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"perros" poems
Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido.Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena yo me la llevé del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios.Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. Le regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
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La casada infiel
¡Qué alegre y fresca la mañanita! Me agarra el aire por la nariz: los perros ladran, un chico grita y una muchacha gorda y bonita, junto a una piedra, muele maíz. Un mozo trae por un sendero sus herramientas y su morral: otro con caites y sin sombrero busca una vaca con su ternero para ordeñarla junto al corral. Sonriendo a veces a la muchacha, que de la piedra pasa al fogón, un sabanero de buena facha, casi en cuclillas afila el hacha sobre una orilla del mollejón. Por las colinas la luz se pierde bajo el cielo claro y sin fin; ahí el ganado las hojas muerde, y hay en los tallos del pasto verde, escarabajos de oro y carmín. Sonando un cuerno corvo y sonoro, pasa un vaquero, y a plena luz vienen las vacas y un blanco toro, con unas manchas color de oro por la barriga y en el testuz. Y la patrona, bate que bate, me regocija con la ilusión de una gran taza de chocolate, que ha de pasarme por el gaznate con la tostada y el requesón.
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Del trópico
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Toledo
Forjada en la "Fábrica de Armas y Municiones", la ciudad muerde con sus almenas un pedazo de cielo, mientras el Tajo, alfanje que se funde en un molde de piedra, atraviesa los puentes y la Vega, pintada por algún primitivo castellano de esos que conservaron una influencia flamenca. Ya al subir en dirección a la ciudad, apriétase en las llaves la empuñadura de una espada, en tanto que un vientecillo nos va enmoheciendo el espinazo para insuflarnos el empaque que los aduaneros exigen al entrar. ¡Silencio! ¡Silencio que nos extravía las pupilas y nos diafaniza la nariz! ¡Silencio! Perros que se pasean de golilla con los ojos pintados por el Greco. Posadas donde se hospedan todavía los protagonistas del "Lazarillo" y del "Buscón". Puertas que gruñen y se cierran con las llaves que se le extraviaron a San Pedro. ¡Para cruzar sobre las, murallas y el Alcázar las nubes ensillan con arneses y paramentos medioevales! Hidalgos que se alimentan de piedras y de orgullo, tienen la carne idéntica a la cera de los exvotos y un tufo a herrumbre y a ratón. Hidalgos que se detienen para escupir con la jactancia con que sus abuelos tiraban su escarcela a los leprosos. Los pies ensangrentados por los guijarros, se gulusmea en las cocinas un olorcillo a inquisición, y cuando las sombras se descuelgan de los tejados, se oye la gesta que las paredes nos cuentan al pasar, a cuyo influjo una pelambre nos va cubriendo las tetillas. ¡Noches en que los pasos suenan como malas palabras! ¡Noches, con gélido aliento de fantasma, en que las piedras que circundan la población celebran aquelarres goyescos! ¡Juro, por el mismísimo Cristo de la Vega, que a pesar del cansancio que nos purifica y nos despoja de toda vanidad, a veces, al atravesar una calleja, uno se cree Don Juan!
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Mi perro ha muerto. Lo enterré en el jardín junto a una vieja máquina oxidada. Allí, no más abajo, ni más arriba, se juntará conmigo alguna vez. Ahora él ya se fue con su pelaje, su mala educación, su nariz iría. Y yo, materialista que no cree en el celeste cielo prometido para ningún humano, para este perro o para todo perro creo en el cielo, sí, creo en un cielo donde yo no entraré, pero él me espera ondulando su cola de abanico para que yo al llegar tenga amistades. Ay no diré la tristeza en la tierra de no tenerlo más por compañero, que para mí jamás fue un servidor. Tuvo hacia mí la amistad de un erizo que conservaba su soberanía, la amistad de una estrella independienre sin más intimidad que la precisa, sin exageraciones: no se trepaba sobre mi vestuario llenándome de pelos o de sarna, no se frotaba contra mi rodilla como otros perros obsesos sexuales. No, mi perro me miraba dándome la atención que necesito, la atención necesaria para hacer comprender a un vanidoso que siendo perro él, con esos ojos, más puros que los míos, perdía el tiempo, pero me miraba con la mirada que me reservó toda su dulce, su peluda vida, su silenciosa vida, cerca de mí, sin molestarme nunca, y sin pedirme nada. Ay cuántas veces quise tener cola andando junto a él por las orillas del mar, en el invierno de Isla Negra, en la gran soledad: arriba el aire traspasado de pájaros glaciales, y mi perro brincando, hirsuto, lleno de voltaje marino en movimiento: mi perro vagabundo y olfatorio enarbolando su cola dorada frente a frente al Océano y su espuma. Alegre, alegre, alegre como los perros saben ser felices, sin nada más, con el absolutismo de la naturaleza descarada. No hay adiós a mi perro que se ha muerco. Y no hay ni hubo mentira entre nosotros. Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.
