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"oprime" poems
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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El seminarista de los ojos negros
Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje ***** que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla:  -¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete ***** Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo.Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...
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Se me va de los dedos la caricia sin causa, se me va de los dedos... En el viento, al pasar, la caricia que vaga sin destino ni objeto, la caricia perdida ¿quién la recogerá? Pude amar esta noche con piedad infinita, pude amar al primero que acertara a llegar. Nadie llega. Están solos los floridos senderos. La caricia perdida, rodará... rodará... Si en los ojos te besan esta noche, viajero, si estremece las ramas un dulce suspirar, si te oprime los dedos una mano pequeña que te toma y te deja, que te logra y se va. Si no ves esa mano, ni esa boca que besa, si es el aire quien teje la ilusión de besar, oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos, en el viento fundida, ¿me reconocerás?
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La caricia perdida
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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Adúltera
Tienes, como Luzbel, formas tan bellas, Que eí hombre olvida al verte, enamorado, Que son tus ojos negros dos estrellas Veladas por la sombra del pecado. Y no turbas, hipócrita, el reposo Del pobre hogar con que tu falta escudas, Porque a besar te atreves al esposo, Como besara a Jesucristo Judas. ¡Aun sus flores te dan las primaveras, Y ya tienes el alma envilecida! Ya llegarás a ver, aunque no quieras, El horizonte oscuro de tu vida. Desdeñas los sagrados embelesos Del casto hogar de la mujer honrada, Y audaz ostentas, al vender tus besos, Las llamas del infierno en tu mirada. Manchas el suelo que tu planta pisa, Y manchas lo que tocas con tu mano. Te dio Lucrecia Borgia su sonrisa, Y Mesalina su perfil romano. Brota el deleite de tus labios rojos; Se aparta la virtud a tu presencia, Porque negras, más negras que tus ojos, Tienes, mujer, el alma y la conciencia. Rosas de abril parecen tus mejillas, Mármol de Paros tu ondulante seno; Mas ¡ay! que tan excelsas maravillas Son de barro no más, no más de cieno. Reina del mal, tú tienes por diadema La infamia, que con nada se redime. ¿El pudor? ¡Es un ascua que te quema! ¿El deber? ¡Es un yugo que te oprime! Tienen las gracias con que al mundo halagas, Precio vil en mercados repugnantes; ¡Y te envaneces de cubrir tus llagas Con seda recamada de brillantes! En este siglo en que el honor campea, No te ha de perdonar ni el vulgo necio. Hieren más que las piedras de Judea Los dardos de la burla y del desprecio. Mañana, enferma, pobre, abandonada, De la mundana compasión proscrita; El Honor, cuando mueras humillada, Sobre tu losa escribirá: ¡Maldita!
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¿Quién te verá, ciudad de manzanilla, amorosa ciudad, la ciudad más esbelta, que encima de una torre llevas puesto: Sevilla? Dolor a rienda suelta: la ciudad de cristal se empaña, cruje. Un tormentoso toro da una vuelta al horizonte y al silencio, y muge. Detrás del toro, al borde de su ruina, la ciudad que viviera bajo una cabellera de mujer soleada, sobre una perfumada cabellera, la ciudad cristalina yace pisoteada. Una bota terrible de alemanes poblada hunde su marca en el jazmín ligero, pesa sobre el naranjo aleteaste: y pesa y hunde su talón grosero un general de vino desgarrado, de lengua pegajosa y vacilante, de bigotes de alambre groseramente astado. Mirad, oíd: mordiscos en las rejas, cepos contra las manos, horrores reluciendo por las cejas, luto en las azoteas, muerte en los sevillanos. Cólera contenida por los gestos, carne despedazada ante la soga, y lágrimas ocultas en los tiestos, en las roncas guitarras donde un pueblo se ahoga. Un clamor de oprimidos, de huesos que exaspera la cadena, de tendones talados, demolidos por un cuchillo siervo de una hiena. Se nubló la azucena, la airosa maravilla: patíbulos y cárceles degüellan los gemidos, la juventud, el aire de Sevilla. Amordazado el ruiseñor, desierto el arrayán, el día deshonrado, tembloroso el cancel, el patio muerto y el surtidos, en medio, degollado. ¿Qué son las sevillanas de claridad radiante y penumbrosa? Mantillas mustias, mustias porcelanas violadas a la orilla de la fosa. Con angustia y claveles oprime sus ventanas la población de abril. La cal se altera eclipsada con rojo zumo humano. Guadalquivir, Guadalquivir, espera: ¡no te lleves a tanto sevillano!
