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Blas de Otero
Spanish
Cuerpo de la mujer, río de oro donde, hundidos los brazos, recibimos un relámpago azul, unos racimos de luz rasgada en un frondor de oro. Cuerpo de la mujer o mar de oro donde, amando las manos, no sabemos, si los senos son olas, si son remos los brazos, si son alas solas de oro... Cuerpo de la mujer, fuente de llanto donde, después de tanta luz, de tanto tacto sutil, de Tántalo es la pena. Suena la soledad de Dios. Sentimos la soledad de dos. Y una cadena que no suena, ancla en Dios almas y limos.
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[cuerpo de mujer; río de oro]
Escribo en defensa del reino del hombre y su justicia. Pido la paz y la palabra. He dicho «silencio», «sombra», «vacío» etcétera. Digo «del hombre y su justicia», «océano pacífico», lo que me dejan.                                   Pido la paz y la palabra.
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Pido la paz y la palabra
¿Es verdad que te gusta verte hundida en el mar de la música; dejarte llevar por esas alas, abismarte en esa luz tan honda y escondida? Si no es así, no ames más; dame tu vida, que ella es la esencia y el clamor del arte; herida estás de Dios de parte a parte, y yo quiero escuchar solo esa herida. Mares, alas, intensas luces libres, sonarán en mi alma cuando vibres, ciega de amor, tañida entre mis brazos. Y yo sabré la música ardorosa de unas alas de Dios, de una luz rosa, de un mar total con olas como abrazos.
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Música tuya
Porque vivir se ha puesto al rojo vivo. (Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada.) Digo vivir, vivir como si nada hubiese de quedar de lo que escribo. Porque escribir es viento fugitivo, y publicar, columna arrinconada. Digo vivir, vivir a pulso, airada- mente morir, citar desde el estribo. Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro, abominando cuanto he escrito: escombro del hombre aquel que fui cuando callaba. Ahora vuelvo a mi ser, torno a mi obra más inmortal: aquella fiesta brava del vivir y el morir. Lo demás sobra.
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Digo vivir
Un mundo como un árbol desgajado. Una generación desarraigada. Unos hombres sin más destino que apuntalar las ruinas.                                           Romper el mar en el mar, como un himen inmenso, mecen los árboles el silencio verde, las estrellas crepitan, yo las oigo. Sólo el hombre está solo. Es que se sabe vivo y mortal. Es que se siente huir -ese río del tiempo hacia la muerte-. Es que quiere quedar. Seguir siguiendo, subir, a contramuerte, hasta lo eterno. Le da miedo mirar. Cierra los ojos para dormir el sueño de los vivos. Pero la muerte, desde dentro, ve. Pero la muerte, desde dentro, vela. Pero la muerte, desde dentro, mata. ...El mar -la mar-, como un himen inmenso, los árboles moviendo el verde aire, la nieve en llamas de la luz en vilo...
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«la tierra»
Imaginé mi horror por un momento que Dios, el solo vivo, no existiera, o que, existiendo, sólo consistiera en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento. Y que la  muerte, oh estremecimiento, fuese el hueco sin luz de una escalera, un colosal vacío que se hundiera en un silencio desolado, liento. Entonces ¿para qué vivir, oh hijos de madre, a qué vidrieras, crucifijos y todo lo demás? Basta la muerte. Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos. O si no, déjanos precipitarnos sobre Ti -ronco río que revierte.
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Basta
Aquí tenéis mi voz alzada contra el cielo de los dioses absurdos, mi voz apedreando las puertas de la muerte con cantos que son duras verdades como puños. Él ha muerto hace tiempo, antes de ayer. Ya hiede. Aquí tenéis mi voz zarpando hacia el futuro. Adelantando el paso a través de las ruinas, hermosa como un viaje alrededor del mundo. Mucho he sufrido: en este tiempo, todos hemos sufrido mucho. Yo levanto una copa de alegría en las manos, en pie contra el crepúsculo. Borradlo. Labraremos la paz, la paz, la paz, a fuerza de caricias, a puñetazos puros. Aquí os dejo mi voz escrita en castellano. España, no te olvides que hemos sufrido juntos.
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En castellano
Para el hombre hambreante y sepultado en sed -salobre son de sombra fría-, en nombre de la fe que he conquistado: alegría. Para el mundo inundado de sangre, engangrenado a sangre fría, en nombre de la paz que he voceado: alegría. Para ti, patria, árbol arrastrado sobre los ríos, ardua España mía, en nombre de la luz que ha alboreado: alegría.
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En nombre de muchos
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre aquel que amó, vivió, murió por dentro y un buen día bajó a la calle: entonces comprendió: y rompió todos su versos. Así es, así fue. Salió una noche echando espuma por los ojos, ebrio de amor, huyendo sin saber adónde: a donde el aire no apestase a muerto. Tiendas de paz, brizados pabellones, eran sus brazos, como llama al viento; olas de sangre contra el pecho, enormes olas de odio, ved, por todo el cuerpo. ¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces en vuelo horizontal cruzan el cielo; horribles peces de metal recorren las espaldas del mar, de puerto a puerto. Yo doy todos mis versos por un hombre en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso, mi última voluntad.  Bilbao, a once de abril, cincuenta y uno.                                               Blas de Otero
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A la inmensa mayoría
Aquí, proa de Europa preñadamente en ***** aquí, talón sangrante del bárbaro Occidente; áspid en piedra viva, que el mar dispersa y junta; pánica Iberia, silo del sol, haza crujiente. Tremor de muerte, eterno tremor escarnecido, ávidamente orzaba la proa hacia otra vida, en tanto que el talón, en tierra entrometido, pisaba, horrible, el rostro de América adormida. ¡Santiago y cierra España! Derrostran con las uñas y con los dientes rezan a un Dios de infierno en ristre, encielan a sus muertos, entierran las pezuñas en la más ardua historia que la Historia registre. Alángeles y arcángeles se juntan contra el hombre. Y el hambre hace su presa, los túmulos su agosto. Tres años y cien caños de sangre Abel, sin nombre... (Insoportablemente terrible es su arregosto.) Madre y maestra mía, triste, espaciosa España, he aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz habitable tu ámbito. Respirable tu extraña paz. Para el hombre, Paz. Para el aire, madre, paz.
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Hija de yago