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"plantas" poems
Piano llorón de Genoveva, doliente piano que en tus teclas resumes de la vida el arcano; piano llorón, tus teclas son blancas y son negras, como mis días negros, como mis blancas horas; piano de Genoveva que en la alta noche lloras, que hace muchos inviernos crueles que no te alegras, tu música es historia de poéticos males: habla de encantamientos y de princesas reales, de los pequeños novios que por robar los nidos una tarde nublada se quedaron perdidos en el bosque; y nos cuenta de la niña agraciada que recibió regalos de sus once madrinas, que no invitó a la otra a sus bodas divinas y que sufrió por ello los enojos del hada. Me pareces, oh piano, por tu voz lastimera, una caja de lágrimas, y tu oscura madera me evoca la visita del primer ataúd que recibí en mi casa en plena juventud. Piano de Genoveva, te amo por indiscreto; de tu alma a todo el mundo revelas el secreto; cuentas, uno por uno, todos tus desengaños. Piano llorón, la hermosa más hermosa del valle se nos ha vuelto triste por que tiene treinta años y no hay por todo el pueblo quien ronde por su calle. Genoveva, regálame tu amor crepuscular: esos dulces treinta años yo los puedo adorar. ¡Ruégala tú que al menos, pobre piano llorón, con sus plantas minúsculas me pise el corazón!
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El piano de genoveva
Setenta balcones hay en esta casa, setenta balcones y ninguna flor. ¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa? ¿Odian el perfume, odian el color? La piedra desnuda de tristeza agobia, ¡Dan una tristeza los negros balcones! ¿No hay en esta casa una niña novia? ¿No hay algún poeta bobo de ilusiones? ¿Ninguno desea ver tras los cristales una diminuta copia de jardín? ¿En la piedra blanca trepar los rosales, en los hierros negros abrirse un jazmín? Si no aman las plantas no amarán el ave, no sabrán de música, de rimas, de amor. Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave... ¡Setenta balcones y ninguna flor!
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Setenta balcones y ninguna flor
Deus meu me incitas, Louvor de quem felicitas. As plantas, o mar, a terra, o homem sempre só. Sentimentos de amor. piedade e dó. Deus terno me envolves, Problemas tu resolves. As constelações, o ressuscitar de novo, Apagas o lume sem ver o fogo. Deus nosso lunar, Verbo conjugado ...amar! As dunas com ou sem areia, Sentir o amor pela sereia. Deus homem, Deus menino! A vida é como um hino... Deus meu Deus da vida e dos amores, Mares, terra e lindas flores. Victor Marques
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Dec 12, 2009
Dec 12, 2009 at 6:46 AM UTC
Meu Deus....
Busco lugares de tierras negras y frescas Donde plantar mis pies Echar profundas raíces que incluso tormentas no puedan lograr desprender. Pero mis plantas no son para hacer raíces Estas tierras no son fértiles y aquí apenas llueve.
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Apr 10, 2015
Apr 10, 2015 at 6:18 PM UTC
Fértil
Amo las cosas loca, locamente. Me gustan las tenazas, las tijeras, adoro las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto, del sombrero. Amo todas las cosas, no sólo las supremas, sino las infinita- mente chicas, el dedal, las espuelas, los platos, los floreros. Ay, alma mía, hermoso es el planeta, lleno de pipas por la mano conducidas en el humo, de llaves, de saleros, en fin, todo lo que se hizo por la mano del hombre, toda cosa; las curvas del zapato, el tejido, el nuevo nacimiento del oro sin la sangre, los anteojos, los clavos, las escobas, los relojes, las brújulas, las monedas, la suave suavidad de las sillas. Ay cuántas cosas puras ha construido el hombre: de lana, de madera, de cristal, de cordeles, mesas maravillosas, navíos, escaleras. Amo todas las cosas, un porque sean ardientes o fragantes, sino porque no sé, porque este océano es el tuyo, es el mío: los botones, las ruedas, los pequeños tesoros olvidados, los abanicos en cuyos plumajes desvaneció el amor sus azahares, las copas, los cuchillos, las tijeras, todo tiene en el mango, en el contorno, la huella de unos dedos, de una remota mano perdida en lo más olvidado del olvido. Yo voy por casas, calles, ascensores, tocando cosas, divisando objetos que en secreto ambiciono: uno porque repica, otro porque es tan suave como la suavidad de una cadera, otro por su color de agua profunda, otro por su espesor de terciopelo. Oh río irrevocable de las cosas, no se dirá que sólo amé los peces, o las plantas de selva y de pradera, que no sólo amé lo que salta, sube, sobrevive, suspira. No es verdad: muchas cosas me lo dijeron todo. No sólo me tocaron o las tocó mi mano, sino que acompañaron de tal modo mi existencia que conmigo existieron y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.
