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"suprema" poems
We have heard the words they preach The Gospel carpetbaggers teach That some of us can make their own rules. Any white people that don’t are fools. They redefine the meaning of equality The gladly withhold my rights from me. They choose what part of good is good And happily red-lined my neighborhood. Don’t wave your seditionist flag at me/ I believe in liberty, equality ad fraternity. Your rhetoric is a disguise of old John Birch. If I want to hear your hateful sermon I prefer to have to go to your church. They think us blind and cannot see That they openly abhor equality. They say one thing in the South Up north they use another mouth, And speak with a totally forked tongue And push half the race down a rung. They cry like they have all been hurt But it is they who treat the rest like dirt. Don’t wave your seditionist flag at me/ I believe in liberty, equality ad fraternity. Your rhetoric is a disguise of old John Birch. If I want to hear your hateful sermon I prefer to have to go to your church. There is no difference from your chant And the Inquisition’s deadly cant. These punishing words out of you Are ages old, they are not new. If Jesus were here to hear you start This ugly talk, it would break his heart. Don’t wave your seditionist flag at me/ I believe in liberty, equality ad fraternity. Your rhetoric is a disguise of old John Birch. If I want to hear your hateful sermon I prefer to have to go to your church.
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Nov 15, 2016
Nov 15, 2016 at 4:31 PM UTC
SUPREMA-CYSTS
Dilaw na laso Para sa pusturang laos Tatak Pilipino Kahihiyan naman ang puntos na dala. Daraan ang bisekleta ni Juan At titilapon ang mga matitining Na Animo Rizal Doon sa Puting Palasyo Dilaw na laso Laban sa Korte Suprema Kung sinong naghalal at nagluklok Siya ring magpapalaya Malayo lamang tayo Sa humihilik na kasinungalingan
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Jul 17, 2014
Jul 17, 2014 at 11:29 AM UTC
Yellow Lies
Dios -¿de dónde sacaste para encender el cielo este maravilloso crepúsculo de cobre? Por él supe llenarme de alegría de nuevo, y la mala mirada supe tornarla noble. Entre las llamaradas amarillas y verdes se alumbró el lampadario de un sol desconocido que rajó las azules llanuras del oeste y volcó en las montañas, sus fuentes y sus ríos. Dame la maga fiesta, Dios, déjala en mi vida, dame los fuegos tuyos para alumbrar la tierra, deja en mi corazón tu lámpara encendida y yo seré el aceite de su lumbre suprema. Y me iré por los campos en la noche estrellada con los brazos abiertos y la frente desnuda, cantando aires ingenuos con las mismas palabras que en la noche se dicen los campos y la luna.
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Dame la maga fiesta
Siento el peso de este mundo en mi cabeza. Y no sé si en algún momento de mi vida fui. Si viviera yo en una edad oscura, si obedeciera yo a un ínclito rey, a una palabra suprema, al poder de dios, entonces yo caminaría en el relieve bajo el mar. Y sería perfecta porque existiría para pelear guerras santas y salvar vírgenes raptadas. Sería perfecta y no tendría miedo. Estaría yo forjada desde el principio con una lanza en la mano y el yelmo en la cabeza. Sería un caballero de ilustres tierras, de ilustres logros. Los tiempos modernos, sin embargo, me han despojado de un destino glorioso. No tengo nada más que incertidumbre. No tengo un nombre que sea mío. No poseo títulos ni tesoros ganados. No soy nada más que una armadura vacía. Y el paso del tiempo me oxida las articulaciones. ¿A dónde pueden huir las almas guerreras? ¿A qué rey acudo para prometerle fidelidad? No hay aspiraciones nobles en este mundo. Me tengo que armar de pedazos rotos, de rituales inútiles. Mi escudo es un libro de hojas muy blandas. Mi vestido es de hilos muy ligeros. Jamás he visto vestíbulos de grandes castillo, jamás he añorado el amor de una hermosa señora, jamás he clavado flechas en el corazón de un dragón. ¿Qué soy entonces? Si no soy lo que quiero, ¿qué es esto que respira y que duele y que se lastima los nudillos de las manos de tanto golpear las puertas? Las puertas no abren. No sé si algún día abrirán. Mis sueños están formados con la intención de atravesarlas. Mis manos están hechas para esgrimar famosas espadas. Y no tengo nada. Y no tengo nada que no sea invisible. La armadura que soy yo no es nada más que la promesa de la armadura. Y mi voz metálica es la promesa de la voz. Y no sé yo si soy.
