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"pasajero" poems
La puerta como siempre abierta mi latido que mueve los ríos de sangre y tu al otro lado de la calle. Volverte a ver desato huracanes, lleno estos pulmones y amarro mis ilusiones. Volverte a ver fue pasajero, fue como un beso robado, una foto lejana. Estabas frente aquella puerta azul, donde te espere tantas noches, donde deje mi columna abandonada y el cuaderno de versos que los mortales no comprenden, pero que nuestro amor un día los vio nacer. Volverte a ver fue deseo fue odio, fue rabia, rabia de saber que no me puedo acercar por vergüenza, por falta de agallas por falta de palabras. ¿serán los versos el arma de un cobarde? y ¿me hace marica llorarte poemas? Volverte a ver fue inmenso y lleno de emoción fue recuerdo y también amor, fue sentir al sol abrazándome mientras me decía que aún puedo respirar. Y que sin dolor no existió amor... no existió aquella criatura de rubí.
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May 16, 2017
May 16, 2017 at 2:41 AM UTC
Volverte ver
Llega el invierno. Espléndido dictado me dan las lentas hojas vestidas de silencio y amarillo. Soy un libro de nieve, una espaciosa mano, una pradera, un círculo que espera, pertenezco a la tierra y a su invierno. Creció el rumor del mundo en el follaje, ardió después el trigo constelado por flores rojas como quemaduras, luego llegó el otoño a establecer la escritura del vino: todo pasó, fue cielo pasajero la copa del estío, y se apagó la nube navegante. Yo esperé en el balcón tan enlutado, como ayer con las yedras de mi infancia, que la tierra extendiera sus alas en mi amor deshabitado. Yo supe que la rosa caería y el hueso del durazno transitorio volvería a dormir y a germinar: y me embriagué con la copa del aire hasta que todo el mar se hizo nocturno y el arrebol se convirtió en ceniza. La tierra vive ahora tranquilizando su interrogatorio, extendida la piel de su silencio. Yo vuelvo a ser ahora el taciturno que llegó de lejos envuelto en lluvia fría y en campanas: debo a la muerte pura de la tierra la voluntad de mis germinaciones.
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Jardín de invierno
Transeúnte No vale la pena lo que veo. Las vitrinas las mujeres de pintadas cabelleras los objetos del deseo sus perfumes se alían con el humo del progreso. Aromas de cloaca en las esquinas. Y tus pasos pasajero condenado a transitar estas aceras. Tú te has vuelto a su medida. Transeúnte yo diría que eres uno con ellas. El reloj da la hora incorrecta. Da la hora al transeúnte que bien sabe adonde va aunque ignora para qué él que nace en el engaño él que insiste circulando en la mentira una vez en la grande y después en la pequeña y repetida. Este rostro sin alma ¿sabe acaso a quién sirve? esa boca sin verbo ¿sabe acaso quien la mueve? ¿Transeúnte no lo sabes? ¿Has notado transeúnte tus cadenas? ¿Has oído de la cumbre? ¿Has oído del abismo? ¿Has oído de la fuente del agua de la vida? ¿No la tienes al alcance de la mano? Ya lo sé: la ciudad te ha hecho así la ciudad que eres tú y que soy yo. Aprendiste y la ciudad está contenta. Eres tú lo que aprendiste. ¿Ya no sientes transeúnte tus cadenas? Porque sabes pasajero la vida y la ciudad son más extrañas mucho más de lo que piensas en su caso más llenas de encanto pero también más terribles. ¿No te sientes solitario? Transeúnte ¿me estás escuchando? ¿No te sientes extranjero? Ciudadano si yo te dijera que muy bajo las aceras cubierta por siete cortezas las más duras las más densas allí aguarda la perla en el núcleo de tu alma en el centro de la tierra. Pero dime transeúnte si me entiendes: yo quisiera proponerte hacer un cielo un cielo hacer de estas calles hacer hombres de las bestias de nosotros ciudadanos hacer buscadores de la perla. Yo quisiera hacerte un cielo con mucho silencio a lo más con música de Händel de Vivaldi de Bach o de Corelli. Un cielo sin tanta agitación con calles lavadas por una sonrisa que nunca se aleja. ¿Te entusiasma transeúnte? ¿Hacer oro de la piedra te entusiasma y del círculo un cuadrado y del agua del Mapocho agua de la vida? Nos veríamos cambiados nuestros pasos sanarían las aceras. ¿Un cielo te parece inalcanzable? Un cielo parecido al paraíso. ¿Transeúnte ciudadano pasajero transeúnte te entusiasma mi proyecto?
