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"proa" poems
Que grande a geração, a de Camões, Saia de Belém, num pranto oral... Dizia adeus a grandes multidões! Olhava o horizonte pequeno Portugal Traçado o rumo do futuro, Passado o mar forte e indeciso, Pegava no leme, firme e duro, Sem dor, frio ou bramido. As ninfas, rodeavam o leme, O Sol, queimava a proa do navio, O capitão nada teme Naquele mar, escuro e bravio... Victor Marques e Atavio Nelson Chegamos a outros pontos, Do globo esférico, sem saber! Que hoje são contos, Que ainda temos de ler. Desde Ourique, Calado e Cala trava Com turbantes brancos reluzentes Os portugueses lutaram com palavra Com alegria mostravam seus dentes. Correram os desertos, tão estéreis Na defesa de um Santo Universal Pela cruz combateram infiéis Dentro e fora de Portugal. Oh.Isabel que suaves eram tuas flores! Que rosas encarnadas pueris Que as músicas sejam cantadas para seus amores Prendes-te por milagre o teu Diniz. OH Coimbra.que tiranas do fadário Oh Sé velha, cheia de segredos Que encantos lá havia do Hilário Ainda hoje escritos nos penedos... Santa Clara, no alto...que te vê clarissa Jovem, esbelta coimbrã! Foste, cedo freira e noviça. Salva-me deste fado, minha irmã! Olá Marquez, és do Pombal Traidor, usurpador, ladrão. NO ódio foste genial. E TUDO, tudo metia no gibão. Malandro, enganas-te o teu Rei Iludiste-o, meu falso...e mandas-te O Távora, inocente para o cadafalso Maldito sejas! Isso não foi Portugal...mas foi No norte, que uma mulher Forte, com seios apertados E espada no dentes bem cerrados Em serpente e com sua gente Em zip filas genial Firme.destinada Deu a vida mas Acabou com o Cabral Sim ali, no monte Naquele lugar Maria da Fonte Só com gente destemida, como eu ! Tal como o Lusitano no Gerez Esta pátria com um plebeu Concebeu o Tavares com um grande PORTUGUÊS Victor Marques
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Dec 10, 2009
Dec 10, 2009 at 10:27 PM UTC
Portugal....
Que grande a geração, a de Camões, Saia de Belém, num pranto oral... Dizia adeus a grandes multidões! Olhava o horizonte pequeno Portugal Traçado o rumo do futuro, Passado o mar forte e indeciso, Pegava no leme, firme e duro, Sem dor, frio ou bramido. As ninfas, rodeavam o leme, O Sol, queimava a proa do navio, O capitão nada teme Naquele mar, escuro e bravio... Victor Marques e Atavio Nelson Chegamos a outros pontos, Do globo esférico, sem saber! Que hoje são contos, Que ainda temos de ler. Desde Ourique, Calado e Cala trava Com turbantes brancos reluzentes Os portugueses lutaram com palavra Com alegria mostravam seus dentes. Correram os desertos, tão estéreis Na defesa de um Santo Universal Pela cruz combateram infiéis Dentro e fora de Portugal. Oh.Isabel que suaves eram tuas flores! Que rosas encarnadas pueris Que as músicas sejam cantadas para seus amores Prendes-te por milagre o teu Diniz. OH Coimbra.que tiranas do fadário Oh Sé velha, cheia de segredos Que encantos lá havia do Hilário Ainda hoje escritos nos penedos... Santa Clara, no alto...que te vê clarissa Jovem, esbelta coimbrã! Foste, cedo freira e noviça. Salva-me deste fado, minha irmã! Olá Marquez, és do Pombal Traidor, usurpador, ladrão. NO ódio foste genial. E TUDO, tudo metia no gibão. Malandro, enganas-te o teu Rei Iludiste-o, meu falso...e mandas-te O Távora, inocente para o cadafalso Maldito sejas! Isso não foi Portugal...mas foi No norte, que uma mulher Forte, com seios apertados E espada no dentes bem cerrados Em serpente e com sua gente Em zip filas genial Firme.destinada Deu a vida mas Acabou com o Cabral Sim ali, no monte Naquele lugar Maria da Fonte Só com gente destemida, como eu ! Tal como o Lusitano no Gerez Esta pátria com um plebeu Concebeu o Tavares com um grande PORTUGUÊS Victor Marques
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Los animales fueron imperfectos, largos de cola, tristes de cabeza. Poco a poco se fueron componiendo, haciéndose paisaje, adquiriendo lunares, gracia, vuelo. El gato, sólo el gato apareció completo y orgulloso: nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere. El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un *** desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro. No hay unidad como él, no tienen la luna ni la flor tal contextura: es una sola cosa como el sol o el topacio, y la elástica línea en su contorno firme y sutil es como la línea de la proa de una nave. Sus ojos amarillos dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche. Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón, nupcial sultán del cielo de las tejas eróticas, el viento del amor en la intemperie reclamas cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo, oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato. Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato. Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago el mar y la ciudad incalculable, la botánica, el gineceo con sus extravíos, el por y el menos de la matemática, los embudos volcánicos del mundo, la cáscara irreal del cocodrilo, la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato. Mi razón resbaló en su indiferencia, sus ojos tienen números de oro.