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Feb 1, 2013
Feb 1, 2013 at 2:49 PM UTC
La armadura vacía.
Siento el peso de este mundo en mi cabeza. Y no sé si en algún momento de mi vida fui. Si viviera yo en una edad oscura, si obedeciera yo a un ínclito rey, a una palabra suprema, al poder de dios, entonces yo caminaría en el relieve bajo el mar. Y sería perfecta porque existiría para pelear guerras santas y salvar vírgenes raptadas. Sería perfecta y no tendría miedo. Estaría yo forjada desde el principio con una lanza en la mano y el yelmo en la cabeza. Sería un caballero de ilustres tierras, de ilustres logros. Los tiempos modernos, sin embargo, me han despojado de un destino glorioso. No tengo nada más que incertidumbre. No tengo un nombre que sea mío. No poseo títulos ni tesoros ganados. No soy nada más que una armadura vacía. Y el paso del tiempo me oxida las articulaciones. ¿A dónde pueden huir las almas guerreras? ¿A qué rey acudo para prometerle fidelidad? No hay aspiraciones nobles en este mundo. Me tengo que armar de pedazos rotos, de rituales inútiles. Mi escudo es un libro de hojas muy blandas. Mi vestido es de hilos muy ligeros. Jamás he visto vestíbulos de grandes castillo, jamás he añorado el amor de una hermosa señora, jamás he clavado flechas en el corazón de un dragón. ¿Qué soy entonces? Si no soy lo que quiero, ¿qué es esto que respira y que duele y que se lastima los nudillos de las manos de tanto golpear las puertas? Las puertas no abren. No sé si algún día abrirán. Mis sueños están formados con la intención de atravesarlas. Mis manos están hechas para esgrimar famosas espadas. Y no tengo nada. Y no tengo nada que no sea invisible. La armadura que soy yo no es nada más que la promesa de la armadura. Y mi voz metálica es la promesa de la voz. Y no sé yo si soy.
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El son del viento en la arcada tiene la clave de mí mismo: soy una fuerza exacerbada y soy un clamor de abismo. Entre los coros estelares oigo algo mío disonar. Mis acciones y mis cantares tenían ritmo particular. Vine al torrente de la vida en Santa Rosa de Osos, una medianoche encendida en astros de signos borrosos. Tomé posesión de la tierra, mía en el sueño y el lino y el pan; y, moviendo a las normas guerra, fui Eva... y fui Adán. Yo ceñía el campo maduro como si fuera una mujer, y me enturbiaba un vino oscuro de placer. Yo gustaba la voz del viento como una piñuela en sazón, y me la comía... con lamento de avidez en el corazón. Y, alígero esquife al día, y a la noche y al tumbo del mar, bogaba mi fantasía en un rayo de luz solar. Iba tras la forma suprema, tras la nube y el ruiseñor y el cristal y el doncel y la gema del dolor. Iba al Oriente, al Oriente, hacia las islas de la luz, a donde alzara un pueblo ardiente sublimes himnos a lo azul. Ya, cruzando la Palestina, veía el rostro de Benjamín, su ojo límpido, su boca fina y su arrebato de carmín. O de Grecia en el día de oro, do el cañuto le daba Pan, amaba a Sófocles en el Coro sonoro que canta el Peán. O con celo y ardor de paloma en celo, en la Arabia de Alá seguía el curso de Mahoma por la hermosura de Abdalá: Abdalá era cosa más bella que lauro y lira y flauta y miel; cuando le llevó una doncella ¡cien doncellas murieron por él! ... Mis manos se alzaron al ámbito para medir la inmensidad; pero mi corazón buscaba ex-ámbito la luz, el amor, la verdad. Mis pies se hincaban en el suelo cual pezuña de Lucifer, y algo en mí tendía el vuelo por la niebla, hacia el rosicler... Pero la Dama misteriosa de los cabellos de fulgor viene y en mí su mano posa y me infunde un fatal amor. Y lo demás de mi vida no es sino aquel amor fatal, con una que otra lámpara encendida ante el ara del ideal. Y errar, errar, errar a solas, la luz de Saturno en mi sien, roto mástil sobre las olas en vaivén. Y una prez en mi alma colérica que al torvo sino desafía: el orgullo de ser, ¡oh América! el Ashaverus de tu poesía... Y en la flor fugaz del momento querer el aroma perdido, y en un deleite sin pensamiento hallar la clave del olvido; después un viento... un viento... un viento... ¡y en ese viento, mi alarido!
