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"reconozco" poems
Cuando tus manos salen, amor, hacia las mías, qué me traen volando? Por qué se detuvieron en mi boca, de pronto, por qué las reconozco como si entonces, antes, las hubiera tocado, como si antes de ser hubieran recorrido mi frente, mi cintura? Su suavidad venía volando sobre el tiempo, sobre el mar, sobre el humo, sobre la primavera, y cuando tú pusiste tus manos en mi pecho, reconocí esas alas de paloma dorada, reconocí esa greda y ese color de trigo. Los años de mi vida yo caminé buscándolas. Subí las escaleras, crucé los arrecifes, me llevaron los trenes, las aguas me trajeron, y en la piel de las uvas me pareció tocarte. La madera de pronto me trajo tu contacto, la almendra me anunciaba tu suavidad secreta, hasta que se cerraron tus manos en mi pecho y allí como dos alas terminaron su viaje.
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Tus manos
A quién compré en esta noche la soledad que poseo quién dice la orden que apresure la marcha del viento flor de frío entre las hojas inconclusas si tú me llamas tormenta resuenas tan lejos como un tren ola triste caída a mis pies quién te dice sonámbulo de sangre partía cada vez en busca del alba a ti te reconozco pero lejos apartada inclinado en tus ojos busco el ancla perdida ahí la tienes florida adentro de los brazos de nácar es para terminar para no seguir nunca y por eso te alabo seguidora de mi alma mirándote hacia atrás te busco cada vez entre los signos del regreso estás llena de pájaros durmiendo como el silencio de los bosques pesado y triste lirio miras hacia otra parte cuando te hablo me dueles tan distante mujer mía apresura el paso apresura el paso y enciende las luciérnagas
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Untitled
En el silencio Busco por tu voz, Un señal que por me No te sientes desprecio, Que no me vas a quedar Con tu ausencia. Quiero rogarte hasta las rodillas Que no te vayas, Que no me das una Patada en la espinilla. Pero no. Las palabras no me salen. Me siente q todos me jalen Porque en realidad No me aguanten. Chillo y chillo Hasta que reconozco Que las lagrimas no hacen nada. No paran el abandono, No paran el odio Que tienes por mi, El odio que me da ganas de morir. Lejos quiero correr, A un bosque Y nunca volver. Los pensamientos me consumen Y me quedo congelada. Me quiero morir. Hasta que Oigo a tu voz.
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Nov 6, 2024
Nov 6, 2024 at 12:32 AM UTC
No Te Vayas
¿Tengo patria todavía? ¿Aún reconozco fronteras? Hacia el norte el desierto la montaña al oriente y el mar y las islas qué son sino puertas que se abren a todo el universo ¿Qué son sino puertas los hielos eternos? ¿Todavía tengo historia? ¿Tengo todavía monumentos? He olvidado las batallas he olvidado las fechas sólo tengo memoria de caídos por causas ajenas y pequeñas. Mi único héroe guerrea con su verbo. Y yo tengo otro ritmo son otras mis leyes y otras sutiles cacerías con distintos trofeos ocupan mi espacio y mi tiempo. Y tengo tan solo un consejero. Cómo hiere el filo de su lengua. Y también tengo amigos sólo íntimos amigos que me traen caracolas y amatistas y libros y flechas de silex. Momentos dorados comparto con ellos al calor de una taza de té. Momentos surgidos de un sueño. Y se va redondeando nuestra historia sin tambores ni trompetas en la pura amistad y en el silencio. No tenemos fronteras ni queremos monumentos. Nuestro único guerrero combate con el filo de su lengua.