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Dec 6, 2011
Dec 6, 2011 at 6:03 PM UTC
Transeúnte (XII)
Transeúnte No vale la pena lo que veo. Las vitrinas las mujeres de pintadas cabelleras los objetos del deseo sus perfumes se alían con el humo del progreso. Aromas de cloaca en las esquinas. Y tus pasos pasajero condenado a transitar estas aceras. Tú te has vuelto a su medida. Transeúnte yo diría que eres uno con ellas. El reloj da la hora incorrecta. Da la hora al transeúnte que bien sabe adonde va aunque ignora para qué él que nace en el engaño él que insiste circulando en la mentira una vez en la grande y después en la pequeña y repetida. Este rostro sin alma ¿sabe acaso a quién sirve? esa boca sin verbo ¿sabe acaso quien la mueve? ¿Transeúnte no lo sabes? ¿Has notado transeúnte tus cadenas? ¿Has oído de la cumbre? ¿Has oído del abismo? ¿Has oído de la fuente del agua de la vida? ¿No la tienes al alcance de la mano? Ya lo sé: la ciudad te ha hecho así la ciudad que eres tú y que soy yo. Aprendiste y la ciudad está contenta. Eres tú lo que aprendiste. ¿Ya no sientes transeúnte tus cadenas? Porque sabes pasajero la vida y la ciudad son más extrañas mucho más de lo que piensas en su caso más llenas de encanto pero también más terribles. ¿No te sientes solitario? Transeúnte ¿me estás escuchando? ¿No te sientes extranjero? Ciudadano si yo te dijera que muy bajo las aceras cubierta por siete cortezas las más duras las más densas allí aguarda la perla en el núcleo de tu alma en el centro de la tierra. Pero dime transeúnte si me entiendes: yo quisiera proponerte hacer un cielo un cielo hacer de estas calles hacer hombres de las bestias de nosotros ciudadanos hacer buscadores de la perla. Yo quisiera hacerte un cielo con mucho silencio a lo más con música de Händel de Vivaldi de Bach o de Corelli. Un cielo sin tanta agitación con calles lavadas por una sonrisa que nunca se aleja. ¿Te entusiasma transeúnte? ¿Hacer oro de la piedra te entusiasma y del círculo un cuadrado y del agua del Mapocho agua de la vida? Nos veríamos cambiados nuestros pasos sanarían las aceras. ¿Un cielo te parece inalcanzable? Un cielo parecido al paraíso. ¿Transeúnte ciudadano pasajero transeúnte te entusiasma mi proyecto?
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Amor, una pregunta te ha destrozado. Yo he regresado a ti desde la incertidumbre con espinas. Te quiero recta como la espada o el camino. Pero te empeñas en guardar un recodo de sombra que no quiero. Amor mío, compréndeme, te quiero toda, de ojos a pies, a uñas, por dentro, toda la claridad, la que guardabas. Soy yo, amor mío, quien golpea tu puerta. No es el fantasma, no es el que antes se detuvo en tu ventana. Yo echo la puerta abajo: yo entro en toda tu vida: vengo a vivir en tu alma: tú no puedes conmigo. Tienes que abrir puerta a puerta, tienes que obedecerme, tienes que abrir los ojos para que busque en ellos, tienes que ver cómo ando con pasos pesados por todos los caminos que, ciegos, me esperaban. No me temas, soy tuyo, pero no soy el pasajero ni el mendigo, soy tu dueño, el que tú esperabas, y ahora entro en tu vida, para no salir más, amor, amor, amor, para quedarme.