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Un perro ha muerto
Mi perro ha muerto. Lo enterré en el jardín junto a una vieja máquina oxidada. Allí, no más abajo, ni más arriba, se juntará conmigo alguna vez. Ahora él ya se fue con su pelaje, su mala educación, su nariz iría. Y yo, materialista que no cree en el celeste cielo prometido para ningún humano, para este perro o para todo perro creo en el cielo, sí, creo en un cielo donde yo no entraré, pero él me espera ondulando su cola de abanico para que yo al llegar tenga amistades. Ay no diré la tristeza en la tierra de no tenerlo más por compañero, que para mí jamás fue un servidor. Tuvo hacia mí la amistad de un erizo que conservaba su soberanía, la amistad de una estrella independienre sin más intimidad que la precisa, sin exageraciones: no se trepaba sobre mi vestuario llenándome de pelos o de sarna, no se frotaba contra mi rodilla como otros perros obsesos sexuales. No, mi perro me miraba dándome la atención que necesito, la atención necesaria para hacer comprender a un vanidoso que siendo perro él, con esos ojos, más puros que los míos, perdía el tiempo, pero me miraba con la mirada que me reservó toda su dulce, su peluda vida, su silenciosa vida, cerca de mí, sin molestarme nunca, y sin pedirme nada. Ay cuántas veces quise tener cola andando junto a él por las orillas del mar, en el invierno de Isla Negra, en la gran soledad: arriba el aire traspasado de pájaros glaciales, y mi perro brincando, hirsuto, lleno de voltaje marino en movimiento: mi perro vagabundo y olfatorio enarbolando su cola dorada frente a frente al Océano y su espuma. Alegre, alegre, alegre como los perros saben ser felices, sin nada más, con el absolutismo de la naturaleza descarada. No hay adiós a mi perro que se ha muerco. Y no hay ni hubo mentira entre nosotros. Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.
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Pequeño por fuera, enorme por dentro cazador de nacido, mañoso aprendido de orejas grandes y cola parada. El mejor amigo, mi mejor amigo distraído, te llamaba el instinto me querías y yo te quiero Solo espero que estés en un cielo donde vivan grillos y conejos donde comas como tanto te gustaba donde juegues hasta no poder, donde duermas como nunca, donde puedas darte un baños de sol donde el agua no te falte y tengas amigos con quien compartir. Si no hay cielo para perros ven a mi corazón que aquí te quiero. Ojala pudiera haber estado ahí para cuidarte y acariciarte, rascarte la panza y pasear contigo.
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Aug 20, 2018
Aug 20, 2018 at 11:40 PM UTC
Pequeño por fuera, enorme por dentro.
Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros? Os voy a contar todo lo que me pasa. Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.                                           Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos.                                   Raúl, te acuerdas? Te acuerdas, Rafael?                                 Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?                                                                 Hermano, hermano! Todo eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante, mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas: el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia aguda de la vida,                           pescados hacinados, contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga, delirante marfil fino de las patatas, tomates repetidos hasta el mar. Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre. Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños. Chacales que el chacal rechazaría, piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiaran! Frente a vosotros he visto la sangre de España levantarse para ahogaros en una sola ola de orgullo y de cuchillos! Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad España rota: pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores, pero de cada hueco de España sale España, pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio del corazón. Preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles venid a ver la sangré por las calles, venid a ver la sangre por las calles!
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Explico algunas cosas
Preguntaréis: Y dónde están las lilas? Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros? Os voy a contar todo lo que me pasa. Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles. Desde allí se veía el rostro seco de Castilla como un océano de cuero.                                           Mi casa era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos.                                   Raúl, te acuerdas? Te acuerdas, Rafael?                                 Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca?                                                                 Hermano, hermano! Todo eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante, mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua como un tintero pálido entre las merluzas: el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia aguda de la vida,                           pescados hacinados, contextura de techos con sol frío en el cual la flecha se fatiga, delirante marfil fino de las patatas, tomates repetidos hasta el mar. Y una mañana todo estaba ardiendo y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre. Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños. Chacales que el chacal rechazaría, piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiaran! Frente a vosotros he visto la sangre de España levantarse para ahogaros en una sola ola de orgullo y de cuchillos! Generales traidores: mirad mi casa muerta, mirad España rota: pero de cada casa muerta sale metal ardiendo en vez de flores, pero de cada hueco de España sale España, pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos, pero de cada crimen nacen balas que os hallarán un día el sitio del corazón. Preguntaréis por qué su poesía no nos habla del sueño, de las hojas, de los grandes volcanes de su país natal? Venid a ver la sangre por las calles venid a ver la sangré por las calles, venid a ver la sangre por las calles!