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Dec 6, 2011
Dec 6, 2011 at 2:54 PM UTC
Apátrida (XI)
Yo también tengo ruinas y si acudo al pasado ya no sé a quién o a quiénes busco entre los escombros son ruinas sin prestigio sin guías y con musgo inmensas y mezquinas señas de lo que fui columpios desnudeces huellas crepusculares matutinas nocturnas la luna las descubre les dice lo que eran columnas de tesón cúmulos de experiencia pedernales de amor catacumbas de miedo yo también tengo ruinas pero no deslumbradas sino ciegas distantes residuos de palabras vestigios de rencores esquirlas de castigos reliquias de caricias ruinas tan taciturnas calimas de la pena albergan sus fantasmas como todas las ruinas y como todas dejan escuchar su lamento yo también tengo ruinas meses y años troceados muñones de confianza perdones en añicos piedras en las que a veces me reconozco       entonces amo la piel rugosa de mis hermanas ruinas
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Ruinas
A veces, mi egoísmo me llena de maldad, y te odio casi hasta hacerme daño a mí mismo: son los celos, la envidia, el asco al hombre, mi semejante aborrecible, como yo corrompido y sin remedio, mi querido hermano y parigual en la desgracia. A veces -o mejor dicho: casi nunca-, te odio tanto que te veo distinta. Ni en corazón ni en alma te pareces a la que amaba sólo hace un instante, y hasta tu cuerpo cambia y es más bello -quizá por imposible y por lejano. Pero el odio también me modifica a mí mismo, y cuando quiero darme cuenta soy otro que no odia, que ama a esa desconocida cuyo nombre es el tuyo, que lleva tu apellido, y tiene, igual que tú, el cabello largo. Cuando sonríes, yo te reconozco, identifico tu perfil primero, y vuelvo a verte, al fin, tal como eras, como sigues siendo, como serás ya siempre, mientras te ame.
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Carta sin despedida
Tierra mojada de las tardes líquidas en que la lluvia cuchichea y en que se reblandecen las señoritas, bajo el redoble del agua en la azotea... Tierra mojada de las tardes olfativas en que un afán misántropo remonta las lascivas soledades del éter, y en ellas se desposa con la ulterior paloma de Noé; mientras se obstina el tableteo del rayo, por la nube cenagosa... Tarde mojada, de hálitos labriegos, en la cual reconozco estar hecho de barro, porque en sus llantos veraniegos, bajo el auspicio de la media luz, el alma se licúa sobre los clavos de su cruz... Tardes en que el teléfono pregunta por consabidas náyades arteras, que salen del baño al amor a volcar en el lecho las fatuas cabelleras y a balbucir, con alevosía y con ventaja, húmedos y anhelantes monosílabos, según que la llovizna acosa las vidrieras... Tardes como una alcoba submarina con su lecho y su tina; tardes en que envejece una doncella ante el brasero exhausto de su casa, esperando a un galán que le lleve una brasa; tardes en que descienden los ángeles, a arar surcos derechos en edificantes barbechos; tardes de rogativa y de cirio pascual; tardes en que el chubasco me induce a enardecer a cada una de las doncellas frígidas con la brasa oportuna; tardes en que , oxidada la voluntad, me siento acólito del alcanfor, un poco pez espada y un poco San Isidro Labrador....
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Tierra mojada
Antonio Machado, Fernando Pessoa, Juan Gelman crearon de un plumazo sus heterónimos, unos señores que tuvieron la virtud de complementarlos, ampliarlos, hacer que de algún modo fueran más ellos mismos. También yo (vanitas vanitatum) quise tener el mío, pero la única vez que lo intenté resultó que mi joven heterónimo empezó a escribir desembozadamente sobre mis cataratas, mis espasmos asmáticos, mi ****** zoster, mi lumbago, mi hernia diafragmática y otras fallas de fábrica. Por si todo eso fuera poco se metía en mis insomnios para mortificar a mi pobre, valetudinaria conciencia. Fue precisamente ésta la que me pidió: por favor, colega, quítame de encima a este estorbo, ya bastante tenemos con la crítica. Sin embargo, como los trámites para librarse de un heterónimo son más bien engorrosos, opté por una solución intermedia, que fue nombrarlo mi representante plenipotenciario en la isla de Pascua. Por cierto que desde allí acaba de enviarme un largo poema sobre la hipotética vida ****** de los moairs. Reconozco que no está nada mal. Se nota mi influencia.
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Heterónimos
A mano amada, cuando la noche impone su costumbre de insomnio y convierte cada minuto en el aniversario de todos los sucesos de una vida; allí, en la esquina más  negra del desamparo, donde el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras, los recuerdos me asaltan. Unos empuñan tu mirada verde,                                                               otros apoyan en mi espalda el alma blanca de un lejano sueño, y con voz inaudible, con implacables labios silenciosos, ¡el olvido o la vida!,                                       me reclaman. Reconozco los rostros.                                             No hurto el cuerpo. Cierro los ojos para ver y siento que me apuñalan fría, justamente, con ese hierro viejo:                                         la memoria.
