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"tardo" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Pareva facile giuoco mutare in nulla lo spazio che m'era aperto, in un tedio malcerto il certo tuo fuoco. Ora a quel vuoto ** congiunto ogni mio tardo motivo, sull'arduo nulla si spunta l'ansia di attenderti vivo. La vita che dà barlumi è quella che sola tu scorgi. A lei ti sporgi da questa finestra che non s'illumina.
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Il balcone
Un vischio, fin dall'infanzia sospeso grappolo di fede e di pruina sul tuo lavandino e sullo specchio ovale ch'ora adombrano i tuoi ricci bergére fra santini e ritratti di ragazzi infilati un po' alla svelta nella cornice, una caraffa vuota, bicchierini di cenere e di bucce, le luci di Mayfair, poi a un crocicchio le anime, le bottiglie che non seppero aprirsi, non più guerra né pace, il tardo frullo di un piccione incapace di seguirti sui gradini automatici che ti slittano in giù….
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Di un Natale metropolitano
Niños del mundo, si cae España -digo, es un decir- si cae del cielo abajo su antebrazo que asen, en cabestro, dos láminas terrestres; niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas! ¡qué temprano en el sol lo que os decía! ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! ¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!¡Niños del mundo, está la madre España con su vientre a cuestas; está nuestra madre con sus férulas, está madre y maestra, cruz y madera, porque os dio la altura, vértigo y división y suma, niños; está con ella, padres procesales!Si cae -digo, es un decir- si cae España, de la tierra para abajo, niños ¡cómo vais a cesar de crecer! ¡cómo va a castigar el año al mes! ¡cómo van a quedarse en diez los dientes, en palote el diptongo, la medalla en llanto! ¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero! ¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena!Niños, hijos de los guerreros, entre tanto, bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo la energía entre el reino animal, las florecillas, los cometas y los hombres. ¡Bajad la voz, que está en su rigor, que es grande, sin saber qué hacer, y está en su mano la calavera, aquella de la trenza; la calavera, aquella de la vida!¡Bajad la voz, os digo; bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun el de las sienes que andan con dos piedras! ¡Bajad el aliento, y si el antebrazo baja, si las férulas suenan, si es la noche, si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo, si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin ***** si la madre España cae -digo, es un decir-, salid, niños, del mundo; id a buscarla!...
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Xiv
Niños del mundo, si cae España -digo, es un decir- si cae del cielo abajo su antebrazo que asen, en cabestro, dos láminas terrestres; niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas! ¡qué temprano en el sol lo que os decía! ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! ¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!¡Niños del mundo, está la madre España con su vientre a cuestas; está nuestra madre con sus férulas, está madre y maestra, cruz y madera, porque os dio la altura, vértigo y división y suma, niños; está con ella, padres procesales!Si cae -digo, es un decir- si cae España, de la tierra para abajo, niños ¡cómo vais a cesar de crecer! ¡cómo va a castigar el año al mes! ¡cómo van a quedarse en diez los dientes, en palote el diptongo, la medalla en llanto! ¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero! ¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto hasta la letra en que nació la pena!Niños, hijos de los guerreros, entre tanto, bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo la energía entre el reino animal, las florecillas, los cometas y los hombres. ¡Bajad la voz, que está en su rigor, que es grande, sin saber qué hacer, y está en su mano la calavera, aquella de la trenza; la calavera, aquella de la vida!¡Bajad la voz, os digo; bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun el de las sienes que andan con dos piedras! ¡Bajad el aliento, y si el antebrazo baja, si las férulas suenan, si es la noche, si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo, si no veis a nadie, si os asustan los lápices sin ***** si la madre España cae -digo, es un decir-, salid, niños, del mundo; id a buscarla!...