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La pregunta
Me pides que me orille, hacia el contorno del sitio me estaciono en la sombra, en la cadencia de tus pensamientos en un latido te descubres, se sienten tus ojos como espejos como reflejo de explosiones que a mí, me descubren el juego me tocas la sien con tus manos, calmando ansiedad de veneno respiras de cerca y en tus ojos, dibujas el plan que me descubre que me redime con furia en tu sirviente de instinto con movimientos despacios, recorro el altar de tu cuerpo tu piel dorada es atacada por vientos que se apropian no te importa el invierno, pues tu calor de locura nos llena el espacio de rojos, de suciedades que borran que destierran las reglas que nos impiden ahogarnos enajenar los impulsos con vanidades lascivas tus movimientos que sobran, que satisfacen tu ego a mí no me importa, estás encima de mi cuerpo yo sólo me limito a observarte, a tocarte los espacios aquellos lugares que buscan que los levante del sueño.
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Sep 5, 2012
Sep 5, 2012 at 12:31 AM UTC
Pasajero
Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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El tren expreso
Los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. Sobre la cresta de los peñones, vestidas de primera comunión, las casas de los aldeanos se arrodillan a los pies de la iglesia, se aprietan unas a otras, la levantan como si fuera una custodia, se anestesian de siesta y de repiqueteo de campana. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. A veces "suele" acontecer que precisamente allí se encuentra una estación. ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las catorce horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje. Campos de piedra, de donde las vides sacan una mano amenazante de bajo tierra. Jamelgos que llevan una vida de asceta, con objeto de entrar en la plaza de toros. Chanchos enloquecidos de flacura que se creen una Salomé porque tienen las nalgas muy rosadas. En los compartimentos de primera, las butacas nos atornillan sus elásticos y nos descorchan un riñón, en tanto que las arañas realizan sus ejercicios de bombero alrededor de la lamparilla que se incendia en el techo. A riesgo de que el viaje termine para siempre, la locomotora hace pasar las piedras a diez y seis kilómetros, y cuando ya no puede más, se detiene, jadeante. ¿Llegaremos al alba, o mañana al atardecer...? A través de la borra de las ventanillas. el crepúsculo espanta a los rebaños de sombras que salen de abajo de las rocas mientras nos vamos sepultando en una luz de catacumba. Se oye: el canto de las mujeres que mondan las legumbres del puchero de pasado mañana; el ronquido de los soldados que, sin saber por qué, nos trae la seguridad de que se han sacado los botines; los números del extracto de lotería, que todos los pasajeros aprenden de memoria. pues en los quioscos no han hallado ninguna otra cosa para leer. ¡Si al menos pudiéramos arrimar un ojo a alguno de los agujeritos que hay en el cielo! ¡Campanas! ¡Silbidos! ¡Gritos!; y el maquinista, que se despide siete veces del jefe de la estación; y el loro, que es el único pasajero que protesta por las veintisiete horas de retardo; y las chicas que vienen a ver pasar el tren porque es lo único que pasa. De repente, los vagones resbalan sobre los trastes de la vía, para cantar en sus dos cuerdas la reciedumbre del paisaje.
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La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y alma quieta, ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta. En vano ayer engendrará un mañana vacío y por ventura pasajero. Será un joven lechuzo y tarambana, un sayón con hechuras de bolero, a la moda de Francia realista un poco al uso de París pagano y al estilo de España especialista en el vicio al alcance de la mano. Esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste; esa España inferior que ora y embiste, cuando se digna usar la cabeza, aún tendrá luengo parto de varones amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras; florecerán las barbas apostólicas, y otras calvas en otras calaveras brillarán, venerables y católicas. El vano ayer engendrará un mañana vacío y ¡por ventura! pasajero, la sombra de un lechuzo tarambana, de un sayón con hechuras de bolero; el vacuo ayer dará un mañana huero. Como la náusea de un borracho ahíto de vino malo, un rojo sol corona de heces turbias las cumbres de granito; hay un mañana estomagante escrito en la tarde pragmática y dulzona. Mas otra España nace, la España del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza. Una España implacable y redentora, España que alborea con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea.