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Visión de sevilla
¿Quién te verá, ciudad de manzanilla, amorosa ciudad, la ciudad más esbelta, que encima de una torre llevas puesto: Sevilla? Dolor a rienda suelta: la ciudad de cristal se empaña, cruje. Un tormentoso toro da una vuelta al horizonte y al silencio, y muge. Detrás del toro, al borde de su ruina, la ciudad que viviera bajo una cabellera de mujer soleada, sobre una perfumada cabellera, la ciudad cristalina yace pisoteada. Una bota terrible de alemanes poblada hunde su marca en el jazmín ligero, pesa sobre el naranjo aleteaste: y pesa y hunde su talón grosero un general de vino desgarrado, de lengua pegajosa y vacilante, de bigotes de alambre groseramente astado. Mirad, oíd: mordiscos en las rejas, cepos contra las manos, horrores reluciendo por las cejas, luto en las azoteas, muerte en los sevillanos. Cólera contenida por los gestos, carne despedazada ante la soga, y lágrimas ocultas en los tiestos, en las roncas guitarras donde un pueblo se ahoga. Un clamor de oprimidos, de huesos que exaspera la cadena, de tendones talados, demolidos por un cuchillo siervo de una hiena. Se nubló la azucena, la airosa maravilla: patíbulos y cárceles degüellan los gemidos, la juventud, el aire de Sevilla. Amordazado el ruiseñor, desierto el arrayán, el día deshonrado, tembloroso el cancel, el patio muerto y el surtidos, en medio, degollado. ¿Qué son las sevillanas de claridad radiante y penumbrosa? Mantillas mustias, mustias porcelanas violadas a la orilla de la fosa. Con angustia y claveles oprime sus ventanas la población de abril. La cal se altera eclipsada con rojo zumo humano. Guadalquivir, Guadalquivir, espera: ¡no te lleves a tanto sevillano!
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Yo también... ¡Sí! Yo tengo -¿por qué no confesarlo?- un pequeño fantasma, un duende de familia. No vaya a suponerse que mi pequeño duende sea un fantasma hierático, espectral, de castillo; uno de esos fantasmas que arrastran el espanto entre viejas panoplias y gritos coagulados, o delatan incestos dentro de una armadura. cuando el silencio calza las funerarias mallas con que a Hamlet le place pasearse entre las tumbas. Mi fantasma es doméstico, recatado, apacible. Jamás le he sorprendido actitudes de almena, ni lo he visto hospedarse en la caja de un péndulo, para que sus entrañas se pueblen de latidos. Cotidiano, tranquilo, modesto, de bolsillo, mi pequeño fantasma no ahuyenta los retratos, ni adopta almas de piedra o heráldicas posturas. Tal cual es, sin embargo, engalana mis noches y es el único lujo de mis horas vacías. Ya sé que con frecuencia revuelve mis papeles, esconde alguna carta, empaña mis anteojos, me humilla al obligarme a buscar los gemelos debajo de la cómoda, me esconde la boquilla; pero es él quien mitiga la fiebre del insomnio, quien impide que pierdan el compás las canillas, quien oprime las llagas de las puertas pintadas y conforta el silencio, la soledad, el frío, al pasear por los cuartos su incorpórea presencia de fantasma benigno, de duende que vigila las sombras y los ruidos.