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Ricordi quand'eri saggina, coi penduli grani che il vento scoteva, come una manina di ***** il sonaglio d'argento? Cadeva la brina; la pioggia cadeva: passavano uccelli gemendo: tu gracile e roggia tinnivi coi cento ramelli. Ed oggi non più come ieri tu senti la pioggia e la brina, ma sgrigioli come quand'eri saggina. Restavi negletta nei solchi quand'ogni pannocchia fu colta: te, colsero, quando i bifolchi v'ararono ancora una volta. Un vecchio ti prese, recise, legò; ti privò della bella semenza tua rossa; e ti mise nell'angolo, ad essere ancella. E in casa tu resti, in un canto, negletta qui come laggiù; ma niuno è di casa pur quanto sei tu. Se t'odia colui che la trama distende negli alti solai, l'arguta gallina pur t'ama, cui porti la preda che fai. E t'ama anche senza, ché ai costi ti sbalza, ed i grani t'invola, residui del tempo che fosti saggina, nei campi già sola. Ma più, gracilando t'aspetta con ciò che in tua vasta rapina le strascichi dalla già netta cucina. Tu lasci che t'odiino, lasci che t'amino: muta, il tuo giorno, nell'angolo, resti, coi fasci di stecchi che attendono il forno. Nell'angolo il giorno tu resti, pensosa del canto del gallo; se al ***** tu già non ti presti, che viene, e ti vuole cavallo. Riporti, con lui che ti frena, le paglie ch'hai tolte, e ben più; e gioia or n'ha esso; ma pena poi tu. Sei l'umile ancella; ma reggi la casa: tu sgridi a buon'ora, mentre impaziente passeggi, gl'ignavi che dormono ancora. E quanto tu muovi dal canto, la rondine è ancora nel nido; e quando comincia il suo canto, già ode per casa il tuo strido. E l'alba il suo cielo rischiara, ma prima lo spruzza e imperlina, così come tu la tua cara casina. Sei l'umile ancella, ma regni su l'umile casa pulita. Minacci, rimproveri; insegni ch'è bella, se pura, la vita. Insegni, con l'acre tua cura rodendo la pietra e la creta, che sempre, per essere pura, si logora l'anima lieta. Insegni, tu sacra ad un rogo non tardo, non bello, che più di ciò che tu mondi, ti logori tu!
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La canzone della granata
Ricordi quand'eri saggina, coi penduli grani che il vento scoteva, come una manina di ***** il sonaglio d'argento? Cadeva la brina; la pioggia cadeva: passavano uccelli gemendo: tu gracile e roggia tinnivi coi cento ramelli. Ed oggi non più come ieri tu senti la pioggia e la brina, ma sgrigioli come quand'eri saggina. Restavi negletta nei solchi quand'ogni pannocchia fu colta: te, colsero, quando i bifolchi v'ararono ancora una volta. Un vecchio ti prese, recise, legò; ti privò della bella semenza tua rossa; e ti mise nell'angolo, ad essere ancella. E in casa tu resti, in un canto, negletta qui come laggiù; ma niuno è di casa pur quanto sei tu. Se t'odia colui che la trama distende negli alti solai, l'arguta gallina pur t'ama, cui porti la preda che fai. E t'ama anche senza, ché ai costi ti sbalza, ed i grani t'invola, residui del tempo che fosti saggina, nei campi già sola. Ma più, gracilando t'aspetta con ciò che in tua vasta rapina le strascichi dalla già netta cucina. Tu lasci che t'odiino, lasci che t'amino: muta, il tuo giorno, nell'angolo, resti, coi fasci di stecchi che attendono il forno. Nell'angolo il giorno tu resti, pensosa del canto del gallo; se al ***** tu già non ti presti, che viene, e ti vuole cavallo. Riporti, con lui che ti frena, le paglie ch'hai tolte, e ben più; e gioia or n'ha esso; ma pena poi tu. Sei l'umile ancella; ma reggi la casa: tu sgridi a buon'ora, mentre impaziente passeggi, gl'ignavi che dormono ancora. E quanto tu muovi dal canto, la rondine è ancora nel nido; e quando comincia il suo canto, già ode per casa il tuo strido. E l'alba il suo cielo rischiara, ma prima lo spruzza e imperlina, così come tu la tua cara casina. Sei l'umile ancella, ma regni su l'umile casa pulita. Minacci, rimproveri; insegni ch'è bella, se pura, la vita. Insegni, con l'acre tua cura rodendo la pietra e la creta, che sempre, per essere pura, si logora l'anima lieta. Insegni, tu sacra ad un rogo non tardo, non bello, che più di ciò che tu mondi, ti logori tu!
