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"salas" poems
From the Lady Liberty to El Capitolio Comes the Pichardo and the Salas that lie above me. Where the dirt isn’t always brown to where the streets aren’t always bound. When a good time is always easily found with a bottle of *** and a good dominoes round. I am from the land of the gossipers where talking is everyones favorite past time that the last thing you can be is a mime. I am from jumping rope and playing cards, to watching tv and driving cars. Where no matter rain or shine no one is ever left behind. To where 90 miles away is not as far, but for others its more then three days. From shopping and movies to parties and buoys. Bipolar weather and fresh trees to hot days and cold waves. Where the feeling of sand in your toes is the best to where the football games always have a bet. Where hanging with your friends is the best reward because no matter what you can never be bored.
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May 22, 2010
May 22, 2010 at 8:24 AM UTC
Roots
Do vazio é que tens medo. E da pedra que cai e ecoa num mundo cheio de nadas, salas vazias onde uma vez já habitou uma alma quase bem amada. É isso que te aperreia que aperta, te sufoca, tanto espaço pra tanta falta. Sabes da aflição de não ter pra onde correr quando estiver assustada com medo, ansiosa, Então tentes buscar um sentido e entender que isso só se deu porque tentastes apalpar e sentir, e apreciar aquilo que não é real, que não aquece, não preenche E a alma sente E você Vazia.
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Dec 19, 2015
Dec 19, 2015 at 4:04 PM UTC
Meu eco surdo.
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Escorial
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Tenho medo o tempo todo Medo de salas de aula Escritórios De atravessar a rua Bancos De esperar o ônibus Da rua escura, do beco De ser passageira num carro que vai bater Ou ver quem amo morrer Tenho medo porque amo tudo descontroladamente Amo até o ódio que cria em mim rebeldia Que me faz desafiar os dias Tenho medo do tempo De te esperar na fila do cinema e você finalmente decidir que não é a mim que quer para ti Apavoro só com o pensamento de voltar para casa com outra frustração Eu não aguentaria, tenho medo de não aguentar Tenho medo do abandono Dos olhares Até de altares Que me lembram o medo de infância de que talvez houvesse um demônio em mim Um medo neurótico, paralisante Que nem por um instante Me deixa refletir quem sou
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Apr 14, 2017
Apr 14, 2017 at 9:13 PM UTC
Sobre Medo
A cazar va don Rodrigo,   y aun don Rodrigo de Lara: con la grande siesta que hace   arrimádose ha a una haya, maldiciendo a Mudarrillo,   hijo de la renegada, que si a las manos le hubiese,   que le sacaría el alma. El señor estando en esto,   Mudarrillo que asomaba. -Dios te salve, caballero,   debajo la verde haya. -Así haga a ti, escudero,   buena sea tu llegada. -Dígasme tú, el caballero,   ¿cómo era la tu gracia? -A mí dicen don Rodrigo,   y aun don Rodrigo de Lara, cuñado de Gonzalo Gustos,   hermano de doña Sancha; por sobrinos me los hube   los siete infantes de Salas; espero aquí a Mudarrillo,   hijo de la renegada; si delante lo tuviese,   yo le sacaría el alma. -Si a ti te dicen don Rodrigo,   y aun don Rodrigo de Lara, a mí Mudarra González,   hijo de la renegada; de Gonzalo Gustos hijo   y anado de doña Sancha; por hermanos me los hube   los siete infantes de Salas. -Tú los vendiste, traidor,   en el val de Arabiana, mas si Dios a mí me ayuda,   aquí dejarás el alma. -Espéresme, don Gonzalo,   iré a tomar las mis armas. -El espera que tú diste   a los infantes de Lara, aquí morirás, traidor,   enemigo de doña Sancha.
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La venganza de mudarra
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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El desconocido
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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¡Arriba, trabajadores madrugadores!   ¡En una mulita parda baja la aurora a la plaza el aura de los clamores, trabajadores!   ¡Toquen el cuerno los cazadores; hinquen el hacha los leñadores; a los pinares el ganadico, pastores!
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Salas de los infantes (pregón del amanecer)
Por quietas calles andaba Juanita Fernández, que era muchacha como de pájaros y naranjas y colmenas. Nadie veía su guardia callada de serafines, nadie veía en sus sienes, invisible, el arco iris. Nadie, ni padre, ni madre, ni parientes, ni padrinos, sabía que a aquella niña la había marcado el Destino. «¡Qué inteligente, Juanita! ¡Qué fina piel de durazno! ¡Qué dos ojos de lucero en un cielo de verano!» Y andaba Juanita, andaba, con sus muñecas, su perro Tilo y sus libros de estudio por las callejas del pueblo. Andaba Juanita, andaba, con su ángel de custodia, y su pobreza tan rica y sus ensueños de novia. Primero, novia del aire, y después, de un capitán. Andaba Juanita, andaba, y era rica más y más. ¿Qué importan la casa pobre, los vestidos de algodones, los zapatitos de cuero, la blusa sin prendedores? Veinte años casi sin crónica con sólo el hijo y la paz de sus versos y sus flores de alambres y de cambray. Alegre, tierna y callada, amante y sin ambición, gorjeaba en cantos y canto de vida y callado amor. Ya sobre el pecho una estrella, ya otra más sobre la sien, ya mil clarines al viento y el toque de somatén. Ya el llanto por sus mejillas, ya grises fuegos su luna. Mañanas de helada niebla, noches a desvelo y bruma. Ya zapatos de gamuza y vestidos de París. Ya la sonrisa perdida, ya el deseo de morir. El amor, como una rosa; la vida, cáliz y cruz. Tilo, borrado en la sombra, brumosa la Cruz del Sur. Y en su Río de la Plata sólo el barco de su fe, aunque sigan los clarines y el toque de somatén. ¡Qué sola y sola Juanita en su casona vacía! América por sus salas pasa, y Juanita perdida. Ya no sabe de laureles ni de nardos en el alba. Traen orquídeas a sus manos y mendiga un vaso de agua. Secreto, ¡ay secreto, oh Dios, oculto el romance puro! Vela el ángel con su túnica el préstamo sin futuro. Y cuando muera Juanita a gritos todos dirán que fue bendito aquel día ocho de Marzo, San Juan de Dios, en tierras de Melo que la historia alabará. Y ha de dormirse llevando sobre la mortaja un sol: el de un amor silencioso que nadie le adivinó.
