... Lo ves, mujer... No cabe en la materia la espiritualidad de lo insensible; todo es vencido ante el irresistible empujón de la carne y su miseria.... Y te sentí temblar como la fronda al soplo tibio de la brisa vaga, cuando en su trino el ruiseñor divaga y peina el sol su cabellera blonda... Y te sentí temblar como la onda que su quietud sobre la arena apaga, y como el ave que sin rumbo vaga y un circulo invisible traza y ronda. Y te sentí languidecer al peso de mis labios, al peso de un gran beso que perfumó en tus labios a un suspiro, tal como languidece en la laguna un cisne enamorado de la Luna, al no hallarla en el cielo de zafiro... Y te sentí latir, tal como late al manotazo del ciclón la hoja, como en la espada late, humeante y roja, la sangre que bebiera en el combate; tal como el sauce que su frente abate cuando la nube en su aflicción lo moja, o como el oceáno que se enoja y en el escollo solitario bate. Y te sentí vencida, con el lento y anhelado y temido vencimiento del sol, cuando la Noche abre la puerta del ***** templo de su Dios ignoto; y te sentí dormida, como un loto en la serenidad de un agua muerta... Y te sentí anhelante y temblorosa cual la irisada espuma de un torrente; como un lucero en la región silente, insinuando una seña misteriosa; cual la palma que agita, rumorosa, su abanico de jade, lentamente, como despunta en un jardín durmiente el milagro de gracia de una rosa; y cual la cierva cuando la acorrala la jauría, cual ave moribunda que pliega triste su ya inútil ala, y adoré tu sensual melancolía llena de rendición meditabunda, ¡y te sentí profundamente mía!...
Continue reading...
54
La larga postración lo ha acostumbrado a anticipar la muerte. Le daría miedo salir al clamoroso día y andar entre los hombres. Derribado, Enrique Heine piensa en aquel río, el tiempo, que lo aleja lentamente de esa larga penumbra y del doliente destino de ser hombre y ser judío. Piensa en las delicadas melodías cuyo instrumento fue, pero bien sabe que el trino no es del árbol ni del ave sino del tiempo y de sus vagos días. No han de salvarte, no, tus ruiseñores, tus noches de oro y tus cantadas flores.
0
1.8k
París, 1856
Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar. Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión. Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal. Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... (¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!) que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír. Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer: tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer. Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos puede consolar. Mas hay también ¡Oh Tierra! un día... un día... un día... en que levamos anclas para jamás volver... Un día en que discurren vientos ineluctables ¡un día en que ya nadie nos puede retener!
0
1.7k
Canción de la vida profunda
Se perdió el laberinto. Se perdieron todos los eucaliptos ordenados, los toldos del verano y la vigilia del incesante espejo, repitiendo cada expresión de cada rostro humano, cada fugacidad. El detenido reloj, la entretejida madreselva, la glorieta, las frívolas estatuas, el otro lado de la tarde, el trino, el mirador y el ocio de la fuente son cosas del pasado. ¿Del pasado? Si no hubo un principio ni habrá un término, si nos aguarda una infinita suma de blancos días y de negras noches, ya somos el pasado que seremos. Somos el tiempo, el río indivisible, somos Uxmal, Cartago y la borrada muralla del romano y el perdido parque que conmemoran estos versos.
