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"marido" poems
Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido.Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos. En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos, y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos. El almidón de su enagua me sonaba en el oído, como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos. Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido, y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.Pasadas las zarzamoras, los juncos y los espinos, bajo su mata de pelo hice un hoyo sobre el limo. Yo me quité la corbata. Ella se quitó el vestido. Yo el cinturón con revólver. Ella sus cuatro corpiños. Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, ni los cristales con luna relumbran con ese brillo. Sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar sin bridas y sin estribos. No quiero decir, por hombre, las cosas que ella me dijo. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido. Sucia de besos y arena yo me la llevé del río. Con el aire se batían las espadas de los lirios.Me porté como quien soy. Como un gitano legítimo. Le regalé un costurero grande de raso pajizo, y no quise enamorarme porque teniendo marido me dijo que era mozuela cuando la llevaba al río.
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La casada infiel
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Caballero sólo
Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, y las largas viudas que sufren el delirante insomnio, y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas, y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas, como un collar de palpitantes ostras sexuales rodean mi residencia solitaria, como enemigos establecidos contra mi alma, como conspiradores en traje de dormitorio que cambiaran largos besos espesos por consigna. El radiante verano conduce a los enamorados en uniformes regimientos melancólicos, hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas: bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna hay una continua vida de pantalones y polleras, un rumor de medias de seda acariciadas, y senos femeninos que brillan como ojos. El pequeño empleado, después de mucho, después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama, ha definitivamente seducido a su vecina, y la lleva a los miserables cinematógrafos donde los héroes son potros o príncipes apasionados, y acaricia sus piernas llenas de dulce vello con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo. Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos se unen como dos sábanas sepultándome, y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, y los animales fornican directamente, y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, y los primos juegan extrañamente con sus primas, y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, cumple con su deber conyugal, y desayuna, y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor sobre lechos altos y largos como embarcaciones: seguramente, eternamente me rodea este gran bosque respiratorio y enredado con grandes flores como bocas y dentaduras y negras raíces en forma de uñas y zapatos.
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Fue Cervantes quien relató con su pluma sabia la extraña historia de dos amigos florentinos que por amor forzaron sobre sí la desgracia al maniobrar con impertinencia y desatino en el ánima de una recogida muchacha. El esposo con el amigo la puso a prueba pidiéndole que a su mujer hiciera la corte sin prevenir el impertinente a dónde lleva la duda cuando no cuenta con ningún soporte. Y el que pretendía sólo simular amor para satisfacer al esposo empecinado y comprobar de la mujer lealtad y honor, termino, al fin, de sus virtudes enamorado. De tal modo que el marido quiso probar la honra colocándole acechanzas a la castidad de aquella desprevenida y sosegada esposa, las que fatalmente minaron su voluntad. Lo que comenzaron como una prueba fingida terminó en calamitoso engaño verdadero porque quien pone trampas a la luz y la vida termina transitando por oscuros senderos. (Jorge Gómez A.)
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Jun 21, 2012
Jun 21, 2012 at 5:22 PM UTC
LOS DOS AMIGOS
-Gerineldo, Gerineldo,   paje del rey más querido, quién te tuviera esta noche   en mi jardín florecido. Válgame Dios, Gerineldo,   cuerpo que tienes tan lindo. -Como soy vuestro criado,   señora, burláis conmigo. -No me burlo, Gerineldo,   que de veras te lo digo. -¿Y cuándo, señora mía,   cumpliréis lo prometido? -Entre las doce y la una   que el rey estará dormido. Media noche ya es pasada.   Gerineldo no ha venido. «¡Oh, malhaya, Gerineldo,   quien amor puso contigo!» -Abráisme, la mi señora,   abráisme, cuerpo garrido. -¿Quién a mi estancia se atreve,   quién llama así a mi postigo? -No os turbéis, señora mía,   que soy vuestro dulce amigo. Tomáralo por la mano   y en el lecho lo ha metido; entre juegos y deleites   la noche se les ha ido, y allá hacia el amanecer   los dos se duermen vencidos. Despertado había el rey   de un sueño despavorido. «O me roban a la infanta   o traicionan el castillo.» Aprisa llama a su paje   pidiéndole los vestidos: «¡Gerineldo, Gerineldo,   el mi paje más querido!» Tres veces le había llamado,   ninguna le ha respondido. Puso la espada en la cinta,   adonde la infanta ha ido; vio a su hija, vio a su paje   como mujer y marido. «¿Mataré yo a Gerineldo,   a quien crié desde niño? Pues si matare a la infanta,   mi reino queda perdido. Pondré mi espada por medio,   que me sirva de testigo.» Y salióse hacia el jardín   sin ser de nadie sentido. Rebullíase la infanta   tres horas ya el sol salido; con el frior de la espada   la dama se ha estremecido. -Levántate, Gerineldo,   levántate, dueño mío, la espada del rey mi padre   entre los dos ha dormido. -¿Y adónde iré, mi señora,   que del rey no sea visto? -Vete por ese jardín   cogiendo rosas y lirios; pesares que te vinieren   yo los partiré contigo. -¿Dónde vienes, Gerineldo,   tan mustio y descolorido? -Vengo del jardín, buen rey,   por ver cómo ha florecido; la fragancia de una rosa   la color me ha devaído. -De esa rosa que has cortado   mi espada será testigo. -Matadme, señor, matadme,   bien lo tengo merecido. Ellos en estas razones,   la infanta a su padre vino: -Rey y señor, no le mates,   mas dámelo por marido. O si lo quieres matar   la muerte será conmigo.