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Oda al gato
Los animales fueron imperfectos, largos de cola, tristes de cabeza. Poco a poco se fueron componiendo, haciéndose paisaje, adquiriendo lunares, gracia, vuelo. El gato, sólo el gato apareció completo y orgulloso: nació completamente terminado, camina solo y sabe lo que quiere. El hombre quiere ser pescado y pájaro, la serpiente quisiera tener alas, el perro es un *** desorientado, el ingeniero quiere ser poeta, la mosca estudia para golondrina, el poeta trata de imitar la mosca, pero el gato quiere ser sólo gato y todo gato es gato desde bigote a cola, desde presentimiento a rata viva, desde la noche hasta sus ojos de oro. No hay unidad como él, no tienen la luna ni la flor tal contextura: es una sola cosa como el sol o el topacio, y la elástica línea en su contorno firme y sutil es como la línea de la proa de una nave. Sus ojos amarillos dejaron una sola ranura para echar las monedas de la noche. Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón, nupcial sultán del cielo de las tejas eróticas, el viento del amor en la intemperie reclamas cuando pasas y posas cuatro pies delicados en el suelo, oliendo, desconfiando de todo lo terrestre, porque todo es inmundo para el inmaculado pie del gato. Oh fiera independiente de la casa, arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones, insignia de un desaparecido terciopelo, seguramente no hay enigma en tu manera, tal vez no eres misterio, todo el mundo te sabe y perteneces al habitante menos misterioso, tal vez todos lo creen, todos se creen dueños, propietarios, tíos de gatos, compañeros, colegas, discípulos o amigos de su gato. Yo no. Yo no suscribo. Yo no conozco al gato. Todo lo sé, la vida y su archipiélago el mar y la ciudad incalculable, la botánica, el gineceo con sus extravíos, el por y el menos de la matemática, los embudos volcánicos del mundo, la cáscara irreal del cocodrilo, la bondad ignorada del bombero, el atavismo azul del sacerdote, pero no puedo descifrar un gato. Mi razón resbaló en su indiferencia, sus ojos tienen números de oro.
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O Meu Eu Imperativamente condicionado pelo meu eu, Tempestade arrebatadora de meu imbróglio, Sonetos de Inverno a óleo, Inconstância que não magoa, mas adoeceu. Incansavelmente ser perene, Sustentado com a nostalgia, Navio sem proa nem leme, Rebento de tristeza e alegria. Cortejado em corte divinal, Infortúnio é sempre fatal, Pintura lastimável de um grande pintor, Estigma do meu eu multicolor. Victor Marques
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Jan 17, 2012
Jan 17, 2012 at 12:00 PM UTC
O Meu Eu
Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio! Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto. Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso. Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros. Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! Oh, sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron! De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste. De pie como un marino en la proa de un barco. Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario. El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado!