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Dejé por ti mis bosques, mi perdida arboleda, mis perros desvelados, mis capitales años desterrados hasta casi el invierno de la vida. Dejé un temblor, dejé una sacudida, un resplandor de fuegos no apagados, dejé mi sombra en los desesperados ojos sangrantes de la despedida. Dejé palomas tristes junto a un río, caballos sobre el sol de las arenas, dejé de oler la mar, dejé de verte. Dejé por ti todo lo que era mío. Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte.
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Lo que dejé por ti
El reloj va sonando, marcando un tempo de viejo afligido, como si estuviera desesperado por dictar una hora, o un día. El perro se para a observar el "Tic tac" y su cola baila los danzones que el viejo reloj marca. La comida hierve con delicadeza y el humo de la olla silba las baladas que el tocadiscos canta, el reloj marca y la cola del perro baila. En la mesa se destapa el elixir que llena copas y embriaga almas cubriendo cuerpos como los ríos cubren al mar, y el mar inspira al escriba que roba suspiros que mueven manecillas de relojes para marcar tiempos y bailar colas de perros, hervir ollas que silban canciones y hacer luz que hacen cantar tocadiscos. Entonces el reloj se detiene porque ya es Jueves y son las cinco de la tarde
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Feb 11, 2015
Feb 11, 2015 at 10:58 PM UTC
Extasis en Jueves
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Escorial
A medida que nos aproximamos las piedras se van dando mejor. Desnudo, anacorético, las ventanas idénticas entre sí, como la vida de sus monjes, el Escorial levanta sus muros de granito por los que no treparán nunca los mandingas, pues ni aún dentro de novecientos años. hallarán una arruga donde hincar sus pezuñas de azufre y pedernal. Paradas en lo alto de las chimeneas, las cigüeñas meditan la responsabilidad de ser la única ornamentación del monasterio, mientras el viento que reza en las rendijas ahuyenta las tentaciones que amenazan entrar por el tejado. Cencerro de las piedras que pastan en los alrededores, las campanas de la iglesia espantan a los ángeles que viven en su torre y suelen tomarlos de improviso, haciéndoles perder alguna pluma sobre el adoquinado de los patios. ¡Corredores donde el silencio tonifica la robustez de las columnas! ¡Salas donde la austeridad es tan grande, que basta una sonrisa de mujer para que nos asedien los pecados de Bosch y sólo se desbanden en retirada al advertir que nuestro guía es nuestro propio arcángel, que se ha disfrazado de guardián! Los visitantes, la cabeza hundida entre los hombros (así la Muerte no los podrá agarrar como se agarra a un gato), descienden a las tumbas y al pudridero, y al salir, perciben el esqueleto de la gente con la misma facilidad con que antes les distinguían la nariz. Cuando una luna fantasmal nieva su luz en las techumbres, los ruidos de las inmediaciones adquieren psicologías criminales, y el silencio alcanza tal intensidad, que se camina como si se entrara en un concierto, y se contienen las ganas de toser por temor a que el eco repita nuestra tos hasta convencernos de que estamos tuberculosos. ¡Horas en que los perros se enloquecen de soledad y en las que el miedo hace girar las cabezas de las lechuzas y de los hombres, quienes, al enfrentarnos, se persignan bajo el embozo por si nosotros fuéramos Satán!
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Eres tu, quien esta jugando a Dios. De entre todo tu harem de hombres puedes escoger al que mas te satisfaga. Hacer trizas los corazones de mil hombres con tan solo pronunciar ásperas palabras. Tal vez no lo demuestres, pero te encanta la idea de manipular el destino ajeno. Jugar como si fuéramos tus marionetas de carne. Reina de hielo. Amas las vistas de la tundra y su infinito abastecimiento de corazones extirpados. tripas de ángel. Es tu etérea mirada y tu sonrisa pintada de sangre. tu helada presencia. Y de tu séquito de perros hambrientos soy yo el que luce envidiosamente los huesos de las costillas famélico y añejo en promesas rotas. y el que mas te ama. Los demás son perros, esperando un pedazo de tu carne. Ávidos de una segunda oportunidad. Hambrientos de las mas oscuras y carnales intenciones.
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May 21, 2014
May 21, 2014 at 1:21 PM UTC
incansable espera o cansado de esperar.