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Confidencia prosaica
Muchachuelo de brazos cetrinos Que vas con tu cesta, Rebosando naranjas pulidas De un caliente color ambarino; Muchachuelo que fuiste a las chacras Y a los árboles amplios trepaste Como yo me trepaba cuando era Una libre chicuela salvaje; Ven acá muchachuelo; yo ansío Que me vuelques tu cesta en la falda. Pide el precio mas alto que quieras. ¡Ah, qué bueno el olor a naranjas! A mi pueblo distante y tranquilo, Naranjales tan prietos rodean, Que en Agosto semeja de oro Y en Diciembre de azahares blanquea. Me críe respirando ese aroma Y aún parece que corre en mi sangre. Naranjitas pequeñas y verdes Siendo niña, enhebraba en collares. Después, lejos llevóme la vida. Me he tornado tristona y pausada. ¡Qué nostalgia tan honda me oprime Cuándo siento el olor a naranjas! Si a otro pago muy lejos del tuyo, Indiecito, algún día te llevan, Y no eres feliz, y suspiras Por volver a tu vieja querencia, Y una tarde en un soplo de viento El sabor a tus montes te asalta, ¡Ya sabrás, indiecito asombrado, Lo que es la palabra "nostalgia".
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El vendedor de naranjas
Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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Casi égloga
Con las primeras luces de la aurora viene el lechero a la contigua casa. Se acercan tintineando las esquilas de un par de vacas con sus ternerillos y un ruido seco, familiar, menudo, hacen contra la piedra las pezuñas. Con tanta claridad veo la escena como si fuera de cristal mi cuarto. Llega el lechero y su impaciente dedo oprime el timbre repetidas veces. De pronto siento sobre mi cabeza en el piso de arriba caer dos pies: Dos pies desnudos, firmes, decididos, que al arrojarse de la cama al suelo subir han hecho por las finas piernas un estremecimiento delicioso. Es Amarilis, la mayor, que tiene nombre de hierbas, para mi alegría. Apartando las crías, implacable, ha empezado a ordeñar el de la boina. El hilo blanco de la henchida ubre a la vasija de metal apunta y al rebotar en el estrecho fondo levanta un eco cantarín que luego al crecer de la espuma se ensordece. Ya baja apresurada la escalera, frotándose los ojos, mi vecina. Debe estar hermosa con el pelo todo aplastado aún de la almohada y con las leves ropas del estío puestas, al despertar, de cualquier forma. No atina a abrir la complicada puerta, tiene las manos flojas, como torpes, de ese segundo sueño que persiste por la mañana en los dormidos miembros. Oigo un doble ¡buen día! Y a la jarra que presenta Amarilis, el buen vasco trasiega poco a poco el dulce líquido mientras envuelve a la turbada niña en un mirar jocundo y prolongado. Se oye de nuevo el tintinear de plata y el ruido de pezuñas que se aleja. Sube Amarilis diligentemente a hervir la leche para sus hermanos.
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Del sol muere el postrer lampo, Nube gris el cielo tizna, Y va cayendo en el campo                   La llovizna. En el crepúsculo quieto, Surcos abriendo en el barro, De amarilla mies repleto                   Pasa un carro. Lenta la noche a la aldea Desciende y las ondas mancha. Junto al muelle cabecea                   Vieja lancha. Radián luces vacilantes En callejas silenciosas, Bajo bandadas de errantes                   Mariposas. Cual fantasma do pavura Su ramazón casi escueta Alza un árbol, en la oscura                   Plazoleta. Desolación que da frío En esta angustiosa calina... ¡Soledad en torno mío                   Y en el alma! Desde el hotel del balneario En torno tiendo la vista. Mi corazón solitario                   Se contrista. Para que venga el olvido El alma ensueños ingenia. ¡Quién tu víctima no ha sido,                   Neurastenia! Se van borrando, borrando, En sombras los campos yermos. Las horas están contando                   Los enfermos. Una música que gime En un organillo empieza... ¡Cómo el corazón oprime                   La tristeza! Esa música... ¿Qué encanto De lejos viene a traerme? ¡Recuerdo bañado en llanto,                   Duerme, duerme! Y mañana... El mismo día Sin luz que en sombras irradie. Siempre gris melancolía...                   ¡Cerca... nadie! Se han ido muchos. A trechos. Hay cuartos solos, sombríos. ¡Honda tristeza de lechos                   Ya vacíos! Es fin de estación. Al valle Ya cayendo sombra leve. Nadie pasa por la calle...                   Llueve... Llueve.