0
1.5k
Elegía de un parque
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
0
1.3k
La desesperación
Me gusta ver el cielo con negros nubarrones y oír los aquilones horrísonos bramar, me gusta ver la noche sin luna y sin estrellas, y sólo las centellas la tierra iluminar. Me agrada un cementerio de muertos bien relleno, manando sangre y cieno que impida el respirar; y allí un sepulturero de tétrica mirada con mano despiadada los cráneos machacar. Me alegra ver la bomba caer mansa del cielo, inmóvil en el suelo, sin mecha al parecer, y luego embravecida que estalla y que se agite y rayos mil vomite y muertos por doquier. Que el trueno me despierte con su ronco estampido, y al mundo adormecido le haga estremecer; que rayos cada instante caigan sobre él sin cuento, que se hunda el firmamento me agrada mucho ver. La llama de un incendio que corra devorando escombros apilando quisiera yo encender; tostarse allí un anciano, volverse todo tea, oír como vocea, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Me gusta una campiña de nieve tapizada, de flores despojada, sin fruto, sin verdor, ni pájaros que canten, ni sol haya que alumbre y sólo se vislumbre la muerte en derredor. Allá, en sombrío monte, solar desmantelado, me place en sumo grado la luna al reflejar; moverse las veletas con áspero chirrido igual al alarido que anuncia el expirar. Me gusta que al Averno lleven a los mortales y allí todos los males les hagan padecer; les abran las entrañas, les rasguen los tendones, rompan los corazones sin de ellos caso hacer. Insólita avenida que inunda fértil vega, de cumbre en cumbre llega, y llena de pavor, se lleva los ganados y las vides, sin pausa, y estragos miles causa ... ¡qué gusto!, ¡qué placer! Las voces y las risas, el juego, las botellas, en torno de las bellas alegres apurar; y en sus bocas lascivas, un beso a cada trago con voluptuoso halago alegres estampar. Romper después las copas, los platos, las barajas, y, abiertas las navajas, buscando el corazón, oír luego los brindis mezclados con quejidos que lanzan los heridos en llanto y confusión. Quisiera ver al uno que arrastra un intestino, y al otro pedir vino muriendo en un rincón; y otros, ya borrachos, en trino desusado cantar a Dios sagrado impúdica canción. Y mientras las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón, mostrando sus encantos, sin orden el cabello, al aire el muslo bello. ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!
Continue reading...
104
¡Mecánica sincera y peruanísima la del cerro colorado! ¡Suelo teórico y práctico! ¡Surcos inteligentes; ejemplo: el monolito y su cortejo! ¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena! ¡Cultivos que integra una asombrosa jerarquía de útiles y que integran con viento los mujidos, las aguas con su sorda antigüedad! ¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios, los oigo por los pies cómo se alejan, los huelo retomar cuando la tierra tropieza con la técnica del cielo! ¡Molécula exabrupto! ¡Atomo terso! ¡Oh campos humanos! ¡Solar y nutricia ausencia de la mar, y sentimiento oceánico de todo! ¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos! ¡Oh campo intelectual de cordillera, con religión, con campo, con patitos! ¡Paquidermos en prosa cuando pasan y en verso cuando páranse! ¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno! ¡Oh patrióticos asnos de mi vida! ¡Vicuña, descendiente nacional y graciosa de mi mono! ¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra, que es vida con el punto y, con la línea, polvo y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta! ¡Siega en época del dilatado molle, del farol que colgaron de la sien y del que descolgaron de la barreta espléndida! ¡Angeles de corral, aves por un descuido de la cresta! ¡Cuya o cuy para comerlos fritos con el bravo rocoto de los temples! (¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!) ¡Leños cristianos en gracia al tronco feliz y al tallo competente! ¡Familia de los líquenes, especies en formación basáltica que yo respeto desde este modestísimo papel! ¡Cuatro operaciones, os sustraigo para salvar al roble y hundirlo en buena ley! ¡Cuestas in infraganti! ¡Auquénidos llorosos, almas mías! ¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, y Perú al pie del orbe; yo me adhiero! ¡Estrellas matutinas si os aromo quemando hojas de coca en este cráneo, y cenitales, si destapo, de un solo sombrerazo, mis diez templos! ¡Brazo de siembra, bájate, y a pie! ¡Lluvia a base del mediodía, bajo el techo de tejas donde muerde la infatigable altura y la tórtola corta en tres su trino! ¡Rotación de tardes modernas y finas madrugadas arqueológicas! ¡Indio después del hombre y antes de él! ¡Lo entiendo todo en dos flautas y me doy a entender en una quena! ¡Y lo demás, me las pelan!...