empezó a llover vacas y en vista de la situación reinante en el país los estudiantes de agronomía sembraron desconcierto los profesores de ingeniería proclamaron su virginidad los bedeles de filosofía aceitaron las grampas de la razón intelectual los maestros de matemáticas verificaron llorando el dos más dos los alumnos de lenguaje inventaron buenas malas palabras esto ocurrió al mismo tiempo un oleaje de nostalgia invadía las camas del país y las parejas entre sí se miraban como desconocidos y el crepúsculo era servido en el almuerzo por padres y madres y el dolor o la pena iba vistiendo lentamente a los chiquitines y a unos se les caía el pecho y la espalda a otros y nada a los demás y a Dios lo encontraron muerto varias veces y los viejos volaban por el aire agarrados a sus testículos resecos y las viejas lanzaban exclamaciones y sentían puntadas en la memoria o el olvido según y varios perros asentían y brindaban con armenio coñac y a un hombre lo encontraron muerto varias veces junto a un viernes de carnaval arrancado del carnaval bajo una invasión de insultos otoñales o sobre elefantes azules parados en la mejilla de Mr. Hollow o alrededor de alondras en dulce desafío vocal con el verano encontraron muerto a ese hombre con las manos abiertamente grises y las caderas desordenadas por los sucesos de Chicago un resto de viento en la garganta 25 centavos de dólar en el bolsillo y su águila quieta con las plumas mojadas por la lluvia infernal ¡ah queridos! ¡esa lluvia llovió años y años sobre el pavimento de Hereby Street sin borrar la más mínima huella de lo acontecido! ¡sin mojar ninguna de las humillaciones ni uno solo de los miedos de ese hombre con las caderas revueltas tiradas en la calle tarde para que sus terrores puedan mezclarse con el agua y pudrirse y terminar! así murió parsifal hoolig cerró los ojos silenciosos conservó la costumbre de no protestar fue un difunto valiente y aunque no tuvo necrológica en el New York Times ni el Chicago Tribune se ocupó de él no se quejó cuando lo recogieron en un camión del servicio municipal a él y a su aspecto melancólico y si alguno supone que esto es triste si alguno va a pararse a decir que esto es triste sepa que esto es exactamente lo que pasó que ninguna otra cosa pasó sino esto bajo este cielo o bóveda celeste
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Lamento por la muerte de parsifal hoolig
empezó a llover vacas y en vista de la situación reinante en el país los estudiantes de agronomía sembraron desconcierto los profesores de ingeniería proclamaron su virginidad los bedeles de filosofía aceitaron las grampas de la razón intelectual los maestros de matemáticas verificaron llorando el dos más dos los alumnos de lenguaje inventaron buenas malas palabras esto ocurrió al mismo tiempo un oleaje de nostalgia invadía las camas del país y las parejas entre sí se miraban como desconocidos y el crepúsculo era servido en el almuerzo por padres y madres y el dolor o la pena iba vistiendo lentamente a los chiquitines y a unos se les caía el pecho y la espalda a otros y nada a los demás y a Dios lo encontraron muerto varias veces y los viejos volaban por el aire agarrados a sus testículos resecos y las viejas lanzaban exclamaciones y sentían puntadas en la memoria o el olvido según y varios perros asentían y brindaban con armenio coñac y a un hombre lo encontraron muerto varias veces junto a un viernes de carnaval arrancado del carnaval bajo una invasión de insultos otoñales o sobre elefantes azules parados en la mejilla de Mr. Hollow o alrededor de alondras en dulce desafío vocal con el verano encontraron muerto a ese hombre con las manos abiertamente grises y las caderas desordenadas por los sucesos de Chicago un resto de viento en la garganta 25 centavos de dólar en el bolsillo y su águila quieta con las plumas mojadas por la lluvia infernal ¡ah queridos! ¡esa lluvia llovió años y años sobre el pavimento de Hereby Street sin borrar la más mínima huella de lo acontecido! ¡sin mojar ninguna de las humillaciones ni uno solo de los miedos de ese hombre con las caderas revueltas tiradas en la calle tarde para que sus terrores puedan mezclarse con el agua y pudrirse y terminar! así murió parsifal hoolig cerró los ojos silenciosos conservó la costumbre de no protestar fue un difunto valiente y aunque no tuvo necrológica en el New York Times ni el Chicago Tribune se ocupó de él no se quejó cuando lo recogieron en un camión del servicio municipal a él y a su aspecto melancólico y si alguno supone que esto es triste si alguno va a pararse a decir que esto es triste sepa que esto es exactamente lo que pasó que ninguna otra cosa pasó sino esto bajo este cielo o bóveda celeste
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Ya no hay locos, ya no hay locos ya no hay locos, amigos ya no hay locos. ya no hay locos, en España ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto. Ya no hay locos, ya no hay locos ya no hay locos, amigos ya no hay locos. Todo el mundo está cuerdo terrible, horriblemente cuerdo. Ya no hay locos, ya no hay locos ya no hay locos, en España ya no hay locos. ¿Cuándo se pierde el juicio? Yo pregunto: ¿Cuando se pierde, cuándo? Si no es ahora, que la justicia vale menos que el orín de los perros. Ya no hay locos, ya no hay locos ya no hay locos, amigos ya no hay locos ya no hay locos, en España ya no hay locos. Todo el mundo está cuerdo terrible, horriblemente cuerdo.
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Ya no hay locos
Lirismo de invierno, rumor de crespones, cuando ya se acerca la pronta partida; agoreras voces de tristes canciones que en la tarde rezan una despedida. Visión del entierro de mis ilusiones en la propia tumba de mortal herida. Caridad verónica de ignotas regiones, donde a precio de éter se pierde la vida. Cerca de la aurora partiré llorando; y mientras mis años se vayan curvando, curvará guadañas mi ruta veloz. Y ante fríos óleos de luna muriente, con timbres de aceros en tierra indolente, cavarán los perros, aullando, un adiós!