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Romance de gerineldo y la infanta
-Gerineldo, Gerineldo,   paje del rey más querido, quién te tuviera esta noche   en mi jardín florecido. Válgame Dios, Gerineldo,   cuerpo que tienes tan lindo. -Como soy vuestro criado,   señora, burláis conmigo. -No me burlo, Gerineldo,   que de veras te lo digo. -¿Y cuándo, señora mía,   cumpliréis lo prometido? -Entre las doce y la una   que el rey estará dormido. Media noche ya es pasada.   Gerineldo no ha venido. «¡Oh, malhaya, Gerineldo,   quien amor puso contigo!» -Abráisme, la mi señora,   abráisme, cuerpo garrido. -¿Quién a mi estancia se atreve,   quién llama así a mi postigo? -No os turbéis, señora mía,   que soy vuestro dulce amigo. Tomáralo por la mano   y en el lecho lo ha metido; entre juegos y deleites   la noche se les ha ido, y allá hacia el amanecer   los dos se duermen vencidos. Despertado había el rey   de un sueño despavorido. «O me roban a la infanta   o traicionan el castillo.» Aprisa llama a su paje   pidiéndole los vestidos: «¡Gerineldo, Gerineldo,   el mi paje más querido!» Tres veces le había llamado,   ninguna le ha respondido. Puso la espada en la cinta,   adonde la infanta ha ido; vio a su hija, vio a su paje   como mujer y marido. «¿Mataré yo a Gerineldo,   a quien crié desde niño? Pues si matare a la infanta,   mi reino queda perdido. Pondré mi espada por medio,   que me sirva de testigo.» Y salióse hacia el jardín   sin ser de nadie sentido. Rebullíase la infanta   tres horas ya el sol salido; con el frior de la espada   la dama se ha estremecido. -Levántate, Gerineldo,   levántate, dueño mío, la espada del rey mi padre   entre los dos ha dormido. -¿Y adónde iré, mi señora,   que del rey no sea visto? -Vete por ese jardín   cogiendo rosas y lirios; pesares que te vinieren   yo los partiré contigo. -¿Dónde vienes, Gerineldo,   tan mustio y descolorido? -Vengo del jardín, buen rey,   por ver cómo ha florecido; la fragancia de una rosa   la color me ha devaído. -De esa rosa que has cortado   mi espada será testigo. -Matadme, señor, matadme,   bien lo tengo merecido. Ellos en estas razones,   la infanta a su padre vino: -Rey y señor, no le mates,   mas dámelo por marido. O si lo quieres matar   la muerte será conmigo.
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En los solares de Burgos   a su Rodrigo aguardando, tan encinta está Jimena,   que muy cedo aguarda el parto; cuando demás dolorida   una mañana en disanto, bañada en lágrimas tiernas,   escribe al rey don Fernando: «A vos, el mi señor rey,   el bueno, el aventurado, el magno, el conquistador,   el agradecido, el sabio, la vuestra sierva Jimena,   fija del conde Lozano, desde Burgos os saluda,   donde vive lacerando. Perdonédesme señor,   que no tengo pecho falso, y si mal talante os tengo,   no puedo disimulallo. ¿Qué ley de Dios vos otorga   que podáis, por tiempo tanto como ha que fincáis en lides,   descasar a los casados? ¿Qué buena razón consiente   que a mi marido velado no le soltéis para mí   sino una vez en el año? Y esa vez que lo soltáis,   fasta los pies del caballo tan teñido en sangre viene,   que pone pavor mirallo; y no bien mis brazos toca   cuando se duerme en mis brazos, y en sueños gime y forcejea,   que cuida que está lidiando, y apenas el alba rompe,   cuando lo están acuciando las esculcas y adalides   para que se vuelva al campo. Llorando vos lo pedí   y en mi soledad cuidando de cobrar padre y marido,   ni uno tengo, ni otro alcanzo. Y como otro bien no tengo   y me lo habedes quitado, en guisa lo lloro vivo   cual si estuviese enterrado. Si lo facéis por honralle,   asaz Rodrigo es honrado, pues no tiene barba, y tiene   reyes moros por vasallos. Yo finco, señor, encinta,   que en nueve meses he entrado y me pueden empecer   las lágrimas que derramo.   Dad este escrito a las llamas,   non se fega de él palacio, que en malos barruntadores   no me será bien contado».