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El mañana efímero
¿Cómo se encuentra, compañero? No me conteste, lo prefiero. Hablemos de cosas triviales Lo que dure este sendero. ¿Pero cómo se encuentra por dentro? Digo, desde nuestro último encuentro. *(ya sé Se encuentra triste, es cierto.)* ¿Cómo se encuentra, compañero? Si es que entiende a qué me refiero. A ese sentimiento que le duele   pero se irá,  es pasajero.
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Nov 17, 2013
Nov 17, 2013 at 2:57 PM UTC
Palabras que hacen compañía.
Hay que volar en este tiempo, a dónde? Sin alas, sin avión, volar sin duda: ya los pasos pasaron sin remedio, no elevaron los pies del pasajero. Hay que volar a cada instante como las águilas, las moscas y los días, hay que vencer los ojos de Saturno y establecer allí nuevas campanas. Ya no bastan zapatos ni caminos, ya no sirve la tierra a los errantes, ya cruzaron la noche las raíces, y tú aparecerás en otra estrella determinadamente transitoria convertida por fin en amapola.
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Soneto xcvii
Mi madre tuve en ásperas montañas, Si inútil con la edad soy seco leño, Mi sombra fue regalo a más de un sueño, Supliendo al jornalero las cabañas. Del viento desprecié sonoras sañas Y al encogido Invierno cano ceño, Hasta que a la segur villano dueño Dio licencia de herirme las entrañas. Al mar di remos, a la patria fría De los granizos, vela; fui ligero Tránsito a la soberbia y osadía. ¡Oh amigo caminante!, ¡oh pasajero!, Dile blandas palabras este día Al polvo de Jasón, mi marinero.
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Sepulcro de jasón, el argonauta. habla en él un pedazo de la entena de su nave, en cuya figura se supone está prosopopeya
Ya, desengaño mío, llegasteis al extremo que pudo en vuestro ser verificar el serlo.     Todo los habéis perdido; mas no todo, pues creo que aun a costa es de todo barato el escarmiento.     No envidiaréis de amor los gustos lisonjeros: que está un escarmentado muy remoto del riesgro.     El no esperar alguno me sirve de consuelo; que también es alivio el no buscar remedio.     En la pérdida misma los alivios encuentro: pues si perdi el tesoro, también se perdió el miedo.     No tener qué perder me sirve de sosiego; que no teme ladrones, desnudo, el pasajero.     Ni aun la libertad misma tenerla por bien quiero: que luego será daño si por tal la poseo.     No quiero más cuidados de bienes tan inciertos, sino tener el alma como que no la tengo.
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Endechas
¡Ya! Prepare the barco, Empújalo through the scrub. ‘It’s not much further now,' His voice sugar-coated with expectation: The flap of the jib, the slippery release into El agua negra. Summer sun has baked the avenue of grasses Into wiry nests. ‘Do not open the gate,' he fulminates. Waiting for the tren to pass The gaze of the pasajero Picks him out against the lights. Wait, cross, check, shut the gate like you kiss A un niño. She pulls truculentemente against his bodyweight, The smell of greased wheels Mixes with the **** of ducks and burgers. Canta ella: ‘It’s many the time I’ve sung this song, Though the wind blows like a gale’. How many more times can he set sail? Before he is buried in the fango And the sea shanty disintegrates Into the Trees?