0
1.2k
Telúrica y magnética
¡Mecánica sincera y peruanísima la del cerro colorado! ¡Suelo teórico y práctico! ¡Surcos inteligentes; ejemplo: el monolito y su cortejo! ¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena! ¡Cultivos que integra una asombrosa jerarquía de útiles y que integran con viento los mujidos, las aguas con su sorda antigüedad! ¡Cuaternarios maíces, de opuestos natalicios, los oigo por los pies cómo se alejan, los huelo retomar cuando la tierra tropieza con la técnica del cielo! ¡Molécula exabrupto! ¡Atomo terso! ¡Oh campos humanos! ¡Solar y nutricia ausencia de la mar, y sentimiento oceánico de todo! ¡Oh climas encontrados dentro del oro, listos! ¡Oh campo intelectual de cordillera, con religión, con campo, con patitos! ¡Paquidermos en prosa cuando pasan y en verso cuando páranse! ¡Roedores que miran con sentimiento judicial en torno! ¡Oh patrióticos asnos de mi vida! ¡Vicuña, descendiente nacional y graciosa de mi mono! ¡Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra, que es vida con el punto y, con la línea, polvo y que por eso acato, subiendo por la idea a mi osamenta! ¡Siega en época del dilatado molle, del farol que colgaron de la sien y del que descolgaron de la barreta espléndida! ¡Angeles de corral, aves por un descuido de la cresta! ¡Cuya o cuy para comerlos fritos con el bravo rocoto de los temples! (¿Cóndores? ¡Me friegan los cóndores!) ¡Leños cristianos en gracia al tronco feliz y al tallo competente! ¡Familia de los líquenes, especies en formación basáltica que yo respeto desde este modestísimo papel! ¡Cuatro operaciones, os sustraigo para salvar al roble y hundirlo en buena ley! ¡Cuestas in infraganti! ¡Auquénidos llorosos, almas mías! ¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, y Perú al pie del orbe; yo me adhiero! ¡Estrellas matutinas si os aromo quemando hojas de coca en este cráneo, y cenitales, si destapo, de un solo sombrerazo, mis diez templos! ¡Brazo de siembra, bájate, y a pie! ¡Lluvia a base del mediodía, bajo el techo de tejas donde muerde la infatigable altura y la tórtola corta en tres su trino! ¡Rotación de tardes modernas y finas madrugadas arqueológicas! ¡Indio después del hombre y antes de él! ¡Lo entiendo todo en dos flautas y me doy a entender en una quena! ¡Y lo demás, me las pelan!...
Continue reading...
64
Arriba canta el pájaro y abajo canta el agua. (Arriba y abajo, se me abre el alma). ¡Entre dos melodías, la columna de plata! Hoja, pájaro, estrella; baja flor, raíz, agua. ¡Entre dos conmociones, la columna de plata! (¡Y tú, tronco ideal, entre mi alma y mi alma!) Mece a la estrella el trino, la onda a la flor baja. (Abajo y arriba, me tiembla el alma).
