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"primeras" poems
¿Vendrás tú? Por mis jardines vuelan Ya las primeras mariposas Sobre las rosas.                 Velan De noche los cocuyos Entre los yuyos. Sonríen las estrellas Pálidamente bellas. ¿Y vendrás tú? Se cubren Alegres, mis floreros De madreselvas. Anda por los largos canteros La risa azul del nomeolvides Y se cargan las vides.                 Selvas Tengo en el corazón; Árboles gruesos Prietos de ramas; Yuyos, retamas, Flores de malvón, Pájaros en las ramas, Todo eso tengo en el corazón. ¿Y vendrás tú?                 Mis manos Fabricaron panales. Yendo de rosa en rosa cogí miel; Hice linos; no recuerdo de males. El lecho mío es blanco Y es Primavera. Huele Bien, el alto barranco Mojado por la ría. Desde el mar que diviso ¿Vendrá tu vela? Vuela, Primavera es gacela Fugitiva Y furtiva, ¡Vuela!
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Primavera
Hoy he visto un seto cubierto de rosas Y he vuelto a mi casa loca de alegría. ¡Hoy he visto un seto cubierto de rosas! ¡Qué impresión de fiesta de amor, alma mía He vuelto a mi casa llena de contento Como cuando vemos de nuevo al amante, Por quién suspiramos a cada momento Y que hace ya mucho se hallaba distante. Yo que amo las selvas, los campos, los prados, Los largos caminos verdes y encantados, El amor sin trabas en la paz campestre, Sueño ya con dulces fiestas amorosas, Ante este temprano florecer de rosas Sobre la negrura de un cerco silvestre.
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Primeras rosas
He ido bajo Helios, que me mira sangrante laborando en silencio mis jardines ausentes. Mi voz será la misma del sembrador que cante cuando bote a los surcos siembras de pulpa ardiente. Cierro, cierro los labios, pero en rosas, tremantes se desata mi voz, como el agua en la fuente. Que si no son pomposas, que si no son fragantes, son las primeras rosas -hermano caminante- de mi desconsolado jardín adolescente.
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Inicial
Dime: ¿Cómo olvidar la primera vez que dejé mi huella por tu cuerpo, el primer beso furtivo, la primera muestra de deseo compartido, la primera vez que sonreí y a ti se te iluminaron los ojos de miedo e ilusión porque ya no había vuelta atrás, los primeros celos, el primer juramento de compromiso, la primera vez que olvidamos la oscura realidad y nos rendimos ante la poesía de la utopía, el primer "amor" que huyó de tus labios o la primera mentira que asomaba, por fin, la verdad? ¿Cómo planear la vida sin primeras veces? ¿Cómo acabar lo que no puede volver a empezar? Si todos estamos enamorados de los principios. Y cuanto más tarde: mejor.
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Aug 10, 2014
Aug 10, 2014 at 11:19 PM UTC
Todo sería más bonito si sólo existiesen los principios.
A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Muerte y juicio
A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna, para ángel indiferente de una escala sin cielo... Mirad. Conteneos la sangre, los ojos. A sus pies, él mismo, sin vida.   No aliento de farol moribundo, ni jadeada amarillez de noche agonizante, sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica, clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola. Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente, juzgándose.   Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente. Carbunclo hueco, ***** desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna, para límite entre la muerte y la nada. Tú: yo: niño.   Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo a la sorpresa de la luz en los ojos de los reciennacidos, al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres. Niño.   Una cuna de llamas de norte a sur, de frialdad de tiza amortajada en los yelos, a fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía; una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos. Niño.   Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie, en el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines, devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento. Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera. Niño. Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles, de su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros, desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines. 4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J. Niño. En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos, de mapas confundidos y desiertos barajados, atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo, a una memoria extraviada entre nombres y fechas. Niño. Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules, entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas, cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca, en el rubor tardío de las azoteas voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma. Niño. Y como descendiste al fondo de las mareas, a las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos, tener honores de vida, a la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo. Niño. Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos, derribada en tu corazón y sola su primera silla, no creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos. ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne. Niño. Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.