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Sauce
Estando yo en la mi choza   pintando la mi cayada, las cabrillas altas iban   y la luna rebajada; mal barruntan las ovejas,   no paran en la majada. Vide venir siete lobos   por una oscura cañada. Venían echando suertes   cuál entrará a la majada; le tocó a una loba vieja,   patituerta, cana y parda, que tenía los colmillos   como ***** de navaja. Dio tres vueltas al redil   y no pudo sacar nada; a la otra  vuelta que dio,   sacó la borrega blanca, hija de la oveja churra,   nieta de la orejisana, la que tenían mis amos   para el domingo de Pascua. -¡Aquí, mis siete cachorros,   aquí, perra trujillana, aquí, perro el de los hierros,   a correr la loba parda! Si me cobráis la borrega,   cenaréis leche y hogaza; y si no me la cobráis,   cenaréis de mi cayada. Los perros tras de la loba   las uñas se esmigajaban; siete leguas la corrieron   por unas sierras muy agrias. Al subir un cotarrito   la loba ya va cansada: -Tomad, perros, la borrega,   sana y buena como estaba. -No queremos la borrega,   de tu boca alobadada, que queremos tu pelleja   pa' el pastor una zamarra; el rabo para correas,   para atacarse las bragas; de la cabeza un zurrón,   para meter las cucharas; las tripas para vihuelas   para que bailen las damas.
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Romance de la loba parda
Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla, el sepulturero o el Poeta? ¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios para que me tapen la boca cuando muera, con una paletada de tierra? No. He venido y estoy aquí, me iré y volveré mil veces en el Viento para crear mi gloria con mi llanto. ¡Eh, Muerte... escucha! Yo soy el último que hablo: El miedo y la ceguera de los hombre han llenado de viento tu cráneo, han henchido de viento tu cráneo, han henchido de orgullo tus huesos y hasta el trono de un dios te han levantado. Y eres necia y altiva como un dictador totalitario. Tiraste un día una gran línea negra sobre el globo terráqueo; te atrincheraste en los sepulcros y dijiste: "¡Atrás! ¡Atrás, seres humanos!..." Y no eres más que un segador, un esforzado segador... un buen criado. Tu guadaña no es un cetro sino una herramienta de trabajo. En el gran ciclo, en el gran engranaje solar y planetario, tu eres el que corta la espiga, y yo ahora... el grano, el grano de la espiga que cae bajo tu esfuerzo necesario. Necesario... no para tu orgullo sino para ver cómo logramos entre todos un pan dorado y blanco. Desde tu filo iré al molino. En el molino me morderán las piedras de basalto, como dos perros a un mendigo hasta quitarme los harapos. Perderé la piel, la forma y la memoria de todo mi pasado. Desde le molino iré a la artesa. En la artesa me amasarán, sudando, y sin piedad unos robustos brazos. Y un día escribirán en los libros sagrados: El segundo hombre fue de masa cruda como el primero fue de barro. Luego entraré en el horno... en el infierno. Del fuego saldré hecho ya pan blanco y habrá pan para todos. Podréis partir y repartir mi cuerpo en miles y millones de pedazos... podréis hacer entonces con el hombre una hostia blanquísima... el pan ázimo donde el Cristo se albergue. Y otro día dirán en los libros sagrados: El primer hombre fue de barro, el segundo de masa cruda y el tercero de Pan y Luz. Será un sábado cuando se cumplan las grandes Escrituras... Entre tanto, a trabajar con humildad y sin brabatas, Segador Esforzado.
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Segador esforzado
Y ahora pregunto aquí: ¿quién es el último que habla, el sepulturero o el Poeta? ¿He aprendido a decir: Belleza, Luz, Amor y Dios para que me tapen la boca cuando muera, con una paletada de tierra? No. He venido y estoy aquí, me iré y volveré mil veces en el Viento para crear mi gloria con mi llanto. ¡Eh, Muerte... escucha! Yo soy el último que hablo: El miedo y la ceguera de los hombre han llenado de viento tu cráneo, han henchido de viento tu cráneo, han henchido de orgullo tus huesos y hasta el trono de un dios te han levantado. Y eres necia y altiva como un dictador totalitario. Tiraste un día una gran línea negra sobre el globo terráqueo; te atrincheraste en los sepulcros y dijiste: "¡Atrás! ¡Atrás, seres humanos!..." Y no eres más que un segador, un esforzado segador... un buen criado. Tu guadaña no es un cetro sino una herramienta de trabajo. En el gran ciclo, en el gran engranaje solar y planetario, tu eres el que corta la espiga, y yo ahora... el grano, el grano de la espiga que cae bajo tu esfuerzo necesario. Necesario... no para tu orgullo sino para ver cómo logramos entre todos un pan dorado y blanco. Desde tu filo iré al molino. En el molino me morderán las piedras de basalto, como dos perros a un mendigo hasta quitarme los harapos. Perderé la piel, la forma y la memoria de todo mi pasado. Desde le molino iré a la artesa. En la artesa me amasarán, sudando, y sin piedad unos robustos brazos. Y un día escribirán en los libros sagrados: El segundo hombre fue de masa cruda como el primero fue de barro. Luego entraré en el horno... en el infierno. Del fuego saldré hecho ya pan blanco y habrá pan para todos. Podréis partir y repartir mi cuerpo en miles y millones de pedazos... podréis hacer entonces con el hombre una hostia blanquísima... el pan ázimo donde el Cristo se albergue. Y otro día dirán en los libros sagrados: El primer hombre fue de barro, el segundo de masa cruda y el tercero de Pan y Luz. Será un sábado cuando se cumplan las grandes Escrituras... Entre tanto, a trabajar con humildad y sin brabatas, Segador Esforzado.