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Romance viii carta de doña jimena al rey
En los solares de Burgos   a su Rodrigo aguardando, tan encinta está Jimena,   que muy cedo aguarda el parto; cuando demás dolorida   una mañana en disanto, bañada en lágrimas tiernas,   escribe al rey don Fernando: «A vos, el mi señor rey,   el bueno, el aventurado, el magno, el conquistador,   el agradecido, el sabio, la vuestra sierva Jimena,   fija del conde Lozano, desde Burgos os saluda,   donde vive lacerando. Perdonédesme señor,   que no tengo pecho falso, y si mal talante os tengo,   no puedo disimulallo. ¿Qué ley de Dios vos otorga   que podáis, por tiempo tanto como ha que fincáis en lides,   descasar a los casados? ¿Qué buena razón consiente   que a mi marido velado no le soltéis para mí   sino una vez en el año? Y esa vez que lo soltáis,   fasta los pies del caballo tan teñido en sangre viene,   que pone pavor mirallo; y no bien mis brazos toca   cuando se duerme en mis brazos, y en sueños gime y forcejea,   que cuida que está lidiando, y apenas el alba rompe,   cuando lo están acuciando las esculcas y adalides   para que se vuelva al campo. Llorando vos lo pedí   y en mi soledad cuidando de cobrar padre y marido,   ni uno tengo, ni otro alcanzo. Y como otro bien no tengo   y me lo habedes quitado, en guisa lo lloro vivo   cual si estuviese enterrado. Si lo facéis por honralle,   asaz Rodrigo es honrado, pues no tiene barba, y tiene   reyes moros por vasallos. Yo finco, señor, encinta,   que en nueve meses he entrado y me pueden empecer   las lágrimas que derramo.   Dad este escrito a las llamas,   non se fega de él palacio, que en malos barruntadores   no me será bien contado».
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Lentamente venía la vaca bermeja, por el campo verde, todo lleno de agua; lentamente venía, los ojos muy tristes, la cabeza baja, y colgando del morro brillante un hilo de baba. Enferma venía la buena, la única" de la pobre chacra. -¡Hazla correr, hombre!- La mujer gritaba al viejo marido. -¡Se viene empastada! Y el viejo marido los brazos subía y bajaba, y la vaca corrió como pudo, los ojos más tristes, la cabeza baja... Junto a un alambrado, salpicando el agua, cayó muerta la vaca bermeja; ¡El viejo y la vieja lloraban! Y vino un vecino con una cuchilla afinada, y en el vientre, redondo y sonoro de una puñalada. Un poco de espuma, de un verde muy claro de alfalfa, surgió por la herida; y el docto vecino, después de profunda mirada, acabó sentencioso: la carne está buena, hay que aprovecharla. Los cielos estaban color de ceniza, el viejo y la vieja lloraban.
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La vaca muerta
Fontefrida, Fontefrida,   Fontefrida y con amor, do todas las avecicas   van tomar consolación, si no es la tortolica   que está viuda y con dolor. Por ahí fuera pasar   el traidor del ruiseñor, las palabras que él decía   llenas son de traición; -Si tú quisieses, señora,   yo sería tu servidor. -Vete de ahí, enemigo,   malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde,   ni en prado que tenga flor, que si hallo el agua clara,   turbia la bebía yo; que no quiero haber marido,   porque hijos no haya, no, no quiero placer con ellos,   ni menos consolación. Déjame, triste enemigo,   malo, falso, mal traidor, que no quiero ser tu amiga   ni casar contigo, no.