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A mano amada
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El suelo nativo
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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Esta tarde, frente a ti, en los ojos siento algo que te mira y no soy yo. ¡Qué antigua es esta mirada, en mi presente mirando! Hay algo, en mi cuerpo, otro. Viene de un tiempo lejano. Es una querencia, un ansia de volver a ver, a verte, de seguirte contemplando. Como la mía, y no mía. Me reconozco y la extraño. ¿Vivo en ella, o ella en mí? Poseído voluntario de esta fuerza que me invade, mayor soy, porque me siento yo mismo, y enajenado.
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Variación xiii
Quisiera decir esta noche que soy feliz, que lo eres conmigo y que estaremos juntos sin que importe nada mas. Pero la realidad es que si seguimos juntos es por error, por apego, por temor. La duda es terrible, porque en el segundo que pienso dejarte, que pienso en lo mucho que me has herido veo tu sonrisa, y veo la mia a tu lado. Siento que he cambiado, siento que ambos lo hemos hecho salvo que a ti ya no te reconozco... Tu indiferencia me abruma pero no me asombra, me duele el saber que las cosas son tal cual las pense en los peores dias. Podria llamarte una farsa, una mentira, un juego. En el fondo nunca lo sabre. Siento fibras que se desintegra, que mueren y pierden su conexion: Ese es mi amor siendo deborado por la rabia, por el llanto. Soporte tantas cosas por ti, solo porque imaginaba un dia mejor, un dia en que me miraras como te miro yo. Ese dia nunca llego y cada vez es peor; todo termina por ser como en el inicio; soy un rostro mas, un cuerpo que durmio en tu cama, unos labios que no vuelven mas.
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Oct 25, 2017
Oct 25, 2017 at 12:00 AM UTC
De un 24 a las 11.
Ha cubierto la nieve campo, valle y alcores. Todo ha muerto. En la roca ya gris y desolada, Donde rompe el Atlántico su ardiente marejada, Cuelga un marchito pétalo de gajos tembladores. Y no sé cuál aroma, con plácidos rumores, Hasta mí, desde lejos, llega en la brisa alada. Con ese tibio efluvio queda el alma embriagada. ¿De dónde viene ese hálito como de extrañas flores? Ah! Bien lo reconozco. Viene de donde brilla El sol esplendoroso, desde la azul Antilla Que se duerme en el trópico circuida de espuma. Y en esta roca, al ruido de la céltica ola, He aspirado en el viento, que aire natal perfuma, La flor que abrió en un huerto de Cuba su corola.
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Brisa marina
¿Dónde estoy? No me encuentro. ¿Porque me fui? No sé. Estoy sola. No me entiendo. No me entienden. Estoy perdida. Estoy rota, Y perdí las piezas. No sé cómo repararme. La noche cae, Y el día viene. El sol y la luna, Tienen su camino. Yo no. Quiero ser yo, Y solo yo. No soy lo que no quiero ser, pero no sé qué quiero. Todos nacemos con un fuego por dentro, Que de vez en cuando se apaga. El mío se apaga más de lo que quiero, Y no he visto sus llamas realmente florecer, en lo que parece ser un tiempo eterno. Solo deja unas cenizas, que gritan un llanto que nadie oye. La gente es sorda, A lo que no entiende. Quiero ver a ese fuego siempre bailando, contento dentro de mí. Pero cuando se apaga, no sé cómo prenderlo. Y llega ella, de pronto, la oigo. Me encuentro, Siento, lloro, río. Vuelvo a conocerme. Mi mente, a mi alma vuelve a pertenecerle, Y no al revés. Encuentro las piezas, Y me reconstruyo. Con cada verso que canto, Me envuelvo más en las armonías, Y veo el mundo, Mediante ojos llenos de paz. Pero la canción muere, Pues todo morirá algún día, Vuelvo a perderme. Ya no me reconozco. Vuelvo a romper, Y las piezas quedan en la oscuridad. ¿Dónde estoy? Estoy perdida.
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Sep 17, 2021
Sep 17, 2021 at 11:18 AM UTC
¿Dónde estoy?