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Oda a las cosas
Amo las cosas loca, locamente. Me gustan las tenazas, las tijeras, adoro las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto, del sombrero. Amo todas las cosas, no sólo las supremas, sino las infinita- mente chicas, el dedal, las espuelas, los platos, los floreros. Ay, alma mía, hermoso es el planeta, lleno de pipas por la mano conducidas en el humo, de llaves, de saleros, en fin, todo lo que se hizo por la mano del hombre, toda cosa; las curvas del zapato, el tejido, el nuevo nacimiento del oro sin la sangre, los anteojos, los clavos, las escobas, los relojes, las brújulas, las monedas, la suave suavidad de las sillas. Ay cuántas cosas puras ha construido el hombre: de lana, de madera, de cristal, de cordeles, mesas maravillosas, navíos, escaleras. Amo todas las cosas, un porque sean ardientes o fragantes, sino porque no sé, porque este océano es el tuyo, es el mío: los botones, las ruedas, los pequeños tesoros olvidados, los abanicos en cuyos plumajes desvaneció el amor sus azahares, las copas, los cuchillos, las tijeras, todo tiene en el mango, en el contorno, la huella de unos dedos, de una remota mano perdida en lo más olvidado del olvido. Yo voy por casas, calles, ascensores, tocando cosas, divisando objetos que en secreto ambiciono: uno porque repica, otro porque es tan suave como la suavidad de una cadera, otro por su color de agua profunda, otro por su espesor de terciopelo. Oh río irrevocable de las cosas, no se dirá que sólo amé los peces, o las plantas de selva y de pradera, que no sólo amé lo que salta, sube, sobrevive, suspira. No es verdad: muchas cosas me lo dijeron todo. No sólo me tocaron o las tocó mi mano, sino que acompañaron de tal modo mi existencia que conmigo existieron y fueron para mí tan existentes que vivieron conmigo media vida y morirán conmigo media muerte.
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As aldeias Outrora as plantas eram verdes e singulares, Aldeias dispersas expostas ao luar, Pelourinhos estranhamente nus, Candeias e pouca luz. Cavalos, burros com albardas e ferraduras, Charruas, enxadas e portas sem fechaduras. Cabras, ovelhas, cães e as alcateias, Galinhas e galos  passeiam nas aldeias. Tantas Igrejas do tempo do Marques de Pombal, Se expõem e embelezam Portugal. As fontes são antigas com água para beber, Ribeiro que corre por correr… O xisto e o granito ficam imortalizados, Exaltam o trabalho de nossos antepassados. Aldeias lindas que enchem livros nunca lidos, Aldeias dos amores e dos amigos… Victor
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Oct 7, 2013
Oct 7, 2013 at 3:07 AM UTC
As aldeias
Tengo tu mismo color Y tu misma procedencia. Somos aroma y esencia Y amargo es nuestro sabor. Tú viajaste a Nueva York Con visa en Bab-el-Mandeb, Yo mi Trópico crucé De Abisinia a las Antillas. Soy como ustedes semillas. Son un grano de café. En los tiempos coloniales Tú me viste en la espesura Con mi liana a la cintura Y mis abóreos timbales. Compañero de mis males, Yo mismo te trasplanté. Surgiste y yo progresé: En los mejores hoteles Te dijeron ¡qué bien hueles! Y yo asentí "¡uí, mesié!". Tú: de porcelana fina, Cigarro puro y cognac. Yo de smoking, yo de frac, Yo recibiendo propina. Tú a la Bolsa, yo a la ruina; Tú subiste, yo bajé... En los muelles te encontré, Vi que te echaban al mar Y ni lo pude evitar Ni a las aguas me arrojé. Y conocimos al Peón Con su "café carretero", Y hablando con el Obrero Recorrimos la nación. Se habló de revolución Entre sorbos de café: Cogí el machete... dudé, ¡Tú me infundiste valor Y a sangre y fuego y sudor Mi libertad conquisté...! Después vimos al Poeta: Lejano, meditabundo, Queriendo arreglar el mundo Con una sola cuarteta. Yo, convertido en peseta, Hasta sus plantas rodé: ¡Qué ojos los que iluminé, Que trilogía formamos Los pobres que limosneamos El Poeta y su café...! Tengo tu mismo color Y tu misma procedencia, Somos aroma y esencia Y amargo es nuestro sabor... ¡Vamos hermanos, valor, El café nos pide fe; Y Changó y Ochún y Agué Piden un grito que vibre Por nuestra América Libre, Libre como su café!