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Romance de fontefrida
Tú eres mi marido y yo soy tu mujer. Tú eres mi hermana y yo soy tu hermano. Tú eres mi madre y yo soy tu hijo. Los dos somos nada más uno. Tú te abres y yo te penetro. Tú eres María y yo soy José. Tú me abrazas y yo te envuelvo. Tú eres mi sangre y yo soy tu piel. Carmen y Rosa, Berta y Beatriz, Carlos y Pedro, Jorge, Rubén, tú eres el vaso, el agua, la piedra, el carbón, el vinagre, la miel, yo soy tu boca, tu mano, tu ombligo, tu oreja, tu lengua, tu uña, tu pie. Los dos somos nada más uno, somos qué, cuándo, quién. Tú eres mi hija, mi nieta, mi extraña. Yo soy tu marido, tú eres mi mujer.
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Tú eres mi marido
Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Elegía lamentable
Desde este mismo instante seremos dos extraños por estos pocos días, quién sabe cuántos años... Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido, uno de esos que nadie confiesa haber leído. Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso, tu bajarás los ojos y apretarás el paso, y yo, discretamente, me cambiaré de acera, o encenderé un cigarro, como si no te viera... Seremos dos extraños desde este mismo instante y pasarán los meses, y tendrás otro amante: Y como eres bonita, sentimental y fiel, quizás, andando el tiempo, te casarás con él. Y ya, más que un esposo será como un amigo, aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo, y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha, se te empañen los ojos, al llegar una fecha. Acaso, cuando llueva, recordarás un día en que estuvimos juntos y en que también llovía. Y quizás no te pongas nunca más aquel traje de terciopelo verde, con adornos de encaje. O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta, cuando dobles la almohada con mano soñolienta. Y domingo a domingo, cuando vayas a Misa, de tu casa a la Iglesia, perderás tu sonrisa. ¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta que abanica al marido cuando ronca su siesta: Tras fregar los platos y de tender las camas, te pasarás las noches sacando crucigramas... Y así, años y años, hasta que, finalmente, te morirás un día, como toda la gente. Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre, y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre. Y no me importa quién pase después por un sendero, si me queda el orgullo de haber sido el primero. Y el vaso que embriagara mi ilusión y mi hastío, aunque esté en otra mano seguirá siendo mío. Por eso puedes irte mi pobre soñadora, pues si el reloj se para no detiene la hora, y tú serás la misma de las noches aquellas aunque cierres los ojos por no ver las estrellas.
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Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta. Le llega la noticia a Jaime y éste se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta! Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas? ¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón. ¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón. Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.
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El peatón
hombros hermosos brazos hermosos tripa tan linda pie chiquito pero también marido viejo regalaron a helen carmody los diablos de Karthum los marcos de oro tanta sabiduría acumulada tanta sabiduría ¿no va para la muerte? ¡ah helen! ¡qué hermosos ojos tiene helen! de allí crecían sus pechos verdaderamente y no de su mujer los pechos suyos un día que las notas del buey rey en la mañana clara entraban y salían de los amores de helen como pan de vestir a la hora de salir a la puerta la llamaron para oírla llorar "no apartes la muerte de ti helen" dijeron "no quiebres el espejo árbol florido" le dijeron e helen carmody en función qué triste era todo esto mejor hubiera sido callar las verdes hierbas saben dar amarillo y helen sola oscura no sabe nada nada sino calar y deshacerse como la voz del padre en mesa puesta no pregunten porqué criaturitas ella callaba llaba como las ánforas del hijo triste ninguno lo tomó de beber las gallinas todas vestidas de ***** ponen sus huevos conmovidos peor helen carmody ya no no la persigan caballos yeguas mámenle la memoria ah siempre para siempre
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Lamento por la tripa de helen carmody
Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido El adulterio la vergüenza al Cielo, Pues licenciosa, libre, y tan sin velo Ofendes la paciencia del sufrido. Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, No sirvas a su ausencia de libelo; Cierra la puerta, vive con recelo, Que el pecado se precia de escondido. No digo yo que dejes tus amigos, Mas digo que no es bien estén notados De los pocos que son tus enemigos. Mira que tus vecinos, afrentados, Dicen que te deleitan los testigos De tus pecados más que tus pecados.