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La canción desesperada
Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy. El río anuda al mar su lamento obstinado. Abandonado como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado! Sobre mi corazón llueven frías corolas. Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos! En ti se acumularon las guerras y los vuelos. De ti alzaron las alas los pájaros del canto. Todo te lo tragaste, como la lejanía. Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio! Era la alegre hora del asalto y el beso. La hora del estupor que ardía como un faro. Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio! En la infancia de niebla mi alma alada y herida. Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo. Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio! Hice retroceder la muralla de sombra, anduve más allá del deseo y del acto. Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí, a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto. Como un vaso albergaste la infinita ternura, y el infinito olvido te trizó como a un vaso. Era la negra, negra soledad de las islas, y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos. Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta. Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro. Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos! Mi deseo de ti fue el más terrible y corto, el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido. Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas, aún los racimos arden picoteados de pájaros. Oh la boca mordida, oh los besados miembros, oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados. Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos. Y la ternura, leve como el agua y la harina. Y la palabra apenas comenzada en los labios. Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo, y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio! Oh, sentina de escombros, en ti todo caía, qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron! De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste. De pie como un marino en la proa de un barco. Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes. Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo. Pálido buzo ciego, desventurado hondero, descubridor perdido, todo en ti fue naufragio! Es la hora de partir, la dura y fría hora que la noche sujeta a todo horario. El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa. Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros. Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Ah más allá de todo. Ah más allá de todo. Es la hora de partir. Oh abandonado!
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Que grande a geração, a de Camões, Saia de Belém, num pranto oral... Dizia adeus a grandes multidões! Olhava o horizonte pequeno Portugal Traçado o rumo do futuro, Passado o mar forte e indeciso, Pegava no leme, firme e duro, Sem dor, frio ou bramido. As ninfas, rodeavam o leme, O Sol, queimava a proa do navio, O capitão nada teme Naquele mar, escuro e bravio... Victor Marques e Atavio Nelson
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Dec 10, 2009
Dec 10, 2009 at 10:51 PM UTC
DESCOBERTAS MARITIMAS
Una corriente de brazos y de espaldas nos encauza y nos hace desembocar bajo los abanicos, las pipas, los anteojos enormes colgados en medio de la calle; únicos testimonios de una raza desaparecida de gigantes. Sentados al borde de las sillas, cual si fueran a dar un brinco y ponerse a bailar, los parroquianos de los cafés aplauden la actividad del camarero, mientras los limpiabotas les lustran los zapatos hasta que pueda leerse el anuncio de la corrida del domingo. Con sus caras de mascarón de proa, el habano hace las veces de bauprés, los hacendados penetran en los despachos de bebidas, a muletear los argumentos como si entraran a matar; y acodados en los mostradores, que simulan barreras, brindan a la concurrencia el miura disecado que asoma la cabeza en la pared. Ceñidos en sus capas, como toreros, los curas entran en las peluquerías a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez, y cuando salen a la calle ya tienen una barba de tres días. En los invernáculos edificados por los círculos, la pereza se da como en ninguna parte y los socios la ingieren con churros o con horchata, para encallar en los sillones sus abulias y sus laxitudes de fantoches. Cada doscientos cuarenta y siete hombres, trescientos doce curas y doscientos noventa y tres soldados, pasa una mujer.
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Calle de las sierpes
Encaneció las ondas con espuma Argos, primera nave, y sin temellas osó tocar la gavia las estrellas, y hasta el cerco del sol volar sin pluma. Y aunque Anfitrite airada se consuma, dividen el cristal sus ninfas bellas, y hasta Colcos Jasón pasa por ellas, por más que el viento resistir presuma. Más era el agua que el dragón y el toro, mas no le estorba que su campo arase la fuerte proa entre una y otra sierra. Rompióse al fin por dos manzanas de oro, para que el mar cruel no se alabase, que por lo mismo se perdió la tierra.
