Hello Poetry
Submit your work and get some sparkles! Create free account
"resaca" poems
Mal humor en una mañana de resaca, reza así el titular. ¿Qué pasó anoche? Nada. Traición en la noche. De expectativas, de miradas, traición de bebida y de risas y roces. Traición invisible en la noche; mía, quizás. Otra vez. —mala secuela, recibe 2 estrellas y la tachan de repetitiva— Llegamos in medias res, lleva tiempo la cinta. Estrellas y personas flotan en la piscina. Ella flota al lado de mí en la piscina —sin verme—, yo floto por puro orgullo en la piscina, —aguas de fracaso—, y él flota también, sin verlo yo a él, —a su lado—. Distraido por premisas inconclusas, por un cielo de ebrias estrellas en el que nos zambullimos por la noche... por la noche distraido, y distraido por la noche... no noto cuando despega el dolor de pecho y estómago. La noche no se para para mí —iluso, eso está reservado— pero bebo para aminorar, ¿quizás demasiado? ¿La bacanal fiesta se retrasa? Tonto, empezó ya sin ti. La estatua de dos, a lo lejos, se muestra en un trago de verdad. Toca tierra el dolor de pecho y estómago. Lo noto. A falta de pistola sirve botella en boca. Se vaticina mal humor en una mañana de resaca.
0
Jul 15, 2016
Jul 15, 2016 at 5:02 PM UTC
Mal humor en una mañana de resaca
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte.Son las caídas hondas de los Cristos del alma de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada. Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
0
864
Los heraldos negros
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
0
712
Te contaré la historia
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
Continue reading...
52
Al timón de un gallardo navío maniobra con manos prudentes un joven piloto. A través de la niebla trepida con pávido brío el metálico ritmo de un tañido remoto… Es la ronca campana marina, la inquietante campana, la campana de alarma que plañe en la costa lejana, al vaiven de la olas coléricas, su inquietud repentina. Suena, suena en la noche, vigilante campana costeña, revelando el acecho del escollo bravío; suena, suena con ímpetu, y despierta al piloto que sueña al timón de su débil navío! Pero el nauta inexperto no olvidó la prudencia en el puerto. Avizor, ambicioso y altivo -tres veces despierto-, oyó al punto, a lo lejos, la sonora advertencia. Y el ligero navío, de incontables tesoros repleto, bajo el sólido puño del piloto se inclina, y levanta la proa espumaste después, como un reto, mientras vibra más trémula y próxima la campana marina… Y el esplendido y noble navío se aleja ágilmente, y su blanco velamen gentil se destaca en la espesa y opaca neblina, eludiendo la rauda corriente, bajo el gélido azote de la racha inclemente, mientras hierve con sordo fragor la resaca... ............................................................................ Sí, Dios mio: ¡Se ha salvado un navío! Pero el orto navío inmortal, el navío inmortal que va a bordo de ese frágil navío, ¿Qué piloto es capaz de alejarlo del escollo fatal? Navío del alma, que ninguna bonanza sosiega; que en el tosco navío del cuerpo navegas en pos de una costa de luz que no llega: Navega, navío sin brújula, navega, navega, navega!, atento a la eterna y magnánima campana de Dios!
0
518
La campana marina
Al timón de un gallardo navío maniobra con manos prudentes un joven piloto. A través de la niebla trepida con pávido brío el metálico ritmo de un tañido remoto… Es la ronca campana marina, la inquietante campana, la campana de alarma que plañe en la costa lejana, al vaiven de la olas coléricas, su inquietud repentina. Suena, suena en la noche, vigilante campana costeña, revelando el acecho del escollo bravío; suena, suena con ímpetu, y despierta al piloto que sueña al timón de su débil navío! Pero el nauta inexperto no olvidó la prudencia en el puerto. Avizor, ambicioso y altivo -tres veces despierto-, oyó al punto, a lo lejos, la sonora advertencia. Y el ligero navío, de incontables tesoros repleto, bajo el sólido puño del piloto se inclina, y levanta la proa espumaste después, como un reto, mientras vibra más trémula y próxima la campana marina… Y el esplendido y noble navío se aleja ágilmente, y su blanco velamen gentil se destaca en la espesa y opaca neblina, eludiendo la rauda corriente, bajo el gélido azote de la racha inclemente, mientras hierve con sordo fragor la resaca... ............................................................................ Sí, Dios mio: ¡Se ha salvado un navío! Pero el orto navío inmortal, el navío inmortal que va a bordo de ese frágil navío, ¿Qué piloto es capaz de alejarlo del escollo fatal? Navío del alma, que ninguna bonanza sosiega; que en el tosco navío del cuerpo navegas en pos de una costa de luz que no llega: Navega, navío sin brújula, navega, navega, navega!, atento a la eterna y magnánima campana de Dios!