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Viendo pasar las nubes fue pasando la vida, y tú, como una nube, pasaste por mi hastío. Y se unieron entonces tu corazón y el mío, como se van uniendo los bordes de una herida. Los últimos ensueños y las primeras canas entristecen de sombra todas las cosas bellas; y hoy tu vida y mi vida son como estrellas, pues pueden verse juntas, estando tan lejanas... Yo bien sé que el olvido, como un agua maldita, nos da una sed más honda que la sed que nos quita, pero estoy tan seguro de poder olvidar... Y miraré las nubes sin pensar que te quiero, con el hábito sordo de un viejo marinero que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar.
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Poema del olvido
Palacio, buen amigo, ¿está la primavera vistiendo ya las ramas de los chopos del río y los caminos? En la estepa del alto Duero, Primavera tarda, ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...¿Tienen los viejos olmos algunas hojas nuevas?Aún las acacias estarán desnudas y nevados los montes de las sierras.¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa, allá, en el cielo de Aragón, tan bella!¿Hay zarzas florecidas entré las grises peñas, y blancas margaritas entre la fina hierba?Por esos campanarios ya habrán ido llegando las cigüeñas.Habrá trigales verdes, y mulas pardas en las sementeras, y labriegos que siembran los tardíos con las lluvias de abril. Ya las abejas libarán del tomillo y el romero.¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?Furtivos cazadores, los reclamos de la perdiz bajo las capas luengas, no faltarán. Palacio, buen amigo,¿tienen ya ruiseñores las riberas?Con los primeros lirios y las primeras rosas de las huertas, en una tarde azul, sube al Espino, al alto Espino donde está su tierra...
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A josé maría palacio
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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El suelo nativo
En la amplitud benigna del contorno y rompiendo el mutismo del paisaje flotan como poema de consuelo las estrofas metálicas de las torres parleras; retratan el matiz de la llanura en su inmóvil pupila las vacadas dispersas en la margen del río que abandona en su corriente sus vellones de armiño y refleja del puente en las columnas su música de acentos virgilianos; y parece que el alma de las cosas más imponentes del nativo suelo me saluda con voces fraternales. El rumor de una interna clarinada resucita del fondo de mi mente a los preclaros héroes del terruño y me siento orgulloso de la sangre que hincha mis arterias juveniles; miro que están en pie los viejos muros de la casa paterna y con los hilos frágiles del sueño reconstruyo el momento de la dicha; las jardines fragantes disipan con sus prados luminosos las obstinadas nieblas de mi invierno, y con su nota azul me torna alegre la familiaridad de las montañas. Vuelvo otra vez a tu clemente asilo, tierra de amor donde mis ojos vieron de la existencia las primeras luces, y al llegar a tu abrigo me conforto con el sano perfume de tus brisas; en el mudo jardín de mi tristeza evocan las escenas de la infancia de la dicha los pájaros locuaces; oigo la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio de mis desolaciones interiores; y al ver el apiñado caserío que guarda entre sus muros paternales a la mujer que iluminó mi senda haciendo que brotara mi cariño en románticas flores, miro apuntar la aurora sonriente en la noche sin fin de mi congoja, charlando en los aleros de mi alma la errante golondrina del recuerdo. ¡Oh tierra bendecida que idolatro con el más reverente de los cultos, con qué júbilo inmenso reconozco la religiosidad de tus matronas y la hidalga nobleza de tus hijos! En tu regazo amante se mitiga el rigor de mis duelos incurables, me das el dulce título de hermano y con ansias anhelo, como en un insinuante panteísmo, ser el bronce que suena en tus esquilas, una roca prendida en tus picachos o un álamo llorón junto a las tapias de tu dormido y grave cementerio.