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El vago azar o las precisas leyes Que rigen este sueño, el universo, Me permitieron compartir un terso Trecho del curso con Alfonso Reyes. Supo bien aquel arte que ninguno Supo del todo, ni Simbad ni Ulises, Que es pasar de un país a otros países Y estar íntegramente en cada uno. Si la memoria le clavó su flecha Alguna vez, labró con el violento Metal del arma el numeroso y lento Alejandrino o la afligida endecha. En los trabajos lo asistió la humana Esperanza y fue lumbre de su vida Dar con el verso que ya no se olvida Y renovar la prosa castellana. Más allá del Myo Cid de paso tardo Y de la grey que aspira a ser oscura, Rastreaba la fugaz literatura Hasta los arrabales del lunfardo. En los cinco jardines del Marino Se demoró, pero algo en él había Inmortal y esencial que prefería El arduo estudio y el deber divino. Prefirió, mejor dicho, los jardines De la meditación, donde Porfirio Erigió ante las sombras y el delirio El Árbol del Principio y de los Fines. Reyes, la indescifrable providencia Que administra lo pródigo y lo parco Nos dio a los unos el sector o el arco, Pero a ti la total circunferencia. Lo dichoso buscabas o lo triste Que ocultan frontispicios y renombres: Como el Dios del Erígena, quisiste Ser nadie para ser todos los hombres. Vastos y delicados esplendores Logró tu estilo, esa precisa rosa, Y a las guerras de Dios tornó gozosa La sangre militar de tus mayores. ¿Dónde estará (pregunto) el mexicano? ¿Contemplará con el horror de Edipo Ante la extraña Esfinge, el Arquetipo Inmóvil de la Cara o de la Mano? ¿O errará, como Swedenborg quería, Por un orbe más vívido y complejo Que el terrenal, que apenas es reflejo De aquella alta y celeste algarabía? Si (como los imperios de la laca Y del ébano enseñan) la memoria Labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria Otro México y otra Cuernavaca. Sabe Dios los colores que la suerte Propone al hombre más allá del día; Yo ando por estas calles. Todavía Muy poco se me alcanza de la muerte. Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes (Dondequiera que el mar lo haya arrojado) Se aplicará dichoso y desvelado Al otro enigma y a las otras leyes. Al impar tributemos, al diverso Las palmas y el clamor de la victoria: No profane mi lágrima este verso Que nuestro amor inscribe a su memoria.
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In memoriam
El vago azar o las precisas leyes Que rigen este sueño, el universo, Me permitieron compartir un terso Trecho del curso con Alfonso Reyes. Supo bien aquel arte que ninguno Supo del todo, ni Simbad ni Ulises, Que es pasar de un país a otros países Y estar íntegramente en cada uno. Si la memoria le clavó su flecha Alguna vez, labró con el violento Metal del arma el numeroso y lento Alejandrino o la afligida endecha. En los trabajos lo asistió la humana Esperanza y fue lumbre de su vida Dar con el verso que ya no se olvida Y renovar la prosa castellana. Más allá del Myo Cid de paso tardo Y de la grey que aspira a ser oscura, Rastreaba la fugaz literatura Hasta los arrabales del lunfardo. En los cinco jardines del Marino Se demoró, pero algo en él había Inmortal y esencial que prefería El arduo estudio y el deber divino. Prefirió, mejor dicho, los jardines De la meditación, donde Porfirio Erigió ante las sombras y el delirio El Árbol del Principio y de los Fines. Reyes, la indescifrable providencia Que administra lo pródigo y lo parco Nos dio a los unos el sector o el arco, Pero a ti la total circunferencia. Lo dichoso buscabas o lo triste Que ocultan frontispicios y renombres: Como el Dios del Erígena, quisiste Ser nadie para ser todos los hombres. Vastos y delicados esplendores Logró tu estilo, esa precisa rosa, Y a las guerras de Dios tornó gozosa La sangre militar de tus mayores. ¿Dónde estará (pregunto) el mexicano? ¿Contemplará con el horror de Edipo Ante la extraña Esfinge, el Arquetipo Inmóvil de la Cara o de la Mano? ¿O errará, como Swedenborg quería, Por un orbe más vívido y complejo Que el terrenal, que apenas es reflejo De aquella alta y celeste algarabía? Si (como los imperios de la laca Y del ébano enseñan) la memoria Labra su íntimo Edén, ya hay en la gloria Otro México y otra Cuernavaca. Sabe Dios los colores que la suerte Propone al hombre más allá del día; Yo ando por estas calles. Todavía Muy poco se me alcanza de la muerte. Sólo una cosa sé. Que Alfonso Reyes (Dondequiera que el mar lo haya arrojado) Se aplicará dichoso y desvelado Al otro enigma y a las otras leyes. Al impar tributemos, al diverso Las palmas y el clamor de la victoria: No profane mi lágrima este verso Que nuestro amor inscribe a su memoria.