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De jasón
En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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El candil
En la cúspide radiante que el metal de mi persona dilucida y perfecciona, y en que una mano celeste y otra de tierra me fincan sobre la sien la corona; en la orgía matinal en que me ahogo en azul y soy como un esmeril y central y esencial como el rosal; en la gloria en que melifluo soy activamente casto porque lo vivo y lo inánime se me ofrece gozoso como pasto; en esta mística gula en que mi nombre de pila es una candente cábala que todo lo engrandece y lo aniquila; he descubierto mi símbolo en el candil en forma de bajel que cuelga de las cúpulas criollas su cristal sabio y su plegaria fiel. ¡Oh candil, oh bajel, frente al altar cumplimos, en dúo recóndito, un solo mandamiento: venerar! Embarcación que iluminas a las piscinas divinas: en tu irisada presencia mi humildad se esponja y se anaranja, porque en la muda eminencia están anclados contigo el vuelo de mis gaviotas y el humo sollozante de mis flotas. ¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso y sabe que anonadas en las cúpulas sagradas no por decrépito ni por insulso! Tu alta oración animas con el genio de los climas. Tú conoces el espanto de las islas de leprosos, el domicilio polar de los donjuanescos osos, la magnética bahía de los deliquios venéreos, las garzas ecuatoriales cual escrúpulos aéreos, y por ello ante el Señor paralizas tu experiencia como el olor que da tu mejor flor. Paralelo a tu quimera, cristalizo sin sofismas las brasas de mi ígnea primavera, enarbolo mi júbilo y mi mal y suspendo mis llagas como prismas. Candil, que vas como yo enfermo de lo absoluto, y enfilas la experta proa a un dorado archipiélago sin luto; candil, hermético esquife: mis sueños recalcitrantes enmudecen cual un cero en tu cristal marinero, inmóviles excelsos y adorantes.
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Aquí, proa de Europa preñadamente en ***** aquí, talón sangrante del bárbaro Occidente; áspid en piedra viva, que el mar dispersa y junta; pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente. Tremor de muerte, eterno tremor escarnecido, ávidamente orzaba la proa hacia otra vida, en tanto que el talón, en tierra entrometido, pisaba, horrible, el rostro de América adormida. ¡Santiago y cierra España! Derrostran con las uñas y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre, encielan a sus muertos, entierran las pezuñas en la más ardua historia que la Historia registre. Alángeles y arcángeles se juntan contra el hombre. Y el hambre hace su presa, los túmulos su agosto. Tres años y cien caños de sangre Abel, sin nombre... (Insoportablemente terrible es su arregosto.) Madre y maestra mía, triste, espaciosa España, he aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz habitable tu ámbito. Respirable tu extraña paz. Para el hombre, Paz. Para el aire, madre, paz.
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Hija de yago
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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Te contaré la historia
Te contaré la historia del bergantín sombrío que echó un día las anclas en la quietud de un puerto, para ser en la turbia resaca del hastío, el ataúd flotante de su pasado muerto. Allí evocaba el luto de la insignia pirata y las tripulaciones con su bárbaro coro, en las fosforescencias de las noches de plata y en el deslumbramiento de las tardes de oro. Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas, entre un enloquecido revuelo de gaviotas, adoraban el soplo brutal de las tormentas, en sus podridos pliegues, las pobres velas rotas. Abajo, en la sentina, mortecinos fanales, moscas y telarañas y barriles flotando, arriba en la cubierta, náufragos espectrales agitando los puños hacia el puente de mando. Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos para siempre en los mapas de la mala fortuna, y un buque torvamente rondando los murciélagos mientras las mariposas vuelan hacia la luna. Viejo barco que supo que el confín no es redondo en las noches siniestras y en las albas felices, con las anclas hundidas más y más en el fondo como si de las anclas le nacieran raíces. Mástiles carcomidos donde las golondrinas reposan el otoño, como un último ultraje; timón con verdes costras de lepras submarinas y brújula sin norte para morir un viaje. Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras, que poco importa todo para los barcos viejos; pero un escalofrío crujía en sus maderas al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos. Allí, escuchando el himno de las resacas gordas, vaivén de espumas negras que nunca finaliza, se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas con un gran contrabando funeral de ceniza. Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo, de proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente. Y, sin embargo un día... Ah, un día, sin embargo, sopló un viento de rosas, maravillosamente. Era el sagrado soplo del amor que transfigura los seres y las cosas en el tiempo sin fin y le dio un casco nuevo con nueva arboladura y nueve velas blancas al viejo bergantín. Y así fue que en la gloria de una alegre mañana, con la proa hacia el sueño y el timón al azar, esta vez bajo el mando de gentil capitana, el bergantín sombrío se echó de nuevo al mar. Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío, tú, que escuchas mi cuento convertido en canción; tú, gentil capitana del bergantín sombrío, del bergantín sombrío que era mi corazón.