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Reprende a una adúltera la circunstancia de su pecado
cuando gallagher bentahm murió se produjo un extraño fenómeno: a las vecinas les creció el odio como si hubiera aumentado la papa feroces y rapaces comenzaron a insultar su memoria como si el deber obligación o tarea de gallagher bentham fuera ser inmortal siendo que él se preocupaba cuidadosamente de vivir imperfecto a fin de no irritar a los dioses jamás se cuidó de ser bueno sin ganas pecó y gozó como los mil diablos que sin duda lo habitaban de noche y lo obligaban a escribir versos sacrílegos en perjuicio de su alma así creció famoso por su desparpajo y sus caricias "ahí va gallagher bentham el desgraciado malparido" decían             las vecinas con su hijos y lo mostraban con el dedo pero de noche soñaban con él de noche una extraña nube o mano o seda se les metía en la garganta soñando con él ¡ah gallagher bentham gran padre! pueblos enteros habría fundado nada más con su hijos de haberlos querido tener de no haber sido por los versos que no piden de comer y es de lo poco que tienen a favor de modo que murió nomás y la gente desconcertada por la falta de ejemplo del mal ejemplo o con la sensación de haber perdido algo de su libertad designó representantes que entrevistaron a gallagher bentham y por más preguntas que le hicieron sólo escucharon el ruido de abejas en su cuerpo como si estuviera haciendo miel o más versos en otra cosa siempre es difícil saber porqué el vecidnario de Spoker Hill llegó a odiarlo             así lo descuartizaron una mañana de otoño para alegría de los chicos no hubo más nubes en garganta de mujer ni desquites feroces en la cama con marido extrañado o hasta sueños de las más delicadas que llenaban la noche y hacían girar el viento y llover todos los arbolitos de Spoker Hill se secaron menos el tábano real que volaba y volaba alrededor de gallagher bentham o sus últimas mieles.
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Lamento por gallagher bentham
cuando gallagher bentahm murió se produjo un extraño fenómeno: a las vecinas les creció el odio como si hubiera aumentado la papa feroces y rapaces comenzaron a insultar su memoria como si el deber obligación o tarea de gallagher bentham fuera ser inmortal siendo que él se preocupaba cuidadosamente de vivir imperfecto a fin de no irritar a los dioses jamás se cuidó de ser bueno sin ganas pecó y gozó como los mil diablos que sin duda lo habitaban de noche y lo obligaban a escribir versos sacrílegos en perjuicio de su alma así creció famoso por su desparpajo y sus caricias "ahí va gallagher bentham el desgraciado malparido" decían             las vecinas con su hijos y lo mostraban con el dedo pero de noche soñaban con él de noche una extraña nube o mano o seda se les metía en la garganta soñando con él ¡ah gallagher bentham gran padre! pueblos enteros habría fundado nada más con su hijos de haberlos querido tener de no haber sido por los versos que no piden de comer y es de lo poco que tienen a favor de modo que murió nomás y la gente desconcertada por la falta de ejemplo del mal ejemplo o con la sensación de haber perdido algo de su libertad designó representantes que entrevistaron a gallagher bentham y por más preguntas que le hicieron sólo escucharon el ruido de abejas en su cuerpo como si estuviera haciendo miel o más versos en otra cosa siempre es difícil saber porqué el vecidnario de Spoker Hill llegó a odiarlo             así lo descuartizaron una mañana de otoño para alegría de los chicos no hubo más nubes en garganta de mujer ni desquites feroces en la cama con marido extrañado o hasta sueños de las más delicadas que llenaban la noche y hacían girar el viento y llover todos los arbolitos de Spoker Hill se secaron menos el tábano real que volaba y volaba alrededor de gallagher bentham o sus últimas mieles.
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Blanca sois, señora mía, más que no el rayo del sol ¿si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor? que siete años había, siete, que no me desarmo, no. Más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón. -Dormilda, señor, dormilda, desarmado sin temor, que el conde es ido a la caza a los montes de *** -Rabia le mate los perros, y águilas el su halcón, y del monte hasta casa a él arrastre el morón.- Ellos en aquesto estando su marido que llegó: -¿Qué hacéis, la Blanca-niña, hija de padre traidor? -Señor, peino mis cabellos, peinolos con gran dolor, que me dejéis a mi sola y a los montes os vais vos. -Esa palabra, la niña, no era sino traición: ¿cuyo es aquel caballo que allá bajo relinchó? -Señor, era de mi padre, y envióoslo para vos. -¿Cuyas son aquellas armas que están en el corredor? -Señor, eran de mi hermano, y hoy os las envió. -¿ Cuya es aquella lanza, desde aquí la veo yo? -Tomalda, conde, tomalda, matadme con ella vos, que aquesta muerte, buen conde bien os la merezco yo.