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Elena despertó a las dos y cinco, abrió despacio las contraventanas y el sol de invierno hirió sus ojos enrojecidos. Apoyada la frente en el cristal, miró a la calle: niños con bufandas, perros. Tres curas paseaban. En ese mismo instante, Dora comenzaba a ponerse las medias. Las ligas le dejaban una marca en los muslos ateridos. Al encender la radio -«Aída: marcha nupcial»-, recordaba palabras -«Dora, Dorita, te amo»- a la vez que intentaba reconstruir el rostro de aquel hombre que se fue ayer -es decir, hoy- de madrugada, y leía distraída una moneda: «Veinticinco pesetas.»  «...por la gracia de Dios.»                               (Y por la cama) Eran las tres y diez cuando Conchita se estiraba la piel de las mejillas frente al espejo. Bostezó. Miraba su propio rostro con indiferencia. Localizó tres canas en la raíz oscura de su pelo amarillo. Abrió luego una caja de crema rosa, cuyo contenido extendió en torno a su nariz. Bostezaba, y aprovechó aquel gesto indefinible para comprobar el estado de una muela careada allá en el fondo de sus fauces secas, inofensivas, turbias, algo hepáticas. Por otra parte, también se preparaba la ciudad. El tren de las catorce treinta y nueve alteró el ritmo de las calles. Miradas vacilantes, ojos confusos, planteaban imprecisas preguntas que las bocas no osaban formular. En los cafés, entraban y salían los hombres, movidos por algo parecido a una esperanza. Se decía que aún era temprano. Pero a las cuatro, Dora comenzaba a quitarse las medias -las ligas dejaban una marca en sus muslos. Lentas, solemnes, eclesiásticas, volaban de las torres palomas y campanas. Mientras se bajaba la falda, Conchita vio su cuerpo -y otra sombra vaga- moverse en el espejo de su alcoba. En las calles y plazas palidecía la tarde de diciembre. Elena cerró despacio las contraventanas.
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Los sábados las prostitutas madrugan mucho para estar dispuestas
Elena despertó a las dos y cinco, abrió despacio las contraventanas y el sol de invierno hirió sus ojos enrojecidos. Apoyada la frente en el cristal, miró a la calle: niños con bufandas, perros. Tres curas paseaban. En ese mismo instante, Dora comenzaba a ponerse las medias. Las ligas le dejaban una marca en los muslos ateridos. Al encender la radio -«Aída: marcha nupcial»-, recordaba palabras -«Dora, Dorita, te amo»- a la vez que intentaba reconstruir el rostro de aquel hombre que se fue ayer -es decir, hoy- de madrugada, y leía distraída una moneda: «Veinticinco pesetas.»  «...por la gracia de Dios.»                               (Y por la cama) Eran las tres y diez cuando Conchita se estiraba la piel de las mejillas frente al espejo. Bostezó. Miraba su propio rostro con indiferencia. Localizó tres canas en la raíz oscura de su pelo amarillo. Abrió luego una caja de crema rosa, cuyo contenido extendió en torno a su nariz. Bostezaba, y aprovechó aquel gesto indefinible para comprobar el estado de una muela careada allá en el fondo de sus fauces secas, inofensivas, turbias, algo hepáticas. Por otra parte, también se preparaba la ciudad. El tren de las catorce treinta y nueve alteró el ritmo de las calles. Miradas vacilantes, ojos confusos, planteaban imprecisas preguntas que las bocas no osaban formular. En los cafés, entraban y salían los hombres, movidos por algo parecido a una esperanza. Se decía que aún era temprano. Pero a las cuatro, Dora comenzaba a quitarse las medias -las ligas dejaban una marca en sus muslos. Lentas, solemnes, eclesiásticas, volaban de las torres palomas y campanas. Mientras se bajaba la falda, Conchita vio su cuerpo -y otra sombra vaga- moverse en el espejo de su alcoba. En las calles y plazas palidecía la tarde de diciembre. Elena cerró despacio las contraventanas.