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Fin de estación
Del sol muere el postrer lampo, Nube gris el cielo tizna, Y va cayendo en el campo                   La llovizna. En el crepúsculo quieto, Surcos abriendo en el barro, De amarilla mies repleto                   Pasa un carro. Lenta la noche a la aldea Desciende y las ondas mancha. Junto al muelle cabecea                   Vieja lancha. Radián luces vacilantes En callejas silenciosas, Bajo bandadas de errantes                   Mariposas. Cual fantasma do pavura Su ramazón casi escueta Alza un árbol, en la oscura                   Plazoleta. Desolación que da frío En esta angustiosa calina... ¡Soledad en torno mío                   Y en el alma! Desde el hotel del balneario En torno tiendo la vista. Mi corazón solitario                   Se contrista. Para que venga el olvido El alma ensueños ingenia. ¡Quién tu víctima no ha sido,                   Neurastenia! Se van borrando, borrando, En sombras los campos yermos. Las horas están contando                   Los enfermos. Una música que gime En un organillo empieza... ¡Cómo el corazón oprime                   La tristeza! Esa música... ¿Qué encanto De lejos viene a traerme? ¡Recuerdo bañado en llanto,                   Duerme, duerme! Y mañana... El mismo día Sin luz que en sombras irradie. Siempre gris melancolía...                   ¡Cerca... nadie! Se han ido muchos. A trechos. Hay cuartos solos, sombríos. ¡Honda tristeza de lechos                   Ya vacíos! Es fin de estación. Al valle Ya cayendo sombra leve. Nadie pasa por la calle...                   Llueve... Llueve.
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Es un horror sin nombre y un silencio profundo el día del pecado se amortajaba el mundo; y Adán, tras de cerrarse la puerta del Edén, viendo que Eva lloraba, dijo: -«No temas, ven, acércame tus labios y penetra en mi amor, y ofrécele a mi carne toda tu carne en flor. Ven y oprime mi pecho con tu pecho agitado, y aprende a amar la vida renovando el pecado. »¿Ves? Todo nos rechaza. Toda la creación repudia nuestro crimen, vibra de indignación: Dios retuerce los árboles con cólera funesta, como un vaho de fuego que cruza la floresta, y hace brotar volcanes y desborda los ríos; los astros se estremecen llenos de escalofríos, y el trueno y el relámpago turban la paz del cielo. Vamos... ¿Qué importa? Desata como un velo sobre el cuerpo desnudo tu hermosa cabellera; que arda el bosque a tu paso, que la espina te hiera, que el sol queme tu espalda, que te injurien los nidos, que el animal salvaje te acuse con rugidos, y que al ver como sangras en el zarzal, después se enmarañen serpientes hambrientas a tus pies… »Y no importa, no importa, pues si el amor te llena se ilumina el destierro, se perfuma la arena; y yo no puedo nada con este Edén perdido, pues me lo llevo todo con tu cuerpo querido. »Y aunque Dios destruyera la flor, el viento, el mar, todo renacería cantando en tu mirar; todo; rosas y estrellas; árboles y montañas, pues la vida infinita florece en tus entrañas; y, si las cosas mueren en torno a tu belleza, tú eres más poderosa que la Naturaleza, ahora que ya pecaste, ahora que eres mujer. »Bendito aquel momento cuando vi amanecer la vida en tu pecado y el amor en tu crimen. Ahora que Dios nos odia, los besos nos redimen; y, al amarte en la tierra, y al besarnos los dos, ¡la Tierra es más que el Cielo y el Hombre es más que Dios!»