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El café
Tengo tu mismo color Y tu misma procedencia. Somos aroma y esencia Y amargo es nuestro sabor. Tú viajaste a Nueva York Con visa en Bab-el-Mandeb, Yo mi Trópico crucé De Abisinia a las Antillas. Soy como ustedes semillas. Son un grano de café. En los tiempos coloniales Tú me viste en la espesura Con mi liana a la cintura Y mis abóreos timbales. Compañero de mis males, Yo mismo te trasplanté. Surgiste y yo progresé: En los mejores hoteles Te dijeron ¡qué bien hueles! Y yo asentí "¡uí, mesié!". Tú: de porcelana fina, Cigarro puro y cognac. Yo de smoking, yo de frac, Yo recibiendo propina. Tú a la Bolsa, yo a la ruina; Tú subiste, yo bajé... En los muelles te encontré, Vi que te echaban al mar Y ni lo pude evitar Ni a las aguas me arrojé. Y conocimos al Peón Con su "café carretero", Y hablando con el Obrero Recorrimos la nación. Se habló de revolución Entre sorbos de café: Cogí el machete... dudé, ¡Tú me infundiste valor Y a sangre y fuego y sudor Mi libertad conquisté...! Después vimos al Poeta: Lejano, meditabundo, Queriendo arreglar el mundo Con una sola cuarteta. Yo, convertido en peseta, Hasta sus plantas rodé: ¡Qué ojos los que iluminé, Que trilogía formamos Los pobres que limosneamos El Poeta y su café...! Tengo tu mismo color Y tu misma procedencia, Somos aroma y esencia Y amargo es nuestro sabor... ¡Vamos hermanos, valor, El café nos pide fe; Y Changó y Ochún y Agué Piden un grito que vibre Por nuestra América Libre, Libre como su café!
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Ontem descia a colina, pelos caminhos da natureza, Foi quem sabe o seu trilho, que me mostrou a beleza, Desde as plantas, ao ar que lá respirei, me maravilhei, Foi nessa viagem que descobri, que ali tudo eu farei! O cheiro a vida e os animais descascados de preconceitos, A paz que se sentia entrar nos seus ninhos, eram preceitos, De cores de luz ardente, onde o sol encoberto de folhas, Mostrava atos ou sentimentos que são nossas escolhas! Não escolho de quem posso gostar, mas escolho preservar, Não luto pelo amor, se não o posso cultivar, porque não ó é, Mas se eu escolher amar entre as folhas eu vou me mostrar, E se estiver por trás delas, alguém, também deixo brilhar. Pois é! É umas mistura de sons e tons, numa bebida alcoólica, Sente-se os cheiros e sabores, escorrendo pela goela, Percorrem-se os melhores encontros, gente acolita, Se não são seus valores, nem são dele, nem são dela! Porém, esta minha caminhada, vale escuro abaixo, Que entre o brilho da estrela do dia mais claro, Se perdi, porque vi, o que não guardei e encaixo, E já vale adentro, hoje teu abraço é o meu amparo! Autor: António Benigno Código do texto: 2013.07.21.02.07
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Aug 31, 2013
Aug 31, 2013 at 5:09 AM UTC
Vale de segredos
Y te di el olor De todas mis dalias y nardos en flor.               Y te di el tesoro, De las ondas minas de mis sueños de oro.               Y te di la miel, Del panal moreno que finge mi piel.               ¡Y todo te di! Y como una fuente generosa y viva para tu alma fui.               Y tú, dios de piedra Entre cuyas manos ni la yedra medra;               Y tú, dios de hierro, Ante cuyas plantas velé como un perro, Desdeñaste el oro, la miel y el olor. ¡Y ahora retornas, mendigo de amor, A buscar las dalias, a implorar el oro, A pedir de nuevo todo aquel tesoro!               Oye, pordiosero: Ahora que tú quieres es que yo no quiero.               Si el rosal florece, Es ya para otro que en capullos crece.               Vete, dios de piedra, Sin fuentes, sin dalias, sin mieles, sin yedra.               Igual que una estatua, A quien Dios bajara del plinto, por fatua.               ¡Vete, dios de hierro, Que junto a otras plantas se ha tendido el perro!
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Implacable
Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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Oda a la flor azul
Caminando hacia el mar en la pradera -es hoy noviembre-, todo ha nacido ya, todo tiene estatura, ondulación, fragancia. Hierba a hierba entenderé la tierra, paso a paso hasta la línea loca del océano. De pronto una ola de aire agita y ondula la cebada salvaje: salta el vuelo de un pájaro desde mis pies, el suelo lleno de hilos de oro, de pétalos sin nombre, brilla de pronto como rosa verde, se enreda con ortigas que revelan su coral enemigo, esbeltos tallos, zarzas estrelladas, diferencia infinita de cada vegetal que me saluda a veces con un rápido centelleo de espinas o con la pulsación de su perfume fresco, fino y amargo. Andando a las espumas del Pacífico con torpe paso por la baja hierba de la primavera escondida, parece que antes de que la tierra se termine cien metros antes del más grande océano todo se hizo delirio, germinación y canto. Las minúsculas hierbas se coronaron de oro, las plantas de la arena dieron rayos morados y a cada pequeña hoja de olvido llegó una dirección de luna o fuego. Cerca del mar, andando, en el mes de noviembre, entre los matorrales que reciben luz, fuego y sal marinas hallé una flor azul nacida en la durísima pradera. De dónde, de qué fondo tu rayo azul extraes? Tu seda temblorosa debajo de la tierra se comunica con el mar profundo? La levanté en mis manos y la miré como si el mar viviera en una sola gota, como si en el combate de la tierra y las aguas una flor levantara un pequeño estandarte de fuego azul, de paz irresistible, de indómita pureza.