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El son del viento
El son del viento en la arcada tiene la clave de mí mismo: soy una fuerza exacerbada y soy un clamor de abismo. Entre los coros estelares oigo algo mío disonar. Mis acciones y mis cantares tenían ritmo particular. Vine al torrente de la vida en Santa Rosa de Osos, una medianoche encendida en astros de signos borrosos. Tomé posesión de la tierra, mía en el sueño y el lino y el pan; y, moviendo a las normas guerra, fui Eva... y fui Adán. Yo ceñía el campo maduro como si fuera una mujer, y me enturbiaba un vino oscuro de placer. Yo gustaba la voz del viento como una piñuela en sazón, y me la comía... con lamento de avidez en el corazón. Y, alígero esquife al día, y a la noche y al tumbo del mar, bogaba mi fantasía en un rayo de luz solar. Iba tras la forma suprema, tras la nube y el ruiseñor y el cristal y el doncel y la gema del dolor. Iba al Oriente, al Oriente, hacia las islas de la luz, a donde alzara un pueblo ardiente sublimes himnos a lo azul. Ya, cruzando la Palestina, veía el rostro de Benjamín, su ojo límpido, su boca fina y su arrebato de carmín. O de Grecia en el día de oro, do el cañuto le daba Pan, amaba a Sófocles en el Coro sonoro que canta el Peán. O con celo y ardor de paloma en celo, en la Arabia de Alá seguía el curso de Mahoma por la hermosura de Abdalá: Abdalá era cosa más bella que lauro y lira y flauta y miel; cuando le llevó una doncella ¡cien doncellas murieron por él! ... Mis manos se alzaron al ámbito para medir la inmensidad; pero mi corazón buscaba ex-ámbito la luz, el amor, la verdad. Mis pies se hincaban en el suelo cual pezuña de Lucifer, y algo en mí tendía el vuelo por la niebla, hacia el rosicler... Pero la Dama misteriosa de los cabellos de fulgor viene y en mí su mano posa y me infunde un fatal amor. Y lo demás de mi vida no es sino aquel amor fatal, con una que otra lámpara encendida ante el ara del ideal. Y errar, errar, errar a solas, la luz de Saturno en mi sien, roto mástil sobre las olas en vaivén. Y una prez en mi alma colérica que al torvo sino desafía: el orgullo de ser, ¡oh América! el Ashaverus de tu poesía... Y en la flor fugaz del momento querer el aroma perdido, y en un deleite sin pensamiento hallar la clave del olvido; después un viento... un viento... un viento... ¡y en ese viento, mi alarido!
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Vengo a expresar mi desazón suprema y a perpetuarla en la virtud del canto. Yo soy Maín, el héroe del poema, que vio, desde los círculos del día, regir el mundo una embriaguez y un llanto. ¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía! Y velaré mi arduo pensamiento sotto il velame degli versi strani, fastuoso, de pompas seculares; perfecta en sí la estrofa del lamento y a impulso de los ritmos estelares. Columpia el mar su cauda nacarina, e imbuida en la clámide del río pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina. Grana el campo nutricio, fluyen mieles, una deidad inflama las horas con su llama y loa el día azul un coro de donceles. Romero: ¿no rebosa el corazón por la noche de sombras evocadas, por la tierra de arrugas trabajadas, del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción? Brilla en las lejanías invioladas vaga ciudad, e! viento da en los juncos, los juncos gimen bajo el viento rudo... Romero, ¡que se vierta el corazón! y la ternura y la tristeza mía canten en el crepúsculo: ¡Armonía! Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas, yo, Rey del reino vacuo de las rimas, con mis canciones ebrias que un son nocturno hechiza y con mis voces pávidas, anuncio las cavernas del Enigma. En mis siete dolores primarios se resume, como en alejandrino paradigma, la escala del dolor que el mal asume. Tenebrosa, recóndita Armonía... Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro como el cerrado corazón de un monte; pero sobre sus ruinas de inocencias haré brillar, ebrio del dolor puro, una gota de luz del corazón del monte.