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Romance de blanca-niña
Delgada y sinuosa como la cuerda mágica. Rubia y rauda:                                 dardo y milano. Pero también inexorable rompehielos. Senos de niña, ojos de esmalte. Bailó en todas las terrazas y sótanos, contempló un atardecer en San José, Costa Rica, durmió en las rodillas de los Himalayas, fatigó los bares y las sabanas de áfrica. A los veinte dejó a su marido por una alemana; a los veintiuno dejó a la alemana por un afgano; a los cuarenta y cinco vive en Proserpina Court, int. 2, Bombay. Cada mes, en los días rituales, llueven sapos y culebras en la casa, los criados maldicen a la demonia y su amante parsi apaga el fuego. Tempestad en seco.                                             El buitre blanco picotea su sombra.
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Golden lotuses - 2
La señorita del abanico, va por el puente del fresco río.   Los caballeros con sus levitas, miran el puente sin barandillas.   La señorita del abanico y los volantes busca marido.   Los caballeros están casados, con altas rubias de idioma blanco.   Los grillos cantan por el Oeste.   (La señorita, va por lo verde).   Los grillos cantan bajo las flores.   (Los caballeros, van por el Norte).
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Canciones para niños
Pidiendo a las diez del día   papel a su secretario, a la carta de Jimena   responde el rey por su mano; y después de hacer la cruz   con cuatro puntos y un rasgo, aquestas palabras pone   a guisa de cortesano: «A vos, la noble Jimena,   la del marido envidiado, vos envío mis saludos   en fe de quereros tanto. Que estáis de mi querellosa,   decís en vuestro despacho, que non vos suelto el marido   sino una vez en el año, »y que cuando vos le suelto,   en lugar de regalaros, en vuestros brazos se duerme   como viene tan cansado. Si supiérades, señora,   que vos quitaba el velado para mis namoramientos,   fuera bien el lamentarlo; »mas si sólo vos lo quito   para lidiar en el campo con los moros convecinos,   non vos fago mucho agravio; que si yo no hubiera puesto   las mis huertas a su cargo, ni vos fuerais más que dueña,   ni él fuera más que un hidalgo. »A no vos tener encinta,   señora, el vuestro velado creyera de su dormir   lo que me habedes contado. Más pues el parto esperáis...   si os falta un marido al lado, no importa, que sobra un rey   que os hará cien mil regalos. »Decís que entregue a las llamas   la carta que habéis mandado; a contener herejías,   fuera digna de tal caso; mas pues razones contiene   dignas de los siete sabios, mejor es para mi archivo   que non para el fuego ingrato. »Y porque guardéis la mía   y no la fagáis pedazos, por ella a lo que pariéredes   prometo buen aguinaldo: si fuere hijo, daréle   una espada y un caballo y cien mil maravedís   para ayuda de su gasto; »si fija, para su dote   prometo poner en cambio desde el día en que naciere   de plata cuarenta marcos.  Con esto ceso, señora,   y no de estar suplicando a la Virgen vos ayude   en los dolores del parto».
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Romance ix la respuesta del rey
Pidiendo a las diez del día   papel a su secretario, a la carta de Jimena   responde el rey por su mano; y después de hacer la cruz   con cuatro puntos y un rasgo, aquestas palabras pone   a guisa de cortesano: «A vos, la noble Jimena,   la del marido envidiado, vos envío mis saludos   en fe de quereros tanto. Que estáis de mi querellosa,   decís en vuestro despacho, que non vos suelto el marido   sino una vez en el año, »y que cuando vos le suelto,   en lugar de regalaros, en vuestros brazos se duerme   como viene tan cansado. Si supiérades, señora,   que vos quitaba el velado para mis namoramientos,   fuera bien el lamentarlo; »mas si sólo vos lo quito   para lidiar en el campo con los moros convecinos,   non vos fago mucho agravio; que si yo no hubiera puesto   las mis huertas a su cargo, ni vos fuerais más que dueña,   ni él fuera más que un hidalgo. »A no vos tener encinta,   señora, el vuestro velado creyera de su dormir   lo que me habedes contado. Más pues el parto esperáis...   si os falta un marido al lado, no importa, que sobra un rey   que os hará cien mil regalos. »Decís que entregue a las llamas   la carta que habéis mandado; a contener herejías,   fuera digna de tal caso; mas pues razones contiene   dignas de los siete sabios, mejor es para mi archivo   que non para el fuego ingrato. »Y porque guardéis la mía   y no la fagáis pedazos, por ella a lo que pariéredes   prometo buen aguinaldo: si fuere hijo, daréle   una espada y un caballo y cien mil maravedís   para ayuda de su gasto; »si fija, para su dote   prometo poner en cambio desde el día en que naciere   de plata cuarenta marcos.  Con esto ceso, señora,   y no de estar suplicando a la Virgen vos ayude   en los dolores del parto».