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Luciré para Tilia, en la tragedia mis estrofas en ópimos racimos; sangrará cada fruta melodiosa, como un sol funeral, lúgubres vinos, Tilia tendrá la cruz que en la hora final será de luz! Prenderé para Tilia, en la tragedia, la gota de fragor que hay en mis labios; y el labio al encresparse para el beso, se partirá en cien pétalos sagrados. Tilia tendrá el puñal, el puñal floricida y auroral! Ya en la sombra, heroína, intacta y mártir, tendrás bajo tus plantas a la Vida; mientras veles, rezando mis estrofas, mi testa, como una hostia en sangre tinta! Y en un lirio, voraz, mi sangre, como un virus, beberás!
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Ascuas
Cuando el agua esperábamos ansiosos, una nube de polvo cubrió el cielo. Fue Inútil cerrar puertas y ventanas: nos invadió los hondos aposentos, cubrió maderas, apagó cristales, cayó sobre mis libros y cuadernos, fue crujido gris entre los dientes y ceniza fugaz en los cabellos. El limpio patio se llenó de tierra, de hojas, de plumas, de papeles viejos, cantaron el vuelo unas palomas y se encrespó ruidoso el gallinero. ¡Qué lástima me dio la madreselva zarandeada, rota, por el viento, y mi sillón de voluptuosos mimbres derribado de bruces en el suelo! Pero brilló un relámpago de pronto, estalló un largo trueno, y veraniegas, numulares gotas se abrieron paso por el sucio velo. Y en seguida la lluvia empezó a resonar sobre los techos. Fue entonces un cerrar y abrir de puertas, un respirar con los pulmones plenos, un poner tinas bajo de los caños que un chorro daban argentino y trémulo, sacar las plantas de los corredores, diosmas, jazmines, tímidos helechos, y un gozo de cepillos y de escobas guiando las aguas hacia el sumidero. Igual cosa que hacían los de al lado, y los de enfrente, y casi todo el pueblo. Ahora todo es frescura y poderío, el mármol brilla, el bronce echa reflejos, los mosaicos parecen de oro puro, el paraíso tiene un verde nuevo, y en el umbral sentado de mi casa miro sencillamente el universo.
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Tormenta
Los dioses moriran, lo dijo un viejo sabio, con un tono de agravio y un poco de ansiedad los dioses moriran, porque no hay sacrificio, y solo por beneficio se mueve en sociedad los dioses moriran, y sus conocimientos, sus treintamil ascentos y su conformidad los dioses moriran, un tanto por olvido, el otro por descuido de la ingrata humanidad, los dioses moriran, que dioses tan humanos, quizas algo mundanos, y un poco de maldad los dioses moriran, entre piedras del rio, escencia de rocio y fragancia floral los dioses moriran, cantaran los ateos, suplicandole al cielo que vuelvan a brillar, las estrellas del cielo, el sol y su cautelo, la luna y su desvelo, las corrientes del mar, lo alto de la montana, el verde de las plantas, pero sera muy tarde los dioses moriran.
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Jun 15, 2015
Jun 15, 2015 at 6:09 PM UTC
los dioses moriran
¡Pradera, feliz día! Del regio Buenos Aires quedaron allá lejos el fuego y el hervor; hoy en tu verde triunfo tendrán mis sueños vida, respiraré tu aliento, me bañaré en tu sol.Muy buenos días, huerto. Saludo la frescura que brota de las ramas de tu durazno en flor; formada de rosales, tu calle de Florida mira pasar la Gloria, la Banca y el Sport.Un pájaro poeta rumia en su buche versos; chismoso y petulante, charlando va un gorrión; las plantas trepadoras conversan de política; las rosas y los lirios del arte y del amor.Rigiendo su cuadriga de mágicas libélulas, de sueños millonarios, pasa el travieso Puck; y, espléndida sportwoman, en su celeste carro, la emperatriz Titania seguida de Oberón.De noche, cuando muestra su medio anillo de oro bajo el azul tranquilo, la amada de Pierrot, es una fiesta pálida la que en el huerto reina, toca en la lira el aire su do-re-mi-fa-sol.Curiosas las violetas a su balcón se asoman. Y una suspira: «¡lástima que falte el ruiseñor!» Los silfos acompasan la danza de las brisas en un walpurgis vago de aromas y de visión.De pronto se oye el eco del grito de la pampa; brilla como una puesta del argentino sol; y un espectral jinete como una sombra cruza, sobre su espalda un poncho; sobre su faz, dolor.-¿Quién eres, solitario viajero de la noche? -Yo soy la Poesía que un tiempo aquí reinó: Yo soy el primer gaucho que parte para siempre, de nuestra vieja patria llevando el corazón.
