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"serlo" poems
Hoy en mitad de la vida, me he parado a meditar... Pierdo días haciendo nada asomada en mi ventana. Miro hacia el paraíso el que no esta pero mi mente ambiciona buscándolo sin fe se ve como ayer y de seguro mañana como hoy. Más entonces, mi torpe inteligencia dormida en un rincón. Y al coño, ¿Para que soy? ¿Si para siempre algún día dejare de serlo? ¡Grito¡ Y a mi lado el demonio se agita. Pasan las horas.. Después de ya mucho haber llovido y yo sin café, una dulce lámpara arde y no hay el porque entender de esta noche desagradable. COPYRIGHTs © 2016 ASHLEY FIERRO ALL RIGHTS RESERVED
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Feb 16, 2016
Feb 16, 2016 at 9:34 AM UTC
UNA NOCHE SIN CAFÉ
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Hace ya tiempo... (era yo poeta. Tiempo divino de cantar y de soñar lo esperado y lo perdido. Cristal de viejos reflejos, tornasolado prodigio, álamo esbelto que alzaba al cielo su verde grito primaveral...) Hace tiempo -divino tiempo- me dijo que le escribiera unos versos a sus senos..             Nunca ha sido, nunca jamás podrá ser el poema concluido. Hay cosas grandes, bellezas para las que no hay cobijo en las palabras. Hay cosas cuyo nombre no decimos para no mancharlas.                                 Miro hacia atrás. Era yo entonces poeta (serlo es sentirnos iluminados) No supe hallar el nombre preciso, la cifra que concretara tanta hermosura. (Me dijo que le escribiera unos versos a sus senos...) No he podido hallar la palabra exacta, lograr el nombre preciso. Yo, poeta sin palabras, dado a los malabarismos de las palabras, buscaba rimas, imágenes, ritmos. Cazador de aves retóricas: «palomas de tibios picos», «cimas de nieve con sol poniente», «gemelos lirios», «pararrayos de lo rosa», «redondas piedras de río», «fruto al que arrancan los pájaros sus dulzores encendidos». Yo era poeta. Sentía, soñaba. Tiempo divino de sentir y de soñar. Y ser poeta es vestirnos túnicas de luz, oír la voz que nos va trazando todos los caminos. Soñar sin saber cantar. Errar por el laberinto. Pero ahora que sé cantar ya es imposible el prodigio. Ahora ya no sé soñar. Cayó la antorcha al abismo. Todo pasa en torno, y todo halla el corazón marchito. Todo es una imagen muerta en el fondo de mi río. Una brisa que conmueve trigos que no son mis trigos. Alba que toca el ocaso. Ya no soy rey de mí mismo. Caído de mi alto trono, sin resurrección, hundido en las cavernas que el tiempo cavó para mi suplicio.
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Unos versos pedidos
Hace ya tiempo... (era yo poeta. Tiempo divino de cantar y de soñar lo esperado y lo perdido. Cristal de viejos reflejos, tornasolado prodigio, álamo esbelto que alzaba al cielo su verde grito primaveral...) Hace tiempo -divino tiempo- me dijo que le escribiera unos versos a sus senos..             Nunca ha sido, nunca jamás podrá ser el poema concluido. Hay cosas grandes, bellezas para las que no hay cobijo en las palabras. Hay cosas cuyo nombre no decimos para no mancharlas.                                 Miro hacia atrás. Era yo entonces poeta (serlo es sentirnos iluminados) No supe hallar el nombre preciso, la cifra que concretara tanta hermosura. (Me dijo que le escribiera unos versos a sus senos...) No he podido hallar la palabra exacta, lograr el nombre preciso. Yo, poeta sin palabras, dado a los malabarismos de las palabras, buscaba rimas, imágenes, ritmos. Cazador de aves retóricas: «palomas de tibios picos», «cimas de nieve con sol poniente», «gemelos lirios», «pararrayos de lo rosa», «redondas piedras de río», «fruto al que arrancan los pájaros sus dulzores encendidos». Yo era poeta. Sentía, soñaba. Tiempo divino de sentir y de soñar. Y ser poeta es vestirnos túnicas de luz, oír la voz que nos va trazando todos los caminos. Soñar sin saber cantar. Errar por el laberinto. Pero ahora que sé cantar ya es imposible el prodigio. Ahora ya no sé soñar. Cayó la antorcha al abismo. Todo pasa en torno, y todo halla el corazón marchito. Todo es una imagen muerta en el fondo de mi río. Una brisa que conmueve trigos que no son mis trigos. Alba que toca el ocaso. Ya no soy rey de mí mismo. Caído de mi alto trono, sin resurrección, hundido en las cavernas que el tiempo cavó para mi suplicio.