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En el mercado verde, bala del profundo océano, proyectil natatorio, te vi, muerto. Todo a tu alrededor eran lechugas, espuma de la tierra, zanahorias, racimos, pero de la verdad marina, de lo desconocido, de la insondable sombra, agua profunda, abismo, sólo tú sobrevivías alquitranado, barnizado, testigo de la profunda noche. Sólo tú, bala oscura del abismo, certera, destruida sólo en un punto, siempre renaciendo, anclando en la corriente sus aladas aletas, circulando en la velocidad, en el transcurso de la sombra marina como enlutada flecha, dardo del mar, intrépida aceituna. Muerto te vi, difunto rey de mi propio océano, ímpetu verde, abeto submarino, nuez de los maremotos, allí, despojo muerto, en el mercado era sin embargo tu forma lo único dirigido entre la confusa derrota de la naturaleza: entre la verdura frágil estabas solo como una nave, armado entre legumbres, con ala y proa negras y aceitadas, como si aún tú fueras la embarcación del viento, la única y pura máquina marina: intacta navegando las aguas de la muerte.
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Oda a un gran atún en el mercado
Al timón de un gallardo navío maniobra con manos prudentes un joven piloto. A través de la niebla trepida con pávido brío el metálico ritmo de un tañido remoto… Es la ronca campana marina, la inquietante campana, la campana de alarma que plañe en la costa lejana, al vaiven de la olas coléricas, su inquietud repentina. Suena, suena en la noche, vigilante campana costeña, revelando el acecho del escollo bravío; suena, suena con ímpetu, y despierta al piloto que sueña al timón de su débil navío! Pero el nauta inexperto no olvidó la prudencia en el puerto. Avizor, ambicioso y altivo -tres veces despierto-, oyó al punto, a lo lejos, la sonora advertencia. Y el ligero navío, de incontables tesoros repleto, bajo el sólido puño del piloto se inclina, y levanta la proa espumaste después, como un reto, mientras vibra más trémula y próxima la campana marina… Y el esplendido y noble navío se aleja ágilmente, y su blanco velamen gentil se destaca en la espesa y opaca neblina, eludiendo la rauda corriente, bajo el gélido azote de la racha inclemente, mientras hierve con sordo fragor la resaca... ............................................................................ Sí, Dios mio: ¡Se ha salvado un navío! Pero el orto navío inmortal, el navío inmortal que va a bordo de ese frágil navío, ¿Qué piloto es capaz de alejarlo del escollo fatal? Navío del alma, que ninguna bonanza sosiega; que en el tosco navío del cuerpo navegas en pos de una costa de luz que no llega: Navega, navío sin brújula, navega, navega, navega!, atento a la eterna y magnánima campana de Dios!
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La campana marina
Al timón de un gallardo navío maniobra con manos prudentes un joven piloto. A través de la niebla trepida con pávido brío el metálico ritmo de un tañido remoto… Es la ronca campana marina, la inquietante campana, la campana de alarma que plañe en la costa lejana, al vaiven de la olas coléricas, su inquietud repentina. Suena, suena en la noche, vigilante campana costeña, revelando el acecho del escollo bravío; suena, suena con ímpetu, y despierta al piloto que sueña al timón de su débil navío! Pero el nauta inexperto no olvidó la prudencia en el puerto. Avizor, ambicioso y altivo -tres veces despierto-, oyó al punto, a lo lejos, la sonora advertencia. Y el ligero navío, de incontables tesoros repleto, bajo el sólido puño del piloto se inclina, y levanta la proa espumaste después, como un reto, mientras vibra más trémula y próxima la campana marina… Y el esplendido y noble navío se aleja ágilmente, y su blanco velamen gentil se destaca en la espesa y opaca neblina, eludiendo la rauda corriente, bajo el gélido azote de la racha inclemente, mientras hierve con sordo fragor la resaca... ............................................................................ Sí, Dios mio: ¡Se ha salvado un navío! Pero el orto navío inmortal, el navío inmortal que va a bordo de ese frágil navío, ¿Qué piloto es capaz de alejarlo del escollo fatal? Navío del alma, que ninguna bonanza sosiega; que en el tosco navío del cuerpo navegas en pos de una costa de luz que no llega: Navega, navío sin brújula, navega, navega, navega!, atento a la eterna y magnánima campana de Dios!