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Del campo
Innecesario, viéndome en los espejos, con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles, arranco de mi corazón al capitán del infierno, establezco cláusulas indefinidamente tristes. Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones, converso con los sastres en sus nidos: ellos, a menudo, con voz fatal y fría, cantan y hacen huir los maleficios. Hay un país extenso en el cielo con las supersticiosas alfombras del arco-iris y con vegetaciones vesperales: hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga, pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos, yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa. Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes, vestido como un ser original y abatido: amo la miel gastada del respeto, el dulce catecismo entre cuyas hojas duermen violetas envejecidas, desvanecidas, y las escobas, conmovedoras de auxilio, en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza. Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora: yo rompo extremos queridos: y aún mas, aguardo el tiempo uniforme, sin medida: un sabor que tengo en el alma me deprime. Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche, compacta, digital, me favorece! He oído relinchar su rojo caballo desnudo, sin herraduras y radiante. Atravieso con él sobre las iglesias, galopo los cuarteles desiertos de soldados y un ejército impuro me persigue. Sus ojos de eucaliptus roban sombra, su cuerpo de campana galopa y golpea. Yo necesito un relámpago de fulgor persistente, un deudo festival que asuma mis herencias.
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Caballo de los sueños
Innecesario, viéndome en los espejos, con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles, arranco de mi corazón al capitán del infierno, establezco cláusulas indefinidamente tristes. Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones, converso con los sastres en sus nidos: ellos, a menudo, con voz fatal y fría, cantan y hacen huir los maleficios. Hay un país extenso en el cielo con las supersticiosas alfombras del arco-iris y con vegetaciones vesperales: hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga, pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos, yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa. Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes, vestido como un ser original y abatido: amo la miel gastada del respeto, el dulce catecismo entre cuyas hojas duermen violetas envejecidas, desvanecidas, y las escobas, conmovedoras de auxilio, en su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza. Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora: yo rompo extremos queridos: y aún mas, aguardo el tiempo uniforme, sin medida: un sabor que tengo en el alma me deprime. Qué día ha sobrevenido! Qué espesa luz de leche, compacta, digital, me favorece! He oído relinchar su rojo caballo desnudo, sin herraduras y radiante. Atravieso con él sobre las iglesias, galopo los cuarteles desiertos de soldados y un ejército impuro me persigue. Sus ojos de eucaliptus roban sombra, su cuerpo de campana galopa y golpea. Yo necesito un relámpago de fulgor persistente, un deudo festival que asuma mis herencias.
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O oceano almeja pelo brilho do luar, o qual a estrela mais linda e brilhante a presenteia, as plantas necessitam da incandescente luz do sol, e os humanos se aquecem, com o fogo que os incendeia. A bela menina do vestido preto, corre por entre as ruas atrás de seu príncipe perfeito, e o gentil homem de coração aberto, derrama lágrimas por seu amor verdadeiro não estar perto. Não quero que o mundo tenha pena de mim, pois sei que eles não me entendem, e quando tudo for feito para ter um fim, daremos um jeito de mudar tudo. E da mesma maneira que todos almejam algo, eu preciso de você, do seu beijo, do seu abraço, de encanto e principalmente de seu coração. Vinícius Rozante
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Aug 12, 2013
Aug 12, 2013 at 8:31 PM UTC
Você
¿Qué lloras? Lo comprendo. Todo concluido está. Pero no quiero verte, alma mía, llorar. Nuestro amor, siempre, siempre... Nuestras bodas... jamás. ¿Quién es ese bandido que se vino a robar tu corona florida y tu velo nupcial? Mas no, no me lo digas, no lo quiero escuchar. Tu nombre es Inocencia y el de él es Satanás. Un abismo a tus plantas, una mano procaz que te empuja; tú ruedas, y mientras tanto, va el ángel de tu guarda triste y solo a llorar. Pero ¿por qué derramas tantas lágrimas?... ¡Ah! Sí, todo lo comprendo... No, no me digas más.