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La alborada del amor
Es un horror sin nombre y un silencio profundo el día del pecado se amortajaba el mundo; y Adán, tras de cerrarse la puerta del Edén, viendo que Eva lloraba, dijo: -«No temas, ven, acércame tus labios y penetra en mi amor, y ofrécele a mi carne toda tu carne en flor. Ven y oprime mi pecho con tu pecho agitado, y aprende a amar la vida renovando el pecado. »¿Ves? Todo nos rechaza. Toda la creación repudia nuestro crimen, vibra de indignación: Dios retuerce los árboles con cólera funesta, como un vaho de fuego que cruza la floresta, y hace brotar volcanes y desborda los ríos; los astros se estremecen llenos de escalofríos, y el trueno y el relámpago turban la paz del cielo. Vamos... ¿Qué importa? Desata como un velo sobre el cuerpo desnudo tu hermosa cabellera; que arda el bosque a tu paso, que la espina te hiera, que el sol queme tu espalda, que te injurien los nidos, que el animal salvaje te acuse con rugidos, y que al ver como sangras en el zarzal, después se enmarañen serpientes hambrientas a tus pies… »Y no importa, no importa, pues si el amor te llena se ilumina el destierro, se perfuma la arena; y yo no puedo nada con este Edén perdido, pues me lo llevo todo con tu cuerpo querido. »Y aunque Dios destruyera la flor, el viento, el mar, todo renacería cantando en tu mirar; todo; rosas y estrellas; árboles y montañas, pues la vida infinita florece en tus entrañas; y, si las cosas mueren en torno a tu belleza, tú eres más poderosa que la Naturaleza, ahora que ya pecaste, ahora que eres mujer. »Bendito aquel momento cuando vi amanecer la vida en tu pecado y el amor en tu crimen. Ahora que Dios nos odia, los besos nos redimen; y, al amarte en la tierra, y al besarnos los dos, ¡la Tierra es más que el Cielo y el Hombre es más que Dios!»
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La tarde muere envuelta en su tristeza. Paisaje tierno para soñadoras miradas de mujer, exploradoras de su melancolía en la belleza. Danae apoya en sus manos la cabeza. El ambiente que el sol último dora es una leve, dulce y turbadora caricia que la oprime con pereza. Un pajarillo gris, desde una vana rama, canta a la tarde lenta y rosa. Oro de sol entra por la ventana y Danae, indiferente y ojerosa, siente el alma transida de desgana y se deja, pensando en otra cosa.
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Danae
Otra vez es la noche... Es el martillo de la fiebre en las sienes bien vendadas del niño. -Madre, ¡el pájaro amarillo! ¡Las mariposas negras y moradas! -Duerme, hijo mío. Y la manita oprime la madre, junto al lecho. -¡Oh flor de fuego! ¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime? Hay en la pobre alcoba olor de espliego; fuera la oronda luna que blanquea cúpula y torre a la ciudad sombría. Invisible avión moscardonea. -¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía? El cristal del balcón repiquetea. -¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!
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La muerte del niño herido
Te quiero, sí, te quiero. ¿Me has oído? Estoy loco por ti, loco perdido. Y hablo, y hablo, mas siempre, muy sincero, Sólo es para decirte que te quiero. ¡Te quiero! ¿Me has oído? ¡Dilo pronto! ¿y te ríes? ¿Acaso me ves aire de tonto? Pero ¿qué hacer entonces para que tú comprendas, Para que mis palabras sean claras, sin vendas?... Siempre lo que se dice parece tontería, Porque cuanto decimos suena a cosa vacía Busco, y busco algún modo, pero ¡tiempo perdido! Pues nunca a las palabras los besos han suplido. Algo el pecho me oprime cual si un sollozo fuera; Quiero explicarme, pero no encuentro la manera; Sólo llega a las almas lo que saber decimos, Y al través de palabras más o menos vivimos. Necesito palabras, y quiero, en ansia ardiente, y entre análisis frío, pesarlas en la mente. Es fuerza que te diga, que sepas lo que siento, Todo esto que confuso bulle en mi pensamiento; Mas ¿Cómo? Si lograra… si lograra en mi inquieta Tortura, hallar hermosas palabras de poeta, Mucho más te diría que esto que aquí sentado, Cerca de ti, te digo con labio balbuciente, Y que cien y mil veces repito emocionado: «¡Tú, siempre, amada mía!... Siempre tú, solamente».
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Expansiones