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Habítame, penétrame. Sea tu sangre una con mi sangre. Tu boca entre a mi boca. Tu corazón agrande el mío hasta estallar. Desgárrame. Caigas entera en mis entrañas. Anden tus manos en mis manos. Tus pies caminen en mis pies, tus pies. Árdeme, árdeme. Cólmeme tu dulzura. Báñame tu saliva el paladar. Estés en mí como está la madera en el palito. Que ya no puedo así, con esta sed quemándome. Con esta sed quemándome. La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.
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Oración
Blanca sois, señora mía, más que no el rayo del sol ¿si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor? que siete años había, siete, que no me desarmo, no. Más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón. -Dormilda, señor, dormilda, desarmado sin temor, que el conde es ido a la caza a los montes de *** -Rabia le mate los perros, y águilas el su halcón, y del monte hasta casa a él arrastre el morón.- Ellos en aquesto estando su marido que llegó: -¿Qué hacéis, la Blanca-niña, hija de padre traidor? -Señor, peino mis cabellos, peinolos con gran dolor, que me dejéis a mi sola y a los montes os vais vos. -Esa palabra, la niña, no era sino traición: ¿cuyo es aquel caballo que allá bajo relinchó? -Señor, era de mi padre, y envióoslo para vos. -¿Cuyas son aquellas armas que están en el corredor? -Señor, eran de mi hermano, y hoy os las envió. -¿ Cuya es aquella lanza, desde aquí la veo yo? -Tomalda, conde, tomalda, matadme con ella vos, que aquesta muerte, buen conde bien os la merezco yo.
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Romance de blanca-niña
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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Crucifixión
La luna pudo detenerse al fin por la curva blanquísima de los caballos. Un rayo de luz violenta que se escapaba de la herida proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto. La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban, pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos. Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas. Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca. Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos. Un sastre especialista en púrpura había encerrado a tres santas mujeres y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana. Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco, que lloraba porque al alba tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja. ¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina! ¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxíden los planetas! Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse. Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron: Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche. La muchedumbre cerraba las puertas y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros. Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de perdigones, dijeron los fariseos. Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo. Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida. Porque la luna lavó con agua las quemaduras de los caballos y no la niña viva que callaron en la arena. Entonces salieron los fríos cantando sus canciones y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del rio. Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita no nos dejará dormir, dijeron los fariseos, y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios mientras la sangre los seguía con un balido de cordero. Fue entonces y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.
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El uno     total menos plenicorrupto nones consentido apenas por el cero que al ido tiempo torna con sus catervas súcubos sexuales y su fauna de olvido El uno yo     subánima aunque insepulto intacto bajo sus multicriptas con trasfondos de arcadas que auto nutre sus ecos de sumo experto en nada mientras crece en abismo El uno solo     en uno res de azar que se orea ante la noche en busca de sus límites perros y tornasol lamido por innúmeros podres se interllaga lo oscuro de su yo todo uno crucipendiente sólo de sí mismo
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El uno nones
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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El desconocido
La noche nace en espejos de luto. Sombríos ramos húmedos ciñen su pecho y su cintura, su cuerpo azul, infinito y tangible. No la puebla el silencio: rumores silenciosos, peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen. La noche es verde, vasta y silenciosa. La noche es morada y azul. Es de fuego y es de agua. La noche es de mármol ***** y de humo. En sus hombros nace un río que se curva, una silenciosa cascada de plumas negras. La noche es un beso infinito de las tinieblas infinitas. Todo se funde en ese beso, todo arde en esos labios sin límites, y el nombre y la memoria son un poco de ceniza y olvido en esa entraña que sueña. Noche, dulce fiera, boca de sueño, ojos de llama fija y ávida, océano, extensión infinita y limitada como un cuerpo acariciado a oscuras, indefensa y voraz como el amor, detenida al borde del alba como un venado a la orilla del susurro o del miedo, río de terciopelo y ceguera, respiración dormida de un corazón inmenso, que perdona: el desdichado, el hueco, el que lleva por máscara su rostro, cruza tus soledades, a solas con su alma. Tu silencio lo llama, rozan su piel tus alas negras, donde late el olvido sin fronteras, mas él cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta, ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña. En su boca elocuente la mentira se anida, su corazón está poblado de fantasmas y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho. Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma. Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas, sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia, el muro del perdón o de la muerte. Pero su corazón aún abre las alas como un águila roja en el desierto. Suenan las flautas de la noche. El mundo duerme y canta. Canta dormido el mar; ojo que tiembla absorto, el cielo es un espejo donde el mundo se contempla, lecho de transparencia para su desnudez. Él marcha solo, infatigable, encarcelado en su infinito, como un solitario pensamiento, como un fantasma que buscara un cuerpo.