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Yo tengo en el hogar un soberano Único a quien venera el alma mía; Es su corona de cabello cano, La honra es su ley y la virtud su guía. En lentas horas de miseria y duelo, Lleno de firme y varonil constancia, Guarda la fe con que me habló del cielo En las horas primeras de mi infancia. La amarga proscripción y la tristeza En su alma abrieron incurable herida; Es un anciano, y lleva en su cabeza El polvo del camino de la vida. Ve del mundo las fieras tempestades, De la suerte las horas desgraciadas, Y pasa, como Cristo el Tiberíades, De pie sobre las horas encrespadas. Seca su llanto, calla sus dolores, Y sólo en el deber sus ojos fijos, Recoge espinas y derrama flores Sobre la senda que trazó a sus hijos. Me ha dicho: «A quien es bueno, la amargura Jamás en llanto sus mejillas moja: En el mundo la flor de la ventura Al más ligero soplo se deshoja. »Haz el bien sin temer el sacrificio, El hombre ha de luchar sereno y fuerte, Y halla quien odia la maldad y el vicio Un tálamo de rosas en la muerte. »Si eres pobre, confórmate y sé bueno; Si eres rico, protege al desgraciado, Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno Guarda tu honor para vivir honrado. »Ama la libertad, libre es el hombre Y su juez más severo es la conciencia; Tanto como tu honor guarda tu nombre, Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia.» Este código augusto, en mi alma pudo, Desde que lo escuché quedar grabado; En todas las tormentas fue mi escudo, De todas las borrascas me ha salvado. Mi padre tiene en su mirar sereno Reflejo fiel de su conciencia honrada; ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno Sorprendo en el fulgor de su mirada! La nobleza del alma es su nobleza, La gloria del deber forma su gloria; Es pobre, pero encierra su pobreza La página más grande de su historia. Siendo el culto de mi alma su cariño, La suerte quiso que al honrar su nombre, Fuera el amor que me inspiró de niño La más sagrada inspiración del hombre. Quisiera el cielo que el canto que me inspira siempre sus ojos con amor lo vean, Y de todos los versos de mi lira Estos dignos de su nombre sean.
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Mi padre
Yo tengo en el hogar un soberano Único a quien venera el alma mía; Es su corona de cabello cano, La honra es su ley y la virtud su guía. En lentas horas de miseria y duelo, Lleno de firme y varonil constancia, Guarda la fe con que me habló del cielo En las horas primeras de mi infancia. La amarga proscripción y la tristeza En su alma abrieron incurable herida; Es un anciano, y lleva en su cabeza El polvo del camino de la vida. Ve del mundo las fieras tempestades, De la suerte las horas desgraciadas, Y pasa, como Cristo el Tiberíades, De pie sobre las horas encrespadas. Seca su llanto, calla sus dolores, Y sólo en el deber sus ojos fijos, Recoge espinas y derrama flores Sobre la senda que trazó a sus hijos. Me ha dicho: «A quien es bueno, la amargura Jamás en llanto sus mejillas moja: En el mundo la flor de la ventura Al más ligero soplo se deshoja. »Haz el bien sin temer el sacrificio, El hombre ha de luchar sereno y fuerte, Y halla quien odia la maldad y el vicio Un tálamo de rosas en la muerte. »Si eres pobre, confórmate y sé bueno; Si eres rico, protege al desgraciado, Y lo mismo en tu hogar que en el ajeno Guarda tu honor para vivir honrado. »Ama la libertad, libre es el hombre Y su juez más severo es la conciencia; Tanto como tu honor guarda tu nombre, Pues mi nombre y mi honor forman tu herencia.» Este código augusto, en mi alma pudo, Desde que lo escuché quedar grabado; En todas las tormentas fue mi escudo, De todas las borrascas me ha salvado. Mi padre tiene en su mirar sereno Reflejo fiel de su conciencia honrada; ¡Cuánto consejo cariñoso y bueno Sorprendo en el fulgor de su mirada! La nobleza del alma es su nobleza, La gloria del deber forma su gloria; Es pobre, pero encierra su pobreza La página más grande de su historia. Siendo el culto de mi alma su cariño, La suerte quiso que al honrar su nombre, Fuera el amor que me inspiró de niño La más sagrada inspiración del hombre. Quisiera el cielo que el canto que me inspira siempre sus ojos con amor lo vean, Y de todos los versos de mi lira Estos dignos de su nombre sean.
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Tengo una soledad tan concurrida tan llena de nostalgias y de rostros de vos de adioses hace tiempo y besos bienvenidos de primeras de cambio y de último vagón. Tengo una soledad tan concurrida que puedo organizarla como una procesión por colores tamaños y promesas por época por tacto y por sabor. Sin temblor de más me abrazo a tus ausencias que asisten y me asisten con mi rostro de vos. Estoy lleno de sombras de noches y deseos de risas y de alguna maldición. Mis huéspedes concurren concurren como sueños con sus rencores nuevos su falta de candor yo les pongo una escoba tras la puerta porque quiero estar solo con mi rostro de vos. Pero el rostro de vos mira a otra parte con sus ojos de amor que ya no aman como víveres que buscan su hambre miran y miran y apagan mi jornada. Las paredes se van queda la noche las nostalgias se van no queda nada. Ya mi rostro de vos cierra los ojos y es una soledad tan desolada.