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Abrojos - xiii
Como tras de sí misma va esta línea por los horizontales confines persiguiéndose y en el poniente siempre fugitivo en que se busca se disipa -como esta misma línea por la mirada levantada vuelve todas sus letras una columna diáfana resuelta en una no tocada no oída ni gustada mas pensada flor de vocales y de consonantes -como esta línea que no acaba de escribirse y antes de consumarse se incorpora sin cesar de fluir pero hacia arriba: los cuatro chopos.                                 Aspirados por la altura vacía y allá abajo, en un charco hecho cielo, duplicados, los cuatro son un solo chopo y son ninguno.                           Atrás, frondas en llamas que se apagan -la tarde a la deriva- otros chopos ya andrajos espectrales interminablemente ondulan interminablemente inmóviles. El amarillo se desliza al rosa, se insinúa la noche en el violeta. Entre el cielo y el agua hay una franja azul y verde: sol y plantas acuáticas, caligrafía llameante escrita por el viento. Es un reflejo suspendido en otro. Tránsitos: parpadeos del instante. El mundo pierde cuerpo, es una aparición, es cuatro chopos, cuatro moradas melodías. Frágiles ramas trepan por los troncos. Son un poco de luz y otro poco de viento. Vaivén inmóvil. Con los ojos las oigo murmurar palabras de aire. El silencio se va con el arroyo, regresa con el cielo. Es real lo que veo: cuatro chopos sin peso plantados sobre un vértigo. Una fijeza que se precipita hacia abajo, hacia arriba, hacia el agua del cielo del remanso en un esbelto afán sin desenlace mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro. Latir de claridades últimas: quince minutos sitiados que ve Claudio Monet desde una barca. En el agua se abisma el cielo, en sí misma se anega el agua, el chopo es un disparo cárdeno: este mundo no es sólido. Entre ser y no ser la yerba titubea, los elementos se aligeran, los contornos se esfuman, visos, reflejos, reverberaciones, centellear de formas y presencias, niebla de imágenes, eclipses, esto que veo somos: espejeos.
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Cuatro chopos
Como tras de sí misma va esta línea por los horizontales confines persiguiéndose y en el poniente siempre fugitivo en que se busca se disipa -como esta misma línea por la mirada levantada vuelve todas sus letras una columna diáfana resuelta en una no tocada no oída ni gustada mas pensada flor de vocales y de consonantes -como esta línea que no acaba de escribirse y antes de consumarse se incorpora sin cesar de fluir pero hacia arriba: los cuatro chopos.                                 Aspirados por la altura vacía y allá abajo, en un charco hecho cielo, duplicados, los cuatro son un solo chopo y son ninguno.                           Atrás, frondas en llamas que se apagan -la tarde a la deriva- otros chopos ya andrajos espectrales interminablemente ondulan interminablemente inmóviles. El amarillo se desliza al rosa, se insinúa la noche en el violeta. Entre el cielo y el agua hay una franja azul y verde: sol y plantas acuáticas, caligrafía llameante escrita por el viento. Es un reflejo suspendido en otro. Tránsitos: parpadeos del instante. El mundo pierde cuerpo, es una aparición, es cuatro chopos, cuatro moradas melodías. Frágiles ramas trepan por los troncos. Son un poco de luz y otro poco de viento. Vaivén inmóvil. Con los ojos las oigo murmurar palabras de aire. El silencio se va con el arroyo, regresa con el cielo. Es real lo que veo: cuatro chopos sin peso plantados sobre un vértigo. Una fijeza que se precipita hacia abajo, hacia arriba, hacia el agua del cielo del remanso en un esbelto afán sin desenlace mientras el mundo zarpa hacia lo obscuro. Latir de claridades últimas: quince minutos sitiados que ve Claudio Monet desde una barca. En el agua se abisma el cielo, en sí misma se anega el agua, el chopo es un disparo cárdeno: este mundo no es sólido. Entre ser y no ser la yerba titubea, los elementos se aligeran, los contornos se esfuman, visos, reflejos, reverberaciones, centellear de formas y presencias, niebla de imágenes, eclipses, esto que veo somos: espejeos.
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En mitad de la noche sombría y tempestuosa, cuando la raza humana sus fatigas reposa, alguien toca a mi puerta con tímido reclamo. -«¿Quién me busca a estas horas? - sobresaltado exclamo-, Quién perturba el silencio de mis dichas supremas?» Y una voz me responde: -«Soy un niño; no temas: Me he extraviado en la noche, y ando errante y hambriento, bajo el gélido azote de la lluvia y del viento…» Y yo, compadecido por la súplica incierta, prendo fuego a mi lámpara y entreabro la puerta. Y al instante entra un niño de dorados cabellos, grandes ojos azules de adorables destellos, frescos labios purpúreos y mejillas de rosa. Y entra alegre, ágil, frívolo, como una mariposa… Bajo el brazo derecho trae un arco potente, y un gajo de amaranto le enguirnalda la frente; un haz de agudas flechas en su carcaj asoma, y en su espalda palpitan dos alas de paloma. Y al ver su desamparo sentí tal pesadumbre, que sequé sus cabellos al amor de la lumbre, entibié sus manitas entre mis manos rudas, y alisé el terciopelo de sus plantas desnudas. Poco después, el niño de rosadas mejillas se sintió confortado, y huyó de mis rodillas. Curioseó por la estancia con pueril regocijo, escogió una saeta, tendió el arco, y me dijo: -«Quiero ver si la lluvia me ha dejado inservible mi juguete…» Y al punto lancé un grito terrible, pues la rígida flecha se me clavó en el pecho! El falaz diosecillo palmoteó satisfecho, se echó al hombro la aljaba, me miró sonriente, clavó en tierra un extremo de su arco inclemente, y crispando sus manos en la cuerda tirante, le arrancó cuatro veces un zumbido vibrante. -Extranjero: Sonríe… -dijo el niño-. En efecto, la tensión de mi arco no sufrió desperfecto. Y en pago a tus bondades, como el más alto don, perpetuamente herido te dejo el corazón!