Acostúmbrate a ver detrás de mí la sombra y que tus manos salgan del rencor, transparentes, como si en la mañana del mar fueran creadas: la sal te dio, amor mío, proporción cristalina. La envidia sufre, muere, se agota con mi canto. Uno a uno agonizan sus tristes capitanes. Yo digo amor, y el mundo se puebla de palomas. Cada sílaba mía trae la primavera. Entonces tú, florida, corazón, bienamada, sobre mis ojos como los follajes del cielo eres, y yo te miro recostada en la tierra. Veo el sol trasmigrar racimos a tu rostro, mirando hacia la altura reconozco tus pasos. Matilde, bienamada, diadema, bienvenida!
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Soneto lvi
gracias a dios gracias a la tierra gracias al color de mi piel gracias a la educación gracias a mis amigos gracias a la familia gracias a la muerte de la ignorancia la vida es hermosura facil es ver la vida oscura y la humanidad la tristeza y el odio nunca vivirá en mi se que el mundo es fatal reconozco la humanidad pero entre el oscurecer se que hay luz la luz en el amor entre los abrazos, entre las sonrisas entre el éxito, entre el trabajo entre toda las corrientes de la vida estoy triste ahora pero no vive en mi tengo fe, siempre tengo fe
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Aug 13, 2017
Aug 13, 2017 at 3:40 PM UTC
hermosura
Nadie vino a esperarme. Yo me encogí de hombros y me eché a andar: Soy un hombre de paso, simplemente; soy simplemente un hombre que llega y que se va. No conozco este pueblo, este pequeño pueblo junto al mar: Hoy, por primera vez, miro estas casas con sus techos de tejas y sus muros de sal. Pero sé que esta calle polvorienta le da vuelta a un parque con bancos de metal, y que frente a ese parque hay una iglesia, y que junto a esa iglesia hay un rosal. Yo conozco el chirrido de una verja oxidada, y, entre tantos portales, reconozco un portal -aquel portal de la baranda verde, con un horcón rajado a la mitad-. Y es que estoy en el pueblo de tus cartas de novia, tu viejo pueblo tristemente igual, aunque yo vine demasiado tarde, y aunque tú ya no estás...
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Canción del andén
Señor, Dios mío: no vayas a querer desfigurar mi pobre cuerpo, pasajero más que la espuma del mar. Ni me des enfermedad larga en mi carne, que fue la carga de la nave de los hechizos, del dolor el aposento y la genuflexión verídica de tu trágico pavimento. No me hieras ningún costado, no me castigues a mi cuerpo por haber vivido endiosado ante la Naturaleza y frente a los vertebrales espejos de la belleza. Yo reconozco mi osadía de haber vivido profesando la moral de la simetría. Amé los talles zalameros y el virginal sacrificio; amé los ojos pendencieros y las frentes en armisticio. No tengo miedo de morir, porque probé de todo un poco, y el frenesí del pensamiento todavía no me vuelve loco. Mas con el pie en el estribo imploro rápida agonía en mi final hostería. Para que me encomiende a Dios, en la hostería, una muchacha, con su peinado de bandós; y que de ir por los caminos tenga la carne de luz de los peroles cristalinos. Y que en sus manos, inundadas de luz, mi vida quede rota en un tiempo de gavota.
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Gavota
con narciso por labios & pupilas de azúcar me encontraste entre rechinantes mares hechos tabique asfalto & vagones sin vía sus obreros en gabán entre gritos encerraron a mi serafín el titilar de un palpitar amado mis pasos no llevan a casa llevan a un sonreír entre sabanas ajenas eco de mis pétalos ni mis ternuras reconozco cuando tus pieles fueron filmadas por caricia de crepitar ocre & mis pupilas de azúcar me hiere el corazón en pedacitos que reconozco narciso por labios & dulces nuestras distancias podría haberme arrojado entre aguas cristalinas si los pasos del hastío no llevasen miel pero es como sé ahogado en mi reflejo & mares hechos tabique pero es como distinguir entre jardines & flores & escuchar su eco mis cristales ya no guían arrojado entre aguas cristalinas narciso por labios
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Dec 25, 2020
Dec 25, 2020 at 1:24 PM UTC
narciso