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The Puerto Rican Senorita in The room above as A cute *** Henry Thinks, as he watches Her sway upstairs to Her room, giving him A smile and turn of Her dark haired head. She Has no marido Yet, although he’s seen The occasional Man walk up to her Room some nights. He hears Her walk across the Floor above, sometimes She dances to the Music from her cheap Hifi, tangos or Sambas that Latin American stuff He’s heard before, and He imagines her Dancing, her short skirt Rising, her lovely Legs showing, her cute *** moving from side To side, and he can Only imagine What else she does when The men come and the Dancing stops and the Music falls silent. Then he just lies there On his bed smoking, Watching the smoke rise And a phantom of The senorita Dancing naked there Before tired eyes.
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Apr 17, 2016
Apr 17, 2016 at 10:09 AM UTC
DREAMING OF. (OLD POEM)
Solía escribir con su dedo grande en el aire: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas», de Miranda de Ebro, padre y hombre, marido y hombre, ferroviario y hombre, padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes. Papel de viento, lo han matado: ¡pasa! Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa! ¡Abisa a todos compañeros pronto! Palo en el que han colgado su madero, lo han matado; ¡lo han matado al pie de su dedo grande! ¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas! ¡Viban los compañeros a la cabecera de su aire escrito! ¡Viban con esta b del buitre en las entrañas de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir! Registrándole, muerto, sorprendiéronle en su cuerpo un gran cuerpo, para el alma del mundo, y en la chaqueta una cuchara muerta. . Pedro también solía comer entre las criaturas de su carne, asear, pintar la mesa y vivir dulcemente en representación de todo el mundo. Y esta cuchara anduvo en su chaqueta, despierto o bien cuando dormía, siempre, cuchara muerta viva, ella y sus símbolos. ¡Abisa a todos compañeros pronto! ¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre! Lo han matado, obligándole a morir a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél que nació muy niñín, mirando al cielo, y que luego creció, se puso rojo y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos. Lo han matado suavemente entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez, a la hora del fuego, al año del balazo y cuando andaba cerca ya de todo. Pedro Rojas, así, después de muerto, se levantó, besó su catafalco ensangrentado, lloró por España . y volvió a escribir con el dedo en el aire: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Su cadáver estaba lleno de mundo.
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Iii
Solía escribir con su dedo grande en el aire: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas», de Miranda de Ebro, padre y hombre, marido y hombre, ferroviario y hombre, padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes. Papel de viento, lo han matado: ¡pasa! Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa! ¡Abisa a todos compañeros pronto! Palo en el que han colgado su madero, lo han matado; ¡lo han matado al pie de su dedo grande! ¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas! ¡Viban los compañeros a la cabecera de su aire escrito! ¡Viban con esta b del buitre en las entrañas de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir! Registrándole, muerto, sorprendiéronle en su cuerpo un gran cuerpo, para el alma del mundo, y en la chaqueta una cuchara muerta. . Pedro también solía comer entre las criaturas de su carne, asear, pintar la mesa y vivir dulcemente en representación de todo el mundo. Y esta cuchara anduvo en su chaqueta, despierto o bien cuando dormía, siempre, cuchara muerta viva, ella y sus símbolos. ¡Abisa a todos compañeros pronto! ¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre! Lo han matado, obligándole a morir a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél que nació muy niñín, mirando al cielo, y que luego creció, se puso rojo y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos. Lo han matado suavemente entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez, a la hora del fuego, al año del balazo y cuando andaba cerca ya de todo. Pedro Rojas, así, después de muerto, se levantó, besó su catafalco ensangrentado, lloró por España . y volvió a escribir con el dedo en el aire: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Su cadáver estaba lleno de mundo.
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Si no duerme su cara con Filena, Ni con sus dientes come y su vestido Las tres partes le hurta a su marido, Y la cuarta el afeite le cercena, Si entera con él come y con él cena, Mas debajo del lecho mal cumplido Todo su bulto esconde, reducido A Chapinzanco y Moño por almena, ¿Por qué te espantas, Fabio, que abrazado A su mujer, la busque y la pregone, Si, desnuda, se halla descasado? Si cuentas por mujer lo que compone A la mujer, no acuestes a tu lado La mujer, sino el fardo que se pone.