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Dec 29, 2020
Dec 29, 2020 at 2:35 PM UTC
B A R C O
Cuando el arroz retira de la tierra los granos de su harina, cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos, a la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo, para tocar el mar innumerable de lo que continúa. Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea como en una cuna de nácar combatido: no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos, no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas por el ronco pecíolo de la campana repentina, no puede ser, no soy el pasajero bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan y rígidas retornan las olas del tiempo a morir. Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla y en su fermento espeso de cal y sangre vive agosto, vive el mes extraído de su copa profunda: con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece: la raíz y la pluma que mañana formarán la espesura. Nunca declina, ni junto al balcón de manos de hierro ni en el invierno marítimo de los abandonados, ni en mi paso tardío, el crecimento inmenso de la gota, ni el párpado que quiere ser abierto: porque para nacer he nacido, para encerrar el paso de cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso. Vidas recostadas junto a mi traje como palomas paralelas, o contenidas en mi propia existencia y en mi desordenado sonido para volver a ser, para incautar el aire desnudo de la hoja y el nacimiento húmedo de la tierra en la guirnalda: hasta cuándo debo volver y ser, hasta cuándo el olor de las más enterradas flores, de las olas más trituradas sobre las altas piedras, guardan en mí su patria para volver a ser furia y perfume? Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia me avecina con todas sus agujas para tejer los altos besos del follaje?                                                         Otra vez escucho aproximarse como el fuego en el humo, nacer de la ceniza terrestre, la luz llena de pétalos,                                   y apartando la tierra en un río de espigas llega el sol a mi boca como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.
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Naciendo en los bosques
Cuando el arroz retira de la tierra los granos de su harina, cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos, a la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo, para tocar el mar innumerable de lo que continúa. Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea como en una cuna de nácar combatido: no tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos, no despierto en el golpe de las tinieblas asustadas por el ronco pecíolo de la campana repentina, no puede ser, no soy el pasajero bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan y rígidas retornan las olas del tiempo a morir. Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla y en su fermento espeso de cal y sangre vive agosto, vive el mes extraído de su copa profunda: con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece: la raíz y la pluma que mañana formarán la espesura. Nunca declina, ni junto al balcón de manos de hierro ni en el invierno marítimo de los abandonados, ni en mi paso tardío, el crecimento inmenso de la gota, ni el párpado que quiere ser abierto: porque para nacer he nacido, para encerrar el paso de cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso. Vidas recostadas junto a mi traje como palomas paralelas, o contenidas en mi propia existencia y en mi desordenado sonido para volver a ser, para incautar el aire desnudo de la hoja y el nacimiento húmedo de la tierra en la guirnalda: hasta cuándo debo volver y ser, hasta cuándo el olor de las más enterradas flores, de las olas más trituradas sobre las altas piedras, guardan en mí su patria para volver a ser furia y perfume? Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia me avecina con todas sus agujas para tejer los altos besos del follaje?                                                         Otra vez escucho aproximarse como el fuego en el humo, nacer de la ceniza terrestre, la luz llena de pétalos,                                   y apartando la tierra en un río de espigas llega el sol a mi boca como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.
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Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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El niño de la noche
Riéndose, burlándose con claridad del día, se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces. No quise más la luz. ¿Para qué?  No saldría más de aquellos silencios y aquellas lobregueces. Quise ser... ¿Para qué?... Quise llegar gozoso al centro de la esfera de todo lo que existe. Quise llevar la risa como lo más hermoso. He muerto sonriendo serenamente triste. Niño dos veces niño: tres veces venidero. Vuelve a rodar por ese mundo opaco del vientre. Atrás, amor. Atrás, niño, porque no quiero salir donde la luz su gran tristeza encuentre. Regreso al aire plástico que alentó mi inconsciencia. Vuelvo a rodar, consciente del sueño que me cubre. En una sensitiva sombra de transparencia, en un íntimo espacio rodar de octubre a octubre. Vientre: carne central de todo lo existente. Bóveda eternamente si azul, si roja, oscura. Noche final en cuya profundidad se siente la voz de las raíces y el soplo de la altura. Bajo tu piel avanzo, y es sangre la distancia. Mi cuerpo en una densa constelación gravita. El universo agolpa su errante resonancia allí, donde la historia del hombre ha sido escrita. Mirar, y ver en torno la soledad, el monte, el mar, por la ventana de un corazón entero que ayer se acongojaba de no ser horizonte abierto a un mundo menos mudable y pasajero. Acumular la piedra y el niño para nada: para vivir sin alas y oscuramente un día. Pirámide de sal temible y limitada, sin fuego ni frescura. No. Vuelve, vida mía. Mas, algo me ha empujado desesperadamente. Caigo en la madrugada del tiempo, del pasado. Me arrojan de la noche. Y ante la luz hiriente vuelvo a llorar desnudo, como siempre he llorado.