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Nosotros somos quien somos. ¡Basta de Historia y de cuentos! ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos. Ni vivimos del pasado, ni damos cuerda al recuerdo. Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos. Somos el ser que se crece. Somos un río derecho. Somos el golpe temible de un corazón no resuelto. Somos bárbaros, sencillos. Somos a muerte lo ibero que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero. De cuanto fue nos nutrimos, transformándonos crecemos y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto. ¡A la calle! que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo. No reniego de mi origen pero digo que seremos mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo. Españoles con futuro y españoles que, por serlo, aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno. Recuerdo nuestros errores con mala saña y buen viento. Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño. Vuelvo a decirte quién eres. Vuelvo a pensarte, suspenso. Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo. No quiero justificarte como haría un leguleyo, Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso. España mía, combate que atormentas mis adentros, para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.
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España en marcha
Y entonces me pegó como una de esas cosas que no te esperas, directo en lo que les gusta llamar corazón, en el que has estado revolviendo y resolviendo últimamente. ¿Cómo es que no te vas de mi mente? Y vaya que me he estado hundiendo en la densidad de la necesidad de huir de esta ciudad, pero apareces y me congelo. Es tu nombre, tu voz, tu esencia, tu confusión. Mi confusión. Se me olvida la depresión, la represión. Que te quiero como posesión pero sin serlo, te quiero cerca y te quiero lejos. Te quiero aquí o allá. Qué fácil se me hace darlo todo cuando se trata de ti, y qué difícil soltar tan poco cuando se trata de ti. ¿Ves mis contradicciones? Que si es contigo, yo voy. Y si es sin ti, yo dudo y dudo y dudo. Ni la más clara de mis decisiones ni el más grande de mis anhelos topan el suelo en la balanza de mis prioridades si viene a dar contigo. Si comienza con tu nombre, termina con el mío, y si comienza con el mío, me las arreglo de que tú conmigo. ¿Trotar mundos? Con vos, solo si somos dos. ¿Trotar mundos? Con voz, sólo si somos dos.