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Rostro de vos
Volvieron a encontrarse después de muchos años; El, como si evocara tiempos dichosos, y ella Tal cual hilo de plata perdido en los castaños Cabellos, triste y pálida, mas como siempre bella. Como dos alas fueron de una ilusión amada, Pero después la vida los separó inclemente... Se levantan dos olas en una misma rada, Y van, con sus rumores, a playa diferente. Fue en verano, en el parque, frente al mar. La alameda De pinos, como entonces. En vagas lejanías Velas blancas; la tarde con suavidad de seda... Y en un banco sentáronse... el banco de otros días. (Sonaba un organillo bajo la doble fila De árboles rumorosos en vesperal concierto, Y entre el oro y las rosas de la rada tranquila Volaban las gaviotas en la quietud del puerto). «Me encontrarás cambiada», dijo triste. «Conmigo Dura ha sido la vida... muy dura. De nosotros Fue distinta la suerte, que es a veces castigo, Felicidad de unos, y lágrimas dé otros». Y continuó: «La mía... cual tantas... Ilusiones Con su coro de ensueños... tú sabes... sabes cuándo. Promesas, esperanzas, primeras emociones, Después... un alma sola que se quedó esperando». Y él dijo: «Si nacimos para sufrir, si en calma Solamente hay instantes en que el dolor se olvida, ¿Porqué en esos instantes no concentrar el alma Para que alumbren ellos las sombras de la vida?» «¿Recordar?» ella dijo. «¿Qué conseguir podremos De lo que ya no existe, de una ilusión borrada? Si los ojos cerramos, un paraíso vemos, Mas los ojos abrimos, y todo es sombra... y nada». (De nuevo el organillo se oyó. Vals de otros días Conocido por ambos).                                         Bajó los ojos ella, Y dijo melancólica: «Tus manos en las mías.... ¿Te acuerdas?   Una tarde... viéndonos una estrella». «¡Ya lo ves!   ¡El recuerdo!... Tú misma te desdices; Al pasado ¿tu alma no sientes atraída? Evocas lo lejano, dulces tiempos felices, ¡Y niegas que el recuerdo siempre será la vida!» (Sonaba el vals, sonaba, y en la tarde radiosa Iban, bajo los pinos, parejas enlazadas; Y ella y él, recordando su juventud dichosa, Como en risueños días, cruzaron las miradas). Y al separarse, él dijo: «Hay siempre nueva vida, Y el tronco guarda savia por más hojas que pierda». «Tal vez»… ella repuso, «más feliz quien olvida»... Y él dijo pensativo: «Dichoso el que recuerda».
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La romanza del vals
Volvieron a encontrarse después de muchos años; El, como si evocara tiempos dichosos, y ella Tal cual hilo de plata perdido en los castaños Cabellos, triste y pálida, mas como siempre bella. Como dos alas fueron de una ilusión amada, Pero después la vida los separó inclemente... Se levantan dos olas en una misma rada, Y van, con sus rumores, a playa diferente. Fue en verano, en el parque, frente al mar. La alameda De pinos, como entonces. En vagas lejanías Velas blancas; la tarde con suavidad de seda... Y en un banco sentáronse... el banco de otros días. (Sonaba un organillo bajo la doble fila De árboles rumorosos en vesperal concierto, Y entre el oro y las rosas de la rada tranquila Volaban las gaviotas en la quietud del puerto). «Me encontrarás cambiada», dijo triste. «Conmigo Dura ha sido la vida... muy dura. De nosotros Fue distinta la suerte, que es a veces castigo, Felicidad de unos, y lágrimas dé otros». Y continuó: «La mía... cual tantas... Ilusiones Con su coro de ensueños... tú sabes... sabes cuándo. Promesas, esperanzas, primeras emociones, Después... un alma sola que se quedó esperando». Y él dijo: «Si nacimos para sufrir, si en calma Solamente hay instantes en que el dolor se olvida, ¿Porqué en esos instantes no concentrar el alma Para que alumbren ellos las sombras de la vida?» «¿Recordar?» ella dijo. «¿Qué conseguir podremos De lo que ya no existe, de una ilusión borrada? Si los ojos cerramos, un paraíso vemos, Mas los ojos abrimos, y todo es sombra... y nada». (De nuevo el organillo se oyó. Vals de otros días Conocido por ambos).                                         Bajó los ojos ella, Y dijo melancólica: «Tus manos en las mías.... ¿Te acuerdas?   Una tarde... viéndonos una estrella». «¡Ya lo ves!   ¡El recuerdo!... Tú misma te desdices; Al pasado ¿tu alma no sientes atraída? Evocas lo lejano, dulces tiempos felices, ¡Y niegas que el recuerdo siempre será la vida!» (Sonaba el vals, sonaba, y en la tarde radiosa Iban, bajo los pinos, parejas enlazadas; Y ella y él, recordando su juventud dichosa, Como en risueños días, cruzaron las miradas). Y al separarse, él dijo: «Hay siempre nueva vida, Y el tronco guarda savia por más hojas que pierda». «Tal vez»… ella repuso, «más feliz quien olvida»... Y él dijo pensativo: «Dichoso el que recuerda».
