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"repugnante" poems
A névoa e a neblina escura se misturam com a fuligem a chama se extinguiu e a fumaça carbônica adentra as narinas daqueles que sofrem chove nos olhos desses que não entendem porque choram talvez seja a irritação da fumaça talvez seja a tristeza mais que profunda Seria novamente o inferno que ganhou uma nova paisagem desolada? Outrora um pântano nojento e repugnante Agora uma caverna vulcânica de enxofre e brumas de veneno e morte Voltei ao inferno e cá estou perdido novamente Os gritos nunca estiveram tão desesperados A dor nunca se tornou tão angustiante Arrepio toda a espinha meu coração está estrangulado minha voz está muda enquanto meu grito interno é desolador é tão tórrido que estou embriagado é tão tórrido que estou congelando e é tão tão frio que minha pele se queima arranco com as unhas a minha própria carne até encontrar meus ossos quebrados estou quebrado, completamente quebrado estou destruído e ainda assim continuo a caminhar Eu mesmo proclamo a minha profecia Eu mesmo sabia o que estaria por vir E esse sorriso triste-alegre carrega o futuro que está chegando Talvez banhar-me no Lethe não seja o fim do mundo Talvez esquecer-me de tudo seja renascer como a fênix a dádiva do Elísio Por hora mergulho no profundo da minha inconsciência Por hora declamo para o mundo Por hora me perco Por hora me encontro Por hora...
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Mar 17, 2017
Mar 17, 2017 at 1:18 PM UTC
O Tártaro
De los bosques los acres olores difundidos, cazadora, han inflado tu nariz anhelante, y partes, en tu virgen energía pujante, tendiendo los cabellos hacia atrás esparcidos. De los leopardos haces con los sordos rugidos temblar hasta la noche la Ortigia resonante, entre la orgía saltas, orgía repugnante de perros destrozados, en la yerba tendidos. Y mucho más te place que en el bosque te hiera dura espina, o que diente se clave, o garra fiera, en tus brazos gloriosos por el hierro vengados; Pues la cruel dulzura quieres gustar, oh Diosa, le mezclar, en tus juegos, la púrpura radiosa Con sangre horrible y negra de monstruos degollados.
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Artemis
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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El cid
Por la sierra, una tarde, pasaba el Campeador. El sol despertaba su flamígera flor, y bruñía la púrpura de su esplendor postrero en la resplandeciente coraza del guerrero. El oro lo cubría de la frente a los pies: su escarcela era de oro, y era de oro su arnés, y un rubí granadino de adorno en la visera, resplancedía menos que su mirada fiera. Soberbiamente erguido con marcial bizarría, no encontrando adversarios ¡con el Sol se batía! Los pastores en lo alto de las altas montañas, al ver pasar al héroe de las rudas hazañas envuelto en su leyenda de osadía y estrago, entre sí murmuraban: "Es el Cid, o es Santiago". Pues con el fanatismo que infunde la victoria unían los dos nombres en una misma gloria. Así, lento, magnífico, arrogante y severo, iba por los caminos el radiante viajero, cuando oyó que del fondo de un barranco surgía la ronca y débil súplica de una voz de agonía. Y allí, tendido en tierra, vio un monstruo repugnante de agarrotadas manos y roído semblante: Un leproso.                   De súbito, el corcel de Rodrigo se encabritó: Tan sórdido y horrible era el mendigo, que temió el noble bruto contaminar sus cascos con rozar solamente aquel montón de ascos. Con un gesto magnánino, el guerrero español, inclinado su bélico penacho tornasol, le ofrece al miserable todo lo que le queda: una moneda de oro y un ademán de seda. Y entonces, al llameante resplandor del ocaso, con incrédulos ojos y vacilante paso, aquella gusanera viviente se incorpora, y cae de rodillas pesadamente, y llora.... Allí, en aquel oscuro recodo del camino, lo maldijo una anciana, lo apedreó un campesino, le fue negada el agua, le fue negado el pan, y soportó en silencio la injuria y el desmán; y ahora un caballero de luciente armadura caritativamente consuela su amargura sin temer el contagio de su inmunda dolencia, y le ofrece a sus llagas una flor de clemencia. Y el monstruo, en un impulso brutalmente sincero, posa sus labios pútridos sobre el guante de acero. El paladín lo mira sin desdén, sin temor, sin cólera: ¡Por algo es el Cid Campeador! Inmóvil y benigno en su dádiva inmensa, el gran Rodrigo Díaz de Vivar algo piensa: ¿Qué sentimientos laten bajo su coraza? De repente, con suave firmeza, lo rechaza; contempla largamente aquel escombro humano, se arranca el guantelete... ¡y le tiende la mano!
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¿No sientes por dentro el peso del vacío? ¿No sientes las espadas que atraviesan tu carne ? ¿No es cada vez más de noche ? ¿No hace cada vez más frío? Es momento de cuestionar si la felicidad es más profunda, o si, tal vez, hoy solo contamos con más calmantes, más drogas, más distracciones que nos ciegan ante la cruda realidad. Hay que preguntarse si la felicidad es más profunda o es solo que hoy tenemos más calmantes, mas drogas,mas distracciones que nos ciegan ante la realidad . Habría que preguntarse si, al declarar que el dolor y la muerte no existen, no será que simplemente los vemos menos , porque los hemos arrinconado en hospitales, cárceles, suburbios, en esos terceros mundos de los que oímos, pero nunca vemos. . No enmascares el dolor del mundo No ocultes este valle de lágrimas No ignores el podrido océano del mal moral , La carne limpia de los fariseos no ocultan el putrefacto hedor de la falsa ética Si Dios nos abriera los ojos al mundo invisible, al mundo que nos negamos a ver, caeríamos muertos, pues es repugnante lo abominable que puede llegar a ser el ser humano, el egoísmo , la hipocresía, mediocridad, violencia , angustia, dolor y sufrimiento. No, no estás vacío; estás lleno de parásitos. No, no sientes esa espada, porque eres tú quien la clava. No, no ves la noche, porque te niegas a mirar. Pero sí, puedes sentir ese frío, porque en verdad, estás muerto , devorado por los parásitos
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Oct 17, 2024
Oct 17, 2024 at 11:54 AM UTC
Parásitos del ser
Después de que hubo al bosque el Domador entrado, Las formidables huellas entre árboles siguiendo, Anunció el rudo choque, de un rugido el estruendo. Hundiese el sol, y entonces todo quedó callado. Por entre matorrales y zarzas, aterrado, Un pastor de esos valles, que a Tirinto iba huyendo, Se vuelve, y ve con ojos de espanto, que el horrendo Monstruo surge, de frente, sobre áspero collado. Y un grito lanza. Ha visto al terror de Nemea Sobre el cielo rojizo, con mirar que chispea, Con siniestros colmillos y repugnante traza; Pues la sombra que invade el espacio anchuroso, Bajo la piel horrible que a Hércules disfraza, Al mezclar hombre y fiera, finge un Héroe monstruoso.
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Nemea