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Acuarimántima i
Vengo a expresar mi desazón suprema y a perpetuarla en la virtud del canto. Yo soy Maín, el héroe del poema, que vio, desde los círculos del día, regir el mundo una embriaguez y un llanto. ¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía! Y velaré mi arduo pensamiento sotto il velame degli versi strani, fastuoso, de pompas seculares; perfecta en sí la estrofa del lamento y a impulso de los ritmos estelares. Columpia el mar su cauda nacarina, e imbuida en la clámide del río pasa en la bruma fúlgida la carne de la ondina. Grana el campo nutricio, fluyen mieles, una deidad inflama las horas con su llama y loa el día azul un coro de donceles. Romero: ¿no rebosa el corazón por la noche de sombras evocadas, por la tierra de arrugas trabajadas, del Tiempo y el Espacio la múltiple emoción? Brilla en las lejanías invioladas vaga ciudad, e! viento da en los juncos, los juncos gimen bajo el viento rudo... Romero, ¡que se vierta el corazón! y la ternura y la tristeza mía canten en el crepúsculo: ¡Armonía! Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas, yo, Rey del reino vacuo de las rimas, con mis canciones ebrias que un son nocturno hechiza y con mis voces pávidas, anuncio las cavernas del Enigma. En mis siete dolores primarios se resume, como en alejandrino paradigma, la escala del dolor que el mal asume. Tenebrosa, recóndita Armonía... Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro como el cerrado corazón de un monte; pero sobre sus ruinas de inocencias haré brillar, ebrio del dolor puro, una gota de luz del corazón del monte.
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Llueve... Espera, no duermas, estáte atento a lo que dice el viento y a lo que dice el agua que golpea con sus dedos menudos en los vidrios. Todo mi corazón se vuelve oídos para escuchar a la hechizada hermana, que ha dormido en el cielo, que ha visto el sol de cerca, y baja ahora elástica y alegre de la mano del viento, igual que una viajera que torna a un país de maravilla. ¡Cómo estará de alegre el trigo ondeante! ¡Con qué avidez se esponjará la hierba! ¡Cuántos diamantes colgarán ahora del ramaje profundo de los pinos! Espera, no te duermas. Escuchemos             el ritmo de la lluvia.             Apoya entre mis senos             tu frente taciturna. Yo sentiré el latir de tus dos sienes             palpitantes y tibias, como si fueran dos martillos vivos             que golpearan mi carne. Espera, no te duermas. Esta noche somos los dos un mundo, aislado por el viento y por la lluvia entre la cuenca tibia de una alcoba. Espera, no te duermas. Esta noche somos acaso la raíz suprema de donde debe germinar mañana el tronco bello de una raza nueva
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Noche de lluvia
En libre vuelo, el cielo de mi América hender he visto un cóndor ***** errante. ¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura? Por las arterias de los ciervos montesinos discurre para el cóndor la sangre enardecida, bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas. ¡La presa viva!, ¡el pico ensangrentado!, ¡el ala pronta!, ¡el ímpetu del vuelo! y un delirar de cumbres y centellas. Así mi impulso al aura de la vida, y así mi Musa en su ilusión liviana de que brote la carne un lirio místico. Bestia de los demonios poseída, ¡oh carne, es hora ya del don eucarístico! Cintila el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Tengo la sensación de que discurro delante de los pórticos sagrados: alguien dice mi nombre a la distancia; brotan dulces jardines los collados y asume mi ternura en su fragancia. Claridad estelar, templo encendido, rima errante por noches de pavura, huerto a la luz de Vésper. En olvido mi ser se muere, mi canción no dura, ¿y fui no más un lúgubre alarido? Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga: yo soy tú, que por leyes ominosas, cual vano mimbre que meció una espiga te haces nada en el polvo de las cosas... ¿Y la divina Psiquis, la Rosa entre las rosas? ¿Y mis amores que irisé de lágrimas? ¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día? ¿Y mis antorchas que erigí de emblema? ¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante hacia una ley o una verdad suprema? Pesa sobre tus pétalos, ¡oh Rosa Espiritual! tan lóbrega y cerrada la noche, tan vacía y rencorosa, que en vano el brillo de tu broche efunde. Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada. ¡Nada, nada por siempre! Y merecía mi Alma, por los dioses engañada, la Verdad, y la ley y la Armonía. ¡Sé digna de este horror y de esta nada, y activa y valerosa, ¡oh alma mía!