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Mi alma sueña... Ven. Y como entonces, La mano tuya entre mi mano trémula, Vamos en busca de silencio y sombra. En la noche de abril, de aromas llena, Ni una palabra nos diremos. Sólo Se oirá la brisa en el boscaje. Envuelta En mi ***** rebozo de española, La faz donde el dolor dejó su huella, No verás las arrugas de mi frente Ni mis cabellos grises... ¡Alma, sueña! Con luz de juventud los ojos míos Brillarán nuevamente en las tinieblas, y mi alma por ellos (¡Ojos míos, Ojos que tantas esperanz.as muertas Llorasteis en la vida!) para verte, Cerca de mí, se asomará risueña. Y ambos evocaremos en la calma De esta noche de tibia primavera, Los éxtasis pasados, nuestros sueños, Y de un eterno amor nuestras promesas; Y dulcemente sentiremos ambos, Entre hálitos de rosas y violetas, Que invade nuestras almas un anhelo De oración, a la luz de las estrellas. ¡Oh, qué dulce vagar en clara noche Respirando el olor de las primeras Rosas, en tanto que estridente vibra El canto de los grillos en la yerba! ... ¡Oh, callados vagar entre los árboles Con las manos unidas, y muy cerca, En el hondo silencio de las cosas Que bajo el manto de la noche sueñan, Mientras recuerdos de un amor lejano Entre las sombras fúlgidos despiertan, Y del alma agostada van surgiendo, Cual onda viva de una roca seca! ¡Di! ¿No creíste que el amor ya muerto Volvería a surgir a vida nueva?... ¡Que la embriaguez de los pasados días Un instante a sentir el alma vuelva, y que un instante bienhechor de olvido Sobre la angustia de mi vida venga, Para que una esperanza me sonría, Y destelle una luz en mi tristeza! ¡Oh, que en ímpetu ardiente, y a mi lado, Mi corazón de nuevo se estremezca, Y cante a Dios agradecida el alma, Que ante el conjuro de tu amor despierta, A Dios, que dio la juventud al hombre, Y a los campos les dio la primavera! El viento, que los álamos agita, Pasa aromado con olor de selva... Anochece. Las sombras en los campos Extendiéndose van, y en la serena Quietud, de pronto escuchase una nota Que surge clara de la fronda trémula, Y luego rompe en rítmicos gorjeos, En frenesí de gozo, que en la tierra Nunca nosotros conocimos, hechos De fango de mentira y de tristeza... La noche escucha en éxtasis el canto, Mientras el alma solitaria sueña.
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Mi alma sueña...