Continue reading...
40
Sombras del día blanco contra mis ojos. Yo no veo nada sino lo blanco: la hora en blanco, el alma desatada del ansia y de la hora. Blancura de aguas muertas, hora blanca, ceguera de los ojos abiertos. Frota tu pedernal, arde, memoria, contra la hora y su resaca. Memoria, llama nadadora. Desatado del cuerpo, desatado del ansia, vuelvo al ansia, vuelvo a la memoria de tu cuerpo. Vuelvo. Y arde tu cuerpo en mi memoria, arde en tu cuerpo mi memoria. Cuerpo de un Dios que fue cuerpo abrasado, Dios que fue cuerpo y fue cuerpo endiosado y es hoy tan sólo la memoria de un cuerpo desatado de otro cuerpo: tu cuerpo es la memoria de mis huesos. Sombra del sol Solombra segadora ciega mis manantiales trasojados el nudo desanuda siega el ansia apaga el ánima desanimada. Mas la memoria desmembrada nada desde los nacederos de su nada los manantiales de su nacimiento nada contra corriente y mandamiento nada contra la nada                                       Ardor del agua lengua de fuego fosforece el agua Pentecostés palabra sin palabras Sentido sin sentido no pensado pensar que transfigura la memoria El resto es un manojo de centellas
0
499
Aspiración
Y sacaréme la niebla el turbio zumo oscuro del traspienso la pulpa la soborra de mente toda su gris resaca me sacaré hasta el meollo antes de que se asiente la áspera espera arena que taté teté yo y lamí y tragué yo en la sed a trago tardo largo lo hueco lo plenamente hueco y que no es más que hueco pero crece sin fin ni sino o causa o pauta o pausa me sacaré yo el lastre que no lastra por no saber a piedra por no saber saber ni saber no saber los decesos del seso y sus desechos me sacaré yo de pie junto con tanta sombra sórdida que sobra de cuanto fue y no fue o fue fue y no se fue aunque retorne al árbol del primo primo simio me sacaré yo sin tino la maraña demasiadísimo humana y mil y miles vueltas y revueltas y contras y recontras y sus colas y sus entelequitas y emocioncitas nómadas y más y más de cuajo me sacaré el obtuso yo zurdo absurdo burdo que aún busca ser herido aunque sonría entre otros obvios sordos escombros naturales y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula porque me cree su perro
0
449
Porque me cree su perro
Cuando salí de ti, a mí mismo me prometí que volvería. Y he vuelto. Quiebro con mis piernas tu serena cristalería. Es como ahondar en los principios, como embriagarse con la vida, como sentir crecer muy hondo un árbol de hojas amarillas y enloquecer con el sabor de sus frutas más encendidas. Como sentirse con las manos en flor, palpando la alegría. Como escuchar el grave acorde de la resaca y de la brisa. Cuando salí de ti, a mí mismo me prometí que volvería. Era en otoño, y en otoño llego, otra vez, a tus orillas. (De entre tus ondas el otoño nace más bello cada día). Y ahora que yo pensaba en ti constantemente, que creía... (Las montañas que te rodean tienen hogueras encendidas). Y ahora que yo quería hablarte, saturarme de tu alegría... (Eres un pájaro de niebla que picotea mis mejillas). Y ahora que yo quería darte toda mi sangre, que quería... (Qué bello, mar, morir en ti cuando no pueda con mi vida).
0
420
Llegada al mar
Somos el río que invocaste, Heráclito. Somos el tiempo. Su intangible curso acarrea leones y montañas, llorado amor, ceniza del deleite, insidiosa esperanza interminable, vastos nombres de imperios que son polvo, hexámetros del griego y del romano, lóbrego un mar bajo el poder del alba, el sueño, ese pregusto de la muerte, las armas y el guerrero, monumentos, las dos caras de Jano que se ignoran, los laberintos de marfil que urden las piezas de ajedrez en el tablero, la roja mano de Macbeth que puede ensangrentar los mares, la secreta labor de los relojes en la sombra, un incesante espejo que se mira en otro espejo y nadie para verlos, láminas en acero, letra gótica, una barra de azufre en un armario, pesadas campanadas del insomnio, auroras, ponientes y crepúsculos, ecos, resaca, arena, liquen, sueños. Otra cosa no soy que esas imágenes que baraja el azar y nombra el tedio. Con ellas, aunque ciego y quebrantado, he de labrar el verso incorruptible y (es mi deber) salvarme.
0
401
El hacedor