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No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. Un día los caballos vivirán en las tabernas y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, donde espera la dentadura del oso, donde espera la mano momificada del niño y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! Haya un panorama de ojos abiertos y amargas llagas encendidas. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. Ya lo he dicho. No duerme nadie. Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, abrid los escotillones para que vea bajo la luna las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
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Ciudad sin sueño (nocturno del brooklyn bridge)
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. Un día los caballos vivirán en las tabernas y las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, donde espera la dentadura del oso, donde espera la mano momificada del niño y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! Haya un panorama de ojos abiertos y amargas llagas encendidas. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. Ya lo he dicho. No duerme nadie. Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, abrid los escotillones para que vea bajo la luna las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.
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Este perro. Este perro. ¡Indescriptible! ¡Único! (¿Quién diría la forma, la intención, el tamaño de todas sus membranas, sus vértebras, sus células, sin olvidar su aliento, sus costumbres, sus lágrimas?) Este perro. Este perro, semejante a otros perros y a la vez tan distinto a su padre, a su madre, sus hermanos, sus hijos, a los perros ya muertos, y a todos los que existen. Este perro increíble, con su hocico, su rabo, sus orejas, sus patas, inédito, viviente; modelado, compuesto a través de los siglos por un esfuerzo inmenso, constante, incomprensible, de creación, de armonía, de equilibrio, de ritmo. Este perro. Este perro, cotidiano, inaudito, que demuestra el milagro, que me acerca al misterio... que da ganas de hincarse, de romper una silla.
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Inagotable asombro
El hormiguero hace erupción. La herida abierta bortotea, espumea, se expande, se contrae. El sol a estas horas no deja nunca de bombear sangre, con las sienes hinchadas, la cara roja. Un niño -ignorante de que en un recodo de la pubertad lo esperan unas fiebres y un problema de conciencia- coloca con cuidado una piedrecita en la boca despellejada del hormiguero. El sol hunde sus picas en las jorobas del llano, humilla promontorios de basura. Resplandor desenvainado, los reflejos de una lata vacía -erguida sobre una pirámide de piltrafas- acuchillan todos los puntos del espacio. Los niños buscadores de tesoros y los perros sin dueño escarban el amarillo esplendor del pudridero. A trescientos metros la iglesia de San Lorenzo llama a misa de doce. Adentro, en el altar de la derecha, hay un santo pintado de azul y rosa. De su ojo izquierdo brota un enjambre de insectos de alas grises, que vuelan en línea recta hacia la cúpula y caen, hechos polvo, silencioso derrumbe de armaduras tocadas por la mano del sol. Silban las sirenas de las torres de las fábricas. Falos decapitados. Un pájaro vestido de ***** vuela en círculos y se posa en el único árbol vivo del llano. Después… No hay después. Avanzo, perforo grandes rocas de años, grandes masas de luz compacta, desciendo galerías de minas de arena, atravieso corredores que se cierran como labios de granito. Y vuelvo al llano, donde siempre es mediodía, donde un sol idéntico cae fijamente sobre un paisaje detenido. Y no acaban de caer las doce campanadas, ni de zumbar las moscas, ni de estallar en astillas este minuto que no pasa, que sólo arde y no pasa.
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Llano
El hormiguero hace erupción. La herida abierta bortotea, espumea, se expande, se contrae. El sol a estas horas no deja nunca de bombear sangre, con las sienes hinchadas, la cara roja. Un niño -ignorante de que en un recodo de la pubertad lo esperan unas fiebres y un problema de conciencia- coloca con cuidado una piedrecita en la boca despellejada del hormiguero. El sol hunde sus picas en las jorobas del llano, humilla promontorios de basura. Resplandor desenvainado, los reflejos de una lata vacía -erguida sobre una pirámide de piltrafas- acuchillan todos los puntos del espacio. Los niños buscadores de tesoros y los perros sin dueño escarban el amarillo esplendor del pudridero. A trescientos metros la iglesia de San Lorenzo llama a misa de doce. Adentro, en el altar de la derecha, hay un santo pintado de azul y rosa. De su ojo izquierdo brota un enjambre de insectos de alas grises, que vuelan en línea recta hacia la cúpula y caen, hechos polvo, silencioso derrumbe de armaduras tocadas por la mano del sol. Silban las sirenas de las torres de las fábricas. Falos decapitados. Un pájaro vestido de ***** vuela en círculos y se posa en el único árbol vivo del llano. Después… No hay después. Avanzo, perforo grandes rocas de años, grandes masas de luz compacta, desciendo galerías de minas de arena, atravieso corredores que se cierran como labios de granito. Y vuelvo al llano, donde siempre es mediodía, donde un sol idéntico cae fijamente sobre un paisaje detenido. Y no acaban de caer las doce campanadas, ni de zumbar las moscas, ni de estallar en astillas este minuto que no pasa, que sólo arde y no pasa.
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