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Jun 18, 2014
Jun 18, 2014 at 6:04 PM UTC
Untitled
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Soliloquio del farero
Cómo llenarte, soledad, Sino contigo misma. De niño, entre las pobres guaridas de la tierra, Quieto en ángulo oscuro, Buscaba en ti, encendida guirnalda, Mis auroras futuras y furtivos nocturnos Y en ti los vislumbraba, Naturales y exactos, también libres y fieles, A semejanza mía, A semejanza tuya, eterna soledad. Me perdí luego por la tierra injusta Como quien busca amigos o ignorados amantes; Diverso con el mundo, Fui luz serena y anhelo desbocado, Y en la lluvia sombría o en el sol evidente Quería una verdad que a ti te traicionase, Olvidando en mi afán Cómo las alas fugitivas su propia nube crean. Y al velarse a mis ojos Con nubes sobre nubes de otoño desbordado La luz de aquellos días en ti misma entrevistos, Te negué por bien poco; Por menudos amores ni ciertos ni fingidos, Por quietas amistades de sillón y de gesto, Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma, Por los viejos placeres prohibidos, Como los permitidos nauseabundos, Útiles solamente para el elegante salón susurrando, En bocas de mentira y palabras de hielo. Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona Que yo fui, Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones; Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos, Limpios de otro deseo, El sol, mi dios, la noche rumorosa, La lluvia, intimidad de siempre, El bosque y su alentar pagano, El mar, el mar como su nombre hermoso; Y sobre todos ellos, Cuerpo oscuro y esbelto, Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía, Y tú me das fuerza y debilidad Como al ave cansada los brazos de la piedra. Acodado al balcón miro insaciable el oleaje, Oigo sus oscuras imprecaciones, Contemplo sus blancas caricias; Y erguido desde cuna vigilante Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres, Por quienes vivo, aun cuando no los vea; Y así, lejos de ellos, Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres, Roncas y violentas como el mar, mi morada, Puras ante la espera de una revolución ardiente O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista. Tú, verdad solitaria, Transparente pasión, mi soledad de siempre, Eres inmenso abrazo; El sol, el mar, La oscuridad, la estepa, El hombre y su deseo, La airada muchedumbre, ¿Qué son sino tú misma? Por ti, mi soledad, los busqué un día; En ti, mi soledad, los amo ahora.
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Ya, desengaño mío, llegasteis al extremo que pudo en vuestro ser verificar el serlo.     Todo los habéis perdido; mas no todo, pues creo que aun a costa es de todo barato el escarmiento.     No envidiaréis de amor los gustos lisonjeros: que está un escarmentado muy remoto del riesgro.     El no esperar alguno me sirve de consuelo; que también es alivio el no buscar remedio.     En la pérdida misma los alivios encuentro: pues si perdi el tesoro, también se perdió el miedo.     No tener qué perder me sirve de sosiego; que no teme ladrones, desnudo, el pasajero.     Ni aun la libertad misma tenerla por bien quiero: que luego será daño si por tal la poseo.     No quiero más cuidados de bienes tan inciertos, sino tener el alma como que no la tengo.
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Endechas
El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio. Oigo un latido de cartas navegando hacia su centro. Donde voy, con las mujeres y con los hombres me encuentro, malheridos por la ausencia, desgastados por el tiempo. Cartas, relaciones, cartas: tarjetas postales, sueños, fragmentos de la ternura, proyectados en el cielo, lanzados de sangre a sangre y de deseo a deseo. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré. Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros: los negros tinteros fríos se ponen rojos y trémulos, y un claro calor humano sube desde el fondo ***** Cuando te voy a escribir, te van a escribir mis huesos: te escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento. Allá va mi carta cálida, paloma forjada al fuego, con las dos alas plegadas y la dirección en medio. Ave que sólo persigue, para nido y aire y cielo, carne, manos, ojos tuyos, y el espacio de tu aliento. Y te quedarás desnuda dentro de tus sentimientos, sin ropa, para sentirla del todo contra tu pecho. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. Ayer se quedó una carta abandonada y sin dueño, volando sobre los ojos de alguien que perdió su cuerpo. Cartas que se quedan vivas hablando para los muertos: papel anhelante, humano, sin ojos que puedan serlo. Mientras los colmillos crecen, cada vez más cerca siento la leve voz de tu carta igual que un clamor inmenso. La recibiré dormido, si no es posible despierto. Y mis heridas serán los derramados tinteros, las bocas estremecidas de rememorar tus besos, y con su inaudita voz han de repetir: te quiero.