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Mis recuerdos le reclaman a mi piel la manera de mantenerte en mi silencio y poco tardo en recogerle al tiempo un segundo de tu voz. recuerda la noche acaso ¿cómo llamarte si le robas su dulzura? y  ¿cómo me llamo yo? si en tus labios guardo la cura, Entonces soy silencio si en silencio es que estás soy recuerdo si me quieres olvidar las tinieblas que me dejas si te vas, y la luz de tus ojos si me vuelves a mirar… Tal vez nunca sepa tu nombre verdadero y viva engañado por una simple ilusión pero recordaré que tu amor fue el primero el primero que me robo el corazón.
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Apr 22, 2014
Apr 22, 2014 at 10:45 PM UTC
Untitled
Fría es la noche y pura. La luna, limpia, albea oblicuamente la pared.                                 Oscura y redonda, la salvia, que menea sus cálices mojados de relente, embriaga la paz.                                 La estrella llora, virando hacia el poniente, verde temblor sobre la sola acacia... Se oye jirar el mundo...                                 Y en la hora clara y llena de gracia, lo que es humilde tiene una belleza eterna: el descansado y blando rucio que llama, en alto bando, a un hermano; la brisa distraída de la pobre ribera conocida; el tardo grillo; el gallo alerta que, un momento, despierta las rosas con su voz que quiebra albores por los llanos del alba...                                 Belén viene a todos los corrales... Casi incoloros, los colores parecen de cristales...
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Aldea
Sobre el camino se ve la venta.         Risueño el valle, claveles rojos, olor de menta, de madreselvas y frondosa calle. En el corral amplio, vacas y perros         altos magueyes, el sol dorado de altos cerros, carros tirados por lentos bueyes. Frente a la casa, los barrizales         bajo madroños; sobre la vega, rubios maizales, y junto al plátano, verdes retoños. Marcando prados en las campiñas         se ven las zanjas; junto al vallado se alzan las piñas, y al gusto encintan ya las naranjas. Cuelgan los troncos fuertes y erectos         las níveas barbas, sobre las hojas vuelan insectos, bajo las hojas duermen las larvas. Entre los fondos, ***** al antiguo         trapiche humea, y por la cuesta, sendero exiguo que zigzagueando llevan a la aldea. Verán tus ojos en la verdura         y a donde vayas, los mararayes en la espesura, sobre las piedras, las pitahayas. Con sus pinceles la tarde pinta         vívido cromo; de plata el río semeja cinta, y el pozo, lejos manchas de plomo. Amarillento sobre la falda         se abre un barranco, y de los campos en la esmeralda Se alza, de techos, el humo blanco. Una flor roja, vivas oscila,         tiembla su estambre, y bajo cedros, en doble fila, sobre el camino, cerca de alambre. La azada al hombro, tardo el labriego         vuelve del campo. y en ella fulge, roca de fuego, del sol poniente vívido lampo. Gris una nube, pasando finge         velera barca; otra, un castillo, y otra, una esfinge, y un dragón otra, que el cuello enarca. El horizonte cortan los techos         las cumbres calvas, y en el remanso, por entre helechos, los pastos tienden sus plumas albas. Abre sus flores los alhelíes         cerca del río, y el café luce, como rubíes, sus rojos granos bajo el plantío. En las paredes de la posada         se ven letreros; son un recuerdo para la amada, o vanidades de pasajeros. Por los bardales se ven las rosas         sobre el camino; Pasan volando las mariposas, y a un canto, lejos responde un trino. ¡para el reposo, feliz quien halle         tu puerta franca! ¡qué paz más honda la de tu valle! ¡qué paz, la tuya, casita blanca!