Mi alma sueña... Ven. Y como entonces, La mano tuya entre mi mano trémula, Vamos en busca de silencio y sombra. En la noche de abril, de aromas llena, Ni una palabra nos diremos. Sólo Se oirá la brisa en el boscaje. Envuelta En mi ***** rebozo de española, La faz donde el dolor dejó su huella, No verás las arrugas de mi frente Ni mis cabellos grises... ¡Alma, sueña! Con luz de juventud los ojos míos Brillarán nuevamente en las tinieblas, y mi alma por ellos (¡Ojos míos, Ojos que tantas esperanz.as muertas Llorasteis en la vida!) para verte, Cerca de mí, se asomará risueña. Y ambos evocaremos en la calma De esta noche de tibia primavera, Los éxtasis pasados, nuestros sueños, Y de un eterno amor nuestras promesas; Y dulcemente sentiremos ambos, Entre hálitos de rosas y violetas, Que invade nuestras almas un anhelo De oración, a la luz de las estrellas. ¡Oh, qué dulce vagar en clara noche Respirando el olor de las primeras Rosas, en tanto que estridente vibra El canto de los grillos en la yerba! ... ¡Oh, callados vagar entre los árboles Con las manos unidas, y muy cerca, En el hondo silencio de las cosas Que bajo el manto de la noche sueñan, Mientras recuerdos de un amor lejano Entre las sombras fúlgidos despiertan, Y del alma agostada van surgiendo, Cual onda viva de una roca seca! ¡Di! ¿No creíste que el amor ya muerto Volvería a surgir a vida nueva?... ¡Que la embriaguez de los pasados días Un instante a sentir el alma vuelva, y que un instante bienhechor de olvido Sobre la angustia de mi vida venga, Para que una esperanza me sonría, Y destelle una luz en mi tristeza! ¡Oh, que en ímpetu ardiente, y a mi lado, Mi corazón de nuevo se estremezca, Y cante a Dios agradecida el alma, Que ante el conjuro de tu amor despierta, A Dios, que dio la juventud al hombre, Y a los campos les dio la primavera! El viento, que los álamos agita, Pasa aromado con olor de selva... Anochece. Las sombras en los campos Extendiéndose van, y en la serena Quietud, de pronto escuchase una nota Que surge clara de la fronda trémula, Y luego rompe en rítmicos gorjeos, En frenesí de gozo, que en la tierra Nunca nosotros conocimos, hechos De fango de mentira y de tristeza... La noche escucha en éxtasis el canto, Mientras el alma solitaria sueña.
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Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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Casi égloga
Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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Golpean martillos allá arriba       voces pulverizadas Desde la ***** de la tarde bajan       verticalmente los albañiles Estamos entre azul y buenas noches       aquí comienzan los baldíos Un charco anémico de pronto llamea       la sombra de un colibrí lo incendia Al llegar a las primeras casas       el verano se oxida Alguien ha cerrado la puerta alguien       habla con su sombra Pardea ya no hay nadie en la calle       ni siquiera este perro asustado de andar solo por ella       Da miedo cerrar los ojos
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Por la calle de galeana
De pobres techos pajizos Ya Santa Fe no es aldea. Ya las primeras mujeres Llegaron de hispana tierra, Con ellas el trigo.                                     Elvira Gutiérrez! Tus manos bellas Que en Sevilla antes bordaban Lienzos para las iglesias, Aquí el primer pan hicieron Que lució en humildes mesas De bravos cuyo descanso Era vigilar y guerra. Todo ha cambiado. Campiñas Cercanas ya son dehesas. El trigo en espigas blondas Al lado del Funza ondea. Toros, vacas y caballos Pastan con cabras y ovejas, Y en torno de los bohíos Los indios en vez de flechas La esteva de los arados Tras de tardos bueyes llevan. Vegas que el río inundaba Ya son verdes sementeras, Y conduciendo rediles El cuerno en las tardes suena, Mientras que toque de esquila, Lentamente entre la niebla, Se oye en «El Humilladero» Sobre inclinadas cabezas. En vez de chozas se alzan, Con piedras llenando grietas, Junto a espadañas humildes Casas de tapia y de teja; Y ojos negros y radiantes Asoman detrás de rejas -Con monogramas de hierro, Muy altas y sin vidrieras- Esperando la sonrisa Y la gentil reverencia De segundones hispanos Que a esta altiplanicie llegan Con blasón y con espada Y con sonantes espuelas, Y con la bolsa vacía Pero con el alma llena De esperanzas en los cofres De ricas encomenderas. Aquiminzaque ya ha muerto En carnicería horrenda De caciques.                             En la plaza Sus brazos la horca eleva; Por las calles, entre júbilo, El Sello Real la Audiencia Condujo en caballo blanco Sobre gualdrapa de seda, Los oidores yendo en torno En el brazo la rodela, Y acero en alto. En regiones Apartadas sangre riega La codicia. Tiende en brazos, Que sayal de tosca tela Encubren, el crucifijo Pidiendo amor y clemencia, Pero en vano: todo cae Cual muros ante piquetas.