0
1k
Álamo blanco
Allí están, allí estaban las trashumantes nubes, la fácil desnudez del arroyo, la voz de la madera, los trigales ardientes, la amistad apacible de las piedras. Allí la sal, los juncos que se bañan, el melodioso sueño de los sauces, el trino de los astros, de los grillos, la luna recostada sobre el césped, el horizonte azul, ¡el horizonte! con sus briosos tordillos por el aire. ¡Pero no! Nos sedujo lo infecto, la opinión clamorosa de las cloacas, los vibrantes eructos de onda corta, el pasional engrudo las circuncisas lenguas de cemento, los poetas de moco enternecido, los vocablos, las sombras sin remedio. Y aquí estamos: exangües, más pálidos que nunca; como tibios pescados corrompidos por tanto mercader y ruido muerto: como mustias acelgas digeridas por la preocupación y la dispepsia; como resumideros ululantes que toman el tranvía y bostezan y sudan sobre el carbón, la cal, las telarañas; como erectos ombligos con pelusa que se rascan las piernas y sonríen, bajo los cielorrasos y las mesas de luz y los felpudos; llenos de iniquidad y de lagañas, llenos de hiel y tics a contrapelo, de histrionismos madeja, yarará, mosca muerta; con el cráneo repleto de aserrín escupido, con las venas pobladas de alacranes filtrables, con los ojos rodeados de pantanosas costas y paisajes de arena, nada más que de arena. Escoria entumecida de enquistados complejos y cascarrientos labios que se olvida del **** en todas partes, que confunde el amor con el masaje, la poesía con la congoja acidulada, los misales con los libros de caja. Desolados engendros del azar y el hastío, con la carne exprimida por los bancos de estuco y tripas de oro, por los dedos cubiertos de insaciables ventosas, por caducos gargajos de cuello almidonado, por cuantos mingitorios con trato de excelencia explotan las tinieblas, ordeñan las cascadas, la edulcorada caña, la sangre oleaginosa de los falsos caballos, sin orejas, sin cascos, ni florecido esfínter de amapola, que los llevan al hambre, a empeñar la esperanza, a vender los ovarios, a cortar a pedazos sus adoradas madres, a ingerir los infundios que pregonan las lámparas, los hilos tartamudos, los babosos escuerzos que tienen la palabra, y hablan, hablan, hablan, ante las barbas próceres, o verdes redomones de bronce que no mean, ante las multitudes que desde un sexto piso podrán semejarse a caviar envasado, aunque de cerca apestan: a sudor sometido, a cama trasnochada, a sacrificio inútil, a rencor estancado, a pis en cuarentena, a rata muerta.
0
829
Testimonial
Allí están, allí estaban las trashumantes nubes, la fácil desnudez del arroyo, la voz de la madera, los trigales ardientes, la amistad apacible de las piedras. Allí la sal, los juncos que se bañan, el melodioso sueño de los sauces, el trino de los astros, de los grillos, la luna recostada sobre el césped, el horizonte azul, ¡el horizonte! con sus briosos tordillos por el aire. ¡Pero no! Nos sedujo lo infecto, la opinión clamorosa de las cloacas, los vibrantes eructos de onda corta, el pasional engrudo las circuncisas lenguas de cemento, los poetas de moco enternecido, los vocablos, las sombras sin remedio. Y aquí estamos: exangües, más pálidos que nunca; como tibios pescados corrompidos por tanto mercader y ruido muerto: como mustias acelgas digeridas por la preocupación y la dispepsia; como resumideros ululantes que toman el tranvía y bostezan y sudan sobre el carbón, la cal, las telarañas; como erectos ombligos con pelusa que se rascan las piernas y sonríen, bajo los cielorrasos y las mesas de luz y los felpudos; llenos de iniquidad y de lagañas, llenos de hiel y tics a contrapelo, de histrionismos madeja, yarará, mosca muerta; con el cráneo repleto de aserrín escupido, con las venas pobladas de alacranes filtrables, con los ojos rodeados de pantanosas costas y paisajes de arena, nada más que de arena. Escoria entumecida de enquistados complejos y cascarrientos labios que se olvida del **** en todas partes, que confunde el amor con el masaje, la poesía con la congoja acidulada, los misales con los libros de caja. Desolados engendros del azar y el hastío, con la carne exprimida por los bancos de estuco y tripas de oro, por los dedos cubiertos de insaciables ventosas, por caducos gargajos de cuello almidonado, por cuantos mingitorios con trato de excelencia explotan las tinieblas, ordeñan las cascadas, la edulcorada caña, la sangre oleaginosa de los falsos caballos, sin orejas, sin cascos, ni florecido esfínter de amapola, que los llevan al hambre, a empeñar la esperanza, a vender los ovarios, a cortar a pedazos sus adoradas madres, a ingerir los infundios que pregonan las lámparas, los hilos tartamudos, los babosos escuerzos que tienen la palabra, y hablan, hablan, hablan, ante las barbas próceres, o verdes redomones de bronce que no mean, ante las multitudes que desde un sexto piso podrán semejarse a caviar envasado, aunque de cerca apestan: a sudor sometido, a cama trasnochada, a sacrificio inútil, a rencor estancado, a pis en cuarentena, a rata muerta.