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El amor mojado
En mitad de la noche sombría y tempestuosa, cuando la raza humana sus fatigas reposa, alguien toca a mi puerta con tímido reclamo. -«¿Quién me busca a estas horas? - sobresaltado exclamo-, Quién perturba el silencio de mis dichas supremas?» Y una voz me responde: -«Soy un niño; no temas: Me he extraviado en la noche, y ando errante y hambriento, bajo el gélido azote de la lluvia y del viento…» Y yo, compadecido por la súplica incierta, prendo fuego a mi lámpara y entreabro la puerta. Y al instante entra un niño de dorados cabellos, grandes ojos azules de adorables destellos, frescos labios purpúreos y mejillas de rosa. Y entra alegre, ágil, frívolo, como una mariposa… Bajo el brazo derecho trae un arco potente, y un gajo de amaranto le enguirnalda la frente; un haz de agudas flechas en su carcaj asoma, y en su espalda palpitan dos alas de paloma. Y al ver su desamparo sentí tal pesadumbre, que sequé sus cabellos al amor de la lumbre, entibié sus manitas entre mis manos rudas, y alisé el terciopelo de sus plantas desnudas. Poco después, el niño de rosadas mejillas se sintió confortado, y huyó de mis rodillas. Curioseó por la estancia con pueril regocijo, escogió una saeta, tendió el arco, y me dijo: -«Quiero ver si la lluvia me ha dejado inservible mi juguete…» Y al punto lancé un grito terrible, pues la rígida flecha se me clavó en el pecho! El falaz diosecillo palmoteó satisfecho, se echó al hombro la aljaba, me miró sonriente, clavó en tierra un extremo de su arco inclemente, y crispando sus manos en la cuerda tirante, le arrancó cuatro veces un zumbido vibrante. -Extranjero: Sonríe… -dijo el niño-. En efecto, la tensión de mi arco no sufrió desperfecto. Y en pago a tus bondades, como el más alto don, perpetuamente herido te dejo el corazón!
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¡Cómo resbala el agua por mi espalda!               ¡Cómo moja mi falda, Y pone en mis mejillas su frescura de nieve!               Llueve, llueve, llueve,               Y voy, senda adelante, Con el alma ligera y la cara radiante,               Sin sentir, sin soñar, Llena de la voluptuosidad de no pensar.               Un pájaro se baña En una charca turbia. Mi presencia le extraña, Se detiene... Me mira... Nos sentimos amigos... ¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!               Después es el asombro De un labriego que pasa con su azada en el hombro.               Y la lluvia me cubre De todas las fragancias que a los setos da octubre. Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado, Como un maravilloso y estupendo tocado De gotas cristalinas, de flores deshojadas Que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.               Y siento, en la vacuidad Del cerebro sin sueños, la voluptuosidad Del placer infinito, dulce y desconocido,               De un minuto de olvido.               Llueve, llueve, llueve, Y tengo, en alma y carne, como un frescor de nieve.
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Bajo la lluvia
Meu Deus Deus meu me incitas, Com cara feia ou bonita. As plantas, o céu e o homem só, Neve em cima de um trenó. Deus do nada e de ninguém, Do amor e do além. O uivar do lobo, Ardente e com fogo. Deus sempre lunar, Da terra e do mar, Dunas e areias, Peixes e sereias. Deus real e também menino, Feito celestial e divino, Deus da vida e das flores, Deus de todos os amores. Victor Marques
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Oct 31, 2012
Oct 31, 2012 at 11:44 AM UTC
Meus Deus
Quiero igualdad.Y no sólo igualdad para las mujeres, si no para el resto del mundo, para todo lo que tiene vida. Las personas se enfocan en sólo defender a el hombre o la mujer pero ¿y que sucede con los animales? ¿Con nuestras plantas? ¿Qué sucede con nuestra tierra? Nadie la defiende, nadie le da igualdad, nadie lucha por ellos. Y es que el ser humano es egoísta, sólo pensamos en superioridad y poder; lo que nos lleva a cegarnos y terminamos siendo personas horribles. Nuestra tierra llora Nuestros animales sufren Nuestras plantas muere Nuestras mujeres reprimidas Nuestros hombres difamados Luchemos por la igualdad, por un mundo libre de ser.
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Sep 16, 2014
Sep 16, 2014 at 9:22 AM UTC
Todos
Qué hicisteis vosotros, gidistas intelectualistas, rilkistas, misterizantes, falsos brujos existenciales, amapolas surrealistas encendidas en una tumba, europeizados cadáveres de la moda, pálidas lombrices del queso capitalista, qué hicisteis ante el reinado de la angustia, frente a este oscuro ser humano, a esta pateada compostura, a esta cabeza sumergida en el estiércol, a esta esencia de ásperas vidas pisoteadas? No hicisteis nada sino la fuga: vendisteis hacinado detritus, buscasteis cabellos celestes, plantas cobardes, uñas rotas, «belleza pura», «sortilegio», obras de pobres asustados para evadir los ojos, para enmarañar las delicadas pupilas, para subsistir con el plato de restos sucios que os arrojaron los señores, sin ver la piedra en agonía, sin defender, sin conquistar, más ciegos que las coronas del cementerio, cuando cae la lluvia sobre las inmóviles flores podridas de las tumbas.