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Acuarimántima ii
En libre vuelo, el cielo de mi América hender he visto un cóndor ***** errante. ¿Qué abismo circunscribe? ¿Qué intacta nieve augura? Por las arterias de los ciervos montesinos discurre para el cóndor la sangre enardecida, bajo las pieles lúcidas, entre las carnes bellas. ¡La presa viva!, ¡el pico ensangrentado!, ¡el ala pronta!, ¡el ímpetu del vuelo! y un delirar de cumbres y centellas. Así mi impulso al aura de la vida, y así mi Musa en su ilusión liviana de que brote la carne un lirio místico. Bestia de los demonios poseída, ¡oh carne, es hora ya del don eucarístico! Cintila el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Tengo la sensación de que discurro delante de los pórticos sagrados: alguien dice mi nombre a la distancia; brotan dulces jardines los collados y asume mi ternura en su fragancia. Claridad estelar, templo encendido, rima errante por noches de pavura, huerto a la luz de Vésper. En olvido mi ser se muere, mi canción no dura, ¿y fui no más un lúgubre alarido? Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga: yo soy tú, que por leyes ominosas, cual vano mimbre que meció una espiga te haces nada en el polvo de las cosas... ¿Y la divina Psiquis, la Rosa entre las rosas? ¿Y mis amores que irisé de lágrimas? ¿Y mi ciudad nebúlea tras la ilusión del día? ¿Y mis antorchas que erigí de emblema? ¿Y esta inquietud, y este ímpetu anhelante hacia una ley o una verdad suprema? Pesa sobre tus pétalos, ¡oh Rosa Espiritual! tan lóbrega y cerrada la noche, tan vacía y rencorosa, que en vano el brillo de tu broche efunde. Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada. ¡Nada, nada por siempre! Y merecía mi Alma, por los dioses engañada, la Verdad, y la ley y la Armonía. ¡Sé digna de este horror y de esta nada, y activa y valerosa, ¡oh alma mía!
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Dios del venir, te siento entre mis manos, aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa de amor, lo mismo que un fuego con su aire. No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo, ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano; eres igual y uno, eres distinto y todo; eres dios de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso. Yo nada tengo que purgar. Toda mi impedimenta no es sino fundación para este hoy en que, al fin, te deseo; porque estás ya a mi lado en mi eléctrica zona, como está en el amor el amor lleno. Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia y la de otros, la de todos con la forma suma de conciencia; que la esencia es lo sumo, es la forma suprema conseguible, y tu esencia está en mí, como mi forma. Todos mis moldes, llenos estuvieron de ti; pero tú, ahora, no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia que no admite sostén, que no admite corona, que corona y sostiene siendo ingrave. Eres la gracia libre, la gloria del gustar, la eterna simpatía, el gozo del temblor, la luminaria del clariver, el fondo del amor, el horizonte que no quita nada; la transparencia, dios la transparencia, el uno al fin, dios ahora sólito en el uno mío, en el mundo que yo por ti y para ti he creado.
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La trasparencia dios la trasparencia
Quizás pases con otro que te diga al oído esas frases que nadie como yo te dirá; y, ahogando para siempre mi amor inadvertido te amaré más que nunca... y jamás lo sabrás. La desolada estrofa, como si fuera un ala, voló sobre el silencio... Y tú estabas allí: Allí en el más oscuro rincón de aquella sala, estabas tú, escuchando mis versos para ti. Y tú, la inaccesible mujer de ese poema que ofrece su perfume pero oculta su flor, quizás supiste entonces la amargura suprema de quien ama la vida porque muere de amor. Y tú, que nada sabes, que tal vez ni recuerdes aquellos versos tristes y amargos como el mar, cerraste en un suspiro tus grandes ojos verdes, los grandes ojos verdes que nunca he de olvidar. Después, se irguió tu cuerpo como una primavera, mujer hoy y mañana distante como ayer... Y vi que te alejabas sin sospechar siquiera ¡que yo soy aquel hombre... y tú, aquella mujer!
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Poema del poema
Evocación tropical. Cielo añil. Cañaveral, chillón de urracas y loros. Río profundo, sol cobre, que deja flotando sobre las arenas leves oros. Y la delicia suprema de la selva, mientras quema la siesta todas sus ascuas en los ardientes ribazos. Y la suprema delicia de la más casta impudicia: dormir desnuda en tus brazos.