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Autorromance de juanita fernández
Por quietas calles andaba Juanita Fernández, que era muchacha como de pájaros y naranjas y colmenas. Nadie veía su guardia callada de serafines, nadie veía en sus sienes, invisible, el arco iris. Nadie, ni padre, ni madre, ni parientes, ni padrinos, sabía que a aquella niña la había marcado el Destino. «¡Qué inteligente, Juanita! ¡Qué fina piel de durazno! ¡Qué dos ojos de lucero en un cielo de verano!» Y andaba Juanita, andaba, con sus muñecas, su perro Tilo y sus libros de estudio por las callejas del pueblo. Andaba Juanita, andaba, con su ángel de custodia, y su pobreza tan rica y sus ensueños de novia. Primero, novia del aire, y después, de un capitán. Andaba Juanita, andaba, y era rica más y más. ¿Qué importan la casa pobre, los vestidos de algodones, los zapatitos de cuero, la blusa sin prendedores? Veinte años casi sin crónica con sólo el hijo y la paz de sus versos y sus flores de alambres y de cambray. Alegre, tierna y callada, amante y sin ambición, gorjeaba en cantos y canto de vida y callado amor. Ya sobre el pecho una estrella, ya otra más sobre la sien, ya mil clarines al viento y el toque de somatén. Ya el llanto por sus mejillas, ya grises fuegos su luna. Mañanas de helada niebla, noches a desvelo y bruma. Ya zapatos de gamuza y vestidos de París. Ya la sonrisa perdida, ya el deseo de morir. El amor, como una rosa; la vida, cáliz y cruz. Tilo, borrado en la sombra, brumosa la Cruz del Sur. Y en su Río de la Plata sólo el barco de su fe, aunque sigan los clarines y el toque de somatén. ¡Qué sola y sola Juanita en su casona vacía! América por sus salas pasa, y Juanita perdida. Ya no sabe de laureles ni de nardos en el alba. Traen orquídeas a sus manos y mendiga un vaso de agua. Secreto, ¡ay secreto, oh Dios, oculto el romance puro! Vela el ángel con su túnica el préstamo sin futuro. Y cuando muera Juanita a gritos todos dirán que fue bendito aquel día ocho de Marzo, San Juan de Dios, en tierras de Melo que la historia alabará. Y ha de dormirse llevando sobre la mortaja un sol: el de un amor silencioso que nadie le adivinó.
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Invierno, Verano, creando juntos Cuando viene el frío cubre el mundo Crea un ilusión de paz en el fondo El mundo está callado, atrapado en silencio Latidos de corazones estan mas fuertes Cuando ella se arrastra desde salas de montañas Ella trae un viento de calor calentando con su amor Todo que es bueno y alegre es en ella Todo que se muere tiene esperanza Todo que se alivia tiene esperanza Desde las pasiones del montans Invierno, Verano, convergiendo juntos Cuando el invierno se va ella llora Lluvia de hielo para sentir su abrazo Cuando el no se ve ella crea flores Color blanca para imaginar que el esta aqui El se deja morir para que ella puede vivir tranquila El se deja que el odio lo consume para que ella tiene amor Amores que nunca se ve, pero seiten el compasion y el fe Cuando todo está hecho, esconden entre las montañas En imágenes vividos, memorias desvanecimiento Entidades intocables sin límites, pero espiritus debiles El mundo se desarrolla de ellos pero lo dejan separados Invierno, Verano, divergiendose © Sofia Villagrana 2018
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Apr 14, 2018
Apr 14, 2018 at 6:21 PM UTC
Lamento del Naturaleza
Fuera, sonrisas y saludos, vals, esnobismo de los clubs, mundanidad oropelesca. Pero al volver a casa, tú. En el balcón, en la penumbra, vueltos a los ojos al azul, te voy buscando en cada estrella del misterioso cielo augur. ¿Desde qué mundo me contemplas? ¿De qué callada excelsitud baja tu espíritu a besarme? ¿Cuál el astro cuya luz viene a traerme tus miradas? ¡Oh qué divina es la virtud con que la noche penetra bajo su maternal capuz! Hasta mañana, salas frívolas, trajín, ruidos, inquietud, mundanidad oropelesca, poligononales fracs, abur. Y tú, mi muerta, ¡buenas noches! ¿Cómo te va? ¿Me amas aún? Vuelvo al encanto misterioso, a la inefable beatitud de tus lejanos besos místicos. ¡Aquí no reinas más que tú!
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Viii. "regnum tuum"