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Los poetas celestes
Meu Deus Deus meu me incitas, Com cara feia ou bonita. As plantas, o céu e o homem só, Neve em cima de um trenó. Deus do nada e de ninguém, Do amor e do além. O uivar do lobo, Ardente e com fogo. Deus sempre lunar, Da terra e do mar, Dunas e areias, Peixes e sereias. Deus real e também menino, Feito celestial e divino, Deus da vida e das flores, Deus de todos os amores. Victor Marques
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Oct 31, 2012
Oct 31, 2012 at 11:09 AM UTC
Meu Deus
Delinquiría de leso corazón si no anegara con mi idolatría, en lacrimosa ablución, la imagen de la párvula sombría. Retrato para quien mi llanto mana a la una de la mañana, reflejando en su sal, que va sin brida, la minúscula frente desmedida... Cejas, andamio del alcázar del rostro , en las que ondula mi tragedia mimosa, sin la bula para un posible epitalamio... La niña del retrato se puso seria, y se veló su frente, y endureció los dos ojos profundos, como una migajita de otros mundos que caída en brumoso interinato, toda la angustia sublunar presiente. Fiereza desvalida, hecha a mirar el mar... Boca en bisel, como un espejo afable que no hable... Medias de almo color; para que vaya por la cernida arena de la playa... Las deleznables manos, que cavan pozos enanos, son carceleras de los océanos... Linda congoja de la frente linda, la que inerme y tiránica se brinda por modelo de copa y de coyunda y de lira rotunda... Retrato de iniciales sinfonías: tus cinco años son cinco bujías a cuya luz el alma llora; por eso a ti me abro como a la honestidad versicolora de un diminutivo candelabro. Los invisibles hombros, cual quimera en que un genio marítimo retoza, no columbran siquiera la adoración venidera que los ha de rozar, como se roza el codo de una estricta compañera. Párvula del retrato; seriedad prematura; linda congoja de un juego nonato que enfrente del fotógrafo se apura; pelo de enigma, como los edenes enigmáticos desde donde vienes; víspera bella que cantas en la Octava de mi más negra hora: hoy hice un alto por mojar tus plantas con sangre de mis ojos, y miré que salías del óvalo de bruma, como punto final que se incorpora y como duende de relojería, a dar en los relojes de mi fe la campanada de la dicha suma. Niña, venusto manual: yo te leía al borde de una estrella, leyéndote mortífera y vital; y absorto en el primor de la lectura pisé el vacío...                             Y voy en la centella de una nihilista locura.
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La niña del retrato
Delinquiría de leso corazón si no anegara con mi idolatría, en lacrimosa ablución, la imagen de la párvula sombría. Retrato para quien mi llanto mana a la una de la mañana, reflejando en su sal, que va sin brida, la minúscula frente desmedida... Cejas, andamio del alcázar del rostro , en las que ondula mi tragedia mimosa, sin la bula para un posible epitalamio... La niña del retrato se puso seria, y se veló su frente, y endureció los dos ojos profundos, como una migajita de otros mundos que caída en brumoso interinato, toda la angustia sublunar presiente. Fiereza desvalida, hecha a mirar el mar... Boca en bisel, como un espejo afable que no hable... Medias de almo color; para que vaya por la cernida arena de la playa... Las deleznables manos, que cavan pozos enanos, son carceleras de los océanos... Linda congoja de la frente linda, la que inerme y tiránica se brinda por modelo de copa y de coyunda y de lira rotunda... Retrato de iniciales sinfonías: tus cinco años son cinco bujías a cuya luz el alma llora; por eso a ti me abro como a la honestidad versicolora de un diminutivo candelabro. Los invisibles hombros, cual quimera en que un genio marítimo retoza, no columbran siquiera la adoración venidera que los ha de rozar, como se roza el codo de una estricta compañera. Párvula del retrato; seriedad prematura; linda congoja de un juego nonato que enfrente del fotógrafo se apura; pelo de enigma, como los edenes enigmáticos desde donde vienes; víspera bella que cantas en la Octava de mi más negra hora: hoy hice un alto por mojar tus plantas con sangre de mis ojos, y miré que salías del óvalo de bruma, como punto final que se incorpora y como duende de relojería, a dar en los relojes de mi fe la campanada de la dicha suma. Niña, venusto manual: yo te leía al borde de una estrella, leyéndote mortífera y vital; y absorto en el primor de la lectura pisé el vacío...                             Y voy en la centella de una nihilista locura.
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