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Verso impersonal
Retorno de tal sueño hacia la playa, realizado mi afán. La tierra invoca su ley que mis empeños desvirtúa. Oigo el grito del mar que me penetra, y ansia de paz perenne me extenúa. ¡El mar!, ¡el mar!, ¡el mar!, ¡ambiguo y fuerte! Su espuma brinda a mi ruindad su imperio en astillas de mástiles fallidos. Ráfagas de misterio... Monstruos inconocidos... ¿No brilla, entre la niebla, Acuarimántima? ¿No se oye limpia, trémula canción que pueda, en el aliento desvaído, sonar, aletargar el corazón y pasar? No se oye nada. Silencio y bruma, soplos de lo arcano. La luz mentira, la canción mentira. Solo el rumor de un vago viento vano volando en los velámenes expira. La noche adviene, de mortuorio emblema. Retumba en mi recuerdo mi alarido, mi estéril tiempo en mi inquietud suprema. El trágico dolor ha concluido. Yo soy Maín, el héroe del poema. Florece el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Y no decir, y no tener palabras tan llenas de tu goce vespertino y tu sueño nupcial, ¡oh campesino que cruzas con tus carros rechinantes! En tu ilusión un hálito divino te ha poblado de niños los instantes. Y ver, desde esta cima de ternura y valeroso amor, en toda cosa el Enigma, el Enigma Invïolado. ¡Oh carne!, y tú destilas el pecado, y... y... ¡El enigma por siempre invïolado! Y por toda verdad, saber ahora que brilla el mar, que el monte se estremece, que fulge Sirio en el confín lejano; y que, al frustrarse el giro de mi vida, al giro de la suya grana el grano. La luz mentira. La canción mentira. Que fui por los instintos inmolado ante el ara de un dios; que un soplo frío de lóbrego misterio he suscitado: que un dolor nuevo está en el plectro mío y el plectro en el dolor purificado. Lúgubre viento sopla entre los juncos; los juncos gimen bajo el viento rudo. Cantan en el crepúsculo.
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Acuarimántima viii
Retorno de tal sueño hacia la playa, realizado mi afán. La tierra invoca su ley que mis empeños desvirtúa. Oigo el grito del mar que me penetra, y ansia de paz perenne me extenúa. ¡El mar!, ¡el mar!, ¡el mar!, ¡ambiguo y fuerte! Su espuma brinda a mi ruindad su imperio en astillas de mástiles fallidos. Ráfagas de misterio... Monstruos inconocidos... ¿No brilla, entre la niebla, Acuarimántima? ¿No se oye limpia, trémula canción que pueda, en el aliento desvaído, sonar, aletargar el corazón y pasar? No se oye nada. Silencio y bruma, soplos de lo arcano. La luz mentira, la canción mentira. Solo el rumor de un vago viento vano volando en los velámenes expira. La noche adviene, de mortuorio emblema. Retumba en mi recuerdo mi alarido, mi estéril tiempo en mi inquietud suprema. El trágico dolor ha concluido. Yo soy Maín, el héroe del poema. Florece el cielo en gajos de luceros, y querubes de vuelos melodiosos revuelan de luceros a luceros. Y no decir, y no tener palabras tan llenas de tu goce vespertino y tu sueño nupcial, ¡oh campesino que cruzas con tus carros rechinantes! En tu ilusión un hálito divino te ha poblado de niños los instantes. Y ver, desde esta cima de ternura y valeroso amor, en toda cosa el Enigma, el Enigma Invïolado. ¡Oh carne!, y tú destilas el pecado, y... y... ¡El enigma por siempre invïolado! Y por toda verdad, saber ahora que brilla el mar, que el monte se estremece, que fulge Sirio en el confín lejano; y que, al frustrarse el giro de mi vida, al giro de la suya grana el grano. La luz mentira. La canción mentira. Que fui por los instintos inmolado ante el ara de un dios; que un soplo frío de lóbrego misterio he suscitado: que un dolor nuevo está en el plectro mío y el plectro en el dolor purificado. Lúgubre viento sopla entre los juncos; los juncos gimen bajo el viento rudo. Cantan en el crepúsculo.
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Bajo el encanto sombrío De la tarde de tormenta Hay trazos de luz violenta En la amatista del río. Y siento la tentación De hundir mi cuerpo en la oscura Agua quieta que fulgura Bajo el cielo de crespón. Intensa coquetería Del contraste con la onda Que hará mi carne más blonda Entre su gasa sombría. Rara y divina toalé Que en la penumbra amatista Dará una gracia imprevista A mi cuerpo rosa-té. Ninguna tela más bella En su pliegue ha de envolverme. ¡Nunca tornarás a verme Con tal blancura de estrella! Jamás caprichoso azar Ha dado, a ninguna amante, Un lecho más fulgurante Bajo el amado mirar. Deja que el río me vista Con sus largos pliegues lilas, Y guarda en tus dos pupilas, Junto al fondo de amatista,       La visión loca y suprema       De mi cuerpo embellecido       Por el oscuro vestido       Y la sombría diadema.