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Desnuda a la mujer de la mayor parte ajena que la compone
Como el día que madura de hora en hora hasta no ser sino un instante inmenso, Gran vasija de tiempo que zumba como una colmena, gran mazorca compacta de horas vivas, Gran vasija de luz hasta los bordes henchida de su propia y poderosa sustancia, Fruto violento y resonante que se mece entre la tierra y el cielo, suspendido como el trueno, Entre la tierra y el cielo abriéndose como una flor gigantesca de pétalos invisibles, Como el surtidor que al abrirse se derrumba en un blanco clamor de pájaros heridos, Como la ola que avanza y se hincha y se despliega en una ancha sonrisa, Como el perfume que asciende en una columna y se esparce en círculos, Como una campana que tañe en el fondo de un lago, Como el día y el fruto y la ola, como el tiempo que madura un año para dar un instante de belleza y colmarse a sí mismo con esa dicha instantánea, La vi una tarde y una mañana y un mediodía y otra tarde y otra y otra (Porque lo inesperado se repite y los milagros son cotidianos y están a nuestro alcance Como el sol y la espiga y la ola y el fruto: basta abrir bien los ojos) y desde entonces creo en los árboles Y a veces, bajo su sombra, he comido sin miedo los frutos de una amistad parecida a las manzanas Y he conversado con ella y con su marido y su cuñado como hablan entre sí el agua y las hojas y las raíces.
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Elogio
Aquí, Ramón Collar, prosigue tu familia soga a soga, se sucede, en tanto que visitas, tú, allá, a las siete espadas, en Madrid, en el frente de Madrid. ¡Ramón Collar, yuntero y soldado hasta yerno de tu suegro, marido, hijo limítrofe del viejo Hijo del Hombre! Ramón de pena, tú, Collar valiente, paladín de Madrid y por cojones; Ramonete, aquí, los tuyos piensan mucho en tu peinado! ¡Ansiosos, ágiles de llorar, cuando la lágrima! ¡Y cuando los tambores, andan; hablan delante de tu buey, cuando la tierra! ¡Ramón! ¡Collar! ¡A ti! Si eres herido, no seas malo en sucumbir; ¡refrénate! Aquí, tu cruel capacidad está en cajitas; aquí, tu pantalón oscuro, andando el tiempo, sabe ya andar solísimo, acabarse; aquí, Ramón, tu suegro, el viejo, te pierde a cada encuentro con su hija! ¡Te diré que han comido aquí tu carne, sin saberlo, tu pecho, sin saberlo, tu pie; pero cavilan todos en tus pasos coronados de polvo! ¡Han rezado a Dios, aquí; se han sentado en tu cama, hablando a voces entre tu soledad y tus cositas; no sé quién ha tomado tu arado, no sé quién fue a ti, ni quién volvió de tu caballo! ¡Aquí, Ramón Collar, en fin, tu amigo ¡Salud, hombre de Dios, mata y escribe.
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Viii
Lágrimas alquiladas del Contento Lloran difunto al padre y al marido; Y el perdido caudal ha merecido Solamente verdad en el lamento. Codicia, no razón ni entendimiento, Gobierna los afectos del sentido: Quien pierde hacienda dice que ha perdido, No el que convierte en logro el monumento. Los sacrosantos bultos adorados Ven sus muslos raídos por el oro, Sus barbas y cabellos arrancados. Y el ser los Dioses masa de tesoro, Los tiene al fuego y cuño condenados, Y al Tonante fundido en Cisne y Toro.
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Advierte el llanto fingido y el verdadero con el afecto de la codicia
Antiyer nos casamos, hoy querría Doña Pérez, saber ciertas verdades: Decidme ¿cuánto número de edades Enfunda el Matrimonio en sólo un día? Un antiyer soltero ser solía, Y hoy casado, un sinfín de Navidades Han puesto dos marchitas voluntades Y más de mil antaños en la mía. Esto de ser marido un año arreo, Aun a los azacanes empalaga, Todo lo cotidiano es mucho y feo. Mujer que dura un mes se vuelve plaga, Aun con los diablos fue dichoso Orfeo, Pues perdió la mujer que tuvo en paga.
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Hastío de un casado al tercero día
Sólo en ti, Lesbia, vemos que ha perdido El adulterio la vergüenza al cielo, Pues que tan claramente y tan sin velo Has los hidalgos huesos ofendido. Por Dios, por ti, por mí, por tu marido, Que no sepa tu infamia todo el suelo: Cierra la puerta, vive con recelo, Que el pecado nació para escondido. No digo yo que dejes tus amigos, Mas digo que no es bien que sean notados De los pocos que son tus enemigos. Mira que tus vecinos, afrentados, Dicen que te deleitan los testigos De tus pecados más que tus pecados.
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A una adúltera