Continue reading...
93
Tu casa suena como un tren a mediodía, zumban las avispas, cantan las cacerolas, la cascada enumera los hechos del rocío, tu risa desarrolla su trino de palmera. La luz azul del muro conversa con la piedra, llega como un pastor silbando un telegrama y entre las dos higueras de voz verde Homero sube con zapatos sigilosos. Sólo aquí la ciudad no tiene voz ni llanto, ni sin fin, ni sonatas, ni labios, ni bocina sino un discurso de cascada y de leones, y tú que subes, cantas, corres, caminas, bajas, plantas, coses, cocinas, clavas, escribes, vuelves, o te has ido y se sabe que comenzó el invierno.
0
709
Soneto xxxviii
Cerrado el horizonte hasta mi puerta y ni menta ni cardo en el camino. Yo me decía a solas: ¡el destino! callé mis truenos y tendime a muerta. En el silencio al fin hubo una incierta, mínima melodía, casi un trino de agua o de flauta, en el vespertino palor como de tierna aurora alerta. Y llegó, ah, llegó lo inesperado y lo irreal. El ensueño no soñado, la libertad de alondras y laureles. En el umbral de paz reconquistada, oteo, sin terror en la mirada hambrientos tigres, jerifaltes crueles.
0
687
Reconquista
Un musical manto regio pliega en mi oído la brisa: Es el dulce florilegio del arpegio de tu risa... ¡Ríe!... Cuando en mi alma oscura la pena oficia en su misa, me da un chorro de luz pura la dulzura de tu risa... ¡Ríe!... Cuando en mis cantares la lágrima se divisa, desensarta mis collares de pesares con tu risa.. ¡Ríe!... Si mi herida planta en mi senda abrojos pisa, me consuela tu garganta, si en ella canta tu risa... ¡Ríe!... Que cuando deploro que la ilusión de va aprisa, y la juventud valoro, cuando un tesoro sonoro es el oro 1 de tu risa.... ¡Ríe!... Que a mi Destino deja mi andanza indecisa, bifurcando mi camino, me da esperanza  y fe, el trino peregrino de tu risa... ¡Ríe, pues! ¡Que eternamente, dentro de mi alma sumisa a su hechizo sugerente, tal como un soplo de brisa, como una lírica fuente, cante tu risa...!
0
669
Tu risa
Sobre el camino se ve la venta.         Risueño el valle, claveles rojos, olor de menta, de madreselvas y frondosa calle. En el corral amplio, vacas y perros         altos magueyes, el sol dorado de altos cerros, carros tirados por lentos bueyes. Frente a la casa, los barrizales         bajo madroños; sobre la vega, rubios maizales, y junto al plátano, verdes retoños. Marcando prados en las campiñas         se ven las zanjas; junto al vallado se alzan las piñas, y al gusto encintan ya las naranjas. Cuelgan los troncos fuertes y erectos         las níveas barbas, sobre las hojas vuelan insectos, bajo las hojas duermen las larvas. Entre los fondos, ***** al antiguo         trapiche humea, y por la cuesta, sendero exiguo que zigzagueando llevan a la aldea. Verán tus ojos en la verdura         y a donde vayas, los mararayes en la espesura, sobre las piedras, las pitahayas. Con sus pinceles la tarde pinta         vívido cromo; de plata el río semeja cinta, y el pozo, lejos manchas de plomo. Amarillento sobre la falda         se abre un barranco, y de los campos en la esmeralda Se alza, de techos, el humo blanco. Una flor roja, vivas oscila,         tiembla su estambre, y bajo cedros, en doble fila, sobre el camino, cerca de alambre. La azada al hombro, tardo el labriego         vuelve del campo. y en ella fulge, roca de fuego, del sol poniente vívido lampo. Gris una nube, pasando finge         velera barca; otra, un castillo, y otra, una esfinge, y un dragón otra, que el cuello enarca. El horizonte cortan los techos         las cumbres calvas, y en el remanso, por entre helechos, los pastos tienden sus plumas albas. Abre sus flores los alhelíes         cerca del río, y el café luce, como rubíes, sus rojos granos bajo el plantío. En las paredes de la posada         se ven letreros; son un recuerdo para la amada, o vanidades de pasajeros. Por los bardales se ven las rosas         sobre el camino; Pasan volando las mariposas, y a un canto, lejos responde un trino. ¡para el reposo, feliz quien halle         tu puerta franca! ¡qué paz más honda la de tu valle! ¡qué paz, la tuya, casita blanca!