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En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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La nave entre hielos
En el ártico mar, bajo la grave, fría techumbre del borrado cielo, rota la proa, yace antigua nave, prisionera entre témpanos de hielo. A do vayan inquietas las miradas en esa soledad do el hielo impera, tan solo ven llanuras desoladas, rocas de hielo... hielo donde quiera. Entre las sombras de la noche bruma, Del horizonte en el confín distante; turbio aparece el sol, fosca la luna, y en el cielo se ven solo un instante. De la llanura en la extensión inerte jamás de vida palpitó un aliento, y no flota en la calma de esa muerte, sobre ese horror, ni voz ni movimiento. Antes de que sus flancos destrozados fueran allá donde la nave mora, de los rugientes mares dilatados todas las playas conoció su prora. De las hijas del viento en compañía la vio del ecuador el cielo urgente, y cruzó con gallarda bizarría los mares todos, desde Ocaso a Oriente. Vió la boca del Ganges; el distante Cabo de la Esperanza; surcó el seno del Mar de las Antillas resonante, y su bandera recorrió el Tirreno. Era su nombre PORVENIR; su vida fue el libre y ancho mar; y yace ahora por témpanos de hielo detenida, e inmóvil yace su volante prora. Los años pasan. Desde el turbio Oriente la mira un sol de luz amortiguada, y una luna sin brillo... y lentamente la nave se deshace abandonada. Ya derribó los mástiles el noto; la quilla, entre los hielos, yace endida; se hunde el puente... el timón está roto, y cayó al mar el ancla desprendida. ¡Arriba, el cielo tenebroso y frío y el desierto en redor, mudo y sombrío!
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Por la avenida vienen los candidatos los candidatos a mosca blanca a perengano a campeador a talismán a vicedéspota los candidatos a pregonero a rabdomante a chantapufi a delator a mascarón de proa los candidatos a gran tribuno a alabancero a estraperlista a piel de judas a tercer suplente los candidatos a iracundito a viejo verde a peor astilla a punto muerto a rey de bastos por la avenida vienen los candidatos desde la acera solo y deslumbrado un candidato a candidato avizora futuro y se relame
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Los candidatos
Esta casa no es la que era. En esta casa había antes lagartijas, jarras, erizos, pintores, nubes, madreselvas, olas plegadas, amapolas, humo de hogueras... Esta casa no es la que era. Fue una caja de guitarra. Nunca se habló de fibromas, de porvenires, de pasados, de lejanías. Nunca pulsó nadie el bordón del grave acento: «nos queremos, te quiero, me quieres, nos quieren...» No podíamos ser solemnes, pues qué hubieran pensado entonces el gato, con su traje verde, el galápago, el ratón blanco, el girasol acromegálico... Esta casa no es la que era. Ha empezado a andar, paso a paso. Va abandonándonos sin prisa. Si hubiera ardido en pompa, todos, correríamos a salvarnos. Pero así, nos da tiempo a todo: a recoger cosas que ahora advertimos que no existían; a decirnos adiós, corteses; a recorrer, indiferentes, las paredes que tosen, donde proyectó su sombra la adelfa, sombra y ceniza de los días. Esta casa estuvo primero varada en una playa. Luego, puso proa a azules más hondos. Cantaba la tripulación. Nada podían contra ella las horas y los vendavales. Pero ahora se disuelve, como un terrón de azúcar en agua. Qué pensará el gato feudal al saber que no tiene alma; y los ajos, qué pensarán el domingo los ajos, qué pensarán el barril de orujo, el tomillo, el cantueso, cuando se miren al espejo y vean su cara cubierta de arrugas. Qué pensarán cuando se sepan olvidados de quienes fueron la prueba de su juventud, el signo de su eternidad, el pararrayos de la muerte. Esta casa no es la que era. Compasivamente, en la noche, sigue acunándonos.