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«toilette» suprema
Por gracia de la noche desolada yace ahora el espíritu en reposo. Como es en balde, no desea nada: definitiva, definitivamente desdeñoso. Por gracia de la noche, que reviste (y, así, nunca), ropajes de negrura, 1 sin esperanza ensueña el alma triste que de nada se cura. En la paz del vacío como por el espacio en siglos milenarios divaga el corazón a su albedrío solitario. Por gracia de la noche desolada vestida de negror y de tristicia, la soberbia ambición no quiere nada, y esa es su delicia. Yace ahora el espíritu en reposo, que navegó al capricho de los vientos. Definitiva, definitivamente desdeñoso decapitó a cercén los pensamientos. Abur! tiempo de antaño, que traía furia de fiebre, azogue de impaciencia, vaharadas de estólida alegría, velocidades de inconsciencia. Yazgo ahora en reposo. Es mi mutismo 2 sola razón suprema: indiferente Hamlet; avieso Yago de mí mismo; 3 por gracia de la noche: eterna, eternamente.
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Tres nocturnos del exilado
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Por este sobrio estilo
Esta manera de esparcir su aroma de azahar silencioso en mi tiniebla; esta manera de envolver en luto su marfil y su nácar; esta única manera con que porta la golilla de encaje; esta manera de tornar su mutismo en venero de palabras y su boca en ahorro...                                               Esta manera que es reservada y que es acogedora, con que viene a encontrar mis panegíricos; esta manera de decir mi nombre con mofa y mimo, en homenaje y burla, como que sabe que mi interno drama es, a la vez, sentimental y cómico; esta manera con que en la honda noche, de sobremesa en vagos parlamentos, se abate su sonrisa desmayada sobre el mantel; esta feliz manera con que niega su brazo y con que otorga la emoción, cuando vamos de paseo por la alameda colonial y adusta... Por este suspitante y sobrio estilo de amor, te reverencio, estrella fiel que gustas de enlutarte; generoso y escondido azahar; caritativa madurez que presides mis treinta años con la abnegada castidad de un búcaro cuyas rosas adultas embalsaman la cebecera de un convaleciente; enfermera medrosa; cohibida escanciadora; amiga que te turbas con turbación de niña al repasar nuestra común lectura; asustadizo comensal de mi fiesta; aliada tímida; torcaz humilde que zureas al alba, en un tono menor, para ti sola. ¡Bien hayas, creatura pequeñita y suprema; adueñada de la cumbre del corazón; artista a un mismo tiempo mínima y prócer; que en las manos llevas mi vida como objeto de tu arte! Estrella y azahar: que te marchites mecida en una paz celibataria y que agonices como un lucero que se extinguiese en el verdor de un prado o como flor que se transfigurase en el ocaso azul, como en un lecho.
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Ama tu verso, y ama sabiamente tu vida, la estrofa que más vive, siempre es la más vivida. Un mal verso supera la más perfecta prosa, aunque en prosa y en verso digas la misma cosa. Así como el exceso de virtud hace el vicio, el exceso de arte llega a ser artificio. Escribe de tal modo que te entienda la gente, igual si es ignorante que si es indiferente. Cumple la ley suprema de desdeñarlas todas, sobre el cuerpo desnudo no envejecen las modas. Y sobre todo, en arte y vida, sé diverso, pues sólo así tu mente revivirá en tu verso.
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Arte poética
Si de un delito proprio es precio en Lido la horca, y en Menandro la diadema, ¿quién pretendes, ¡oh Júpiter!, que tema el rayo a las maldades prometido? Cuando fueras un robre endurecido, y no del cielo majestad suprema, gritaras, tronco, a la injusticia extrema, y, dios de mármol, dieras un gemido. Sacrilegios pequeños se castigan; los grandes en los triunfos se coronan, y tienen por blasón que se los digan. Lido robó una choza, y le aprisionan; Menandro un reino, y su maldad obligan con nuevas dignidades que le abonan.
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Un delito igual se reputa desigual si son diferentes los sujetos que le cometen, y aun los delitos, desiguales
Cada cinta de fuego que, en busca del Amor, arrojo y vibra en rosas lamentables, me da a luz el sepelio de una víspera. Yo no sé si el redoble en que lo busco, será jadear de roca, o perenne nacer de corazón. Hay tendida hacia el fondo de los seres, un eje ultranervioso, honda plomada. La hebra del destino! Amor desviará tal ley de vida, hacia la voz del Hombre; y nos dará la libertad suprema en transubstanciación azul, virtuosa, contra lo ciego y lo fatal. . Que en cada cifra lata, . recluso en albas frágiles, el Jesús aún mejor de otra gran Yema! Y después. .. La otra línea... Un Bautista que aguaita, aguaita, aguaita... Y, cabalgando en intangible curva, un pie bañado en púrpura.