0
722
La venta
Sobre el camino se ve la venta.         Risueño el valle, claveles rojos, olor de menta, de madreselvas y frondosa calle. En el corral amplio, vacas y perros         altos magueyes, el sol dorado de altos cerros, carros tirados por lentos bueyes. Frente a la casa, los barrizales         bajo madroños; sobre la vega, rubios maizales, y junto al plátano, verdes retoños. Marcando prados en las campiñas         se ven las zanjas; junto al vallado se alzan las piñas, y al gusto encintan ya las naranjas. Cuelgan los troncos fuertes y erectos         las níveas barbas, sobre las hojas vuelan insectos, bajo las hojas duermen las larvas. Entre los fondos, ***** al antiguo         trapiche humea, y por la cuesta, sendero exiguo que zigzagueando llevan a la aldea. Verán tus ojos en la verdura         y a donde vayas, los mararayes en la espesura, sobre las piedras, las pitahayas. Con sus pinceles la tarde pinta         vívido cromo; de plata el río semeja cinta, y el pozo, lejos manchas de plomo. Amarillento sobre la falda         se abre un barranco, y de los campos en la esmeralda Se alza, de techos, el humo blanco. Una flor roja, vivas oscila,         tiembla su estambre, y bajo cedros, en doble fila, sobre el camino, cerca de alambre. La azada al hombro, tardo el labriego         vuelve del campo. y en ella fulge, roca de fuego, del sol poniente vívido lampo. Gris una nube, pasando finge         velera barca; otra, un castillo, y otra, una esfinge, y un dragón otra, que el cuello enarca. El horizonte cortan los techos         las cumbres calvas, y en el remanso, por entre helechos, los pastos tienden sus plumas albas. Abre sus flores los alhelíes         cerca del río, y el café luce, como rubíes, sus rojos granos bajo el plantío. En las paredes de la posada         se ven letreros; son un recuerdo para la amada, o vanidades de pasajeros. Por los bardales se ven las rosas         sobre el camino; Pasan volando las mariposas, y a un canto, lejos responde un trino. ¡para el reposo, feliz quien halle         tu puerta franca! ¡qué paz más honda la de tu valle! ¡qué paz, la tuya, casita blanca!
Continue reading...
68
Bendita seas... Fuiste algo blanco, muy blanco y puro, en la agonía del hierro oscuro donde se abrían las negras rosas de mis ideas... Porque al amarme desvaneciste mis negaciones hondas y ateas; porque eres buena, porque eres triste, bendita seas. Porque endulzaste mis desalientos, porque encantaste mis desencantos, porque elevaste mis pensamientos; porque al mirarme tus ojos santos se iluminaron mis sufrimientos y mis quebrantos; porque curaste, caritativa, todas las llagas de mis peleas; por delicada, por comprensiva, bendita seas... porque tú fuiste como un remanso para el estruendo de mis mareas; porque me diste paz y descanso, ¡bendita seas! Hoy voy de nuevo por el camino do en polvo escriben mi vida inquieta mis pies llagados de peregrino, oyendo a un ave de dulce trino que rima versos como un poeta, y viendo siempre la gris silueta de mi destino... pero, en la hora de la parida, cuando sus fauces abre lo arcano, y, como un ala, tiembla en la mano la despedida; cuando mi viaje sin rumbo emprendo, ensombrecido por el estruendo de mis mareas; cuando de nuevo mi andanza sigo, porque me amaste, porque me diste las dulcedumbres de tu alma triste, yo te bendigo... ¡Bendita seas!