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La casa
Esta casa no es la que era. En esta casa había antes lagartijas, jarras, erizos, pintores, nubes, madreselvas, olas plegadas, amapolas, humo de hogueras... Esta casa no es la que era. Fue una caja de guitarra. Nunca se habló de fibromas, de porvenires, de pasados, de lejanías. Nunca pulsó nadie el bordón del grave acento: «nos queremos, te quiero, me quieres, nos quieren...» No podíamos ser solemnes, pues qué hubieran pensado entonces el gato, con su traje verde, el galápago, el ratón blanco, el girasol acromegálico... Esta casa no es la que era. Ha empezado a andar, paso a paso. Va abandonándonos sin prisa. Si hubiera ardido en pompa, todos, correríamos a salvarnos. Pero así, nos da tiempo a todo: a recoger cosas que ahora advertimos que no existían; a decirnos adiós, corteses; a recorrer, indiferentes, las paredes que tosen, donde proyectó su sombra la adelfa, sombra y ceniza de los días. Esta casa estuvo primero varada en una playa. Luego, puso proa a azules más hondos. Cantaba la tripulación. Nada podían contra ella las horas y los vendavales. Pero ahora se disuelve, como un terrón de azúcar en agua. Qué pensará el gato feudal al saber que no tiene alma; y los ajos, qué pensarán el domingo los ajos, qué pensarán el barril de orujo, el tomillo, el cantueso, cuando se miren al espejo y vean su cara cubierta de arrugas. Qué pensarán cuando se sepan olvidados de quienes fueron la prueba de su juventud, el signo de su eternidad, el pararrayos de la muerte. Esta casa no es la que era. Compasivamente, en la noche, sigue acunándonos.
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Con cresta o candor niño o envión varón habría que osar izar un yo flamante en gozo o autoengendrar hundido en el propio ego pozo un nimio virgo vicio un semi tic o trauma o trac o toc novicios un novococo inédito por poco un mero medio huevo al menos de algo nuevo e inmerso en el subyo intimísimo volver a ver reverdecer la fe de ser y creer en crear y croar y croar ante todo ende o duende visiblemente real o inexistente o hacer hacer dentro de un nido umbrío y tibio un hijo mito mixto de silbo ido y de hipo divo de ídolo o en rancia última instancia del cotidiano entreasco a escoplo y soplo mago remodelar habría los orificios psíquicos y físicos corrientes de tanto espectro diario que desnutre la mecha o un lazariento anhelo que todavía se yerga como si pudiera y darle con la proa de la lengua y darle con las olas de la lengua y furias y reflujos y mareas al todo cráter cosmos sin cráter de la nada
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Habría
Piedras locas de Chile, derramadas desde las cordilleras, roqueríos negros, ciegos, opacos, que anudan a la tierra los caminos, que ponen punto y piedra a la jornada, rocas blancas que interrumpen los ríos y suaves son besadas por una cinta sísmica de espuma, granito de la altura centelleante bajo la nieve como un monasterio, espinazo de la más dura patria o nave inmóvil, proa de la cierra terrible, piedra, piedra infinitamente pura, sellada como cósmica paloma, dura de sol, de viento, de energía, de sueño mineral, de tiempo oscuro, piedras locas, estrellas y pabellón dormido, cumbres, rodados, rocas: siga el silencio sobre vuestro durísimo silencio, bajo la investidura antártica de Chile, bajo su claridad ferruginosa.
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Piedras de chile
Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de la faz de la tierra. Tú que arrojaste al círculo del horizonte abierto la alta proa del viking, las lanzas del desierto. En la Torre del Hambre de Ugolino de Pisa tienes tu monumento y en la estrofa concisa que nos deja entrever (sólo entrever) los días últimos y en la sombra que cae las agonías. Tú que de sus pinares haces que surja el lobo y que guiaste la mano de Jean Valjean al robo. Una de tus imágenes es aquel silencioso dios que devora el orbe sin ira y sin reposo, el tiempo. Hay otra diosa de tiniebla y de osambre; su lecho es la vigilia y su pan es el hambre. Tú que a Chatterton diste la muerte en la bohardilla entre los falsos códices y la luna amarilla. Tú que entre el nacimiento del hombre y su agonía pides en la oración el pan de cada día. Tú cuya lenta espada roe generaciones y sobre los testuces lanzas a los leones. Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.
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El hambre
Dos lámparas gallé en perfecto estado un mascarón de proa y un sextante  el samovar de un sobrino de chéjov  un secreter del siglo dieciocho  la declaración universal de los derechos del hombre
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Antiquitäten