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Santa fe
De pobres techos pajizos Ya Santa Fe no es aldea. Ya las primeras mujeres Llegaron de hispana tierra, Con ellas el trigo.                                     Elvira Gutiérrez! Tus manos bellas Que en Sevilla antes bordaban Lienzos para las iglesias, Aquí el primer pan hicieron Que lució en humildes mesas De bravos cuyo descanso Era vigilar y guerra. Todo ha cambiado. Campiñas Cercanas ya son dehesas. El trigo en espigas blondas Al lado del Funza ondea. Toros, vacas y caballos Pastan con cabras y ovejas, Y en torno de los bohíos Los indios en vez de flechas La esteva de los arados Tras de tardos bueyes llevan. Vegas que el río inundaba Ya son verdes sementeras, Y conduciendo rediles El cuerno en las tardes suena, Mientras que toque de esquila, Lentamente entre la niebla, Se oye en «El Humilladero» Sobre inclinadas cabezas. En vez de chozas se alzan, Con piedras llenando grietas, Junto a espadañas humildes Casas de tapia y de teja; Y ojos negros y radiantes Asoman detrás de rejas -Con monogramas de hierro, Muy altas y sin vidrieras- Esperando la sonrisa Y la gentil reverencia De segundones hispanos Que a esta altiplanicie llegan Con blasón y con espada Y con sonantes espuelas, Y con la bolsa vacía Pero con el alma llena De esperanzas en los cofres De ricas encomenderas. Aquiminzaque ya ha muerto En carnicería horrenda De caciques.                             En la plaza Sus brazos la horca eleva; Por las calles, entre júbilo, El Sello Real la Audiencia Condujo en caballo blanco Sobre gualdrapa de seda, Los oidores yendo en torno En el brazo la rodela, Y acero en alto. En regiones Apartadas sangre riega La codicia. Tiende en brazos, Que sayal de tosca tela Encubren, el crucifijo Pidiendo amor y clemencia, Pero en vano: todo cae Cual muros ante piquetas.
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Como ella era cristiana; como la nívea frente Negose ante los Ídolos a inclinar reverente; Como olvidar no quiso sus creencias primeras, El Pretor dio la orden de entregarla a las fieras. y como ante los ojos impuros del Pretor Sus mejillas de virgen tiñéronse en rubor, Para hacer la sentencia más inhumana y ruda, Ordenó que al suplicio la llevaran desnuda. Desnuda, y con la blonda cabellera cubriendo El seno, baja al circo. De su cubil, rugiendo, Un *** salta rápido, y avanza por la arena Hacia la casta virgen, blanca como azucena... y ve el pueblo con júbilo temblar como una hoja. Toda aquella blancura junto a la jeta roja. Aprieta sobre el seno la blonda cabellera, y tranquila, el zarpazo que ha de matarla espera. El circo estremecerse de gozo parecía, y en tanto que la fiera la enorme boca abría. *** dijo la virgen. Entonces, suavemente, Se le vio que en el polvo doblegaba la frente, Mientras ella, temblando, se postraba de hinojos... y al mirarla desnuda cerró el *** los ojos.
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El ***
Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos. Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago. Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes que olean como el mar a la orilla de un faro. Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía, de tu mirada emerge a veces la costa del espanto. Inclinado en las tardes echo mis tristes redes a ese mar que sacude tus ojos oceánicos. Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como mi alma cuando te amo. Galopa la noche en su yegua sombría desparramando espigas azules sobre el campo.
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Poema 7
¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! ¡Si después de las alas de los pájaros, no sobrevive el pájaro parado! ¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos! ¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte! ¡Levantarse del cielo hacia la tierra por sus propios desastres y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla! ¡Más valdría, francamente,  que se lo coman todo y qué más da...! ¡Y si después de tanta historia, sucumbimos, no ya de eternidad, sino de esas cosas sencillas, como estar en la casa o ponerse a cavilar! ¡Y si luego encontramos, de buenas a primeras, que vivimos, a juzgar por la altura de los astros, por el peine y las manchas del pañuelo! ¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo, desde luego! Se dirá que tenemos en uno de los ojos mucha pena y también en el otro, mucha pena y en los dos, cuando miran, mucha pena... Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!
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Y si después de tántas palabras...