0
594
Bendita seas...
Era el silencio miel sobre seda, y era un ungüento de paz la brisa. Yo iba del brazo con tu sonrisa    por la alameda. Tu boca dulce como un olvido me dio sus jugos bajo el follaje, y su chasquido     rozó mi oído         como un plumaje           de un cisne herido;               como un encaje                 desvanecido;                   como un celaje                     loco de viaje                       sobre un paisaje                           desconocido... Tu boca ungida de luz de trino, bordó una sombra de frases quedas... Tu boca tibia me supo a vino, y en la hojarasca de las veredas se alzó el revuelo de un remolino    de áureas monedas... Y fue el silencio como una gruta, y la quimera fue como un río donde bogaron tu amor y el mío... Y fue tu boca como una fruta humedecida por el rocío...  Como amputando gestos sombríos bruñó la luna su filo de hacha, y retorciendo sus dedos fríos    cruzó una racha... Yo unté de besos tu boca roja, tu boca dulce como un regreso, y en cada árbol fue cada hoja un eco verde de cada beso. Tu boca intacta me dio sus rasos, tu voz sin bordes me dio su seda, y, en la delicia de los retrasos, moría el roce de nuestros pasos en el silencio de la alameda...
0
569
Balada en la alameda
Las olas vienen. Las olas van. Como las olas, tu recuerdo viene y se va. Las olas vienen. Las olas se van. Mi silencio -un silencio de cien puertas cerradas-, se encrespa de rumores, como el mar. ¡El mar, el mar, amor! ¡Amor, el mar! Mi corazón es una playa triste, y tú eres una ola que viene y que se va... Nunca antes fue triste el primer trino de los pájaros. -Hoy sí. Como una flor de sombra, como una mariposa negra y gris, la noche fue a encenderse de amor entre tus manos, sobre tus manos diáfanas, que se tendían hacia mí... Nunca antes fue triste el primer trino de los pájaros. -Hoy sí. Y vi que te alejabas por un camino que ascendía hacia un inhóspito confín. Y quise acompañarte o detenerte, no sé... Pero el camino se fue borrando en pos de ti.
0
570
Poemas en la arena
Cayó una hoja y dos y tres. Por la luna nadaba un pez. El agua duerme una hora y el mar blanco duerme cien. La dama estaba muerta en la rama. La monja cantaba dentro de la toronja. La niña iba por el pino a la piña. Y el pino buscaba la plumilla del trino. Pero el ruiseñor lloraba sus heridas alrededor. Y yo también porque cayó una hoja y dos y tres. Y una cabeza de cristal y un violín de papel y la nieve podría con el mundo si la nieve durmiera un mes, y las ramas luchaban con el mundo una a una, dos a dos, y tres a tres. ¡Oh duro marfil de carnes invisibles! ¡Oh golfo sin hormigas del amanecer! Con el muuu de las ramas, con el ay de las damas, con el croo de las ranas, y el gloo amarillo de la miel. Llegará un torso de sombra coronado de laurel. Será el cielo para el viento duro como una pared y las ramas desgajadas se irán bailando con él. Una a una alrededor de la luna, dos a dos alrededor del sol, y tres a tres para que los marfiles se duerman bien.
0
582
Vals en las ramas
las vocales de su nombre reverberan como un trino al mediodía mi único lenguaje es un eco oscuro, una mirada sesgada y disminuida un canto en vano, lamento inocente
0
May 11, 2015
May 11, 2015 at 10:15 PM UTC
Untitled
La noche está soñando que es azul. Todo duerme. Un pájaro medita un trino nuevo. Y yo, en la paz nocturna, no me atrevo a moverme, porque temo que el éxtasis se rompa si me muevo. Mi corazón palpita en la distancia y asciende en espirales hacia un astro que ignoro. Un vaho de silencio me envuelve de fragancia, y me dicta las sílabas de una estrofa de oro. Estoy solo en la noche. El tiempo ya no existe. Nada existe en la noche, que no existe tampoco. Yo solo existo. Yo, que por ser loco y triste, puedo soñar despierto para morirme un poco...