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Carta
El palomar de las cartas abre su imposible vuelo desde las trémulas mesas donde se apoya el recuerdo, la gravedad de la ausencia, el corazón, el silencio. Oigo un latido de cartas navegando hacia su centro. Donde voy, con las mujeres y con los hombres me encuentro, malheridos por la ausencia, desgastados por el tiempo. Cartas, relaciones, cartas: tarjetas postales, sueños, fragmentos de la ternura, proyectados en el cielo, lanzados de sangre a sangre y de deseo a deseo. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. En un rincón enmudecen cartas viejas, sobres viejos, con el color de la edad sobre la escritura puesto. Allí perecen las cartas llenas de estremecimientos. Allí agoniza la tinta y desfallecen los pliegos, y el papel se agujerea como un breve cementerio de las pasiones de antes, de los amores de luego. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré. Cuando te voy a escribir se emocionan los tinteros: los negros tinteros fríos se ponen rojos y trémulos, y un claro calor humano sube desde el fondo ***** Cuando te voy a escribir, te van a escribir mis huesos: te escribo con la imborrable tinta de mi sentimiento. Allá va mi carta cálida, paloma forjada al fuego, con las dos alas plegadas y la dirección en medio. Ave que sólo persigue, para nido y aire y cielo, carne, manos, ojos tuyos, y el espacio de tu aliento. Y te quedarás desnuda dentro de tus sentimientos, sin ropa, para sentirla del todo contra tu pecho. Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra que yo te escribiré. Ayer se quedó una carta abandonada y sin dueño, volando sobre los ojos de alguien que perdió su cuerpo. Cartas que se quedan vivas hablando para los muertos: papel anhelante, humano, sin ojos que puedan serlo. Mientras los colmillos crecen, cada vez más cerca siento la leve voz de tu carta igual que un clamor inmenso. La recibiré dormido, si no es posible despierto. Y mis heridas serán los derramados tinteros, las bocas estremecidas de rememorar tus besos, y con su inaudita voz han de repetir: te quiero.
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Todo lo que pude ser, tantas posibilidades como un nuevo y brillante verano, La combinación perfecta, todo lo que pude ser, espontánea, deseada, copiada, querida. Poderosa. Llénate del sentimiento de todo lo que pudiste ser y ahora empieza a serlo.
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Feb 7, 2021
Feb 7, 2021 at 11:43 PM UTC
Poder de musa
Hay quienes se resisten deshilachadamente a morir sin haberse concedido un año un mes una hora de goce y esperan ese don cultivando el silencio vaciándose de culpas y de pánicos descansando en el lecho del cansancio o evocando la infancia más antigua así / con la memoria en rebanadas con ojos que investigan lo invisible y el desaliento tímido y portátil que se cubre y descubre a duras penas así miden el cuerpo torpe cándido ese montón de riesgos y de huesos áspero de deseos como llagas que no elige agotarse mas se agota merodean tal vez por la nostalgia ese usual laberinto de abandonos buscan testigos y no los encuentran salvo en las caravanas de fantasmas piden abrazos pero nadie cae en la emboscada de los sentimientos carne de espera / alma de esperanza los desnudos se visten y no vuelven el amor hace un alto en el camino sorprendido in fraganti / condenado y no obstante siempre hay quien se resiste a irse sin gozar / sin apogeos sin brevísimas cúspides de gloria sin periquetes de felicidad como si alguien en el más allá o quizás en el más acá suplente fuera a pedirle cuentas de por qué no fue dichoso como puede serlo un bienaventurado del montón
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Resistencias
Alguien recorre los senderos de Ítaca y no se acuerda de su rey, que fue a Troya hace ya tantos años; alguien piensa en las tierras heredadas y en el arado nuevo y el hijo y es acaso feliz. En el confín del orbe yo, Ulises, descendí a la Casa de Hades y vi la sombra del tebano Tiresias que desligó el amor de las serpientes, Y la sombra de Heracles que mata sombras de leones en la pradera y así mismo está en el Olimpo. Alguien hoy anda por Bolívar y Chile y puede ser feliz o no serlo. Quién me diera ser él.
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El desterrado
Aveces, Quisiera serlo todo, Quisiera ser la mejor, Quisiera tener más, Y siempre vuelvo Al recuerdo, De una pequeña niña Que no tenia nada Pero era feliz Y nada le hacía falta.
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Dec 21, 2018
Dec 21, 2018 at 8:21 PM UTC
aveces