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Ya la verde cigarra yace aquí, pasajero, Que por dos estaciones nutriose en el sembrado y cuya ala vibrante bajo su pie dentado, zumbaba en los citizos y pinos del otero. La lira de los bosques desde el albor primero, la Musa de los surcos y el trigal, ha callado; para que el sueño suyo no vaya a ser turbado, sé muy leve sobre ella y prosigue ligero. En medio del tomillo reposa solitaria. Fue erigida hace poco su piedra funeraria. ¡No termina de muchos así el vivir sombrío! Un niño en esa tumba desconsolado llora, y en esa tumba deja compasiva la Aurora libación cada día de gotas de rocío.
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Epigrama funerario
Señor, Dios mío: no vayas a querer desfigurar mi pobre cuerpo, pasajero más que la espuma del mar. Ni me des enfermedad larga en mi carne, que fue la carga de la nave de los hechizos, del dolor el aposento y la genuflexión verídica de tu trágico pavimento. No me hieras ningún costado, no me castigues a mi cuerpo por haber vivido endiosado ante la Naturaleza y frente a los vertebrales espejos de la belleza. Yo reconozco mi osadía de haber vivido profesando la moral de la simetría. Amé los talles zalameros y el virginal sacrificio; amé los ojos pendencieros y las frentes en armisticio. No tengo miedo de morir, porque probé de todo un poco, y el frenesí del pensamiento todavía no me vuelve loco. Mas con el pie en el estribo imploro rápida agonía en mi final hostería. Para que me encomiende a Dios, en la hostería, una muchacha, con su peinado de bandós; y que de ir por los caminos tenga la carne de luz de los peroles cristalinos. Y que en sus manos, inundadas de luz, mi vida quede rota en un tiempo de gavota.
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Gavota
Al pasar por un pueblo, de viaje, A caballo, ante luz esplendorosa, ¿En reja, entre claveles y follaje, Bordar no has visto a pueblerina hermosa? Y ante esa viva flor de oculto valle, Entre cámbulos rojos olvidada, ¿No te has devuelto a repasar la calle, Por llevarte la luz de una mirada? Tal vez una sonrisa, al pasajero De un instante, que sigue por la vida Pensando en los reposos del sendero En aquella beldad desconocida. ¡Cuántas veces después, triste, cansado El corazón, al peso de crueles Y hondas penas, habremos evocado La ventana de un día entre claveles!
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De viaje
Te miraba acostada con mis ojos de bueno, tus ojos aprendían lentamente a soñar, y tu sueño iba a otro, a tu amor en estreno, embriagado de fuga, de capricho y de azar. Me tomaste una mano para palpar tu seno, tu corazón latía con el mío a la par: el tuyo acelerado por un amor ajeno, mi corazón tan cerca, sin poderlo alcanzar. Así dejé de amarte y empecé a comprenderte. Sentí que me tocaba como un roce de muerte, un dolor voluptuoso, pasajero y ****** Y mientras me veías mansamente a tu lado, yo escapaba en silencio, para siempre alejado. ¡Aunque esta misma noche te vuelva a desnudar!
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Soneto en la alcoba