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La venta
Sobre el camino se ve la venta.         Risueño el valle, claveles rojos, olor de menta, de madreselvas y frondosa calle. En el corral amplio, vacas y perros         altos magueyes, el sol dorado de altos cerros, carros tirados por lentos bueyes. Frente a la casa, los barrizales         bajo madroños; sobre la vega, rubios maizales, y junto al plátano, verdes retoños. Marcando prados en las campiñas         se ven las zanjas; junto al vallado se alzan las piñas, y al gusto encintan ya las naranjas. Cuelgan los troncos fuertes y erectos         las níveas barbas, sobre las hojas vuelan insectos, bajo las hojas duermen las larvas. Entre los fondos, ***** al antiguo         trapiche humea, y por la cuesta, sendero exiguo que zigzagueando llevan a la aldea. Verán tus ojos en la verdura         y a donde vayas, los mararayes en la espesura, sobre las piedras, las pitahayas. Con sus pinceles la tarde pinta         vívido cromo; de plata el río semeja cinta, y el pozo, lejos manchas de plomo. Amarillento sobre la falda         se abre un barranco, y de los campos en la esmeralda Se alza, de techos, el humo blanco. Una flor roja, vivas oscila,         tiembla su estambre, y bajo cedros, en doble fila, sobre el camino, cerca de alambre. La azada al hombro, tardo el labriego         vuelve del campo. y en ella fulge, roca de fuego, del sol poniente vívido lampo. Gris una nube, pasando finge         velera barca; otra, un castillo, y otra, una esfinge, y un dragón otra, que el cuello enarca. El horizonte cortan los techos         las cumbres calvas, y en el remanso, por entre helechos, los pastos tienden sus plumas albas. Abre sus flores los alhelíes         cerca del río, y el café luce, como rubíes, sus rojos granos bajo el plantío. En las paredes de la posada         se ven letreros; son un recuerdo para la amada, o vanidades de pasajeros. Por los bardales se ven las rosas         sobre el camino; Pasan volando las mariposas, y a un canto, lejos responde un trino. ¡para el reposo, feliz quien halle         tu puerta franca! ¡qué paz más honda la de tu valle! ¡qué paz, la tuya, casita blanca!
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Sul, limitare, tra la casa e 1'orto dove son brulli gli alberi, te voglio, che vi verdeggi dopo ch'io sia morto, sempre, agrifoglio. Lauro spinoso t'ha chiamato il volgo, che sempre verde t'ammirò sul monte: oh! Cola il sangue se un tuo ramo avvolgo alla mia fronte! Tu devi, o lauro, cingere l'esangue fronte dei morti! E nella nebbia pigra alle tue bacche del color di sangue, venga chi migra, tordo, frosone, zigolo muciatto, presso la casa ove né suona il tardo passo del vecchio. E vengavi d'appiatto l'uomo lombardo, e del tuo duro legno, alla sua guisa foggi cucchiari e mestole; il cucchiare con cui la mamma imbocca il ***** assisa sul limitare.
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L'agrifoglio
Y sacaréme la niebla el turbio zumo oscuro del traspienso la pulpa la soborra de mente toda su gris resaca me sacaré hasta el meollo antes de que se asiente la áspera espera arena que taté teté yo y lamí y tragué yo en la sed a trago tardo largo lo hueco lo plenamente hueco y que no es más que hueco pero crece sin fin ni sino o causa o pauta o pausa me sacaré yo el lastre que no lastra por no saber a piedra por no saber saber ni saber no saber los decesos del seso y sus desechos me sacaré yo de pie junto con tanta sombra sórdida que sobra de cuanto fue y no fue o fue fue y no se fue aunque retorne al árbol del primo primo simio me sacaré yo sin tino la maraña demasiadísimo humana y mil y miles vueltas y revueltas y contras y recontras y sus colas y sus entelequitas y emocioncitas nómadas y más y más de cuajo me sacaré el obtuso yo zurdo absurdo burdo que aún busca ser herido aunque sonría entre otros obvios sordos escombros naturales y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula porque me cree su perro
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Porque me cree su perro
Ya no más en las noches, en las noches glaciales que agitaban los rizos de azabache en tu nuca, soñaremos unidos en los viejos sitiales; ya no más en las tardes frías, quietas y grises, pediremos mercedes a la Virgen caduca, la de manto de plata salpicado de lises. ¡Ay!, es fuerza que ocultes ese rostro marmóreo: vida y luz, en un claustro de penumbras austeras donde pesa en las almas todo el hielo hiperbóreo. Nos amábamos mucho; mas tu amor me perdía; ¡nos queríamos tanto...! Mas así me perdieras, y rompimos el lazo que al placer nos unía. ¡Es preciso! Muramos a las dichas humanas; ¡seguiré mi camino, muy penoso y muy tardo, sin besar tus pupilas, tus pupilas arcanas! Plegue a Dios cuando menos que algún día, señora, muerto ya, te visite, como Pedro Abelardo visitó, ya cadáver, a Eloísa la Priora.
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Ruptura tardía