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Líneas
Yo he besado el capullo de tu boca jugosa, y he bebido en tus besos mieles espirituales, con toda la liturgia de los viejos misales y el arrebato que era mi ansiedad voluptuosa. La caricia divina fue al cabo dolorosa, que se hicieron incendio los paganos rituales, y vi en tus ojos claros llamaradas sensuales, y sentí de tu carne la llamada imperiosa. Y la onda suprema de un estremecimiento tremó en el nácar tibio de tu cutis fragante, y una llama invisible caldeó tu puro aliento. Y sobre tus espaldas vi enroscado un instante el látigo, tan ***** como un remordimiento, que restalló en los aires la Lujuria, triunfante!
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Soneto rojo
Un perfume de amor me acompañaba. Volvía hacia la aldea de la cita, Bajo la paz suprema e infinita Que el ocaso en el campo destilaba. En mis labios ardientes aleteaba La caricia final, pura y bendita, Y era como una alegre Sulamita Que a su lar, entre trigos, regresaba. Y al llegar a un recodo del camino Tras el cual queda oculto ya el molino, El puente y la represa bullidora, Volví atrás la cabeza un breve instante Y bajo el tilo en flor, ¡vi a mi amante Que besaba en la sien a una pastora!
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Cual la mujer de lot
Si negare alguno que Santa María, del Dios Paracleto paloma que albea, concibió sin mengua de su doncellía,                 ¡anatema sea! Anatema los que burlan el prodigio sin segundo de la flor intacta y úber que da fruto siendo yema; que los vientres que conozcan, como légamo infecundo, no le brinde sino espurias floraciones. ¡Anatema! Si alguno dijere que Cristo divino por nos pecadores no murió en Judea ni su cuerpo es hostia, ni su sangre vino,                 ¡anatema sea! Anatema los que ríen de oblaciones celestiales en que un Dios, loco de amores, es la víctima suprema; que no formen para ellos ni su harina los trigales, ni sus néctares sabrosos los viñedos. ¡Anatema! Si alguno afirmare que el alma no existe, que en los cráneos áridos perece la idea, que la luz no surge tras la sombra triste,                 ¡anatema sea! Anatema los que dicen al mortal que tema y dude, anatema los que dicen al mortal que dude y tema; que en la noche de sus duelos ni un cariño los escude, ni los bese la esperanza de los justos. ¡Anatema!
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Anathema sit
Sauce, mírate en mí. Me pondré quieta para servir de espejo a tu ramaje. Sauce, ¿no tienes sed? ¿Te gusta el traje que el sol me ha puesto? ¿Qué ansiedad secreta te hace inclinar los gajos pensativos? ¡Eres tan claro, sauce, y tan hermoso! Susúrrame tu pena. Ve: yo vivo pendiente de tu angustia o de tu gozo. Grano por grano roeré la tierra que tus raíces avarienta encierra impidiendo que te hundan en mis ondas. Cuando te alces en medio de mi río, ¿qué suprema embriaguez sentirte mío y circular bajo tus verdes frondas!
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Tríptico
Tal vez guardes mi libro en alguna gaveta, sin que nadie descubra qué relata su historia, pues serán simplemente, los versos de un poeta, tras arrancar la página de la dedicatoria... Y pasarán años... Pero acaso algún día, o acaso alguna noche que estés sola en tu lecho, abrirás la gaveta -como una rebeldía, y leerás mi libro- tal vez como un despecho. Y brotará un perfume de una ilusión suprema sobre tu desencanto de esposa abandonada. Y entonces con orgullo, marcarás la página... Y guardarás mi libro debajo de la almohada.
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Canción para la esposa ajena
¡La muerte! Allí se agota todo esfuerzo, allí sucumbe toda voluntad. ¡La Muerte! ¡Lo que ayer fue nuestro Todo hoy sólo es nuestra Nada!... ¡Eternidad! ¡Silencio!... El máximo silencio que es posible encontrar. ¡Silencio!... ¡Ultrasilencio, y no más! ¡Oh, no más! ¡Ni una voz en la noche que nos pueda guiar! Ana, razón suprema de mi vida, ¿dónde estás, dónde estás, dónde estás? Se abisma en el abismo el pensamiento, se enlobreguece, ¡al fin!, todo mirar en esta lobreguez inexorable, y desespera, a fuerza de esperar, la más potente de las esperenzas.             ¡Eternidad, eternidad!
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Iii. eternidad