Como tantas cosas lejanas que se acercan sin un rumor, llegaron las primeras canas y quizás el último amor. El amor que pasó deprisa, y el que nunca llegó a pasar, entristecieron mi sonrisa igual que un ciego frente al mar. Yo sonaba con un cariño que acaso tuve y se me fue, y me eché a llorar como un niño que llora sin saber por qué. Hoy asoman rostros extraños sobriamente frente a mí: Hoy llegan los años huraños diciéndome: «Estamos aquí». Y he de morir soñando cosas que deseé y no conseguí... Y seguirán naciendo rosas, pero no serán para mí. Yo buscaba las cosas bellas sin importarme en qué lugar. Y otros mirarán las estrellas que yo no volveré a mirar. Y nombrar lo que no se nombra -un gran silencio y una cruz-, y penetrar en esa sombra, yo, que he amado tanto la luz. Tanto sueños que ya se han ido y que jamás han de volver... Empezar a morir de olvido, ¡oh, noche sin amanecer! Apasionadas noches locas, indeciblemente sin par... Pero otros besarán las bocas que yo dejaré de besar. Agridulce sabor del beso, áurea isla sin latitud: Aunque sólo sea por eso, no te me vayas, ¡Juventud! No te me vayas todavía, porque no me quiero quedar triste de ensueño y de armonía, igual que un ciego frente al mar.
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Lamentaciones de otoño
Tengo que hablaros de ella. Suscita fuentes en el día, puebla de mármoles la noche. La huella de su pie es el centro visible de la tierra, la frontera del mundo, sitio sutil, encadenado y libre; discípula de pájaros y nubes hace girar al cielo; su voz, alba terrestre, nos anuncia el rescate de las aguas, el regreso del fuego, la vuelta de la espiga, las primeras palabras de los árboles, la blanca monarquía de las alas. No vio nacer al mundo, mas se enciende su sangre cada noche con la sangre nocturna de las cosas y en su latir reanuda el son de las mareas que alzan las orillas del planeta, un pasado de agua y de silencio y las primeras formas de la materia fértil. Tengo que hablaros de ella, de su fresca costumbre de ser simple tormenta, rama tierna.
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Ii
En todas las eternidades que a nuestro mundo precedieron, ¿cómo negar que ya existieron planetas con humanidades; y hubo Homeros que describieron las primeras heroicidades, y hubo Shakespeares que ahondar supieron del alma en las profundidades? Serpiente que muerdes tu cola, inflexible círculo, bola negra que giras sin cesar, refrán monótono del mismo canto, marea del abismo, ¿sois cuento de nunca acabar?...
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Kalpa
Inclinado en una tarde sombría, Entre tinieblas y la falta de calor, Te solté como un pájaro nocturno Y te vi volar entre las primeras Estrellas que centellan tú llegada Como mi alma cuando la tocastes Por primate vez Amor mío. Y aunque fui yo quien te solté, Eh ido marcando con antorchas Tu llegada inesperada. Tengo historias que contarte, Comida para enseñarte, Besos que regalarte, Callados, delirantes Se pierden en este pueblo En donde te amaba. Oh mi vida, Entre el silencio que me arropa Y la voz algo se va muriendo, Algo de angustia y olvido, Algo entre las nubes y las estrellas, Algo como la caída de un árbol. Sin embargo, mis cuerdas vocales Se bañan entren estas palabras fugaces, Algo canta entre señales de humo, Gritar, cantar, huir entre hojas Marchitas del invierno. Tú estás aquí, tú no huyes, Tú me responderás hasta el último grito, Sin embargo, alguna vez vi como corría La tristeza debajo de las olas de tus ojos, Y mi todo, apenas quedan gotas temblando. Y triste y fuerte amor mío, Que haces de repente que no llegas?
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Dec 3, 2023
Dec 3, 2023 at 10:30 AM UTC
En una tarde de Julio
Con menta y con llantén llega el Otoño, nuestro Otoño del Sur: verdes limones, gravidez del naranjo, Abril bisoño, últimas uvas dándose encontrones con las primeras, agrias mandarinas. La chaqueta de tweed cobra derecho de maternal auxilio, en las esquinas donde el picante viento está en acecho, y retorna la cálida dulzura de la casa abrigada, la ternura del fuego, de la manta bien tejida, el amor de los seres que guardamos, y la vigencia de los duendes, amos de las menudas gracias de la vida.
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Otoño del sur