0
492
Nocturno v
Juan Breva tenía cuerpo de gigante y voz de niña. Nada como su trino. Era la misma pena cantando detrás de una sonrisa. Evoca los limonares de Málaga la dormida, y hay en su llanto dejos de sal marina. Como Homero cantó ciego. Su voz tenía, algo de mar sin luz y naranja exprimida.
0
415
Juan breva
Hasta el ángulo en sombra en que, al soñar los leves sueños de la mañana, funjo interinamente de árabe sin hurí, llega la dulce voz de una dulce paisana. La alondra me despierta con un tímido ensayo de canción balbuciente y un titubeo de sol en el ala inexperta. ¡Gracias, Padre del día, oh buen Pastor de estrellas cantando por Banville! Gracias por el saludo en que esta embajadora del alba, me ha traído un mensaje de abril; gracias porque el temblor de su canto se funde con las madrugadoras esquilas de mi tierra, y porque el sol que tiembla en sus alas no es otro que el que baña la casa en que nací, y el valle azul, y la azul sierra. ¡Gracias porque en el trino de la alondra, me llega, por primer don del día, este don femenino!
0
431
Me despierta una alondra
Aquí gaviota vela, aquí conmigo, luz en canto recién amanecido; dame verde tu aliento rama trino, soñolencia limón bostezo hiedra; embiste mar, embiste mis pupilas y en ritmo azul adéntrate en mis venas, ola tras ola y siempre lejanía, apetencia, voraz de despedida, pero también de rubia resolana, de sol adolescente y marinero, de modorra desnuda, aquí, en la playa. -de espalda femenina y asoleada-, ****** azul remanso, vuelo espuma, horizonte, horizonte, y humareda -algosa cabellera en el recuerdo- junto al fervor devoto de los pinos, azul, ellos también, ya casi cielo, y de cuanto es sustancia y es entrega, milagro permanente, brisa, piedra, cadencia de rompiente en la escollera... y en mí -¡ya para siempre!- hasta la médula.
0
414
Euforia
A dura sombra el día, a dura sombra la noche lúcida de orquestada lengua. El ruiseñor eterno no se asombra de su rumor, ni él su trino amengua. La tremenda amapola de las horas, en la hora de amor, Eros deshoja y el dios de amor, mi luna de a deshoras, en su balanza, sin descuento, arroja. Inauguro este sueño a todo fuego y con un soplo me lo aviva un ángel. Mujeres de alto pecho, hombres en lego, dirán, con voz de silvo, que es desángel, pero mi Dios supremo, a quien lo entrego, sabe que es El quien empujo al arcángel.
0
321
Este ensueño a todo fuego
Todo aquel artificio de que antaño hice gala, ya no inquieta mi anhelo, cada día más puro: tras la ciencia del trino vino el golpe del ala; bajo el frágil follaje cuando el fruto maduro. Abrí surcos de arena en un gesto de audacia, con el gesto de un río que logró ser torrente; 1 y hoy se yergue en mis surcos una espiga de gracia, y el torrente se aquieta con ternuras de fuente. Y es que al cabo nutro de la savia divina, y ya sé lo que valen la raíz y la fronda, porque he visto que un árbol poco a poco se empina, y, a medida que crece, su raíz es más honda. Y por eso en las brisas ya no fluye mi trino, pues mis alas prefieren abarcar más distancia: y, a manera de un árbol en mitad de un camino, doy a todos un poco de quietud y fragancia. Si los vientos sacuden mi verdor, no me inmuto. Si algún hacha me quiere derribar, no me asombra. Y hundo más mis raíces, para así dar más fruto, y alzo más mis ramajes, para así dar más sombra.
0
319
Parábola del árbol